Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

jueves, 30 de diciembre de 2010

... de un diluvio acontecido.

 S      Siempre me contaron, que el día que se casó Neo, la cima del monte se juntó con unas nubes grandes, que descargaron una lluvia tan torrencial, que ni los más viejos del lugar pudieron recordar, hurgando en su memoria, semejante diluvio acontecido. Dijeron que caían gotas de kilo y que todas las sillas de madera de los bares veraniegos que se ponían en la plaza, bajaron hasta la Iglesia como en un desfile procesional de Semana Santa.
     Se ahogaron las mulas, se inutilizaron los carros y perecieron tantas ovejas, que durante mucho tiempo, comer carne de cordero estuvo tan solicitado, que solo fue privilegio de los más pudientes. Inundó el agua las casas como en aquellos tiempos perdidos en la memoria, cuándo en gran parte del pueblo aun no existía el agua potable y el uso de cuartos de aseo, era cosa como de película. Se pudo ver, como algunos aprovecharon para quitarse las  costras acumuladas durante años y muchos de los que se creían morenos a causa del tórrido sol a que estaban sometidos en el verano manchego, comprobaron con asombro, al mirarse en los espejos, como sus caras cambiaron y unos rostros relucientes y despojados de mugres milenarias asomaron nuevos y sonrojados ante sus ojos.
     Se desencadenaron entonces los deseos y los maridos corrieron por los pasillos persiguiendo a las esposas, que lozanas y aseadas, provocaron en estos deseos tan contenidos, que nueve meses después, se observó con grato asombro, como el censo se incrementó con la llegada de un buen número de tiernos infantes. Y uno de ellos debió ser, según constó en los padrones, el hijo de    un hombre recio al que apodaban El Ruto.
     Contaron las malas lenguas, que ya en aquellos momentos, esta pequeña criatura cubierta de pelo negro, despertaba alborozado si el olor del anís penetraba por sus narices. Por ello muchos años después, en tiempos más actuales, siempre destacó por beber tales dosis de esta bebida incolora, que su aturdida mente llegaba a tal estado de éxtasis y sosiego, que podía vérsele durmiendo durante días, plácido y sereno en los portales de la plaza, sin importarle el frío o el calor, ni la compañía de algún perro que, errante y abandonado, se acercaba a lamerle las orejas y a erizarle por el gusto del cosquilleo, unos inmensos bigotes que tiempos atrás había dejado crecer para satisfacer los deseos y  apetencias de una esposa pasajera, que como ave migratoria dé corto paso, había encontrado en una de sus azarosas visitas a los poblados burdeles que circundaban  las afueras del pueblo.
   Era de buen ver; oronda, rubia de anchas caderas, pechos vigorosos y cierto es que extrañó a los más viejos del lugar, ver a una hembra de tales bríos, con aquel patán desmadejado. Se hicieron lucubraciones y corrieron en los casinos millares de apuestas sobre el tiempo que habría de durarle tal criatura al pobre Ruto. Al acercarse el día de la boda, hubo grandes celebraciones y corrieron ríos de vino; se consumieron docenas de botellas de anís y un olor rancio de borrachera se extendió por todo el pueblo, hasta que siete días después, una mañana de densa niebla, un viejo centenario que barría de hojas y papeles la plaza de la Constitución, tropezó de repente con un bulto recostado al lado de la fuente de los leones y  quedó invadido por el asombro, cuando pudo comprobar, que aquel hombre al que le colgaban sendos témpanos de hielo de los agujeros de la nariz, era el Ruto roto por la melancolía.
     Avisados con urgencia los médicos, le dieron friegas de agua caliente y prepararon inmensas ollas de tisana, para recuperar aquel cuerpo destrozado por la añoranza y el abandono en que le había sumido la partida de la  recién estrenada esposa, que había huido presta, con dinero y documentos, que acreditaban como española, a quien en realidad era, una dominicana experta en las artes y excelencias del oficio más antiguo del mundo. Nadie la vio partir, y ningunos ojos pudieron ver el  rumbo que tomaba su figura sinuosa. Solo mucho tiempo después aseguraron que Casimiro, un hombre gris que siempre viajaba en los viejos trenes que iban hacia el norte, descubrió a la dominicana en un burdel de las afueras de Betanzos.
     Casimiro salía del pueblo, sistemáticamente, el primer día de cada mes, a vender las navajas que su padre y un hermano corto de luces y entendimiento, del que nadie recordaba la edad, ni el día que lo parieron, fabricaban en una vieja fragua comida de hollín por los cuatro costados. Comentaban las malas lenguas, que vivían como perros y que la madre muerta muchos años antes, había perecido medio loca en la cuadra de los cerdos. Casimiro volvía, también por costumbre, el primer día, de la segunda quincena de cada mes, sin navajas y con los bolsillos menguados, por su reconocida afición a recorrer todas las casas de mujeres de vida fácil que encontraba por el camino.
      Por ello, las noches en que se le encendía la pasión y el inmenso arrebato del deseo le quemaba la sangre, peregrinaba furtivo, escondiéndose entre sombras, hasta la casa de la Inés y anunciaba su presencia con breves aldabonazos en la puerta. Cuando tardaba en abrir, sabía Casimiro que la Inés estaba ofreciendo sus favores a otro pobre necesitado. Entonces vagaba dando vueltas al cuarterón, hasta que el odiado visitante abandonaba la casa y repitiendo el mismo serial, se abría la puerta y aparecía la Ines, sesentona, sobrada de carnes, invitándole a pasar complaciente y distinguida.

martes, 21 de diciembre de 2010

... de gafas y antiparras. De sus roturas y otros menesteres.


     Vine al mundo entre brumas. Con ocho meses mal contados y un kilo y cuarto de peso en canal, puede vislumbrar el amable lector que hubiera en el acabado del producto defectos varios, debido al acelerado proceso de una cocción apresurada y breve en la que sobraban pellejos y faltaba carne. Habremos de recordar que en aquellos tiempos, perdidos hoy en los residuos de la memoria, pero no tan lejanos y distantes, salvar semejante impedimento era tarea dificultosa, máxime cuando incubadoras, calefactores, aparatos varios y artefactos, que en la actualidad ayudan al crecimiento y bienestar de los prematuros, eran artilugios e ingenios desconocidos y como de película, por lo que de razón será referir para terminar y ser breve en esta cansina exposición que pelar, como pelé, aquella vicisitud y a las pruebas de mi peso actual remito a curiosos, fisgones y entrometidos fue, cuanto menos, cosa como de titanes y héroes.

Con los años y su paso, repuesto, gracias a la benevolencia del creador, de tan intensos avatares, nunca tuve conciencia, o no recuerdo haberla tenido, vaya usted a saber si ya ni me acuerdo, de que la mencionada bruma se extendía, como niebla fría en mañana de invierno y el mundo con sus elementos, que por entonces, y al menos por estos pagos, era gris y como en blanco y negro, me ofrecía imágenes como difuminadas y difusas, igual que se ve al través de unos anteojos desenfocados. Sin darle importancia, a esas edades todo es banal e insignificante, pasaron los días, los meses y los años y con este pasar ineludible se acrecentó sin piedad y de manera alarmante la falta de visión, de enfoque y de perspectiva.

Baste decir que en los usuales juegos de aquella epoca, solía cagarla, expresión vulgar pero cierta, cuando le daba la pelota al contrario entre abucheos y pitidos varios, todo por escasez de visión, de claridad y de luz, fruto de una obsesión, de la ciega manía visceral que le tenía a las antiparras, gafas o lentes, dicho más fino, que adornaban sin piedad las napias de mi amigo Rafa. Hoy en día sabe el lector, no lo tengo por tonto, que con avances y técnicas se consigue que el grosor de los cristales sea mínimo y soportable, pero en aquellos tiempos infames, la categoría de cegato se media por los redondeles de las lentes que hacían que los ojos de las víctimas, no fueran ojos, sino dos puntos negros, redondos y diminutos, a la par que inexpresivos en el fondo del culo de dos vasos de Nocilla.

Piense pues el lector, y lo hará con acierto, la cantidad de artimañas, amaños y artificios a los que hube de recurrir para ocultar mi falta y créame si le digo que durante días que se tornaron semanas, semanas que fueron meses y meses convertidos en años, con la consiguiente merma y quebranto de visión, ningún familiar o conocido, adivinó mi oculto secreto y así campé a mis anchas, falto de enfoque y sobrado de argucia, hasta que una mañana de invierno, de sabañones y frio, Don Eugenio Laguna, mi buen maestro y amigo, me preguntó por lo escrito en la pizarra y comprobó sin dudas ni titubeos, que tenía menos vista que un gato de escayola.

A partir de aquel fatídico instante y desde ese preciso momento crecieron las lamentaciones, mientras por los sinuosos rincones de la casa, quejas y susurros, en voz baja afirmaban con compungida comprensión, mi condición de cegato, de individuo de vista corta y escasa, mientras el tuerto, o sea yo mismo, empezaba a imaginar con horror, pánico y consternación, el día que llegado sería de inmediato, en que un par de anteojos adornasen mis narices de púber adolescente.

Recuerdo que la primera sensación al colocarme las antiparras sobre las napias fue de mareo, de vértigo e indisposición, de andar como ido y borracho, mas cierto es y lo juro por mi honor, que ignorados panoramas y horizontes se abrieron de golpe y porrazo para mí; colores desconocidos, cosas, objetos y personas tomaron nuevas dimensiones, cuerpos y texturas, mientras un abanico de sensaciones antaño desconocidas, inéditas e ignoradas, me llevaban de flor en flor, cual mariposa volandera.

No obstante, lo peor, querido leedor, estaba por ocurrir, por acontecer y pasar. Imagínese que en la época actual, como decía, avances, técnicas y descubrimientos, hacen que lucir gafas sea cosa como de moda y diseño. Monturas casi transparentes y delgados cristales provocan en quien las luce atractivos inusitados e insólitos en mis tiempos, añadiéndose además el hecho extraordinario de que pase lo que pase y suceda lo que suceda son dúctiles e irrompibles. Antaño, ver volar, elevarse y planear las gafas por los aires era síntoma de desastre, de calamitosa rotura en mil pedazos cual vaso de Duralex, cosa esta, oportuno será reconocerlo, que me ocurrió en demasía, con demasiada frecuencia.

No haré recuento, arduo y fatigoso sería el camino, de cuantos anteojos destrocé e hice añicos en aquellos años. Baste decir que fuera jugando al futbol, mocho, tranco o veinticinco perejil las gafas se elevaban con desmesura provocando en lo más hondo de mi ser sentimientos de catástrofe, de cataclismo, calamidad y perdida. Aún así, con el pasar de aquel periodo, llegó el raciocinio y con él la reflexión de los hechos acontecidos y de las cosas pasadas, y todo ello junto, mezclado en la inexplicable batidora de la vida, terminó por hacer que me acostumbrase a tan denostados armatostes, amando, aunque pueda parecer excesivo este calificativo, los otrora tan odiados aparatos, haciendo bueno el refrán, que acertado como todos afirma, rotundo y cierto, que los amores reñidos, con el pasar de los años, suelen ser los mas queridos.

domingo, 12 de diciembre de 2010

... dinero, dinero, dinero. Dinero, vil metal

    
     Vivimos en un mundo de opulencia, de abundancia en demasía. Añoramos y buscamos un ambiente feliz y por ello, desenfrenadamente y sin mesura compramos el último modelo de coche, ordenador, televisor, móvil o cacharro de ultima generación que se le parezca. Compramos, compramos y compramos, o al menos así lo hemos estado haciendo, hasta que la soga que pendía sobre nuestras cabezas ha caído por su propio peso amenazando con ahogarnos. Ahora que la espada de Damocles cuelga y amenaza con cortarnos el pescuezo sin piedad, elevamos nuestras quejas a las alturas y exigimos, con premura y angustia que los poderes que nos llevaron al borde del abismo, bancos y banqueros, gobiernos y gobernantes, vengan prestos a salvarnos de la hoguera, de esa inmensa pira que estos nuevos inquisidores nos fueron preparando sin piedad. Ignorantes. ¡Pobres diablos, reos del bienestar y de la apariencia!.

     Me gusta vivir bien, cubrir mis necesidades; no seré profeta y mucho menos iluminado. Por ello digo, y quiero que quede claro, que no intento pedir a nadie un voto de pobreza y menos aún pregonar que la penuria, la indigencia o la simple miseria sean síntoma de rectitud, dignidad y honradez. Solo decir que fuimos por delante o lo que es lo mismo, comimos tantas perdices que ahora nos cuesta, perdonen los lectores la soez expresión que viene a continuación, cagar las plumas.

     ¿Y saben lo más triste?. Pienso que en esta vorágine consumista no nos dimos cuenta de que no éramos felices. ¿A cuántos les abandonó la risa y les consumió la ansiedad y el stress?, para llegados a un punto final ser conscientes de que todos esos cacharros, artículos de lujo a fin de cuentas, objetos muertos, nos dejaban vacios e insatisfechos mientras aparcábamos valores esenciales de la vida; la amistad, el amor, el afecto y algo importante amigos, la empatía, ese ponerse en el lugar del que sufre y lo pasa mal.

Tal vez era una pizca de amor lo que nos faltaba....

domingo, 5 de diciembre de 2010

... la respuesta del espejo.

      Como cada día estoy afeitándome frente al delatador espejo. Con el tiempo y la costumbre hasta me encuentro guapo, ¡manda huevos!, que diría aquel infausto ministro del PP, presidente del Congreso para mas pelos y señas

     La verdad es que mi modelo no sirve como molde de hacer rosquillos. Calvo, narigón, barrigoncete, con eternas antiparras, solo me falta, Dios no me oiga, ser sordo. Habrá adivinado el amable lector que complejos, algo bueno habría de haber tengo pocos, porque si algo veo claro en este discurrir del tiempo es que nunca necesité a nadie perfecto y en consecuencia no me creo en la necesidad de ser perfecto para nadie. Me pregunto, ¿cuánto gasta la gente buscando belleza y atractivo?¿cuánto dinero se funde en clínicas de cirugía estética de las que a menudo salen como atractiva máscara carnavalera?. Me gusta ver envejecer a los humanos pobladores del planeta con dignidad, y recuerdo con cariño al gran Paul Newman, muestra clara de cómo debe terminar sus días alguien que fue seductor y atrayente, con decoro y decencia.

     Por el contrario, me viene a la mente Michael Jackson, arquetipo de aquel que sin personalidad, huye eternamente de su esencia hasta terminar siendo una pobre piltrafa. Por ello, sería bueno preguntarse siendo escueto y breve para que tanta pasta malgastada, tanto tiempo derrochado en estos asuntos banales e insignificantes si una sonrisa no vale dinero y con una sonrisa basta.

     Porque no me negareis, y termino, que un ceño fruncido afea tanto como la sonrisa postiza de Aznar en sus días de vino y rosas.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Sin grandes pretensiones y con lo justo.


    

     
      Pregúntame donde voy y te contestaré que a ningún sitio. Con los años y la calvicie, que no canas, he aprendido a no marcarme metas y menos aún imposibles sueños que después se me tornan montañas insalvables. Por ello vivo al día y con lo puesto que, tal y como está el patio, no es mal tesoro y en mi pensamiento no hay futuro, solo presente. En tiempos pasados gusté del sabor de la amargura, la incertidumbre del ¿qué será de mí mañana?, el sinsentido de ver murallas y miedo donde no había nada. Una cita de Julio Cesar se quedó grabada en mi eterna desmemoria: “cuando lleguemos a ese río, hablaremos de ese puente”. Pensé, medité y vi claramente la verdad que me enseñaba una frase tan aparentemente simple en su escueta brevedad. 
     A veces,y sin que las invite, siguen llamando a mi puerta ráfagas de mala racha, pájaros negros de mal agüero a los que ahuyento soltándoles al perro. Y algo importante, he aprendido a enfrentar los problemas, los escollos que nos escupe la vida, mirándoles a la cara y sin dejarlos reposar para mañana. Por último, pregúntame que me motiva, porque vivo, que me apasiona. Si te contesto que la familia y mis hijos me dirás que es lo tópico y normal. Si por el contrario te afirmo que la música, mis libros, el cine, que no me cierren el bar de la esquina y ¡que se yo!, afirmaras, ¡no sales de lo habitual!. Me obligas, pues a confesarte que mi mayor afición con el pasar de los años, es perder el tiempo, respirar el aire, observar los pájaros, ver los arboles crecer, marchitarse, resurgir y esperar. Esperar con paciencia lo que haya de venir, que bienvenido será, si es positivo disfrutándolo y exprimiéndolo y si es adverso luchando contra el monstruo como buenamente se pueda. Porque ya dice el refrán,y me atengo a su premisa, que “no hay bien ni mal que cien años dure”. Ni cuerpo, digo yo, que lo resista.





miércoles, 17 de noviembre de 2010

... entre brumas, La Colina.

     Tres gatos. Tres tristes gatos. Uno es negro. Negro como el carbón; como un mal presagio. Los otros dos son de un color indefinido, indeterminado y confuso, indiferente. Se mueven parsimoniosos de una acera a la otra buscando comida en los cubos de basura que adornan, como jinetes sin cabalgadura, en fila, los márgenes inciertos de la calle de Cervantes. No es tarde; aún no dieron las diez en el maltrecho reloj que engalana como un roto espantajo la fachada del Ayuntamiento y apenas se ven viandantes; para ser sincero diré que no hay alma que asome el pico en esta noche de Enero. Los portales de la plaza, solo están iluminados por la luz de los tubos fluorescentes, huérfanos y escasos, que sale por los ventanales del Bar La Campana. Se abre la puerta de la cantina y emergen a la boca negra de la noche dos figuras desdibujadas por la neblina, que poco a poco, como un blanco sudario está cubriendo la tenebrosa oscuridad nocturna. Van achispados, algo beodos parecen cuando en su lento caminar, diré más bien transitar, avanzan dos pasos adelante y uno hacia atrás y pronto deduzco quienes son al observar sus figuras; llamaremos a uno primero, no por antojo y capricho, sino por una cuestión de orden y al otro segundo, porque son dos y con eso basta. Como digo, los efectos etílicos del alcohol son patentes, tan manifiestos que el primero, que es de complexión enjuta  y como algo consumida, se agarra con fuerza a los barrotes de una ventana de la casa de los Fontes, gente regia y de abolengo, y sin más preámbulos vomita la primera papilla que le dio su madre. El segundo, que es de andares más lentos y parsimoniosos, le da alcance en ese momento y he de decir que no me sorprende su indiferencia hacia el caído, porque aplica una máxima que entre los dos es ley, el hoy por mí y mañana por ti o lo que es igual y da lo mismo, esto es a uso de tropa y cada uno se jode cuando le toca. Por ello cuando le rebasa por el costado derecho no hay preocupación en su semblante; tampoco inquietud o nerviosismo, cuando emite un sonido que más bien pareciera eco cavernoso, como sobrevenido del fondo lúgubre de un pozo. Cuando paso a su lado, un pestilente olor a vino o a compuestos varios, estos no le hacen ascos a nada, aromatiza la calle con un tufo agrio, acido, pestilente. 
    No quiero provocar repulsiones innecesarias, ya que para decir lo que quiero decir, ¿qué digo decir?, mejor narrar, ya que trato de referir y describir lo que acaece en esta noche de frio invierno, donde hasta las piedras yertas se contraen ateridas, no es necesario inducir al amable lector a la probable eventualidad de sentirse en la necesidad de abandonar la lectura de este escrito. Por ello os diré, que ando enfundado en un chambergo al que se ha dado en llamar coreano, prenda esta de consistente y sólido abrigo, en dirección a la intersección de calles conocida como la Puente, que no es otra cosa que una pequeña plazuela coronada en su simpleza por un buzón de Correos. Se acrecienta rápidamente la bruma y un velo tupido de niebla plomiza se extiende con inusitada rapidez por calles y esquinas, todo lo envuelve cual muralla impalpable, como monstruo intangible.
     Es entonces, solo en ese momento cuando diviso, mejor decir que distingo impreciso, el añejo cartel luminoso que anuncia la llegada a mi destino. El viento invernal lo mueve mientras chirría sobre goznes oxidados, maltrechos y diré también, en honor a la verdad que luces tiene pocas, mejor aseverar que ninguna, afirmar con rotundidad que todas, si alguna vez existieron, están fundidas. Sobre el luminoso, que debió brillar en algún momento enterrado en la memoria, resalta impreso en letras negras el nombre del garito, La Colina, sin más, escueto, conciso, simple. Digo garito, como podría decir leonera, y porque esto no es lo que usualmente entendemos y llamamos bar; a este antro ni tan siquiera podemos llamarle tasca, que es igual pero con menos categoría. Solo existe un pasillo corto, breve, y al final una puerta de madera, vieja y herrumbrosa, que al verla da que pensar, con evidente razón, que el primero que la abrió lleva tiempo criando malvas. No piense el lector que la puerta como tal cumple las funciones para la que fue creada; la puerta como a lomos de un maltrecho Rocinante, montada sobre  unas cajas vacías de cerveza, Cruzcampo para ser concisos y ciertos, desempeña las tareas de barra, de improvisado mostrador donde se sirve vino y cerveza, no más, aquí no existe la diversidad, sobra y basta con lo elemental, con lo justo y necesario, ¿para qué más?. Seguir describiendo el ambiente, lo que se cuece entre estas vetustas paredes es tarea ímproba y laboriosa; requiere por ello de esfuerzo, de una agudeza mental que ahora, en este preciso momento huye de mí despavorida sin que por ello no comprometa mi palabra, mi honor de pobre escritor en ciernes, al prometer a mis apreciados y venerados lectores que esta historia habrá de extenderse y continuar hasta donde sea necesario; mas eso será otro día.

jueves, 11 de noviembre de 2010

...tratado de urbanidad.



Sería un buen síntoma que cualquier día
al despertarnos el reloj en la alborada
no lo apagásemos de mala leche.
Sería bueno también, que por la mente
no se cruzase la desgana y la desidia
al enfrentarnos al quehacer cotidiano.
Estaría de perlas, que los unos y las otras
caminásemos al romper el día por la calle
con el andar resuelto y en buena sintonía
que el tendero no engañase a las Marías.
Que Juan apreciase a Pedro y viceversa,
que los dos entrasen tranquilos al bar
sin temer encontrarse con José
a quien repudian y no hablan desde hace años
por una disputa banal que jamás condujo a nada.
Por ello, sería también un buen detalle
que Juan, Pedro o José diesen su brazo a torcer
y un buen día se fundiesen en un abrazo
celebrándolo con unas cañas de cerveza
para que todo lo pasado quedase en agua,
en agua de arroyo que se lleva el olvido.
Sería bueno también, curativo y saludable
que se pudiera servir a quien sirvió
y que en contrapartida se pudiera pedir
todo lo necesario a quien en tiempos pidió.
Por ello sería de agradecer, de premiar y gratificar
que todo fuese limpio y como está dispuesto
que estuviesen siempre presentes, la buena conciencia
el sentido común, el buen hacer y la prudencia
y que hiciésemos de todos las palabras de Serrat:
“que todo sea como está mandado y que nadie mande”.
Y también sería bueno, sin espantarnos por ello
no llamarle al blanco negro y al negro blanco
andar por la vida sintiéndonos útiles y serviciales
y desear que por unas horas o por unos días
la parte ancha del embudo, fuese para el que sufre la estrecha
y la estrecha para todos aquellos que disfrutan de la ancha.
Sería por último deseable, citando de nuevo a Serrat:
“todo un detalle, todo un síntoma de urbanidad
que no perdiesen siempre los mismos,
 que heredasen de una vez los desheredados”.





viernes, 29 de octubre de 2010

... de músicas, cantantes y verbenas.

     A mi padre le encantaba el  Para que no me olvides, una canción melódica, de estribillo facilón y pegadizo, de las que cualquier avezado compositor era capaz de fabricar a razón de diez al día. Digo era, porque la susodicha composición tiene su tiempo y sus años, pero podría decir es, puesto que en el presente nos siguen invadiendo las mismas insustanciales “obras”, solo que cantadas por los Bisbales y Bustamantes de turno. Entonaba la susodicha balada Lorenzo Santamaría, cantante mallorquín que hacía furor durante aquellos años, último tramo de los setenta y a mí me empalagaba de tal manera, que cuando su tono pegajoso se oía en la radio, todavía no se aposentaba en mi morada la divina magia del reproductor de cintas, se encendían en mis adentros desaforadas ansias de tirar el aparato al fondo negro del pozo. También se aficionó mi progenitor a la cándida armonía de las canciones del Perales, un conquense con pinta de soso que sentía celos de su guitarra, aunque reconocer debo, sin que de precedente sirva, que con el tiempo me termino gustando; andaba yo entonces con los ardores propios de la adolescencia, incluidos acné, espinillas, mas otros asuntos varios y aquellos tiernos acordes, como los musitados por Nicola di Bari, - como me sigue gustando este italiano mas feo que Picio-, con una voz cazallera que cautivaba al mas “pintao”, hacían mis delicias en los tórridos atardeceres de la incipiente pubertad.
     Como con tiempo y caña todo se pesca, un buen día mi mas añorado deseo fue realidad concretada en el devenir del tiempo y sus asuntos; así el paisano José Zabala, vino cargado desde Madrid con un reproductor de cintas, marca Sanyo, que a mis ojos se tornó celestial y divino; lo compró en la capital del recién nacido reino porque en los decomisos, que no se lo que eran aunque me lo figuro, los precios eran mas asequibles para el maltrecho bolsillo de la gente humilde y con pocos recursos. A partir de aquel instante, los pletóricos acordes antes mencionados sonaron sin parar en aquel aparato encantador y todo fue como miel sobre hojuelas hasta el día en que mi padre, sagaz e imprevisible, tuvo la sutil ocurrencia de adquirir dos cintas de casete con los éxitos de Julio Iglesias. Mi padre amaba los boleros del negro Machín y cada vez que escuchaba Angelitos Negros se emocionaba; tampoco le hacía ascos a las canciones de Los Panchos y la voz de Fausto Leali, un italiano efímero, cuyo canto desgarrado parecía una llamada a los infieles, hizo sus delicias por la casa y sus rincones, mientras cantaba un éxito ceporrero titulado Yo caminaré. Entre los autores de mis días podría haber existido lo que las dulces parejas de nuestro tiempo tienden a llamar química. A mi padre le gustaban las canciones y mi madre sentía, ya es mayor para estas cosas, pasión por el baile, aficiones estas que juntas y mezcladas en su justa medida degeneran en pasión por las verbenas y sus pistas de bailoteo. Solo hubo un problema, y gordo, a tener en cuenta; mi padre era cojo y por ello, irreversiblemente y aunque quisiera podía marcarse pocos compases. Mas volvamos al principio, a los orígenes.
Como iba diciendo, con la llegada de Julio Iglesias o mejor aún, para ser objetivo y justo, de aquellas dos infernales cintas, hube de hacer florituras para esconderlas y casi obviarlas, ante la pertinaz insistencia de mi padre en su afán por escuchar a tan cansino cantor. Debía correr, calculo, el año de gracia de 1981 y por aquel entonces Joan Manuel Serrat acababa de sacar a la luz  el que con el tiempo se convertiría en un disco emblemático titulado En Transito, que contenía, entre otras, una canción imperecedera cuyo nombre era No hago otra cosa que pensar en ti. La canción venía a contar algo tan simple como la situación que atraviesa un autor cuando no se le ocurre nada y en esa circunstancia el gran cantautor catalán, compuso una obra maestra. No lo vió con esos ojos de arrebatada entrega mi padre y como todos conocemos la letra de esta tonada, solo diré que montaba en cólera cuando la oía, gritando desaforado: “Ya está aquí el del techo y la mano de pintura, “cuidao” con los cojones, de cualquier cosa sacan una canción”. Diferencia de pareceres y gustos en las antípodas. Con el discurrir del tiempo y los años aprendí a querer con pasión las que eran sus canciones y descubrí, que lo bueno no tiene época ni edad. Así, Gardel, Machín y Los Panchos, entre otros, se hicieron un hueco entre mis gustos y apetencias. Mas tengo la plena seguridad, la certera convicción de que mi querido viejo, transitó a lugares que se entienden como más apacibles, sintiendo manía perpetua por mi adorado Serrat.

jueves, 21 de octubre de 2010

... dicen, que se aburren.

     Estoy tumbado plácidamente, en una hamaca de plástico que unos ciudadanos ingleses me han cedido con suma cordialidad.  Cuando me preguntan la diferencia entre la forma de comportarnos, mentémonos todos y sálvese el que buenamente pueda, de los españolitos de a pie y el resto del mundo siempre lo tengo claro. Nosotros somos del ande yo caliente y ríase la gente o mejor aún del que venga después que arree, así que si vemos a esta pareja que se marcha de la playa y cede amablemente su tumbona, que ya tiene pagada, al primer calvo barrigoncete que aparece en el horizonte, sin más paliativos le tildamos de imbécil y tonto. 
     Agradecido y porque no decirlo, sorprendido por tan encomiable conducta, oteo apaciblemente el horizonte y contemplo el entorno que me brinda este rincón de la costa granadina llamado La Herradura, cercano a Salobreña y de una belleza deslumbrante. Observo a mis hijos que corren como pueden, estas playas están llenas de piedras y pierden por ello gran parte de su encanto, a lo largo de la raya que dibuja la tierra al unirse con el mar. No hago nada, solo observar, ver, masticar el aire que periódicamente demandan mis pulmones y me pregunto absorto, como tantas otras veces, como puede haber quien asevere que se aburre, porque digo yo, con la poca sabiduría que soy capaz de atesorar, que si alguien asegura que no sabe que hacer con su tiempo y  persona, bien sea en vacaciones, días libres o llegada esa merecida y anhelada jubilación que lo queramos o nó, llegará irreversible, no tengo por mas que pensar, y perdonen los lectores la inconveniencia, que este hombre o mujer es tonto de remate. Porque digo yo, que a largo de toda una vida, en la que tantas veces hacemos por obligación lo que nos deseamos, o somos incapaces de encontrar aquello que tanto anhelamos, debiéramos tener la clarividencia y sabiduría de indagar en nuestros adentros y cultivar con desmesura aquello que nos gusta y amamos. Solo así, llegado el tiempo de no tener que hacer nada obligados, seriamos capaces de hacer todo por nada.
   

lunes, 4 de octubre de 2010

... para tí, desde las nocturnas sombras.

     Difícilmente podré expresar un sentimiento de mejor manera que a través de la poesía y más si esta sale como un parto desde el alma. La poesía no nace cuando quiero, sale a la luz siempre que los sentimientos afloran por los poros de mi piel estremecida. Así me pasa cuando observo una injustica contra la que me rebelo y clamo, si ante la pérdida de un ser querido el corazón se me desgarra y ante la contemplación de todo aquello que nos fue dado para ser gozado y compartido: los pájaros del cielo, la flor en primavera, el sol en la amanecida y el calor del amor de quien nos quiere y se entrega aunque le vaya la vida en ello. Desde este testimonio un día me detuve a pensar en la estampa de mi madre, en su discurrir cotidiano cuando niño, en su vida de incomodidad y trabajo. De ahí, de ese poso, salíó esta pequeña ofrenda, este canto a su vida duramente transcurrida. 
                    
                       ENTRE LAS NOCTURNAS SOMBRAS 

Como acordes he oido tus pisadas
por los largos pasillos de la casa,
penitente, esa tos carraspeante
que te acompaña cada día en la alborada.
Tus sigilosos pasos entre sombras
recuerdo de chiquillo, te escuchaba
lentamente, barriendo los rincones
con el canto del gallo en la mañana.
¡Que costales tan duros soportaste
en los años en que todo nos faltaba!.
Tambien recuerdo largas noches de hospital
que pasaste con padre, madre amada,
las escasas alegrías que te dió
esa vida, penosa y trabajada.
Quisiera darte madre, tantas cosas
esparcirte la luz por tus ventanas
y te basta una sonrisa acariciada
un momento de charla, unas palabras
para bullir feliz, que poco pides
y cuanto a cambio entregas con el alma.





viernes, 24 de septiembre de 2010

... otra página del tiempo roto.

        El carnaval siempre fue fiesta muy celebrada por estos contornos. Contaba la tía María, que era una peluquera muy reputada  y peinó sobresalientes cabezas de señoras de clase pudiente, que cuando se acercaban cada año, estas fiestas de bacanal y alegría, había un viajante valenciano, servidor de cortes y pieles para fabricar zapatos a su marido Rafael Villanueva, concejal del Ayuntamiento en aquellos años del ordeno y mando, que aquel hombre estaba deseando que llegasen estos días de asueto y divertimento, para aparcar sus maletas en la posada de Maximino y darse a la holganza y el cachondeo durante tres jornadas en que la noche siempre se juntaba con el día. Los tiempos que corrían eran de férreo control sobre los hombres y haciendas por estos desempeñadas; por eso el carnaval, fiesta pagana y anticlerical donde todos aprovechaban la ocasión para cubrirse la cara y ocultos mofarse de aquellos que durante  el año entero les vilipendiaban, fue prohibido.
     Para evitar que las autoridades provinciales, ferreos controladores del cumplimiento de estas estrictas exigencias, tuviesen conocimiento de su incumplimiento por estos lares, trasladaron su celebración a calles situadas fuera del centro del pueblo. Se montaban tascas en los sitios mas variopintos. La zapatería de mi padre,(... donde solo se vendían vino,vermut, panchitos y aceitunas luneras), tiendas de comestibles, y talleres de todo tipo, eran sitios idóneos, para colocar una barra y vender vino a mansalva. El famoso Salón de Coronado,  lugar donde se celebraban los bailes y que  multitudinariamente  se llenaba de gente todos los días. Gente que olvidaba sus problemas y desdichas a ritmo de boleros y salsas. Entonces el sol se confundía con la luna, o lo que es igual, el día y la noche se fundían en un solo tiempo, mientras se bailaba  durante minutos, que se convertían en horas, y horas que se prolongaban durante días enteros.
     El carnaval siempre dio lugar a la fama de muchos personajes variopintos. Famosos fueron los Chuletas, con sus murgas y comparsas y Dolores la del Colorín que se pintaba sola, según cuentan los que la vieron, para disfrazarse y meterse con quien en gana le venía. La Dolores es tía mía. hermana de mi padre, y es mujer de mucho carácter y raza. Fue mi madrina, y espanto le debió de dar llevarme a la pila bautismal, envuelto entre trapos que disimulaban, el escaso kilo y cuarto que pesaba. Yo nací una mañana de principios de junio   del año l961, con un mes de adelanto sobre la fecha prevista. Parece ser que mi madre, aguantó poco la cocción y me despachó con antelación. Ella cuenta que me tuvo como en clausura, durante algunos meses, porque le daba vergüenza enseñar una cosa tan diminuta. Después fui creciendo y en el día de hoy me sobra barriga por todas partes. 
     El carnaval ,como decía, llenó de fama a muchos. Otros, los mas, disfrutaban con la llegada de estos días de asueto, porque daban rienda suelta a su desenfreno y podían soltar la lengua, en aquellos años en que solía estar sellada a cal y canto. Contaba mi padre, que en la calle Cervantes, donde después estuvo la tienda de Manolito, había un bar de unos valdepeñeros a los que llamaban Puertorricos y en aquel  establecimiento tenían por costumbre, anotar en una pizarra a los morosos que no pagaban. Así todo el mundo sabía quienes eran los deudores. Cuando se le inflaban las narices al camarero y alguno bebía mas de la cuenta y no pagaba, sin previo aviso, le despachaba un par de tortazos y lo echaba a  que se oreara en la calle. Claro que también decía mi padre, que aquello lo solían hacer con los cuatro diablos, que no tenían donde caerse muertos. Los señoritos, falangistas de postín, bebían y debían sin que nadie les pidiese cuentas. Los dueños de este bar, muchos años después  pusieron una caseta, cerca de la verbena, donde vendían los mejores pinchos morunos  que he comido en mi vida. Los cocinaba, en brasas de carbón, un hijo suyo, que debía de pesar cerca de los doscientos kilos y al que solo hacía falta mirarle a la cara para pagar sin rechistar hasta la última peseta adeudada.
     Mientras el parque municipal, donde estaba ubicada la susodicha verbena, se llenaba de olores a carne, a pescaito frito y a los orines de todos aquellos que deponían el agua sobrante sobre los verdes y frondosos evonimus que lo adornaban.
   

lunes, 20 de septiembre de 2010

... para Labordeta.

Tengo por costumbre, al levantarme, encender la televisión para leer las noticias del teletexto; es una de las pocas utilidades, junto con visionar peliculas de mi agrado que logro ver en este infernal cacharro. Y hoy me encontré con una ingrata sorpresa, que no por esperada me resultó menos dolorosa. Un buen amigo, a quién, misterios de la vida, no conocía, había partido hacia ese otro mundo que tanto nos preocupa y del que nada conocemos. El compañero Labordeta había entregado cansado su mochila y nos dejaba con un puñado de canciones y montones de versos escritos desde el sentimiento y el compromiso. Durante muchos años fué enseñante, maestro que impartía clases desde las que recogía experiencias que mas tarde desgranaba en textos y canciones. Recuerdo una titulada "A veces me pregunto" en la que con inusitada maestria  hacía un retrato de  la desazón que muchas veces embarga a quien enseña si quien debe de aprender no lo hace. Cantó a la libertad, a su tierrra aragonesa ,al mundo rural y a todo lo que de bueno esconde. A sus gentes y lugares los dibujó con trazos de maestro, mientras con su mochila recorria los caminos de la España mas profunda, y ante todo y sobre todo fué capaz de transmitir honestidad ,sinceridad en su forma de ser y acturar, valores estos menospreciados en este mundo febril que nos domina. Hace unos meses escuché ,por última vez,  su voz en la radio. Con su habitual socarronería comentaba distintos aspectos y anecdotas de situaciones acaecidas a lo largo de la semana. Dondequiera que estes, que será lugar habitado por buena gente, recibe un abrazo y un hasta siempre Jose Antonio.


jueves, 16 de septiembre de 2010

... pensaba escribir un cuento.

     Pensaba escribir un cuento. Un cuento que basado en hechos relatados en el último libro que he leído, narrase la esencia del relato sin desviarse un ápice de su desgarrador contenido; Sopesándolo con calma, llegué a la conclusión de que si así lo hacía destriparía sin compasión la posibilidad de que os acercaseis a su lectura sacando vuestras propias conclusiones. El libro en cuestión se titula A VEINTE AÑOS, LUZ y su autora es Elsa Osorio. Narra la historia de una mujer nacida durante la dictadura militar que asoló Argentina en la década de los 70 y es un fresco palpable de la inhumanidad, de la inusitada vileza de la que fueron capaces estas devastadoras rapaces, esos “milicos” aborrecibles. Os cuento la trama, como si del argumento de una película se tratara, porque de cualquier manera lo espeluznante es bucear en la historia, empaparse de su contenido.
     ¿Podemos imaginar como ha de sentirse un ser humano cuando descubre pasadas con holgura dos décadas de su nacimiento, que quienes creía sus padres eran unos impostores?. ¿Cuál sería la reacción, humanamente insoportable, de quien averigua que quien creyó su padre, fue quien ordeno matar a su verdadera madre?.
     Pienso, y me estremezco al pensar que clase de buitre será capaz de velar el sueño, besar los labios y arrullar en sus brazos durante noches plagadas de fantasmas a la tierna criatura que robó de los brazos de su madre?.¿Que corrompida conciencia habrá de tener para mirarla con ternura, ¿qué ternura?, a los ojos sin que el tupido velo negro de su corrompido hacer le abrase hasta devorarle sin piedad, esa que no tuvo para nadie, de un tajo las entrañas. Adivino claramente la respuesta al ver a Videla y compañía sentados en el banquillo del tribunal que los juzga; observo sus ojos, disecciono sus miradas y tengo la certeza de que no se arrepienten de nada, porque en su pútrido comportamiento piensan que nada hicieron.
     Lo peor de todo es pensar que le queda a esa criatura, que fue usurpada y desprovista de identidad y pasado, cuando haya de asimilar que aquellos padres a quien veneró y esos hermanos a quien con pasión quiso solo son extraños, fantasmas que le robaron su esencia, seres abyectos que no sintieron compasión por nada, ni por nadie.
    Oportuno será recordar que no solo en la lejana Argentina se dieron hechos tan mezquinos. La España grande y libre del general Franco y sus secuaces practicó la misma deplorable filosofía con multitud de niños robados a sus madres republicanas antes de ser llevadas al paredón.

martes, 31 de agosto de 2010

... en blanco y negro

    El día en que murió Franco, el cielo lloró lagrimas de alegría. Llovía copiosamente sobre la tierra y el agua golpeaba con fuerza el suelo de calles que durante décadas habían recorrido pisadas huidizas; almas en pena, llenas de resentimiento que vieron por fin como una débil luz asomaba por la ventana de la esperanza. Para otros muchos las lágrimas sabían a sal y quemaban como el fuego. Arrastraban a sus espaldas años de prepotencia y orgullo.
     Aquella mañana, el autobús de Alfonso Clemente Lietor llegó puntual como cada día a su cita con todos los que íbamos a gastar el tiempo muerto en Valdepeñas. Nada más subir a aquel cacharro inservible, que nos transportaba como ganado entre un infierno de chapas y ruido, sonó la quejumbrosa voz de un hombre que se haría famoso, al menos para mí, por tener unas orejas terminadas en punta, que se asemejaban a las que exhibía en una vieja película en blanco y negro, un vampiro llamado Nosferatu. Se llamaba Carlos Arias y tenía el revelador apodo de “carnicerito de Málaga”. Era presidente del gobierno y compungido por la pena, estaba comunicando al pueblo, que el vigía del faro que había alumbrado cuarenta años de vida a los españoles había dejado de existir aquella noche de noviembre.
Corría el año 1975 y una nueva generación de adolescentes imberbes empezábamos a estudiar en los institutos de Valdepeñas. Éramos aquellos que muchos años atrás iniciamos la andadura de la Enseñanza General Básica instaurada por el franquismo para hacer olvidar las viejas academias donde con jarabe de sangre y palos las letras iban entrando.

     La academia de Cachito estaba en la calle Inmaculada y yo creo que Dios existe porque extendió su mano para que no pusiese mis pies en ella. Andrés Cacho era orondo, bestia como una mula y badilas de braseros, varetas de las olivas y correajes de cualquier cuero, eran en su mano útiles que manejaba con mano diestra abriendo cabezas, rompiendo clavículas o partiendo brazos a diestro y siniestro. Desde la calle Inmaculada, donde jugábamos a las bolas los menores, se podían oír los lamentos y las quejas de todos los desdichados que caían en sus manos. Allí, sobre la acera, estaba la rejilla del sótano de la academia y la desbordada imaginación infantil que entonces poblaba de pájaros nuestras mentes vírgenes de otros problemas y preocupaciones, aseguraba, pasando la afirmación de unos a otros, que la cueva de Cachito estaba llena de muertos, de todos aquellos a los que él castigaba a pasar días y noches sin fin en el interior de aquella cueva donde habitaban animales y bichos de toda condición y tamaño y arrojando piedras al interior de la misma asegurábamos sin ningún tipo de dudas que los ruidos sordos y secos que se oían al caer estas al suelo eran producidos al chocar contra los féretros que poblaban aquellas oscuridades y que túneles larguísimos salían bifurcándose por cientos de galerías que conducían a la Iglesia, al cerro de San Roque y a cientos de casas a través de todas las calles del pueblo.

martes, 24 de agosto de 2010

... por los servicios prestados

  
     Son las seis de la mañana cuando Juan, sentado en la cama, contempla los dígitos del reloj que ilumina tenuemente la penumbra del dormitorio. Como cada día sus pasos le  llevan lentamente hasta el cercano cuarto de aseo e irremisiblemente, como todos los días también, hará primero las imperiosas necesidades que su añejo cuerpo demanda, ya dice su mujer que no somos “na mas que mierda”, se afeitará la cara y tomará una ducha templada. Entretanto, se mira en el espejo y observa su rostro detenidamente; parpados caídos, barba rala y crecida, calvicie incipiente y sobre todo el amargo semblante de quien perdió mil batallas jamás recompensadas, de quien lleva clavados en la piel, como clavos de hierro candente, capazos de kilos de humillación, espuertas de rémoras y sufrimiento.
     Hoy, 10 de Junio, cumple cincuenta años. Medio siglo de vida, disipada como vapor de agua, ante todo y sobre todo a  la entrega de minutos, horas, días, semanas, meses, años y décadas al trabajo; siempre el mismo oficio, que poco importa, siempre la misma empresa, que poco importa y siempre el mismo jefe, que nada importa tampoco. Treinta y dos años cotizados, eso es lo que refleja el papel o para ser exactos los papeles, documentación dice el gestor, que le entregaron ayer en la empresa. Mirada inquisidora, gesto contraído, aquí manda quien manda, unas cuantas firmas y punto pelota, despedido y a la calle. Cuando le ofrecieron un despido amañado y la tercera parte de lo que de indemnización le correspondía, rabia contenida y dignidad aflorando impidieron que firmara su sentencia de muerte; después no le quedó mas solución; jefe y compañeros, serviles y rastreros, en connivencia   empezaron a amargarle la existencia hasta que la situación se hizo difícilmente soportable. Así, sin prisa pero sin pausa, sumido en la impotencia desesperada de quien se siente solo, desamparado y proscrito, el día dejó de ser día y la llegada de la noche se tornó en un calvario insoportable poblado de fantasmas.
     Po ello, hoy que cumple cincuenta años, tendrá como regalo temprano una visita al INEM, donde guardará paciente fila, haga sol o llueva, para ser atendido por un funcionario que con cara larga y semblante de pocos amigos, esta gente siempre parece estar cabreada, hojeará sus papeles, preparará sus documentos y completará en definitiva su ingreso en la empresa más boyante del país, la que aglutina a todos los que quedaron sin oficio ni beneficio, de los que han sido abandonados a la mera condición de perro sin casa ni dueño. Después de todo, piensa Juan, mientras se viste lentamente, la vida sigue su curso y el cotidiano devenir de la misma también, además tiene el convencimiento de que mas pronto que tarde cada uno recoge lo que siembra y eso le embalsama y entonces aspira con fruición aire y con lagrimas en los ojos cavila que ese, el aire, lo dan de regalo y habrá que seguir soñando, dejando que la sangre bulla por las venas, pues como dice el cantor Sabinero “…. bajo los puentes del Sena de los que cambian de Norte, se vive sin pasaporte y está mal visto llorar”.
 

jueves, 12 de agosto de 2010

La nube negra

     No lo cuento por contarlo. Todo lo que hoy quiero decir es tan cierto como que aún sigo vivo, como que quiero seguir viviendo e inhalando cada mota de vida esparcida por el universo. Pero no siempre ha sido así. Hace apenas dos años llegue al límite de mis fuerzas y sentí un vacio interior desesperante; lo que habitualmente me llenaba, dejó de tener sentido y una bruma de pena se incrustó en lo más hondo de mi ser. Mis habituales aficiones ya no eran tales. Así, mis discos quedaron aparcados en sus fundas y cada vez que tenía un libro entre las manos, había de volver repetidamente sobre sus páginas para intentar comprender algo; mis hijos, pobres criaturas, me resultaban abejorros insoportables pululando a mí alrededor y si alguien cercano me contradecía saltaba sobre el de manera inmisericorde.
     Esta bola que se fue creando en mi interior no fue cosa de un día, sino de la acumulación de derrotas, desengaños y frustraciones sin límite a lo largo de los años y, ante todo y sobre todo, a una falta evidente de estima personal, sobre todo en el plano profesional a lo largo de mi existencia. Así, cualquier banalidad insignificante tenía importancia suprema y de cualquier nimiedad intrascendente hacia una montaña insalvable. Todo ello me llevó a la amargura más inconsolable, al abatimiento, al desamparo. Los días eran grises y las noches se teñían de fantasmas escondidos entre sombras y lo peor es que entendía, que nadie a su vez me entendía, que a nadie le importaba y la angustia se me fue clavando como un puñal en las entrañas hasta que llegó el día en que no pude mas, en que quedé clavado como muñeco de trapo en el asfalto. Visité al medico y acertadamente me diagnosticó angustia acompañada de principios depresivos a los que puso freno con las consiguientes pastillitas antidepresivas.
    Todo lo expuesto carece de importancia si ahora no pudiera decir, pasados estos años, que conseguí salvar los escollos insalvables saliendo reforzado de esta lucha; a la parca la eche a hacer puñetas y para nada quiero sus visitas, ya habrá de venir sin que la llame cuando lo tenga a bien la señora; los días tienen luz y el cielo azul es mas cielo; mastico el aire, lo exprimo y aquello que me encogía ahora me importa un rábano y me siento mejor persona, puesto que estoy pleno de la empatía que antes me faltaba.
     Vuelvo a tener la estima por las nubes y a ello ha contribuido, y mucho, mi buen amigo Petronis, porque me dio la oportunidad de verter en este mundo internauta lo que soy y lo que siento, abriéndome la puerta a un mar de sentimientos nuevos y de sensaciones placenteras por ello le digo “ gracias, compañero del alma, compañero” y os dejo haciendo mías las palabras del cantor Sabinero, “bajo el sol que me apuñala vivo sin patria ni dueño, como el aire lo regalan y el tiempo nunca lo empeño, con la sombra de mis sueños me basta para vivir. ¿De qué voy a lamentarme?, bulle la sangre en mis venas, cada día al despertarme me gusta resucitar, a quien me quiera escuchar le cambio versos por penas; bajo los puentes del Sena de los que cambian de norte, se vive sin pasaporte y está mal visto llorar.

martes, 3 de agosto de 2010

Manuel

La primera vez que le vi me pareció un hombre triste,  taciturno, sombrío. Sobre las tres de la madrugada observé a través de los monitores que vigilan el exterior del restaurante que un camión acababa de parar en la explanada y poco después un hombre se acercó a la puerta y yo accioné el mando a distancia que levanta la reja protectora. El hombre pasó, emitió un leve saludo de cortesía y acto seguido se detuvo a mirar en la vitrina donde están los alimentos con los que noche a noche y año tras año  preparo algún bocadillo ocasional o plato combinado a cualquier viajero despistado que no se acordó de cenar. No recuerdo que pidió, pero una vez servido, comió sin articular palabra mientras yo continuaba con mi diarios quehaceres de limpieza; después pidió un café, me pagó y se despidió con un adiós y a otra cosa mariposa; hasta aquí todo normal y cotidiano.


     Solo ocurre que la misma escena se repitió unos días después y no sé muy bien porque ni como, logre entablar conversación con él; me contó que era de un pueblo de la provincia de Granada y algunas cosas más, banales y de poca importancia pero con las que pude intuir que era una persona con un vacio enorme. Las visitas se repitieron periódicamente y poco a poco  le mostré confianza y él me abrió su corazón, ávido de cariño y comprensión como el capullo de una flor abandonada.


     Manuel, que así quiero pensar que aun se llama, era un hombre abatido por la depresión y el desencanto. Vivía solo, en una vieja casa heredada de sus padres, después de una separación caótica y un divorcio rozando el desastre. Tenía dos hijos a los que veía de tarde en tarde y ni por ellos albergaba ilusión de seguir viviendo y me conto desde su tristeza y abatimiento que había pasado dos largas temporadas ingresado en un psiquiátrico; en aquel momento se sostenía gracias a la ingente cantidad de antidepresivos que diariamente tomaba. Cuando le pregunté por la que había ido su esposa cambió radicalmente su semblante y comprendí que del amor al odio hay un camino muy corto. Dijo que le había abandonado porque carecía del status suficiente para relacionarse con las nuevas amistades que había empezado a conocer después de aprobar sus oposiciones de maestra y dicho a bote pronto era un florero que incomodaba en las reuniones, una inmundicia que no podía presentar en sociedad.


     Le continúe viendo durante algún tiempo y hablando de nuestros gustos y aficiones, pude comprobar que coincidíamos en demasiadas cosas. La última vez que estuve con el le vi desmejorado y vacio; había pasado el fin de semana metido en la cama, sin más compañía que su sombra y sus recuerdos. Le regale un disco, grabado en mp3, donde le había seleccionado una pila de canciones de Dylan, Cohen, Supertramp y otros muchos que sabía que le apasionaban. Salí con él a la puerta, le di un apretón de manos y vi como partía a lomos de su camión. Desde entonces no he vuelto a verle, pero sí recuerdo que lo último que me dijo es que no tenía fuerzas para seguir viviendo y yo quiero pensar que no se ha ido, que se está recuperando de sus batallas perdidas, de sus heridas sin cicatrizar. A mí me dejó con la incertidumbre de no saber que ha sido de él y la impotencia de no haber sabido que hacer para ayudarle.



martes, 27 de julio de 2010

Me caí del mundo y no sé como se entra.

Hoy os ofrezco un maravilloso texto de Eduardo Galeano, periodista y escritor uruguayo que con clarividencia e inusitada maestría nos abre los ojos haciendonos ver el materialismo que cubre el transcurrir diario de nuestras vidas. Espero que os guste y me lo digais, pues veo que hay entradas al blog, pero nadie me comenta nada y esto resulta ser como una mansión habitada por fantasmas. Decidme pues lo que pensais, si os gusta o no lo que escribo y así me ayudareis a mantener viva la llama que me incita a ser un  humilde contador de historias.


Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco..

   No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar..
   Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.

   ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo.

   ¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

   ¡Guardo los vasos desechables!

   ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!

   ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!

  Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!

   ¡Es más!
   ¡Se compraban para la vida de los que venían
después!
   La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza.
   Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces.

   ¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.

   ¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike?
    ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa?
   ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador
o el electricista?
   ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
   Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura.

   El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
   El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!!
   ¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de... años!
   Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)

   No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan.
   Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De 'por ahí' vengo yo. Y no es que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo', pasarse al 'compre y bote que ya se viene el modelo nuevo'.Hay que cambiar el auto cada 3 años como máximo, porque si no,  eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado . Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!!  Pero por Dios.

   Mi cabeza no resiste tanto.

   Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real..

   Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.
   Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no.. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?

   ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?

   En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!

   Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.

   Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para pone r en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!

   Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'éste es un 4 de bastos'.

   Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa.

   Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!

   Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita', nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

   Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.

   Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo,pegatina en el cabello y glamour.


   Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la 'bruja' como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la 'bruja' me gane de mano y sea yo el entregado..

    Eduardo Galeano