Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

martes, 26 de noviembre de 2019

Los emigrados

     




     





     Vamos todos como en dolorosa procesión Paseo de Estación arriba que en este tiempo de aprensión y recelos se llama de Calvo Sotelo en honor al diputado del Frente Popular asesinado en los días preliminares al golpe de Estado del 18 de Julio de 1936. Portamos cajas de cartón atadas con guítas y maletas vencidas y deterioradas por el uso en las idas y venidas desde las catalanas tierras hasta el pueblo que les vio nacer. Emprenden una vez más, entre sollozos y lloros, el triste camino de regreso hasta su tierra de adopción sin saber a ciencia cierta cuándo habrán de volver a poner el pie en su amado terruño santacruceño. Todo habrá de depender del discurrir del año y sus haciendas. De que haya trabajo con el que alimentar bocas y hacer frente al pago de las míseras deudas contraídas. Después, y si quedan algunos cuartos en el fondo de la hucha será llegado el momento de plantearse, aunque decidido esté de antemano, el bajar hasta el pueblo para gozar de la anhelada compañía de padres, hermanos y demás parentela y de sentir de nuevo  el maltrecho aliento de esta tierra vencida, denostada y poco apacible que hubieron de abandonar muy a su pesar en busca de un horizonte nuevo, de otro lugar donde sus vidas hubieran de ser más llevaderas y con menos espinas. 
     Así, entre suspiros que encogen el alma, pasamos por el Bar de Cacheras en el que se arraciman al cobijo de la barra entre vapores de Peninsulares los clientes habituales de la tasca que beben vino y mistela. Saludan algunos al abuelo y este, que camina pensativo y cabizbajo, les devuelve, y es cosa poco habitual en él, con poca efusividad el saludo. Será, y es, porque le invade una pena honda. Esa que le nace desde las entrañas cuando un año tras otro se despide de sus hijos sin la certeza plena de volver a verlos con vida. Cuando llegamos a la estación una amalgama de gentes invade el lugar. Muchos son hijos del pueblo que emigraron a otras tierras más prósperas como lo hicieron mis tíos. Otros, como los Mozos, son navajeros del lugar con su carga de navajas a la espera del  tren que les lleve hasta el Norte, más próspero y boyante, donde habrán de vender su solicitada mercancía. Pasamos a facturar los bultos a una cochambrosa oficina donde se nos informa de que el tren, por no se sabe qué razón, viene con un retraso considerable. Así, con los bultos facturados y el alma encogida, los mayores echan mano, los unos de petacas y mecheros de pescozón y los otros del paquete de Celtas sin boquilla para hacer más liviana la espera. Los muchachos entretanto jugamos al escondite por los recovecos de la estación sin tener conciencia clara de que es esta una noche triste. Noche que en nada se parece a la de hace un par de semanas en que arribaron al pueblo los queridos emigrados. Entonces todo eran alabanzas, alegrías y emplazamientos para hacer lo que en dos escasas semanas era posible de hacer. Las migas, las gachas y la paella en la casa de la chica, que es mi madre, y las cenas con sus regueros de vino y sus tacos de jamón a la sombra de la parra en la casa del abuelo sin que falte una visita a Las Virtudes por aquello de rendirle honor a la patrona. 
     Se oye el silbido del tren por Las Minillas y se desatan los abrazos con sus lloros. Entra la maquina entre bufos de vapor en la estación con unos chirridos que provocan dentera y se suceden los besos con sus abrazos y lloros. Lentamente, y como si no quisieran, suben los emigrados al vagón y se cierran lentamente las puertas mientras el tren comienza su marcha con sus rostros pegados a las ventanas en un último esfuerzo por llevarse clavada en la retina la imagen de los que tanto quieren y aquí se dejan. Se pierde el tren en la lejanía y como despertando de un sueño, o porque son muchos los recuerdos y el querer que los que se van se llevan, emprendemos el camino de regreso. Salimos de la estación. La fonda de Pedro Saavedra, y hasta el bar de la Benita son un hervidero de ferroviarios, viajantes y gentes que van y vienen mientras con nudos en el pecho y costrones de pena en el alma emprendemos el triste camino de regreso a la espera de que el año que viene, que tan lejos queda, asomen por estos lugares, sin que haya de faltar nadie, de nuevo los emigrados. 


                                                                

miércoles, 31 de julio de 2019

Entre velos de nostalgia, este año hablamos del CINE DEL PATO








     

      
      Les di cumplida promesa, aunque no recuerde lugar ni momento, de que este año habría de hablarles del Cine del Pato en el artículo que cada año compongo para el libro de festejos. Y salió lo que aquí les traigo. Un manojo de recuerdos que surgieron a bote pronto y que por vivencias podrían haber sido más extensos. Con el recuerdo amistoso y perdurable hacia Ladis y su esposa Araceli, que en paz descansen, y mi aprecio de por vida para el bueno de Pedro, que a buen seguro me habrá de decir que en algo de lo escrito me equivoqué y tendrá toda la razón, solo me queda desearles a tod@s que sean felices y repartan felicidad mientras disfrutan de la fiesta. Soy con ustedes.

     Amanecí  a los encantos del séptimo arte envuelto entre los vapores, que casi siempre  se masticaban, y que emanados se desprendían de las añejas paredes del Cine Cervantes, ese que siempre será recordado como el del Pato. Estaba, como bien recordaran, al principio de la calle de Cervantes y era un local de medio pelo al que siempre le faltó la elegancia del Santa Cruz aunque gozando, como gozaba, de una mejor ubicación siempre hubo de tener las preferencias de un personal que lo llenaba hasta reventar cada día que allí se daba sesión continua. Lo primero que me encontraba al llegar hasta la taquilla, con la ilusión infantil de adquirir una entrada, era la sonrisa socarrona y desdentada de la Eloísa que me advertía, aunque casi nunca fuese cierto, que al final del largometraje moría ella refiriéndose, como habrán podido imaginar, a la fémina protagonista del mismo. Entraba al cine, siempre que no estuviera abierta la entrada principal, que solía ser utilizada por la plebe en su salida, por la puerta que daba a la estancia en la que se vendían las pipas de Emilio Arias Lizano, las gaseosas de La Pitusa y todo lo relacionado con el asunto del condumio que se solía hacer en tan festivo lugar y que adornada estaba con un par de grandiosos carteles que me devolvían los caretos archiconocidos de CLINT EASTWOOD y MANOLO ESCOBAR que celebraban, como diplomas de honor prendidos de las paredes, el que hubiera sido con LA MUERTE TENIA UN PRECIO y otra que se me fue al limbo cuando el cine había colgado el cartel del  “no hay billetes”  con llenos hasta la bandera. Me rajaba la entrada Ladislao Muela Aragonés, marido de la Eloisa y padre de Ladis y Pedro,  operarios de cámara responsables de la proyección, con la boina calada hasta las orejas que no por prominentes impedían que estuviera más sordo que una tapia. 
     Desde allí se pasaba a un vestíbulo donde llegado el 82, y con motivo del Mundial de España con su Naranjito, hubieron de colocar el primer aparato que reproducía, por decir algo, la televisión en pantalla grande y a todo color, y que fue muy aplaudido y celebrado porque de esa manera los maromos podían gozar del futbol y sus doncellas del cine sin entrar en los enfados y disputas a que tan dados son los novios primerizos. Llegado ya a la sala principal, miope y con todo a oscuras, me alcanzaba como un rayo la ráfaga de las linternas de Manolo Navarro y Agustín alias “Casquillos” que con premura me guiaban hasta una butaca delantera por aquello de mi falta de visión con su enfoque. Y era entonces cuando empezaba el buen baile. Unos devoraban pipas, los otros bostezaban y a menudo se oían regüeldos de cualquier procedencia y condición arrebujados entre los amorosos toqueteos de las parejas que en el lugar se metían mano. Todo ello, y esto sí que era ya como el circo romano, aderezado con el vocerío y los improperios que salían de los gaznates de la multitud cuando se encendían las luces porque  llegaba el descanso, se quedaba atascado el celuloide en la máquina y lo veías arder como la Roma de Nerón o enchufaban la ablentadora, nombre con el que era conocida la máquina del aire acondicionado que emitía al funcionar un ruido de mil demonios, con lo que al grito de : “Patoooooo, Patooooooo”, el personal se soliviantaba, (… hasta un par de tordos que se fueron directos para la pantalla pensado que era la selva hubieron de soltar en el transcurso de una película de Tarzan), se encendían las luces y empezaba el desfile procesional en busca del avituallamiento para aguantar el visionado de una segunda parte a la que se llegaba después de ver pasar por la pantalla los anuncios que, escritos con una letra primorosa sobre cristales a modo de diapositivas caseras, hacían, previo pago, cumplida publicidad a los distintos negocios del pueblo. 
     Y avanzo en el tiempo para llegar hasta el día en que, trabajando a las órdenes de un apreciado hormigón de ala apellidado Olavarrieta, procedimos a meter los cables de la instalación eléctrica a través de la cual tendrían que moverse los telones del escueto escenario que habría de convertir el añejo cine en incipiente teatro. Atravesando camaretas llenas de trastos y cacharros que debían de remontarse al tiempo antiguo de la guerra de Cuba llegamos con el  tendido, después de arduos esfuerzos, Carlos “El Resti” y un servidor hasta la cabina de proyección y créanme si les digo que aún tengo grabado en la retina el influjo de aquel lugar encantador cuajado, al igual que el que recordaran por Cinema Paradiso, de trozos de celuloide desechado, pasquines con las caras de las grandes estrellas de aquel tiempo y un par de máquinas de proyección que se me antojaron maravillosas. Conviene recordar también que por aquel celebrado lugar hubieron de desfilar ajadas figuras del panorama artístico nacional. Me dicen que hasta Manolo Escobar con su carro aparcó por el Cervantes aunque yo solo recuerdo con claridad el sombrero de ala ancha que portaba Juanito Valderrama esperando su actuación con una copa en la mano acodado en la barra de los Botas. 
     Pero les puedo asegurar, sin temor a equivocarme, y porque lo viví y lo recuerdo con nostalgia como un tiempo incomparable, que por muchos aplausos que cosecharan los susodichos nada fueron comparados con los que tuve el gusto de recibir durante unos cuantos años junto a mis queridos compañeros del GRUPO TEATRAL MUDELA en los estrenos apoteósicos que allí llevamos a cabo, con gente hasta en los pasillos y Ladis, en la inquietud de que ocurriese cualquier eventual desgracia, con la camisa hasta el cuello. De igual manera los carnavales, también allí pusimos el huevo, con sus murgas y comparsas forman parte del recuerdo de un tiempo que fue memorable. Mención aparte merece también la terraza de verano porque era encantadora y además, aunque ahora les parezca increíble, ¡qué tiempo tan feliz que nunca olvidaré!, te podías fumar un paquete de Bisonte y beberte unos gintonics mientras veías correr las lagartijas por el bigote de Kevin Costner.
     Será por ello, y tengo que terminar, que me entró la congoja cuando anunciaron su demolición. Y debe de ser sobre todo porque entre los muros del Cervantes viví momentos que se me  antojan sin vuelta y esplendorosos. Con el recuerdo inalterable hacia Ladis, su esposa Araceli, que en paz descansen, y mi aprecio de por vida para el bueno de Pedro, que a buen seguro me habrá de decir que en algo de lo escrito me equivoqué y tendrá toda la razón, solo me queda pedir humildemente, y a quien corresponda, que se haga todo lo humanamente posible porque el TEATRO CINE SANTA CRUZ, que aun nos contempla convertido en un nido de palomas, no siga el mismo aciago destino.   


    



sábado, 4 de agosto de 2018

Con pocas luces, y entre neblinas de humo, LOS FUTBOLINES DEL CHATO


    
     Acercándose las ferias y fiestas del lugar les traigo, como viene siendo habitual, el artículo que he escrito, o compuesto, para el libro de festejos.
     He de reconocer que me resultó complicado dar con la tecla a la hora de elaborar el texto porque no quería caer en una mera recreación de aquel lugar tan querido y recordado. Necesitaba traer hasta el presente la atmosfera acogedora  de LOS FUTBOLINES DEL CHATO, aquellos donde hubimos de pasar multitud de infantes manchegos, y algunos que no lo eran tanto, momentos deliciosos que no han de volver a nuestras vidas.
     Enviando un saludo afectuoso a la familia de Antonio “El Chato” y muy especialmente a sus hijos y amigos Diego y José y pidiendo a Manuel Vacas Nieto y José Antonio López Aranda, protagonistas involuntarios de esta colección de recuerdos que no me pidan derechos de imagen, autor o cualesquiera que sean por aparecer en esta historia sin su consentimiento y permiso les dejo con el deseo de que sean felices, repartan felicidad y disfruten todos, paisanos y paisanas de este nuestro querido pueblo manchego, de la fiesta. Un cordial abrazo.




      Sin rumbo. Con la mente obtusa y como difuminada por los estertores que me provocan estos tiempos de vergüenza y apatía vago por las calles y rincones del pueblo que me vio nacer.  Y es así como a trancas y barrancas he ido a caer ante la puerta cerrada a cal y canto de lo que fueron LOS FUTBOLINES DEL CHATO. Aquellos donde un par de generaciones de indígenas churriegos mataron el tiempo de la misma manera que eran capaces de matar las moscas que se les aposentaban en las calvas y entrecejos con las paletas de plástico que vendía Pedro “El Patito” en la tienda que se aposentaba, y también es asunto de  un tiempo que parece perdido, al principio de la Calle de Cervantes.
     Y mientras observo, cabizbajo y pensativo, la puerta protegida por una reja de aquel  grato lugar de  encuentro me parece ver, y hasta resulta que lo estoy viendo, a Antonio “El Chato” apoyado en la jamba de la puerta apurando la colilla de su enésimo pitillo. Y sin quererlo, aunque gustoso de hacerlo, me traslado en un viaje que no quisiera que tuviese vuelta a ese tiempo que sin añoranzas me gusta recordar y que  perdido subyace de por vida en algún rincón de mi cerebro. Así, de repente, y como por fruto de un encantamiento, empujo la puerta de este santuario sagrado y me encuentro de nuevo entre la maraña de humo que desprenden los cigarrillos Peninsulares, Celtas y hasta Ducados que arden en los cuatro ceniceros que adornan los extremos de cada futbolín  que siendo tres hacen  a su vez que sean doce los recipientes llenos de pitillos y colillas con sus cenizas con lo que pueden, y deberán suponer, que el ambiente del lugar se asemeja al de una calle londinense envuelta en niebla a la espera de la llegada de Jack “El Destripador”.
     Casi de inmediato, porque forma parte del decorado habitual de este lugar con pocas luces, aunque se comenta que tiene muchas, encuentro a mi amigo Manuel Vacas haciendo equilibrios al volante de una máquina inenarrable que, como el célebre circuito italiano, obedece al nombre de MONZA; intenta salvar a través de un laberinto inverosímil una peseta, que bien le pudo afanar a su buena madre y que como escueta ganancia  ( este aparato solo está pensado para la diversión sin beneficio), le dará, si logra salvar tan complicada maraña, la misma herrumbrosa moneda. Pero no le cae esa breva. A mitad del camino, y en menos que canta un gallo, la peseta desaparece por una de las hendiduras laterales y Manolo da un volantazo que suena como un repique de tambor en la Semana Santa de Tobarra despertando del dulce sueño que lo envuelve al Chato que se encuentra dormitando. Está sentado en una silla de enea mientras se arropa al calor del brasero con las sallas que cubren la mesa camilla que llegado el invierno es el alma mater del local y sus regentes. Mesa, brasero, sallas y un buen tiento, de vez en cuando, a la garrafa de vino tinto que ayuda a combatir como vitamina los rigurosos fríos de estos rincones manchegos. Me acerco hasta él con un duro, que vienen a ser y fueron cinco grandiosas pesetas, y le pido que me de cambio. Echa mano de una cartera de piel con velos de usagre y saca de sus entrañas cinco rubias que deposita en mis manos de púber adolescente. Remoloneamos un rato observando como en el billar, que es juego para mayores ante la inevitable circunstancia de poder rajar con el taco el paño, juega una partida Diego, el hijo mayor del Chato, con Juan Manuel López Aranda que tiene al lado a su hermano menor José Antonio, hijos ambos de El Bajillo, que observa cabizbajo el tronar de las carambolas. En lo que llaman el futbolín nuevo braman y dan golpazos Gregorio “El Pavo “, Santi Molina, Juan Carlos Torrero y Alfonsito. Y como el Chato acaba de pasar a la cocina que se encuentra dentro, en el patio, vislumbramos el momento oportuno para jugar, por el precio de una partida, varias de futbolín continuadas. Mientras con una peseta saco las bolas atranco con otra la manivela de expulsión y las que entran por las porterías vuelven a salir sin obstáculo alguno hasta el exterior. Echamos así un buen rato hasta que ante la posibilidad de que sea descubierta nuestra artimaña decidimos salir a la calle donde acaba de caer la noche y un reguero de viandantes pasea por las aceras. Unos se dirigen hasta el Cine del Pato donde llevan unos días proyectando LOS DIEZ MANDAMIENTOS con un clamoroso éxito, otros van hacia La Campana, al Bar de Luis, al de Mauricio o al de Los Botas mientras una peste a refrito que alimenta por si sola el ambiente y los sentidos  impregna los vestidos de las mozas y los trajes de los mancebos que como pollos descabezados van en cortejo tras ellas. Como hace frio volvemos a entrar observando que el local ya se ha llenado y en la máquina de PinBall, llamada PETACO,  juega una partida Chente, hermano de Socorro “El Pavo”, que tiene una destreza inusitada en el manejo de este artefacto. Embobados le observamos mientras esperamos el momento en que El Chato se despista ante la afluencia de unos que piden cambio, otros que quieren tabaco suelto y también, que de todo ha de haber en la villa del Señor, están los que le solicitan y degustan un botellín de la Calatrava con unas aceitunas luneras o, estos son los menos, un refresco de la marca Lux. Entre tanto mogollón se distrae y sacamos de los bolsillos unos trapos que fueron sabanas cuando la guerra de Cuba y tapamos con ellos las porterías de las paletas que tienen, por si metes la mano intentando salvar las bolas, una procesión de clavos puestos en punta y de punta a punta. Alborozados, ante la gratuidad del juego, pasa el tiempo sin que nos demos cuenta mientras un desfile de gentes va arribando por el local y tan absortos estamos que somos incapaces de darnos cuenta de que el Chato si se ha dado, a su vez,  del burdo amaño  y con un cabreo de mil demonios se dirige hasta nosotros mano en alto y….

     Bocinazo. Me despierta del letargo el claxon de un coche que pasa y del que no logro identificar al ocupante. Parpadeo mientras observo entre luces la reja cerrada de los futbolines desde tiempo inmemorial. No veo a nadie por la Calle de Cervantes. Empiezo a caminar lentamente hacia la plaza y me detengo ante el cartel descolorido que anuncia la venta desde hace años de lo que fue el Bar de Luis. En el de Mauricio se aposentan  las oficinas de un banco y donde estuvo el de Los Botas han abierto un bazar del todo a un poco los hijos de Mao –Tse- Tung  mientras el Cine Cervantes languidece entre agonías de abandono y residuos de glorias pasadas. En La Campana, último bastión de un pasado esplendoroso, es escaso el personal que está acodado a la barra.  Me invade la congoja cuando suena otro bocinazo que me detiene. Es, con cincuenta años más y una gorra que compró en el Zara, el mismo Bajillo que acabo de imaginar entre sueños. ¿Dónde vas Navarro?- Sin Norte y sin rumbo, como la gente del malvivir- Anda sube y nos echamos un vino. Subo al coche y mi amigo sonríe cuando le cuento la peripecia hecha sueño que acaba de acontecerme mientras dice como siempre sonriendo: “ ¡Que cosas tienes Maurito!”. Y nos vamos atravesando una soledad de calles hasta el parque donde habremos de tomar unos chatos de vino en lo que fue la fragua,  y cobijo de un  oficio navajero que también se va esfumando, de mi tío Andrés Muñoz “Colorín”, sede excelsa en el presente del Tapicao, donde a falta de otra cosa, y entre velos de nostalgia, ahogaremos penas en vino. 


viernes, 1 de junio de 2018

De un regalo muy sonado.

     Llevaba demasiado tiempo sin que las excelsas musas de la escritura tuvieran a bien sentarse en mi mesa. Hoy lo hicieron y al parecer algo hubieron de iluminarme porque fui capaz de alumbrar el siguiente parto que , como tantas otras veces, viene a relatar cosas que debieron acaecer en los tiempos de maricastaña. Ojala y les guste. 
  
      Era un aparato metálico, feo a rabiar, antiestético y deslucido. Más como dice el refrán que a borrico regalado nunca has de mirarle el diente, será por ello, que haciendo bueno el dicho, acogí aquel donativo inesperado, como algunas otras cosas que llegaron a mis manos ya usadas y maltrechas, con la ilusión del que jamás estrena nada y todo le es dado ajado, viejo y anticuado. Me estoy refiriendo a un proyector de cine  o al menos eso dijeron aquellos parientes que, como si de un preciado tesoro se tratara, depositaron en mis manos aquella joya de la corona. “Una máquina de cine Maurito, una máquina de cine”, me gritaban en el colmo del alborozo mi madre y la Tía María. ¡Menuda maquina!
      Acompañaba al cinematógrafo una cajita con unas cuantas películas, por llamarlas de algún modo, impresas en papel y unos discos de pizarra que si se caían a los suelos partidos quedaban de inmediato en mil pedazos. Sobre aquel cacharro se montaba una especie de brazo, al igual que en esos gramófonos antiguos que visionamos en las películas de cine mudo, que llevaba en la punta una aguja de considerables dimensiones y así, moviendo una pequeña manivela, el disco giraba emitiendo sonidos ininteligibles como  “quejios” asemejados a lúgubres lamentos de ultratumba. De la visibilidad de la proyección mejor no hablar, porque si difícil era divisar las orejas del elefante Dumbo, más arduo y dificultoso era observar el pico del pato Donald, ya que todo se veía como difuminado y difuso. Era la vida de entonces, la del blanco y negro que hoy recordamos en color en los albores de los 70.
     Proyectaba las imágenes borrosas en la ajada pared del comedor de la casa, donde en el invierno hacia un frio que calaba sin piedad huesos y articulaciones mientras que en el verano un sopor insoportable hacia como que pareciera que estuviésemos sumergidos en una olla de sopa. Mientras, en las paredes, desde un lado y desde el otro, los antepasados de la Tía María me observaban expectantes desde sus sobrios retratos enmarcados en marcos adornados de filigranas que parecían de oro.
     Solía invitar a tan infame sesión de cine a los amigos que por entonces acompañaban mis pasos por la niñez y que debían de ser, ( tampoco lo recuerdo), mi inolvidable Rafa “El Tortero”, Joaquín “El del Casino”, Cesitar “El Breva”, José Antonio “El Tartaja” , Carlos Laguna, hijo de mi querido amigo y maestro Eugenio, y Miguel Ángel Mayoral, nieto de Juan de Dios que era dueño o trabajador, ( también en esto perdí el hilo), del corralón de vacas donde el citado Cesitar hubo de hundirse en mierda hasta la cintura en un hecho que por el solo olor que desprende el referirlo resulta más grato olvidar. Enchufado el aparato a la corriente a la que iba conectado a través de un cable de aquellos que llamaban de textil despeluchado y más viejo que la tos se encendía una bombilla en su interior de escaso voltaje que proyectaba en la pared un rectángulo de luz muy tenue y difuso.

     Colocábamos entonces la película elegida, que como ya he referido era de frágil papel, y en la parte superior el disco correspondiente que debido a los mil usos que llevaba encima estaba cuarteado y roto en diversos trozos que permanecían unidos, en el colmo del buen hacer, por largos trozos de esparadrapo dado que el tesafilm debía de estar aún por inventar. Así, y con todo a punto, daba comienzo la sesión accionando la manivela de hierro que el aparato tenía en la parte derecha y que como puede imaginar el lector emitía el sonido y a su vez la imagen a diversa velocidad según las ganas que tuviera de darle a la misma el “operador” de turno. Sera por ello, y sobre todo porque el monto de las películas era escaso, por lo que más pronto que tarde el susodicho armatoste dio con sus tripas en el camarón, (que era la estancia que se daba a usos diversos en la infame casa de mi infancia), abandonado y como en desahucio mientras nos dábamos, en la pasión por lo novedoso que tanto se da en tan tiernos años, a juegos y recreos en la cochera de camiones del Tío Antonio o entre las piedras que adornaban a falta de asfalto el escaso transitar de la cercana Calle Inmaculada. 


miércoles, 30 de mayo de 2018

Recuerda






Un decálogo de vida que debiéramos tener presente y olvidamos a menudo. Cosas fáciles de hacer que no cuestan un euro y parece que tuviesen el valor de una fortuna. Sobre todo porque cuando podemos darlas no lo hacemos y cuando queremos hacerlo ya es asunto imposible. No recuerdo de donde me llegó este texto que hasta puede que sea propio.





Carta a mi hijo









jueves, 5 de abril de 2018

Se lo que quieras ser.




Ignoro desde donde me llegó este texto. Por ello, sin que sepa su identidad, agradezco a su autor, o autora, las sublimes palabras que en el se contienen y me limito, una vez más, a hacerlas mías poniéndoles voz e intentando seguir la premisa que nos dice que hay que lograr ser felices con lo que hacemos porque nuestro cuerpo, y hasta el alma, necesita siempre de ilusión y compromiso.





martes, 16 de enero de 2018

Con fecha de caducidad

     




     Cada día que pasa tengo la convicción más clara  de que mi camino por la tierra no dejará de ser una efímera mota de tiempo en el intenso devenir del universo y la existencia. Entre la inmensa eternidad que me antecedió y la que habrá de seguir a mi muerte tengo solo el tiempo justo y preciso de estacionar brevemente sobre nuestro querido planeta. Digamos que llevo impresa, como en las zonas azules donde aparcamos nuestros autos, hora de caducidad sin que me sirva de nada volver a meter monedas en el parquímetro porque me será imposible modificar el día y la hora en que la grúa se habrá de llevar mi auto. Mi estancia en este corral es inapelablemente  limitada y llegado su momento nada ni nadie podrá hacer algo por mí. Mi vida es como una firma en un bloque de hielo que se esfumará, irremisible, con el calor de los primeros rayos de sol. Por ello, diría entonces, que puesto a pensar lo primero que habría de hacer es no entristecerme y después sería recomendable, aunque le profeso poco cariño, ponerme de cara al sol para contemplar el resto de mi existencia sin esas contrariedades y preocupaciones que me consumen los nervios para vivir de nuevo el entusiasmo por los hombres y las cosas buenas que dé su ser emanan. Y ante todo, es algo que tengo por premisa y siempre intento inculcar a los que me rodean, ser afectivo, amable con aquellos ha los que su tiempo de andar por estos lugares se les va consumiendo entre estertores de abandono y desasosiego, con los que me preceden en el angustioso camino de la enfermedad, con los que esta sociedad material y consumista relega al ostracismo, con los explotados nacidos del vientre de lo que han dado en llamar crisis y con tantos, en resumen, parias desdichados de la tierra que no han podido encontrar un lugar que les cobije debajo es sol. No creo que exista una forma más grata de ser feliz.


     He construido este texto sobre una idea de Phil Bosmans contenida en su libro La Alegría de Vivir. Un día más que se nos va. Disfruten lo que de él queda como buenamente dispongan y, ya saben, no se olviden de ser felices aunque el estomago les queme y les entren ganas de reventar el mundo. O lo que queda de él. Al final me salió la flema.