Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

miércoles, 26 de diciembre de 2012

La vida te da sorpresas...


    

     Rescató su corazón de los anaqueles de la miseria un martes de cuaresma. No vayan a pensar que se hizo rico con la herencia de algún antepasado antillano o le tocó, como a modo de carambola, un boleto de la lotería primitiva. Muy al contrario lo que le vino a ocurrir discurría por el lado opuesto de la vida, ese por el que transitan todos aquellos, que sin patria ni bandera, duermen bajo el techo de cristal de las estrellas. Ocurrió que su amada gatita de angora lo puso de patitas donde cantan los serenos, hastiada, así se lo hizo saber, de pagar la manutención y los antojos de un zángano improductivo.
     Hasta ese momento la existencia de  Carlitos Boyero había sido un ir y venir de exquisiteces, de primores cuajados y caprichos, con los que la hija del poderoso diputado Romero le había satisfecho. Coches caros, viajes alrededor del mundo y el mejor palco en la Opera de Viena, aunque la cuestión del bel canto le viniese como larga y un sopor traducido en sueño le afectase de forma irremisible cada vez que oía a sopranos y tenores entonar sus enfebrecidas trovas.
     Cómo entonces era posible, se preguntaba, borracho y entumecido, que un banco mísero del Parque Municipal hubiese sido por primera vez lecho y catre donde descansar su hasta hace poco preciada osamenta. De qué manera, se decía, podría ser capaz de asimilar que de golpe y porrazo, sin aviso previo, aquella niña de papá que decía querer quererle hasta la muerte le había dejado a la luz serena de las estrellas con lo puesto, que no alcanzaba a otra cosa que un buen traje de diseño, un móvil de última generación y una cartera en la que apenas se atrevían a asomar un par de billetes de veinte euros, exigua renta después de una noche de alcohol y lupanar donde ahogó en mares de Cutty Sark las recién estrenadas penas.
     Bien es cierto, atinaba a pensar, que las putas  con sus farras se esfumarían con la guita y que todos aquellos que le habían lamido el culo hasta sacarle lustre no darían ni un inmundo chavo por él, con lo cual no era difícil cavilar que dicho lo expuesto, sin oficio y menos aún beneficio, ni el camión de la basura tuviera para ofrecerle ni un puñetero jergón donde reposar sus maltrechos huesos.
     Por ello, y después de infinitas cavilaciones, llegó a la clara conclusión de que lo mejor era bajarse los pantalones, llamar a su ofendida dama y pedirle, aunque de rodillas fuera, que le dejase volver al abandonado lecho de amor donde tantas y tan variadas veladas habían compartido para su gusto y deleite. Así, con el nudo de la corbata desatado, la barba asomando a raudales por la tez congestionada y los parpados surcados por cercos de negras ojeras, entró en la primera cabina telefónica que encontró en su camino y marcó, entre un mar interno de temblor e incertidumbre, el conocido número telefónico de su amada damisela en la certeza de que si usar usaba el suyo propio, esta, no habría de dignarse ni al hecho simple de descolgarlo. Tres pitidos con sus pausas y al momento la voz mecánica del contestador que le instó a  no molestar ni una sola vez más a la señora.
     Al cabo de algunos días desistió Carlitos Boyero en su empeño de recomponer aquel amorío roto. Tan solo logró de la que había sido su amada una maltrecha maleta que hubo de salir disparada por el balcón señorial situado entre las ventanas de la que había sido su venerada mansión. Así, después de deambular sin horizonte alguno por calles y callejones, hubo de encontrarse a la puerta conocida del Café de Nicanor donde recuperó su viejo escaño de contertulio entre los que venían de vuelta en los avatares y sucesos que acompañan el vivir con sus asuntos.
    Desde entonces,  y ha transcurrido un tiempo, espejismos rosicleres ya no le fruncen el ceño, ni le cobran alquileres las mujeres que olvidó, bajo el sol que le apuñala vive sin patria ni dueño, como el aire lo regalan y el alma nunca la empeña, con las sobras de sus sueños le basta para comer.
     De que voy a lamentarme, piensa, si bulle la sangre en mis venas y cada día al despertarme me gusta resucitar. A quien quiera acompañarme le cambio versos por penas, porque intuyo y tengo claro, ¡las vueltas que da la vida!, que bajo los puentes del Sena de los que cambian de norte se duerme sin pasaporte y está mal visto llorar.

     Una vieja canción de Sabina me dio la idea y fue el hilo conductor de esta historia que hace bueno aquel dicho que a venir dice aquello de que "en una vida hay muchas vidas"


martes, 4 de diciembre de 2012

De curas con sus haciendas


  
      

      El día en que las beatas fueron en gloriosa comitiva a Ciudad Real a visitar al señor obispo permanece, a pesar de mi corta edad por aquellos días, inalterable en el recuerdo. Jugábamos en la calle, felices y despreocupados, cuando vimos pasar ante nuestras narices, congeladas y cubiertas de mocos, un autobús, extraño artilugio en aquellos tiempos de mulas y carros, cargado de  benditas y cándidas matronas dispuestas a dirigirse al obispado para defender a capa y espada la meritoria figura de Don Pablo, cura coadjutor de la parroquia, ante la execrable estampa del párroco que a la sazón era en aquellos años oscuros el que hubo de bautizarme y posó sobre mi boca de tierno infante la primera hostia en comunión, Don Antonio Moreno Maroto.
     Don Antonio era clérigo a la vieja usanza. Sotana raída, cubierta de mugres, barriga prominente por el “ayuno constante” y de  costumbres con modos anticuados que veían con malos ojos el nuevo modo de apacentar a las ovejas del rebaño que tenía su compañero eclesiástico. Eran tiempos en que lentamente se iban modificando las líneas férreas que había adoptado la iglesia durante los años de la posguerra y una tímida apertura se empezaba a vislumbrar por aquellos rincones plagados de polvo con telarañas.
     Debió ser en aquella época de tímido aperturismo cuando se hizo famoso en el pueblo un grupo musical, The Bluman se apellidaban,  formado en su mayoría por  miembros de raza gitana  que pusieron de moda, con la inestimable ayuda del clérigo renovador, el cantar en la Iglesia a ritmo de rocanrol los domingos a  las doce en lo que se dio en llamar la misa ye-ye. No pueden imaginar, queridos y queridas míos, la que se montaba los susodichos días, con sus fiestas de guardar, en la puerta de la añeja parroquia de La Asunción donde, como si de un concierto de los Beatles se tratara, colas de gente esperaban el momento de tomar asiento en los curtidos bancos de la Iglesia, hartos de culos, pedos y calentones, con la novedosa intención de ver ante sus pasmados ojos si en verdad era cierto aquello de que hasta se cantaba con desmesura donde hasta hace poco solo se habían dado cantos en latín de gregoriano.
     Así, las melenas de los hermanos Torosio y de alguno más que mi breve memoria abandonó en el olvido, ondearon como bandera tricolor al viento durante un tiempo que se hizo breve. El que tardó en inflársele, al menos un huevo, al mandamás eclesiástico de la villa y sus borregos, más de derechas que Blas Piñar, a buen seguro del Opus Dei y con la mente anclada en los años en que reinaba el rey Carolo.
     Por ello, porque estos hechos eran como el aire nuevo y no eran bien vistos por los poderes fácticos del lugar, se avivaron críticas y descréditos por doquier sobre las personas que los llevaban a la práctica.  Al lado de todos ellos estaba la omnipresente figura del presbítero conservador que apoyaba todo lo que fuese continuismo y oscurana. Así y con esas, las gentes se empezaron a fraccionar  en acciones y opiniones. Toda la comunidad se dividió por cualquier motivo, por banal que este fuese, en partidario del uno o furibundo detractor del otro y así las cosas, las aguas empezaron a bajar revueltas por estos lugares, más aún cuando se supo que las fuerzas vivas del pueblo, que ahora llamamos fachas, habían logrado que el obispo desterrase al cura provocador  a otro lejano lugar para quitarlo de en medio.
      Fue entonces cuando, imbuidas de un  gran ardor revolucionario, viajaron aquellas excelsas mujeres en autobús hasta Ciudad Real consiguiendo el venerable propósito de que su amado clérigo continuase en el pueblo y también ocurrió, poco después, que en el regodeo  del éxito conseguido apareció un animal de raza felina, un gato negro sin más, ahorcado, no recuerdo bien si en la puerta de la casa del cura mandón o en un árbol que había cercano, con un cartel sujeto al pescuezo en el que podía leerse esta precisa y escueta nota:
      -“Cura curato, si no te vas del pueblo, te veras como este gato”-.



sábado, 17 de noviembre de 2012

Días de escuela


     
     Aprendí a escribir a bofetadas. Era obligado el uso de la pluma que había de mojar una y otra vez en el tintero. El pulso se disparaba, las manos temblaban y la gota de tinta caía  sobre el papel, blanco e inmaculado, brutal e inmisericorde. Cogía cauteloso el secante  y la monja que había estado observando la escena, se levantaba con calma, despacio, regodeándose mientras me amarraba de los pelos salpicándome dos sopapos de padre y muy señor mío, poniéndome la cara como un tomate y haciéndome ver las estrellas de colores.
     La escuela de Don Sebastián estaba en la calle de la Inmaculada, en el piso bajo de lo que entonces llamaban “el comedor”, lindando con la primera Iglesia que hubo en el pueblo. Mi paso por aquel lugar fue efímero pero se me quedó grabado a fuego en la memoria. Era  una escuela a la usanza de aquella época. Suelo de madera y tarima en alto donde estaba situada la mesa del maestro. Entonces a las personas que tenían el  oficio sublime de enseñar se les llamaba maestros. En los tiempos actuales esa palabra ha quedado relegada al olvido y es de uso común utilizar el odioso vocablo de profesor que parece como de más rango y distinción. En el centro de la pared estaban silla, mesa del maestro y una pizarra enorme; a los lados, los consabidos cuadros, adustos y ajados, de José Antonio Primo de Rivera y el Generalísimo Franco. Me pregunto, ahora que la conozco, si será cierta la historia que siempre escuche decir, que afirmaba que el líder de la Falange había sido hecho asesinar por el dictador en su afán de ir librándose de obstáculos en su camino por llegar a la jefatura del estado. De ser así, y si los fantasmas existen, debía de ser jodida la cohabitación de aquellos dos personajes en  las escuelas y organismos oficiales del estado.
      Con Don Sebastián  aprendí la tabla de multiplicar. Nos colocábamos en corro y el primero, el que estaba más cerca del maestro empezaba a cantar. Entonces se enseñaba la tabla cantando: “dos por uno es dos”, el siguiente: “dos por dos cuatro, el otro: “dos por tres seis”, hasta que llegaba la retahíla a uno que se paraba quedándose transpuesto:   “dos por seis, dos por seis, dos por seis”. Ojos al techo, semblante demudado, lentas gotas de sudor cayéndole por el rostro y de repente, como caída del cielo una hostia, con perdón, que le desempolvaba el intelecto al más “pintao”. Eran los métodos, las formas y maneras de enseñar en aquellos tiempos no tan lejanos. Todo estaba permitido al que tenía el deber de enseñar y poco le era consentido a quien no tenía más remedio que aprender y callar.
    
     Al final de la calle de Cervantes, cuando esta se une con la Avenida de los Mártires, se encontraban las escuelas "nacionales" del Jardinillo. Supongo que se llamaban así, porque en el extremo final del edificio había un pequeño jardín, que siempre conocí sin flores. Debían de correr los albores de los años setenta cuando fuimos trasladados aquel lugar del que guardo un grato recuerdo. Allí conocí a quien  siempre sería, en toda la amplitud de la palabra mi maestro y con el pasar de los años amigo Eugenio Laguna Saavedra, pequeño de estatura y con el corazón grande. Vivía entonces Don Eugenio en una casa que había en el piso alto del colegio, junto con su esposa, María Teresa, que también ejercía la docencia  y sus dos hijos, Carlos, del que siempre fui amigo y la pequeña Alicia. Las aulas en aquel lugar eran inmensas y por ello terriblemente frías en el invierno, por lo que existía en el patio una habitación negra como la pez, llamada carbonera, donde se almacenaba el carbón, que después se quemaba en unas estufas de hierro fundido que despedían un humo de mil demonios  que provocaba que todos volviésemos a casa con olor y peste a zorruno. Pero eran años en que la delicadeza y el empaque brillaban por su ausencia y se hacía bueno el viejo refrán del “ande yo caliente y que se ría la gente”.
     Como botón de muestra baste con decir que los retretes que usábamos no eran otra cosa que agujeros practicados en el suelo y que las heces y orines iban a una inmensa fosa donde al caer hacían un ruido como de huevos rotos. En aquellos orificios  las defecaciones hasta silbaban en su rumbo a los profundos abismos, como bombas incendiarias masacrando el bendito suelo de Guernica. También echábamos campeonatos “del mear largo”. Todos los infantes puestos en hilera, parejos y al unísono, intentábamos llegar con los orines desde una pared hasta la otra y este servidor de ustedes, fimósico como era, terminaba colocando la meada donde empezaban sus pies. Tampoco resultaba  extraño, porque en los años en que se desarrolla este periodo de mis añejas historias, que aunque lejanos no son excesivos, eran pocas las casas donde existían cuartos de baño y aseo. Acostumbrados estaban entonces, los que por ese tiempo vivían, a hacer sus más precisas necesidades, casi por lo general, en lo que se daba en llamar vulgarmente basura. Colocados en cuclillas y rodeados de toda clase de desperdicios, botes de hojalata vacíos que habían contenido toda clase de conservas utilizadas en el comer cotidiano, cartones, plásticos y papeles, adornaban por último aquel paisaje peculiar los animales, por lo general gallos y gallinas que merodeaban por el lugar comiéndose las mondas de las patatas, los detritos de los humanos de dos patas y las pieles de las frutas que por allí estaban diseminadas y que siempre terminaban picando el culo o tirándose a la chepa de quien estaba cagando.
     Algunas tardes, ocasionalmente, y cuando el clima de esta tierra del demonio resultaba apetecible, anunciaba Don Eugenio que saldríamos de paseo. De esa guisa, cogidos de dos en dos de la mano, nos encaminábamos a las eras cercanas del Portazgo donde una vez llegados dábamos rienda suelta a nuestros instintos primarios, traducidos en juegos que parecer parecían sobrevenidos de épocas recónditas en las que el homo sapiens empezaba a habitar el infausto globo terráqueo. En aquellos  tiempos no existían  polideportivos ni instalaciones donde poder practicar deporte alguno y la única vía de escape era irse a las eras situadas en las afueras del pueblo. Allí jugábamos al fútbol hasta caer reventados y tampoco era extraño que entre juegos y retozos, acabásemos aquellas jornadas de esparcimiento con alguna aporreadura en la cabeza, producto del énfasis entusiasta que poníamos en el desarrollo de múltiples batallas en que las piedras llovían por doquier
     En la inmensidad de aquellas desaliñadas estancias se alineaban unas mesas grandes, como esas que se ven en las películas que versan sobre la edad Media, en las que los comensales se sientan en largos bancos corridos, devoran sabrosas viandas y disfrutan de vinos olorosos. Nosotros nos sentábamos en aquellas bancas sin respaldo y escuchábamos con atención las explicaciones que salían de la boca del maestro. Poco a poco se nos iban calentando las posaderas ante la dureza de tan incómodos asientos y empezaba el desfile de peticiones para ir al retrete. Cualquier excusa era buena para estirar un poco las piernas. Los días de lluvia el patio de las escuelas era un charco inmenso y los infantes que por el merodeábamos teníamos que andar con mucho tiento para no dar con nuestros débiles huesos de bruces en el suelo, practica en la que era experto el hijo del maestro.
       Así, las épocas invernales se tornaban interminables. Las clases terminaban a las cinco de la tarde y el frió agarrotaba los dedos de pies y manos ya que era una mísera estufa  toda la fuente de calor que había para caldear aquel aula inmensa donde, lenta y concienzudamente, aprendíamos  los elementales conocimientos que habrían de valernos para abrirnos paso en la vida.



jueves, 1 de noviembre de 2012

Del abuelo Santiaguillo...


   Mi abuelo materno portaba para su identidad el hispano nombre del patrón de la patria hispana, Santiago para más pelos y señas, aunque todos en el pueblo le llamaban  Santiaguillo. Era hombre a quien siempre acompañaba la boina calada en la cabeza  que, en los años en que a su lado anduve, empezó a volverse gris como el plomo y quedó surcada a ambos lados por prominentes entradas. También acarreaba la cualidad de ser dicharachero, chistoso, ocurrente y tan amante de los refranes, que para cada asunto de la vida, para todo momento en cuestión, guardaba el dicho, el proverbio y la máxima adecuada.
     Su sabiduría en las cuestiones de la vida era amplia. Todo debido a los avatares de los tiempos vividos que le hicieron agrandar sus conocimientos, extensos y profundos para una persona que ignoraba el arte de leer y el oficio de escribir a límites que bien quisieran hoy poseer muchos versados con tres carreras. Trabajó durante buena parte de su vida en una de las casas pudientes del pueblo, perteneciente a un hacendado terrateniente, en la que obtuvo como premio, después de décadas de trabajo y  llegada  la hora de su ansiada jubilación la carencia del derecho a pensión alguna por los servicios prestados, pues aquel digno señor no tuvo a bien pagar  un solo duro al Seguro Social por sus servicios. Eran tiempos, que en algo se empiezan a asemejar  a los que vivimos, en que los patronos se hacían ricos a costa del sudor de sus criados, a los que vejaban y explotaban hasta la saciedad por un salario miserable e inmundo. Pero ello no era óbice para que Santiaguillo pasase por la vida con alegría. Y como siempre, les cuento.
     Siempre refirió mi madre, cual perenne letanía, que en los virulentos tiempos que siguieron a la guerra civil, en la década de los cuarenta, cuando escaseaban  alimentos y ropas. y las enfermedades asolaban a toda la pobre gente que vivía por estos parajes, siendo el hambre compañera diaria del discurrir cotidiano, como solía llegar su progenitor a la humilde morada en la que cobijaba a sus cinco hijos en la calle del Membrillo, con transeúntes de cualquier tipo y pelaje a los que encontraba en la calle, ofreciéndoles asilo y lo poco que tenía, con el consiguiente enfado de su mujer, mi desconocida abuela Benigna, que al final de la guerra le aconsejaba, según contaban, que gastara las escasas pesetas que ahorradas tenían porque no iban a servir después para nada. Y para  nada sirvieron, al menos entre la gente pobre, cuando Franco y su tropa de miserables ganaron la civil contienda; para nada que no fuese otra cosa que hacer cuadros, que era lo que siempre contestaba el abuelo que harían con ellas si tal ocasión llegaba. Y es que era bueno de solemnidad, amigos y amigos míos, pero mas “agarrao” que un chotis.
     Llegada la Navidad, unos días antes de la Nochebuena, era para él rito sagrado, acercarse al monte a coger unos palos secos y rectos, procedentes de no sé qué árbol o planta, que acompañados con una piel de conejo, puesta a secar muchas semanas antes, le servían para convertir una lata de tomate de cinco kilos en  sonora zambomba. Contaban también que era aquella una costumbre que arrastraba a lo largo de toda una vida y hasta hace pocos años aun había testigos como Manolo Piña que podrían atestiguar las juergas y cachondeos que se montaban tocando y cantando villancicos con aquel artesanal instrumento entre vasos de limoná.
     Santiaguillo dejó a su estirpe una herencia singular. Todos hablamos por los codos. Mi madre habló y conversó siempre, ahora, por desgracia, ya está en declive, aunque tuviera cuarenta de fiebre y le temblara el pulso con sus constantes vitales y un servidor, como digno descendiente,  nació casi con la palabra en la boca; en cambio para andar necesité años y días, debido tal vez, a mi consabida condición de ochomesino. Ya hemos dicho y volvemos a decir, por si algunos no lo recuerdan, que fue el abuelo quien después de visitar a su hija tras el parto, con kilo y cuarto, de este escribidor de poca monta, quien dejo sentado el dicho aquel que decía el “que descansando te habrás quedao hija mía”  
     Viajaba el abuelo, con carro y mulas, frecuentemente a la Casa del Yerro y solía hacerlo en soledad, salvo en una ocasión que anduvo el camino amparado de otro que tenía fama de hablar tanto o más que él. Empezaron pues a recorrer kilómetros y comenzó Santiaguillo con su plática, sin cesar el discurso en un solo momento. ¡Cuál no sería el ritmo de la disertación, que cuando estaban a punto de llegar a su destino, aquel que le acompañaba no tuvo más remedio que suplicar: “Santiago cállese usted un rato  y déjeme a mí que hable, que si no reviento”!
     Según tengo entendido, la madre del pudiente para quien trabajaba se arrojó al pozo y nadie tenía el arrojo suficiente para bajar al fondo a sacarla, hasta que el abuelo, atado a una cuerda, armado de vela y palmatoria, consiguió atarla para que la izasen a la superficie. La elevaron en varias ocasiones y volvió a caer a las profundidades; así cuando estaban a punto de sacarla, volvió a soltarse, arrastrando en su caída a Santiaguillo que exclamó desde el fondo de los avernos: “Me cago en la leche puta, ni muerta me vas a dejar tranquilo”. Son anécdotas, cuestiones y vivencias que perduran en boca de las gentes de estos lugares y que se comentan a través del paso del mucho tiempo transcurrido formando parte del anecdotario popular.
     Eran también los años en que multitud de circos de poca monta, visitaban los pueblos de toda España, ofreciendo espectáculos de categoría más que dudosa y condición precaria. Arribó pues, algún día de finales de los sesenta, a este pueblo y sus contornos El Circo de Tarugo, una  tramoya de trashumantes que solía aposentar sus reales en la explanada del parque. Poco después la villa, con sus calles y callejones, se llenó de voces que a los cuatro vientos, anunciaban que en fechas muy próximas iba a tener lugar un grandioso espectáculo al que podían asistir niños, adolescentes, jóvenes, adultos y viejos, pues era de tan variado entretenimiento, aseguraban, que haría el deleite de las personas de cualquier edad y condición. Y así fue como ocurrió que el abuelo Santiaguillo acudió presto en mi socorro ofreciéndose a acompañarme, con premura y en primera línea, al visionado de tan inusitado acontecimiento. Llegado el ansiado día emprendimos los dos el camino hacia el parque, donde estaba instalado el circo en cuestión, que de circo tenía poco, porque carpa no ostentaba; solo estaban allí aposentados al lado de un circulo de herrumbrosos  bancos de vetusta madera donde los espectadores se iban sentando, unos cuantos vehículos desvencijados, junto con una caravana comida por la cochambre, donde aquellas pobres gentes debían pasear sus avatares a lo largo y ancho del territorio español.
     Llegado el momento sonó la música y empezaron a desfilar los artistas con toda la dignidad que su condición les permitía, pero con más mugre que el cerrojo de la cuadra de un cochino. Los payasos, magos, malabaristas y  titiriteros eran escasos y fueron apareciendo ante mis ojos estupefactos mientras el espectáculo empezaba a discurrir con más pena que gloria, pues a nadie se le ocultaba que aquello tenía poco de entretenimiento y así, cuando el hastío empezaba hacer acto de presencia con bostezos, pedos y suspiros anunciaron, como gran acontecimiento de tan celebrada noche, que en breves instantes tendría lugar un clamoroso acontecimiento taurino e inmediatamente, apareció ante nuestros asombrados ojos, un tío cobrizo y como abetunado, gitano para más señas, vestido con un traje de luces que por sus remiendos y raspaduras, había debido pertenecer a Frascuelo en sus comienzos. Sonó un clarín o algo que se le parecía y salió de la caravana, que como pueden imaginar hacía las veces de chiquero, un animal que parecía parecer un toro, pero que no era otra cosa, que dos de aquellos infelices metidos dentro de un trapo negro con lo que debiera ser la cabeza de un animal que supimos que era vacuno por los cuernos que portaba y al que después de darle unos cuantos pases de frente y de lado, de pie y a porta gayola dieron muerte simulada, desatándose el clamor y las ovaciones de los presentes que como dice el refrán, hubieron de pensar que a falta de pan, buenas podían ser  tortas. En mitad de la lidia, y con la res pataleando la tierra, pasaron por entre el público con unos platos de hojalata pidiendo la voluntad, que por estas tierras se llama al dar lo que cada uno estime oportuno. Ni que decir tiene que el ardor por depositar algo en el plato era más bien escaso, pero también era cierto que aquellos pobres, poco ofrecían, pero con menos se conformaban.
     Terminada la fiesta, todos fueron levantando sus reales traseros de los asientos y encaminándose entre chanzas y comentarios a sus respectivas moradas. Y en esas andábamos el abuelo y un servidor, cuando atravesando la explanada de la calle, que entonces era de Calvo Sotelo y hoy de Castelar,  arremetió contra las posaderas de Santiaguillo, lo que pareció ser otro toro salido del fondo de los infiernos, pero que no era otra cosa que un muchacho, que en el éxtasis de lo visto creía haberse convertido en astado. Salió el abuelo como por un resorte disparado, yendo a dar con toda su humanidad en el suelo. Al levantarse, arañazos y rasguños surcaban su cara; las manos llenas de sangre, boina por un lado, chaqueta de pana por el otro, y la boca, ¡Dios mío la boca!, expeliendo sapos y culebras contra los autores de aquel desaforado acto, que huían como perseguidos por el diablo. Salieron a relucir madres, se acordó de  los padres sin saber su nombre y a los venerados santos del cielo, incluido digo yo que San Pascual Bailón, les debieron de silbar los oídos aquella noche memorable. A la procesión que siguió después no le hicieron falta nazarenos, ni banda de música que animara el cotarro porque tuvo su propia salsa. Mi abuelo, que como un ciclón caminaba delante, echaba y derribaba contra todo lo que le venía a la cabeza. Se corrieron  cerrojos y hubo puertas que se abrieron a nuestro paso. Asomaron las cabezas de las gentes, que semiocultas entre las cortinas de las ventanas con asombro preguntaban: “¿Qué le ha pasado a usted Santiago?”, mientras él seguía caminando, conjurando e invocando a los antedichos, sin hacer el menor caso y yo contestaba una y otra vez: “Que lo ha “pillao” el toro, que lo ha “pillao” el toro”.                                      
       Así continuamos en doloroso cortejo por la calle de San Sebastián, llegamos hasta La Puente y finalmente enfilamos, con los dichos y hechos acrecentados la que dedicada está al Capitán Casado rumbo a la casa de mi infancia, que estaba y está, en el número siete de la calle de Don Máximo Laguna. Llegados a la intersección con la de Cervantes ya se percató mi madre, que por ser verano estaba tomando el fresco sentada en uno de los balcones, de que algo raro había ocurrido, pues las voces e improperios de su padre no dejaban lugar para la duda. Abrieron la puerta de la calle y subimos las escaleras entre quejidos y lamentaciones, hasta que llegados a una terraza que en el lugar había, donde mitigábamos con supina paciencia los ardores del caluroso verano con el botijo a la vera y encontrándose en ella mi padre y la tía Pilar, hija también del susodicho, no tuvieron mejor ocurrencia que partirse el espinazo a carcajadas viendo el estado de deterioro en que llegaba el ilustre prócer. Aquello fue la gota que colmó el vaso y la garrota de mi padre, del que ya dijimos que era cojo, a punto estuvo de partir, de no ser puesta a buen recaudo, el espinazo de la anteriormente citada.
       Cuando te aproximas al pueblo, desde cualquier dirección, siempre se divisa  lejana la enorme mole de tierra a la  que en estos lugares llamamos Cabezuela. Su nombre real es Molino de Viento o al menos así se puede comprobar en los mapas topográficos del Ejército del Aire. Debe ese nombre a que en tiempos pasados, cuando la electricidad aun no había llegado a estos recónditos lugares, la tarea de la molienda de cereales se hacía cada temporada en un molino que había en ese cerro. Subían hasta allí entre sufrimientos, las caballerías con los carros transportando su carga. Con el paso de los años llegaron las obras del ferrocarril y todos los terrenos de la Cabezuela que están orientados a Torrenueva y que eran propiedad de su hacendado jefe fueron utilizados como cantera para la extracción de tierras y allí fue a dar con sus huesos el abuelo Santiaguillo.
Contaba que marchaba todos los días antes  del anochecer y que volvía ya bien entrada la mañana. Con frecuencia, recibía la visita de gentes de mala fe, que subían hasta aquel lugar en las alturas durante las largas madrugadas del invierno con la única intención de alojarle el miedo en el cuerpo, otras en cambio llegaba buena gente en busca de cobijo y compaña. Eran tiempos en que la electricidad estaba poco presente y tenía que pasar noches enteras a la luz escasa de los candiles, guardando el material y los explosivos que eran utilizados en la cantera.
     Uno de los últimos quehaceres que le recuerdo al abuelo fue el reparto de sacos de carbón, que entonces se utilizaba para cocinar en las casas, en un carro de madera tirado por una mula, propiedad de un hombre de tez cetrina, que tenía un puesto de venta de petróleo en la plaza y que se llamaba Bernardo. Cuando llegaba hasta mi casa subido en aquel artilugio, gritaba desde la calle: “Coroneeeeeeeeeeeel” y bajaba los escalones de la escalera de dos en dos a su encuentro. Y me encontraba entonces con el placentero momento en que atravesábamos el pueblo a través de un montón de calles llenas de baches y tierra dando tumbos subidos en aquel cacharro y disfrutando  con la gente que al vernos nos saludaba diciendo: “Hasta luego Santiago” a lo que el abuelo siempre contestaba: “Adiós, hijo mío”.
     Y quiso ser por este motivo, por el de llamarle hijo a todo el que saludaba, que el día en que cumplidos los ochenta años, cuando hizo el equipaje y partió para  otros mundos, Don Miguel Esparza, cura del lugar en aquel año de 1975, dijera en la homilía de la misa, para quien lo quisiera saber, que aquel día de Santiago, fíjense que coincidencia, había muerto el padre del pueblo, el que se llevaba bien con todo el mundo.

   En esta entrada eliminé la música de obligada escucha por la simple razón de que no encontraba lo que deseaba en el lugar de los”interneses” que siempre utilizo para esta cuestión. Como después lo encontré en el Youtube, les conmino, amigos y amigas míos, a que si les place lo escuchen después de la lectura.
    Es la banda sonora de una de las últimas películas del gran Paul Newman titulada Ni un pelo de tonto. Si lo tienen a bien y lo desean véanla porque en ella encarna  un personaje, a mi modo de ver, curiosamente entrañable.


 




lunes, 8 de octubre de 2012

De como los Churriegos salieron en televisión



No es costumbre acostumbrada la de insertar en esta factoría de escritos, artículos, vídeos y otras historias que no sean las que este escribidor va elucubrando desde su exigua mollera. Más he de decirles, sobre todo a aquellos que andan por otras tierras que hasta nos hemos hecho famosos los santacruceños, puesto que hace unos días la televisión autonómica y el programa Ancha es Castilla La Mancha hubieron de visitarnos para contar a todo el que lo quisiera ver como somos y donde estamos. Por ello, he pensado que a todos los que no pudieron visionar el antedicho programa habría de hacerles ilusión verlo aunque sea con retraso. Así que a la espera de que las musas acudan en mi auxilio para contarles algún nuevo parto les dejo con algunos de mis paisanos  y sus cosas. Que lo disfruten.



miércoles, 26 de septiembre de 2012

A la santa, en día de boda.


     
     El día que me casé, ¡que guapa iba la santa!, portaba sobre las napias unas gafas de tan considerables dimensiones que hubieron de ser y aun son motivo de cachondeo. Que vamos hacer si eran tiempos en que la moda con sus estilos diseñaba antiparras de amplia holgura que superpuestas en las narices parecían los anteojos que calza Bartolo, personaje que encarnado por José Mota, nacido en Montiel y manchego hasta la médula, hace las delicias de mi vástago primogénito y de su hermana la infanta.
     Más no habrá de ser este el hilo que de argumento al presente relato, sino más bien el referido al berrinche y desasosiego que sufrió la santa en tan señalado día, por el hecho acaecido de que pareciera que San Pedro, en un arranque de mala leche, hubiera abierto las compuertas que detienen el agua en el cielo para soltarla de golpe y sin control, sin remisión ni remedio, sobre las cabezas de quienes habíamos de ir a la boda con su banquete.
     Haciendo historia diré, que ya entreveía algo, cuando puesta la fecha a tan señalado evento, veintiséis de septiembre del mil novecientos noventa y dos, empezó a musitar, por lo bajo y como en plegaria, aquello del “que no me pase a mí como a mi madre y abuela”, haciéndose tan pertinaz y repetitiva que hube de insistir para que me contara las razones de tal premonición, que no eran otras que las que venían a decir que el día del enlace de las anteriormente citadas hubo de llover más que cuando se casó Neo. Añadámosle a esto el hecho de que le dio por otra tabarra con su monserga y les cuento. Ya saben ustedes, queridas y queridos míos, por lo contado en anteriores escritos que un servidor fue dado en sus juveniles años a la composición de murgas y letrillas, motivo por el cual la santa en un despliegue de intuición y lucidez, me incitó o mejor decir ordenó, que en lugar de la usual invitación de boda, cosa muy vista y manoseada, me sacase de la manga exprimiéndome el intelecto unas coplillas, eso sí, (…buena es la perrilla “pa” ir de caza,), originales, “que cualquier cosa no vale”, para invitar al festín a familiares y amigos.
     Ya les he dicho la fecha del acontecimiento, año que recordaran de muy patrias celebraciones como las Olimpiadas de Barcelona y Exposición Universal de Sevilla, con lo cual y a diferencia de estos tiempos nefastos había trabajo a manta en mi camarero oficio y es por ello que les juro si hace falta sobre la Biblia, que poco faltó para que entre moros de Marruecos, alemanes cabeza perro, gabachos del país vecino y composiciones varias, no diera en reventar como el lagarto del Viso.
     Y fue por ello, prometo que fue por ello, por el hecho de que la santa estaba genéticamente predestinada a servir como imán atrayendo a las nubes y porque este servidor de ustedes incitó sin remisión a los dioses de la lluvia al componer una letra que decía:” ya pueda nevar o llueva, con la venia del alcalde, el cura nos casará, a las siete de la tarde”, por lo que el cielo abrió sus puertas muy de mañana y empezó a caer un aguacero pertinaz, mientras un horizonte de plomo se columbraba de Norte a Sur y de Este a Oeste.
     Con premura arranqué mi Seat 127,  desconchado y salpicado de bullones,  y me dirigí a la casa de la novia, que sigue siendo la de mis suegros y encontrándola envuelta en un mar de llanto la hube de consolar diciendo: “no te preocupes, si no vamos en coche lo hacemos en barco”, motivo por el cual casi firmé el divorcio antes de estar desposado. En estas estábamos, cuando hubo de aparecer, porque por allí andaba, el primo Pablo, hijo el pueblo emigrado a las catalanas tierras y que siempre que nos visita lo hace portando sus utensilios de barbero, ofreciéndose solícito y servicial, mientras amainaba el temporal, a dejarme el pellejo impoluto y la cara sin barba. Ya hube de advertirle, intuyendo la que se avecinaba, que uno es de piel muy sensible, delicada y dada al sarpullido y la erupción cutánea, hecho este que no frenó sus ansias de meterme mano, en el barbero decir de la palabra, por lo que presto desenvainó la navaja barbera y después de múltiples friegas de masaje Floid acometió la faena que una vez terminada me dejó la piel como el culo de mis dos hijos cuando tenían tres meses, de no ser porque fue y pasó, que pasados unos minutos el semblante empezó a enrojecerse asimilándose a una paella hirviendo y dando la impresión de que en vez de maquillaje me había frotado la tez con dos kilos de pimentón de La Vera.
     Y no piensen amigos que cedió ni un ápice la caída durante el día de tan líquido elemento. Muy al contrario, con el paso de las horas, se incrementó su fluidez hasta límites inaguantables, que hubieron de hacer e hicieron, que ambos contrayentes no tengamos ni una sola foto en exterior de tan señalado momento. Y no acabó aquí la cosa. Terminada la boda y dispuestos a partir en autobús hasta la bella Italia, las nubes de la discordia nos siguieron, como apache en las praderas, por doquiera que anduvimos. Así supimos muy de cerca como llueve en Roma, Venecia o Florencia y les puedo aseverar, rotunda y categóricamente, que es “pabajo, como en tos sitios”. Solo cabe esperar que si en las bodas de plata nos vamos de crucero como desea la santa, no desatemos el furor de algún huracán perdido que presto venga a nuestro encuentro, bien sea desde Las Azores o la costa del Pacífico.


     Me vino a la mente este escrito porque hoy se cumplen veinte años de tan señalado día. Y aunque Gardel en su tango  asegure que nos son nada, yo pienso que dan para mucho. Para tanto que ya tenemos, y eso que no corrimos para encargarlos, la santa y su servidor, al vástago primogénito con sus 17 años y a la infanta de los lloros que arrastra sus trece a cuestas.
     Para Carmen, con quien llevo compartiendo toda una vida, es este relato del recuerdo que habré de acompañar y acompaño con una sencilla poesía que hube de regalarle algún día.
                            

                        POEMA DE AMOR EN EL ÚLTIMO DIA
                             
                                Al final del camino, en el último segundo
cuando la ola de la muerte me envuelva
arrastrándome hasta el fondo de los mares,
quiero encontrarte en las profundidades
plenas de algas, nenúfares y sirenas
y allí, vigilados por Neptuno y su tridente
darte mi último adiós, con lágrimas en los ojos.
Me costará partir y abandonarte,
me aferraré al último eslabón de la existencia
y lentamente, deteniendo el tiempo que me quede
miraré tus ojos, besaré tu boca, palparé tu vientre.
Y lo retendré todo, como el más preciado tesoro
en algún rincón de la mente y la memoria
para añorarte siempre, amada mía.  



viernes, 14 de septiembre de 2012

Que nadie me robe el día

                     

     

      A veces la adversidad rompe los esquemas destrozandonos la vida. Los pájaros negros vuelven a revolotear y nubes negras se otean de nuevo  en el horizonte. Y es entonces cuando bálsamos como la voz de Paco Ibañez, cantando Palabras para Julia, resultan curativos para los males del alma…..


                                                    Que nadie me robe el día
         ni la luz, ni mi sosiego,
         ni mis ratos charlatanes
         regados de vino.
         No los robéis, que los quiero.

         Que no se lleven la vida
         que siento dentro, muy dentro.
         No me ofrezcáis grandes cosas,
         no me abruméis con conceptos
         aprendidos y concretos.
         No me los deis, los detesto. 




sábado, 1 de septiembre de 2012

Tratado de urbanidad.


    Vivimos una época convulsa. Un tiempo en el que los valores supremos de las personas caminan arrojados entre sombras  a la porqueriza. Hoy en día, hablar de decoro y honestidad es síntoma de tontos, materia que lleva aparejado el hecho de ser tildado de imbécil. A un servidor de ustedes, queridos  y queridas míos, le importa un rábano lo que puedan pensar estas mentes lúcidas que hoy caminan por la madre tierra abanderando la doctrina, convertida en creencia, de que la imposición de la fuerza y el tributo al poderío son la única Biblia a seguir, el camino que todos hemos de recorrer. Desde aquí vaticino, como dijo Salvador Allende, que más pronto que tarde se abrirán nuevamente las alamedas y un viento fresco recorrerá los rincones apestados de este mundo de vergüenza. Nada nuevo hay bajo el sol; ninguna novedad es que los de siempre, aprovechen las coyunturas de los aciagos días que vivimos para aplastar, imponer y masacrar. Por ello, desde mi pobre factoría de escritos quiero reivindicar valores esenciales, bienes sin costo que parecen haberse perdido.

     Sería un buen síntoma que cualquier día, al despertarnos el reloj como canto de gallo en la mañana, no lo apagásemos de mala leche. Sería bueno también que por la mente no asomase la desgana y la desidia al enfrentarnos al quehacer cotidiano. Estaría de perlas, que los unos y las otras caminásemos al romper la alborada por la calle con el andar resuelto y en buena sintonía y que el tendero no engañase a las Marías. Que Juan apreciase a Pedro y viceversa y que ambos entrasen tranquilos al bar sin temer encontrarse con José, a quien repudian y odian desde hace años por una disputa banal que jamás condujo a nada.
     Por ello, sería también un buen detalle que Juan, Pedro y José diesen su brazo a torcer y un buen día se fundiesen en un abrazo y lo celebraran con unas cañas de cerveza, para que todo quedase en agua, en agua de arroyo que se lleva el olvido. Sería bueno también, curativo y saludable, que se pudiera servir a quien sirvió y que en contrapartida, se pudiera pedir a quien en tiempos pidió. Por ello sería de agradecer, de premiar y gratificar, que todo fuese limpio y como está dispuesto, que estuviesen siempre presentes la buena conciencia, el sentido común, el buen hacer y la prudencia y que hiciésemos de todos las palabras de Serrat, que todo sea como está mandado y que nadie mande. Y también sería bueno, sin espantarnos por ello, no llamarle al blanco negro y al negro blanco, andar por la vida sintiéndonos útiles y serviciales, aún deseando, que por unas horas o por unos días la parte ancha del embudo fuese para el que sufre la estrecha y la estrecha para aquellos, que sin mesura disfrutan de la ancha. Sería por último deseable, citando de nuevo a Serrat, todo un detalle, todo un síntoma de urbanidad que no perdiesen siempre los mismos y que heredasen de una vez los desheredados.

 

viernes, 17 de agosto de 2012

Para tí, desde las nocturnas sombras.

   

     Difícilmente podré expresar un sentimiento de mejor manera que a través de la poesía y más si esta aflora como un parto desde el alma. La poesía no nace cuando quiero, sale a la luz siempre que los sentimientos se derraman por los poros de mi piel estremecida. Así me pasa cuando observo una injustica contra la que me rebelo y clamo, si ante la pérdida de un ser querido el corazón se me desgarra y ante la contemplación de todo aquello que nos fue dado para ser gozado y compartido: los pájaros del cielo, la flor en primavera, el sol en la amanecida y el calor del amor de quien nos quiere y se entrega aunque le vaya la vida en ello. Desde este testimonio un día me detuve a pensar en la estampa de mi madre, en su discurrir cotidiano cuando niño, en su vida de incomodidad y trabajo. De ahí, de ese poso, salíó esta pequeña ofrenda, este canto a su vida duramente transcurrida. 
                   
                                          ENTRE LAS NOCTURNAS SOMBRAS 

Como acordes he oido tus pisadas
por los largos pasillos de la casa,
penitente, esa tos carraspeante
que te acompaña cada día en la alborada.
Tus sigilosos pasos entre sombras,
recuerdo de chiquillo, te escuchaba
lentamente, barriendo los rincones
con el canto del gallo en la mañana.
¡Que costales tan duros soportaste
en los años en que todo nos faltaba!.
Tambien recuerdo largas noches de hospital
que pasaste con padre, madre amada,
las escasas alegrías que te dio
la vida, tan penosa y trabajada.
Quisiera darte madre tantas cosas,
esparcirte la luz por tus ventanas,
y te basta una sonrisa acariciada,
un momento de charla, unas palabras
para bullir feliz, ¡que poco pides!,
y cuanto a cambio entregas con el alma.


jueves, 2 de agosto de 2012

La Colina





     


     


     Tendrán a bien perdonar, amantísimos lectores y lectoras de estas humildes cavilaciones, mi tardanza en dar termino a este relato, más ya les advertí que ocupaciones varias y la vaguedad cerebral que me invadía eran impedimento que habría de interponerse en el cotidiano desarrollo de mis escritos. Tenía la intención de volver a poner el artículo que antecede a este que sigue referido a La Colina para darle más sentido a la historia, pero supuse que hastiados quedarían si por tercera vez les venía con el mismo cuento. Por ello, si gustan y lo consideran oportuno léanlo y continúen con este y si así no fuera porque recuerden lo anteriormente escrito, hínquenle el diente al presente y me cuentan que les parece.
     Queden con Dios, yo me quedo con la Virgen, a la espera de que las musas de la imaginación y mi odiosa ocupación de camarero me dejen tiempo para elucubrar nuevas historias. Entretanto sean felices, que es asunto sin costo y gratificante.


     Tres siluetas. Tres siluetas difuminadas sobre un humo blanco de Ducados negro. Apenas entreveo sus figuras y aun sin saber quien son, adivino con certeza quienes habrán de ser. Detrás de lo que hemos dado en llamar barra se adivina cual Quijote cervantino la escueta osamenta de un personaje que bien pudiera proceder de los nórdicos países, pues a la usanza vikinga porta pelambre rojiza, hecho por el que aquí, en estos sagrados lugares nadie le conoce por su nombre de pila que resulta ser Antonio, sino por el apodo que como a perpetuidad lleva colgado cual medalla de patrona excelsa desde que arribó a los umbrales de la vida y que no es otro que El Jaro, El Jaro de los Botas. El segundo personaje que anima la reunión, y podrán comprobar que utilizo este verbo con propiedad, es Jesús, hermano del citado anteriormente y que desgrana con brotes de encendida pasión los acordes acompasados del Ojala de Silvio Rodríguez en su maltrecha guitarra, compañera de farras y de cantos de gallo en la  amanecida. El tercer individuo en liza porta gabán azul y poblada cabellera, además de una barba desaliñada que le hace parecer, solo le faltan las gafas oscuras, al genial humorista Eugenio; está apoyado en la barra, con el semblante compungido y un vaso de tinto en la mano. Es mi amigo Rafael, vendedor de tortas, magdalenas y otras sabrosas cochuras todos los martes en los soportales de  la plaza e incipiente abogado en ciernes; no en vano roba esta criatura interminables horas al sueño para estudiar las vicisitudes y entresijos del Derecho, camino que le habrá de llevar a volar hasta metas más altas, hacia el camino de los elegidos.
     Flota en el ambiente, no lo habíamos dicho, la música que nacida de un Sanyo monoaural con más costras que un galápago desgrana la quebradiza garganta de un jienense que comienza a ser famoso. Se trata de Joaquín Sabína, cantautor nacido en Úbeda por el que los mencionados y quien subscribe empiezan a sentir veneración, desde que conocieron de su existencia tras la grabación de un disco en La Mandrágora, garito madrileño en el que junto a Javier Krahe y Alberto Perez y a cambio de tres mil pesetas por noche, este andaluz de Madrid, que con el paso de los años rozará la devoción, empieza a desgranar sus primeros cantos al desgarro, las primeras canciones de un devenir que habrá de ser universal. Suenan los acordes de Gulliver, una de las trovas contenidas en su segundo disco de estudio titulado Malas Compañías, cuando me acerco a la barra y saludo cortésmente. Como al unísono, los tres integrantes del clan devuelven la salutación y presto, sin demora, sin pensar en perder el tiempo, pido un chato de vino tinto de la bodega de Los Moruscos que el Jaro Antonio vierte con habilidad sobre el fondo de un vaso de caña, no en vano le viene de casta e impreso en los genes el oficio de la repostería, mientras se pierde tras la cortina que hace las veces de puerta en el hueco de la escalera, que a su vez hace las veces de cocina y aparece con un plato de café que contiene lo que parece ser la tapa, el aperitivo que decimos por estos lugares, y que es, aunque les resulte extraño, una onza de chocolate Nieto y que bien pudiera haber sido, como en otras ocasiones, un puñado de gominolas de la tienda que Santiaguillo rige en La Puente. Son las cosas que hacen de La Colina con su inquilino territorio peculiar. No se ha referido que tan concurrido lugar debe su nombre al programa de radio que presentado por Jesús Quintero y llamado El Loco de La Colina hace furor en las ondas radiofónicas cada día al filo de la madrugada.
     De cualquier manera una sombra de malos augurios y siniestros agüeros flota suspendida en el ambiente como el humo que dijimos del Ducados negro y  debe de ser entonces cuando Rafa me tiende un ejemplar del SADEMU que dormía el sueño de los justos en un extremo de la barra. No hemos dicho, tampoco había venido a propósito, que tres de los integrantes del cuarteto que forma la reunión andan inmersos en la edición de un periódico local que cuenta y da fe a los indígenas del lugar  de los hechos y vicisitudes que acontecen y hasta ocurren en la villa, aledaños y extramuros, por lo que ayudados en la tarea por la bibliotecaria del lugar, Mise para los amigos, ducha en el asunto de darle a las mecanográficas teclas de la máquina de escribir eléctrica, ponen en circulación y como de mes en mes la antedicha publicación de la que pronto habrán adivinado, queridas y queridos míos, el sentido del título, pues al no ser hora de quebrarse mucho los cascos de la mollera hubieron de pensar los editores del panfleto que la SA de Santa Cruz, la DE dé de y la MU de Mudela, formaban juntas y de corrido la antedicha palabra, que hacía honor y daba fe de que la revista era originaria del manchego pueblo de los churriegos, de Santa Cruz de Mudela.
     -Échale un ojo. A ver qué te parece el artículo de La Colina,- musita Rafa-, lo escribí ayer entre gallos y medianoche.
     Presto hojeo las páginas inmaculadas del diario y detengo los miopes ojos ochomesinos en lo citado, que viene a decir lo siguiente:
       
     El Bar es de lo más sencillo, de lo más simple: un pequeño portal de una casa deshabitada, una puerta de madera, un pasillo estrecho y cortito que te abandona en su angostura entregándote a una luz acariciadoramente tímida, surgida de allí como todo lo que allí hay, fruto de sí mismo. Todo está abandonado y mimado a la vez: la vieja tabla que sirve de mostrador, el papel pintado que cubre las paredes, algún que otro poster ajado y diríase hortera si no fuese porque carece de toda pretensión; está allí, porque está.
      Y es que aunque nada es necesario, no se puede prescindir de nada; todo es orden y subversión de su propio orden. Incluso esa multitud de cuatro o cinco individuos que se han dado cita sin citarse, que no se conocen ni se desconocen, que “ a veces te entiende”,  y a veces…., a veces no se qué hacemos aquí.
     Nada, la verdad es que no se hace nada positivo, simplemente despegarse del tiempo, sumergirse en una atmosfera atemporal y dejar  que ocurra lo que tiene que ocurrir. O acaso, encogerse de hombros si de repente ves pasar un perro dando las buenas noches, observar  a los enanos conspirar contra un Gulliver grande, muy grande o escuchar la última carcajada de un bandido que prepara su moto para una lenta fuga.
     En fin, una alucinación sin alucinógenos en un ambiente de los más selecto. Ambiente que solo se puede dar donde nadie se ha preocupado por seleccionar nada ni nadie (lógica contradicción). En suma una profanación de las más elementales normas de urbanidad, ¡qué risa!
     Por eso este portalito puede resultar tan irreverente a todo el que entra en él, con el triste y simple propósito de menospreciar lo que escapa de su esquema; tan encantador, al que se deja atraer por su profana llamada. Y es que nuestro portal ha surgido ajeno a las creaciones de tanto diocesillo de pro, que anda metiendo el eterno moco de la valoración donde no existen valores eternos
     Por último decir que el dueño de la cosa, sin contarnos los de este lado de la barra, es Antonio EL JARO DE LOS BOTAS, maestro del ritual que se celebra todas las noches.
Nota: Esto no es publicidad, es más bien privacidad para iniciados.
Epilogo: ¡¡¡ Menos mal que alguien se preocupa del ordennnnn ¡!!
     Todo esto y un poquito más era La Colina hasta anoche, justo hasta que el pequeño portal sintió caer sobre sí, como en un mal western, “todo el peso de la ley”.
- ¿Qué piensas hacer ahora?
- Cerrar y después ya veremos …, sacaré los papeles….
- Eso vale una pasta
     Como sin querer, cambiamos de conversación, apagamos las luces para no ver como Gulliver y sus enanos, el bandido de las carcajadas y el perro de nadie iban desfilando de puntillas, sin prisa, sin mirar atrás, sin decir adiós…. RAFA.
     


     Les cuento, y con ello viajo sin remisión al presente, que aquella fue la última noche, así lo recuerdo, lo invento o lo quiero recordar que La Colina tuvo encanto. Aquel que le daban el perro callejero, el bandido loco que reía a carcajadas y los integrantes sin aparente ocupación que veían discurrir el tiempo formando parte de una fauna peculiar: la de los que cuando Dios ideó el mundo, si así fue y así lo hizo, diseminó sin orden ni concierto por los rincones de la madre tierra; la de aquellos que no necesitan grandes cosas, ni atesoran excesivas pretensiones para ser felices con el discurrir de la vida y sus asuntos.
     Después, el bueno del Jaro, creo acertar si pienso que hasta en contra de su propio sentimiento, sacó permisos e inició las obras que convirtieron aquel portal encantador en el que solo se vendían cervezas y vino, en un bar de cotidianas costumbres y usuales maneras; uno más al uso sin el encanto del que le precedía. Tal vez por ello, a buen seguro que es cierto, más pronto que tarde le pegó, como decimos por estas tierras, una “patá” al tenderete y una noche de algún mes, en año que no recuerdo, cerró la puerta, echó el cerrojo y como levitando, andando como de puntillas puso pies en polvorosa y mando a cagar leches el invento.
     
     
     La vida y su devenir, traidor y puñetero tantas veces, quiso que tres de los protagonistas de este relato viajaran demasiado pronto al lugar de donde no se vuelve. A buen seguro, de eso no tengo dudas, que por esos lugares celestiales las están montando pardas. Para ellos, para el Jaro Antonio, para el buen Jesús y para mi amigo, mejor decir hermano del alma, Rafael Gracia. Para ellos y de ellos es esta historia.
                                                                              

miércoles, 18 de julio de 2012

Reflexiones Marianas

     Ya supongo, queridas y queridos míos, que esperando estaban que les llegara la segunda parte de los hechos acaecidos al entrar en La Colina, durante la noche de bruma que este escribidor deslavazado les relató en el anterior escrito, pero como bien sé, que a su vez bien saben, eso de que suelo saltar sin control de mata en mata, les pido que tengan a bien esperar, no sé ni cuánto, a que este cerebro maltrecho recopile, junte y pegue aquellos momentos pasados para volver sobre mis pasos a esa noche en que hasta el mismísimo conde Dracula podría haber regresado del averno.
     Con esto les digo, y cambio de tercio, que volviendo el pasado miércoles con la santa y su madre, que es mi suegra, de una visita rutinaria al matasanos en Ciudad Real tuve a bien, como casi siempre hago, conectar el reproductor de música del maltrecho Megane que lleva portando los culos de los Navarro y Delgado desde hace casi dos décadas y fue así como la santa saltó como impulsada por un resorte para decirme aquello del “quita ya ese becerreo”. Así le llamó a la versión en directo que sonaba del Hotel California de los Eagles, sabiendo, como bien sabe, que me hiere y mucho en el orgullo que así llame a la recopilación primorosa que fui bajando con paciencia y canción a canción en el Emule, (… en la cárcel me veo por pirata), que endulza los oídos de cuantos al auto suben y que está jalonada por una serie interminable de canciones de nuestros dorados años, aquellas de los Eagles, Supertramp, Pink Floyd y tantos otros que como el Its a Heartache de Bonnie Tyler, (… no me crucifiquen si mal lo escribo, que un servidor estudio gabacho y de ingles conoce poco), ella misma bailó, grabó en cintas Tudor y reprodujo en el Sanyo que tenía en el comedor sin uso de la casa de mi suegra. Solo ocurre que creo yo, veréis como me lea que me leerá, que se me está haciendo vieja y cualquier cosa que no sea paz y tranquilidad, aunque un servidor le diga que una vez estirada la pata de ese menú sobra en la carta, la pone de los nervios, la irrita y hasta sulfura aunque para mi gozo estos sean ataques que solo le dan como de vez en cuando.
    Por ello, por no entrar en batalla, siendo uno pacifico como es, di en pulsar ipso facto el botón del aparato que pasa la función a radio y he aquí que me encontré, sin comerlo ni beberlo, de improviso y sin aviso con la voz gangosa de Mariano Rajoy Brey, presidente del Reino de España, que en ese momento preciso discursaba desde la tribuna del Congreso de los Diputados las medidas con las que habrá de meternos aún más las jodidas cabras en el corral y como siempre digo aquello de “a lo hecho pecho” me dispuse a escuchar durante el regreso a la villa de mis amores lo que a bien quisiera contar tan insigne personaje y los que habrían de venir detrás, que también son unos cuantos.
     Ya sé, que no suele ser del agrado de todos, que en estas páginas que suelen oler a vetusto se hable de politiqueo, pero tendrán a bien coincidir conmigo en que en estos momentos deleznables, frágiles y quebradizos, hemos de tomar partido, de decir lo que pensamos y de defender nuestros derechos, esos que se lograron luchando durante décadas y que estos siniestros gobernantes quieren borrar de un plumazo de la faz del suelo patrio. No crean que hoy por hoy distingo en exceso entre los de la acera que ahora gobierna y los de la contraria que empezaron el melón y gobernaban antes. A día de hoy lo que me enoja es la cara dura con que quieren vendernos que esto se hace por el bien de todos y el hecho de que esperen que como obedientes borricos de carga condescendamos con todo, mientras nos asoman para empujarnos al borde del precipicio.
     Así, a la altura de Calzada de Calatrava, “la Calzá” que dicen algunos”, el ínclito personaje antes nombrado ha dicho, entre otras “exquisiteces”, que a partir del sexto mes de cobro del subsidio de desempleo, este se reducirá a un cincuenta por ciento para incentivar al desempleado a que busque con premura trabajo. Visiono a la santa, que lleva gafas oscuras al estilo de José Feliciano, y ni se inmuta, mientras un calambre de cabreo me recorre desde la nuca hasta la curcusilla del culo, porque digo yo, aunque sé que si lo ha hecho, que o este hombre es imbécil de remate o no ha pensado que en un país donde el mismo acaba de decir que a fin de año habrá de haber medio millón de parados más, difícilmente puedes pedir a quienes por “la vagini” está llamando vagos, que encuentren empleo. Viene después otro paquete de medidas que habré de obviar para no cansarles, pues ya les adivino informados, hasta que enfilando ya la carretera que nace desde el pueblo antes mencionado hasta mi churriega villa, aparece en escena el Rubalcaba, calvo como un servidor y con el espíritu alicaído desde que noqueado quedara en las pasadas elecciones. Tampoco me dice nada que ya no sepa con lo cual mi hastío, irritación y cansancio se hacen merecedores del Oscar de la Academia. Me da la impresión de que este hombre hasta le lame un poco el culo, perdonen queridos y queridas míos al insigne prócer que rige los destinos patrios y es así como ya diviso a lo lejos el cerro que en su cima tiene la ermita que da cobijo a San Roque, santo que dicen, para el que lo quiera creer, que libró al pueblo con su plebe de la plaga de la peste y me pregunto, no hace falta cavilar mucho, si no habría de ser buena idea el sacarlo en procesión para que nos quite de encima esta, que en forma de plaga humana, amenaza con asolarnos. Es el justo momento en que ha comenzado su disertación  el representante de los nacionalistas moderados catalanes, “pa tu prima el pisto”, Josep Antoni Duran i Lleida que un servidor reconoce como buen orador y educado diputado, pero que desde que el mundo rota, y ya hace un rato, ha sido un vendido al mejor postor, ya fuera este de un color o del contrario.
     Por ello, harto ya de escuchar tanto improperio y después de echarle de refilón un nuevo vistazo a la santa, “ la suegra dormita y jamás es mujer que incomode a nadie”, compruebo que ni debe pestañear tras esas gafas que debió regalarle el Stevie Wonder, por lo que sin pensarlo dos veces vuelvo a pulsar la tecla del aparato que habrá de devolverme a la escucha de mi preciada colección de canciones inolvidables y emergen por los altavoces del carricoche los suaves acordes del Onmadawn de Mike Oldfield  mientras nos acercamos a la frontera del pueblo que se debate entre las obras interminables que acondicionan el nuevo trayecto de la autovía y que al menos por unos meses nos han rescatado del sopor y la apatía, dando vida y trabajo a este rincón de la Mancha. Es entonces cuando pienso que este hombre llamado Mariano, que los hados de la fortuna parecen habernos echado en suerte como por un designio divino y que no tiene otra palabra en boca, ni por la misma musita otra que no sea: ¡Austeridad, austeridad, austeridad!, debiera ser obedecido, que “pa” ello es presidente, y  no estaría mal darle de su medicina con una receta que se me ocurre y me gusta. Les cuento y prometo que termino.
En principio quien a bien tuviera la idea de cambiar el coche, hoy por hoy vana y confusa, que se quede con el que tiene, aunque como el mío tenga más kilómetros que el baúl de la Piquer y si revienta, a por uno del desguace de Zapatones, en buen uso y que cueste poco. De comprar zapatos caros y ropa de diseño olvídense, que la compren Rajoy y su Soraya, nosotros al mercaillo los martes a por calzones, blusas y atuendos baratos, que nos están los tiempos para tirar. De suculencias y marcas a la hora de comer, ni miejita de na, al Mercadona que es barato o al huerto del vecino que es ecológico y además vende unos huevos cojonudos que le ponen las gallinas nada comparables a los de Becerra y volvamos al tiempo de los candiles y velas, fuera luces que deslumbran y alucinan.
    Y así les podría seguir contando setecientos asuntos más, que parecen banales y sin importancia pero que la tienen y gorda. De esta manera, comprando lo justo y dejando que todo se inmovilice, todo a la vez se iría a la, perdonen la grosería, mismísima mierda bendita. Y como colofón, huelga perpetua, todos a dormir y a bostezar bajo un sombrero mejicano “pa” protegernos del sol y que trabajen los señores diputados que para ello les pagan.
      Bien sabe este servidor de ustedes, y así lo piensa cuando por fin llega a su morada y se dispone a descansar, que no es está la solución, aunque así nos la quieran vender, más bien al contrario, lo necesario sería que cada cual disponga de lo que en justicia merece, para poder, sin aspavientos, vivir con dignidad y decoro, porque si nadie gasta y todos vivimos con lo justo, y menos, pocos equilibrios se podrán hacer.
     Todavía me queda tiempo para oír con la radio en las orejas, ya postrado y en la cama, que vuelven a hablar de la prima de riesgo y recuerdo como le prometía a mi fiel seguidora Victoria que habría de explicarle de que iba el tema, aunque cierto y verdad es que un servidor también se lía con esto más que la pata de un romano. Por ello, querida amiga, habrás de esperar a que lo piense con detenimiento y hasta entonces queden todos con Dios y hasta la próxima, que habrá de ser si el trabajo y las ocupaciones me dejan, la que refiera el final de los acaecimientos acaecidos en La Colina.

     Con la llegada del verano este escribidor suele cambiar su habitual horario de trabajo, que como saben es nocturno, por el diurno, hecho este que le deja menos tiempo para dedicarse a esto de darle a las teclas y la escritura. Por ello, es posible, que durante un tiempo los escritos se espacien más. Más no abandonen, amigos y amigas míos, la saludable  costumbre de pasar por esta casa. Si así fuera queriéndoles como les quiero, me abocarían a la soledad y el desamparo.