Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

martes, 3 de agosto de 2010

Manuel

La primera vez que le vi me pareció un hombre triste,  taciturno, sombrío. Sobre las tres de la madrugada observé a través de los monitores que vigilan el exterior del restaurante que un camión acababa de parar en la explanada y poco después un hombre se acercó a la puerta y yo accioné el mando a distancia que levanta la reja protectora. El hombre pasó, emitió un leve saludo de cortesía y acto seguido se detuvo a mirar en la vitrina donde están los alimentos con los que noche a noche y año tras año  preparo algún bocadillo ocasional o plato combinado a cualquier viajero despistado que no se acordó de cenar. No recuerdo que pidió, pero una vez servido, comió sin articular palabra mientras yo continuaba con mi diarios quehaceres de limpieza; después pidió un café, me pagó y se despidió con un adiós y a otra cosa mariposa; hasta aquí todo normal y cotidiano.


     Solo ocurre que la misma escena se repitió unos días después y no sé muy bien porque ni como, logre entablar conversación con él; me contó que era de un pueblo de la provincia de Granada y algunas cosas más, banales y de poca importancia pero con las que pude intuir que era una persona con un vacio enorme. Las visitas se repitieron periódicamente y poco a poco  le mostré confianza y él me abrió su corazón, ávido de cariño y comprensión como el capullo de una flor abandonada.


     Manuel, que así quiero pensar que aun se llama, era un hombre abatido por la depresión y el desencanto. Vivía solo, en una vieja casa heredada de sus padres, después de una separación caótica y un divorcio rozando el desastre. Tenía dos hijos a los que veía de tarde en tarde y ni por ellos albergaba ilusión de seguir viviendo y me conto desde su tristeza y abatimiento que había pasado dos largas temporadas ingresado en un psiquiátrico; en aquel momento se sostenía gracias a la ingente cantidad de antidepresivos que diariamente tomaba. Cuando le pregunté por la que había ido su esposa cambió radicalmente su semblante y comprendí que del amor al odio hay un camino muy corto. Dijo que le había abandonado porque carecía del status suficiente para relacionarse con las nuevas amistades que había empezado a conocer después de aprobar sus oposiciones de maestra y dicho a bote pronto era un florero que incomodaba en las reuniones, una inmundicia que no podía presentar en sociedad.


     Le continúe viendo durante algún tiempo y hablando de nuestros gustos y aficiones, pude comprobar que coincidíamos en demasiadas cosas. La última vez que estuve con el le vi desmejorado y vacio; había pasado el fin de semana metido en la cama, sin más compañía que su sombra y sus recuerdos. Le regale un disco, grabado en mp3, donde le había seleccionado una pila de canciones de Dylan, Cohen, Supertramp y otros muchos que sabía que le apasionaban. Salí con él a la puerta, le di un apretón de manos y vi como partía a lomos de su camión. Desde entonces no he vuelto a verle, pero sí recuerdo que lo último que me dijo es que no tenía fuerzas para seguir viviendo y yo quiero pensar que no se ha ido, que se está recuperando de sus batallas perdidas, de sus heridas sin cicatrizar. A mí me dejó con la incertidumbre de no saber que ha sido de él y la impotencia de no haber sabido que hacer para ayudarle.



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