Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

jueves, 3 de noviembre de 2011

De médicos, practicantes y parteros.

        En los años en que vine al mundo las mujeres no parían, eran asistidas. Así al menos lo cuenta mi madre, que tuvo la “asistencia”, (… bien parece que habláramos de partido de baloncesto), del doctor Peñin, un médico del pueblo que ella dice que era negro y yo adivino que debiera ser como mestizo o antillano, o lo que es igual de tez tostada y pellejo aceitunado. Ya hemos dicho en otros escritos que aterricé en estos prados de la vida con poco peso y mucho pellejo, motivo sobrado y por el cual, mi abuelo Santiaguillo, del que hablaremos largo y tendido en ocasión venidera, hubo de sentenciar a su hija, que por deducción es mi querida madre, viendo estupefacto lo que había traído al mundo, aquello del “que descansando te habrás “quedao”, hija mía”. Para la misma procelosa vicisitud, seis años después, en su segundo parto, el de mi hermana, también prematura y de pocas carnes, (…solo por aquellos entonces), tuvo una vez más el asistimiento de Carlos Dotor Navarro, partero, practicante y alcalde de la villa para más información de curiosos, fisgones y entrometidos.
     Tenía este buen hombre la consulta en un cuchitril poco espacioso sito en la calle que durante décadas lució por nombre el del fundador de la falange, José Antonio Primo de Rivera y que hoy, pasados aquellos años de victorias y desafueros, vuelve a llamarse por origen y derecho de La Roja, sin que el escribidor recuerde, por olvido o mala memoria, el porqué de tan expresivo nombre. Dicho está que el lugar era de escasas dimensiones, sin que ello fuera óbice e impedimento para que a la hora del caer la tarde, con el sol ocultándose tras la ermita de San Roque, se dieran cita en el lugar todos los que aquejados estaban de padecimientos y dolores que subsanables fueran con cualquier compuesto inyectable. Así, tiernos infantes en brazos de sus madres, esperaban llorosos y compungidos, aquejados de sarampiones, viruelas o varicela, el momento dolorido y penetrante  en que la milagrosa banderilla calmase sus dolores y males, a la vez que igualmente aparecía algún otro que terminadas las cotidianas tareas del trabajo diario asomaba descalabrado o cosido a rajas y rasguños, que presto el citado practicante, entonces no se estilaba la pomposa palabreja que hoy en día les denomina A.T.S, suturaba prestamente con hilos y lañas. También posaban sus reales posaderas en el lugar hombres y mujeres entrados en años; ellos desdentados, cuajados de achaques desde el rabo de la boina hasta la punta de las albarcas; ellas doloridas, quebrantadas por los cotidianos trabajos de la casa, donde fregonas, lavadoras y lavavajillas eran artilugios como de quimera y ensueño.
     No habría de ser este motivo de relevante exposición si no fuera o fuese porque a su vez en la puerta de la calle, remolones y escurridizos, podianse observar briosos jovenzuelos, que nerviosos y como poseídos por el baile de San Vito, paseaban alterados de la puerta a la esquina y viceversa, comentando y susurrando en voz baja, la incontable sentencia que con un dicho afirmaba, (… a ti también te han “enganchao”), esperando el momento y la ocasión de que vaciado quedase el chiringuito de curiosas y chinchorreros, para pasar a ponerse el inyectable , milagroso y curativo que aliviase sus partes, (…palabra con la que se designaba entonces, sin que nunca adivinase  el porqué, a los órganos reproductores de los machos y las hembras), de ladillas y otros bichos parasitarios contraídos en algún chamizo, casa de lenocinio o lupanar de mala vida. Y puedo también, en otro orden de cosas, dar fe y atestiguar que a Carlos Dotor lo ha dotado Dios de unas prodigiosas manos en la reparación de los defectos de fábrica de los viriles miembros masculinos. (… y no diré más, porque a buen entendedor con pocas palabras le bastan).
     Don Juan Amorrich tenía su consulta en la calle Inmaculada, junto a la academia mecanográfica de Parra. Era hombre de gesto serio y sombrero calado, educado y de exquisitas maneras. Sepan los amables lectores para quien de ello no tenga conocimiento, que hablo de los tiempos en que la Seguridad Social estaba todavía como en pañales y aquel que necesitaba los servicios del galeno, para ser curado de apremiante enfermedad o enviado sin pasaje al otro mundo, había de pagar la “iguala” que decían unos o el sello que llamaban otros, que era una cantidad mensual de dinero, estipulada de antemano, para tener acceso a sus servicios. Don Juan se desplazaba por las calles y callejones embarrados del pueblo en un carruaje tirado por un caballo que ponía a su pasar boñigas como platos y era conducido desde el pescante, sorteando y aguantando las inclemencias del feroz clima manchego, con una sola mano por “El Manquillo”, que como su apodo indica era manco y tenía el semblante calcado al de Boris Karloff, actor que se hizo famoso encarnando al monstruo de Frankestein.
     Don Deogracias Mejía era mi médico de cabecera, o  de asuntos varios, y único odontólogo, (… que al menos un servidor recuerde) del pueblo y sus aborígenes en tiempos, en los que justo es recordarlo, poco importaban ortodoncias, empastes y otras reparaciones relacionadas con las dentaduras y sus cuidados. Figúrense, apreciados lectores, que barberos y zapateros hacían las veces de dentistas y era costumbre habitual acudir en busca de su auxilio cuando muelas y dientes dolían a rabiar. Volviendo con Don Deogracias, baste decir que expeditivo y contumaz dejó a este escritor en ciernes, siendo infante tierno y menudo, sin dos de sus piezas molares a las primeras de cambio, cuando sin saber cómo y porque, (…de comer dulces no fue) aparecieron dolores y ennegrecimientos que presagiaban la inminente aparición de caries y podredumbre con sus estragos.
     Tenía la consulta en la calle Real o de Cervantes, justo enfrente de la casa de Toledo y tengo que reconocer que cuando atravesaba la puerta de aquella mansión me sacudían estertores, al llegar a la sala de espera escalofríos bañados en sudores y cuando vislumbraba la silueta del buen hombre dibujada como un cuadro en el marco de la puerta, un deseo vital de echar a correr (… o de salir cagando leches), se apoderaba de mi ser hasta límites insospechados. Era pulcro y elegante, vestía impolutos trajes de impecable corte y confección y zapatos fabricados artesanalmente por mi amantísimo padre en su taller de zapatería, que por lustre y brillantez se asemejaban a espejos.
     Aun siguen vivas en mi recuerdo las mañanas de invierno en que postrado en cama, aquejado de los dañinos estragos que me producían las amígdalas, aparecía enérgico y altivo a realizar su diaria visita, consolando a mi madre que compungida sufría por mi enclenque condición, recitándole el dicho que decía: “No se preocupe María, que quien es fino y no de hambre, es más  duro que el alambre”.
     “ Y cierto debió  ser lo que afirmaba porque hoy, cuarenta años después, continuo por estos lugares y sus inmundos rincones sobrado de aquellos kilos tan añorados antaño”.

14 comentarios:

  1. "la iguala" :), mira tú que nombre más bien puesto...qué será de nosotros cuando olvidemos estos palabros, cuando nadie sepa lo que son ni de donde vienen...

    Un beso, Mauro

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  2. Buenas noches Mauro, acertados, (como todos) tus relatos sobre los médicos y demás figurantes de la noble profesión de Hipócrates en nuestro querido pueblo.
    Tengo constancia en mi desdentada dentadura de los aconteceres del Sr. Mejías, que tal cual lo cuentas, debía tener este Sr. el número dos como algo muy suyo, mas bien diría yo "siniestro", pues dos fueron los molares que también en mi tierna juventud quedaron presos en sus tenazas, y no sé si porque me marché del pueblo, o el miedo que le cogí, -que siempre que pasaba por la calle Real, intentaba por todos los medios cruzarme a la otra acera-, no perdí mas piezas en ese tiempo.
    Ya sabes que en las respuestas no puedo extenderme mucho, pero si quiero que quede constancia de una cosa, anteriormente al citado D. Carlos, ejercía esa misma profesión su padre, Don Mariano en la calle Real, enfrente de la casa de Los Fontes, lo mejor que te decía cuando entrabas, aunque llevases el dedo casi colgando, ¡¡No te quejes, que no es para tanto!! y acto seguido, ¡¡banderilla!!, ¿seria que en esos tiempos todo lo arreglaban con una aguja y un liquido de un color indefinible?.
    Capitulo aparte merecería el bueno de Don Juan, pero esto ya lo expondré en otro tema.
    Un abrazo amigo Mauro, y a seguir adelante con estos temas.
    Pepe
    Pepe

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  3. Mauro yo tambien he pasado por esa consultita de Carlos, no mucho gracias a Dios, pero es algo que recuerdo...
    Leyéndote me doy cuenta de lo mayor que me estoy haciendo, si parece que todo esto pasó ayer...
    Por cierto, que en mi casa todos son "conejillos de indias" en la degustación de recetas, y alguna que otra vez, tambien nuestra bibliotecaria Mise, ha probado y probará mis dulcecitos,je,je. Un saludo.

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  4. No podemos olvidar a otros practicantes de aquella época como Mariano Dotor, "Marianín" para todos que era hermano de Carlos. Este acudía al domicilio, ya que mis padres estaban igualados a él y a sus servicios. Recuerdo la jeringuilla, el alcohol ardiente y el algodón preparado mientras mi madre me buscaba por la casa. En cuanto a los médicos, recuerdo la consulta de D. Alfonso en la Casona de los Martínez del Carnero en la Calle Inmaculada , hoy cerrada y que también era un buen médico.

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  5. A mi también me tocaba, por aquello de la proximidad, los servicios de Marianín, y recuerdo como si de ayer mismo se tratase cuando, apostado en la cama de mis padres, convaleciente de una de aquellas enfermedades como la varicela, o las paperas, esperaba muerto de miedo mientras duraba el protocolo del practicante que consistía en echar alcohol para quemar la aguja, que por supuesto no era desechable y que duraba mientras podía atravesar la carne. Aquel olor a alcohol quemándose, no se me olvidará nunca.
    Ya que no lo has dicho tú, lo diré yo. Carlos te podía operar de fimosis y "fresnillo" si se ponía a tiro. Era un virtuoso sin lugar a dudas.
    Un recuerdo a todos ellos que durante mucho tiempo fueron los que nos guardaban de los males.
    Un beso retorcío.

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  6. No somos pocos los que nacimos con peso escaso,y en condiciones tales,que aquellos médicos parteros dijeron a mi Madre "que no se hiciera muchas ilusiones conmigo".Pero aquí estamos.Gozando de cuanto la madre Naturaleza nos brinda a raudales,en Amor, en Armonía y en la profunda Alegría que de ella emana.Vivo en una especie de bosque,donde acuden colibríes,zorzales,calandrias,gorriones y chingolos cada día y algunos anidan a su antojo.Cordiales saludos.

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  7. @Alma
    Ya tienes otro "palabro" para empezar a construir otra de tus historias, que por cierto bordas de maravilla. Debieramos construir un diccionario con todos estos palabros, para que nunca se perdiesen, pues son genuinos, únicos e irrepetibles. Mi abuelo hacía lo mas dificil que era llamarle al petroleo,"pretoleo". Besos.

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  8. @Cajón de Sastre de Pepe
    Como decimos en el pueblo, Don Deogracias hizo la ricia, y no dejó titere con cabeza. A Mariano padre lo recuerdo con sombrero calado,antiparras en las napias y cara de mala follá, como dicen los sevillanos, mientras nos clavaba la aguja de la vacuna en el colegio de las excelsas Madres concepcionistas. Vacuna que habría de dejarte marcado, como si de toro bravo se tratase, durante el resto de la existencia. Un saludo

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  9. @Las Recetas de Manans
    Por la consulta de D. Carlos han pasado varias generaciones de paisanos, así que no te sientas mayor porque debes pertenecer a la ultima que recibió sus dolorosos rejones. Dime cuando le llevas unos pasteles a la Mise y yo me llevo el café, o el cubata a puerta cerrada y sin fisgones. Un saludo.

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  10. @Anónimo
    Recuerdo, tanto a Don Alfonso, como a Marianín, y no es mi intención olvidarlos. Simplemente me refiero, como con otros muchos temas, a los que tenía mas cercanos. Gracias por asomarte a este portal del recuerdo. Un saludo.

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  11. @José Testón Marín
    Mariano padre tenía fama de bruto, Carlos no le iba a la zaga y Marianin era alumno aventajado. De cualquier manera eran profesionales versátiles que podían ayudar a parir a una parturienta, remendar y coser heridas, curar viruelas y sarampiones y mil ciento cuarenta cosa mas, por decir algo.¡Si sabré yo lo bien que curaba la fimosis, que me dejo "maqueao". Un beso ciezo.

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  12. @Beatriz Basenji
    No sabe como la envidio, querida amiga, por tener la posibilidad de disfrutar de tan paradisíacos lugares. Uno tiene que conformarse con ver el cielo azul en la lejanía y la llanura que se pierde como un mar de tierra en esta manchega tierra del Quijote. Gracias por asomarte a esta ventana. Un beso

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  13. Que memoria tienes Mauro,no se si lo tienes guardao todo esto en un diario o en la memoria pero la verdad es que parece como si los estubiese viendo en este momento, a Dn Juan llevado en su carro por el padre de Tirriti, a Megia a Mariano (padre) a su estirpe al practicante Lara, sus hijos con los cuales fui a la academia de Cacho, y otros que tendria que afinar la memoria para acordarme. Que olor a rancio bueno dejan tus escritos, lamentablemente es lo que queda.

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  14. @Anónimo
    De memoria siempre anduve escaso, sobre todo para lo que me acontece en el presente Y diario, empecé a escribir uno cuando la llegada de Cupido en la tierna juventud me arrebato el corazón de un flechazo, aunque para el relato de estas historias tiene poca validez. Me vienen recuerdos y sin no son nítidos pregunto indiscriminadamente a los que me rodean a la hora de los botellines en los bares y de esa manera vuelve el cerebro a recuperar las neuronas perdidas y las vivencias olvidadas. Luego también está la inventiva que en este asunto juega un papel estelar. Gracias por deternerte en esta posada a beber el dulce vino del pasado, que aunque nos parezca bello, no fue mejor. Un saludo anónimo amigo.

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