Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

martes, 31 de agosto de 2010

... en blanco y negro

    El día en que murió Franco, el cielo lloró lagrimas de alegría. Llovía copiosamente sobre la tierra y el agua golpeaba con fuerza el suelo de calles que durante décadas habían recorrido pisadas huidizas; almas en pena, llenas de resentimiento que vieron por fin como una débil luz asomaba por la ventana de la esperanza. Para otros muchos las lágrimas sabían a sal y quemaban como el fuego. Arrastraban a sus espaldas años de prepotencia y orgullo.
     Aquella mañana, el autobús de Alfonso Clemente Lietor llegó puntual como cada día a su cita con todos los que íbamos a gastar el tiempo muerto en Valdepeñas. Nada más subir a aquel cacharro inservible, que nos transportaba como ganado entre un infierno de chapas y ruido, sonó la quejumbrosa voz de un hombre que se haría famoso, al menos para mí, por tener unas orejas terminadas en punta, que se asemejaban a las que exhibía en una vieja película en blanco y negro, un vampiro llamado Nosferatu. Se llamaba Carlos Arias y tenía el revelador apodo de “carnicerito de Málaga”. Era presidente del gobierno y compungido por la pena, estaba comunicando al pueblo, que el vigía del faro que había alumbrado cuarenta años de vida a los españoles había dejado de existir aquella noche de noviembre.
Corría el año 1975 y una nueva generación de adolescentes imberbes empezábamos a estudiar en los institutos de Valdepeñas. Éramos aquellos que muchos años atrás iniciamos la andadura de la Enseñanza General Básica instaurada por el franquismo para hacer olvidar las viejas academias donde con jarabe de sangre y palos las letras iban entrando.

     La academia de Cachito estaba en la calle Inmaculada y yo creo que Dios existe porque extendió su mano para que no pusiese mis pies en ella. Andrés Cacho era orondo, bestia como una mula y badilas de braseros, varetas de las olivas y correajes de cualquier cuero, eran en su mano útiles que manejaba con mano diestra abriendo cabezas, rompiendo clavículas o partiendo brazos a diestro y siniestro. Desde la calle Inmaculada, donde jugábamos a las bolas los menores, se podían oír los lamentos y las quejas de todos los desdichados que caían en sus manos. Allí, sobre la acera, estaba la rejilla del sótano de la academia y la desbordada imaginación infantil que entonces poblaba de pájaros nuestras mentes vírgenes de otros problemas y preocupaciones, aseguraba, pasando la afirmación de unos a otros, que la cueva de Cachito estaba llena de muertos, de todos aquellos a los que él castigaba a pasar días y noches sin fin en el interior de aquella cueva donde habitaban animales y bichos de toda condición y tamaño y arrojando piedras al interior de la misma asegurábamos sin ningún tipo de dudas que los ruidos sordos y secos que se oían al caer estas al suelo eran producidos al chocar contra los féretros que poblaban aquellas oscuridades y que túneles larguísimos salían bifurcándose por cientos de galerías que conducían a la Iglesia, al cerro de San Roque y a cientos de casas a través de todas las calles del pueblo.

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