Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

martes, 26 de junio de 2012

De como, y a pesar de los pesares, el tuerto salió normal.

Aunque no lo crean, el calvo de la derecha es  el mismo  después de ser  bautizado con agua  fuerte.


     Piensa el escribidor algunas veces que esto del internet es cosa como del diablo. Figúrense como habrían podido imaginar nuestros abuelos que charlas, fotos, letras, números, catástrofes, sucesos, amoríos y un sin fin de cosas más viajaran por cables aéreos, terrestres y hasta por los fondos marinos, entre tiburones, ballenas y otros bichos del averno. Aunque no lo crean, pensaran que les tomo por tontos, esto de la red de redes, termino tan extraño como la prima de riesgo, de la que hablaremos algún día, tiene unas cosas buenas y las otras malas, como cada asunto de la vida. Entre las primeras se da el hecho de que te enteras de todo. Cotilleos, noticias y el año en que nació la Sara Montiel, que debió de ser cuando salió a la venta el Ceregumil y entre las segundas, esas que te pueden gastar una mala pasada, las cosas y sucesos que acontecen a multitud de incautos que en eso que se ha dado en llamar redes sociales cuelgan hasta los calzoncillos o bragas, por decir algo y dejarlo claro, en que iban enfundados el día de la Nochevieja.
     Echando mano de lo que de bueno tiene, miren ustedes por donde que el otro día observe en el perfil, otra chorrada, porque si un servidor se pone de perfil en la foto del Facebook les tapa sin remisión la pantalla del ordenador con sus clamorosas napias, un mensaje que decía: “ si creciste con comida casera, montabas en la bici sin casco, te daban una bofetada si te portabas mal, tenías una tele con dos canales y había que levantarse para cambiarlos, rebobinabas las cintas con boli, salías con poco dinero y traías de vuelta, jugabas en la calle, acudías al médico sin cita previa, hacías dos horas de digestión antes de bañarte, usabas la ropa que heredabas y a pesar de todo saliste NORMAL comparte esto en tu muro, ( otra gilipollez llamar de esta manera al lugar donde pones lo que piensas o se te ocurre), para frenar tanta tontería”.
     No pueden imaginar, amantísimos lectores y lectoras, el cosquilleo de gusto que me recorrió el ser antiguo de ochomesino cuando leí semejante joya y columbré que en las entrañas de tan escueto manifiesto había un relato de apasionada potencia.
     Que crecí con comida casera es algo que ni los más viejos del lugar pueden poner en duda. Por decir algo, gachas los lunes, cocido escueto los martes, judías blancas los miércoles, algún potaje los jueves, las patatas con caldillo los viernes, el moje de testones con bacalao pongamos que los sábados y arroz al gusto, unas veces en paella y otras caldoso, los domingos y fiestas de guardar, en que también podía aparecer un puñetero pollo en pepitoria, para mi repudio y asco, todo ello alternado en el invierno con las sabrosas migas manchegas, muy contundentes y decisivas para aguantar en el terruño manchego los rigores de la estación de los fríos y las lentejas, de las que dicen, y pasaba, que unos las comen y los otros las dejan. Por ello, por el hecho de haber degustado desde la niñez tan sencillas pitanzas, un servidor es amante incondicional de los platos que aparejada llevan la cuchara, con lo que pizzas, canelones, hamburguesas del McDonald y otros alimentos y víveres que hacen furor en nuestros días pueden ser arrojados, aunque también me los como cual caballo de buena boca, si con mi veredicto cuentan, por el mismísimo desagüe del wáter.
     Que monté en la bici sin casco es algo que me da risa, porque sin casco iba el Breva, a quien dedicamos un relato, cuando arreaba de cabeza contra la esquina de Las Loritas o se caía a las zanjas abiertas de la calle Inmaculada sin más desperfecto que los bullones que sufría la lechera que portaba. Yo aprendí el arte de montar en la bicicleta de Mayoral, utilizada por su venerable padre, figúrense si salió buena la herramienta, hasta hace pocos años. Creo recordar que era una Orbea de señorita y se distinguía de las que trasladaban el trasero de los machos ibéricos en que llevaban el barrón del centro bajo, para que las excelsas damas que en ellas subían, no hubieran de levantar en exceso la pierna encaramándose al artilugio. Iban adornadas además, en el guardabarros trasero, con una especie de redecilla que quedaba lo mismito que un Jesucristo con dos pistolas colgado sobre el cabecero de la cama.
     Si me dieron bofetadas cuando me porte mal diré, en honor a la verdad, que las más sonoras hostias que me suministraron en la vida, (y no piensen los más cautos y prudentes que tomo el significado de esta palabra en su sentido litúrgico, que no. Acepta la Real Academia la palabra hostiar como el hecho de dar golpes o pegar y al mismo me refiero), sonaron entre las paredes del colegio de las monjas. Era en las frías mañanas de invierno o en las calurosas tardes que daban por anunciado el verano, cuando al clamor de retortijones y espasmos de tripas pedía con el brazo en alto permiso para ir al retrete. Beneplácito que no me era consentido y motivo por el cual, ipso facto y al momento me cagaba, ¡Dios que asco!, con la plasta vaporosa cual plato de Maizena caliente  y así, cuando el olor se expandía, gruñían los componentes de  la clase, todos lo hacíamos llegado el momento, y la monja se acercaba con el andar resuelto, el semblante adusto y la mirada esquiva, para salpicarme un par de bofetadas de padre y muy señor mío, que eran ratificadas por mi señora madre cuando más tarde ponía los pies en la casa de mi infancia.      
     También se repetía este ceremonial a la hora de practicar la escritura con la pluma. No vayan a pensar los más jóvenes que las estilográficas de entonces se cargaban con los modernos cartuchos de ahora. En aquel tiempo vetusto cada cual portaba su tintero Pelikan, conteniendo la tinta azul que absorbida era por una especie de bomba desde la punta de la pluma. Y llegado el momento, con el cuadernillo de caligrafía Rubio sobre el pupitre, empezaba la odisea del escribir pausado, perfecto y sin que cayese un solo borrón sobre el papel y así ante el mirar arisco  de la religiosa mencionada y los temblores de manos que me acometían, pronto caía la mancha que anunciaba un nuevo salpicadero de las anteriormente mencionadas.
     De la tele con dos canales, que les voy a contar si les deje mención escrita de los avatares vividos con la vieja Telefunquen que habitaba en la casa antes mentada. Si quisiera referirme a un hecho concreto que tiene su guasa. Por aquellos entonces, también lo deje claro en otro escrito, este mortal ignoraba lo que era una clase de gimnasia, aunque ejercicio hacía levantándose cuarenta veces para satisfacer las apetencias de la tribu, Maurito dale voz, Maurito quítale brillo, Maurito pon la segunda o Marito apágala. ¿Imaginan, queridos y queridas míos, que en estos tiempos modernos, molestemos el descanso del vástago, que agotado llegó de la escuela o la placida candidez de la infanta para el mero hecho de que nos pase el mando a distancia? Solo lo dejo caer y me dicen que se les ocurre.
     Si rebobinaba las cintas con boli me parte, perdonen la inconveniencia, hasta la curcusilla del culo. Este escribidor, cuando la cinta se enrollaba en los cabezales del viejo Sanyo que José Zabala me adquirió en los decomisos madrileños, reventaba la casete aflojándole los tornillos, cortaba lo arrugado con las tijeras que servían para destripar las sardinas y pegaba el resultado con una tira de tesafilm, con lo que puesta la musicasete nuevamente a rodar y llegado el momento en el que estaba el corte, era cuanto menos curioso ver los saltos que daba el cantante cantando. Aunque habré de confesarles, madre de Dios dolorida, que diría la santa, que lo primero que hice fue reparar con esparadrapos los discos de pizarra que procedían de un viejo armatoste, heredado de algún antepasado que criando estaba malvas, y del que mis progenitores decían que servía “pa”echar cine, cuando lo más claro que se visionaba en la pared desconchada del comedor de la tía María, eran imágenes difuminadas de quien decían que era Dumbo y hasta el famoso Pato Donald.
     Mi sueldo de infante púber era de un duro que utilizaba para ir a la sesión continua del Teatro Cine Santacruz, (… de  Antonio toda la vida). Las proyecciones comenzaban a las cuatro de la tarde y se componían de dos y hasta tres películas a veces, de índole y temática variada. Baste decir que lo mismo aparecía Dracula en la primera, encarnado en los huesos de Christopher Lee, haciendo que nos entrara el tembleque y Fernando Esteso en la segunda sesión, que por entonces hizo furor cantando un canto a las carnes de La Ramona, soez, ordinario e impresentable, rodeado de las féminas actrices hispanas que enseñando muslos y principios de teta, hacían furor entre los hispánicos machos. La entrada valía tres pesetas y así, con las dos sobrantes, gaseosa de la Pitusa, guijas y altramuces en el puesto de la Ulpiana y todavía quedaba una que ahorraba con primor, hasta llegar a juntar lo que costaban los tebeos que vendía Antonio Cobos Ramiro, alias “El Camy” o “Esmonterao”, en su tienda de la calle del santo San Sebastián.
       Y qué decir de lo de haber jugado en la calle si en aquellos tiempos de carestía, escasez y privación era como una religión. Terminados los deberes escolares y al son de un corneta inexistente irrumpíamos cual tropa y pandilla de insurrectos, en la intersección de las esquinas formada por la calle de La Inmaculada, San Marcos y Don Máximo Laguna, para dar comienzo a los primitivos juegos que entonces hacían furor, de gozo y disfrute para los más recios y macizos, y de temor con sus recelos para los débiles humanos de textura frágil como un servidor. Así jugando al tranco, al veinticinco perejil, al dólar y otros muchos que ni recuerdo, quedaban difuminados y como envueltos en seda los pocos desasosiegos que por la mente anidaban. También estaban los partidos de futbol. Dos piedras como postes en la puerta de la infame academia de Cachito y otros dos en las cocheras de Las Loritas. De esta guisa, cuando el balón salía disparado hacia el norte podías encontrarte con un trompazo imprevisto de alguno de los pocos autos que llegaban al casino y si viajaba hacia el sur topabas, en ocasiones perdidas, con la ducha gratuita propinada por el cubo lleno de agua, o el orinal de los orines, de alguna vecina harta de soportar los porrazos de la pelota en la fachada de su casa.
     Ya creo haber contado en anterior ocasión que mi médico de cabecera era Don Deogracias Megía y también os habré dicho, y si no lo hago ahora, que era, cual navaja suiza, galeno de usos múltiples, dentista, estomatólogo, traumatólogo y lo que a bien tuvieran de echarle. Lo de pedir cita en aquella época era asunto del que el mencionado pasaba olímpicamente, con lo que todo se reducía a ir llegando a la consulta pidiendo la vez con voz sonora y tronando. Así cuando uno terminaba la visita, se abría la puerta de la consulta y se dibujaba en el marco de la puerta la figura enfundada en bata blanca del galeno que con premura avisaba de que pasara el siguiente, que bien podía ser el que por orden le tocaba o alguno de los señoritos pudientes del pueblo, que se colaban sin espera y pasándose a los que esperaban, por el mismo forro de la entrepierna.
     Lo de las dos horas para hacer la digestión era regla “sine qua non” o condición sin la cual no podías ni meter los pies en el lebrillo del agua que había en el viejo camarón donde matamos al gallo. No era asunto que me preocupara en exceso, porque ya hemos dicho con anterioridad que un servidor no gozaba en aquella mansión desvencijada de cuartos de baño, duchas y otros menesteres afines al asunto del aseo y la corporal limpieza, con lo que solo podía estar expuesto a una pulmonía irremediable si me quitaba los calzones y en calzoncillos me lavaba en la estancia antes mencionada en los crudos meses del invierno.

     De lo de heredar la ropa prefiero ni acordarme porque aún siendo vástago primogénito, con lo que de suponer es que debiera estrenar prendas, me pasaban en depósito las de los primos y siendo el último del escalafón ya pueden imaginar vuesas mercedes en qué condiciones llegaban las piezas del vestuario. Recuerdo con especial aversión que siendo ya muchacho atenazado por los calores adolescentes llegó cual regalo caído del cielo, debieron haber condenado a galeras a quien lo compró, un tabardo de broches plateados y capucha forrada en pieles de conejo que mi madre colgó en el armario que contenía las escasas vestiduras de la tropa a la espera de que hiciera carne y pudiera rellenar huecos. Y fue un primero de noviembre, día de todos los santos y fecha señalada en la que Cantero y la Jeromilla asaban castañas en la plaza del Generalísimo, cuando mi progenitora descolgó, hacía un frio de mil demonios, el gabán odiado de la percha entre olores a naftalina y humedades propias del tiempo invernal, advirtiéndome de que con premura calzase el abrigo sobre mi exigua figura para asistir, como cada fiesta de guardar, a la misa de doce que platicaba Don Antonio Guerrero Torrijos, párroco del lugar, de la plebe y de la villa en la Iglesia de La Asunción. Así, caminando por la Calle Real con olores a polilla y la impresión acertada de que todo el mundo miraba a aquella especie de Napoleón cuajado de charreteras, pasé vergüenza, temor y hasta cortedad imaginando lo que habrían de decir las amistades amigas que crueles son a esos años, cuando me vieran embutido en aquella casaca infame. 
     De cualquier manera y sobrellevando en las escasas carnes las vicisitudes narradas, que debieron ser más que ya ni recuerdo, crecí despacio, sin pausa y aún a costa de sufrir estos pesares normal, o así quiero entender que fue, a pesar de que los vientos y tempestades que corrían puedan hacer creer lo contrario.

25 comentarios:

  1. Añoranza de un tiempo que ya no se si fue mejor.
    Una lectura muy agradable.

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    1. Mejor no sería, querido amigo, aunque a poco que nos descuidemos volveremos a tocarlo con la punta de los dedos. Lo malo es que la vuelta a atrás siempre resulta en exceso dolorosa. Gracias por parar de nuevo en estos andenes y un saludo, que hace mucho tiempo que no nos vemos.

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  2. Mauro, ¿el que salió normal? ¿normal? Espero fervientemente me sea definido el concepto de normal al que usted alude porque si se trata de mi propio concepto de normalidad, usted está a años luz de él.
    Mauro, por favor, y haz me el favor, de ir a ver esta peli: "moonrise kingodom". Película donde se rememora los tiempos en los que siendo unos crios, decias en casa: "Que me voy" y tu madre salia muy preocupada, solo y exclusivamente para preguntar algo fundamental y era que si habías merendado ya y nada más. No había más preocupaciones.

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    1. Si de eso se trata, Marga del alma mía, de hacer ver que éramos "bastantico" más normales que lo que hoy anda suelto, a pesar de prohibiciones, carencias y otros asuntos. La película queda archivada "in mente" desde este preciso momento y sera vista si por su merced es aconsejada. Un besazo.

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  3. Fíjate que siendo yo de alguna generación posterior a la tuya, muchas de las cosas que cuentan también las viví. Bien es cierto que nuestras andanzas se desarrollaban en las eras del Portajo, en donde nos perseguía, cual jinete en nívea montura, el bicho en su moto de 49 centímetros cúbicos. Pero lo de la cinta, el comer sano, la televisión, todo ello también lo vivimos. Incluso el hecho de jugar en la vía pública: aún recuerdo alguna regañina de la María en la calle Gloria, cuando jugábamos al tenis con las manos (que las raquetas estaban muy caras). Lo que pasa es que nuestra generación, ya liberada de las penurias del tardofranquismo, creció en la democracia y en sus adelantos, los cuales hoy día parece que van pasando como los postes telegráficos ante la ventana del vagón de tren, quedándose atrás. Igual, por cierto, que los recuerdos del pasado, que seguramente y como bien dices, fueron los propios de tiempos difíciles, pero que nuestra mente se empeña en dignificar. Buen relato Mauro.

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    1. Aunque te saco algún decenio con su recuelo, tu debiste ser de los últimos de Filipinas que jugaron en la calle. Hoy en día sería imposible que los tiernos infantes jugasen entre cuatro esquinas con tanto coche y moto cuajados de desafueros. Un servidor era incondicional de las cintas, de hecho acumulo en las viejas estanterías unas trescientas que lógicamente han pasado a ser como fantasmas con memoria, pero me costó infinito acostumbrarme al Cd, que finalmente me cautivo, aunque me encanta como rascaban los antiguos vinilos. Lo que no termina de convencerme es eso de las tarjetas y los pendrives en los que parece que la música viene de ningún sitio. Un saludo, merengudo cabezón, y gracias por para de nuevo en estos andenes.

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  4. Retrato exacto ,veridico y fiel de un pasado que ya no volvera ,pero que gusta que tu mon ami saques a la luz.Entrañable como siempre .Saludos marisa

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    1. Tampoco es muy deseoso que vuelva Marisa. El pasado hay que mirarlo, en la mayoría de los casos, sin nostalgia, porque tendemos a visionar en color lo que era en blanco y negro. Solo ocurre que es historia y hay que relatarla. Un abrazo.

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  5. ¡¡¡¡Pero que mono estás en la foto!!!
    ¿Como no vas a salir normal?? A pesar de todas calamidades de frio, calor, poca ropa y hostias por doquier, crecimos en un ambiente familiar y de amistades envidiable.
    Cuando ibas a tu casa siempre estaba tu madre para atenderte, si salías a la calle siempre encontrabas a un amigo con el que jugar y luego pelearte.
    La vida, no te creas, no era mucho mejor que ahora, pero yo creo que era mas natural y menos contaminada por el exterior. Sobre todo en los pueblos!!!
    Dos besos retorcíos como siempre amigo Mauro.

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    1. Es que un servidor es guapo hasta en la actualidad, ( ... por los coj....), solo ocurre que se rodeó de algunos galanes que como su merced gustaban más a las mozas. Yo no creo, al menos en mi caso, que fuese tan envidiable lo que me rodeaba. Como digo siempre el blanco y negro, con el paso de los años, lo vemos en color y olvidamos las penurias y otras vicisitudes, recordando solo lo que era rosado. Además vuesa merced, hijo de ferroviario, pertenecía a la clase funcionarial. Menos contaminada puede ser pero más natural, me jode un poco la naturalidad con la que casi nunca sabias nada de lo que pasaba y acontecía. Bueno Pepillo, dos besos retorcíos de vueltas para las tierras "jachas".

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  6. Ya es habitual que disfrute de otras épocas al leerte. Como siempre amigo genial tu forma de narrar lo vivido.

    Una abrazo amigo.

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    1. Tambien me invento amigo Senovilla, lo que pasa es que me lo termino creyendo, como los mentirosos de oficio. Gracias por pararte en mi morada.

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  7. Hola Maurito como siempre genial!!! una gozada leerte, Yo logicamente vivi esos tiempos y otros, muchisimos mas prehistoricos, y eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor, solo tiene una lectura, que cada uno en ese nuestro tiempo pasado, éremos jovenes, y eso fue, y es lo bueno del tiempo pasado de cualquiera... Y, SIII!!! por fa! escribe y pon luz, sobre la vida y milagros,de esa parienta, que por lo visto es parienta de todos,pero que yo te aseguro que nadie conocemos, ni sabemos de que parestesco viene, a mi al menos me gustaria saber, algo sobre esa prima de riesgo, o si corre algun riesgo la prima de alguien, te juro, que es verdadera mi curiosidad, yo como tu bien dices mire en INTRENET, que parece que todo lo sabe, para averiguar algo sobre de qué iba, dicha prima, y si, si, que si quieres arroz, me que de peor que estaba, entre que una con los años se vuelve mas espesa. y lo incomprensible de las explicaciones, yo no me entero ne nada. espero que tu con palabras de andar por casa me lo expliques, vamos si tú quieres! y si no pues hacer puñetas, que a estas alturas de mi vida, tampoco me quita a mi el sueño la dichosa prima, un abrazo... Victoria.

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    1. Vuelves a salir anónima Victoria, señal de que el tranquillo se fue hacer puñetas. Yo no creo que cualquier tiempo fuera mejor y tampoco me ilusionaría en exceso volver a la primera juventud. Solo ocurre que gustándome, como me gusta, el punto al que en la actualidad he llegado, me jode cantidad comprobar que el tiempo pasa y nos vamos haciendo viejos, con lo que habrá que renunciar a los irrenunciables días de vino y farra que tanto me gustan. ¡Que le vamos a hacer si a uno lo hicieron con buena boca!. A la prima habrá que darle paso algún día, si no le corto antes el pescuezo con el cuchillo jamonero. Un abrazo y gracias por tu fidelidad.

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  8. Jajajaja ya has hecho carne yaaa...lástima que no nos ilustres con una foto tuya con esa cazadora-guerrera aunque con la imaginación al poder, ya ganas seguro.
    Muchas gracias por compartir tu tiempo, éste y el pasado que nos enriquece como un buen guiso de esos de cuchara.
    Si a tu santa no le importara, me gustaría "copiar" con tu permiso esa fotico de ese niño tan bueno, con esos ojazos tan expresivos, ese jersey de ochos y esa pose tan de estudio, pero tan mona...
    te esoy siguiendo.

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    1. ¡Y no puedes imaginar de que manera rellené los huecos Paloma!, con lo que mi pobre madre sufriría para hacerme de comer. No existe foto, porque quemada hubiese sido, de aquel engendro monstruoso que me vino de repente a la memoria. Compartir mi tiempo es algo que me place enormemente, máxime cuando intuyo y sé que detrás de esta puerta está mucha buena gente como vuesa merced. A mi santa nada le puede importar que copie usted esa "fotico", porque a buen seguro cuando la visiona capaz es de asegurar que ese no es su marido. Fíjate que asegura que lo más hermoso que porta mi maltrecha figura son las piernas y las orejas. Y de estas últimas a empezado a asegurar, ganas de joder la pava, que me están empezando a crecer como a los elefantes. Gracias por volver a pararte en la posada. No imaginas cuanto lo agradezco. Un saludo afectuoso...

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  9. Angel Pablo Caballero28 de junio de 2012, 19:27

    Me gusta la foto yo tengo una igual, en el cole el fotógrafo las hacia en serie en lugar de en serio, parecen calcadas solo cambia la cara, que pipiolos eramos como hemos cambiado ...

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  10. Es verdad. Eran fotos que se hacían como de carrerilla. Su merced y un servidor compartimos muchos de aquellos años en las añejas escuelas, con lo que habemos de tener cantidad de recuerdos comunes. Nuestro maestro Don Eugenio, su esposa María Teresa, Manolillo el Feo, que era de armas tomar, y tantas añejas cosas perdidas en los anaqueles de la memoria. Un saludo y vuelve cuando desees por esta posada de escritos.

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  11. ¡Oye, oye!Que yo tambien tengo una foto igual, y para más inri, con un jersey de ochos que me hizo mi madre,puede que te la enseñe algún dia mi apreciado Mauro.

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  12. Seguro que el jersey era patente de todo el pueblo, querida Cecilia. Al igual que esas fotos que debió hacerlas algún fotografo titiritero de aquellos que pasaban por el pueblo o tal vez fue el Canario en su estudio de La Puente. Un gusto recibirla en esta mesa y esperando que pase con más asiduidad por la fonda reciba un besazo en cada "lao" de su linda cara.

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  13. Hacía tiempo que no entraba a tu rincón y me he estado perdiendo tus narraciones. Te has vuelto a superar Mauro Ángel. Al ser de la misma quinta tengo idénticos recuerdos aunque algunos menos dramáticos. Mis recuerdos de las Monjas son de una Sor Pilar, muy dulce, una Madre cuyo nombre no recuerdo (qué cabeza), bastante entrada en años y que me enseñó a leer. Debías tener cuidado porque la única que podía señalar el renglón por donde ibas leyendo era ella con su lapicero. Ni se te ocurriera poner el dedo porque el lapicerazo que te llevabas era de aúpa.
    Hay un juego que creo no has referido y era el guá. Yo nunca he sido muy ducho, más bien al contrario. Pero me asocié con mi amigo Paco Anegas, que era un portento. A él no le dejaban jugar porque todos sabían que les ganaba, solo lo admitían si también jugaba yo, ya que sabían que yo sí caía. La sociedad fue muy rentable y llegué a acumular una buena bolsa de bolas.
    Otra cosa que me ha hecho ilusión es haber leido lo del "tesafilm". Hace veinticinco años que no lo oía. Me he tenido que acostumbrar a decir "celo", para que los habitantes de la capital me entiendan.
    En fin, vivo retrato de nuestra infancia maravillosamente redactado, como siempre.
    Saludos de nuevo, amigo.

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  14. Se me olvidaba comentar, lo de la foto en esa postura con un jersey de ochos, os puedo asegurar que también la tengo. Es más, tengo más de una porque venían varias iguales en una especie de portafotos de plástico.

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  15. ¡Como no vas a tener los mismos recuerdos si hasta de comunión estábamos el uno detrás del otro!. Coincidimos en muchas cosas amigo Santiago y vivimos los mismos vapores. Yo de las monjas recuerdo a Madre Mónica, que debía ser octogenaria, a quien nombras Madre Isabel, a una tal Mecedes y a Madre Nieves, que si mal no recuerdo y Dios me perdone si miento, era la que me salpicaba tan clamorosos hostiones. Un servidor también era nefasto jugando a las bolas, tal vez por ello ni las recuerda, pero si me viene a la memoria Jose Antonio "El de Tartaja", que las partía de los "cheches" que les daba. La foto, amigo Santiago, debe ser universal. Un gustazo verte de nuevo por este rincón y gracias con el corazón por comentar los escritos, porque ello me da empuje para seguir con la tarea. Un abrazo sincero, amigo.

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  16. Si señor, me acuerdo de Madre Nieves. No me viene a la memoria que me diera tortas pero sí tirones de las patillas. Joder lo que dolía aquello. Y eso que yo era un angelito, obediente y tranquilo. No en vano tengo un diploma de buena conducta y otro por ser aplicado. Los encontré entre las cosas que guardaba mi madre y me da cosa tirarlos.

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  17. Eso no se puede tirar Santi. Semejante reliquia requiere ser enmarcada y puesta en sitio visible de la casa. Para que se enteren los descendientes. A mi también me tiraba de las patillas la susodicha, pero recuerdo como si de ayer fuera el día que me cogió de la moña y me soltó dos sopapos como la copa de un pino. Llegue a casa con un cardenal en cada lado de la cara y cuando mi padre le pidió explicaciones le contestó que había sido jugando en el recreo. Mi padre la creyó y hubo de ser muchos años después cuando en una conversación entre los dos le aseguré, y me creyó, que la verdad estaba de mi mano. Un saludo compañero.

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