Como mandamientos:

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

A veces uno sabe de que lado estar simplemente viendo los que están del otro lado.
Leonard Cohen

sábado, 25 de junio de 2011

Por dignidad


    La historia pertenece al baúl de la imaginación y tiene su origen en la participación del concurso de narrativa del colegio de Amparo. Había que presentar un relato que versara sobre algo relacionado con la discapacidad y las musas me trajeron a la mente esta narración ficticia. 
     Con ella me despido y os dejo por unos días. Los que estaré bajo el pérfido sol de Torrevieja tostándome  cual hamburguesa en barbacoa playera. A la vuelta lo venden tinto.




      Cae con fuerza la lluvia. El cielo gris, como de plomo derretido, es un manto que parece cubrir el universo. Esta amaneciendo; apenas asoman las primeras luces del alba, cuando como cada día, abrazado a la odiosa manía de un cigarro impenitente, observo a través de la ventana el nacimiento de una nueva alborada. Las ramas de los arboles dibujan imposibles posturas de improvisado contorsionismo, azotadas por un viento que ruge amenazando con desmembrarlas, despedazándolas sin piedad, inmisericorde.
     Rutinariamente, como cada mañana, enciendo el ordenador con el hábito adquirido desde hace tiempo de leer las primeras ediciones de los periódicos matinales. Viajo así, cual mariposa de flor en flor, por la distinta visión que de las mismas noticias tienen distintos diarios. Lo que para uno es blanco, para el otro es negro y de esa manera llego a la clara conclusión de lo fácilmente maleable que es el ser humano, de cómo el hombre puede llegar a ser un lobo para el hombre. En esas divagaciones me encuentro, leyendo noticias de guerras y desastres, pensando lo poco que el ser humano ha aprendido a lo largo de siglos, cuando la puerta se abre y una  silueta se dibuja en la incipiente claridad de la mañana; se acerca, me sonríe y con ternura me besa; cada día, esta sagrada devoción se repite y cada día también, me sale del alma devolverle un te quiero observando como sus ojos rasgados bailan y  trenzan cabriolas de alegría en la mirada.
     Es Beatriz, mi pequeño tesoro, la flor que en este día cumple diez primorosos años. Por ello, atrayéndola hacia mi pecho y dándole un abrazo, le deseo un feliz cumpleaños y entonces, con su innata ingenuidad me pregunta si la quiero y ante mi aparente perplejidad insiste en querer saber si la he querido siempre.
     Diez años antes, otra mañana gris de febrero, el mismo día, -- en estos lugares del norte peninsular, esta época del año es tan bella como desapacible-el agua rompe sin piedad, con inusitada fuerza contra los escarpados acantilados que bordean la sinuosa carretera que une los pueblos costeros con la ciudad. El limpia del coche oscila sin parar a toda velocidad, sin tiempo para eliminar el agua  acumulada en los cristales, mientras el tráfico discurre lento y pausado debido a la adversa climatología. Suena de fondo la voz quebrada y rota de Leonard Cohen desgranando una canción de melancólicos acordes , cuando oigo la conocida sintonía indicadora de una llamada en el móvil,  olvidado dentro del bolsillo de la chaqueta que reposa en el asiento trasero del auto. La llamada no sería motivo de impaciencia e intranquilidad si Patricia, mi esposa, no hubiese quedado en casa soportando un embarazo que se acerca a su octavo mes. Por ello, sin dudarlo, abandono la carretera en el primer parking de hotel que encuentro, en el preciso instante en que vuelve a sonar el teléfono y oigo entre sollozos contenidos, la  voz asustada de Patricia, pidiéndome con insistencia que emprenda el camino de vuelta. Ahorraré detalles que se suponen entendidos sobre la impaciencia y tardanza del regreso, pues habrá de pasar algo más de una hora hasta que los servicios de urgencia de un hospital cercano a casa, preparen lo que parece ser sin duda la inminencia de un prematuro parto.
     Transcurren segundos que se tornan minutos y minutos que pasan a ser horas interminables; en estos lugares parece que el discurrir del tiempo en su conjunto se detiene y la vida ha de pasar por obligación a ser un asunto de forzada paciencia. Al caer la tarde la sala de espera ha quedado vacía y un sopor traducido en somnolencia me invade, cuando una enfermera me golpea suavemente en el brazo para indicarme que haga el favor de seguirla. El despacho, mejor decir habitáculo, al que me conduce es austero,  tan sobrio y feo que hiere los sentidos. Sentado detrás de una mesa, sobre la que no reposa nada, hay un hombre de mediana edad que dice ser el cirujano que atendió a Patricia durante el parto.  
      Todas las profesiones cuentan con impresentables, con indecentes que no se distinguen por su bondad en el trato, por tener mesura, y prudencia;  vanidosos y henchidos de orgullo, desde su trono dictan sentencias inapelables sin que les tiemble el pulso, sin el más mínimo apego o empatía a la humana sensibilidad de la victima sobre la que cae su dictamen. Este personaje de bigote plateado y pelo encanecido pertenece a esa ralea. Como si se tratara de algo repetido mil veces hace un retrato sobrio y escueto de cómo fue el parto, indicando que tanto la madre como la niña están en perfecto estado, con la única y desafortunada salvedad de que la pequeña, mi hija, parece padecer síndrome de Down; sentencia rotunda, veredicto final.
     No sé si el mundo se difumina o se desvanece, si se esfuma o se rompe como una taza de porcelana en mil pedazos, cuando como un sonámbulo encamino mis pasos hacia la calle. Me acoge el silencio, la sordina de una noche negra como la boca de un lobo y una vez más la sempiterna lluvia. Como perdido vago por los alrededores del hospital y las lagrimas caen de mis ojos cual manantiales de sal destilada en rabia. No lo merezco; pienso y me digo que no merezco este destino y en ese momento siento como en mi interior nace un sentimiento de repudio, de desprecio y repulsión por ese ser que acaba de nacer.  
     Es algo que se me clava dentro como un puñal, como una marca indeleble grabada en la piel a fuego y no soy consciente de que esta brutal penitencia habrá de acompañarme todos los días de mi existencia. Los años habrán de pasar y con ellos, el discurrir de la vida es sabio, habré de darme cuenta de que las adversidades son obstáculos que una vez salvados engrandecen a quien los sufrió y el ser humano supera los infortunios hasta límites que el mismo desconoce y presupone de antemano inaguantables.
     Po ello hoy, diez años después, acierto a pensar y entiendo, que las dificultades añadidas de Beatriz me han ido engrandeciendo como persona, que sus logros se han convertido en victorias que celebro con desmedida pasión. Porque esos logros son altas montañas, desiertos inmensos que habrá de cruzar y salvar, para poder llegar a conseguir lo mismo que los demás, porque siempre habrá algún ser denominado humano, que careciendo de sentimientos,  verá en su lucha algo baldío e inútil, que no valorará su esfuerzo, que considerará que es un lastre para la sociedad, sin ser consciente de que nadie sabe lo que le espera a la vuelta de la esquina.
     Por ello también, le hago sentir una vez más que la quiero, que caminaré a su lado ante la adversidad y que mi mano tendida será una prolongación de la suya durante todos los días de mi vida. 

sábado, 18 de junio de 2011

La bicicleta del Breva.

     

     Cesitar “El Breva” tenía la cabeza grande, los ojos saltones y el cerebro de un mosquito. Cesitar montaba una bicicleta de color verde, marca BH, pero tenía arraigado en su mente que aquello era un avión. A Cesitar le gustaba ir a toda velocidad, a toda la marcha que sus pies pudieran imprimir a los pedales mientras hacía ruidos con la boca para parecer un coche. Tal vez por ello un día estuvo a punto de saltarse la tapa de los sesos contra la esquina de Las Loritas que eran dos hermanas de edad indefinible siempre emperifolladas. Todo por una apuesta, por comprobar si era capaz de darle la vuelta al cuarterón en un minuto. Se puso a pedalear y al bajar la cuesta de la Calle de San Marcos frente a la esquina del Casino le faltaron piernas y pies para darle vueltas a los pedales y se estampó contra la pared aunque, como tenía una cabeza del tamaño del Peñón de Gibraltar, solo hubo de lamentar un chichón breve y el deterioro de la rueda delantera del velocípedo que quedó como hecha un ocho.

     Cesitar portaba siempre una lechera de latón salpicada de bullones con la que iba a por leche al corralón de Juan de Dios. Nosotros lo invitábamos a que jugase a la pelota mientras uno se escurría y con mano diestra le llenaba el recipiente con ristras de petardos de los que vendía Santiaguillo en su tienda de la Puente. Entonces la lechera empezaba a dar saltos echando humo y a Cesitar se le abrían los ojos con tal desencajamiento que, pareciéndose al Jovencito Frankenstein, y cabreándose hasta límites fuera de los común, salía corriendo detrás nuestro y a quien le echaba el guante le metía una tunda de palos que lo doblaba.

     En el corralón de Juan de Dios había, apilado contra la pared, un montón de mierda más alto que el Everest. Un día fuimos a por leche con Cesitar y él, con la decisión que tienen los que piensan poco, aseguró que era capaz de llegar hasta la pared caminando, cual Jesucristo sobre las aguas, sobre el túmulo de excrementos. Nosotros, ángeles ingenuos, le incitamos a que lo hiciera y él, con destreza inusitada, se puso a caminar sobre las deposiciones y poco a poco, como a cámara lenta, fue hundiéndose, como se hunde un león en las arenas movedizas, hasta que quedó cubierto de la mitad para abajo en aquella apestosa inmundicia. Entonces se puso a gritar como si se tratara de Tarzan de los monos y hubo de lanzarle Juan de Dios una cuerda de longitud considerable para sacarlo a rastra y al  igual que lo hacen con los toros en las plazas. Al poner los pies en tierra firme se asemejaba a un pájaro estropeado de un tiro apestando por los cuatro costados. Después le acompañamos a su casa con un olor que alimentaba y su madre le pegó una paliza de padre y muy señor mío.

     La madre de Cesitar preparaba bocadillos de leche condensada. Cortaba por la punta un bollo de pan tierno, le extraía la miga y lo rellenaba de cremosa leche. Una vez me invitó a degustar aquel compuesto y casi me muero de asco porque al morder el bocadillo empezó a chorrear leche a mansalva y casi fenezco en el intento. La madre de Cesitar emprendía de vez en cuando viaje hasta las tierras de Levante. Quedaba entonces en la mansión al cuidado de su padre, que se apellidaba García y tenía una relojería en la Calle Real o de Cervantes, y de una hermana mayor. A la vuelta de uno de aquellos viajes por la costa levantina encontró la madre la cocina de la casa con tal desbarajuste que el caos que se aventaba parecía emergido de las entrañas de la ferretería del Mortola, de quién habremos de hablar en otra ocasión venidera,  mientras reinaba la anarquía en la casa con sus aposentos haciendo que se asemejara al famoso camarote de los hermanos Marx y  Cesitar purgaba en la cama, con intensos dolores de tripas convertidos en diarrea, los días pasados en el más absoluto desenfreno culinario. Cesitar veía fantasmas, o al menos así lo creía, cuando contaba que por las noches, oteando a través de los visillos de la ventana, observaba como la vecina atravesaba el patio a la luz de un farol acompañada de seres que para él eran como del otro mundo. Lo que no sabía Cesitar en aquel tiempo es que los fantasmas eran de carne y hueso y la vecina cobraba sus buenos duros por satisfacerlos.    

      En aquel tiempo de principios de los 70 era  Alcalde de la villa Carlos Dotor Navarro, practicante y partero de profesión que hubo de abrir la puerta de este vergel de La Mancha a generaciones enteras de santacruceños, y fue cuando se empezaron a colocar las tuberías de saneamiento en la Calle Inmaculada. Por ello abrieron como en canal la calle entera dibujando una zanja inmensa en el centro de la misma. Llegaron entonces las lluvias otoñales con sus lodos y barros y el cielo se abrió en un torrente de agua convirtiendo la zanja en un rio cenagoso y turbio. Y allí hubo de caer, de cabeza y por el peso, entre gallos y a medianoche, la bicicleta y el Breva con su lechera. Debía de andar como absorto al estar un poco ido y, pensando en la musarañas que eran sus musas, cayó de bruces al hoyo aunque para su bien, y una vez más, solo hubo de lamentar rasguños y moratones.


     




sábado, 11 de junio de 2011

Del pasado tangible.


      Cuando, cada vez con menos intervalos de tiempo,me remonto al lejano  discurrir de mi niñez, siempre me vienen a la mente los días, semanas, meses, años en conjunto que pasé siendo tierno infante en Las Virtudes. El transcurso de los veranos, que por aquellos entonces recuerdo tórridos y bochornosos, con un sol que amenazaba con derretir sin piedad las piedras, se me antojan infiernos comparados con los de ahora; evidentemente carecíamos de las excelsas comodidades de hogaño y los aires acondicionados eran artilugios desconocidos y como de otras galaxias.
   La siesta era asunto de pijama,orinal y padrenuestro,que diría Camilo José Cela,o dicho de otra manera cuestión que había que tomar con calma y sin precipitación.Cuando observo,en nuestros presentes tiempos, las prisas con que nos movemos los actuales pobladores del planeta, esbozo una sonrisa y recuerdo la vida de antaño, sin colesterol ni triglicéridos y eso que no soy de los que piensa como Jorge Manrique que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero campaba la tranquilidad y el stress, tan usual en el actual vivir cotidiano, era asunto desconocido y la vida discurría placentera, botijo de agua fresca a la sombra resguardado y sartén de gachas con torreznos en la lumbre cocinada. 
     Digo que era entonces, en aquellos años que perdidos parecen en la memoria de los tiempos, cuando aprendí a amar este paraje manchego; los veranos ya os he dicho como eran; los otoños llegaban inmisericordes una vez que pasaba el 8 de septiembre, día de la patrona, que marcaba con la exactitud de un reloj suizo el comienzo de las clases, la vuelta a las añejas aulas del saber franquista, a las sonoras hostias sin consagrar, que nos daban de regalo en el colegio de las madres concepcionistas. 
     La semana era larga y el aprendizaje arduo, pero llegado el viernes, viajaba en el pequeño utilitario de Antonio Laguna, un seiscientos gris con el techo negro, por la serpenteante carretera camino de Las Virtudes y no puedo evitar ,cuando han pasado mas de cuarenta años, recordar en blanco y negro aquel tiempo, dedicarle unos minutos del placentero presente, porque yo no quiero volver en la máquina del tiempo hasta aquella época perdida en la memoria, aunque digan algunos pertinaces agoreros, que mientras disfrutan de los beneplácitos que nos da el presente, que con Franco se vivía mejor, digo yo y clamo por que se cumpla, el que alguien los devuelva por periodo indefinido a esa epoca ancestral, donde a falta de cuartos de aseo hacíamos las necesarias necesidades entre pollos y gallinas y limpiábamos nuestras posaderas con hojas manuscritas de papel de periódico atrasado.






martes, 7 de junio de 2011

Algunas confesiones nocturnas.




Esta semana de duelo y quebranto toca meter la mano en el saco del recuerdo. Como este escrito es de los primeros que paridos fueron, presupongo que unos lo habrán olvidado y otros no lo conocerán. Mientras acuden las musas en mi socorro aquí queda.


    

 

    Amo la risa, me encantan las personas que ríen por cualquier cosa, aquellos que dibujan en su cara una sonrisa ante la adversidad, aunque yo no pertenezca precisamente a esa estirpe. En cambio, soy un soñador empedernido, sueño despierto y vivo en Babia y es así como viajo a lugares desconocidos y sueño con ser lo que nunca fui, ni seré, pero qué más da. Me gusta perdonar, pues no entiendo la vida sin perdón, al igual que no la comprendo impregnada de rencor, total pienso, para que odiar si este camino es muy corto. Con los años estoy aprendiendo a relajarme, a disfrutar de lo pequeño, de las pequeñas cosas que la mayoría no ve e ignora: la brisa de la mañana, los días soleados, las tardes de lluvia, en fin, tantos pequeños tesoros. Ahora estoy aprendiendo a pedir ayuda, aunque nunca me costó demasiado. Es tan gratificante bajar los peldaños de la escalera de la prepotencia y decirle a una mano amiga: estoy jodido, échame una mano, no puedo más y en contraposición, colma tanto de alegría el hacer un favor que cada vez deseo más que me los pidan. Me gusta expresar lo que siento y ello me acarrea multitud de problemas, porque siempre carecí de la mesura necesaria que me indique lo que debo decir y por el contrario aquello que debo callar, y la vehemencia en mis exposiciones me acarreó problemas y males, pero supongo que así fue y así seguirá siendo, que le vamos a hacer sí seguiré diciendo lo que pienso.

   Dicen que es bueno romper hábitos, pero a mí me cuesta infinito renunciar a mis preconcebidas costumbres: los vinitos a tal hora, la charla con los amigos, la dormida siestecita y leer, ante todo saborear un buen libro. Mi amiga Mise, bibliotecaria del pueblo ríe cuando le digo que no se puede acometer la lectura de cualquier cosa. Calcula, le digo, los libros que te quedan por degustar hasta el fin de tus días y no te saldrán más de trescientos, así que elige con cuidado porque son miles los que te quedarán por conocer, y millones las cosas que te quedarán por aprender.

 

     Tengo dos hijos, que son mis dos soles, Adrián de quince años y Amparo de doce, que a veces como padre tardío que soy, voy a por los cincuenta, me sacan de mis casillas. Me enfado, voceo y después me digo, sonríeles, habla con ellos, cuéntales tus cosas y ellos te contarán las suyas. Me gusta cantar en la ducha, sobre todo y ante todo al Sabina y a Serrat, en cambio bailar me vino largo, por ello en mis años mozos destrocé la barra de las discotecas y tal vez por eso, porque acodado en ellas escuchas y te escuchan aprendí ante todo el arte del palabrerío; reconozco que hablo como un papagayo y cargo con el  sutil defecto, que voy puliendo con los años, de tener poca capacidad de escucha.

 

     Por último y antes de decir hasta la próxima, señalar, aun pecando de presuntuoso, que me encanta recibir un cumplido, esa palabra amiga que dice  “esto querido Mauro, lo bordaste” porque para que engañarnos ¿a quién no le halaga un halago? y a la vez, quien no se siente satisfecho con un reconocido agradecimiento, por ello a la vez que me gusta cumplir aquello que prometí y terminar todo aquello que desee realizar, no entiendo, ni entenderé a todo aquel que dice que se aburre, porque al menos para mí no existe el aburrimiento y tengo la fiel certeza de que esa palabra vana está borrada de mi pensamiento, porque si algo tengo claro en este existir cotidiano es que  a lo largo de mi vida me han de faltar demasiados días para realizar todo lo que quise ver consumado.



 


    

lunes, 30 de mayo de 2011

La veleta y el Botones.




     

     El munícipe en esta ocasión no está sentado en el despacho. Muy al contrario, se encuentra en la plaza del pueblo acompañado del alcalde José Antonio y de Cecilio que es el aparejador, el técnico experto en obras y construcciones. Les acompaña a su vez Ángel Bravo, a quien todo bicho viviente en el pueblo apoda Botones, en honor, cree el escribidor entender, a largos años de oficio en los asuntos administrativos y de oficina, donde empezó siendo un muchacho y terminó jubilándose.

     Están absortos. Contemplativos observan, como elevan a las alturas la veleta que habrá de ondear en la cúpula del nuevo edificio del Ayuntamiento, el que acaba de inaugurar en fechas cercanas el presidente de Castilla-La Mancha, José Bono. Este asunto de la veleta es una cuestión perseguida con denodado encono por el mencionado Botones. Desde la puesta en marcha del consistorio no ha parado de insistir al alcalde y concejales que un ayuntamiento sin veleta es como un jardín sin flores. Así que ante la insistencia del susodicho y sometido el asunto a debate, se llegó a la conclusión de que la idea era aceptable y presto se encargó al artesano correspondiente la elaboración del artilugio que habrá de mostrar, con exacta precisión, de que punto cardinal nos sopla el aire que corre por los rincones del pueblo y sus moradores.

    Terminados pues quedan en un par de horas los trabajos y ya ondea lozana y bella la veleta contra el viento, aposentada en las alturas. Así, la cohorte de curiosos que miraban y comentaban el izado del armatoste se empiezan a encaminar, unos a su casa a comer el diario sustento y otros menos precipitados al bar, a tomarse unas cervezas fresquitas. Es entonces, cuando en un aparte, el inventor de la idea, se dirige a este pobre munícipe para instarle a que brevemente y en corto plazo, componga una poesía, una oda que glorifique y exalte al aparato giratorio. En una primera instancia permanezco embelesado, y atónito me pregunto si será cierto lo que mis sentidos intuyen; la certeza de que este hombre me pide, quedándose pancho y tranquilo, que me saque de la chistera una lirica composición al trasto volátil, cual si de una enamorada doncella se tratara.

     Puede imaginar el lector, que como se suele decir, largas le doy al asunto, a la vez que argumento la complejidad de la cuestión y así uno por un lado y el otro, por el contrario, nos damos la despedida y a otra cosa mariposa. Nada que reseñar habría de no ser porque a la mañana siguiente, al subir la escalinata que conduce al consistorio, lo encuentro cual guardia suizo a las puertas del Vaticano, a la espera de mi llegada. Me hace entrega solemne, con explicaciones y detalles incluidos, de una nota donde esboza y da pinceladas de los hilos compositivos del poema que haga alabanza a la veleta y haciendo que me sienta como ratón entre gatos, he de admitir que comprendo que no hay escapatoria, que no tengo más solución, ni pertinente medida que acometer el encargo con premura y dedicación, so pena de quedar chiflado, ido y sin solución. Con el paso de los días nada viene a la cabeza y engañar debo al padre del instrumento, diciéndole que estoy en ello, cuando las musas huidizas no pasan por mi cabeza.

     Han pasado días, tal vez semanas, cuando observo el diario trajín del pueblo y sus moradores a través del balcón del consistorio y es entonces cuando traslado mis ojos miopes a la veleta, que está justo encima de mi cabeza, dándole vida a la idea que habrá de satisfacer, complacer y hasta gustar al buen amigo Botones.

 

                                                                  

Mirando desde la altura, el lento pasar del tiempo

viendo como cada día, corre la vida en el pueblo

de  como unos se casaron y otros se han ido muriendo

y ahora corren por la plaza, los que hace poco nacieron.

Altiva sobre el tejado, ve conversar a los viejos

de recuerdos y añoranzas, de tiempos que no volvieron

a “ Jaito” recordando, sus tiempos de sartenero

y en la puerta de su casa, mira el  “Botones” al cielo

observando negras nubes, que amenazan aguacero

lluvia sobre los tejados, barro sobre los barbechos.

También contempla altanera, quien llega al Ayuntamiento

quien sube las escaleras, quien dobla por las esquinas

el Clio del “ Colorin ”, el puro del  “Gasolina”

los portales del Mercado, la gente que va a Correos.

Y arriba como un guerrero, luchando contra los vientos

ve pasar parsimoniosos, lentos días discurriendo

el  “Patito” con su cine, Javi en la carnicería

Jesús que va a la Campana, Pedro ”El Charreto barriendo.

Al cartero y sus seguros, Isaito y los helados

el Alcalde con el Rover,  “Pote” la carne vendiendo

en el fondo, de un plumazo, la vida yendo y viniendo.

Nacida por el tesón de “El Botones” Ángel Bravo

enclavada en las alturas por Santiago Ruiz “Chipena”

fue creada entre las manos de Andrés Muñoz “Colorin”

siendo Alcalde de la villa, el que apodan “El Bajillo”

estos versos le compuso el nieto de “Santiaguillo".

 

 A quienes sois del lugar poco hay que añadir, porque a todos los reseñados habréis de conocer, aunque algunos tristemente ya nos han abandonado. A los foráneos de la villa, poco habrá de importarles quien es cada cual sin conocerlo; simplemente decir que fue un retrato de lo que vi y también imaginé en aquel momento maravilloso, cuando al fin me vi aliviado de la carga que, sin quererlo, ni buscarlo soportaba. ¡Son las cosas de la vida y sus asuntos!




sábado, 21 de mayo de 2011

Nuevamente a galopar, hasta enterrarlos en el mar.

     
   La tertulia se desarrolla en Radio Nacional. Los tertulianos, en un ambiente distendido y relajado, comentan con una nota de sarcasmo el eco de las protestas que en la Puerta del Sol madrileña y en las plazas de otras ciudades del suelo patrio, están apoyando millares de españoles bajo el lema contundente que dice: DEMOCRACIA REAL, YA. Los señores enunciados disertan y opinan, (es cosa que suelen hacer habitualmente y hasta el empalago en todas las cadenas de radio y televisión que tengan a bien pagarles por escuchar sus repetitivas disertaciones), sobre algo que, a todas luces, así lo intuye el escribidor de estas líneas, les viene largo y como de pasada y que gustarían a buen seguro de obviar, si no fuese porque es noticia de primera plana. Piensan, y así lo exponen y comentan, que el asunto en cuestión será flor de un día, asunto banal y pasajero que se habrá de esfumar como el humo en el olvido.

   No olvidan, pues no es cuestión que deban obviar, que sus excelsas personas vivieron más crudos momentos de lucha en la época que les tocó vivir y exponen, con pelos y señales, como no les eran brindadas las oportunidades que aún con las dificultades presentes, ofrecidas son en bandeja a los díscolos manifestantes, mientras entre risas y chanzas comentan, aludiendo claramente a uno de los cabecillas de la revuelta, que no hay nada mas burgués, que un abogado opositando. ( .. no consigo entender el porqué). En estas y otras gilipolleces, andan perdidos, cuando el presentador da entrada a una oyente del programa que dice llamarse Cristina.

   Lo que acontecerá a continuación es un brillante alegato a favor de la dignidad del ser humano, a la defensa del sagrado valor de creer en algo, aunque sea tan intangible como la utopía. Serena, reposadamente, con exquisita educación y una oratoria que para ellos quisieran muchos señores diputados, explica como a niños del parvulario, que no solo es gente joven ( … dice tener cuarenta y seis años) quien protesta echándose a la calle. Allí se han congregado todos los que están hartos de la inoperancia de banqueros, políticos, empresarios y otros especímenes pertenecientes a esta caterva, que viven en jaulas de oro, abstraídos en su mundo de acomodadas poltronas. Después, para dar buen remate a la faena, señala que lo verdaderamente vergonzoso es que en un programa de la radio pública, financiada con el dinero de todos, tengan cabida semejantes personas y personajes, mientras les hace ver que no es este, modelo de sociedad que tanto defienden, aquel por el que lucharon padres y abuelos, ese que entre unos y otros, están barriendo de la faz de la tierra, enterrando en el fondo de los mares, valores que eran sagrados.

   En honor a la verdad digo, que personas como Cristina, me ayudan a seguir creyendo que no es esta una sociedad muerta; que aún sigue habitando entre los mortales el deseo justo de hacer un mundo mejor. Y digo también que se me remueve el ser cuando veo a esa marea humana unida bajo un mismo lema, que solo viene a pedir que se instaure de una vez por todas la cordura y el entendimiento, para que tanto volandero vividor del cuento chino, ponga los pies en el suelo y tenga clara conciencia del mundo que ofrecen para vivir a la inmensa mayoría de pobladores del suelo patrio, ese que ha pisado, y de que manera Dominique Strauss-Kahn, sacrosanto Dios de las finanzas que debía creerse intocable, siendo, como parece ser, una olorosa flor de estercolero.



 







                            
                        








lunes, 16 de mayo de 2011

De cines y proyecciones.





    


   

  En la década de los sesenta el cine tuvo un auge inusitado. Se pusieron de moda las grandes superproducciones norteamericanas financiadas por Samuel Bronston que por cuestiones de presupuesto, eran rodadas en España. Precisaban aquellas películas de millares de extras, en grandilocuentes escenas de batallas y acontecimientos que transportaban al espectador hasta las heladas estepas rusas o a los sangrientos días del Imperio Romano, ignorando este que lo que estaba viendo en la pantalla eran los campos de Soria y los desiertos de Almería. Los españoles estaban empezando a salir del túnel que les había mantenido durante décadas entre el hambre y la desesperanza. Eran los años en que todo el que podía se compraba un seiscientos y un aparato de radio para seguir los fastos europeos del Real Madrid. Pero también eran tiempos en que los habitantes de la España pobre, la de Andalucía, Extremadura y la Castilla llamada La Nueva, tenían que emigrar hacia otras tierras más prósperas y florecientes como Cataluña y las provincias a las que el régimen había llamado Vascongadas, donde eran reclutados como mano de obra barata para desarrollar trabajos infames que no querían hacer los naturales del lugar.

      Y en este panorama donde la televisión aún no había hecho su aparición y la radio era el único entretenimiento para evadir tanta miseria, el cine apareció como bálsamo de Fierabrás, dulcificando el cotidiano discurrir de aquellas vidas anodinas y sin sentido; llevando ilusiones y esperanzas, haciendo que las gentes evadieran sus mentes enclaustradas, disponiéndose para viajar por lugares maravillosos a donde ni siquiera la imaginación podría haberlos transportado. Sus mentes ignoraban que pudiera existir todo lo que en las películas les era mostrado y tal énfasis ponían aquellas gentes en su visionado, que era normal observar cómo aplaudían con deleitación cuando el protagonista besaba a la heroína o silbaban y abucheaban sin compasión al villano a quien el héroe sometía sin compasión.

     En los tiempos en que discurre esta historia el cine del Pato subsiste contra viento y marea, pero a caído irremediablemente en el desuso obligado al que lo han remitido las bajadas de internet y la televisión a la carta. El cine del Pato es inmenso, destartalado, de una fealdad que hiere y maltrata los sentidos. En el cine del Pato olía en las tardes del domingo a efluvios de semen y vahídos de menstruo, salpicados por los eructos que Villena emitía con grandiosa sonoridad mientras todos los asistentes pelaban pipas con fruición. Eran pipas de Emilio Arias Salgado, fabricante de Alcázar de San Juan, que vendía Santiaguillo en su tienda de la Puente. Tiraban las cáscaras al suelo, entonces no había tanta finura y pulcritud. Después los Patitos las barrían y guardaban para alimentar la caldera de la calefacción, que se tragaba, cual monstruo de siete cabezas, lo que le iban echando: cascaras de pipas, recortes de entradas y todo lo que arder pudiera en aquel horno de Pedro Botero.
      El cine del Pato era un local al uso de la época, descomunal y desvencijado, con setecientas butacas que han soportado los traseros olorosos de varias generaciones de santacruceños que deglutiendo bolsas de pipas y maíz tostado, han visto pasar los días y los años mientras mascaban chicles Bazzoka y bebían gaseosas de La Prosperidad, visionando las películas de John Whayne y Manolo Escobar.

  El Pato era Ladislao Muela, propietario del local, hombre orondo, de boina calada hasta las orejas, de grandiosa humanidad y más sordo que una tapia. Ladislao Muela era el encargado de rajar las entradas que vendía en la taquilla su esposa Eloísa y a quien todos preguntaban al adquirir su localidad:

¬- Eloísa, ¿Qué tal está la película?

 A lo que ella contestaba invariablemente, mientras dibujaba una sonrisa desdentada:

- Al final, muere ella.

  De la proyección se encargaban sus dos hijos, acreditados cámaras que habían obtenido el título correspondiente en Madrid. Debieron aprender en aquellos inmundos rincones todo lo pertinente al desarrollo de la publicidad en tan floreciente empresa. Por ello durante los descansos en la proyección de los largometrajes, que sufrían cortes innumerables, difundían variada publicidad de locales y comercios del pueblo. La difusión se hacía a través de cristales donde se escribían con rotulador los anuncios que después eran colocados en la cámara para su proyección. Proyección cansina y anodina, que reventaba los nervios de la concurrencia provocando aburrimiento y cansancio. Así, los pitos y abucheos nacían y crecían por doquier, mientras la masa iba y venía a la tienda que estaba situada a la entrada del cine a comprar chucherías y cervezas con las que matar el tedio y la desgana. En medio de todo este cirio, la concurrencia entraba y salía, porque la sesión era de carácter continuo, y las linternas de Manolo y de Chasquillos acomodadores al uso, iluminaban a diestro y siniestro dejando al descubierto los besos, toqueteos y arrumacos de las parejas que se asobinaban en las butacas.

  El otro cine del pueblo era el de Antonio y tenía el porte majestuoso desde la misma entrada. Desde el patio de butacas se podían ver los dos pisos superiores. Uno a la altura de las máquinas de proyección al que denominaban club y otro en lo más alto, como perdido en la lejanía, al que llamaban general. Allí, a falta de butacas, aposentaban sus posaderas en bancos corridos de piedra los que menos recursos tenían para pagarse la entrada, los muchachos de corta edad que desde aquellas alturas y amparados por el anonimato disparaban a los de abajo todo tipo de proyectiles; ya fueran pelotillas de papel, bolsas con cáscaras de pipas o lo que aún era peor, algún que otro salivazo, denominado vulgarmente pollo. También se proyectaban las películas en sesión continua y entre descansos e intermedios, los concurrentes salían a comprar las guijas y los altramuces que vendía la Ulpiana en un puesto que tenía en la puerta de su casa, que estaba a la vera del cine.

  En el cine de Antonio prestaban servicio de acomodadores Jesusillo “Lubumba” y el Cata, además de otros a los que ya no recuerdo y tenían por ineludible deber velar por el orden y el decoro de aquel lugar en el que había que evitar por todos los medios sobos, toqueteos y otras manifestaciones que se daban en el hombre, sometido a la abstinencia, en lugares oscuros y recogidos, cuando está en compañía de una buena hembra. Antonio Laguna, dueño a la sazón de la sala, era hombre recto, de ideas firmes y al llegar Semana Santa, durante los días del jueves y el Viernes Santo suspendía la proyección de películas de todo tipo para incitar al decoro y el recogimiento de los habitantes de la villa. Era este, momento que aprovechaba el Patito, mortal de menos escrúpulos, que pensaba que el negocio es el negocio, para hacer el agosto proyectando películas a mansalva. En contrapartida, como algo que se escapa al común entendimiento, creo recordar que fue en el Santa Cruz, que era su nombre originario, donde se empezaron a proyectar las primeras películas de destape. Aquellas en que Amparo Muñoz y Nadiuska enseñaron por vez primera a los españoles, como eran un buen par de tetas visionadas en el cine. Había quien asistía a la proyección de la película tantas veces, que avisaba a los demás concurrentes de la llegada de alguna escena de desnudo vociferando: “que ya viene, que ya viene”, alertando a los asistentes a que afinaran vista y oído para no perder el más mínimo detalle. Solía ocurrir que en los momentos de máxima tensión quedaba cortada la proyección al quedar terminados los carburos que suministraban energía luminosa a la cámara de proyección., liándose entonces una algarabía de mil demonios que terminaba siempre con la puesta de patitas en la calle de los sujetos alborotadores. A veces había campañas concertadas entre el propietario del cine y el distribuidor de gaseosas La Casera y previa presentación de un número indiscriminado de las fundas de papel que tapaban las bocas de las botellas, se podía acceder gratuitamente al cine y disfrutar de alguna de las películas que en la Costa de Sol filmaba Manolo Escobar.

  Fue también en el Santa Cruz donde tuvieron lugar las primeras revistas de destape que llegaron al pueblo y era de uso común observar, como otros observaban, a los que pasaban a disfrutar de aquellas maravillosas funciones, donde actrices de poca monta, procedentes del mundillo del teatro, hacían el agosto enseñándoles las tetas a todo el que se pusiese a tiro.