Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

viernes, 1 de junio de 2018

De un regalo muy sonado.

     Llevaba demasiado tiempo sin que las excelsas musas de la escritura tuvieran a bien sentarse en mi mesa. Hoy lo hicieron y al parecer algo hubieron de iluminarme porque fui capaz de alumbrar el siguiente parto que , como tantas otras veces, viene a relatar cosas que debieron acaecer en los tiempos de maricastaña. Ojala y les guste. 
  
      Era un aparato metálico, feo a rabiar, antiestético y deslucido. Más como dice el refrán que a borrico regalado nunca has de mirarle el diente, será por ello, que haciendo bueno el dicho, acogí aquel donativo inesperado, como algunas otras cosas que llegaron a mis manos ya usadas y maltrechas, con la ilusión del que jamás estrena nada y todo le es dado ajado, viejo y anticuado. Me estoy refiriendo a un proyector de cine  o al menos eso dijeron aquellos parientes que, como si de un preciado tesoro se tratara, depositaron en mis manos aquella joya de la corona. “Una máquina de cine Maurito, una máquina de cine”, me gritaban en el colmo del alborozo mi madre y la Tía María. ¡Menuda maquina!
      Acompañaba al cinematógrafo una cajita con unas cuantas películas, por llamarlas de algún modo, impresas en papel y unos discos de pizarra que si se caían a los suelos partidos quedaban de inmediato en mil pedazos. Sobre aquel cacharro se montaba una especie de brazo, al igual que en esos gramófonos antiguos que visionamos en las películas de cine mudo, que llevaba en la punta una aguja de considerables dimensiones y así, moviendo una pequeña manivela, el disco giraba emitiendo sonidos ininteligibles como  “quejios” asemejados a lúgubres lamentos de ultratumba. De la visibilidad de la proyección mejor no hablar, porque si difícil era divisar las orejas del elefante Dumbo, más arduo y dificultoso era observar el pico del pato Donald, ya que todo se veía como difuminado y difuso. Era la vida de entonces, la del blanco y negro que hoy recordamos en color en los albores de los 70.
     Proyectaba las imágenes borrosas en la ajada pared del comedor de la casa, donde en el invierno hacia un frio que calaba sin piedad huesos y articulaciones mientras que en el verano un sopor insoportable hacia como que pareciera que estuviésemos sumergidos en una olla de sopa. Mientras, en las paredes, desde un lado y desde el otro, los antepasados de la Tía María me observaban expectantes desde sus sobrios retratos enmarcados en marcos adornados de filigranas que parecían de oro.
     Solía invitar a tan infame sesión de cine a los amigos que por entonces acompañaban mis pasos por la niñez y que debían de ser, ( tampoco lo recuerdo), mi inolvidable Rafa “El Tortero”, Joaquín “El del Casino”, Cesitar “El Breva”, José Antonio “El Tartaja” , Carlos Laguna, hijo de mi querido amigo y maestro Eugenio, y Miguel Ángel Mayoral, nieto de Juan de Dios que era dueño o trabajador, ( también en esto perdí el hilo), del corralón de vacas donde el citado Cesitar hubo de hundirse en mierda hasta la cintura en un hecho que por el solo olor que desprende el referirlo resulta más grato olvidar. Enchufado el aparato a la corriente a la que iba conectado a través de un cable de aquellos que llamaban de textil despeluchado y más viejo que la tos se encendía una bombilla en su interior de escaso voltaje que proyectaba en la pared un rectángulo de luz muy tenue y difuso.

     Colocábamos entonces la película elegida, que como ya he referido era de frágil papel, y en la parte superior el disco correspondiente que debido a los mil usos que llevaba encima estaba cuarteado y roto en diversos trozos que permanecían unidos, en el colmo del buen hacer, por largos trozos de esparadrapo dado que el tesafilm debía de estar aún por inventar. Así, y con todo a punto, daba comienzo la sesión accionando la manivela de hierro que el aparato tenía en la parte derecha y que como puede imaginar el lector emitía el sonido y a su vez la imagen a diversa velocidad según las ganas que tuviera de darle a la misma el “operador” de turno. Sera por ello, y sobre todo porque el monto de las películas era escaso, por lo que más pronto que tarde el susodicho armatoste dio con sus tripas en el camarón, (que era la estancia que se daba a usos diversos en la infame casa de mi infancia), abandonado y como en desahucio mientras nos dábamos, en la pasión por lo novedoso que tanto se da en tan tiernos años, a juegos y recreos en la cochera de camiones del Tío Antonio o entre las piedras que adornaban a falta de asfalto el escaso transitar de la cercana Calle Inmaculada.