Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Días de zonga

     

                                          


      Siempre fueron de mi gusto las fiestas navideñas, no por el hecho, y esto es punible, de la religiosidad que atesoran y conllevan, sino por la celebración, algarabía y cachondeo que me anticipan de antemano. Debe ser, que a su vez es cosa de herencia, porque mi abuelo Santiago en los difíciles años de la posguerra, cuando el hambre y la necesidad asolaban los cuatro puntos cardinales de la entonces “grandiosa” España, solo necesitaba la lata de hojalata de un envase de aceitunas que le regalaban en la tienda de los Escobones , la piel exigua de un conejo que se había comido otro humano de dos patas y un palo, de no sé qué variedad, criado en las frías solaneras del campo manchego, para fabricar una zambomba con la que dar la tabarra a medio pueblo siendo esta costumbre que cultivó hasta el fin postrero de sus días.
     En estas tierras manchegas se daba mucho, en los tiempos que ahora discurren la cuchipanda poco tiene que ver con la de aquella época relatada, la  conmemoración del día de la Nochebuena y ya desde mi más tierna adolescencia empecé a rememorar con conocidos y amigos la llegada del Mesías en lo que venimos a llamar por estos lares zonga, que no es otra cosa que la junta en reunión, bajo el techo de cualquier cubil, casa o guarida, para comer y beber desde la anochecida hasta los albores del alba. La primera zonga de mi vida, en Valdepeñas más monacales y eruditos llaman a esta juerga maitines, tuvo lugar en la cocina de Juan de Dios, el abuelo de Mayoral, gran amigo de la infancia. Pueden imaginar, les estoy hablando, poco más o menos, del año en que murió el innombrable o lo que es igual del 1975, que con los 14 años por cumplir y en tiempos tan poco dados a  la soltura de vidas y haciendas, advertencias, consejos y avisos primaran en la mente de mis queridos progenitores a la hora de dejar por vez primera al vástago primogénito una noche entera sin control y a su santa bola, aunque bien es cierto que una sola mirada de mi padre era válida y concluyente a la hora de saber, “mu bien sabío” , todo lo relacionado con el camino a seguir en hechos y comportamientos.
     La velada trascurrió a la perfección en aquella primigenia celebración, hasta que alboreando el día y de vuelta a nuestros hogares, el ser primitivo que anidaba dentro del camarada Manolo desató sus fueros incontrolados, llevándole a emular, con detalle y precisión, a los atletas de las olimpiadas que se habían celebrado en Múnich, cuando se puso a saltar sobre los techos de los coches de los señoritos que estaban de parranda en el casino y que había estacionados desde la esquina de las Loritas hasta la puerta de Gloria López, con tal estrepito y algarabía que la llegada de los municipales con Casimiro “El Mella” a la cabeza fue cosa como de coser y cantar. Si algo achacable tiene la vida en el pueblo es que todos son conocidos y a todos se les conoce por lo que el asunto de la identificación de personas y personajes fue cuestión de segundos y la denuncia, en aquellos tiempos no valían excusas y arrepentimientos, se hizo extensiva a todos los integrantes del grupo.
     Ante la gravedad de los acontecimientos relatados, aunque después todo quedó en agua de borrajas, pueden imaginar que la subida por las escaleras de la casa de mi infancia en aquella fría amanecida de Diciembre, se tornase como se dice en el pueblo, asunto de “trago y tragantá”, por la simple razón de dos cuestiones bien diferenciadas. Una, la que me llevaba a rebelarme contra la injusticia de ser acusado del delito no cometido y otra, la que más me escocía en los adentros, que me llevaba a cavilar si los creadores de mis días vendrían a pensar que no era digno merecedor de su confianza.
     En los años que siguieron las celebraciones se trasladaron a los escenarios más variopintos. Desde la casa que en la calle del Marqués de Mudela tenía alquilada Juanito Lázaro,  tendero de renombre y padre de mi amigo Juan Carlos y que en tiempos actuales acoge, entre otros inmuebles, el bar-cafetería Centro donde a veces y cuando puedo degusto sabrosas tapas regadas con botellines fresquitos, hasta la cocina centenaria de la abuela de Virtudes e Isidoro Bravo, protagonista estelar de los Divinos Asuntos. Fue entonces cuando hizo su aparición en escena, venido desde las opulentas tierras catalanas mi amantísimo primo Antonio que era, ahora con los años ha ganado apostura gracias a la dentadura postiza, como un calco aproximado del menos agraciado de los Hermanos Calatrava, aquel que cuando se  ríe  abre la boca de oreja a oreja como un buzón de Correos, y que una vez comprobado el boato festivo con que se celebraba en estos lugares la venida del mesías, aunque también tuvieron que ver las santacruceñas, los cubalibres y el vino, no hubo de faltar durante años, ahora solo aparece en los entierros, a tan especial conmemoración. Y allí, durante aquel tiempo maravilloso de pandilla y enamoramientos, arrobados, escuchando los acordes empalagosos y bellos  de Cat Stevens y las baladas, adoradas por nuestras féminas amadas, de un duo de almíbar llamado Pecos, entre arrumacos y toqueteos, nunca más, pues el solo roce decían que embarazaba, continuamos celebrando Nochebuenas a mansalva.
     Por entonces el fin de año tenía su dosis de apogeo en la discoteca Lord Jim regentada por dos valdepeñeros que se hicieron de oro. Baste decir que al terminar la Nochevieja y aflorando el año nuevo, después de las campanadas, una marea humana inundaba el citado lugar desde la pista de baile hasta los urinarios de la entrada, sembrando de cabezas, efluvios y sudores aquel ambiente enrarecido, mientras eran degustados cubalibres de ginebra y whiskys de garrafón que podían reventar sin compasión al mas “pintao” la mollera.
      Con el paso ineludible del tiempo llegó la noviez y con ella los inolvidables años en que fui titiritero y las celebraciones de tan sagrada festividad se trasladaron a las diferentes sedes en las que fue aposentando sus reales el afamado Grupo Mudela. Fueron primero las extintas escuelas del Jardinillo, donde hoy se encuentra el Centro Médico, lugar de farra y jarana en el que  música y  griterío debía ser medido con cautela, no por el hecho a tener en cuenta de las posibles molestias causadas al vecindario sino por la posible posibilidad de  que dado su estado de avanzado deterioro se nos pudiese, con tanto salto y temblor, derrumbar la casa encima.
     Debido a la apertura de la anteriormente citada discoteca, el añejo Club  Septum , ubicado como sabemos los entrados en años y canas, en la plazoleta de Andrés Cacho entró en un irreversible deterioro llevando esta circunstancia a su irremediable cierre y fue por ello que hubimos de pedir con cautela, sigilo y moderación, no era el alcalde Antonio Cobos hombre de muchos remilgos, que nos fuera concedido este local como lugar de ensayos en nuestro quehacer teatral. Y concedido el deseo, había de ser también aquel icono de celebración festiva y territorio en el que generaciones de santacruceños habían bebido al son de los ritmos acompasados de Queen, Los Rolling Stones  y Peter Frampton , mientras se metían mano oyendo el  Wish You Were Here de Pink Floyd, lugar donde continuar con nuestras farras navideñas volviendo de alguna manera a revivir el vetusto club la vieja gloria vivida en décadas anteriores.
     Mas como no hay bien ni mal que cien años dure, ni cuerpo que aguantarlo pueda, jodióse el invento el día en que nos fue comunicado que, con prisa y sin pausa, habíamos de abandonar el lugar porque su derrumbe era inminente, habida cuenta de que en el mismo solar se iba a edificar la actual Casa de la Cultura y la Biblioteca Municipal. Y de esta manera precipitada nos tienen otra vez, amables lectores, pidiendo, como mendigos de barba rala en la Gran Vía madrileña, nuevamente al alcalde Antonio, para los amigos Camy, nuevo lugar donde desarrollar el oficio del arte y el ensayo, siéndonos concedido después de variados encuentros y encontronazos lo que haber había sido el Bar de Los Revoltosos ubicado en una de las esquinas de la plaza de la villa. Cual nómadas gitanos de la lejana Rumanía volvimos a mudar enseres, trastos, utensilios y bártulos al mencionado lugar donde casi fenezco en plena juventud, aunque esa es otra historia, y una vez emplazados y dispuestos llegaron nuevamente los días en que se canta hacia Belén va una burra y decidimos que era acertado celebrar el repetido nacimiento de la criatura en la nueva sede concedida.
     Aquí fue donde las argucias en cuestiones de sonido hicieron que el amigo Lorenzo, de apellido Molina como el cantante jilguero, dispusiese con plato de discos, mesa de mezclas y casetes varios una artesanal discoteca, mientras este cansino escribidor grababa cintas a discreción, que aún conserva, con canciones del Último de la Fila, Duncan Dhu y los Nacha Pop entre otros muchos olvidados, que mezclados con el Del Sur a Cataluña que cantaba Tijeritas hacían las delicias de los bailones integrantes del grupo, aunque justo es reconocer que llegado el momento culminante y con los efectos de las bebidas y sus compuestos, siempre llegaba la petición clamorosa del pasodoble Islas Canarias, que era bailado por la totalidad de los celebrantes entre tumbos y mareos. En una de estas celebraciones hizo aparición un espécimen de difícil catalogación venido del Castellar de los pucheros integrante de un grupo teatral de aquel perdido lugar y de nombre Aniceto que le daba con fruición al asunto de los porros. Un servidor, que nunca fue dado a este menester, le dio aquel día por fumarse un canuto de parecidas dimensiones a los que con placentero deleite fumaba extasiado Bob Marley en la portada de sus discos y puedo asegurarles que casi perezco en el intento pues la mezcla de los compuestos bebidos con aquel cigarro inmundo extrajo de mis tripas hasta la última papilla que con paciencia y buen hacer habíame dado mi madre en mis días lejanos de criatura ochomesina.
     Casados estamos ya, el tiempo trascurre con premura y sin piedad, y van llegando los primeros descendientes con lo que la fiesta navideña se traslada a la huerta de Fu-Fú que no es chino aunque parecerlo pueda. En aquel lugar acogimos en una de aquellas noches de paz a un argentino pianista con más costras que un galápago y la sabiduría de Einstein, “pa” su prima el pisto, del que nunca supimos procedencia concreta, ocupación, ni destino y que vino a metérnosla doblá como se dice en la villa, pensando que eran pardillos, siendo avezados y listos, estos habitantes de pueblo llano. Allí, al albor del amanecer de un día de navidad, nos pusimos a elaborar churros caseros un servidor y su amigo del alma José Testón . Amasados los ingredientes de manjar tan exquisito, caímos en el detalle de que churrera no había y prestos, siempre fuimos resueltos y de rápidas decisiones, fabricamos un artilugio con una botella de plástico vacía, hicimos un agujero en el tapón y apretando hasta casi la defecación, conseguimos que el harinoso mejunje cayese en el hirviente aceite de la sartén y fue tal el pedo que pegó el compuesto, que pegado quedo en el techo cual perenne estalactita.
     Acercándonos al final puesto que hora va siendo, habremos de decir que todo acaba en la vida y por ello estas añoradas fiestas entre amigos y compañeros han ido tornándose en asunto más recogido y de familia. De esa manera, como bien dice el refrán, cada mochuelo retornó a su olivo y en estos tiempos presentes la llegada del niño Jesús, que comedido me he vuelto, es celebrada con los más allegados y cercanos sin que por ello tenga que faltar el oportuno momento en que aparece por la casa algún antiguo pájaro volandero con quien degustar unas gambitas y un tinto de la tierra, terminando por cantar, por decir algo y poner punto final, el conocido cantar del Hacia Belén va una burra.



   






jueves, 11 de diciembre de 2014

Una carta de George Carlin



                                   






Hoy hice mía y le puse voz a la carta que el gran cómico George Carlin escribió poco tiempo después de fallecer su esposa. En ella queda expuesto y desnudo lo que debiéramos hacer y habríamos de desechar, en mi humilde juicio, para andar dignamente por este camino llamado vida. 



                                       





lunes, 24 de noviembre de 2014

Madre







   
   


     Un día después de irte hacia el país de nunca jamás, con la placidez del deber cumplido y el recuerdo imborrable de tu presencia te recito los humildes versos que te ofrecí con infinito amor y recibiste con lágrimas en los ojos. Gracias madre, por todo lo que nos has dado.




                                                      







martes, 4 de noviembre de 2014

Si ...







Hoy traigo hasta la mesa el poema SI, original de Rudyard Kipling, escritor y poeta británico nacido en la India. La música es de José Luis Encinas y la voz, ya sabéis, la de este calvo de cuatro ojos…


                                          





martes, 28 de octubre de 2014

Lo que quiero ahora ....





De momento sigo por esta nueva senda de las grabaciones. A la espera de que vuelva la inspiración, y mis maltrechas neuronas despierten, he de reconocer que me evade este asunto de grabar audiciones y más aún cuando se trata de plasmar con la voz lo que escrito ha sido por una persona digna e íntegra. Es lo que me parece Ángeles Caso. Y el texto, magistral y maravilloso, lo siento como mío. Si lo tienen a bien, disfrútenlo. 

                                 










jueves, 16 de octubre de 2014

Cuando yo me vaya .....















Un servidor de ustedes, amigos y amigas míos, sigue seco en el asunto de juntar palabras. Por ello, y mientras vuelven las musas de jugar con las musarañas, permítanme que abusando de su eterna condescendencia les siga dando la tabarra con esto de las grabaciones en audio. Matamos el gusanillo y pasamos el rato. Hoy les recito un texto original de Carlos Alberto Boaglio que siento como mío....


                                 








jueves, 2 de octubre de 2014

Anclados en la memoria

      


       



     



     Cuando llevo un tiempo seco para estos asuntos de la escritura y las musas parecen huir de mi lado despavoridas ha llamado a la puerta la infanta de los lloros  con un relato que me ha conmovido, desde sus adentros, cuerpo y alma. Y por ello, le doy paso y testigo. Porque a sus quince años, me da que promete. Gracias Amparo, porque hasta en los gustos musicales solemos ir de la mano ...



      Tenía apenas unos minutos de vida cuando mi madre murió. Lógicamente fue mi parto lo que la convirtió en un despojo más de la tierra. Mi abuela acostumbraba a decirme que dio su vida a cambio de la mía. Yo sin embargo solía pensar que era la culpable de la muerte de mis padres. Papá no había podido soportar el dolor por la pérdida de mamá y había optado por reunirse con ella en el firmamento. Lo sé, esta no es la mejor forma de contar una historia, podría endulzarla, de verdad me encantaría, pero simplemente no sería una versión real. Esta es la realidad…
     18 de Febrero de 2004, el día de mi quinto cumpleaños. La abuela me había preparado una tarta con todo el esmero y cariño que había podido. Sus manos ya envejecidas y temblorosas habían provocado algún que otro desliz sobre la fina capa de chocolate y nata que cubría un bizcocho de limón, pero no importaba, aquellas imperfecciones eran lo que la hacían perfecta. Estaba preparada para soplar una vela con el número 5 que chorreaba más a cada segundo que pasaba. La abuela me detuvo y me dijo que pidiese un deseo. Yo lo hice: Pedí que mamá y papá entrasen en ese mismo instante por la puerta del salón, no llenos de regalos como cualquier niño hubiese deseado. Solo pedí que entrasen. Una mente inocente como la mía no podía pensar que ese deseo jamás se cumpliría. Así que soplé, lo hice tan fuerte como pude poniendo toda mi confianza en aquel deseo que se desvanecería en el aire como el humo de la vela ya apagada…
     Los años han pasado, me encuentro observando una foto de aquel día. Mi abuela, admiro su fortaleza, con su sonrisa gastada por tantas experiencias duras me sostenía en brazos. Paso la página del álbum de fotos que sostengo sobre mis manos. Ahí están mis padres, sonrientes. Mi madre luce un precioso vientre de embarazada; papá la sujeta por los hombros y acaricia el lugar donde mi recién formado cuerpo seguramente reposaba. Los ojos de mi padre son azules, tanto que me recuerdan al mar de Tenerife, sin embargo los de mamá son tan oscuros que parecen engullir todo un universo. Papá alto, mamá bajita, pero tan perfecta a la vez. La abuela siempre decía que era igual que ella. Mi pelo negro enroscado en anchos tirabuzones no dejaba duda alguna de ello. Siempre será mi foto preferida, supongo que se debe a que no tengo otra con ellos. Papá por capricho del destino había de llamarse Marco, siempre pensé que su nombre hacía referencia a aquel personaje de dibujos animados que emprendió una gran aventura en busca de su madre, solo que mi padre había ido en busca de su esposa Alicia; espero que la encontrase en el País de las Maravillas.
     Dejo el álbum de fotos a un lado. Una niña de 5 añitos recién cumplidos acaba de entrar por la puerta, temo por ella, temo no ser lo suficiente buena madre, nunca he conocido muy bien el significado de esa palabra, pero esta pequeña me inspira confianza, la confianza suficiente para conseguir darle todo aquello de lo que yo un día carecí.
     Papá, mamá, gracias por hacerme el regalo más grande de todos, gracias por darme la vida. Siento como si os hubiese quitado la vuestra. Nunca pretendí tal cosa. Os quiero.

jueves, 31 de julio de 2014

De la feria cuando niño

   
 

      Como siempre que llegados son estos días de asueto y divertimento, pronto habrán de llegar la feria con las fiestas del lugar, hubieron de pedirme desde las oportunas instancias si me era posible colaborar con algún artículo divagatorio, tan del gusto de este escribidor de poca monta, para la elaboración del acostumbrado libro de festejos, Y la verdad, ya saben los que me conocen que me gusta ser sincero, es que esa nube de apatía que pugna por cubrirme hasta las orejas en estos momentos a punto estuvo de hacer que pasará del asunto como de comer manjar poco apetecido, aunque el verdadero refrán diga otra cosa que prefiero callar. Fue por ello que después de darle vueltas al asunto recordé que en los cajones había un escrito sobre los días en que de niño, que lejanos empiezan a quedar, disfrutaba con poco de estos días de holganza y divertimento. Y aquí lo tienen. Disfrútenlo si lo tienen a bien y si lo quieren en papel y tinta se pasan por el Ayuntamiento y le piden un ejemplar a quien consideren oportuno. Un gusto y que tengan unas felices fiestas….


      Añoro la feria de antaño. La que en conmemoración de gestas poco recordables comenzaba cada año el 18 de julio, aquella que se ubicaba en la explanada del parque y a la que partíamos como en procesión desde la calle del casino o de Don Máximo Laguna, como gustaba de llamarla mi progenitora, mi padre con su garrota, mi madre muy “repeiná”, mi hermana con sus dos coletas trenzadas y un servidor dando saltos, como si de un muelle se tratara.
      No vaya a pensar el lector que era tarea fácil la de convencer a mi padre para visitar el ferial. Ya hemos dicho, y sabido es, por otros escritos expuestos en este devenir de la escritura al que el escribidor es tan aficionado, que el patriarca de la casa arrastraba desde su época de niño una permanente cojera por lo que fácil es deducir que no le resultara cómodo ni placentero el asunto de tener que desplazarse a patita hasta la otra punta del pueblo, aunque cierto es y hay que decirlo, que una vez puesto en faena y con el regusto de la fiesta  lo dificultoso era emprender el camino de regreso.
      La primera parada era en La Puente, junto a la tienda de Santiaguillo, donde empezaban a estar ubicadas, como en desfile procesional y a lo largo de toda la calle, las casetas de turrón, nidos de insectos de la más variada calaña, y las de los juguetes con mil trastos inservibles que hacían el deleite de los más tiernos infantes. Allí se inauguraba mi rosario de peticiones con la adquisición de un trozo de aquella masa dura, salpicada de almendras, que un tropel de moscas volanderas habían saboreado con deleite y anterioridad sin ningún tipo de compasión; mas no eran estos tiempos de ascos y repugnancias por lo que el dulce sabor del preciado manjar resultaba placentero como maná de los dioses. Así, entre saludos a conocidos y paradas para tomar aire llegábamos al Cortijillo, tasca de reducidas dimensiones, que estaba situada en los bajos del Teatro Cine Santa Cruz, propiedad de Antonio Laguna y  de la que mi padre era cliente preferencial por aquello de la cercanía del bar en cuestión con su taller de zapatería. Tomado un refrigerio seguíamos la marcha atravesando el Real de la Feria compuesto por un mar de cacharros, casetas y artilugios. La noria, el látigo, la ola, y el trenillo de La Bruja, en el que trabajaba un elemento que me asustaba arreándome escobazos y cuya cara era calcada a la de Rod Steward, amén de los puestos de algodón dulce que lucía adornado por las motas de tierra que levantaban los pies de los viandantes. La siguiente etapa había de llevarnos a las inmediaciones de la verbena, al regusto y saborcillo de los pinchitos del bar Alaska. ¡Qué decir de tan preciados morunos! y como asegurar a todos aquellos que gozan de menos años y no conocieron esta taberna volatinera que no hubo, habido, ni habrá, carne como la cocinada en sus prodigiosos fogones.
      Imagínense, amigos leedores, que hago como de fotógrafo si les cuento que a lo largo del parque había un rosario de bares con sus sillas abatibles de madera y en ellas aposentaban sus posaderas los sufridos pobladores de la villa. Aquellos, que durante un año interminable, sin vacaciones, fiestas, ni apenas descanso, habían conseguido juntar como tesoro un puñado de pesetas para gastar en las esperadas ferias. Así, el vino corría a raudales y a falta de urinarios, retretes, letrinas y excusados, era al cobijo de los árboles del parque, donde cada cual a su manera realizaba sus más estrictas necesidades.
      Terminada, y siguiendo con el relato, la estancia en el bar Alaska y llegados en fraternal y familiar paseo al final del  parque de Sales Córdoba ,así se llamaba entonces el hoy llamado Municipal, era momento de probar suerte en las casetas de tiro, practica en la que mi padre era avezado y muy diestro, por lo que siempre lograba algún muñeco sin fuste o un paquete de cigarros del que llamaban Palmitas y del que también decían, de eso me enteré más tarde, que era el tabaco que fumaban las mujeres de mal vivir. A la vuelta y por costumbre, era llegado el momento en que mi progenitor había de dar una vuelta en los coches eléctricos, que por aquellos entonces eran para mi asunto muy temido y respetado en tanto que se decía y comentaba que fallecimientos y hasta electrocuciones habían acaecido en aquellos autos que recuerdo negros como pájaros de mal agüero. Adivinaran entonces los lectores que, con perdón, el acojonamiento que me entraba mientras sentado iba en aquella premonitoria silla eléctrica era de padre y muy señor mío, motivo por el cual era imposible gozar y disfrutar de los viajes con sus choques en cuestión.
      Mi gozo, deleite y satisfacción venía a continuación, cuando con una ficha en la mano me dirigía al coche del Santo, héroe televisivo de éxito muy celebrado que interpretaba Roger Moore, en el carrusel de caballitos y autos de la familia Mena. Allí, dando vueltas sin ton ni son me sentía cual héroe peliculero imaginando hazañas, aventuras y proezas en el espacio escaso de unos minutos, los que tardaba en marcar la salida y parada de la atracción la bella Ana, que años más tarde se convertiría en la esposa del amigo Arturo Piña. En esta etapa del festivo deambular tocaban siempre riñas, discusiones y altercados, pues imbuido como estaba de tan procelosas gestas imaginativas, era dificultosa la tarea de hacer que bajase del automóvil y volviese a la cruda realidad terrena. Y puedo asegurarles que ni la vista de las famélicas fieras del circo Roma, que aposentaba sus reales cruzando la carretera en los terrenos de Fernando Castro, podían alegrar mi compungido semblante.
      Los churros con chocolate completaban la última etapa de la estancia en el ferial del que después sin prisas, pero sin pausa, habíamos de emprender el camino de regreso hacia el horno calcinado de la casa de mi infancia con mi padre asegurando que ya estaba bien de feria y un servidor pidiendo y suplicando la benevolencia de un día mas de holganza, asueto y divertimento.





martes, 22 de julio de 2014

No me llames extranjero....






Llevo un tiempo viviendo de las rentas. Y es por ello que, mientras aclaro cuerpo y espíritu, voy echando mano del baúl de los recuerdos y de algunas cosas que me dio por ir acometiendo cuando tenía las fuerzas justas. Y es ahí donde nacieron estas grabaciones. Unas veces con textos propios y otras, como en este caso, con la aportación escrita de Rafael Amor, de quien es el texto recitado y que también hizo famoso, a su manera y con maestría, Facundo Cabral, un ser humano extraordinario que clamó por la verdad y la justicia hasta que unos desgraciados le cortaron la voz a tiros.



                                 














sábado, 14 de junio de 2014

Elegía. Miguel Hernández....

Ya saben quienes me siguen que soy algo dado al amontono. Por ello habrán podido comprobar los que van tras las perdidas huellas de este aprendiz de escritor que desde hace tiempo escaso aparece en el margen derecho de esta pobre factoría de escritos un invento más al que he dado en llamar La Taberna del Mangines. Justo será reconocer que llevaba un tiempo dándole vueltas a esto de ponerle voz y alma a escritos propios y ajenos. Y de justicia será también decir que fue mi joven amigo Ricardo Guzmán, no dejen de seguirlo en, pinchen sobre el nombre, Frente al Baluarte, quien me animó, y mucho, en esta nueva aventura. Por ello, y por si aún no la han escuchado, aquí les dejo la Elegía, sutil maravilla, de Miguel Hernández en la voz de este mortal que les escribe acompañado de su buen amigo Joan Manuel Serrat. Escúchenla, si a bien lo tienen, mientras doy forma a una nueva divagación. Queden tod@s con Dios ....


lunes, 26 de mayo de 2014

Días de feria. Con sus cambios y sus gentes ..

    




     Espero que no le importe a los miembros de la familia Aranda que traiga esta foto añeja, que no es del año en que se relatan los hechos sino posterior, desde el baúl de los recuerdos. Lo hago porque en ella, con sombrero blanco, gafas de sol, bigote y botellín en la mano, encontré que estaba mi progenitor padre disfrutando de la compañía de tan buena gente. Por ellos y de ellos es esta historia.


      El lunes 20 de Julio del año de gracia del 1952, al frisar la medianoche, se procedió a la inauguración de las ferias y fiestas. Poco tendría esto de excepcional si no fuera porque fue esta la primera ocasión en que la celebración y el jolgorio se trasladó al Parque Municipal, entonces de Sales Córdoba, abandonando por siempre jamás la entonces Plaza del Generalísimo, a veces me da por pensar la cantidad de propiedades ficticias que llegó a tener este innombrable sin haber comprado ninguna, y además se cambiaba también la fecha que durante décadas había coincidido con el ocho de septiembre, día de la patrona. Así, a la hora mencionada, el alcalde de la villa y sus gallinas que en aquel año de palos y tentetieso respondía al nombre de Pedro Lillo, y que un servidor supone conductor de la famosa camioneta que transportaba en aquellos tiempos lejanos a los viajeros desde Valdepeñas hasta el Viso del Marques pasando por este lugar, dio por inaugurados los fastos y oropeles que empezaron con la diana, que es lo mismo que decir señal para dar la matraca a los vecinos que están descansando, a las cinco de la mañana a cargo de la Banda Municipal que como podrán imaginar debía estar compuesta por gente recta en el asunto del madrugar o tal vez, y eso es más comprensible, por asiduos del beber acodado a la barra esperando a que el sol pintara por donde se encuentran los puentes.
     Y no habría de ser este asunto complicado de llevar a cabo teniendo en cuenta que en el ferial estaba instalada la gran caseta de los Botas tirando cerveza fresquita y la terraza de Ceferino con la mejor pista de baile, así se decía y anunciaba, donde se bailaba al son de las modernas y agradables melodías que tocaba la Orquesta Bórax, venida desde Córdoba,  cuyos éxitos y actuaciones, así se aseguraba y tenía mandanga, eran conocidos en toda España y el extranjero. También se encontraba cercano al ferial el local de Jacinto Mayoral Laguna, a quien todos conocimos por Parralo, sito en la Calle del General Espartero y que obedeciendo al nombre de La Parrala  se anunciaba diciendo:”La mejor animadora de las fiestas del lugar es, sin duda, La Parrala, porque no tiene rival. Jacinto, que bien lo sabe, la instaló en un buen local, para que alegre y anime al que se quiera alegrar. Sustanciosos bocadillos La Parrala piensa dar, a quien yendo a visitarla demuestre su paladar. Aperitivos sin tasa y hasta guindillas asás, berenjenas especiales y aceitunas aliñás, cerveza “pa” los señores y vino sin bautizar”, en unas estrofas compuestas por quien llamaban Malaco. En la Parrala, varios años después de los hechos relatados, tuvo sus primeros escarceos con lo bebible, qué entonces solo era vino con su bautizo, quien esto escribe y que aún recuerda como en las tinajas que había detrás de la barra se mostraban escritos estos esclarecedores refranes: “Si bebes para olvidar, paga antes de empezar”, “Donde el vino entra, la verdad sale” y “Si bebes de mis entrañas, serás un héroe de España”, recto y marcial, como entonces debía, o mejor hacían que fuese, de ser.
     A las seis de la tarde, hora taurina y sin par, se anunciaba que en la Plaza Santuario de Las Virtudes tendría lugar una gran novillada de feria en la que serían lidiados cinco hermosos y escogidos novillos de la ganadería preferida por El Litri y Manolete, afamados matadores de aquel tiempo, actuando en el primero la aplaudida rejoneadora y formidable caballista hispanoamericana Lupita Barroso quedando garantizado, eran tiempos de burros, mulas y carros, el servicio de autocares de ida y regreso a la plaza para presenciar tan grandioso espectáculo. Me da en que pensar, y creo que con razón, en la que se debió de organizar en la plaza con el visionado de amazona de tantos bríos en aquellos tiempos tan poco dados a los oficios de condición femenina y de machos ibéricos con un par.
     Terminada la corrida y a las ocho de la tarde tuvo lugar en el Real de la Feria, otorgándose premios a los mejores atalajados y enjaezados, un desfile de coches y caballistas y a las 9 de la noche, con la llegada de la brisa marina, más bien escasa por estos lares, conciertos de la Banda Municipal y atracciones con sus verbenas. Nada fuera de lugar como podrán comprobar puesto que el ser humano, y más aun los latinos de ibérica y mediterránea condición, siempre tuvimos inclinación por la fiesta y el cachondeo a las primeras de cambio. Al día siguiente se anunciaba, y así continuó siendo durante las fiestas, el despertar al son de la música para las 6 de la mañana y a eso de las 10, imagínense como habría de discurrir aun la vida en este suelo patrio de charanga y pandereta que empieza a parecerse al actual, un reparto de víveres en la Casa Consistorial, aquella que un conocido guardia municipal dijo que no existía cuando preguntado fue por unos viajeros visitantes por el lugar en que se encontraba ubicado el Ayuntamiento, para los pobres de solemnidad, que debían de ser unos cuantos. A las 7 de la tarde, con el sol del estío calentando para no perder la comba, se celebró un concierto, digo yo que en el famoso Pabellón de La Música, que decenios después sin éxito se restauró, y se anunciaron cucañas, aun recuerdo el palo encerado con el gallo expectante arriba, y juegos de diversión  además de algo que me deja como a cuadros porque no logro discernir de que se puede tratar llamado fuga de globos grotescos y que si descifran de que se trata deberán comunicarme puesto que quedo viviendo sin vivir en mí como la santa noble que descansa en Ávila.
     Al día siguiente y en la Verbena Villa Aurora, regentada por Los Botas, tuvo lugar un concurso de cante y baile de jotas manchegas y la última jornada una carrera de burros con premios en metálico. Aun me parece estar viendo a muy ilustres caballistas de la villa y sus contornos, de muy humilde condición, transportando sus reales a lomos de aquellos pollinos que sembraban el pueblo de heces y paraban en seco cuando les venía en gana haciendo descabalgar al jinete que presto se ponía a tirar del ramal o de la cola con el peligro acuciante de que el borrico le descerrajase una coz en la cabeza aplastándole la tapa de los sesos.  Sin mucho más que resaltar los festejos se clausuraron a las 3 de la mañana, prisa como pueden comprobar no había, del día 23 de julio.
     Y como a modo de crónica, se que les habrá de gustar a los lectores de más tierna condición, decirles que por aquel lejano año aún funcionaba la fábrica de aceites de la viuda de Peñuelas en lo que hoy es el Mercasantacruz. Que en el Paseo de Calvo Sotélo, hoy de Castelar, estaban los Almacenes de Gracia vendiendo, ¡menudo puzzle, ríanse ustedes de los actuales inspectores de sanidad! azúcar, sal, coloniales, cereales, hierros, chapas, herramientas agrícolas, abonos y carbones minerales. Antonio Laguna Velasco, aún no debía tener el estanco, además de ser agente de paquetería, vendía en su mercería de la Calle Capitán Casado perfumería, medias, calcetines, hilaturas y un gran surtido de bisutería además de las mejores lanas para labores. Ladislao Muela Aragonés, a quien todos conocimos por Patito, aún no había inaugurado el cine de la Calle Cervantes donde tenía una tienda dispuesta para la venta de de ultramarinos, alpargatería, abonos, maquinaria agrícola, leñas y carbones y espartería además de ser el representante de la conocida marca Ajuria que distribuía trillos, aventadoras, segadoras y trilladoras. Y diciendo que:”la bomba atómica concluyó la pasada guerra y un platillo volante inicia la nueva contra los altos precios surtiendo de calzado barato el almacén de Amando Serrano Guzmán, anunciaba el susodicho su tienda de zapatería en el local donde en estos tiempos languidece la Caja de Castilla La Mancha.
     Por fin, y para terminar, que esta homilía comienza a ser larga, decir que la Falange, partido único del régimen que después el mismo Franco aplastó, despedía el escrito que incluyó en el programa de festejos dejando esta perla: “No te decimos aparta. Te arrollaríamos sin esfuerzo alguno, pero ese no es nuestro ánimo. Aspiramos a vivificarte. Nuestro optimismo no tiene límites”. Para echártelos de amigos, me digo yo.




     

domingo, 18 de mayo de 2014

Los oscuros prepotentes.

      

     Tomada la decisión de cambiar la piel de esta posada de escritos, ustedes me dirán si a su gusto  o no, opto por entregar en primicia esta reflexión, decir poesía sería elevar en exceso mis pretensiones y por ello le cambié el formato, mientras intento concluir otro escrito de añejas memorias.  Recuerdo que este poema, o lo que quiera  que sea, fue alumbrado, y ya han pasado unos años, en un momento de indignidad sometida, de muy mala leche y pensando en la prepotencia de quienes  mandaban, siendo torpes, como por decreto….

      Son siluetas que abundan por el mundo, dictando su ley sorda, que no es otra que la fuerza sin razón. Grises y carentes de dialogo, desconocen el encanto de la charla, el arrullo acogedor de la palabra. Me cuesta verlos, coronados en sus tronos, derramando poder sin mesura ni prudencia, pendencieros e ignorantes, prepotentes, aplastando sin piedad y apabullando a quien pasa por su lado. Tal vez carezcan de encanto estas palabras, del sentir perfecto y la metáfora buscada, pero es tan cruel reflejar tanta miseria, tanto insano proceder, tanta patraña. Y soporto en mi persona sus calumnias, la constante violación de lo más digno, mi propia dignidad, pulcro tesoro, que despacio y como hurgando a hurtadillas en silencio me lo han ido robando. Me queda tan poco tantas veces, tan desarmado me siento, tan vacío, que no se que hacer, ni donde ir, que decisión tomar, ni que sentir.....








lunes, 28 de abril de 2014

Perdemos la juventud ....



   
     Ya sé que voy a levantar ampollas, pero no puedo resistirme a traer hasta esta taberna borracha de palabras el decir de Don Jesús Quintero recordando las lejanas madrugadas de ardor adolescente pasadas al calor de aquel maravilloso loco de la colina. ¿Por qué rincones andará este sevillano de adopción nacido en San Juan del Puerto que se marchó dejando huérfanas las noches?



     
                                                                                                   
                                                                 


sábado, 22 de marzo de 2014

A la infanta de los lloros, unos humildes deseos...

        




         Querida Amparo:
     En el día en que cumples quince años me gustaría desearte que tu vida esté siempre rodeada de buenas sensaciones, Quisiera, ante todo y en principio, que ames con pasión porque amando también serás amada y si así no fuera te aconsejaría que sepas olvidar con brevedad y no guardes nunca rencor porque la vida es corta y no merece la pena malgastarla recordando lo que de malo nos aconteció.
     Deseo también que tengas amigos que te sean fieles  y que puedas confiar en ellos sin duda alguna y a la vez creo que sería bueno que tuvieses enemigos para que seas capaz de cuestionarte tus propias convicciones. Y me gustaría que anidase en tu ser la sensación de sentirte útil, que tengas siempre la certeza de que eres buena desarrollando algo, pero nunca imprescindible e insustituible porque ello te llevaría a sentarte a la mesa de la vanidad que siempre es mala compañera de viaje y que cuando te sientas mal y asomen los malos momentos, que suelen ser cuantiosos, abundantes y cuajados de nubes negras, seas capaz de levantarte y mantenerte en pie.
     Te pediría también que fueses tolerante, comprensiva y condescendiente con aquellos que se equivocan mucho y sin remedio porque haciendo uso de esa tolerancia servirás de ejemplo a otros. Y porque el mundo que nos rodea es como es y resulta complicado cambiarlo sería deseable que siendo aun tan joven no madures con demasiada prisa porque si es así te perderás lo que de bueno tiene este irrepetible momento y que cuando seas mayor no sientas la necesidad de rejuvenecer y que siendo vieja no te desesperes porque cada edad tiene su placer y su dolor.
     Y de paso te deseo que sepas estar triste, aunque sea por un día, porque así descubrirás que la risa diaria es sana y cura el alma, que la habitual es anodina e insustancial y el reír constante puede resultar hasta dañino y perjudicial. Y por encima de todo, con la máxima urgencia, quiero que descubras que existen y te rodean seres oprimidos tratados con injusticia y personas infelices.
     Deseo también que tengas dinero y que de vez en cuando lo pongas delante de ti y te digas: “esto es mío”, para que de esa manera quede claro quien es el dueño de quien. También desearía que ninguno de tus seres queridos muera pero que si muere alguno puedas llorar y recordarlo sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable.
     Te deseo, por fin y para terminar, que siendo una buena mujer tengas un buen hombre y que sepas querer porque queriendo serás querida. Y si todas estas cosas llegan a pasar, como decía Víctor Hugo a quien debo la idea de este montón de deseos, no tengo nada más que desearte.




jueves, 20 de febrero de 2014

Entre gallos y medianoche....

       



     
      


      Se preguntaran ustedes, y si lo hacen lo harán con razón, en que haciendas o menesteres varios se hallará inmerso este escribidor de poca monta para tener sumida casi en el abandono esta humilde posada de escritos a la que cada vez llegan como más espaciados mis recuerdos y divagaciones. Y este servidor habrá de contárselo, no sientan por ello pena.
    Verán, ocurre, y ya debo haberlo contado en anteriores ocasiones que este sin vivir del estar sin oficio ni ocupación es motivo sobrado para que cunda en el ser el desasosiego y la desidia y para que, sin apenas percibirlo se vaya uno dejando, como decimos en el pueblo, a la buena de Dios. Así aficiones que antes me apasionaban ahora apenas me motivan nada aunque, como no hay bien ni mal que cien años dure, ni cuerpo, digo yo, que lo resista, este servidor de ustedes tiene claro que está en la obligación de resistir estoicamente los envites de esta miserable ola que pugna por lanzarme desde los acantilados hasta el fondo de un mar plagado de tiburones.
    Les contaba, y con esto cambio de tercio y asunto, en mi anterior escrito de las divagaciones que suelen acontecer y poblar las cabezas de mis dos damas longevas y habré de volver sobre el mismo tema para contarles que una de ellas, la más provecta, mi tía de 87 años, se hubo de escacharrar el pasado martes, motivo por el cual hubimos de salir como a salto de mata y sin freno hacia las urgencias sitas en el hospital del cercano pueblo de Valdepeñas donde hubieron de ponerle otro parche que le refuerce las defensas para continuar por estos mundos transitando.
     Y fíjense, pensaba un servidor, mientras dejaba pasar el tiempo en lugar de visita tan poco apetecible, en lo débil que resulta y es la condición humana. Ustedes se habrán dado cuenta, y más aún los que cargan a sus espaldas con una mochila considerable de años, de que hay pobladores de este mundo desenfrenado que bien parece que hubiesen sido acogidos en su seno para hacer bien hecha la puñeta al prójimo y a quien le rodea. Y son esos, que ni viven ni dejan vivir, los que amasando fortunas a costa de quien se precie piensan que el sol solo sale para su gozo haciendo muy suyo el dicho sabio que dice aquello del pan “pa mi” aunque los demás no coman. Y cavilaba, observando los quehaceres propios de las enfermeras, la triste condición del que vive aferrado a lo que de material tiene este transitar transido creyendo, aunque no habrá de conseguirlo, que capaz será de transportar hacia el otro mundo su riqueza, cual faraón a su tumba como en el antiguo Egipto, sin pensar que llegado será el día, ineludible y seguro, en que habrá de volver cual tierno infante, pero con el deslucido pelaje que da el traje de la senectud y los años, a permitir que le quiten los pañales cuando necesario sea.
     Ya saben, y si no les pongo en antecedentes, que soy insomne crónico. Es una de las consecuencias, entre otras muchas, que debo al eterno trabajo nocturno que cambió mis hábitos, usos y costumbres hasta límites poco saludables sin que de mucho sirviera, vista con el paso del tiempo la situación en que me encuentro, y que hace que, olvidada mi dosis diaria de Somnovit, me sea imposible conciliar el más leve cabeceo entre ruidos de aparatos que distribuyen oxigeno, aerosoles, monitores varios y los lógicos quejidos que emanan de los que postrados están en sus camas. Es por ello que después de echarle un ojo a mi anciana tía, que emite unos ronquidos asemejados a los ruidos que hacia un Barreiros modelo de los 50, me calzo los botines que hube de quitarme por temor a que me cocieran unos pies que después de un día de trasiego desprendían vaporosos y etéreos perfumes, me enfundo el gabán que vino del Norte y me encamino hacia la salida en busca de un soplo de aire fresco mientras observo como dormita el personal, son malas horas para mantenerse en pie, en la sala de estar que hay a la entrada.
     Y llueve. Llueve copiosamente en esta fría madrugada y una quietud inmensa, silente y desconocida en lugar tan transitado durante el día, invade rincones desde los que asoman gatos, astutos pobladores de la noche, que pululan entre calles y callejones buscando sustento en los contenedores de la basura. Cruzo la calle y empiezo a pasear. Siempre fue para mí de un deleite placentero la cuestión de pisar charcos. Siento, a pesar de la capucha que me cubre, que el agua empapa mi despoblada cabeza y soy consciente de que el tiempo, impasible e ineludible, que en los lejanos años de juventud adolescente discurría lento, cada vez se acelera más mientras se va acortando llevándonos, sin prisa pero sin pausa como el calabobos, hasta una meta segura e inevitable. Esa de la que nadie se escapa y que Jorge Manrique relató con inusual maestría en las coplas dedicadas a la muerte de su padre.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ricos caudales,
allí los otros medianos
y mas chicos
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.











jueves, 16 de enero de 2014

De un dúo muy peculiar ...

     


         
     

      Una, mi tía, habla hasta por los codos, acaba de cumplir 87 años y difícilmente dirá tres cosas hilvanadas que ciertas sean a la vez. Así, puede hablar y disertar sin freno ni control sobre haciendas de vecinos, dichos de los viandantes y otros asuntos que acaecen en el pueblo sin haber puesto el pie en la calle desde hace años. ¿Cómo entonces, se preguntaran ustedes, asevera con tanta rotundidad tales acaecimientos y sucesos?. Yo pienso, sin temor a equivocarme, que simplemente cree lo que se imagina, porque a veces, las más, abraza supuestos de lo que pudo ocurrir y jamás pasó, de lo que puede pasar sin que jamás pase o de lo que, supuesta e ineludiblemente, habrá de desatarse sin que exista asomo alguno de que tal hecatombe tenga fecha volviendo como un calcetín las noticias que Matías Prats, objeto de su veneración, y a quien saluda amablemente con un “buenas noches hijo mío” cuando este a su vez hace lo propio para con sus televidentes seguidores mientras asegura, a mi tía me refiero, que habrá guerra en España aunque el citado dijo en Siria o que desembarcaron tres pateras en La Puerta del Sol de Madrid habiendo arribado estas en las costas del soleado suelo andaluz.

     La otra, mi madre, a punto de coronar los 82, también fue siempre, de casta le viene al galgo, impenitente parlamentadora, aunque el paso de los años y el peso de la enfermedad la hayan ido sumiendo y acercando a un mundo imperado por sombras. Así todas las mañanas, mientas leo un libro tras otro en el ebook que me regale por el verano, la una continua con sus imaginarias historias y la otra, muy de vez en cuando, la mira con obstinación y la conmina para que calle en su perenne charla. Y me viene al recuerdo cuando de niño las observaba realizando las cotidianas labores de la casa y siempre llego a la conclusión que el discurrir de la vida no fue en exceso amable con ellas. Nacieron en la época convulsa que precedió a la guerra civil y entre carestías, penurias y otros menesteres de ingrato recuerdo crecieron en el humilde hogar de su padre Santiaguillo donde además, como pueden comprobar eran en evidencia otros tiempos, vivían sus abuelos que respetados por todos reinaban como señores de la casa. Pasada la guerra el poco dinero que ahorrado tenían, aquel que la abuela Benigna inducía a gastar al abuelo, solo sirvió, como este decía, para hacer cuadros, con lo que aun debió de ser mayor la escasez y miseria que les hubo de arropar junto a sus otros hermanos, un varón y  tres hembras, que tuvo a bien descargar la cigüeña . Después la una, que nació soltera de por vida, trabajó en lo que buenamente pudo, bien fuera en las tareas del campo o en aquellas que se realizaban en las antiguas tejeras que entonces existían por estos lugares y la otra, mi madre, hubo de entrar a trabajar al servicio de la Tía María junto a la que aprendería las rudas labores de la casa y el oficio de peluquera que habría con el tiempo de servirle para dar de comer a la prole. 
     Al final, miseria y trabajo rudo siempre van unidos y sin el uno no se sale de la otra. Y me pregunto, aunque prefiero no contestármelo, que les ofreció a cambio esa vida penosa y trabajada llegando a la convicción de que fue poco, y con cuentagotas, lo que hubo de brindarles. Para ellas, aunque no habrán de saberlo porque daría igual, es la canción que de fondo canta mi buen amigo Joan Manuel Serrat.



jueves, 2 de enero de 2014

De los Magos de Oriente y sus "cuantiosos" regalos.

       
     


      


     Decidí, por aquello de que much@s no saben volver atrás en los caminos de la factoría, volver a sacar del baúl este relato. Además permítanme, por aquello de que es tiempo vacacional, aunque de momento mis vacaciones sean perpetuas, que me tome un descanso mientras le doy a lo más recóndito de mi pobre intelecto. Y aunque nada tenga que ver con lo narrado, aunque en el fondo lo tenga, les quise regalar también una maravilla hecha canción por mi buen amigo  Joan Manuel Serrat y que fue escrita, comprobaran que ha llovido, en el año de gracia del 1983. Escúchenla, porque su vigencia es total en nuestros días. Sobre cuando dice aquello de: “ No esperes de ningún modo que  se dignen consentir tu acceso al porvenir los que hoy arrasan con todo”. Y que no se les olvide ser felices. O al menos intentarlo si algún hijo de mala madre les nubla el día …      
       
  Melchor, Gaspar y Baltasar ocuparon una parte importante de mi primer transcurrir transido por los caminos de la vida. Y digo esto, porque dada mi  débil condición y el hecho añadido de que la hacedora de mis días fuese mujer siempre ocupada en las hacendosas tareas del aseo y mantenimiento de la infame casa de mi infancia, bien en la mera limpieza de los suelos, que hacía hincada de rodillas, fregando con un trapo desharrapado en la mano y el cubo de cinc a la diestra, cuantos kilómetros haría mi pobre madre lustrando aquellas baldosas cual penitente dolorosa, con sus rodilleras de trapo, a la espera de que Manuel Jalón Corominas, ingeniero aeronáutico y oficial del ejército del aire en la base aérea de Zaragoza inventase la fregona, u ocupándose del lavado de las ropas, en la pila que ubicada estaba junto al pozo  en un patio inmenso y desangelado en las escasas horas que le dejaba el mísero trabajo de ayudanta en la peluquería de la tía María, poco tiempo tenía para ocuparse de mis andanzas y peripecias de tierno infante, con lo que la solución rápida a esta vicisitud era provocarme el susto, la alarma y el sobresalto diciéndome que no me asomara a la escalera porque venía el Tío del Saco, El Marango o algún otro bicho mitológico de pueblo que provocar pudiera mi pavor y espanto.
     De esta guisa, la llegada de los venerables magos de Oriente se me antojaba, cuanto menos, como algo enigmático e inexplicable y la sola idea de pensar que hubiera de ser el negro Baltasar quien llamar llamase a mi puerta, provocaba en mi exiguo ser de ochomesino, una convulsión estremecida de pavor mezclada con espanto. Figúrense, sufridos lectores y lectoras de este humilde relato, que ya hemos dicho en otras ocasiones que la vida y su discurrir en aquellos tiempos era como en blanco y negro, por lo que poco abiertos estábamos a la contemplación de los seres que habitaban otros lugares de este mundo. Por ello, sorprendidos quedábamos cuando, durante las Ferias y Fiestas, contemplábamos la llegada de los moros de Marruecos, vendedores de todo lo vendible, hasta condones entonces prohibidos y vistos como de gente de mal vivir , enfundados en túnicas y chilabas hasta las rodillas, rodeados a su vez de los olores desprendidos por tanta ocultación y envoltura, y mucho mas atónitos y pasmados permanecíamos, algo así como extasiados, cuando algún habitante negro como el betún, llegado desde la Cuba, del África  u otro lugar, aparecía por los confines del pueblo.
     Imbuido pues por estos pensares, la sola idea de que el negro Baltasar apareciera por el balcón de la casa, ese que hoy permanece abierto contra vientos y mareas, me hacía estar aquellas noches heladas de enero, con los ojos avizor y los sentidos alerta, hasta que irremediablemente quedaba vencido por el cansancio y el sueño. Era entonces, al despertar  y al albor de un nuevo día, cuando con prontitud recorría los rincones de la casa buscando lo que hubieran podido dejar los magos y era así como terminaba dando con lo dejado por sus reales altezas, que pocas veces se correspondía con lo que esperaba y quería de antemano.
     El Exin Castillos era un juego que me apasionaba, o mejor quedará dicho, dado que jamás he poseído ninguno, con el que quedaba entusiasmado y absorto al observar las construcciones que ensamblando sus numerosas piezas podían realizarse, en los anuncios televisivos que visionaba en el añejo televisor Optimus que emplazado estaba para deleite de sus socios en el Circulo de Recreo. Tal vez por ello, imbuido todo mi menudo ser de tal afán constructor, hube de pedir a mis progenitores en alguna Navidad de finales de los sesenta que tuvieran a bien concederme la petición de pedir a sus realísimas altezas de Oriente tan instructivo juguete, siéndome concedida de tal manera, que durante los días que siguieron mi vida transcurrió como a lomos de una nube, visionando anuncios e imaginando las fortalezas que habría de crear y construir. Llegada la mañana del seis de Enero enfilé presto hacia el balcón a por el ansiado deseo de mis sueños y cuál no sería mi estupefacción,  hasta el habla se me cortó, al contemplar en el interior de un tubo de plástico, unas cuantas piezas que ensambladas no daban para construir  un chozo.
     El Cine Exin fue motivo de otra cansina tabarra, hasta que hubo de llegar la Tere, sobrina carnal de la tía María, para regalarme un ajado proyector que había pertenecido a su primogénito hijo. El día que irrumpió al fondo de la escalera de la casa de mi infancia con el inservible armatoste sumergido en una caja de cartón, estaba este pobre infante esperando ver emerger de aquellas entrañas el proyector de sus sueños cuando estupefacto quedó pasmado, con los ojos miopes como platos y acercando la nariz hasta el objeto deseado pudiendo visionar, entre brumas, como en Londres, que se trataba de un artefacto de color verde, horroroso y de chapa,”pa” que no diera calambre. Acompañaban al espantoso cacharro unas cuantas películas de Dumbo y el Pato Donald  y unos discos de pizarra, más viejos que La Bella Otero, rotos y unidos con esparadrapos, que supuestamente se colocaban en la parte superior del cinematográfico aparato, hasta la que llegaba un brazo articulado, cual gramófono de otro siglo, y del que puedo asegurarles, por mi honor y dignidad, que jamás brotó sonido alguno o emisión que no fueran los relativos a algo así como gruñidos o estertores de ultratumba de esos que suelen salir en las psicofonías.
     Más cercano en el tiempo queda, solo hará como treinta años, el día en que hubimos de echarle una mano, en los albores de la tierna juventud, a Manuel Sáez “El Jefillo” en la realización de un belén viviente. Decoramos carros y remolques como suntuosas carrozas en la bodega de Isidoro Bravo, desde donde habrían de partir en real cabalgata mi amigo Gregorio “El Pavo”, cual  San José muy barbado, llevando sobre la burra, que debía ser del Guagui, a Conchi, la del Chocolate, hasta las escuelas centenarias del Jardinillo, donde esperaban de manera regia los soldados romanos, tal vez Joselito Testón anduviera en este lance, pastores, reyes magos y hasta el tío que en el portal siempre aparece cagando, para una vez hecho este inciso en el camino, partir por la Calle Real hasta el belén que se encontraba en la plaza.
     Así hubo de ser, como fue, que llegados al destino San José, la Virgen, el borrico y los pastores hubiera de acercarse hasta Gregorio el bueno de Pepe Pollos, que Dios tenga en su santa gloria, para decirle al oído, sorprendido y confuso, aquel decir que decía algo así como este dicho: “Jamás había visto yo, por mucho que tenga visto, a un pavo de San José y una Virgen de chocolate”.