Como mandamientos:

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

A veces uno sabe de que lado estar simplemente viendo los que están del otro lado.
Leonard Cohen

martes, 4 de agosto de 2026

Carta a mi madre


 



Al igual que hice con padre hace ya un par de años, hoy quiero rescatarte del olvido, madre. De ese olvido al que la distancia somete a quienes se fueron hace demasiado tiempo, aunque en tu caso, aún toco con la punta de los dedos los últimos años vividos. Esos en los que el puñetero Alzheimer se posó sobre ti como un pájaro negro.

Primero llegaron los pequeños olvidos, los detalles sin importancia aparente; después, las lagunas, las confusiones y las sombras. Y tú, que habías sostenido tantas veces nuestras vidas, comenzaste a perder el hilo de la tuya.

He de confesarte que no me resulta agradable recordarlo porque, por más vueltas que le doy, no logro adivinar una injusticia mayor que la que cometió contigo el ser supremo que fuese, permitiendo que, después de una existencia marcada por el sacrificio y el trabajo, los candiles de tu mente se apagasen, llevando hasta la nada los recuerdos que habían dado sentido a tu vida. Los nombres, los lugares, las fechas y aquellos refranes heredados de los decires del gran Santiaguillo —ese sabio analfabeto que fue tu padre y mi abuelo— comenzaron a desvanecerse como la niebla cuando va asomando el sol.

Aun así, quienes estuvimos a tu lado sabemos que, aunque la memoria la ibas perdiendo, tus miradas y tus emociones se resistían al olvido. El cariño siempre permanecía ahí, oculto bajo la tupida bruma de la enfermedad, impregnando a quienes te rodeaban de la infinita bondad que siempre guio tu existencia.

Y, dicho esto, madre, vamos a olvidarnos de lo malo. Dejemos a un lado los días oscuros y pasemos a recordar los buenos momentos vividos, mientras te voy contando también algunos sucesos que, desde que sacaste el billete de ida para esos lugares a los que todos terminaremos viajando, han ido aconteciendo por estos otros en los que seguimos habitando quienes tanto te echamos de menos.

Vamos al lío.

Tus comidas, madre, por más empeño que le pongo, no consigo ni imitarlas. La carne a la tía Joaquina, aquella sopa de marisco que hacías con pan, gambas y almejas, el brazo de gitano y tantas otras cosas que me hiciste, ¿recuerdas?, apuntar en una libreta que aún conservo, entre manchas de aceite y velos de usagre, como oro en paño, pasaron a mejor vida.

Y eso que ahora, no te lo vas a creer, han inventado una cosa a la que llaman Inteligencia Artificial, que sirve para lo que te dé la real gana. Y te explico por qué. Aunque tú ya conociste los móviles, esto es completamente nuevo. Le puedes decir al cacharro que tienes un calamar, un «puñao» de almejas y gambas, una cebolla, dos ajos y un par de tomates, y te escribe la receta que puedes hacer con tan escasos ingredientes en menos que canta un gallo. Solo es cuestión de ser un poco «apañao», y tú sabes que yo, de siempre, soy de los que me apaño.

Decirte también que ya estoy «jubilao» y habitando el cementerio de elefantes que antecede a ese viaje eterno, que debe ser cojonudo porque nadie vuelve de allí. Por mí, que espere porque, de momento, no tengo intención de comprar pasaje alguno a las alturas.

Quién te iba a decir a ti, que me alumbraste con kilo y cuarto y tardaste un año en sacarme de paseo en el cochecito por la calle Real, por recelo a lo que dirían quienes contemplasen el tamaño del ejemplar, que, sin ayuda de incubadoras, iba a ser capaz de sobrepasar con creces los noventa kilos. Será por la buena crianza, madre, y, tal vez, por los «compuestos» que, con un huevo batido y Quina Santa Catalina, me fabricabais tú y la tía María como «sobrealimentación», porque estaba, como siempre andabais refiriendo, muy «escuchimizao».

Y hablando de la calle Real, madre, ni la reconocerías hoy en día si te dieses una vuelta por ella. En el comercio de Abelardo y, después, de tu apreciado Alfonso Lillo, donde me compraste la «dote» en forma de calzoncillos y camisetas Abanderado, calcetines y demás compuestos, han cerrado la mercería que había y ya es pasto de las telarañas. La tienda de Isaíto y su hermana Gloria lleva siglos habitada por las sombras, mientras el Cine del Pato, que tantas alegrías en forma de películas dio al pueblo santacruceño, fue pasto del derribo y está convertido en un solar.

Aunque también es cierto que se están vendiendo muchas de las casas que llevaban años en venta, madre. Entre ellas, y esto te va a hacer muy poca gracia —y menos a tu hermana Pilar, a la que tendrás ahí al «lao»—, estaba la que fue la casa de tus padres y que tanto trabajo os costó conseguir. Así que, desde aquí, imploro vuestro perdón porque ningún descendiente la quería, se iba deteriorando y hubo que venderla antes de que se cayese a cachos.

Ya te habrá contado padre, porque se lo referí en la carta que le escribí hace un par de años, que la «niña», que en mayo cumplió los cincuenta y nueve, se nos metió a sacristana. Y no veas tú el manejo que se da tocando las campanas y ayudando en misa. Tan preocupada estuviste siempre, madre, por cómo se las iba a apañar cuando tú te fueses, y resulta que vive, que bien merecido se lo tiene, como una reina, haciendo lo que le gusta y le apetece desde que sale el sol hasta el ocaso. Y hasta de excursión se va de una punta a otra de España cuando lo tiene a bien y le viene en gana. Aunque casi sería mejor no haberte dicho nada porque, conociéndote, capaz eres de seguir preocupándote por si le pasa algo. Que ya sé yo que eres como un molino de viento dándole vuelta a las cosas.

Dale un abrazo muy grande a padre y, si está fumando, lo dejas, porque ya estáis los dos en la eternidad y no hay miedo de que, «por culpa del puto tabaco», que siempre decías, se nos vuelva a ir «pal» otro barrio. Y otro a mi cuñada Merce que, conociéndola, y conociéndote, igual habéis «montao» las dos una peluquería allá arriba para peinar a las clientas que os vayan llegando, que ya son muchas.

Y eso, que te sigo queriendo, te echo mucho de menos y permaneces en mi recuerdo cada día, como permanecen las cosas grandes que el tiempo es incapaz de borrar. Un beso muy grande, madre, y hasta que la vida decida que volvamos a encontrarnos. Siempre en mi corazón.