Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

lunes, 19 de diciembre de 2011

Postales navideñas. De zongas, fiestas y otras celebraciones de la nochebuena.

   Soy consciente de que en los días de fiesta que están por llegar, se mezclan sentimientos y emociones. Por ello, mientras unos bullen alegres y contentos con la llegada de tanta celebración, otros sienten retortijones de tripas ante la sola mención de la conmemoración preestablecida. A un servidor lo que le gusta de estas señaladas fechas es la sensación, tal vez banal e inconsistente, de que el aire que se respira es más puro y al menos por un tiempo exiguo hay deseos, aunque parecer puedan ficticios, de dicha y felicidad.
     Con ello me basta y sobra, así que a tod@s y sin distinción quiero desearos felicidad, salud, amor y trabajo, que a fin de cuentas, y estando como está el patio, son motivos suficientes para estar ufanos y alegres. ( ...  y si nos toca la lotería, tampoco le haremos ascos).



     Siempre fueron de mi gusto las fiestas navideñas, no por el hecho, y esto es punible, de la religiosidad que atesoran y conllevan, sino por la celebración, algarabía y cachondeo que me anticipan de antemano. Debe ser, que a su vez es cosa de herencia, porque mi abuelo Santiago en los difíciles años de la posguerra, cuando el hambre y la necesidad asolaban los cuatro puntos cardinales de la entonces “grandiosa” España, solo necesitaba la lata de hojalata de un envase de aceitunas que le regalaban en la tienda de los Escobones , la piel exigua de un conejo que se había comido otro humano de dos patas y un palo, de no sé qué variedad, criado en las frías solaneras del campo manchego, para fabricar una zambomba con la que dar la tabarra a medio pueblo, siendo esta costumbre que cultivó hasta el fin postrero de sus días.
     En estas tierras manchegas se da mucho la conmemoración del día de la Nochebuena y ya desde la más tierna adolescencia empecé a rememorar con conocidos y amigos la llegada del mesías en lo que venimos a llamar por estos lares zonga, que no es otra cosa que la junta en reunión, bajo el techo de cualquier cubil, casa o guarida, para comer y beber desde la anochecida hasta los albores del alba. La primera zonga (… en Valdepeñas, mas monacales y eruditos, llaman a esta juerga maitines) de mi vida tuvo lugar en la cocina de Juan de Dios, el abuelo de un amigo de la infancia. Pueden imaginar, les estoy hablando a lo poco más o menos del año en que murió el innombrable o lo que es igual del 1975, que con los 14 años por cumplir y en tiempos tan poco dados a  la soltura de vidas y haciendas, advertencias, consejos y avisos primaran en la mente de mis queridos progenitores a la hora de dejar por vez primera al vástago primogénito una noche entera sin control y a su santa bola, aunque bien es cierto que una sola mirada de mi padre era válida y concluyente a la hora de saber, “mu bien sabío” , todo lo relacionado con el camino a seguir en hechos y comportamientos.
     La velada trascurrió a la perfección en aquella primigenia celebración, hasta que alboreando el día y de vuelta a nuestros hogares, el ser primitivo que anidaba dentro del camarada Manolo desató sus fueros incontrolados, llevándole a emular, con detalle y precisión, a los atletas de las olimpiadas que se habían celebrado en Múnich, cuando se puso a saltar sobre los techos de los coches de los señoritos que estaban de parranda en el casino y que había estacionados desde la esquina de las Loritas hasta la puerta de Gloria López, con tal estrepito y algarabía que la llegada de los municipales con Casimiro “El Mella” a la cabeza fue cosa como de coser y cantar. Si algo achacable tiene la vida en el pueblo es que todos son conocidos y a todos se les conoce, por lo que el asunto de la identificación de personas y personajes fue cuestión de segundos y la denuncia, en aquellos tiempos no valían excusas y arrepentimientos, se hizo extensiva a todos los integrantes del grupo.
     Ante la gravedad de los acontecimientos relatados,(… aunque después todo quedó en agua de borrajas), pueden imaginar que la subida de las escaleras de la casa de mi infancia en aquella fría amanecida de Diciembre, se tornase como se dice en el pueblo, asunto de “trago y tragantá”, por la simple razón de dos cuestiones bien diferenciadas: una, la que me llevaba a rebelarme contra la injusticia de ser acusado del delito no cometido y otra, la que más me escocía en los adentros y que me llevaba a cavilar si los creadores de mis días vendrían a pensar que no era digno merecedor de su confianza.
     En los años que siguieron las celebraciones se trasladaron a los escenarios más variopintos. Desde la casa que en la calle del Marqués de Mudela tenía alquilada Juanito Lázaro,  tendero de renombre y padre de mi amigo Juan Carlos y que en tiempos actuales, acoge entre otros inmuebles, el bar-cafetería del “Orejillas” donde degusto sabrosas tapas regadas con botellines fresquitos, hasta la cocina centenaria de la abuela de Virtudes e Isidoro Bravo, protagonista estelar de los Divinos Asuntos. Fue entonces cuando hizo su aparición en escena, venido desde las opulentas tierras catalanas, mi amantísimo primo Antonio que es como un calco aproximado del menos agraciado de los Hermanos Calatrava, aquel que cuando se  ríe le llega la boca de oreja a oreja y que una vez comprobado el boato festivo con que se celebraba en estos lugares la venida del mesías, (… aunque debió ser por las santacruceñas, los cubalibres y el vino), no hubo de faltar durante años a tan especial conmemoración. Y allí, durante aquel tiempo maravilloso de pandilla y enamoramientos, arrobados, escuchando los acordes empalagosos y bellos  de Cat Stevens y las baladas, adoradas por nuestras féminas amadas, de un duo de almíbar llamado Pecos, entre arrumacos y toqueteos, (…nunca más, pues el solo roce decían que embarazaba), continuamos celebrando Nochebuenas a mansalva.
     Por entonces el fin de año tenía su dosis de apogeo en la discoteca Lord Jim regentada por dos valdepeñeros que se hicieron de oro. Baste decir que al terminar la Nochevieja y aflorando el año nuevo, después de las campanadas, una marea humana inundaba aquel lugar desde la pista de baile hasta los urinarios de la entrada, sembrando de cabezas, efluvios y sudores aquel ambiente enrarecido, mientras eran degustados cubalibres de ginebra y whiskys de garrafón que podían reventar sin compasión al mas “pintao” la mollera.


     Con el paso ineludible del tiempo llegó la noviez y con ella los inolvidables años en que fui titiritero y las celebraciones de tan sagrada festividad se trasladaron a las diferentes sedes en las que fue aposentando sus reales el afamado Grupo Mudela. Fueron primero las extintas escuelas del Jardinillo, donde hoy se encuentra el Centro Médico, lugar de farra y jarana en el que la música y el griterío debía ser medido con cautela, no por el hecho a tener en cuenta de las posibles molestias al vecindario sino por la posible posibilidad de  que dado su estado de avanzado deterioro se nos pudiese, con tanto salto y temblor, derrumbar la casa encima.
     Debido a la apertura de la anteriormente citada discoteca, el añejo Club  Septum , ubicado como sabemos los entrados en años y canas, en la plazoleta de Andrés Cacho entró en un irreversible deterioro llevando esta circunstancia a su irremediable cierre y fue por ello que hubimos de pedir con cautela, sigilo y moderación (… no era el alcalde Antonio Cobos, hombre de muchos remilgos), que nos fuera concedido este local como lugar de ensayos en nuestro quehacer teatral. Y concedido el deseo, había de ser también aquel icono de celebración festiva y territorio en el que generaciones de santacruceños habían bebido al son de los ritmos acompasados de Queen, Los Rolling Stones  y Peter Frampton , mientras se metían mano oyendo el  Wish You Were Here de Pink Floyd, lugar donde continuar con nuestras farras navideñas volviendo de alguna manera a revivir el vetusto club la vieja gloria vivida en décadas anteriores.
     Mas como no hay bien ni mal que cien años dure, (… ni cuerpo que aguantarlo pueda), jodiose el invento el día en que nos fue comunicado que con prisa y sin pausa habíamos de abandonar el lugar porque su derrumbe era inminente, habida cuenta de que en el mismo solar se pensaba edificar la Casa de la Cultura y la Biblioteca Municipal. Y de esta manera precipitada nos tienen otra vez, amables lectores, pidiendo como mendigos de barba rala en la Gran Vía madrileña nuevamente al alcalde Antonio, (…Camy, para los amigos), nuevo lugar donde desarrollar el oficio del arte y el ensayo, siéndonos concedido después de variados encuentros y encontronazos lo que haber había sido el Bar de Los Revoltosos, ubicado en una de las esquinas de la plaza de la villa. Cual nómadas gitanos de la lejana Rumanía volvimos a mudar enseres, trastos, utensilios y bártulos al mencionado lugar donde casi fenezco en plena juventud, (…pero esa es otra historia), y una vez emplazados y dispuestos llegaron nuevamente los días en que se canta hacia Belén va una burra y decidimos que era acertado celebrar el repetido nacimiento de la criatura en la nueva sede concedida.
     Aquí fue donde las argucias en cuestiones de sonido hicieron que el amigo Lorenzo, de apellido Molina como el cantante jilguero, dispusiese con plato de discos, mesa de mezclas y casetes varios una artesanal discoteca, mientras este cansino escribidor grababa cintas a discreción, que aún conserva, con canciones del Último de la Fila, Duncan Dhu y los Nacha Pop, (…entre otros muchos olvidados), que mezclados con el Del Sur a Cataluña que cantaba Tijeritas hacían las delicias de los bailones integrantes del grupo, aunque justo es reconocer que llegado el momento culminante y con los efectos de las bebidas y sus compuestos, siempre llegaba la petición clamorosa del pasodoble Islas Canarias, que era bailado por la totalidad de los celebrantes entre tumbos y mareos. En una de estas celebraciones hizo aparición un espécimen de difícil catalogación venido del Castellar de los pucheros, integrante de un grupo teatral de aquel perdido lugar y de nombre Aniceto que le daba con fruición al asunto de los porros. Un servidor, que nunca fue dado a este menester, le dio aquel día por fumarse un canuto de parecidas dimensiones a los que con placentero deleite fumaba extasiado Bob Marley en la portada de sus discos y puedo asegurarles apreciados leedores, que casi perezco en el intento, pues la mezcla de los compuestos bebidos con aquel cigarro inmundo extrajo de mis tripas hasta la última papilla que con paciencia y buen hacer habíame dado mi madre en los días de criatura ochomesina.
     Casados estamos ya, el tiempo trascurre con premura y sin piedad, y van llegando los primeros descendientes con lo que la fiesta navideña se traslada a la huerta de Fu-Fú, que no es chino aunque parecerlo pueda. En aquel lugar acogimos en una de aquellas noches de paz a un argentino pianista, con más costras que un galápago y la sabiduría de Einstein, (... “pa” su prima el pisto), del que nunca supimos procedencia concreta, ocupación, ni destino y que vino a metérnosla doblá como se dice en la villa, pensando que eran pardillos, siendo avezados y listos, estos habitantes de pueblo llano. Allí, al albor del amanecer de un día de navidad, nos pusimos a elaborar churros caseros un servidor y su amigo del alma José Testón . Amasados los ingredientes de manjar tan exquisito, caímos en el detalle de que churrera no había y prestos, (…siempre fuimos resueltos y de rápidas decisiones), fabricamos un artilugio con una botella de plástico vacía, hicimos un agujero en el tapón y apretando hasta casi la defecación, conseguimos que el harinoso mejunje cayese en el hirviente aceite de la sartén y fue tal el pedo que pegó el compuesto, que pegado quedo en el techo cual perenne estalactita.
     Acercándonos al final puesto que hora va siendo, habremos de decir que todo acaba en la vida y por ello estas añoradas fiestas entre amigos y compañeros han ido tornándose en asunto más recogido y de familia. De esa manera, como bien dice el refrán, cada mochuelo retornó a su olivo y en estos tiempos presentes la llegada del niño Jesús, (… que comedido me he vuelto), es celebrada con los más allegados y cercanos sin que por ello tenga que faltar el oportuno momento en que aparece por la casa algún antiguo pájaro volandero con quien degustar unas gambitas y un tinto de la tierra, terminando por cantar, por decir algo y poner punto final, el conocido cantar del Hacia Belén va una burra.
   




viernes, 9 de diciembre de 2011

Muere lentamente

     A veces se apagan luces y el vivir se torna como un túnel oscuro difícil de transitar. Son esos momentos en que nada resulta apetecible y todo a la vez es montaña insalvable, escollo perpetuo. En el pasado tuve días de nubes negras que creí perdidas y que raramente, a veces, otean fugaces dibujadas en el horizonte. Las contemplo y como a perros apestados las ahuyento. A ello, sin saberlo, habéis contribuido en buena parte todos los que seguís esta factoría de escritos que me motiva, y mucho, a la ilusión de hacer lo que me gusta. Escribir, fabular y juntar palabras.
     Mas debo decir, en honor a la verdad, que la primera posada que acogió mis relatos y desventuras fue Alias Petronis, morada de la persona que bajo el mismo pseudónimo me alentó a empezar con esto de las historias y narraciones en los mundos de internet.
     Y como es de bien nacido el ser agradecido, reconozco que en aquel momento me sirvió de bálsamo para curar las heridas del alma, que suelen ser complicadas de cicatrizar. Allí fui Mangines y tuve mi propio blog, en el que estuve escribiendo hasta hace pocos días. Justo hasta el momento en que deje en aquella mesa el relato que hoy os presento y que fue incomprensiblemente borrado y censurado, a la vez que se me impidió definitivamente mi participación en la citada página.
     En esas estamos. Con la censura, que uno creía perdida desde los tiempos del innombrable, cercenando con las tijeras de “a metro”.  Lo que me indigna y duele es que se me queda cara de tonto e impotente me pregunto qué hice yo para merecer esto.
     Me quedáis vosotros y todos los que quieran venir, que ya es mucho, cuantioso e inmejorable.

      Jamás ha viajado. Los límites del pueblo marcan la distancia y la frontera de su vida. Siempre afirma que no necesita más, que “pa lo que hay que ver, to esta visto”. De esa manera, acodado en el añejo mostrador de La Campana, ve pasar los minutos, las horas y los días de una existencia que se le antoja normal y es anodina, que le parece fácil siendo intransitable. ¿Leer?, comenta, mientras observa a los parroquianos hojear el periódico diario, ¿Qué hay que leer?,¿ las tontunas y mentiras de políticos y otras yerbas?. A la mierda con “tos” ellos.
     Y se pudre. Se corrompe interiormente sin saberlo, consumido por humores y supuraciones de “mala follá”, que le enlodan y ensucian las entrañas. Solo tiene por amigo a Juan, que cada mañana le dice como una letanía sempiterna la misma acostumbrada cantinela: ¿si no te quieres tu, quien coño te a de querer?,…al carajo tú y tus consejos, le contesta. En su prepotencia es un esclavo habitual de hábitos y costumbres, aunque critica con acritud a quien dice que los tiene, repitiendo cada día, y se tornan demasiados, las mismas prácticas y rutinas, el mismo tortuoso camino,
     No cambia de ropa, camisa y pantalones están ajados por el uso. Tampoco arriesga en el intento de conocer gente, dice que perro suelto bien se lame, jamás conversa con desconocidos y la pasión por algo es vana porque todo en la vida es mentira.  Todo carece de interés y se cuida muy mucho de evitar las pasiones, que son “mu” malas consejeras. No me vaya a enamorar y la jodamos.
     También las emociones, llantos y alborozos están vedados porque son cosa de maricones  y por muy humanas condiciones que en otros puedan parecer, en el son motivo de sorna y desprecio. Por ello, si se le observa, es notorio que no hay brillo en sus ojos y no le bulle el frío corazón de piedra.
     De cambiar de vida, ni pensarlo. Aunque cada mañana, mientras toma un carajillo habitual en el bar de Cacheras, reniegue del trabajo y de su hacienda. Así lo lleva haciendo décadas enteras y así continuará pasando porque “pa” cambiar a peor, mejor seguimos como estamos.
     Y sin saberlo, renegando de todos e insatisfecho de todo muere y se pudre lentamente, sin arriesgar lo seguro por lo incierto para ir detrás de un sueño imprevisible. Sin vivir y sin sentir, ignora que muere. Muere lentamente olvidando ser feliz.



martes, 22 de noviembre de 2011

Del gallo puñetero y otras aves del corral

     Tira “pa” la basura. Era el grito amenazante que como salido de una fétida caverna me atronaba los oídos, cuando asaltado por la incipiente necesidad de hacer las necesarias necesidades, intentaba abrir la puerta desvencijada del infame retrete de mi infancia, (tarima de madera, agujero en el centro y clavo con alambre para sujetar las tintadas paginas del ABC con que limpiarse las posaderas), estando ocupado por miembro de familia propia o ajena, pues era  espacio compartido por integrantes del clan y obreros que trabajaban en el almacén de bebidas del tío Antonio, que como ya hemos dicho en anteriores escritos estaba situado en los bajos de la casa.
     Así, cabizbajo y apretando con fuerza los dos carrillos del culo, sorteaba mondas de patatas, cascaras de naranjas, cabezas de sardinas, latillas de conserva vacías y depósitos humanos varios, hasta llegar al final de aquellas arenas movedizas donde a la primera de cambio se me hundían los pies hasta los tobillos, quedando anclado, encallado como un barco rodeado de porquería. Con premura me bajaba los calzones y apresurado, en cuclillas, como alma que se lleva el diablo intentaba angustiado realizar la cotidiana tarea de evacuar de mi exiguo cuerpo lo que hubiera de sobrante, (… por aquellos tiempos imperceptible y escaso).
     Entonces, ojo avizor, espolones de acero, cresta enrojecida y andares gallardos aparecía el dueño de aquellos dominios, el señor altivo del corral, el gallo maricón que me metía “las cabras en el corral”, haciéndome palidecer de miedo. “Que no te se  acerque, si te se acerca le endiñas un estacazo”, me tenía dicho la Tía María, mientras dejaba a la vera derecha de aquella porqueriza, apoyada en la pared, una estaca de palo de metro y medio con la que quitarle el hipo a tan plumado ejemplar. ¡Pobre de mí!, incapaz en el infortunio de matar  siquiera a una mosca, como habría de enfrentarme a la apostura de aquel gallo cabronazo y matón, que rodeado de insulsas gallinas y alocados polluelos pululaba jactancioso y engreído por aquel nauseabundo lugar plagado de olores y pestilencias inolvidables. Fue allí; juro que fue en aquel universo de “rosados colores” y variados perfumes donde se incubó mí inquina imperecedera y perdurable hacia todos los volátiles bichos y sus trajes de pluma. Desde entonces perdices en escabeche, codornices a la plancha, patos a la naranja, pollos en pepitoria, pavos al chilindrón, galianos de perdiz y otros compuestos de tan exquisitas aves se pueden ir mismamente donde se fue el carro del Bizco, ( … a cagar leches).
     Aquel gallo cabrón, terminó como tantos otros, bajo el palo de la escoba de la Tía María, que era diestra y manijera en el arte de mandar a estas bestias del averno a descansar en brazos del sumo hacedor. Les metía el pescuezo por las bajeras del susodicho palo, colocaba un pie en cada extremo, (…Asia a un lado, al otro Europa y allá a su frente Estambul), y tiraba sin compasión hasta que el cuello del plumífero elemento pasaba a medir sobre tres cuartas y media. Aleteando y entre convulsiones colgaba al bicho de la viga maestra que atravesaba a lo ancho el camarón, (… estancia desvencijada y llena de trastos en la que dijimos hace tiempo que se lavaban los platos y se meaba en un cubo) y sin vacilación, con decisión y prestancia, le rebanaba de un tajo el pescuezo con el cuchillo “que sirve pa tó”. Como ángel caído, todavía aleteaba el plumado, otrora vigoroso y engreído señor de sus dominios, por los moñigos ajenos que como pienso engullía, mientras una catarata de sangre caía cuajándose en un lebrillo colocado bajo la inexistente testuz y una sensación de asco se apoderaba con incredulidad de mis adentros, (… ojos miopes como platos, por poca vista y sorpresa. Estomago en asiento durante días eternos), y recorría mi humana y débil condición de tierno infante.
     Lo peor estaba por llegar y llegaba cuando la Tía María encendía los infames infernillos de petróleo, anunciadores de calamidad venidera; ponía a calentar agua en dos cubos de zinc que una vez hirviendo vaciaba en la caldera, que lo mismo servía para el semanal aseo, que “pa” engullir al plumado pájaro volátil al que empujaba con el palo, origen del infausto crimen, “pa que se remoje, bien remojao” . Una vez puesto en remojo, ablandado de plumas y coyunturas, acercaba dos sillas desmembradas a la vera del susodicho cadáver emitiendo, inapelable e indiscutible, la sentencia que me hacía temblar, erizarse cada cabello, cada pelo de mi cuerpo imberbe y casto:”anda Maurito, ayúdame a pelalo”. Con infinita repulsión y el miedo perpetuo a una eventual resurrección, obedecía en la seguridad de que en cualquier momento, sin previo aviso habría de saltar el emplumado ejemplar de la artesilla para cobrarse venganza. En el proceloso arte de mandar palomos al otro barrio también se daba su maña. Se los ponía en la parte trasera (… donde el culo pierde su sagrado nombre),”pa no velos sufrir”, y les apretaba en la pechuga hasta que soñaban abstraídos con angelitos de nácar.
      Y llegó el día de la primera comunión, aquel en el que fui al encuentro de Dios vestido de Padre Damián, (…que manía la de entonces de enfundar a las criaturas en monacales hábitos de fraile), aquel en el que después de la ceremonia religiosa marchó toda la familia en fraternal procesión hasta la casa de mi infancia para ser invitados a bebidas y viandas. El menú, (… nunca lo podré olvidar), era pollo en pepitoria, “que te lo comes por guevos”, con lo cual quedaba claro, patente y manifiesto que los odiados volátiles me seguían persiguiendo aun en días tan señalados, haciendo que lo que había de ser felicidad se tornase en angustia y tormento.
     Más cercano queda en el tiempo el viaje que en días de asueto y divertimento, (… tan escasos en la odiosa profesión del camarero), hizo este pobre escribidor con su santa y la cuñada a la isla de Mallorca. Fue allí, en Valldemossa, cuna de los amores de Federico Chopin y George Sand, donde disfrutando de un atardecer maravilloso en una granja rodeada de arboles y montañas, estando inmerso en la noble tarea de  degustar deliciosos vinos, cuando hubo de aparecer un pavo real de más de cien kilos, que con el mirar huidizo y la cola abierta, como siniestro abanico, hizo que volvieran a mi presencia los fantasmas escondidos de la infancia, incitando a este pobre mortal a poner los pies en polvorosa, aun a costa de cruzar el ancho mar que separa aquella ínsula del continente en patera o nadando, que para el caso es lo mismo.
                                                                     

jueves, 3 de noviembre de 2011

De médicos, practicantes y parteros.

        En los años en que vine al mundo las mujeres no parían, eran asistidas. Así al menos lo cuenta mi madre, que tuvo la “asistencia”, (… bien parece que habláramos de partido de baloncesto), del doctor Peñin, un médico del pueblo que ella dice que era negro y yo adivino que debiera ser como mestizo o antillano, o lo que es igual de tez tostada y pellejo aceitunado. Ya hemos dicho en otros escritos que aterricé en estos prados de la vida con poco peso y mucho pellejo, motivo sobrado y por el cual, mi abuelo Santiaguillo, del que hablaremos largo y tendido en ocasión venidera, hubo de sentenciar a su hija, que por deducción es mi querida madre, viendo estupefacto lo que había traído al mundo, aquello del “que descansando te habrás “quedao”, hija mía”. Para la misma procelosa vicisitud, seis años después, en su segundo parto, el de mi hermana, también prematura y de pocas carnes, (…solo por aquellos entonces), tuvo una vez más el asistimiento de Carlos Dotor Navarro, partero, practicante y alcalde de la villa para más información de curiosos, fisgones y entrometidos.
     Tenía este buen hombre la consulta en un cuchitril poco espacioso sito en la calle que durante décadas lució por nombre el del fundador de la falange, José Antonio Primo de Rivera y que hoy, pasados aquellos años de victorias y desafueros, vuelve a llamarse por origen y derecho de La Roja, sin que el escribidor recuerde, por olvido o mala memoria, el porqué de tan expresivo nombre. Dicho está que el lugar era de escasas dimensiones, sin que ello fuera óbice e impedimento para que a la hora del caer la tarde, con el sol ocultándose tras la ermita de San Roque, se dieran cita en el lugar todos los que aquejados estaban de padecimientos y dolores que subsanables fueran con cualquier compuesto inyectable. Así, tiernos infantes en brazos de sus madres, esperaban llorosos y compungidos, aquejados de sarampiones, viruelas o varicela, el momento dolorido y penetrante  en que la milagrosa banderilla calmase sus dolores y males, a la vez que igualmente aparecía algún otro que terminadas las cotidianas tareas del trabajo diario asomaba descalabrado o cosido a rajas y rasguños, que presto el citado practicante, entonces no se estilaba la pomposa palabreja que hoy en día les denomina A.T.S, suturaba prestamente con hilos y lañas. También posaban sus reales posaderas en el lugar hombres y mujeres entrados en años; ellos desdentados, cuajados de achaques desde el rabo de la boina hasta la punta de las albarcas; ellas doloridas, quebrantadas por los cotidianos trabajos de la casa, donde fregonas, lavadoras y lavavajillas eran artilugios como de quimera y ensueño.
     No habría de ser este motivo de relevante exposición si no fuera o fuese porque a su vez en la puerta de la calle, remolones y escurridizos, podianse observar briosos jovenzuelos, que nerviosos y como poseídos por el baile de San Vito, paseaban alterados de la puerta a la esquina y viceversa, comentando y susurrando en voz baja, la incontable sentencia que con un dicho afirmaba, (… a ti también te han “enganchao”), esperando el momento y la ocasión de que vaciado quedase el chiringuito de curiosas y chinchorreros, para pasar a ponerse el inyectable , milagroso y curativo que aliviase sus partes, (…palabra con la que se designaba entonces, sin que nunca adivinase  el porqué, a los órganos reproductores de los machos y las hembras), de ladillas y otros bichos parasitarios contraídos en algún chamizo, casa de lenocinio o lupanar de mala vida. Y puedo también, en otro orden de cosas, dar fe y atestiguar que a Carlos Dotor lo ha dotado Dios de unas prodigiosas manos en la reparación de los defectos de fábrica de los viriles miembros masculinos. (… y no diré más, porque a buen entendedor con pocas palabras le bastan).
     Don Juan Amorrich tenía su consulta en la calle Inmaculada, junto a la academia mecanográfica de Parra. Era hombre de gesto serio y sombrero calado, educado y de exquisitas maneras. Sepan los amables lectores para quien de ello no tenga conocimiento, que hablo de los tiempos en que la Seguridad Social estaba todavía como en pañales y aquel que necesitaba los servicios del galeno, para ser curado de apremiante enfermedad o enviado sin pasaje al otro mundo, había de pagar la “iguala” que decían unos o el sello que llamaban otros, que era una cantidad mensual de dinero, estipulada de antemano, para tener acceso a sus servicios. Don Juan se desplazaba por las calles y callejones embarrados del pueblo en un carruaje tirado por un caballo que ponía a su pasar boñigas como platos y era conducido desde el pescante, sorteando y aguantando las inclemencias del feroz clima manchego, con una sola mano por “El Manquillo”, que como su apodo indica era manco y tenía el semblante calcado al de Boris Karloff, actor que se hizo famoso encarnando al monstruo de Frankestein.
     Don Deogracias Mejía era mi médico de cabecera, o  de asuntos varios, y único odontólogo, (… que al menos un servidor recuerde) del pueblo y sus aborígenes en tiempos, en los que justo es recordarlo, poco importaban ortodoncias, empastes y otras reparaciones relacionadas con las dentaduras y sus cuidados. Figúrense, apreciados lectores, que barberos y zapateros hacían las veces de dentistas y era costumbre habitual acudir en busca de su auxilio cuando muelas y dientes dolían a rabiar. Volviendo con Don Deogracias, baste decir que expeditivo y contumaz dejó a este escritor en ciernes, siendo infante tierno y menudo, sin dos de sus piezas molares a las primeras de cambio, cuando sin saber cómo y porque, (…de comer dulces no fue) aparecieron dolores y ennegrecimientos que presagiaban la inminente aparición de caries y podredumbre con sus estragos.
     Tenía la consulta en la calle Real o de Cervantes, justo enfrente de la casa de Toledo y tengo que reconocer que cuando atravesaba la puerta de aquella mansión me sacudían estertores, al llegar a la sala de espera escalofríos bañados en sudores y cuando vislumbraba la silueta del buen hombre dibujada como un cuadro en el marco de la puerta, un deseo vital de echar a correr (… o de salir cagando leches), se apoderaba de mi ser hasta límites insospechados. Era pulcro y elegante, vestía impolutos trajes de impecable corte y confección y zapatos fabricados artesanalmente por mi amantísimo padre en su taller de zapatería, que por lustre y brillantez se asemejaban a espejos.
     Aun siguen vivas en mi recuerdo las mañanas de invierno en que postrado en cama, aquejado de los dañinos estragos que me producían las amígdalas, aparecía enérgico y altivo a realizar su diaria visita, consolando a mi madre que compungida sufría por mi enclenque condición, recitándole el dicho que decía: “No se preocupe María, que quien es fino y no de hambre, es más  duro que el alambre”.
     “ Y cierto debió  ser lo que afirmaba porque hoy, cuarenta años después, continuo por estos lugares y sus inmundos rincones sobrado de aquellos kilos tan añorados antaño”.

martes, 25 de octubre de 2011

De las tiendas y sus tenderos. (Primera entrega)

     En la calle de San Marcos había una tienda regentada por un hombre llamado Maquilas. Maquilas tenía los dientes  de color amarillento y llevaba calada sobre la cabeza una boina negra. Lo de los dientes amarillos debiera de ser debido a su desmedida afición al tabaco. Siempre le colgaba de la comisura de los labios un pitillo sin filtro. En aquellos tiempos los cigarrillos emboquillados eran una mariconada. Los cigarros con boquilla se pusieron de moda años después, cuando las mujeres empezaron a fumar a mansalva. 
     Maquilas sujetaba con enorme pericia un pitillo, que debía de ser marca Peninsulares, mientras despachaba lo que los clientes iban pidiendo. Si Maquilas viviese hoy, en tiempos como los actuales, los inspectores de Sanidad, que tanto joden la pava,  le hubieran cerrado la tienda a la primera de cambio. Allí convivían en perfecta armonía botijos de los que hacían el agua fresca, sacos de moyuelo para los pollos y  productos alimenticios varios, de los que se consumían en aquella época. Maquilas cortaba aquella mortadela gloriosa que venía envasada en lata, con aceitunas o sin ellas, con un cuchillo de dos cuartas y media. Bandeaba  el envase con presteza cortando el aire hasta que salía por un extremo el preciado manjar y enclavijando los dientes decía:-¿Cuánta te pongo?- Cuarto y mitad, y lentamente, con inusitada parsimonia, cortaba la mortadela con el mismo cuchillo que utilizaba para abrir los sacos del pienso y las cajas de las latillas de conserva. Entonces comer sardinas en aceite era todo un manjar, un deleite que solo podían disfrutar los paladares más exigentes, aunque más de un mortal terreno las palmó y quedo tieso cual sabrosa mojama por comer las que venían en latas hinchadas provocando una rara enfermedad que llamaban botulismo. Finalmente le pagaba el importe y si quedaba algo de dinero, era una perra gorda de latón que terminaba dentro de una máquina inverosímil que expendía bolillas de anís.
     En la misma calle, un poco más arriba, estaba la tienda de los Escobones, los hermanos Casimiro y Rafael. En la tienda de los Escobones se vendían unas aceitunas exquisitas que Casimiro decía que eran luneras, o lo que es lo mismo, extraídas del olivar con nocturnidad y alevosía en las largas noches de invierno al amparo de la luna llena. En estos asuntos del comercio hay que ser un maestro en el oficio del hurto ajeno y tener la rara habilidad de que se te queden pegadas las cosas en las manos a la hora de pesar, como por arte de encantamiento.
     María Dotor tenía un bazar de artículos de todo tipo donde tiempo después estuvo la  pescadería de Enrique. Al entrar en aquella tienda te daba los buenos días  una voz que parecía salida de la nada. Extrañado, paseabas la mirada por todos los rincones de la tienda, posándola en jarrones, figuras de mármol, alabastro y un sinfín de artículos de todo tipo hasta que como surgida de la nada emergía la diminuta figura de la propietaria del bazar, siempre sonriente, que guarda un inmenso parecido con la médium que aparecía en la película de Porlstergeist y que haciendo honor a su corta estatura era conocida por todos los del lugar con el diminutivo de “La  Mariquita”. De dependientas en aquel comercio singular estaban Pilar Garrandes y la Pepa, que años más tarde ejercería y ejerce de sacristana de Don Justino, párroco de la villa y que según el mismo asevera prepara los guisos culinarios de maravilla, de lo que se deduce que es una excelente cocinera, aunque verdad es que a Don Justino  todo le debe parecer suculento y exquisito, pues en el yantar y el beber es como mi buen amigo Paco Bravo, poco delicado y sin hartura. 
     Castillo vendía zapatos en su tienda de la calle Cervantes. Ya no existen esos comercios de antes, donde al entrar quedabas salpicado por lo añejo y vetusto de aquellos lugares que parecían anclados en el tiempo. Otra tienda de zapatos era la de Amando que estaba ubicada donde muchos años después puso su estudio de fotografía un insigne retratista valdepeñero apellidado Navarrete, minucioso y detallista  hasta el empalago a la hora de hacer las fotografías.
     Justo enfrente de la zapatería de Castillo estaba la librería de Paca, la de Vicencio, que tenía la fachada pintada de lunares de colores sobre un fondo azul, lo que le hacía parecer en vez de lugar dedicado al saber y la cultura, una casa dedicada al oficio del lenocinio y el mal vivir. Allí se distribuían los pocos periódicos que se vendían entonces, mutilados por la censura existente y que tenían nombres muy sonoros y expresivos: Pueblo, Arriba, El Alcázar y el sempiterno ABC , tebeos de Roberto Alcazar y Pedrin, El Capitán Trueno y el Guerrero del Antifaz.
     Manuel Fuentes, buen amigo de mi padre, y cabezón como él, siempre fue un avezado fumador de pitillos y esto no pasaría de ser una circunstancia de lo más normal y anodina si no hubiera de ser por la añadidura de que siempre los fumaba en una pipa confeccionada con el hueso de un pollo. Fumaba sus pitillos recostado en una silla en la esquina de lo que hoy es de la casa de los Tartajas en la plaza de Andrés Cacho y siempre tenía colgada de un clavo en la pared una jaula enrejada en madera y alambre, dentro de la que se rebullía un pájaro de no se sabe que especie. Acompañaba esta pintoresca secuencia una destartalada bicicleta desvencijada y sin guardabarros,  con la que Manolo se desplazaba hasta su casa, sita en el Paseo de la Estación, entonces de Calvo Sotelo, ahora de Castelar. A Manolo todo el mundo le conocía por “El Mortola” en osada referencia al antedicho tamaño  de su cabeza, pero todo esto no dejaría de ser normal si no fuese por las circunstancias que hacían que este buen hombre estuviese todos los días laborables del año en el mismo lugar y en la misma esquina
     Regentaba “El Mortola” una ferretería justo enfrente de donde tenía situado el puesto de observación del devenir cotidiano y solo se encaminaba hacia ella cuando alguien se acercaba a comprar en aquel laberinto desmadejado. La ferretería del Mortola era lo más cercano al caos que nadie pueda imaginar. Allí se aunaban el desbarajuste, la anarquía, el barullo, el desconcierto y la desorganización hasta límites difícilmente concebibles, Se accedía al mostrador a través de un estrecho pasillo flanqueado por cajas de cartón, lozas apiladas y cortantes residuos de cristal que crepitaban saltando en mil pedazos cuando el visitante se aventuraba por aquel confuso laberinto, empeñado en la ardua tarea de llegar hasta el mostrador, donde se columbraba la grandiosa cabeza de Manolo esperando para atender solícito las demandas del infortunado. Y lo sorprendente del caso es que pidiese lo que hubiera de ser: un clavo del diez, unas chinchetas, tuercas o tornillos, fuese lo que fuese,  Manolo se movía rápido entre el caos reinante y aparecía como por arte de magia portando entre sus manos el objeto deseado. Al otro lado del mostrador el cliente no dejaba de observar incrédulo lo que allí había sucedido, costándole entender cómo era posible que entre aquella maraña de cajas, hierros y cristales aquel hombre hubiese encontrado el objeto de su necesidad.
       Despediré este escrito, amigos y amigas, leedores y leedoras con un poso de incertidumbre. El que me lleva a pensar que si hubiese tenido la ocasión de pedir gorra o sombrero al bueno de Manolo, tal vez y para mi asombro, justo habría quedado sobre mi calva testuz, que como buen descendiente de la estirpe Navarro goza de buen tamaño y dimensión, haciendo bueno aquel dicho que asevera y dice lo de que “todos tenemos y no nos lo vemos”.    


sábado, 15 de octubre de 2011

De los divinos asuntos...


     Hoy me dio por pensar en asuntos divinos que derivan en muchas de las carencias que soportamos en el pasar terreno. Y le puse música a la cuestión con una canción de Pedro Guerra, que merece ser escuchada ...
      
     Tratar debemos en esta ocasión tema espinoso. Hablar habremos de aquellos días perdidos en  los anaqueles de la memoria en que mi vida transcurría, por mi gusto y a conciencia, entre sotanas, casullas, estolas y otros ornamentos religiosos. Eran los años en que también discurría mi joven existencia entre las angostas paredes de la casa de Acción Católica, a quien en tiempo y lugar habré de referirme en otro escrito. Era entonces, como dicho queda, infante o mejor adolescente inclinado al portentoso menester de  cumplir y llevar a rajatabla los deberes impuestos por la religión y sus condiciones. Misa los domingos, fiestas de guardar y después, al albor de la tierna juventud, hube de ser catequista y hasta secretario de la Adoración Nocturna que por entonces ya empezaba a dar síntomas concretos de descomposición y decaimiento. Nos reuníamos en la sacristía de la parroquia, los adoradores en cuestión, cada  vez en menor cantidad, para hablar y tratar de lo divino y eterno, para después pasar a entonar cantos, plegarias y oraciones al altísimo, predispuestas y aprendidas en un manual de antemano.
     De aquel devenir recuerdo, con gratitud y cariño, la figura del párroco Antonio Guerrero, a quien cuando se le complicaban las razones con preguntas sin respuesta, me viene a la mente el misterio inexplicable de la Santísima Trinidad, solía contestar malhumorado: “es dogma de fe chico, dogma de fe y basta” o lo que es igual y da lo mismo, cuestión que había que creer, perdonen la expresión mis educados lectores, porque si o por cojones. Y he de evocar también las noches de escalada al campanario con el amigo Isidoro Bravo en busca de los palomos que al igual que en Los Pajaros de Alfred Hitchcock poblaban las alturas de la majestuosa iglesia y que el susodicho iba echando en un saco para en las noches frías de invierno preparar reparadores caldos. En tiempos presentes no hubiera sido necesario tan proceloso menester, pues estos eclesiásticos palomos, expulsados de aquel lugar de cobijo, vagan por los tejados del pueblo a su antojo y sin control, sembrando de porqueriza lo que encuentran a su paso.
     Se preguntaran los sufridos leedores de este escrito el porqué de reflexiones tan marianas y pías en tiempos tan poco dados a la religiosidad y el recogimiento. Verán, me dio por pensar y lo hago frecuentemente en la existencia de Dios, ahora que un científico tan prestigioso como Stephen Hawking asegura que “na” de “na”, que “to” es un cuento mas grande que la catedral de Burgos. Y así, recapacitando me vienen a la mente los días de charla, cháchara y parloteo con amigos que convencidos están y estaban de tan espinosas cuestiones y recuerdo, que tenían el don y el poder del convencimiento, la certeza de que era todo como lo pensaban y un servidor se quedaba pasmado al oírles disertar sobre tan divinos azares y sinuosos caminos. Mas fíjense por donde después, maduro y cuerdo, me encuentro con asuntos y temas que me van alejando de esa senda divina que parecía marcada en mi ser a fuego. Y me da por pensar que puedo creer en Dios, como creo, pero sin tener que tragar tanta patraña y parafernalia establecida por la Santa Madre Iglesia y me pregunto cómo puede ser que vírgenes de escayola y santos de madera tallada, tengan en propiedad joyas, valiosos mantos, tierras y usufructos. Y pienso que calenturienta mente es capaz, por amor y fe al todopoderoso de legar a perpetuidad y en testamento todo lo  antes dicho mientras millones de seres humanos se mueren de hambre.
     Y así podría continuar durante horas, exponiendo motivos y razones que me dan en pensar y creer que de lo esencial no queda nada, que todo lo han ido convirtiendo a lo largo de los siglos en un erial ponzoñoso de grandiosas dimensiones.
    Por ello, de cualquier manera, este pobre mortal  habrá de seguir con sus eternas dudas, difíciles de espantar a estas alturas de la vida y seguirá creyendo, a veces y siendo sincero, porque le cuesta creer que en este patio termina la historia, y quiere pensar que después de este espinoso existir algo habrá de haber (…ya me estoy liando), sin tener muy claro que es, ni donde habrá de encontrarse.
     Entretando y por si acaso, cada sábado habrá de tomarse unas cervezas y si se precia algún cubata sabatino con los amigos de coloquio y farra en el  bar del Tapicao, porque le cuesta pensar que Isaito, vendedor de todo lo bebible en la villa y sus contornos y menos aun Vicente, amigo y camarero que sirve cuanto se le pide, hallan de andar cuando llegado sea el momento (…cuanto mas tardío, mejor), por los caminos del cielo con avituallamiento y servicio.

lunes, 10 de octubre de 2011

... de rapaz, en Las Virtudes.

     Juro por Dios, aunque parecer pueda herejía, que aun los recuerdo. Aun retengo, exactos y concisos, los veranos de canícula y bochorno insoportable que pasé de tierno infante en las Virtudes. Y atestiguar podría, ante juez divino o terreno, (…poco me importa a estas alturas), que observaba, como a la sombra apacible de una acacia centenaria, Celedonio Manzanares, Manuel Castro, Eleuterio “Bridas”, Bernabé “Maquinilla” y alguno más de quien no recuerdo nombre o apodo reseñable,  jugaban interminables partidas al julepe, tute, o dominó, sobre la costra polvorienta de una mesa de escasas dimensiones que aún conservo, plagada de trastos inservibles, en la guarida de mis farras y celebraciones, sita en este lugar, que siento como un gajo desprendido de mi vida.
     Y recuerdo, vagamente que solía montar en un triciclo, que décadas después y habiendo sido referido en poética poesía  en un libro de festejos, sirvió de sorna y cachondeo a mi buen amigo Bajillo, que tuvo a bien regalarme Rosa Malagón, mujer de bríos y de carácter altivo a quien desde esta cueva de relatos y decires he de recordar con sentido aprecio, por circunstancias y acontecimientos que debieron hacer de su vida un pasar difícil e intransitable.
     Estaba el armatoste velocípedo cuajado de negras soldaduras; las que mi primo Andrés Muñoz “Colorín”, incipiente aprendiz de soldador en la cooperativa metalúrgica COMASA, hubo de practicar en sus maltrechas arterias, a fin de unir y juntar nervios de hierro con los que volver a poner en uso y funcionamiento aquel deteriorado cacharro.
     Y me vienen a la mente, sin prisa y sin pausa, los recuerdos de las veces que me lanzaba cuesta abajo desde la puerta de la plaza de los toros hasta dar con mis frágiles huesos en el suelo. No en vano, como ochomesíno que era, mis corporales miembros, poco madurados, parecían ser quebradizos como el cristal. Afloraban, sin remisión, las lágrimas y Rosa afirmaba, con contundencia y precisa convicción, aquel decir que afirmaba y decía: “que huevo es este chico”.
     Y recuerdo también, nunca habré de olvidarlo, que durante las noches, cuando el campo y sus habitantes dormían, un velo tupido y oscuro parecía cubrir el mundo y esperaba agazapado entre las ásperas sabanas la llegada del tío Rafael, a trancas y barrancas, apoyado del brazo de la tía María, con los sentidos alerta como un gato, para oírles afirmar contundentes por lo bajo, “ya cayó el pez”, pensando vanamente que me encontraba dormido.
     Y recuerdo, como habría de borrarlo de la memoria, las siestas tediosas del verano. Aquellas en las que luchaba con uñas y dientes para no ir a la carcelaria reclusión de la cama, de la que más pronto que tarde, sigiloso como un felino me escapaba, para ir a recorrer y a vagar por alamedas, a escalar sin remisión hacia el monte tan cercano.
     Por ello, por tantas cosas pasadas y hechos acontecidos, siempre que me acerco a Las Virtudes cada trozo de tierra es como mío; los arboles, pájaros y flores, son libros de nostalgia contenida, jirones del tiempo desprendido. El pasar de los años me acerca a La Chopera, al vetusto merendero y a la noria renacida y pasa la vida ante mis ojos, tan lenta que parece detenida. Me invade la nostalgia cuando bebo del agua del Pilar y oigo su chorro, mientras imagino lejano, espectral en la alameda, al viejo abuelo, huérfano de hojas, destrozado, con las ramas desnudas dando al cielo.
     Y recuerdo las veces que a su sombra, jugué siendo rapaz y sentí al ser muchacho y  así, como sin querer, pero queriendo, van cediendo los recuerdos y cubre el presente otros momentos. Impasible siguen el vivir y el pasar con su andadura, mientras en la cueva sombría del alma anidan los sentimientos.

sábado, 1 de octubre de 2011

Para Adrián.

     A punto de cumplir dieciséis años, esta poesía con tintes sensibleros y emotivos, comprendan mis sufridos lectores que el escribidor acababa de ser padre, se me antoja tan sencilla, como cierta. Es por ello que en este momento, me sale del alma sacarla del fondo de los viejos baúles, donde yacía olvidada. En la foto luce el protagonista del poema con más años y argucias acompañado de Amparo, su hermana, con quien comparte relación de un te quiero porque te quiero aunque, a veces, no te quisiera ni ver. Es la vida y su devenir.



PARA  ADRÍAN
                                                  A  mi  hijo


Llevas un año en la casa, llenándonos los rincones
alegrándonos la vida, centro de amor y pasiones
sirena de noches largas, llanto que callaba al alba.
Dolor de madre entregada, martillo de sus alarmas
porque a veces no comías, porque otras te quejabas
sombras de ansiedad y duda, siempre nos acompañaban.
Con los meses vas echando vuelos de paloma herida
balbuceos por palabras, minutos y horas de risas
pasitos tambaleantes, si alguien te sirve de guía
descuajada marioneta, de los hilitos prendida.
Esos ojitos despiertos, se iluminan asombrados
cuando el perro de peluche ladra y te llama a su lado
si solo y triste en la cuna, te espera el osito blanco.
Repites lo que te dicen, como el eco en la montaña
miras la luz con asombro, con el dedo señalando
a otro niño en el espejo, piensas que estas contemplando.
Gateas por los pasillos, tus manos abren cajones
el tacto explora paredes, atesora sensaciones
te abre las puertas del mundo, mostrándote sus traiciones.
Ignoras donde está el bien, no sabes lo que es el mal
donde algo nuevo descubres, tus pasos te han de llevar
tesoro escondido es todo, también certero puñal.
Con el tiempo y con los años, cuando tenga que pasar
ojalá que hicieses tuyas, las canciones de SERRAT
JORGE CAFRUNE cantando, coplas a la libertad
los poemas de MACHADO, cantos a la soledad
que se te erice el cabello, si oyes NE ME QUITTE PAS.
PABLO NERUDA te enseña, sin duda, lo que es amar
sus poesías son la esencia del amor y mucho mas,
las canciones de SABINA, son la vida y su compás.
Si a todos ellos escuchas, empezaras a pensar
sensible serás entonces, aprenderás a querer
los pájaros en abril, ver en septiembre llover
el sol en la amanecida, el campo al atardecer
las estrellas, el silencio, la luna al anochecer.
Y al final, en su momento y cuando pasen los años
de estas razones sencillas, escoge lo necesario
recuerda lo que es preciso y si nada es de tu agrado
decide lo que tu creas, que decidir no es pecado.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Historias de la radio.

     El primer aparato de radio en mi vida era una Invicta. Advierta el apreciado leedor o leedora como el nombre hablaba por sí solo y era calificativo marcial, guerrero y belicoso, de los que el pomposo régimen franquista tenía por gusto poner a todo producto que fabricado fuera en el suelo patrio. Estamos hablando de mediados de la década de los años 60, cuando ya el artilugio en cuestión tenía a buen seguro, un par de décadas de trabajo y funcionamiento a sus espaldas. Estaba anclado sobre una repisa de obra, hecha a maza y martillo, en uno de los rincones de la cocina y cada vez que se enchufaba, asunto este que no era de todos los días por aquello del gasto eléctrico, emitía unos ruidos durante su calentamiento parecidos a los del despegue de un bimotor en los infiernos y para ser veraz y cierto habré de decir que, asustadizo y temeroso de todo como era, me apartaba unos metros de su lado con la clara convicción de que más temprano que tarde aquel armatoste reventaría partido en mil pedazos.
     Grabados en la parte delantera, por donde discurría a toda velocidad  el dial, tenía punteados los nombres de las distintas capitales de Europa y de las ciudades más importantes de nuestra querida España y llevaba acoplado además un transformador que convertía los recién estrenados 220 voltios en los 125 que pululaban por la red eléctrica en los días en que fue adquirido. Así, al calor del brasero, con olores y efluvios varios, en las noches del frio invierno oíamos con fruición e interés, sentados alrededor de la mesa camilla, viejos desdentados y tiernos infantes, los programas de discos dedicados, pesados y tediosos hasta el sopor y cansancio, donde Juanito Valderrama cantaba El emigrante, mientras lagrimas de congoja llovían por las mejillas de mi madre que recordaba a sus hermanos emigrados a la rica y opulenta Cataluña y Antonio Molina desgranaba con musicales acordes de jilguero empalagoso la archiconocida copla del Soy Minero. También estaba el consultorio de Elena Francis que duraría, aunque parecer pueda increíble, la friolera de treintaisiete años, los que comprendidos van entre 1947 y 1984. En el se recibían cartas de amores y desamores que eran supuestamente contestadas, y así se creyó durante más de tres décadas, por una especialista que no era otra cosa que una aviesa periodista muy versada en la materia.
     El alborozo rebozado en júbilo y rodeado de entusiasmo, se apoderó de las vetustas estancias de la casa el día en que mi padre apareció con un transistor portátil cuyo nombre era INTER. Difícil sería enumerar el cumulo de sensaciones que se apoderaron de nuestras sufridas almas al comprobar que aquel aparato de ultima vanguardia era transportable y podía llevarse como de flor en flor desde la cocina con sus cocidos, al retrete que, con sus olores, se aposentaba cruzando patios y bodegas en rincones perdidos del averno. En esos tiempos la frecuencia modulada estaba todavía en el limbo, y aquel cacharro emitía en ondas que hacían que la recepción de músicas, novelas, noticias y asuntos varios se perdiese como el eco en el Gran Cañón del Colorado o lo que es igual y viene a ser lo mismo, que cabreos y dichos varios aflorasen cada vez que en el desenlace de un serial, la apoteosis central de una canción o el final del Diario Hablado de Radio Nacional de España, se fuesen voz y sonido a donde Ulpiano perdió el mechero.
      Estamos hablando, queridos lectores, de la época en que los primeros reproductores de casetes hicieron su aparición y juro por mi honor que no era raro ver por las calles del manchego pueblo a algún que otro “espabilao” que emigrado a la capital capitalina de las Españas o venido de las catalanas tierras iba por la calle con el aparato, mastodóntico como todo lo primerizo, colgado en el hombro en bandolera, con la consiguiente inclinación hacia el lado del que colgaba el aparato. Solía darse, y se da, esta llegada masiva de ausentes hijos del pueblo por los primeros días de septiembre y tenía su culminación y clímax el 8 del mismo mes, día de la patrona y fecha en la que por paseos y alamedas de Las Virtudes el carro de Manolo Escobar  vagaba como perdido, sonando ininterrumpidamente desde la mañana hasta la noche.
     Las Historias para no Dormir de Narciso Ibáñez Serrador, o algo que se le parecía, las escuchábamos en un Vanguard último modelo, que mi progenitor adquirió en la tienda de David Laguna Rodero, que estaba situada en la acera contraria a su taller de zapatería, en el antiguo salón de bodas y banquetes de Coronado. Durante un tiempo el aparato viajó desde la casa al establecimiento zapatero igual que un penitente nazareno en devota procesión de Semana Santa.
     Pero cierto es que la culminación de las apetencias y la apertura a la mas incipiente modernidad llego con un transistor de bolsillo, un AIWA de manufactura japonesa, que adquirido fue en Barcelona, en uno de los pocos viajes que mis padres hubieron de hacer a lo largo de su vida, a la boda de una prima que hoy en día y a buen seguro, deberá ser, por edad y extensión de tiempo, abuela de primorosos nietos.
    Después llegó el reproductor de casetes Sanyo que José Zabala trajo de los decomisos de Madrid y más tarde un estereofónico aparato de la misma marca que hizo que mi afición por la música, que ya afloraba oyendo los programas interminables de discos dedicados, se hiciese enfermedad gustosa e incurable, bálsamo de Fierabrás con que curar las heridas que deja el vivir y el eterno discurrir por los caminos de la existencia. Mas esa es otra historia, otro chisme fabulado que el escribidor contará cuando le venga en gana y a bien le venga.

    Esta historia también se ajusta a la más estricta realidad queridos lectores y los aparatos que aparecen en las fotografías son los originales, de los que solo funciona perfectamente y a pleno rendimiento la Invicta mencionada. Debe ser que hace honor a su nombre .....

sábado, 10 de septiembre de 2011

Del Botas y sus coreanos.

      Desde el más sincero aprecio, este escrito está dedicado a la familia de los Botas. A los que  se fueron: Justo, José, Regina, el “Jaro” Antonio y el buen Jesús; a quienes siguen por estos lugares: José Luis. Virtudes y su hermana pequeña, de la que mi vana memoria olvidó el nombre, a todos sus descendientes y a quién, sin quererlo, pudiera dejar en el olvido.
     El clan de los Botas  siempre fue único e irrepetible. Fíjense amigos lectores que cuando el carnaval santacruceño rayaba la sombra del olvido allá por los años setenta, esta estirpe, imperecedera en el recuerdo, tenía la osadía de echarse a la calle con un carrillo de mano el día del entierro de la sardina, colmado del debido avituallamiento de viandas y bebidas, para entre sollozos contenidos proceder a celebrar el funeral de la extinta pescadilla, dando así por terminadas las fiestas de Don Carnal, dejando paso al recato de Doña Cuaresma.
     Cuenta también el anecdotario, aunque quiero creer que fue Justo quien me lo relató, que habiéndose juntado familiares y amigos al placentero menester de comerse un buen cordero, se dieron cuenta tardía de que era día de cuaresma. Imaginen los lectores que en aquella época de recato, mal visto estaba el comer carne en tan señalada fecha, por lo que prestos y sin demora, estaban en una huerta, lanzaron el borrego con prontitud a la alberca y así,  de una vez bien remojado le cantaron una coplilla acertada que ha decir decía: “Eras cordero y te has “mojao”, te has “convertio” en bacalao”.
     Fueron los Chuletas, estirpe también famosa en el menester de hacer de la vida placer divino y acérrimos carnavaleros, quienes compusieron una coplilla que impresa fue en un libro de festejos, allá por la década de los 60 y que venía a decir aquello de: “Porque pudo y porque quiso, hizo un palacio en el Viso, el Marqués de Santa Cruz. Y siendo el beber preciso, como al día le es la luz, porque pudo y porque quiso, hizo el Botas en el Viso, un bar como en Santa Cruz”.  Por ellos, por su recuerdo …

Del Botas y de sus coreanos


     José “El Botas”, era un buen hombre. Y como a casi todos los que son buenos, le gustaba el vino más que  a los chotos la leche. Pasaba horas, días y meses, que después se hicieron años, detrás de la barra  del bar de su hermano Justo, que siempre tuvo la rara habilidad, de mantener en equilibrio sobre la cabeza, cualquier vaso, que lleno estuviere de liquido bebible. Eso sí, cuanto más beodo, mejor se mantenía el recipiente sobre la testuz.
     El bar del Botas era sórdido. Avalado por milenarias pringues, parecía que en aquella tasca se había detenido el tiempo muchos años atrás. El Botas tenía un recuelo de encanto: las tapas de la Regina, que era hermana de los antedichos. Coliflor rebozada, y un invento, que llamaban coreano y que consistía  en poner sobre un trozo de pan frito, una mezcla de tomate, bacalao y algún ingrediente más, que ignoro y del que no me acuerdo. Tenían detrás de la barra, una merendera con aquel mejunje, y de allí iban poniendo los aperitivos. Cuando alguien soplaba sobre aquella sopa, pensando que quemar debía, solía decir José: - “Como no sea “pa” quitale el polvo”-.
      También se cuenta en los mentideros del pueblo que una tarde, al caer la hora de la siesta, apareció un hombre por el bar, sombrero de fieltro adornando la testa y cartera bajo el brazo; un viajante que debía ir de paso o a la caza de algún desvalido cliente. Hizo su entrada en el chiringuito y con suma educación preguntó si había café a lo que José, como absorto en sus pensamientos, contestó con una afirmación inclinando la cabeza, mientras colocaba parsimonioso y tomándose su tiempo, plato y cuchara con el consiguiente azucarillo. Como transcurrido un buen periodo de tiempo y en la más absoluta incredulidad, hubo de comprobar el buen hombre que el camarero continuaba como ido y sin hacer movimiento alguno que presagiara que estaba en marcha la estimulante bebida, volvió a preguntar si había café, a lo que José contesto impertérrito y como ido: “le he dicho que sí, pero será cuando lo traiga La Sepulvedana”. Aclarar que La Sepulvedana era y es, la empresa de autocares que con viajeros y mercancías realiza el trayecto Jaén-Madrid y viceversa, parando en las localidades, como es el caso, que va encontrando a su paso.
   Justo regentó durante muchos años, la Verbena Municipal. Eran otros tiempos, otras gentes y otros gustos. Allí tocó muchas veces, un grupo de música llamado  La Vieja Banda, que se hicieron famosos porque interpretaban, de forma sublime y maravillosa, la banda sonora de La Muerte Tenia un Precio, famosa película del oeste filmada en el árido desierto de Almería por el director italiano Sergio Leone e interpretada por el siempre versátil Clint Eastwood. También recuerdo que actuaron, o tal vez me empecino en creer que así fue sin que lo fuera, en aquel recinto Juan Bau, Los Chichos y otros rumberos de aquellos, que se hicieron famosos por esos años, llamados Rumba Tres. Eran tiempos, de melenas largas y patillas estilo bandolero; épocas de mayor recato, en los que a pesar  del férreo adoctrinamiento en costumbres y maneras, casi todos meaban en los arriates del parque los litros de cerveza que se zampaban en el valdepeñero bar de los Alaska. 

lunes, 29 de agosto de 2011

A quien corresponda, sin envidia.




No te envidio porque pasees tus posaderas en un coche último modelo  y tengas además un esplendoroso todoterreno para tus días de asueto y caza. Me da lo mismo, aunque yo arrastre por las calles mi desgastado utilitario con largos años de existencia y multitud de averías en su haber.
No envidio que cada día que te apetezca puedas darte el gusto de sentarte en la mesa de un prestigioso restaurante para saborear las mejores carnes y degustar los más exquisitos vinos, sin importarte la suma de la cuenta acumulada; como había de importarte si pagas con Visa ajena.
No envidio tus aires de grandeza, esos que te impiden ver tu pasado humilde, tus poses de pavo real al que rinden pleitesía sin fin todos sus fieles lacayos, temerosos de que su “excelencia” se enoje y desate sus incontroladas iras.
No te envidio porque exhibas un séquito de “amigos”, que extienden una alfombra a tu paso; son aves de rapiña sujetas al interés de tu dinero plastificado. Con la misma Visa pagas cuanto comen y beben, mientras ríen tus gracias y besan sin rubor el suelo que pisas movidos por el interés de su usura.
No envidio que creas estar siempre en posesión de la verdad, esa que crees tener y nunca tienes, que todos te dan y no mereces. Ya se sabe que a los tontos hay que darles eternamente la razón, para evitar que despotriquen y viertan sus sucias babas en la cara de todo el que pulula a su alrededor.
No envidio tu posición cómoda de dirigente nombrado a dedo. Tu ordeno y mando sin ton ni son, tus torcidas disquisiciones, tus planteamientos absurdos, tu sinrazón carente de razón. Eso quédatelo, disfrútalo en tu cerrado coto porque fuera de él no eres nada y nada significas para nadie.
No envidio tu alta cuota de poder, es ficticio, con fecha de caducidad y ganada sin esfuerzo; solo te fue dada lamiendo traseros sin fin; los mismos que te llevaron donde llegan todos los sátrapas sin escrúpulos que dejan en el camino mil cadáveres desvencijados.
Y no envidio, ni quiero tu suerte, porque tengo la convicción de que no tardaras en caer como las hojas marchitas de un árbol en otoño y todos esos “amigos” que ahora te agasajan, irán volviéndote irremisiblemente la espalda, negándote el saludo, esquivando tu mirada y esos escalones que sin esfuerzo escalaste, se harán difíciles de bajar e imposibles de asumir. y volverás al principio, mas serán tantas las naves quemadas en tu nefasta travesía que apenas encontraras tabla a la que asirte para evitar el naufragio.
Entonces me darás lastima, pero no me importaras un bledo porque cuando subido en los altares de la grandeza llame a tu puerta, uno de tus lacayos la abrió para decirme  que el señor estaba ocupado y el día que  al fin tuviste la dignidad de recibirme, apenas me dedicaste unos minutos de tu tiempo para dejarme en la mano una tarjeta de visita con tu nombre bien “bordao”.
Por todo ello menos aún te envidio. Nada pues haré por ayudarte. Para mi hace tiempo que eres carne de olvido, tormenta pasajera, hoja que se llevó el viento.