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Al igual que
hice con padre hace ya un par de años, hoy quiero rescatarte del olvido, madre.
De ese olvido al que la distancia somete a quienes se fueron hace demasiado
tiempo, aunque en tu caso, aún toco con la punta de los dedos los últimos años
vividos. Esos en los que el puñetero Alzheimer se posó sobre ti como un pájaro
negro.
Primero
llegaron los pequeños olvidos, los detalles sin importancia aparente; después,
las lagunas, las confusiones y las sombras. Y tú, que habías sostenido tantas
veces nuestras vidas, comenzaste a perder el hilo de la tuya.
He de
confesarte que no me resulta agradable recordarlo porque, por más vueltas que
le doy, no logro adivinar una injusticia mayor que la que cometió contigo el
ser supremo que fuese, permitiendo que, después de una existencia marcada por
el sacrificio y el trabajo, los candiles de tu mente se apagasen, llevando
hasta la nada los recuerdos que habían dado sentido a tu vida. Los nombres, los
lugares, las fechas y aquellos refranes heredados de los decires del gran
Santiaguillo —ese sabio analfabeto que fue tu padre y mi abuelo— comenzaron a
desvanecerse como la niebla cuando va asomando el sol.
Aun así,
quienes estuvimos a tu lado sabemos que, aunque la memoria la ibas perdiendo,
tus miradas y tus emociones se resistían al olvido. El cariño siempre
permanecía ahí, oculto bajo la tupida bruma de la enfermedad, impregnando a
quienes te rodeaban de la infinita bondad que siempre guio tu existencia.
Y, dicho esto,
madre, vamos a olvidarnos de lo malo. Dejemos a un lado los días oscuros y
pasemos a recordar los buenos momentos vividos, mientras te voy contando
también algunos sucesos que, desde que sacaste el billete de ida para esos
lugares a los que todos terminaremos viajando, han ido aconteciendo por estos
otros en los que seguimos habitando quienes tanto te echamos de menos.
Vamos al lío.
Tus comidas,
madre, por más empeño que le pongo, no consigo ni imitarlas. La carne a la tía
Joaquina, aquella sopa de marisco que hacías con pan, gambas y almejas, el
brazo de gitano y tantas otras cosas que me hiciste, ¿recuerdas?, apuntar en
una libreta que aún conservo, entre manchas de aceite y velos de usagre, como
oro en paño, pasaron a mejor vida.
Y eso que
ahora, no te lo vas a creer, han inventado una cosa a la que llaman
Inteligencia Artificial, que sirve para lo que te dé la real gana. Y te explico
por qué. Aunque tú ya conociste los móviles, esto es completamente nuevo. Le
puedes decir al cacharro que tienes un calamar, un «puñao» de almejas y gambas,
una cebolla, dos ajos y un par de tomates, y te escribe la receta que puedes
hacer con tan escasos ingredientes en menos que canta un gallo. Solo es
cuestión de ser un poco «apañao», y tú sabes que yo, de siempre, soy de los que
me apaño.
Decirte
también que ya estoy «jubilao» y habitando el cementerio de elefantes que
antecede a ese viaje eterno, que debe ser cojonudo porque nadie vuelve de allí.
Por mí, que espere porque, de momento, no tengo intención de comprar pasaje
alguno a las alturas.
Quién te iba a
decir a ti, que me alumbraste con kilo y cuarto y tardaste un año en sacarme de
paseo en el cochecito por la calle Real, por recelo a lo que dirían quienes
contemplasen el tamaño del ejemplar, que, sin ayuda de incubadoras, iba a ser
capaz de sobrepasar con creces los noventa kilos. Será por la buena crianza,
madre, y, tal vez, por los «compuestos» que, con un huevo batido y Quina Santa
Catalina, me fabricabais tú y la tía María como «sobrealimentación», porque
estaba, como siempre andabais refiriendo, muy «escuchimizao».
Y hablando de
la calle Real, madre, ni la reconocerías hoy en día si te dieses una vuelta por
ella. En el comercio de Abelardo y, después, de tu apreciado Alfonso Lillo,
donde me compraste la «dote» en forma de calzoncillos y camisetas Abanderado,
calcetines y demás compuestos, han cerrado la mercería que había y ya es pasto
de las telarañas. La tienda de Isaíto y su hermana Gloria lleva siglos habitada
por las sombras, mientras el Cine del Pato, que tantas alegrías en forma de películas
dio al pueblo santacruceño, fue pasto del derribo y está convertido en un
solar.
Aunque también
es cierto que se están vendiendo muchas de las casas que llevaban años en
venta, madre. Entre ellas, y esto te va a hacer muy poca gracia —y menos a tu
hermana Pilar, a la que tendrás ahí al «lao»—, estaba la que fue la casa de tus
padres y que tanto trabajo os costó conseguir. Así que, desde aquí, imploro
vuestro perdón porque ningún descendiente la quería, se iba deteriorando y hubo
que venderla antes de que se cayese a cachos.
Ya te habrá
contado padre, porque se lo referí en la carta que le escribí hace un par de
años, que la «niña», que en mayo cumplió los cincuenta y nueve, se nos metió a
sacristana. Y no veas tú el manejo que se da tocando las campanas y ayudando en
misa. Tan
preocupada estuviste siempre, madre, por cómo se las iba a apañar cuando tú te
fueses, y resulta que vive, que bien merecido se lo tiene, como una reina, haciendo lo que le gusta y le
apetece desde que sale el sol hasta el ocaso. Y hasta de excursión se va de una
punta a otra de España cuando lo tiene a bien y le viene en gana. Aunque casi
sería mejor no haberte dicho nada porque, conociéndote, capaz eres de seguir
preocupándote por si le pasa algo. Que ya sé yo que eres como un molino de
viento dándole vuelta a las cosas.
Dale un abrazo
muy grande a padre y, si está fumando, lo dejas, porque ya estáis los dos en la
eternidad y no hay miedo de que, «por culpa del puto tabaco», que siempre
decías, se nos vuelva a ir «pal» otro barrio. Y otro a mi cuñada Merce que,
conociéndola, y conociéndote, igual habéis «montao» las dos una peluquería allá
arriba para peinar a las clientas que os vayan llegando, que ya son muchas.
Y eso, que te
sigo queriendo, te echo mucho de menos y permaneces en mi recuerdo cada día,
como permanecen las cosas grandes que el tiempo es incapaz de borrar. Un beso
muy grande, madre, y hasta que la vida decida que volvamos a encontrarnos.
Siempre en mi corazón.







