Has llegado hasta el blog de Mauro Navarro Ginés. Un cuaderno de bitácora donde se tratan los asuntos de la vida a través del poso añejo que dejaron los recuerdos sin nostalgias, las cotidianas reflexiones y sus diarios aconteceres. Si gustas, estas en tu casa. Siéntate a la mesa, busca y encontrarás .
Como mandamientos:
sábado, 25 de junio de 2011
Por dignidad
sábado, 18 de junio de 2011
La bicicleta del Breva.
Cesitar “El Breva” tenía la cabeza grande, los ojos saltones y el cerebro de un mosquito. Cesitar montaba una bicicleta de color verde, marca BH, pero tenía arraigado en su mente que aquello era un avión. A Cesitar le gustaba ir a toda velocidad, a toda la marcha que sus pies pudieran imprimir a los pedales mientras hacía ruidos con la boca para parecer un coche. Tal vez por ello un día estuvo a punto de saltarse la tapa de los sesos contra la esquina de Las Loritas que eran dos hermanas de edad indefinible siempre emperifolladas. Todo por una apuesta, por comprobar si era capaz de darle la vuelta al cuarterón en un minuto. Se puso a pedalear y al bajar la cuesta de la Calle de San Marcos frente a la esquina del Casino le faltaron piernas y pies para darle vueltas a los pedales y se estampó contra la pared aunque, como tenía una cabeza del tamaño del Peñón de Gibraltar, solo hubo de lamentar un chichón breve y el deterioro de la rueda delantera del velocípedo que quedó como hecha un ocho.
Cesitar portaba siempre una lechera de latón salpicada de bullones con la que iba a por leche al corralón de Juan de Dios. Nosotros lo invitábamos a que jugase a la pelota mientras uno se escurría y con mano diestra le llenaba el recipiente con ristras de petardos de los que vendía Santiaguillo en su tienda de la Puente. Entonces la lechera empezaba a dar saltos echando humo y a Cesitar se le abrían los ojos con tal desencajamiento que, pareciéndose al Jovencito Frankenstein, y cabreándose hasta límites fuera de los común, salía corriendo detrás nuestro y a quien le echaba el guante le metía una tunda de palos que lo doblaba.
En el corralón de Juan de Dios había, apilado contra la pared, un montón de mierda más alto que el Everest. Un día fuimos a por leche con Cesitar y él, con la decisión que tienen los que piensan poco, aseguró que era capaz de llegar hasta la pared caminando, cual Jesucristo sobre las aguas, sobre el túmulo de excrementos. Nosotros, ángeles ingenuos, le incitamos a que lo hiciera y él, con destreza inusitada, se puso a caminar sobre las deposiciones y poco a poco, como a cámara lenta, fue hundiéndose, como se hunde un león en las arenas movedizas, hasta que quedó cubierto de la mitad para abajo en aquella apestosa inmundicia. Entonces se puso a gritar como si se tratara de Tarzan de los monos y hubo de lanzarle Juan de Dios una cuerda de longitud considerable para sacarlo a rastra y al igual que lo hacen con los toros en las plazas. Al poner los pies en tierra firme se asemejaba a un pájaro estropeado de un tiro apestando por los cuatro costados. Después le acompañamos a su casa con un olor que alimentaba y su madre le pegó una paliza de padre y muy señor mío.
La madre de Cesitar preparaba bocadillos de leche condensada. Cortaba por la punta un bollo de pan tierno, le extraía la miga y lo rellenaba de cremosa leche. Una vez me invitó a degustar aquel compuesto y casi me muero de asco porque al morder el bocadillo empezó a chorrear leche a mansalva y casi fenezco en el intento. La madre de Cesitar emprendía de vez en cuando viaje hasta las tierras de Levante. Quedaba entonces en la mansión al cuidado de su padre, que se apellidaba García y tenía una relojería en la Calle Real o de Cervantes, y de una hermana mayor. A la vuelta de uno de aquellos viajes por la costa levantina encontró la madre la cocina de la casa con tal desbarajuste que el caos que se aventaba parecía emergido de las entrañas de la ferretería del Mortola, de quién habremos de hablar en otra ocasión venidera, mientras reinaba la anarquía en la casa con sus aposentos haciendo que se asemejara al famoso camarote de los hermanos Marx y Cesitar purgaba en la cama, con intensos dolores de tripas convertidos en diarrea, los días pasados en el más absoluto desenfreno culinario. Cesitar veía fantasmas, o al menos así lo creía, cuando contaba que por las noches, oteando a través de los visillos de la ventana, observaba como la vecina atravesaba el patio a la luz de un farol acompañada de seres que para él eran como del otro mundo. Lo que no sabía Cesitar en aquel tiempo es que los fantasmas eran de carne y hueso y la vecina cobraba sus buenos duros por satisfacerlos.
En aquel tiempo de principios de los 70 era Alcalde de la villa Carlos Dotor Navarro, practicante y partero de profesión que hubo de abrir la puerta de este vergel de La Mancha a generaciones enteras de santacruceños, y fue cuando se empezaron a colocar las tuberías de saneamiento en la Calle Inmaculada. Por ello abrieron como en canal la calle entera dibujando una zanja inmensa en el centro de la misma. Llegaron entonces las lluvias otoñales con sus lodos y barros y el cielo se abrió en un torrente de agua convirtiendo la zanja en un rio cenagoso y turbio. Y allí hubo de caer, de cabeza y por el peso, entre gallos y a medianoche, la bicicleta y el Breva con su lechera. Debía de andar como absorto al estar un poco ido y, pensando en la musarañas que eran sus musas, cayó de bruces al hoyo aunque para su bien, y una vez más, solo hubo de lamentar rasguños y moratones.
sábado, 11 de junio de 2011
Del pasado tangible.
Cuando, cada vez con menos intervalos de tiempo,me remonto al lejano discurrir de mi niñez, siempre me vienen a la mente los días, semanas, meses, años en conjunto que pasé siendo tierno infante en Las Virtudes. El transcurso de los veranos, que por aquellos entonces recuerdo tórridos y bochornosos, con un sol que amenazaba con derretir sin piedad las piedras, se me antojan infiernos comparados con los de ahora; evidentemente carecíamos de las excelsas comodidades de hogaño y los aires acondicionados eran artilugios desconocidos y como de otras galaxias.
martes, 7 de junio de 2011
Algunas confesiones nocturnas.
Amo la risa, me encantan las personas que ríen por cualquier cosa,
aquellos que dibujan en su cara una sonrisa ante la adversidad, aunque yo no
pertenezca precisamente a esa estirpe. En cambio, soy un soñador empedernido,
sueño despierto y vivo en Babia y es así como viajo a lugares desconocidos
y sueño con ser lo que nunca fui, ni seré, pero qué más da. Me gusta perdonar,
pues no entiendo la vida sin perdón, al igual que no la comprendo impregnada de
rencor, total pienso, para que odiar si este camino es muy corto. Con los años
estoy aprendiendo a relajarme, a disfrutar de lo pequeño, de las pequeñas cosas
que la mayoría no ve e ignora: la brisa de la mañana, los días soleados, las
tardes de lluvia, en fin, tantos pequeños tesoros. Ahora estoy aprendiendo a
pedir ayuda, aunque nunca me costó demasiado. Es tan gratificante bajar los
peldaños de la escalera de la prepotencia y decirle a una mano amiga: estoy
jodido, échame una mano, no puedo más y en contraposición, colma tanto de
alegría el hacer un favor que cada vez deseo más que me los pidan. Me gusta
expresar lo que siento y ello me acarrea multitud de problemas, porque siempre
carecí de la mesura necesaria que me indique lo que debo decir y por el
contrario aquello que debo callar, y la vehemencia en mis exposiciones me
acarreó problemas y males, pero supongo que así fue y así seguirá siendo, que
le vamos a hacer sí seguiré diciendo lo que pienso.
Dicen que es bueno
romper hábitos, pero a mí me cuesta infinito renunciar a mis preconcebidas
costumbres: los vinitos a tal hora, la charla con los amigos, la dormida
siestecita y leer, ante todo saborear un buen libro. Mi amiga Mise,
bibliotecaria del pueblo ríe cuando le digo que no se puede acometer la lectura
de cualquier cosa. Calcula, le digo, los libros que te quedan por degustar
hasta el fin de tus días y no te saldrán más de trescientos, así que elige con
cuidado porque son miles los que te quedarán por conocer, y millones las cosas
que te quedarán por aprender.
Tengo dos hijos,
que son mis dos soles, Adrián de quince años y Amparo de doce, que a veces como
padre tardío que soy, voy a por los cincuenta, me sacan de mis casillas. Me
enfado, voceo y después me digo, sonríeles, habla con ellos, cuéntales tus
cosas y ellos te contarán las suyas. Me gusta cantar en la ducha, sobre todo y ante todo al Sabina y a
Serrat, en cambio bailar me vino largo, por ello en mis años mozos destrocé la
barra de las discotecas y tal vez por eso, porque acodado en ellas escuchas y
te escuchan aprendí ante todo el arte del palabrerío; reconozco que hablo como
un papagayo y cargo con el sutil defecto, que voy puliendo con los años,
de tener poca capacidad de escucha.
Por
último y antes de decir hasta la próxima, señalar, aun pecando de presuntuoso,
que me encanta recibir un cumplido, esa palabra amiga que dice “esto
querido Mauro, lo bordaste” porque para que engañarnos ¿a quién no le halaga un
halago? y a la vez, quien no se siente satisfecho con un reconocido
agradecimiento, por ello a la vez que me gusta cumplir aquello que prometí y
terminar todo aquello que desee realizar, no entiendo, ni entenderé a todo
aquel que dice que se aburre, porque al menos para mí no existe el aburrimiento
y tengo la fiel certeza de que esa palabra vana está borrada de mi pensamiento,
porque si algo tengo claro en este existir cotidiano es que a lo largo de
mi vida me han de faltar demasiados días para realizar todo lo que quise ver
consumado.
lunes, 30 de mayo de 2011
La veleta y el Botones.
Están absortos.
Contemplativos observan, como elevan a las alturas la veleta que habrá de
ondear en la cúpula del nuevo edificio del Ayuntamiento, el que acaba de
inaugurar en fechas cercanas el presidente de Castilla-La Mancha, José Bono.
Este asunto de la veleta es una cuestión perseguida con denodado encono por el
mencionado Botones. Desde la puesta en marcha del consistorio no ha parado de
insistir al alcalde y concejales que un ayuntamiento sin veleta es como un
jardín sin flores. Así que ante la insistencia del susodicho y sometido el
asunto a debate, se llegó a la conclusión de que la idea era aceptable y presto
se encargó al artesano correspondiente la elaboración del artilugio que habrá
de mostrar, con exacta precisión, de que punto cardinal nos sopla el aire que
corre por los rincones del pueblo y sus moradores.
Terminados pues quedan
en un par de horas los trabajos y ya ondea lozana y bella la veleta contra el
viento, aposentada en las alturas. Así, la cohorte de curiosos que miraban y
comentaban el izado del armatoste se empiezan a encaminar, unos a su casa a
comer el diario sustento y otros menos precipitados al bar, a tomarse unas
cervezas fresquitas. Es entonces, cuando en un aparte, el inventor de la idea,
se dirige a este pobre munícipe para instarle a que brevemente y en corto
plazo, componga una poesía, una oda que glorifique y exalte al aparato
giratorio. En una primera instancia permanezco embelesado, y atónito me
pregunto si será cierto lo que mis sentidos intuyen; la certeza de que este
hombre me pide, quedándose pancho y tranquilo, que me saque de la chistera una
lirica composición al trasto volátil, cual si de una enamorada doncella se
tratara.
Puede imaginar el
lector, que como se suele decir, largas le doy al asunto, a la vez que
argumento la complejidad de la cuestión y así uno por un lado y el otro, por el
contrario, nos damos la despedida y a otra cosa mariposa. Nada que reseñar
habría de no ser porque a la mañana siguiente, al subir la escalinata que
conduce al consistorio, lo encuentro cual guardia suizo a las puertas del
Vaticano, a la espera de mi llegada. Me hace entrega solemne, con explicaciones
y detalles incluidos, de una nota donde esboza y da pinceladas de los hilos
compositivos del poema que haga alabanza a la veleta y haciendo que me sienta
como ratón entre gatos, he de admitir que comprendo que no hay escapatoria, que
no tengo más solución, ni pertinente medida que acometer el encargo con premura
y dedicación, so pena de quedar chiflado, ido y sin solución. Con el paso de
los días nada viene a la cabeza y engañar debo al padre del instrumento,
diciéndole que estoy en ello, cuando las musas huidizas no pasan por mi cabeza.
Han pasado días,
tal vez semanas, cuando observo el diario trajín del pueblo y sus moradores a
través del balcón del consistorio y es entonces cuando traslado mis ojos miopes
a la veleta, que está justo encima de mi cabeza, dándole vida a la idea que
habrá de satisfacer, complacer y hasta gustar al buen amigo Botones.
Mirando desde la altura, el lento pasar del tiempo
viendo como cada día, corre la vida en el pueblo
de como unos se casaron y otros se han ido muriendo
y ahora corren por la plaza, los que hace poco nacieron.
Altiva sobre el tejado, ve conversar a los viejos
de recuerdos y añoranzas, de tiempos que no volvieron
a “ Jaito” recordando, sus tiempos de sartenero
y en la puerta de su casa, mira el “Botones” al
cielo
observando negras nubes, que amenazan aguacero
lluvia sobre los tejados, barro sobre los barbechos.
También contempla altanera, quien llega al
Ayuntamiento
quien sube las escaleras, quien dobla por las esquinas
el Clio del “ Colorin ”, el puro del “Gasolina”
los portales del Mercado, la gente que va a Correos.
Y arriba como un guerrero, luchando contra los vientos
ve pasar parsimoniosos, lentos días discurriendo
el “Patito” con su cine, Javi en la carnicería
Jesús que va a la Campana, Pedro ”El Charreto barriendo.
Al cartero y sus seguros, Isaito y los helados
el Alcalde con el Rover, “Pote” la carne
vendiendo
en el fondo, de un plumazo, la vida yendo y viniendo.
Nacida por el tesón de “El Botones” Ángel Bravo
enclavada en las alturas por Santiago Ruiz “Chipena”
fue creada entre las manos de Andrés Muñoz “Colorin”
siendo Alcalde de la villa, el que apodan “El Bajillo”
estos versos le compuso el nieto de “Santiaguillo".
A quienes sois del lugar poco hay que añadir, porque a todos los reseñados habréis de conocer, aunque algunos tristemente ya nos han abandonado. A los foráneos de la villa, poco habrá de importarles quien es cada cual sin conocerlo; simplemente decir que fue un retrato de lo que vi y también imaginé en aquel momento maravilloso, cuando al fin me vi aliviado de la carga que, sin quererlo, ni buscarlo soportaba. ¡Son las cosas de la vida y sus asuntos!
sábado, 21 de mayo de 2011
Nuevamente a galopar, hasta enterrarlos en el mar.
No olvidan, pues no es cuestión que deban obviar, que sus excelsas personas vivieron más crudos momentos de lucha en la época que les tocó vivir y exponen, con pelos y señales, como no les eran brindadas las oportunidades que aún con las dificultades presentes, ofrecidas son en bandeja a los díscolos manifestantes, mientras entre risas y chanzas comentan, aludiendo claramente a uno de los cabecillas de la revuelta, que no hay nada mas burgués, que un abogado opositando. ( .. no consigo entender el porqué). En estas y otras gilipolleces, andan perdidos, cuando el presentador da entrada a una oyente del programa que dice llamarse Cristina.
Lo que acontecerá a continuación es un brillante alegato a favor de la dignidad del ser humano, a la defensa del sagrado valor de creer en algo, aunque sea tan intangible como la utopía. Serena, reposadamente, con exquisita educación y una oratoria que para ellos quisieran muchos señores diputados, explica como a niños del parvulario, que no solo es gente joven ( … dice tener cuarenta y seis años) quien protesta echándose a la calle. Allí se han congregado todos los que están hartos de la inoperancia de banqueros, políticos, empresarios y otros especímenes pertenecientes a esta caterva, que viven en jaulas de oro, abstraídos en su mundo de acomodadas poltronas. Después, para dar buen remate a la faena, señala que lo verdaderamente vergonzoso es que en un programa de la radio pública, financiada con el dinero de todos, tengan cabida semejantes personas y personajes, mientras les hace ver que no es este, modelo de sociedad que tanto defienden, aquel por el que lucharon padres y abuelos, ese que entre unos y otros, están barriendo de la faz de la tierra, enterrando en el fondo de los mares, valores que eran sagrados.
En honor a la verdad digo, que personas como Cristina, me ayudan a seguir creyendo que no es esta una sociedad muerta; que aún sigue habitando entre los mortales el deseo justo de hacer un mundo mejor. Y digo también que se me remueve el ser cuando veo a esa marea humana unida bajo un mismo lema, que solo viene a pedir que se instaure de una vez por todas la cordura y el entendimiento, para que tanto volandero vividor del cuento chino, ponga los pies en el suelo y tenga clara conciencia del mundo que ofrecen para vivir a la inmensa mayoría de pobladores del suelo patrio, ese que ha pisado, y de que manera Dominique Strauss-Kahn, sacrosanto Dios de las finanzas que debía creerse intocable, siendo, como parece ser, una olorosa flor de estercolero.
lunes, 16 de mayo de 2011
De cines y proyecciones.
En la década de los sesenta el
cine tuvo un auge inusitado. Se pusieron de moda las grandes superproducciones
norteamericanas financiadas por Samuel Bronston que por cuestiones de
presupuesto, eran rodadas en España. Precisaban aquellas películas de
millares de extras, en grandilocuentes escenas de batallas y acontecimientos
que transportaban al espectador hasta las heladas estepas rusas o a los
sangrientos días del Imperio Romano, ignorando este que lo que estaba viendo en
la pantalla eran los campos de Soria y los desiertos de Almería. Los españoles
estaban empezando a salir del túnel que les había mantenido durante décadas
entre el hambre y la desesperanza. Eran los años en que todo el que podía se
compraba un seiscientos y un aparato de radio para seguir los fastos europeos
del Real Madrid. Pero también eran tiempos en que los habitantes de la España
pobre, la de Andalucía, Extremadura y la Castilla llamada La Nueva, tenían que
emigrar hacia otras tierras más prósperas y florecientes como Cataluña y las
provincias a las que el régimen había llamado Vascongadas, donde eran
reclutados como mano de obra barata para desarrollar trabajos infames que no querían
hacer los naturales del lugar.
Y en este
panorama donde la televisión aún no había hecho su aparición y la radio era el
único entretenimiento para evadir tanta miseria, el cine apareció como bálsamo
de Fierabrás, dulcificando el cotidiano discurrir de aquellas vidas anodinas y
sin sentido; llevando ilusiones y esperanzas, haciendo que las gentes evadieran
sus mentes enclaustradas, disponiéndose para viajar por lugares maravillosos a
donde ni siquiera la imaginación podría haberlos transportado. Sus mentes
ignoraban que pudiera existir todo lo que en las películas les era mostrado y
tal énfasis ponían aquellas gentes en su visionado, que era normal observar cómo
aplaudían con deleitación cuando el protagonista besaba a la heroína o silbaban
y abucheaban sin compasión al villano a quien el héroe sometía sin compasión.
En los tiempos en
que discurre esta historia el cine del Pato subsiste contra viento y marea,
pero a caído irremediablemente en el desuso obligado al que lo han remitido las
bajadas de internet y la televisión a la carta. El cine del Pato es inmenso,
destartalado, de una fealdad que hiere y maltrata los sentidos. En el cine del
Pato olía en las tardes del domingo a efluvios de semen y vahídos de menstruo,
salpicados por los eructos que Villena emitía con grandiosa sonoridad mientras
todos los asistentes pelaban pipas con fruición. Eran pipas de Emilio Arias
Salgado, fabricante de Alcázar de San Juan, que vendía Santiaguillo en su
tienda de la Puente. Tiraban las cáscaras al suelo, entonces no había tanta
finura y pulcritud. Después los Patitos las barrían y guardaban para alimentar
la caldera de la calefacción, que se tragaba, cual monstruo de siete cabezas,
lo que le iban echando: cascaras de pipas, recortes de entradas y todo lo que
arder pudiera en aquel horno de Pedro Botero.
El cine del Pato era un local al uso de la
época, descomunal y desvencijado, con setecientas butacas que han
soportado los traseros olorosos de varias generaciones de
santacruceños que deglutiendo bolsas de pipas y maíz tostado, han visto pasar
los días y los años mientras mascaban chicles Bazzoka y bebían gaseosas de La
Prosperidad, visionando las películas de John Whayne y Manolo Escobar.
El Pato era
Ladislao Muela, propietario del local, hombre orondo, de boina calada hasta las
orejas, de grandiosa humanidad y más sordo que una tapia. Ladislao Muela era el
encargado de rajar las entradas que vendía en la taquilla su esposa Eloísa y a
quien todos preguntaban al adquirir su localidad:
¬- Eloísa, ¿Qué tal está la película?
A lo que ella contestaba invariablemente, mientras dibujaba una sonrisa desdentada:
- Al final, muere ella.
De la proyección
se encargaban sus dos hijos, acreditados cámaras que habían obtenido el título
correspondiente en Madrid. Debieron aprender en aquellos inmundos rincones
todo lo pertinente al desarrollo de la publicidad en tan floreciente empresa. Por
ello durante los descansos en la proyección de los largometrajes, que sufrían
cortes innumerables, difundían variada publicidad de locales y comercios del
pueblo. La difusión se hacía a través de cristales donde se escribían con
rotulador los anuncios que después eran colocados en la cámara para su
proyección. Proyección cansina y anodina, que reventaba los nervios de la
concurrencia provocando aburrimiento y cansancio. Así, los pitos y abucheos
nacían y crecían por doquier, mientras la masa iba y venía a la tienda que
estaba situada a la entrada del cine a comprar chucherías y cervezas con las
que matar el tedio y la desgana. En medio de todo este cirio, la concurrencia
entraba y salía, porque la sesión era de carácter continuo, y las linternas de
Manolo y de Chasquillos acomodadores al uso, iluminaban a diestro y siniestro
dejando al descubierto los besos, toqueteos y arrumacos de las parejas que se
asobinaban en las butacas.
El otro cine del
pueblo era el de Antonio y tenía el porte majestuoso desde la misma entrada.
Desde el patio de butacas se podían ver los dos pisos superiores. Uno a la
altura de las máquinas de proyección al que denominaban club y otro en lo más
alto, como perdido en la lejanía, al que llamaban general. Allí, a falta de
butacas, aposentaban sus posaderas en bancos corridos de piedra los que menos
recursos tenían para pagarse la entrada, los muchachos de corta edad que desde
aquellas alturas y amparados por el anonimato disparaban a los de abajo todo
tipo de proyectiles; ya fueran pelotillas de papel, bolsas con cáscaras de
pipas o lo que aún era peor, algún que otro salivazo, denominado vulgarmente
pollo. También se proyectaban las películas en sesión continua y entre
descansos e intermedios, los concurrentes salían a comprar las guijas y
los altramuces que vendía la Ulpiana en un puesto que tenía en la puerta de su
casa, que estaba a la vera del cine.
En el cine de
Antonio prestaban servicio de acomodadores Jesusillo “Lubumba” y el Cata,
además de otros a los que ya no recuerdo y tenían por ineludible deber velar
por el orden y el decoro de aquel lugar en el que había que evitar por todos
los medios sobos, toqueteos y otras manifestaciones que se daban en el hombre,
sometido a la abstinencia, en lugares oscuros y recogidos, cuando está en
compañía de una buena hembra. Antonio Laguna, dueño a la sazón de la sala, era
hombre recto, de ideas firmes y al llegar Semana Santa, durante los días del jueves
y el Viernes Santo suspendía la proyección de películas de todo tipo para
incitar al decoro y el recogimiento de los habitantes de la villa. Era este,
momento que aprovechaba el Patito, mortal de menos escrúpulos, que pensaba que
el negocio es el negocio, para hacer el agosto proyectando películas a mansalva.
En contrapartida, como algo que se escapa al común entendimiento, creo recordar
que fue en el Santa Cruz, que era su nombre originario, donde se empezaron a
proyectar las primeras películas de destape. Aquellas en que Amparo Muñoz y
Nadiuska enseñaron por vez primera a los españoles, como eran un buen par de
tetas visionadas en el cine. Había quien asistía a la proyección de la película
tantas veces, que avisaba a los demás concurrentes de la llegada de alguna
escena de desnudo vociferando: “que ya viene, que ya viene”, alertando a los
asistentes a que afinaran vista y oído para no perder el más mínimo detalle.
Solía ocurrir que en los momentos de máxima tensión quedaba cortada la
proyección al quedar terminados los carburos que suministraban energía luminosa
a la cámara de proyección., liándose entonces una algarabía de mil demonios que
terminaba siempre con la puesta de patitas en la calle de los sujetos
alborotadores. A veces había campañas concertadas entre el propietario del cine
y el distribuidor de gaseosas La Casera y previa presentación de un número
indiscriminado de las fundas de papel que tapaban las bocas de las botellas, se
podía acceder gratuitamente al cine y disfrutar de alguna de las películas que
en la Costa de Sol filmaba Manolo Escobar.
Fue también en el
Santa Cruz donde tuvieron lugar las primeras revistas de destape que llegaron
al pueblo y era de uso común observar, como otros observaban, a los que pasaban
a disfrutar de aquellas maravillosas funciones, donde actrices de poca monta,
procedentes del mundillo del teatro, hacían el agosto enseñándoles las tetas a
todo el que se pusiese a tiro.



