Como mandamientos:

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

A veces uno sabe de que lado estar simplemente viendo los que están del otro lado.
Leonard Cohen

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Días de zonga

     

                                          

 

   Siempre fueron de mi gusto las fiestas navideñas, no por el hecho, y esto es punible, de la religiosidad que atesoran y conllevan, sino por la celebración, algarabía y cachondeo que me anticipan de antemano. Debe ser, que a su vez es cosa de herencia, porque mi abuelo Santiago en los difíciles años de la posguerra, cuando el hambre y la necesidad asolaban los cuatro puntos cardinales de la entonces “grandiosa” España, solo necesitaba la lata de hojalata de un envase de aceitunas que le regalaban en la tienda de los Escobones , la piel exigua de un conejo que se había comido otro humano de dos patas y un palo, de no sé qué variedad, criado en las frías solaneras del campo manchego, para fabricar una zambomba con la que dar la tabarra a medio pueblo siendo esta costumbre que cultivó hasta el fin postrero de sus días.

   En estas tierras manchegas se daba mucho, en los tiempos que ahora discurren la cuchipanda poco tiene que ver con la de aquella época relatada, la  conmemoración del día de la Nochebuena y ya desde mi más tierna adolescencia empecé a rememorar con conocidos y amigos la llegada del Mesías en lo que venimos a llamar por estos lares zonga, que no es otra cosa que la junta en reunión, bajo el techo de cualquier cubil, casa o guarida, para comer y beber desde la anochecida hasta los albores del alba. La primera zonga de mi vida, en Valdepeñas más monacales y eruditos llaman a esta juerga maitines, tuvo lugar en la cocina de Juan de Dios, el abuelo de Mayoral, gran amigo de la infancia. Pueden imaginar, les estoy hablando, poco más o menos, del año en que murió el innombrable o lo que es igual del 1975, que con los 14 años por cumplir y en tiempos tan poco dados a  la soltura de vidas y haciendas, advertencias, consejos y avisos primaran en la mente de mis queridos progenitores a la hora de dejar por vez primera al vástago primogénito una noche entera sin control y a su santa bola, aunque bien es cierto que una sola mirada de mi padre era válida y concluyente a la hora de saber, “mu bien sabío” , todo lo relacionado con el camino a seguir en hechos y comportamientos.

  La velada trascurrió a la perfección en aquella primigenia celebración, hasta que alboreando el día y de vuelta a nuestros hogares, el ser primitivo que anidaba dentro del camarada Manolo desató sus fueros incontrolados, llevándole a emular, con detalle y precisión, a los atletas de las olimpiadas que se habían celebrado en Múnich, cuando se puso a saltar sobre los techos de los coches de los señoritos que estaban de parranda en el casino y que había estacionados desde la esquina de las Loritas hasta la puerta de Gloria López, con tal estrepito y algarabía que la llegada de los municipales con Casimiro “El Mella” a la cabeza fue cosa como de coser y cantar. Si algo achacable tiene la vida en el pueblo es que todos son conocidos y a todos se les conoce por lo que el asunto de la identificación de personas y personajes fue cuestión de segundos y la denuncia, en aquellos tiempos no valían excusas y arrepentimientos, se hizo extensiva a todos los integrantes del grupo.

     Ante la gravedad de los acontecimientos relatados, aunque después todo quedó en agua de borrajas, pueden imaginar que la subida por las escaleras de la casa de mi infancia en aquella fría amanecida de Diciembre, se tornase como se dice en el pueblo, asunto de “trago y tragantá”, por la simple razón de dos cuestiones bien diferenciadas. Una, la que me llevaba a rebelarme contra la injusticia de ser acusado del delito no cometido y otra, la que más me escocía en los adentros, que me llevaba a cavilar si los creadores de mis días vendrían a pensar que no era digno merecedor de su confianza.

     En los años que siguieron las celebraciones se trasladaron a los escenarios más variopintos. Desde la casa que en la calle del Marqués de Mudela tenía alquilada Juanito Lázaro,  tendero de renombre y padre de mi amigo Juan Carlos y que en tiempos actuales acoge, entre otros inmuebles, el bar-cafetería Centro donde a veces y cuando puedo degusto sabrosas tapas regadas con botellines fresquitos, hasta la cocina centenaria de la abuela de Virtudes e Isidoro Bravo, protagonista estelar de los Divinos Asuntos. Fue entonces cuando hizo su aparición en escena, venido desde las opulentas tierras catalanas mi amantísimo primo Antonio que era, ahora con los años ha ganado apostura gracias a la dentadura postiza, como un calco aproximado del menos agraciado de los Hermanos Calatrava, aquel que cuando se  ríe  abre la boca de oreja a oreja como un buzón de Correos, y que una vez comprobado el boato festivo con que se celebraba en estos lugares la venida del mesías, aunque también tuvieron que ver las santacruceñas, los cubalibres y el vino, no hubo de faltar durante años, ahora solo aparece en los entierros, a tan especial conmemoración. Y allí, durante aquel tiempo maravilloso de pandilla y enamoramientos, arrobados, escuchando los acordes empalagosos y bellos  de Cat Stevens y las baladas, adoradas por nuestras féminas amadas, de un duo de almíbar llamado Pecos, entre arrumacos y toqueteos, nunca más, pues el solo roce decían que embarazaba, continuamos celebrando Nochebuenas a mansalva.

     Por entonces el fin de año tenía su dosis de apogeo en la discoteca Lord Jim regentada por dos valdepeñeros que se hicieron de oro. Baste decir que al terminar la Nochevieja y aflorando el año nuevo, después de las campanadas, una marea humana inundaba el citado lugar desde la pista de baile hasta los urinarios de la entrada, sembrando de cabezas, efluvios y sudores aquel ambiente enrarecido, mientras eran degustados cubalibres de ginebra y whiskys de garrafón que podían reventar sin compasión al mas “pintao” la mollera.

      Con el paso ineludible del tiempo llegó la noviez y con ella los inolvidables años en que fui titiritero y las celebraciones de tan sagrada festividad se trasladaron a las diferentes sedes en las que fue aposentando sus reales el afamado Grupo Mudela. Fueron primero las extintas escuelas del Jardinillo, donde hoy se encuentra el Centro Médico, lugar de farra y jarana en el que  música y  griterío debía ser medido con cautela, no por el hecho a tener en cuenta de las posibles molestias causadas al vecindario sino por la posible posibilidad de  que dado su estado de avanzado deterioro se nos pudiese, con tanto salto y temblor, derrumbar la casa encima.

     Debido a la apertura de la anteriormente citada discoteca, el añejo Club  Septum , ubicado como sabemos los entrados en años y canas, en la plazoleta de Andrés Cacho entró en un irreversible deterioro llevando esta circunstancia a su irremediable cierre y fue por ello que hubimos de pedir con cautela, sigilo y moderación, no era el alcalde Antonio Cobos hombre de muchos remilgos, que nos fuera concedido este local como lugar de ensayos en nuestro quehacer teatral. Y concedido el deseo, había de ser también aquel icono de celebración festiva y territorio en el que generaciones de santacruceños habían bebido al son de los ritmos acompasados de Queen, Los Rolling Stones  y Peter Frampton , mientras se metían mano oyendo el  Wish You Were Here de Pink Floyd, lugar donde continuar con nuestras farras navideñas volviendo de alguna manera a revivir el vetusto club la vieja gloria vivida en décadas anteriores.

     Mas como no hay bien ni mal que cien años dure, ni cuerpo que aguantarlo pueda, jodióse el invento el día en que nos fue comunicado que, con prisa y sin pausa, habíamos de abandonar el lugar porque su derrumbe era inminente, habida cuenta de que en el mismo solar se iba a edificar la actual Casa de la Cultura y la Biblioteca Municipal. Y de esta manera precipitada nos tienen otra vez, amables lectores, pidiendo, como mendigos de barba rala en la Gran Vía madrileña, nuevamente al alcalde Antonio, para los amigos Camy, nuevo lugar donde desarrollar el oficio del arte y el ensayo, siéndonos concedido después de variados encuentros y encontronazos lo que haber había sido el Bar de Los Revoltosos ubicado en una de las esquinas de la plaza de la villa. Cual nómadas gitanos de la lejana Rumanía volvimos a mudar enseres, trastos, utensilios y bártulos al mencionado lugar donde casi fenezco en plena juventud, aunque esa es otra historia, y una vez emplazados y dispuestos llegaron nuevamente los días en que se canta hacia Belén va una burra y decidimos que era acertado celebrar el repetido nacimiento de la criatura en la nueva sede concedida.

     Aquí fue donde las argucias en cuestiones de sonido hicieron que el amigo Lorenzo, de apellido Molina como el cantante jilguero, dispusiese con plato de discos, mesa de mezclas y casetes varios una artesanal discoteca, mientras este cansino escribidor grababa cintas a discreción, que aún conserva, con canciones del Último de la Fila, Duncan Dhu y los Nacha Pop entre otros muchos olvidados, que mezclados con el Del Sur a Cataluña que cantaba Tijeritas hacían las delicias de los bailones integrantes del grupo, aunque justo es reconocer que llegado el momento culminante y con los efectos de las bebidas y sus compuestos, siempre llegaba la petición clamorosa del pasodoble Islas Canarias, que era bailado por la totalidad de los celebrantes entre tumbos y mareos. En una de estas celebraciones hizo aparición un espécimen de difícil catalogación venido del Castellar de los pucheros integrante de un grupo teatral de aquel perdido lugar y de nombre Aniceto que le daba con fruición al asunto de los porros. Un servidor, que nunca fue dado a este menester, le dio aquel día por fumarse un canuto de parecidas dimensiones a los que con placentero deleite fumaba extasiado Bob Marley en la portada de sus discos y puedo asegurarles que casi perezco en el intento pues la mezcla de los compuestos bebidos con aquel cigarro inmundo extrajo de mis tripas hasta la última papilla que con paciencia y buen hacer habíame dado mi madre en mis días lejanos de criatura ochomesina.

     Casados estamos ya, el tiempo trascurre con premura y sin piedad, y van llegando los primeros descendientes con lo que la fiesta navideña se traslada a la huerta de Fu-Fú que no es chino aunque parecerlo pueda. En aquel lugar acogimos en una de aquellas noches de paz a un argentino pianista con más costras que un galápago y la sabiduría de Einstein, “pa” su prima el pisto, del que nunca supimos procedencia concreta, ocupación, ni destino y que vino a metérnosla doblá como se dice en la villa, pensando que eran pardillos, siendo avezados y listos, estos habitantes de pueblo llano. Allí, al albor del amanecer de un día de navidad, nos pusimos a elaborar churros caseros un servidor y su amigo del alma José Testón . Amasados los ingredientes de manjar tan exquisito, caímos en el detalle de que churrera no había y prestos, siempre fuimos resueltos y de rápidas decisiones, fabricamos un artilugio con una botella de plástico vacía, hicimos un agujero en el tapón y apretando hasta casi la defecación, conseguimos que el harinoso mejunje cayese en el hirviente aceite de la sartén y fue tal el pedo que pegó el compuesto, que pegado quedo en el techo cual perenne estalactita.

     Acercándonos al final puesto que hora va siendo, habremos de decir que todo acaba en la vida y por ello estas añoradas fiestas entre amigos y compañeros han ido tornándose en asunto más recogido y de familia. De esa manera, como bien dice el refrán, cada mochuelo retornó a su olivo y en estos tiempos presentes la llegada del niño Jesús, que comedido me he vuelto, es celebrada con los más allegados y cercanos sin que por ello tenga que faltar el oportuno momento en que aparece por la casa algún antiguo pájaro volandero con quien degustar unas gambitas y un tinto de la tierra, terminando por cantar, por decir algo y poner punto final, el conocido cantar del Hacia Belén va una burra.

 


      



   






jueves, 11 de diciembre de 2014

Una carta de George Carlin



                                   

   Hoy hice mía y le puse voz a la carta que el gran cómico George Carlin escribió poco tiempo después de fallecer su esposa. En ella queda expuesto y desnudo lo que debiéramos hacer y habríamos de desechar, en mi humilde juicio, para andar dignamente por este camino llamado vida. 





                                           
                                       





lunes, 24 de noviembre de 2014

Madre







   
   

     Un día después de irte hacia el país de nunca jamás, con la placidez del deber cumplido y el recuerdo imborrable de tu presencia te recito los humildes versos que te ofrecí con infinito amor y tu recibiste con lágrimas en los ojos. Gracias madre, por todo lo que nos has dado.




                                                      







martes, 4 de noviembre de 2014

Si




Hoy traigo hasta la mesa el poema SI, original de Rudyard Kipling, escritor y poeta británico nacido en la India. La música es de José Luis Encinas y la voz, ya sabéis, la de este calvo de cuat


                 


                                          





martes, 28 de octubre de 2014

Lo que quiero ahora






   De momento sigo por esta nueva senda de las grabaciones. A la espera de que vuelva la inspiración, y mis maltrechas neuronas despierten, he de reconocer que me evade este asunto de grabar audiciones y más aún cuando se trata de plasmar con la voz lo que escrito ha sido por una persona digna e íntegra. Es lo que me parece Ángeles Caso. Y el texto, magistral y maravilloso, lo siento como mío. Si lo tienen a bien, disfrútenlo. 

 


                                           
                                 










jueves, 16 de octubre de 2014

Cuando yo me vaya .











   Un servidor de ustedes, amigos y amigas míos, sigue seco en el asunto de juntar palabras. Por ello, y mientras vuelven las musas de jugar con las musarañas, permítanme que abusando de su eterna condescendencia les siga dando la tabarra con esto de las grabaciones en audio. Matamos el gusanillo y pasamos el rato. Hoy les recito un texto original de Carlos Alberto Boaglio que siento como mío.





                                               
                                 








jueves, 2 de octubre de 2014

Anclados en la memoria

      


       



     


      Cuando llevo un tiempo seco para estos asuntos de la escritura y las musas parecen huir de mi lado despavoridas ha llamado a la puerta la infanta de los lloros  con un relato que me ha conmovido, desde sus adentros, cuerpo y alma. Y por ello, le doy paso y testigo. Porque a sus quince años, me da que promete. Gracias Amparo, porque hasta en los gustos musicales solemos ir de la mano.


      Tenía apenas unos minutos de vida cuando mi madre murió. Lógicamente fue mi parto lo que la convirtió en un despojo más de la tierra. Mi abuela acostumbraba a decirme que dio su vida a cambio de la mía. Yo sin embargo solía pensar que era la culpable de la muerte de mis padres. Papá no había podido soportar el dolor por la pérdida de mamá y había optado por reunirse con ella en el firmamento. Lo sé, esta no es la mejor forma de contar una historia, podría endulzarla, de verdad me encantaría, pero simplemente no sería una versión real. Esta es la realidad.

     18 de Febrero de 2004, el día de mi quinto cumpleaños. La abuela me había preparado una tarta con todo el esmero y cariño que había podido. Sus manos ya envejecidas y temblorosas habían provocado algún que otro desliz sobre la fina capa de chocolate y nata que cubría un bizcocho de limón, pero no importaba, aquellas imperfecciones eran lo que la hacían perfecta. Estaba preparada para soplar una vela con el número 5 que chorreaba más a cada segundo que pasaba. La abuela me detuvo y me dijo que pidiese un deseo. Yo lo hice: Pedí que mamá y papá entrasen en ese mismo instante por la puerta del salón, no llenos de regalos como cualquier niño hubiese deseado. Solo pedí que entrasen. Una mente inocente como la mía no podía pensar que ese deseo jamás se cumpliría. Así que soplé, lo hice tan fuerte como pude poniendo toda mi confianza en aquel deseo que se desvanecería en el aire como el humo de la vela ya apagada…

     Los años han pasado, me encuentro observando una foto de aquel día. Mi abuela, admiro su fortaleza, con su sonrisa gastada por tantas experiencias duras me sostenía en brazos. Paso la página del álbum de fotos que sostengo sobre mis manos. Ahí están mis padres, sonrientes. Mi madre luce un precioso vientre de embarazada; papá la sujeta por los hombros y acaricia el lugar donde mi recién formado cuerpo seguramente reposaba. Los ojos de mi padre son azules, tanto que me recuerdan al mar de Tenerife, sin embargo los de mamá son tan oscuros que parecen engullir todo un universo. Papá alto, mamá bajita, pero tan perfecta a la vez. La abuela siempre decía que era igual que ella. Mi pelo negro enroscado en anchos tirabuzones no dejaba duda alguna de ello. Siempre será mi foto preferida, supongo que se debe a que no tengo otra con ellos. Papá por capricho del destino había de llamarse Marco, siempre pensé que su nombre hacía referencia a aquel personaje de dibujos animados que emprendió una gran aventura en busca de su madre, solo que mi padre había ido en busca de su esposa Alicia; espero que la encontrase en el País de las Maravillas.

     Dejo el álbum de fotos a un lado. Una niña de 5 añitos recién cumplidos acaba de entrar por la puerta, temo por ella, temo no ser lo suficiente buena madre, nunca he conocido muy bien el significado de esa palabra, pero esta pequeña me inspira confianza, la confianza suficiente para conseguir darle todo aquello de lo que yo un día carecí.

     Papá, mamá, gracias por hacerme el regalo más grande de todos, gracias por darme la vida. Siento como si os hubiese quitado la vuestra. Nunca pretendí tal cosa. Os quiero.

 

jueves, 31 de julio de 2014

De la feria cuando niño

   

Como siempre que llegados son estos días de asueto y divertimento, pronto habrán de llegar la feria con las fiestas del lugar, hubieron de pedirme desde las oportunas instancias si me era posible colaborar con algún artículo divagatorio, tan del gusto de este escribidor de poca monta, para la elaboración del acostumbrado libro de festejos, Y la verdad, ya saben los que me conocen que me gusta ser sincero, es que esa nube de apatía que pugna por cubrirme hasta las orejas en estos momentos a punto estuvo de hacer que pasará del asunto como de comer manjar poco apetecido, aunque el verdadero refrán diga otra cosa que prefiero callar. Fue por ello que después de darle vueltas al asunto recordé que en los cajones había un escrito sobre los días en que, de niño, que lejanos empiezan a quedar, disfrutaba con poco de estos días de holganza y divertimento. Y aquí lo tienen. Disfrútenlo si lo tienen a bien y si lo quieren en papel y tinta se pasan por el Ayuntamiento y le piden un ejemplar a quien consideren oportuno. Un gusto y que tengan unas felices fiestas….

      Añoro la feria de antaño. La que en conmemoración de gestas poco recordables comenzaba cada año el 18 de julio, aquella que se ubicaba en la explanada del parque y a la que partíamos como en procesión desde la calle del casino o de Don Máximo Laguna, como gustaba de llamarla mi progenitora, mi padre con su garrota, mi madre muy “repeiná”, mi hermana con sus dos coletas trenzadas y un servidor dando saltos, como si de un muelle se tratara.

  No vaya a pensar el lector que era tarea fácil la de convencer a mi padre para visitar el ferial. Ya hemos dicho, y sabido es, por otros escritos expuestos en este devenir de la escritura al que el escribidor es tan aficionado, que el patriarca de la casa arrastraba desde su época de niño una permanente cojera por lo que fácil es deducir que no le resultara cómodo ni placentero el asunto de tener que desplazarse a patita hasta la otra punta del pueblo, aunque cierto es y hay que decirlo, que una vez puesto en faena y con el regusto de la fiesta  lo dificultoso era emprender el camino de regreso.

   La primera parada era en La Puente, junto a la tienda de Santiaguillo, donde empezaban a estar ubicadas, como en desfile procesional y a lo largo de toda la calle, las casetas de turrón, nidos de insectos de la más variada calaña, y las de los juguetes con mil trastos inservibles que hacían el deleite de los más tiernos infantes. Allí se inauguraba mi rosario de peticiones con la adquisición de un trozo de aquella masa dura, salpicada de almendras, que un tropel de moscas volanderas habían saboreado con deleite y anterioridad sin ningún tipo de compasión; mas no eran estos tiempos de ascos y repugnancias por lo que el dulce sabor del preciado manjar resultaba placentero como maná de los dioses. Así, entre saludos a conocidos y paradas para tomar aire llegábamos al Cortijillo, tasca de reducidas dimensiones, que estaba situada en los bajos del Teatro Cine Santa Cruz, propiedad de Antonio Laguna y de la que mi padre era cliente preferencial por aquello de la cercanía del bar en cuestión con su taller de zapatería. Tomado un refrigerio seguíamos la marcha atravesando el Real de la Feria compuesto por un mar de cacharros, casetas y artilugios. La noria, el látigo, la ola, y el trenillo de La Bruja, en el que trabajaba un elemento que me asustaba arreándome escobazos y cuya cara era calcada a la de Rod Steward, amén de los puestos de algodón dulce que lucía adornado por las motas de tierra que levantaban los pies de los viandantes. La siguiente etapa había de llevarnos a las inmediaciones de la verbena, al regusto y saborcillo de los pinchitos del bar Alaska. ¡Qué decir de tan preciados morunos! y como asegurar a todos aquellos que gozan de menos años y no conocieron esta taberna volatinera que no hubo, habido, ni habrá, carne como la cocinada en sus prodigiosos fogones.

   Imagínense, amigos leedores, que hago como de fotógrafo si les cuento que a lo largo del parque había un rosario de bares con sus sillas abatibles de madera y en ellas aposentaban sus posaderas los sufridos pobladores de la villa. Aquellos, que durante un año interminable, sin vacaciones, fiestas, ni apenas descanso, habían conseguido juntar como tesoro un puñado de pesetas para gastar en las esperadas ferias. Así, el vino corría a raudales y a falta de urinarios, retretes, letrinas y excusados, era al cobijo de los árboles del parque, donde cada cual a su manera realizaba sus más estrictas necesidades.

   Terminada, y siguiendo con el relato, la estancia en el bar Alaska y llegados en fraternal y familiar paseo al final del  parque de Sales Córdoba ,así se llamaba entonces el hoy llamado Municipal, era momento de probar suerte en las casetas de tiro, practica en la que mi padre era avezado y muy diestro, por lo que siempre lograba algún muñeco sin fuste o un paquete de cigarros del que llamaban Palmitas y del que también decían, de eso me enteré más tarde, que era el tabaco que fumaban las mujeres de mal vivir. A la vuelta y por costumbre, era llegado el momento en que mi progenitor había de dar una vuelta en los coches eléctricos, que por aquellos entonces eran para mi asunto muy temido y respetado en tanto que se decía y comentaba que fallecimientos y hasta electrocuciones habían acaecido en aquellos autos que recuerdo negros como pájaros de mal agüero. Adivinaran entonces los lectores que, con perdón, el acojonamiento que me entraba mientras sentado iba en aquella premonitoria silla eléctrica era de padre y muy señor mío, motivo por el cual era imposible gozar y disfrutar de los viajes con sus choques en cuestión.

  Mi gozo, deleite y satisfacción venía a continuación, cuando con una ficha en la mano me dirigía al coche del Santo, héroe televisivo de éxito muy celebrado que interpretaba Roger Moore, en el carrusel de caballitos y autos de la familia Mena. Allí, dando vueltas sin ton ni son me sentía cual héroe peliculero imaginando hazañas, aventuras y proezas en el espacio escaso de unos minutos, los que tardaba en marcar la salida y parada de la atracción la bella Ana, que años más tarde se convertiría en la esposa del amigo Arturo Piña. En esta etapa del festivo deambular tocaban siempre riñas, discusiones y altercados, pues imbuido como estaba de tan procelosas gestas imaginativas, era dificultosa la tarea de hacer que bajase del automóvil y volviese a la cruda realidad terrena. Y puedo asegurarles que ni la vista de las famélicas fieras del circo Roma, que aposentaba sus reales cruzando la carretera en los terrenos de Fernando Castro, podían alegrar mi compungido semblante.

   Los churros con chocolate completaban la última etapa de la estancia en el ferial del que después sin prisas, pero sin pausa, habíamos de emprender el camino de regreso hacia el horno calcinado de la casa de mi infancia con mi padre asegurando que ya estaba bien de feria y un servidor pidiendo y suplicando la benevolencia de un día más de holganza, asueto y divertimento.

 




martes, 22 de julio de 2014

No me llames extranjero.



    


    Llevo un tiempo viviendo de las rentas. Y es por ello que, mientras aclaro cuerpo y espíritu, voy echando mano del baúl de los recuerdos y de algunas cosas que me dio por ir acometiendo cuando tenía las fuerzas justas. Y es ahí donde nacieron estas grabaciones. Unas veces con textos propios y otras, como en este caso, con la aportación escrita de Rafael Amor, de quien es el texto recitado y que también hizo famoso, a su manera y con maestría, Facundo Cabral, un ser humano extraordinario que clamó por la verdad y la justicia hasta que unos desgraciados le cortaron la voz a tiros.

 













sábado, 14 de junio de 2014

Elegía.


 

   Ya saben quienes me siguen que soy algo dado al amontono. Por ello habrán podido comprobar los que van tras las perdidas huellas de este aprendiz de escritor que desde hace tiempo escaso aparece en el margen derecho de esta pobre factoría de escritos un invento más al que he dado en llamar La Taberna del Mangines. Justo será reconocer que llevaba un tiempo dándole vueltas a esto de ponerle voz y alma a escritos propios y ajenos. Y de justicia será también decir que fue mi joven amigo Ricardo Guzmán, no dejen de seguirlo en, pinchen sobre el nombre, Frente al Baluarte, quien me animó, y mucho, en esta nueva aventura. Por ello, y por si aún no la han escuchado, aquí les dejo la Elegía, sutil maravilla, de Miguel Hernández en la voz de este mortal que les escribe acompañado de su buen amigo Joan Manuel Serrat. Escúchenla, si a bien lo tienen, mientras doy forma a una nueva divagación. Queden tod@s con Dios.