Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

jueves, 1 de noviembre de 2012

Del abuelo Santiaguillo...


   Mi abuelo materno portaba para su identidad el hispano nombre del patrón de la patria hispana, Santiago para más pelos y señas, aunque todos en el pueblo le llamaban  Santiaguillo. Era hombre a quien siempre acompañaba la boina calada en la cabeza  que, en los años en que a su lado anduve, empezó a volverse gris como el plomo y quedó surcada a ambos lados por prominentes entradas. También acarreaba la cualidad de ser dicharachero, chistoso, ocurrente y tan amante de los refranes, que para cada asunto de la vida, para todo momento en cuestión, guardaba el dicho, el proverbio y la máxima adecuada.
     Su sabiduría en las cuestiones de la vida era amplia. Todo debido a los avatares de los tiempos vividos que le hicieron agrandar sus conocimientos, extensos y profundos para una persona que ignoraba el arte de leer y el oficio de escribir a límites que bien quisieran hoy poseer muchos versados con tres carreras. Trabajó durante buena parte de su vida en una de las casas pudientes del pueblo, perteneciente a un hacendado terrateniente, en la que obtuvo como premio, después de décadas de trabajo y  llegada  la hora de su ansiada jubilación la carencia del derecho a pensión alguna por los servicios prestados, pues aquel digno señor no tuvo a bien pagar  un solo duro al Seguro Social por sus servicios. Eran tiempos, que en algo se empiezan a asemejar  a los que vivimos, en que los patronos se hacían ricos a costa del sudor de sus criados, a los que vejaban y explotaban hasta la saciedad por un salario miserable e inmundo. Pero ello no era óbice para que Santiaguillo pasase por la vida con alegría. Y como siempre, les cuento.
     Siempre refirió mi madre, cual perenne letanía, que en los virulentos tiempos que siguieron a la guerra civil, en la década de los cuarenta, cuando escaseaban  alimentos y ropas. y las enfermedades asolaban a toda la pobre gente que vivía por estos parajes, siendo el hambre compañera diaria del discurrir cotidiano, como solía llegar su progenitor a la humilde morada en la que cobijaba a sus cinco hijos en la calle del Membrillo, con transeúntes de cualquier tipo y pelaje a los que encontraba en la calle, ofreciéndoles asilo y lo poco que tenía, con el consiguiente enfado de su mujer, mi desconocida abuela Benigna, que al final de la guerra le aconsejaba, según contaban, que gastara las escasas pesetas que ahorradas tenían porque no iban a servir después para nada. Y para  nada sirvieron, al menos entre la gente pobre, cuando Franco y su tropa de miserables ganaron la civil contienda; para nada que no fuese otra cosa que hacer cuadros, que era lo que siempre contestaba el abuelo que harían con ellas si tal ocasión llegaba. Y es que era bueno de solemnidad, amigos y amigos míos, pero mas “agarrao” que un chotis.
     Llegada la Navidad, unos días antes de la Nochebuena, era para él rito sagrado, acercarse al monte a coger unos palos secos y rectos, procedentes de no sé qué árbol o planta, que acompañados con una piel de conejo, puesta a secar muchas semanas antes, le servían para convertir una lata de tomate de cinco kilos en  sonora zambomba. Contaban también que era aquella una costumbre que arrastraba a lo largo de toda una vida y hasta hace pocos años aun había testigos como Manolo Piña que podrían atestiguar las juergas y cachondeos que se montaban tocando y cantando villancicos con aquel artesanal instrumento entre vasos de limoná.
     Santiaguillo dejó a su estirpe una herencia singular. Todos hablamos por los codos. Mi madre habló y conversó siempre, ahora, por desgracia, ya está en declive, aunque tuviera cuarenta de fiebre y le temblara el pulso con sus constantes vitales y un servidor, como digno descendiente,  nació casi con la palabra en la boca; en cambio para andar necesité años y días, debido tal vez, a mi consabida condición de ochomesino. Ya hemos dicho y volvemos a decir, por si algunos no lo recuerdan, que fue el abuelo quien después de visitar a su hija tras el parto, con kilo y cuarto, de este escribidor de poca monta, quien dejo sentado el dicho aquel que decía el “que descansando te habrás quedao hija mía”  
     Viajaba el abuelo, con carro y mulas, frecuentemente a la Casa del Yerro y solía hacerlo en soledad, salvo en una ocasión que anduvo el camino amparado de otro que tenía fama de hablar tanto o más que él. Empezaron pues a recorrer kilómetros y comenzó Santiaguillo con su plática, sin cesar el discurso en un solo momento. ¡Cuál no sería el ritmo de la disertación, que cuando estaban a punto de llegar a su destino, aquel que le acompañaba no tuvo más remedio que suplicar: “Santiago cállese usted un rato  y déjeme a mí que hable, que si no reviento”!
     Según tengo entendido, la madre del pudiente para quien trabajaba se arrojó al pozo y nadie tenía el arrojo suficiente para bajar al fondo a sacarla, hasta que el abuelo, atado a una cuerda, armado de vela y palmatoria, consiguió atarla para que la izasen a la superficie. La elevaron en varias ocasiones y volvió a caer a las profundidades; así cuando estaban a punto de sacarla, volvió a soltarse, arrastrando en su caída a Santiaguillo que exclamó desde el fondo de los avernos: “Me cago en la leche puta, ni muerta me vas a dejar tranquilo”. Son anécdotas, cuestiones y vivencias que perduran en boca de las gentes de estos lugares y que se comentan a través del paso del mucho tiempo transcurrido formando parte del anecdotario popular.
     Eran también los años en que multitud de circos de poca monta, visitaban los pueblos de toda España, ofreciendo espectáculos de categoría más que dudosa y condición precaria. Arribó pues, algún día de finales de los sesenta, a este pueblo y sus contornos El Circo de Tarugo, una  tramoya de trashumantes que solía aposentar sus reales en la explanada del parque. Poco después la villa, con sus calles y callejones, se llenó de voces que a los cuatro vientos, anunciaban que en fechas muy próximas iba a tener lugar un grandioso espectáculo al que podían asistir niños, adolescentes, jóvenes, adultos y viejos, pues era de tan variado entretenimiento, aseguraban, que haría el deleite de las personas de cualquier edad y condición. Y así fue como ocurrió que el abuelo Santiaguillo acudió presto en mi socorro ofreciéndose a acompañarme, con premura y en primera línea, al visionado de tan inusitado acontecimiento. Llegado el ansiado día emprendimos los dos el camino hacia el parque, donde estaba instalado el circo en cuestión, que de circo tenía poco, porque carpa no ostentaba; solo estaban allí aposentados al lado de un circulo de herrumbrosos  bancos de vetusta madera donde los espectadores se iban sentando, unos cuantos vehículos desvencijados, junto con una caravana comida por la cochambre, donde aquellas pobres gentes debían pasear sus avatares a lo largo y ancho del territorio español.
     Llegado el momento sonó la música y empezaron a desfilar los artistas con toda la dignidad que su condición les permitía, pero con más mugre que el cerrojo de la cuadra de un cochino. Los payasos, magos, malabaristas y  titiriteros eran escasos y fueron apareciendo ante mis ojos estupefactos mientras el espectáculo empezaba a discurrir con más pena que gloria, pues a nadie se le ocultaba que aquello tenía poco de entretenimiento y así, cuando el hastío empezaba hacer acto de presencia con bostezos, pedos y suspiros anunciaron, como gran acontecimiento de tan celebrada noche, que en breves instantes tendría lugar un clamoroso acontecimiento taurino e inmediatamente, apareció ante nuestros asombrados ojos, un tío cobrizo y como abetunado, gitano para más señas, vestido con un traje de luces que por sus remiendos y raspaduras, había debido pertenecer a Frascuelo en sus comienzos. Sonó un clarín o algo que se le parecía y salió de la caravana, que como pueden imaginar hacía las veces de chiquero, un animal que parecía parecer un toro, pero que no era otra cosa, que dos de aquellos infelices metidos dentro de un trapo negro con lo que debiera ser la cabeza de un animal que supimos que era vacuno por los cuernos que portaba y al que después de darle unos cuantos pases de frente y de lado, de pie y a porta gayola dieron muerte simulada, desatándose el clamor y las ovaciones de los presentes que como dice el refrán, hubieron de pensar que a falta de pan, buenas podían ser  tortas. En mitad de la lidia, y con la res pataleando la tierra, pasaron por entre el público con unos platos de hojalata pidiendo la voluntad, que por estas tierras se llama al dar lo que cada uno estime oportuno. Ni que decir tiene que el ardor por depositar algo en el plato era más bien escaso, pero también era cierto que aquellos pobres, poco ofrecían, pero con menos se conformaban.
     Terminada la fiesta, todos fueron levantando sus reales traseros de los asientos y encaminándose entre chanzas y comentarios a sus respectivas moradas. Y en esas andábamos el abuelo y un servidor, cuando atravesando la explanada de la calle, que entonces era de Calvo Sotelo y hoy de Castelar,  arremetió contra las posaderas de Santiaguillo, lo que pareció ser otro toro salido del fondo de los infiernos, pero que no era otra cosa que un muchacho, que en el éxtasis de lo visto creía haberse convertido en astado. Salió el abuelo como por un resorte disparado, yendo a dar con toda su humanidad en el suelo. Al levantarse, arañazos y rasguños surcaban su cara; las manos llenas de sangre, boina por un lado, chaqueta de pana por el otro, y la boca, ¡Dios mío la boca!, expeliendo sapos y culebras contra los autores de aquel desaforado acto, que huían como perseguidos por el diablo. Salieron a relucir madres, se acordó de  los padres sin saber su nombre y a los venerados santos del cielo, incluido digo yo que San Pascual Bailón, les debieron de silbar los oídos aquella noche memorable. A la procesión que siguió después no le hicieron falta nazarenos, ni banda de música que animara el cotarro porque tuvo su propia salsa. Mi abuelo, que como un ciclón caminaba delante, echaba y derribaba contra todo lo que le venía a la cabeza. Se corrieron  cerrojos y hubo puertas que se abrieron a nuestro paso. Asomaron las cabezas de las gentes, que semiocultas entre las cortinas de las ventanas con asombro preguntaban: “¿Qué le ha pasado a usted Santiago?”, mientras él seguía caminando, conjurando e invocando a los antedichos, sin hacer el menor caso y yo contestaba una y otra vez: “Que lo ha “pillao” el toro, que lo ha “pillao” el toro”.                                      
       Así continuamos en doloroso cortejo por la calle de San Sebastián, llegamos hasta La Puente y finalmente enfilamos, con los dichos y hechos acrecentados la que dedicada está al Capitán Casado rumbo a la casa de mi infancia, que estaba y está, en el número siete de la calle de Don Máximo Laguna. Llegados a la intersección con la de Cervantes ya se percató mi madre, que por ser verano estaba tomando el fresco sentada en uno de los balcones, de que algo raro había ocurrido, pues las voces e improperios de su padre no dejaban lugar para la duda. Abrieron la puerta de la calle y subimos las escaleras entre quejidos y lamentaciones, hasta que llegados a una terraza que en el lugar había, donde mitigábamos con supina paciencia los ardores del caluroso verano con el botijo a la vera y encontrándose en ella mi padre y la tía Pilar, hija también del susodicho, no tuvieron mejor ocurrencia que partirse el espinazo a carcajadas viendo el estado de deterioro en que llegaba el ilustre prócer. Aquello fue la gota que colmó el vaso y la garrota de mi padre, del que ya dijimos que era cojo, a punto estuvo de partir, de no ser puesta a buen recaudo, el espinazo de la anteriormente citada.
       Cuando te aproximas al pueblo, desde cualquier dirección, siempre se divisa  lejana la enorme mole de tierra a la  que en estos lugares llamamos Cabezuela. Su nombre real es Molino de Viento o al menos así se puede comprobar en los mapas topográficos del Ejército del Aire. Debe ese nombre a que en tiempos pasados, cuando la electricidad aun no había llegado a estos recónditos lugares, la tarea de la molienda de cereales se hacía cada temporada en un molino que había en ese cerro. Subían hasta allí entre sufrimientos, las caballerías con los carros transportando su carga. Con el paso de los años llegaron las obras del ferrocarril y todos los terrenos de la Cabezuela que están orientados a Torrenueva y que eran propiedad de su hacendado jefe fueron utilizados como cantera para la extracción de tierras y allí fue a dar con sus huesos el abuelo Santiaguillo.
Contaba que marchaba todos los días antes  del anochecer y que volvía ya bien entrada la mañana. Con frecuencia, recibía la visita de gentes de mala fe, que subían hasta aquel lugar en las alturas durante las largas madrugadas del invierno con la única intención de alojarle el miedo en el cuerpo, otras en cambio llegaba buena gente en busca de cobijo y compaña. Eran tiempos en que la electricidad estaba poco presente y tenía que pasar noches enteras a la luz escasa de los candiles, guardando el material y los explosivos que eran utilizados en la cantera.
     Uno de los últimos quehaceres que le recuerdo al abuelo fue el reparto de sacos de carbón, que entonces se utilizaba para cocinar en las casas, en un carro de madera tirado por una mula, propiedad de un hombre de tez cetrina, que tenía un puesto de venta de petróleo en la plaza y que se llamaba Bernardo. Cuando llegaba hasta mi casa subido en aquel artilugio, gritaba desde la calle: “Coroneeeeeeeeeeeel” y bajaba los escalones de la escalera de dos en dos a su encuentro. Y me encontraba entonces con el placentero momento en que atravesábamos el pueblo a través de un montón de calles llenas de baches y tierra dando tumbos subidos en aquel cacharro y disfrutando  con la gente que al vernos nos saludaba diciendo: “Hasta luego Santiago” a lo que el abuelo siempre contestaba: “Adiós, hijo mío”.
     Y quiso ser por este motivo, por el de llamarle hijo a todo el que saludaba, que el día en que cumplidos los ochenta años, cuando hizo el equipaje y partió para  otros mundos, Don Miguel Esparza, cura del lugar en aquel año de 1975, dijera en la homilía de la misa, para quien lo quisiera saber, que aquel día de Santiago, fíjense que coincidencia, había muerto el padre del pueblo, el que se llevaba bien con todo el mundo.

   En esta entrada eliminé la música de obligada escucha por la simple razón de que no encontraba lo que deseaba en el lugar de los”interneses” que siempre utilizo para esta cuestión. Como después lo encontré en el Youtube, les conmino, amigos y amigas míos, a que si les place lo escuchen después de la lectura.
    Es la banda sonora de una de las últimas películas del gran Paul Newman titulada Ni un pelo de tonto. Si lo tienen a bien y lo desean véanla porque en ella encarna  un personaje, a mi modo de ver, curiosamente entrañable.


 




22 comentarios:

  1. Dios mioo! Maurito, e llorado leyendo tu relato mas que con la novela de Ama Rosa, cuantos recuerdos, cuantos recuerdos as traido a mi memoria de tantas y tantas vivencias con el bueno de Santiaguillo, por que tu abuelo fue para mi y los mios alguien muy querido, con el compartimos mucho, pues durante años, mis padres y Santiaguillo, compartieron como jefe, o patron, al susodicho terrateniente que dios tenga en su sitio. cuantos recuerdos hijo mio! Aun oigo su voz, y la de mi madre, llamándose cristianos, el nunca le decia su nombre a mi madre, ni mi madre a el, nunca supe por que pero ellos se llamaban siempre cristianos. Adios cristiana! hasta luego cristiano! jeje. lo mismo era una clave que yo no entendi nunca. cuantas noches de tertulias junto a mis padres y Santiaguillo, Y los palillos zambomberos, son de los cardos seteros, teniamos que cogerlos ya secos, pulirlos hasta dejarlos suanes y lisos como la seda a fin de que una vez, puesto en la vejiga cerdil y bien tensa en la lata, se deslizase en la mano suavemente tan solo son un escupitajo...Diosss, que tiempos! Ciertamente miserables, pero como tu bien dices, avía gente como tu abuelo, mis padre y tantos otro, que supieron vivirla con buen humor y mucha dignidad. Y ellos no supieron mucho de letras, pero el DON!!! que se atribuía el susodicho terrateniente, ellos lo lucian con mas dignidad, por su talento y saviduria. Un Ole! por ellos, y por la gran herencia que supieron dejarnos.

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    1. Ignoraba un servidor de usted, querida amiga, que antepasados comunes hubiesen compartido como "amo", (... que así gustaban de ser llamados aquellos seres indignos),al mismo pudiente en cuestión. Una cosa más que compartimos. Yo le conocí en sus últimos años, tenía catorce cuando murió, por lo que calculo que hasta bien pasados los setenta hubo de trabajar por salarios de miseria para poder subsistir. Es verdad que era muy dado a comunicarse con sus allegados como en clave de misterio, lo que le daba a sus conversaciones un punto como de misterio. Zambombas hicimos unas cuantas, aunque como eramos escasos de posibles la vejiga del cerdo, (... que criaban en la cuadra para después venderlo al mejor postor y sacar los dineros que hacían falta), era sustituida por una piel de conejo a la que le quitaba el pelaje después de remojarla durante días en agua caliente,(... pellica, creo que le llamaba). Cierto es que eran tiempos miserables a los que, al menos este mortal, no deseo volver, pero es verdad que había como más humanidad y empatía hacia el de enfrente. Tenían la dignidad del pobre, la del que tiene que aguantar carros y carretas, pero no callaban, eso puedo asegurarlo. Un saludo y gracias, una vez más, por abrir esta puerta.

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    2. Pues si! hijo si! y no solo mis padres, yo misma, tambien trabaje para dicho señor! Ya en los ultimos años, vendiendo aceite y conejos, fuera parte de tres, o cuatro, veranos en la mina...Pero! si somos positivos, (y yo siempre lo fuy) de todo se aprende. Un abrazo amigo mio.

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    3. Ya sabes, apreciada Victoria, que dice el refrán aquello de "lo que no te mata te hace fuerte", y eso debió pasarte. Un servidor de usted ha de reconocer que le cuesta en múltiples ocasiones eso de ser positivo, sobre todo cuando aparecen las nubes negras, aunque saque el paraguas y aguante con firmeza el aguacero. Gracias por estar siempre ahí.

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    4. Pues fijate amigo mio que nunca senti que nada me matara, y sin embargo si que gente como aquella me hizo fuerte y positiva,Sabes que le decia tu abuelo a mi padre con respecto a mi? "Trabajillo te VA COSTAR! domar a esta fierecilla" jeje razon tenia el bueno de Santiaguillo, a mis años sigo pensando lo mismo. Y en cuanto a las nuves negras, cuando aparezcan, ponte tu mejor y mas colorido traje, sal condecisión, miralas de frente, y mandalas a la mierda, te aseguro que funciona. Un abrazo y siempre te leo, aun que sigue subiéndoseme a la chepa lo de comentar, aunque voy mejorando Eh! jeje...

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  2. Amigo los recuerdos son el mejor homenaje a una vida, la de tu abuelo hoy revive para todos nosotros.

    Un abrazo

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    1. En el fondo, somos lo que fueron los que por aquí anduvieron antes amigo Senovilla. Y muchos de ellos lucharon por ideales y derechos que hoy acaban lanzados al pozo de la miseria. Gracias por estar ahí.

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  3. Maravilloso relato amigo Mauro, como siempre. Por cierto, resulta curioso cómo pervivieron algunas tradiciones en nuestra localidad, ya que ese circo que tú comentas todavía hacía algunos espectáculos en la época de mi juventud. Precisamente recuerdo que una vez nos llevó el tortas a mis hermanas y a mí al circo, como bien dices algo pobre y deslucido (aunque con los mimbres que tenían poco más podían hacer). Echamos unas pesetas a la rifa y resulta que, desafiando al destino, esa vez nos tocó. Yo ya me veía dando patadas al maravilloso balón que se rifaba, y mis hermanas se pirraban por una muñeca que también se encontraba entre los objetos expuestos. Pero Daniel, previendo una tormenta entre los hermanos, decidió coger el premio mayor, una botella de coñac que, imagino, le supo a gloria con el café...

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    1. Es que el Tortas es hombre sabio y de rectitud mostrada, por ello decidió que ante el posible caos que desatarse pudiera lo mejor era quedarse con el coñac para apaciguar los ánimos. El circo de Tarugo era lo más parecido a los titiriteros que retrata Fernando Fernan Gomez en El Viaje a ninguna Parte. Aun lo veo Daniel. ¡Que tiempos!, Por cierto, me da que te vas haciendo viejo, o mejor mayor. Un abrazo amigo

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  4. BONITO Y EMOTIVO RELATO. LA MÚSICA, PERFECTA PARA ACOMPAÑAMIENTO DE SU LECTURA, UN TÁNDEM PERFERCTO PARA UNA TARDE LLUVIA METIDA EN CASA. ME HA ENCANTANDO, HE RECORDADO VIVENCIAS QUE AL IGUAL QUE TÚ TUVE CON MI ABUELO, AL QUE TAMBIÉN LE TOCO VIVIR EN UNA ÉPOCA DIFÍCIL.

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    1. Me alegra que te haya gustado este relato que compuse hace tiempo y al que junte y pegué algunas otras cosas que fui recordando. En verdad que fueron tiempos difíciles. Por ello, cuando escucho a muchos agoreros clamar por volver a ellos, simplemente se me revuelven las tripas. Gracias por pasar por esta fonda de humildes escritos. Un abrazo

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  5. Lo del pozo es la bomba.Mi abuelo también se cagaba en la leche puta, en diola y en la oscuridad, y cuando no le oía mi abuela en la Virgen de Aro, que no sé que virgen será ni donde está. Si era contra otros entonces era me cagon (contracción muy de mi tierra donde la preposición en parece que se considera demasiado larga) la leche que mamastes(con s final) me cagon la hora puta que nacistes o me cagon hasta en la cuna que te arrolló :D

    Un abrazo, Mauro, celebro verte de vuelta, espero que má animado. La peli me gusta mucho.

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    1. Y tan cierto como la vida misma mi apreciada dama. Santiaguillo se cagaba en la leche puta y sacaba a los santos del cielo en procesión a la primera de cambio cada vez que lo puteaban y se le enconaba la mala leche. Estoy de vuelta porque nunca me fui del todo, pero es verdad que ando escaso de ideas y falto de fuerzas. Los avatares de la vida, ante todo laboral, me condicionan tanto el vivir que no me dejan a veces tiempo para otras cuestiones que no sean el trabajar y dormir y el dormir y trabajar. De cualquier manera seguiremos como podamos. Es algo que os debo a quienes con puntualidad exacta leéis y soportáis mis divagaciones de escribidor añejo. Un abrazo y dos besos, como siempre.

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  6. ¡¡Que tiempos Maurito!!! Lo de nuestros abuelos, eso si que fué una crisis y no esta. A mi me encantan las historias que nos cuentan nuestros padres de aquella vida. Sobre todo a mi suegro Emilio, se le caían las lágrimas contando aquellos penaeros. Yo también me acuerdo del circo de Tarugo y de aquel toro simulado por dos mozos, que por cierto a mi siempre me dió miedo y no se la razón. Debe ser que soy de naturaleza asustadizo. Lo de la "verborrea" que tienes por "don", doy fé. Es verdad que hablas hasta por los codos, pero que a mi personalmente me gusta oirte, aunque a veces seas "cansino y repetitivo" como dicen las hermanas Delgado. La pena es que cada vez tenemos menos tiempo de escucharnos... pero ya vendrán tiempos mejores.
    Y como homenaje a "Santiaguillo" te dejo un refrán de los que tanto les gustaba, que hay que saber utilizar tambien en su momento... por ejemplo cuando te esté acosando la mujer y demás y tengamos que mantener la calma. Dice así:
    El que tiene guitarra, hijos o mujer, siempre templando, y nunca está bien.
    (Y yo añado de mi cosecha propia... Y a mi me pilla de las tres cosas)
    Dos besos retorcíos como siempre.
    Un abrazo

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    1. Aquello no era crisis querido amigo, era miseria, al menos durante la época que siguió a la "gloriosa cruzada nacional". A un servidor de usted también le gusta que le cuenten aquellas historias añejas aun con la convicción, clara y rotunda, de no querer volver a verlas ni en pintura. Es cierto que la gente se daba más, compartía lo poco que poseía y en resumen gozaban de la felicidad de manera más rotunda, ante todo porque exprimían y valoraban cada mota de aire respirado.
      El circo de Tarugo, (¿...que habrá sido de todas estas gentes que en los tiempos actuales, tan "informatizados y cultos" habrían sido vistos como tontos?), debió de recorrer más kilómetros de tierra hispana que el baúl de la Piquer al estilo de Fernán Gomez en El Viaje a Ninguna Parte, (...Película que recomiendo a quién no la haya visto, que serán pocos).
      Das fe de la verborrea y deberá de ser, que es, porque en "cienes y cienes" de veces la has soportado sobre tus espaldas y ya sabes que cuando las Delgado aseveran que me pongo cansino es porque la botella del 103 a bajado ostensiblemente de nivel y ni un servidor de usted, ni usted mismo aunque a vos no le ataquen distinguimos muy acordes el color de la puerta de la casa. Es lo que tiene la lumbre con sus chuletas, que calientan en exceso el cerebro y la mollera.Y no te apures que aun nos quedan guisos que hacer y degustar, aunque sea cuando nos jubilen, si es que no nos hunden en alta mar antes de tan celebrado momento.
      Gracias por pasar y otros cuantos besos retorcios de vuelta para las tierras "jachas"...

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  7. Sabes Mauro, me ha encantado esta entrada tuya. Me ha recordado a mi abuelo Manolillo, el cual vivió siempre con nosotros hasta hace 10 años que murió. Era sin duda nuestro abuelo preferido y siempre lo recordaré con inmenso cariño.

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    1. Recuerdo a tu abuelo. Este texto fue escrito hace tiempo y dormía en el fondo de mis cajones como otros muchos y ahora, modificado y con ampliaciones, ha visto por fin la luz. Es un homenaje a mi abuelo y a toda la pobre gente que hubo de vivir una época convulsa y miserable. Un abrazo y siga usted con sus recetas que solo con ser leídas alimentan.

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  8. Me encantaba verlo pasar hacia su casa las noches de verano, como estábamos sentados al fresco siempre se paraba un rato con nosotros y aunque yo era una niña siempre me llamó la atención el que nos llamara hijos. Enfin, recuerdos... No es que los tiempos actuales no sean felices pero los de la niñez lo fueron aún más.

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    1. Por la ubicación que me das supongo que eres la hermana de Virtudes. Llamaba hijo a todo el pueblo Julia y era por ello que la gente le tenía tan sincero aprecio que casi cuarenta años después de su muerte aun le recuerdan quienes le conocieron. Los tiempos actuales fueron felices, al menos para muchos, y los de la niñez siempre digo que tendemos a verlos en color aunque fuesen en blanco y negro. Gracias por pararte en esta fonda,(...ignoraba que anduvieses por ella) y vuelve cuando gustes que tienes la puerta abierta. Un saludo afectuoso.

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  9. Es cierto,los recuerdos son el mejor homenaje a toda una vida, y poder plasmarlos tan, acertadamente es todo un don, que gracias a tu altruismo los demás podemos disfrutar. Gracias siempre.

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    1. Dicen Paloma los que de esto de la vida saben que "recordar es volver a vivir" y eso hizo un servidor en este relato. Volvieron a aparecer los payasos y titiriteros y hasta el aire enrarecido por el polvo de la explanada del parque sentí de nuevo en el paladar de la boca. ¡Que tiempos!. Abrazos, besos y esas cosas ...

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