Un día después de irte hacia el país de nunca
jamás, con la placidez del deber cumplido y el recuerdo imborrable de tu
presencia te recito los humildes versos que te ofrecí con infinito amor y tu recibiste con lágrimas en los ojos. Gracias madre, por todo lo que nos has
dado.

Has llegado hasta el blog de Mauro Navarro Ginés. Un cuaderno de bitácora donde se tratan los asuntos de la vida a través del poso añejo que dejaron los recuerdos sin nostalgias, las cotidianas reflexiones y sus diarios aconteceres. Si gustas, estas en tu casa. Siéntate a la mesa, busca y encontrarás .
Como mandamientos:
lunes, 24 de noviembre de 2014
Madre
martes, 4 de noviembre de 2014
Si
Hoy traigo hasta la mesa el poema SI, original de Rudyard Kipling, escritor
y poeta británico nacido en la India. La música es de José Luis Encinas y la
voz, ya sabéis, la de este calvo de cuat
martes, 28 de octubre de 2014
Lo que quiero ahora
De momento sigo por esta nueva
senda de las grabaciones. A la espera de que vuelva la inspiración, y mis
maltrechas neuronas despierten, he de reconocer que me evade este asunto de
grabar audiciones y más aún cuando se trata de plasmar con la voz lo que
escrito ha sido por una persona digna e íntegra. Es lo que me parece Ángeles
Caso. Y el texto, magistral y maravilloso, lo siento como mío. Si lo tienen a
bien, disfrútenlo.
jueves, 16 de octubre de 2014
Cuando yo me vaya .
Un servidor de ustedes, amigos y amigas míos, sigue seco en el asunto de
juntar palabras. Por ello, y mientras vuelven las musas de jugar con las
musarañas, permítanme que abusando de su eterna condescendencia les siga dando
la tabarra con esto de las grabaciones en audio. Matamos el gusanillo y pasamos
el rato. Hoy les recito un texto original de Carlos Alberto Boaglio que siento
como mío.
jueves, 2 de octubre de 2014
Anclados en la memoria
Cuando llevo un tiempo seco
para estos asuntos de la escritura y las musas parecen huir de mi lado
despavoridas ha llamado a la puerta la infanta de los lloros con un
relato que me ha conmovido, desde sus adentros, cuerpo y alma. Y por ello, le
doy paso y testigo. Porque a sus quince años, me da que promete. Gracias
Amparo, porque hasta en los gustos musicales solemos ir de la mano.
Tenía apenas unos minutos de vida cuando mi madre murió. Lógicamente fue mi parto lo que la convirtió en un despojo más de la tierra. Mi abuela acostumbraba a decirme que dio su vida a cambio de la mía. Yo sin embargo solía pensar que era la culpable de la muerte de mis padres. Papá no había podido soportar el dolor por la pérdida de mamá y había optado por reunirse con ella en el firmamento. Lo sé, esta no es la mejor forma de contar una historia, podría endulzarla, de verdad me encantaría, pero simplemente no sería una versión real. Esta es la realidad.
18 de Febrero de 2004, el día de mi quinto cumpleaños. La abuela me había preparado una tarta con todo el esmero y cariño que había podido. Sus manos ya envejecidas y temblorosas habían provocado algún que otro desliz sobre la fina capa de chocolate y nata que cubría un bizcocho de limón, pero no importaba, aquellas imperfecciones eran lo que la hacían perfecta. Estaba preparada para soplar una vela con el número 5 que chorreaba más a cada segundo que pasaba. La abuela me detuvo y me dijo que pidiese un deseo. Yo lo hice: Pedí que mamá y papá entrasen en ese mismo instante por la puerta del salón, no llenos de regalos como cualquier niño hubiese deseado. Solo pedí que entrasen. Una mente inocente como la mía no podía pensar que ese deseo jamás se cumpliría. Así que soplé, lo hice tan fuerte como pude poniendo toda mi confianza en aquel deseo que se desvanecería en el aire como el humo de la vela ya apagada…
Los años han pasado, me encuentro observando una foto
de aquel día. Mi abuela, admiro su fortaleza, con su sonrisa gastada por tantas
experiencias duras me sostenía en brazos. Paso la página del álbum de fotos que
sostengo sobre mis manos. Ahí están mis padres, sonrientes. Mi madre luce un
precioso vientre de embarazada; papá la sujeta por los hombros y acaricia el lugar
donde mi recién formado cuerpo seguramente reposaba. Los ojos de mi padre son
azules, tanto que me recuerdan al mar de Tenerife, sin embargo los de mamá son
tan oscuros que parecen engullir todo un universo. Papá alto, mamá bajita, pero
tan perfecta a la vez. La abuela siempre decía que era igual que ella. Mi pelo
negro enroscado en anchos tirabuzones no dejaba duda alguna de ello. Siempre
será mi foto preferida, supongo que se debe a que no tengo otra con
ellos. Papá por capricho del destino había de llamarse Marco, siempre
pensé que su nombre hacía referencia a aquel personaje de dibujos animados que
emprendió una gran aventura en busca de su madre, solo que mi padre había ido
en busca de su esposa Alicia; espero que la encontrase en el País de las Maravillas.
Dejo el álbum de fotos a un lado. Una niña de 5 añitos
recién cumplidos acaba de entrar por la puerta, temo por ella, temo no ser lo
suficiente buena madre, nunca he conocido muy bien el significado de esa
palabra, pero esta pequeña me inspira confianza, la confianza suficiente para
conseguir darle todo aquello de lo que yo un día carecí.
Papá, mamá, gracias por hacerme el regalo más grande de
todos, gracias por darme la vida. Siento como si os hubiese quitado la vuestra.
Nunca pretendí tal cosa. Os quiero.
jueves, 31 de julio de 2014
De la feria cuando niño
Como siempre que llegados son estos días de asueto y divertimento, pronto
habrán de llegar la feria con las fiestas del lugar, hubieron de pedirme desde
las oportunas instancias si me era posible colaborar con algún artículo
divagatorio, tan del gusto de este escribidor de poca monta, para la
elaboración del acostumbrado libro de festejos, Y la verdad, ya saben los que
me conocen que me gusta ser sincero, es que esa nube de apatía que pugna por
cubrirme hasta las orejas en estos momentos a punto estuvo de hacer que pasará
del asunto como de comer manjar poco apetecido, aunque el verdadero refrán diga
otra cosa que prefiero callar. Fue por ello que después de darle vueltas al
asunto recordé que en los cajones había un escrito sobre los días en que, de
niño, que lejanos empiezan a quedar, disfrutaba con poco de estos días de
holganza y divertimento. Y aquí lo tienen. Disfrútenlo si lo tienen a bien y si
lo quieren en papel y tinta se pasan por el Ayuntamiento y le piden un ejemplar
a quien consideren oportuno. Un gusto y que tengan unas felices fiestas….
Añoro la feria de antaño. La que en conmemoración de gestas poco recordables comenzaba cada año el 18 de julio, aquella que se ubicaba en la explanada del parque y a la que partíamos como en procesión desde la calle del casino o de Don Máximo Laguna, como gustaba de llamarla mi progenitora, mi padre con su garrota, mi madre muy “repeiná”, mi hermana con sus dos coletas trenzadas y un servidor dando saltos, como si de un muelle se tratara.
No vaya a pensar el lector que era tarea
fácil la de convencer a mi padre para visitar el ferial. Ya hemos dicho, y
sabido es, por otros escritos expuestos en este devenir de la escritura al que
el escribidor es tan aficionado, que el patriarca de la casa arrastraba desde
su época de niño una permanente cojera por lo que fácil es deducir que no le
resultara cómodo ni placentero el asunto de tener que desplazarse a patita
hasta la otra punta del pueblo, aunque cierto es y hay que decirlo, que una vez
puesto en faena y con el regusto de la fiesta lo dificultoso era
emprender el camino de regreso.
La primera parada era en La Puente, junto a
la tienda de Santiaguillo, donde empezaban a estar ubicadas, como en desfile
procesional y a lo largo de toda la calle, las casetas de turrón, nidos de
insectos de la más variada calaña, y las de los juguetes con mil trastos
inservibles que hacían el deleite de los más tiernos infantes. Allí se
inauguraba mi rosario de peticiones con la adquisición de un trozo de aquella
masa dura, salpicada de almendras, que un tropel de moscas volanderas habían
saboreado con deleite y anterioridad sin ningún tipo de compasión; mas no eran
estos tiempos de ascos y repugnancias por lo que el dulce sabor del preciado
manjar resultaba placentero como maná de los dioses. Así, entre saludos a
conocidos y paradas para tomar aire llegábamos al Cortijillo, tasca de
reducidas dimensiones, que estaba situada en los bajos del Teatro Cine Santa
Cruz, propiedad de Antonio Laguna y de la que mi padre era cliente preferencial
por aquello de la cercanía del bar en cuestión con su taller de zapatería.
Tomado un refrigerio seguíamos la marcha atravesando el Real de la Feria
compuesto por un mar de cacharros, casetas y artilugios. La noria, el látigo,
la ola, y el trenillo de La Bruja, en el que trabajaba un elemento que me
asustaba arreándome escobazos y cuya cara era calcada a la de Rod Steward, amén
de los puestos de algodón dulce que lucía adornado por las motas de tierra que
levantaban los pies de los viandantes. La siguiente etapa había de llevarnos a
las inmediaciones de la verbena, al regusto y saborcillo de los pinchitos del
bar Alaska. ¡Qué decir de tan preciados morunos! y como asegurar a todos
aquellos que gozan de menos años y no conocieron esta taberna volatinera que no
hubo, habido, ni habrá, carne como la cocinada en sus prodigiosos fogones.
Imagínense, amigos leedores, que hago como
de fotógrafo si les cuento que a lo largo del parque había un rosario de bares
con sus sillas abatibles de madera y en ellas aposentaban sus posaderas los
sufridos pobladores de la villa. Aquellos, que durante un año interminable, sin
vacaciones, fiestas, ni apenas descanso, habían conseguido juntar como tesoro
un puñado de pesetas para gastar en las esperadas ferias. Así, el vino corría a
raudales y a falta de urinarios, retretes, letrinas y excusados, era al cobijo
de los árboles del parque, donde cada cual a su manera realizaba sus más
estrictas necesidades.
Terminada, y siguiendo con el relato, la
estancia en el bar Alaska y llegados en fraternal y familiar paseo al final
del parque de Sales Córdoba ,así se llamaba entonces el hoy llamado
Municipal, era momento de probar suerte en las casetas de tiro, practica en la
que mi padre era avezado y muy diestro, por lo que siempre lograba algún muñeco
sin fuste o un paquete de cigarros del que llamaban Palmitas y del que también
decían, de eso me enteré más tarde, que era el tabaco que fumaban las mujeres
de mal vivir. A la vuelta y por costumbre, era llegado el momento en
que mi progenitor había de dar una vuelta en los coches eléctricos, que por
aquellos entonces eran para mi asunto muy temido y respetado en tanto que se
decía y comentaba que fallecimientos y hasta electrocuciones habían acaecido en
aquellos autos que recuerdo negros como pájaros de mal agüero. Adivinaran
entonces los lectores que, con perdón, el acojonamiento que me entraba mientras
sentado iba en aquella premonitoria silla eléctrica era de padre y muy señor
mío, motivo por el cual era imposible gozar y disfrutar de los viajes con sus
choques en cuestión.
Mi gozo, deleite y satisfacción venía a
continuación, cuando con una ficha en la mano me dirigía al coche del Santo,
héroe televisivo de éxito muy celebrado que interpretaba Roger Moore, en el
carrusel de caballitos y autos de la familia Mena. Allí, dando vueltas sin ton
ni son me sentía cual héroe peliculero imaginando hazañas, aventuras y proezas
en el espacio escaso de unos minutos, los que tardaba en marcar la salida y
parada de la atracción la bella Ana, que años más tarde se convertiría en la
esposa del amigo Arturo Piña. En esta etapa del festivo deambular tocaban
siempre riñas, discusiones y altercados, pues imbuido como estaba de tan
procelosas gestas imaginativas, era dificultosa la tarea de hacer que bajase
del automóvil y volviese a la cruda realidad terrena. Y puedo asegurarles que
ni la vista de las famélicas fieras del circo Roma, que aposentaba sus reales
cruzando la carretera en los terrenos de Fernando Castro, podían alegrar mi
compungido semblante.
Los churros con chocolate completaban la
última etapa de la estancia en el ferial del que después sin prisas, pero sin
pausa, habíamos de emprender el camino de regreso hacia el horno calcinado de
la casa de mi infancia con mi padre asegurando que ya estaba bien de feria y un
servidor pidiendo y suplicando la benevolencia de un día más de holganza,
asueto y divertimento.
martes, 22 de julio de 2014
No me llames extranjero.
Llevo un tiempo viviendo de las rentas. Y es por ello que, mientras aclaro cuerpo y espíritu, voy echando mano del baúl de los recuerdos y de algunas cosas que me dio por ir acometiendo cuando tenía las fuerzas justas. Y es ahí donde nacieron estas grabaciones. Unas veces con textos propios y otras, como en este caso, con la aportación escrita de Rafael Amor, de quien es el texto recitado y que también hizo famoso, a su manera y con maestría, Facundo Cabral, un ser humano extraordinario que clamó por la verdad y la justicia hasta que unos desgraciados le cortaron la voz a tiros.
sábado, 14 de junio de 2014
Elegía.
Ya saben quienes
me siguen que soy algo dado al amontono. Por ello habrán podido comprobar los
que van tras las perdidas huellas de este aprendiz de escritor que desde hace
tiempo escaso aparece en el margen derecho de esta pobre factoría de escritos
un invento más al que he dado en llamar La Taberna del Mangines. Justo será
reconocer que llevaba un tiempo dándole vueltas a esto de ponerle voz y alma a
escritos propios y ajenos. Y de justicia será también decir que fue mi joven
amigo Ricardo Guzmán, no dejen de seguirlo en, pinchen sobre el
nombre, Frente al Baluarte, quien me animó, y mucho, en esta nueva aventura. Por
ello, y por si aún no la han escuchado, aquí les dejo la Elegía, sutil
maravilla, de Miguel Hernández en la voz de este mortal que les escribe
acompañado de su buen amigo Joan Manuel Serrat. Escúchenla, si a bien lo
tienen, mientras doy forma a una nueva divagación. Queden tod@s con Dios.
lunes, 26 de mayo de 2014
Días de feria. Con sus cambios y sus gentes
Espero que no les importe a los
miembros de la familia Aranda que traiga esta foto añeja, que no es del año en
que se relatan los hechos sino posterior, desde el baúl de los recuerdos. Lo
hago porque en ella, con sombrero blanco, gafas de sol, bigote y botellín en la
mano, encontré que estaba mi progenitor padre disfrutando de la compañía de tan
buena gente. Por ellos y de ellos es esta historia.
El lunes 20 de Julio del año de gracia del 1952, al frisar la medianoche, se procedió a la inauguración de las ferias y fiestas. Poco tendría esto de excepcional si no fuera porque fue esta la primera ocasión en que la celebración y el jolgorio se trasladó al Parque Municipal, entonces de Sales Córdoba, abandonando por siempre jamás la entonces Plaza del Generalísimo, a veces me da por pensar la cantidad de propiedades ficticias que llegó a tener este innombrable sin haber comprado ninguna, y además se cambiaba también la fecha que durante décadas había coincidido con el ocho de septiembre, día de la patrona. Así, a la hora mencionada, el alcalde de la villa y sus gallinas que en aquel año de palos y tentetieso respondía al nombre de Pedro Lillo, y que un servidor supone conductor de la famosa camioneta que transportaba en aquellos tiempos lejanos a los viajeros desde Valdepeñas hasta el Viso del Marques pasando por este lugar, dio por inaugurados los fastos y oropeles que empezaron con la diana, que es lo mismo que decir señal para dar la matraca a los vecinos que están descansando, a las cinco de la mañana a cargo de la Banda Municipal que como podrán imaginar debía estar compuesta por gente recta en el asunto del madrugar o tal vez, y eso es más comprensible, por asiduos del beber acodado a la barra esperando a que el sol pintara por donde se encuentran los puentes.
Y no habría de ser este asunto complicado de llevar a cabo teniendo en cuenta
que en el ferial estaba instalada la gran caseta de los Botas tirando cerveza
fresquita y la terraza de Ceferino con la mejor pista de baile, así se decía y
anunciaba, donde se bailaba al son de las modernas y agradables melodías que
tocaba la Orquesta Bórax, venida desde Córdoba, cuyos éxitos y
actuaciones, así se aseguraba y tenía mandanga, eran conocidos en toda España y
el extranjero. También se encontraba cercano al ferial el local de Jacinto
Mayoral Laguna, a quien todos conocimos por Parralo, sito en la Calle del
General Espartero y que obedeciendo al nombre de La Parrala se anunciaba
diciendo:”La mejor animadora de las fiestas del lugar es, sin duda, La
Parrala, porque no tiene rival. Jacinto, que bien lo sabe, la instaló en un
buen local, para que alegre y anime al que se quiera alegrar. Sustanciosos
bocadillos La Parrala piensa dar, a quien yendo a visitarla demuestre su
paladar. Aperitivos sin tasa y hasta guindillas asás, berenjenas especiales y
aceitunas aliñás, cerveza “pa” los señores y vino sin bautizar”, en unas
estrofas compuestas por quien llamaban Malaco. En la Parrala, varios años
después de los hechos relatados, tuvo sus primeros escarceos con lo bebible,
qué entonces solo era vino con su bautizo, quien esto escribe y que aún
recuerda como en las tinajas que había detrás de la barra se mostraban escritos
estos esclarecedores refranes: “Si bebes para olvidar, paga antes de
empezar”, “Donde el vino entra, la verdad sale” y “Si bebes de mis
entrañas, serás un héroe de España”, recto y marcial, como entonces
debía, o mejor hacían que fuese, de ser.
A las seis de la tarde, hora taurina y sin par, se anunciaba que en la Plaza
Santuario de Las Virtudes tendría lugar una gran novillada de feria en la que
serían lidiados cinco hermosos y escogidos novillos de la ganadería preferida
por El Litri y Manolete, afamados matadores de aquel tiempo, actuando en el
primero la aplaudida rejoneadora y formidable caballista hispanoamericana
Lupita Barroso quedando garantizado, eran tiempos de burros, mulas y carros, el
servicio de autocares de ida y regreso a la plaza para presenciar tan grandioso
espectáculo. Me da en que pensar, y creo que con razón, en la que se debió de
organizar en la plaza con el visionado de amazona de tantos bríos en aquellos
tiempos tan poco dados a los oficios de condición femenina y de machos ibéricos
con un par.
Terminada la corrida y a las ocho de la tarde tuvo lugar en el Real de la
Feria, otorgándose premios a los mejores atalajados y enjaezados, un desfile de
coches y caballistas y a las 9 de la noche, con la llegada de la brisa marina,
más bien escasa por estos lares, conciertos de la Banda Municipal y atracciones
con sus verbenas. Nada fuera de lugar como podrán comprobar puesto que el ser
humano, y más aun los latinos de ibérica y mediterránea condición, siempre
tuvimos inclinación por la fiesta y el cachondeo a las primeras de cambio. Al
día siguiente se anunciaba, y así continuó siendo durante las fiestas, el
despertar al son de la música para las 6 de la mañana y a eso de las 10,
imagínense como habría de discurrir aun la vida en este suelo patrio de
charanga y pandereta que empieza a parecerse al actual, un reparto de víveres
en la Casa Consistorial, aquella que un conocido guardia municipal dijo que no
existía cuando preguntado fue por unos viajeros visitantes por el lugar en que
se encontraba ubicado el Ayuntamiento, para los pobres de solemnidad, que
debían de ser unos cuantos. A las 7 de la tarde, con el sol del estío
calentando para no perder la comba, se celebró un concierto, digo yo que en el
famoso Pabellón de La Música, que decenios después sin éxito se restauró, y se
anunciaron cucañas, aun recuerdo el palo encerado con el gallo expectante
arriba, y juegos de diversión además de algo que me deja como a cuadros
porque no logro discernir de que se puede tratar llamado fuga de globos
grotescos y que si descifran de que se trata deberán comunicarme puesto que
quedo viviendo sin vivir en mí como la santa noble que descansa en Ávila.
Al día siguiente y en la Verbena Villa Aurora, regentada por Los Botas, tuvo
lugar un concurso de cante y baile de jotas manchegas y la última jornada una
carrera de burros con premios en metálico. Aun me parece estar viendo a muy
ilustres caballistas de la villa y sus contornos, de muy humilde condición,
transportando sus reales a lomos de aquellos pollinos que sembraban el pueblo
de heces y paraban en seco cuando les venía en gana haciendo descabalgar al
jinete que presto se ponía a tirar del ramal o de la cola con el peligro
acuciante de que el borrico le descerrajase una coz en la cabeza aplastándole
la tapa de los sesos. Sin mucho más que resaltar los festejos se
clausuraron a las 3 de la mañana, prisa como pueden comprobar no había, del día
23 de julio.
Y como a modo de crónica, se que les habrá de gustar a los lectores de más
tierna condición, decirles que por aquel lejano año aún funcionaba la fábrica
de aceites de la viuda de Peñuelas en lo que hoy es el Mercasantacruz. Que en
el Paseo de Calvo Sotélo, hoy de Castelar, estaban los Almacenes de Gracia
vendiendo, ¡menudo puzzle, ríanse ustedes de los actuales inspectores
de sanidad! azúcar, sal, coloniales, cereales, hierros, chapas,
herramientas agrícolas, abonos y carbones minerales. Antonio Laguna Velasco,
aún no debía tener el estanco, además de ser agente de paquetería, vendía en su
mercería de la Calle Capitán Casado perfumería, medias, calcetines, hilaturas y
un gran surtido de bisutería además de las mejores lanas para labores. Ladislao
Muela Aragonés, a quien todos conocimos por Patito, aún no había inaugurado el
cine de la Calle Cervantes donde tenía una tienda dispuesta para la venta de de
ultramarinos, alpargatería, abonos, maquinaria agrícola, leñas y carbones y
espartería además de ser el representante de la conocida marca Ajuria que
distribuía trillos, aventadoras, segadoras y trilladoras. Y diciendo que:”la
bomba atómica concluyó la pasada guerra y un platillo volante inicia la nueva
contra los altos precios surtiendo de calzado barato el almacén de Amando
Serrano Guzmán, anunciaba el susodicho su tienda de zapatería en el local
donde en estos tiempos languidece la Caja de Castilla La Mancha.
Por fin, y para
terminar, que esta homilía comienza a ser larga, decir que la Falange, partido
único del régimen que después el mismo Franco aplastó, despedía el escrito que
incluyó en el programa de festejos dejando esta perla: “No te decimos
aparta. Te arrollaríamos sin esfuerzo alguno, pero ese no es nuestro ánimo.
Aspiramos a vivificarte. Nuestro optimismo no tiene límites”.
Para echártelos de amigos, me digo yo.
domingo, 18 de mayo de 2014
Los oscuros prepotentes.
Son siluetas que abundan por el mundo, dictando su ley sorda, que no es otra que la fuerza sin razón. Grises y carentes de dialogo, desconocen el encanto de la charla, el arrullo acogedor de la palabra. Me cuesta verlos, coronados en sus tronos, derramando poder sin mesura ni prudencia, pendencieros e ignorantes, prepotentes, aplastando sin piedad y apabullando a quien pasa por su lado. Tal vez carezcan de encanto estas palabras, del sentir perfecto y la metáfora buscada, pero es tan cruel reflejar tanta miseria, tanto insano proceder, tanta patraña. Y soporto en mi persona sus calumnias, la constante violación de lo más digno, mi propia dignidad, pulcro tesoro, que despacio y como hurgando a hurtadillas en silencio me lo han ido robando. Me queda tan poco tantas veces, tan desarmado me siento, tan vacío, que no se que hacer, ni donde ir, que decisión tomar, ni que sentir.....