Has llegado hasta el blog de Mauro Navarro Ginés. Un cuaderno de bitácora donde se tratan los asuntos de la vida a través del poso añejo que dejaron los recuerdos sin nostalgias, las cotidianas reflexiones y sus diarios aconteceres. Si gustas, estas en tu casa. Siéntate a la mesa, busca y encontrarás .
Como mandamientos:
jueves, 15 de agosto de 2013
Entre telones y bambalinas, otra vez titiritero ...
sábado, 13 de julio de 2013
De un romance sin par.
El portaba cara de chiste o mejor y,
para ser exactos, un semblante que se asemejaba, como hecho a calco, al de
Mario Moreno, más conocido como Cantinflas, celebre actor mexicano que causó
furor en las medianías del siglo XX por las tierras latinas, allende los mares, y
en la que siempre han dado en llamar, sin serlo, la madre patria. La España de
opereta que en aquellos años cuarenta todavía sangraba por los poros que
abiertos habían dejado las secuelas de la cruenta guerra civil. Volviendo al
pájaro cerero que se describía habrá que decir que era, y es, corto de
estatura, cejas asemejadas a las de los chinos, ojos vivarachos y un diminuto
bigote que coronado queda en dos tramos, a derecha e izquierda, sobre un labio
superior que apenas se otea.
Arribó por
el pueblo venido de alguna villa olvidada de por los alrededores y por el modo
de su parlar y el hacer de sus haciendas pronto pudo vislumbrar todo el que
quiso, aunque avezado no fuera, que semejante sujeto tenía, como se dice en el
pueblo, las costras de un galápago y más caras que un saco de perras gordas,
además de ser, que lo era, poco dado al asunto de amagar la cerviz y dar el
callo, mientras que muy al contrario era diestro, como los buenos toreros, en el
levantamiento del vidrio; el de los vasos que contener contuvieran cualquier
liquido bebible que agua no fuera. Así, café de mañana, si madrugar madrugaba y
de postre unas copitas de Magno; unos vasitos de tinto con el primer declinar
de la mañana, con sus consiguientes tapas que alargados quedaban en su mezcla a
la llegada del mediodía con un buen manojo de botellines, a ser posible
Cruzcampo, que ponían al susodicho, aún estando acostumbrado, más contento que
las maracas que portaba el negro Machín en su años de apogeo y fama.
No se ha
dicho que decía, por los bares y rincones, que ser era contratista de obras o
empresario constructor, aunque nunca se le adivinaran trazas ni motivos que
dieran en que pensar que dedicarse se dedicara a tan honroso menester, porque
mono no portaba, gorra de propaganda tampoco, ni vestimenta que hiciera creer y
ni siquiera pensar en que peón de albañil fuere, portando por el contrario
sobre su osamenta el traje de color marrón, pleno de brillos y usagres, que
hubo de adquirir para asistir a la boda, veinte años atrás, de su
primogénita hermana y que bien pudiera decirse que se asemejaba a un espejo por
los reflejos y fulgores que despedía cada vez que el astro rey posaba sobre la
prenda sus delicados rayos.
Ella, ella
tenía tarea. Había llegado, como a modo de recuelo, en el último estertor
procreativo de unos progenitores que pasaban con creces de la cuarentena y
cuando el empeño, en la cotidianidad de las sexuales costumbres se entiende,
que se le atribuyen al hecho de vivir emparejados empezaba a declinar, sumidas
en lo cotidiano de la costumbre. Tal vez por ello, porque añorada era su
llegada, fue recibida como el agua de abril, con parabienes y hasta bendiciones
del cura párroco del lugar que bendijo, como si de una reliquia se tratara,
aquella diminuta criatura peluda a quien envuelta entre sedas llevaron como en
volandas hasta el borde mismo de la pila bautismal. Sabía lo que se hacía, al
cura párroco me refiero, cuando entre cadencias varias y efluvios de JB bautizó
a la tierna chiquilla que al sentir el agua sobre su sensitiva cerviz hubo de
descerrajar un súbito y desgarrador grito que bien pudo asemejarse, por el tono
del timbre y su prolongada exposición, al aullido del último lobo perdido y sin
hallar en los confines perdidos de la cordillera pirenaica. Y sabía lo que se
hacía, al cura me sigo refiriendo, porque a tan sublime y eclesial celebración
le sobrevino, entre alegrías de gitanos palmeros abrazados a sus guitarras, un
largo fin de semana de celebración y éxtasis campero en el que viandas
comestibles y bebibles corrieron entre bocas y paladares en exceso y demasía,
con lo cual, sin costo y gratuitamente, llenó el buen mosén su ya prominente
barriga de todo cuanto deseó y le cupo, que hubo de ser, si tener tenemos en
cuenta el ataque inmisericorde de gota que le sobrevino después, cuantioso y
sin par alguno en los confines del pueblo y sus extramuros.
Y así, con
el pasar de los años, la que fue criatura de escuetas dimensiones fue creciendo
rodeada de todos los antojos y consentimientos que imaginarse pueda. Por ello
no fue de extrañar que, llegada a la etapa vigorosa de la vida en que
despiertan sin ser llamados los adormecidos y ocultos sentidos, hubiese de
tornarse la criatura gacela de desbocados instintos, hecho por el cual no era
de extrañar que toda una cohorte de pretendientes de baja estopa, que buscaban
vivir del cuento sin tener que dar ni golpe, hicieran como fila india a la
búsqueda de la mano de tan pretendida dama.
No hemos
dicho que el padre de la criatura era hombre anclado en los procederes y
creencias de antaño, de misa, del Opus Dei, y dueño de un almacén ferretero que
le reportaba cuantiosos beneficios y tampoco dijimos que ella, la tierna dama,
denotaba en las distancias cortas escasez de luces e inquietud de ingles.
Ellos, él y ella,
hubieron de conocerse una noche bulliciosa de fin de año entre humo de tabaco,
vapores sudorosos y los efluvios de menstruo que emanaban desde las recónditas
entrañas de la discoteca Lord Jim, al son de los compases archiconocidos del
Rockolletion, una recopilación de canciones añejas de los 60, que había puesto
nuevamente de moda un francés, Laurent Voultzy, que habría de tener con el paso
de los años corto bagaje y efímera existencia en los musiqueros asuntos y a
quien, en estos tiempos aciagos, no recuerda ni su venerable padre.
Y como bien
dice el refranero, que siempre es sabio y sienta cátedra, aquello de que Dios
los cría y ellos solos se van juntando, al igual que por los polos de un imán
atraídos hubieron de gustar, con premura, pasión y desenfreno de una noche de
amor desaforada en el asiento trasero del Simca 1000 que, con más kilómetros
que el sacrosanto baúl de Doña Concha Piquer, conducía el varonil macho. Y así,
de manera tan súbita, germinó la llama del amor en aquel par de elementos con
tal pretendida efusividad, el uso del condón era costumbre a la que el macho
integrante de la pareja tenía eterna y perenne inquina, que apenas pasados un
par de meses de tan efusivas relaciones quedose la damisela, como la burra de
Piña, preñada sin remedio ni solución.
Y como las
costumbres del no tan lejano antaño no eran las actuales de hogaño, prestos
hubieron los progenitores de aquellos amantes de Teruel desenfrenados en
preparar con prisas y sin pausas la boda de las criaturas antes de que el bombo
súbito de la preñez en ciernes adornase el perfil de la ardorosa Julieta.
Obviaremos las celebraciones que por ser hija única y tardía hubieron de tener
lugar, pero es de justicia afirmar que más famoso que las bodas de Camacho,
inmortales por obra y gracia del Quijote de Cervantes, hubo de ser el banquete
que tuvo lugar para enlazar los destinos de aquel par de afortunados pendejos.
Y como no es
cuestión de alargarnos en demasía en el relato de los hechos acontecidos,
habremos de decir que después de tan sonadas nupcias y tras el consiguiente
viaje de novios por los rincones imperecederos de la vieja Europa vino un
tiempo sublime de ardoroso amor guerrero al que ni el avance del embarazo, con
la proximidad del inminente parto, hubieron de poner mesura y freno.
De esta
manera y bendecido como si de un mesías esperado se tratara llegó el
primogénito, sobrado de pelo y llanto, al que hubieron de seguir, nos
ahorraremos detalles y pormenores, otros dos embarazos con sus partos y como a
carga y descarga con lo que en un abrir y cerrar de ojos los rincones de la
otrora plácida mansión se tornaron en un amasijo de gritos, aullidos y platos
rotos. Con el paso del tiempo, que todo lo cura o envenena, es lo que tiene el
discurrir del vivir y sus asuntos, brotaron sin antifaz las escondidas
intenciones del fogoso Cantinflas que una vez logrado con creces su preciado
objetivo hubo de darse, sin control ni mesura, al vivir al que se suelen dar
los que siempre se llamaron señoritos con la consiguiente merma en el ingente
capital del suegro, que, como buen capitalista, era roñoso y sostenía, muy a su
pesar, los gastos de farra y parranda del mencionado pájaro vicioso que no
escatimaba gastos e invitaciones en bares, casinos y casas de selectas putas y
hasta de putos, que fue a fin de cuentas lo que hubo de elevar hasta el límite
mismo de lo soportable la paciencia del sufrido suegro, que como hombre que
dijimos anclado en las rectas ideas y los procederes recios hubo de tomar, sin
dilación, prorroga ni retraso ,cartas en el asunto de manera precisa y que paso
a relatarles.
Desde
Santurce a Bilbao venía cantando, pantalones caídos y JB aguado en la mano, el
asemejado Cantinflas en los albores de un amanecer del caluroso agosto. Ya
saben ustedes, amantísimos leedores, que en esta Mancha del diablo el discurrir
de la época estival suele ser insoportable y hasta insufrible por aquello del
calor con sus ardores. Tal vez por ello, porque venía sumido en vapores de
alcohol y desmesura, hubo de encaminarse, con decisión y muy dispuesto, en
pelotas, como lo parió su madre, hacia el borde mismo de la piscina donde
otrora remojara su cuerpo de mameluco junto a su ardiente doncella lanzándose
al agua de tal manera y con tan infausta fortuna que hubo de dar un panzazo que
le arrebató de tal modo el “sentio” que incapaz fue de vislumbrar, al emerger
de las aguas, la silueta que se dibujaba, apenas aclarada por los tenues rayos
del sol venidero en las claras y transparentes aguas. Lo que a buen seguro si
escuchó, y aun recuerda, es el escopetazo que como trueno de tormenta veraniega
descerrajando la noche sonó en los albores de aquel amanecer fatídico, y más
aun habrá de tener presente el semblante enrojecido por el cabreo y la ira de
su acaudalado suegro quien, en pelotas y como vino al mundo, lo puso de patitas
en la calle, al albor de la luna que se iba y los luceros que se escondían, con
la premisa latente de que purgase sus culpas y se hiciese hombre de provecho
porque de lo contrario, así se lo dijo y juren que lo entendió, el próximo
disparo mañanero de escopeta habría de darle bien derecho entre los huevos, con
lo que eunuco sería sin haber sido castrado, aunque a tiempo, son las cosas del
amor y sus arrebatos, hubo de emerger por el balcón la defenestrada Julieta que
entre llantos y hasta amenazas suicidas consiguió que su progenitor cediese en
tan asesinas amenazas y diese otra oportunidad con propósito de enmienda a su
amantísimo esposo que desde entonces, pueden creer que es verdad, luce recto en
procederes y actos como la vara de un pino.
sábado, 22 de junio de 2013
Días de escuela en el Cervantes
Desde el colegio Cervantes, que abandonaron hace un tiempo mis tiernos
infantes camino de cotas más altas, me pidieron que colaborara en un loable
proyecto. Se trataba de reflejar las vivencias escritas, que junto a las de
otros mortales habrán de conformar un libro si se puede y llega el caso, que
habrían de despertarme, en el alma y los sentidos, el paso, hace ya unas
décadas, por tan añorado lugar. Y el parto fue este escrito, que ante todo
deseo y quiero que sirva de sentido homenaje a los que plasmados en el quedan,
porque a su trabajo y buen hacer debe este escritor de pacotilla las pocas
sapiencias y conocimientos que atesora hoy en día. Y también hube de acordarme
de mi añorado Labordeta, que como maestro de oficio que era, plasmó
magistralmente en una de sus canciones las vicisitudes del arte del enseñar.
Así que, va por ellos.
Aún conservo el recuerdo, es algo que lleva aparejado el
discurrir de la vida en lugares pequeños como el pueblo, del día en que se
empezó a comentar por sus rincones que iban a construir un instituto en la
villa. Debió ser por los años en que era alcalde de la misma Manuel Navarro
Salazar, que hubo de pasar a los anales de la historia santacruceña con el
conocido apodo del Boterillo. Y el recuerdo se me transforma en nostalgia, por
los días vividos y el tiempo pasado, cuando también me llegan hasta la mente
las horas que pasábamos por los aledaños del parque para comprobar y ver, no
fueran a engañarnos, con nuestros sorprendidos ojos de pequeños infantes, la
evolución de tan grandiosa obra, mientras pensaba, que más pronto que tarde
habría de estudiar en aquellas aulas.
Un servidor procedía, porque fue su primer destino
escolar, de las lóbregas aulas conventuales del colegio de las Madres
Concepcionistas, de quien muchos hombres y mujeres de este manchego lugar
guardaran una respetable y grata recordación, que en el caso de este humilde
escribiente queda difuminada en anécdotas incontables que no hubieron de ser
buen caldo de cultivo, puesto que el día que traspasé aquellas murallas camino
de las Escuelas Nacionales del Jardinillo se me antoja, pasados ya muchos años,
de los más felices de mi vida.
Mas si me piden que recuerde y que mi vana memoria
rememore que fue lo más resaltable de lo vivido entre las paredes del hoy añejo
instituto a buen seguro habré de decepcionarles, porque si algo me viene a la
cabeza conservándose aun fresco es cosa que inusitada puede parecer en el
presente, pero que entonces, en aquellos años de ostracismo sombrío, era asunto
destinado a reyes. Y les cuento, deshojando la margarita. Al llegar a las
escuelas nacionales mencionadas tuve la gran suerte de caer en las manos de
quien habría de ser con el paso de los años mi maestro y amigo, en el sentido
más amplio del término y la palabra, Eugenio Laguna Saavedra, pequeño de
estatura y con el corazón grande. De su mano anduve aquellos primeros años, de
él aprendí las elementales reglas del conocimiento, y otras tan necesarias como
la educación, el respeto y los buenos comportamientos.
Pero imagínense, queridos lectores, que en el
mencionado colegio todo lo que había era vetusto, arcaico y como sobrevenido de
un tiempo añejo. Por ello no se extrañen si les refiero que llegado el día en
que encaminamos los pasos en fila india hasta el Colegio Público Cervantes para
tomar posesión de los nuevos dominios todo lo que encontramos a nuestro
alrededor era como de cuento de hadas. Pupitres nuevos, pizarras de un verdor
que deslumbraba y hasta calefacción central, que habría de hacernos olvidar, de
una vez y por siempre, la estufa recalentada de butano que tan solo calentaba
la punta de los pies de Don Eugenio. Hasta gimnasio había, con potro, caballo,
plinto y espalderas, que me hicieron temblar por el solo hecho de pensar que
hubiera de saltar tan infaustos aparatos a los que de por vida tuve
inquina. Más si algo hubo, y es a lo que me refería al principio del escrito,
que deslumbró mis sentidos de aquel tiempo fueron los aseos, lavabos, wáteres o
como le quieran llamar, que nada tenían que ver con los apestosos retretes que
habíamos soportado durante toda nuestra vida escolar y que en la anterior
escuela mencionada eran comunales con lo que convertidos en impracticables
quedaban al rato de haber empezado a usarse.
Pertenezco a la primera generación de escolares
que hicieron el cambio del antiguo bachillerato a la Enseñanza General Básica
por lo que también soy de los primeros que entraron por la puerta del
Cervantes, hasta entonces ocupado por los bachilleres ,y he de decir que el
recuerdo conservado de aquellos días permanece cada vez que traspaso la puerta
del Colegio, porque en el fondo todo sigue inalterable y casi de la misma
manera, con lo que la experiencia es grata porque significa perder años y
volver, como en una máquina del tiempo, a la época de la infancia, esa que tendemos
a ver en color aunque a veces fuese en blanco y negro. A las horas del recreo,
entonces no existía pista polideportiva ni patios adecuados para los juegos,
salíamos como impulsados por cohetes en el culo hasta las cercanas eras, hoy
ocupadas por instalaciones dedicadas a la práctica del deporte, donde a
pedradas nos abríamos la cabeza o nos quebrábamos los huesos.
Dice el rico refranero que es de bien
nacidos el ser agradecidos y es por ello que mi gratitud habrá de extenderse
hasta recordar el nombre de María Teresa Martín, que me alentó, y mucho, en el
asunto de la escritura, Josefa Hellín de Vivar, que capaz fue de enseñarme lo
que aún comprendo del francés, Francisco de Gracia, que me inculcó el amor por
los libros y las letras, Antonio Ruiz, que pugnó y consiguió que las
matemáticas incubaran por un tiempo en un cerebro poco predispuesto a las
formulas y los números, y ante todo y sobre todo, mi eterno agradecimiento a
Eugenio Laguna Saavedra, que me hizo comprender que el viejo dicho tan en boga
en aquellos años de que “las letras con sangre entran”, era cuestión de
acémilas y gentes de baja estopa. Jamás le vi, fuera de los usuales capones que
necesarios eran para dar conocimiento a ciertas cabezas llenas de paja, usar la
fuerza en el ejercicio de su noble oficio y eso a un servidor, que había
sufrido en sus carnes métodos más expeditivos en las primeras andanzas
colegiales de triste recuerdo, le vino a resultar como maná caído del cielo.
Ahora, una vez que mi vástago primogénito y su
hermana partieron para otros lugares, solo me queda pensar que habrá de llegar
el día, me da que habré de tener mal pelo, en que vuelva a traspasar la puerta
del colegio cogiendo la mano de los nietos. Mientras llega ese momento, si es
que le da por venir, andaré por sus añejos pasillos cada vez que elecciones se
celebren y no duden, sufridos lectores, que el viento del recuerdo habrá de
volver a anidar en mí ser como una llama.
sábado, 8 de junio de 2013
Parece que fue ayer ....
miércoles, 22 de mayo de 2013
El vuelo de la infanta
Así las cosas, el lunes muy de mañana y antes de
que alboreara el alba me tenían ustedes, queridos y amantísimos lectores,
preparándole un buen bocadillo de tortilla a la francesa con su correspondiente
jamón, que hube de hacer extensivo, con otro de la misma calaña, al vástago
primogénito, que es hombre de buen comer y poca delicatesen, para que tuviese
sustento y vianda, a la infanta me refiero ahora, durante el trayecto que había
de llevarle hasta la ciudad de Málaga, donde habría de embarcarse en el vuelo
que con destino a la bella Italia la desembarcaría en la antigua y
legendaria Roma y desde donde habría de partir hacia su destino final en
la urbe de Siena.
Y pensaba yo, mientras batía los huevos y sofreía
el jamón, en aquel día, cubierto de nebulosa por el implacable pasar del
tiempo, en que me dispuse a ir de excursión al campo de aviación. No vayan a
pensar los que lugareños del pueblo no sean, que el citado aeródromo se
encuentra alejado de la villa porque estarían en la más absoluta equivocación. El
antedicho lugar está como a un "pie puta” que decimos en el pueblo o a la
vuelta de la esquina que es lo mismo. Tres kilómetros separan a lo sumo el
poblado en el que vivo, y vivía por aquellos años perdidos entre vapores de
melancolía sin sentido, de aquel lugar en el que hasta se podían cumplir los
deberes con la patria que conllevaban la prestación del servicio militar. Y fue
allí, donde un día de principios de los setenta, aquellos en que se aventaba el
final de la dictadura del tío Paco, dijeron que nos llevarían de excursión los
maestros de la escuela.
Así, anunciado el evento en casa, mi madre no
debió de otear el lugar a donde habría de dirigirse tan exigua expedición por
lo que llegado el día y después de zamparnos las habichuelas con morcilla, me
dispuse presto a partir, mientras mi progenitora me advertía que tuviese
“mucho cuidao con los refugios, a ver si te va a pasar algo”. Y a la pregunta,
lógica y natural desde la ignorancia, de que eran los “refugios”, me hubieron
de contestar que “túneles bajo la tierra donde se metían cuando la guerra”.
Como por arte de magia se me desbocó la imaginación y en un momento pasé, de la
alegría por el viaje, a la absoluta temeridad que provocó en mi imaginación el
pensar que calaveras, huesos y esqueletos habrían de poblar aquellos angostos
lugares, por lo que, llegado a la esquina de Otón Peñuelas, justo enfrenté del
supermercado de La Despensa, para información de los más tiernos infantes, puse
pies en polvorosa volviendo sin demora a la casa de mi infancia.
Por ello, cuarenta años después, cuando veo
subir al autobús a la infanta de los lloros, no puedo evitar que una nube de
diminuta congoja me atenace el corazón. De aquellos barros vienen estos lodos.
Aun es mi niña, apenas catorce años asoman a su ventana y es la primera vez que
miles de kilómetros habrán de separarnos. Pero me digo, que justo es eso lo
mejor para ella. Volar del nido y sentir que la vida es por y para disfrutarse,
porque si algo hay claro en este devenir mundano es que los buenos momentos
habremos de buscarlos, mientras que los sufridos e indeseados nos habrán de
llover sin que los queramos.
AMPARO
Amparo, la de la carita alegre
la del pelo ensortijado
la que llena los rincones
de trastos y cachivaches,
la que nada desconoce
la de los ojos rasgados.
Amparo, la que lo pregunta todo
la que me mira y sonríe
la que me llama y me quiere
reclamándome dulzura,
mientras me endulza la vida
con azucares y mieles.
Amparo, la de la perenne risa
la que su boca no calla
ni rendida por las fiebres.
A quien con fe le deseo
que se enamore del sol
de las nubes y los cerros
de las mañanas de Abril
de las tardes de febrero,
de las aguas que por Mayo
corren por los arroyuelos,
de los pájaros del aire
del viento, de los luceros
de la lluvia persistente
que golpea los tejados
de su música gloriosa
de los campos embarrados.
Amparo, a quien le propongo
que ande y recorra caminos
que indague, busque y comprenda
el mundo, sus laberintos
los escollos insalvables
los intrincados destinos
el dolor desencajado,
el calor de los amigos
de la amistad y los besos
cuando se dan encendidos
por el amor y el deseo.
viernes, 3 de mayo de 2013
De cuando fuimos titiriteros. La Casa de Las Chivas.
Les recomiendo que para la lectura de este relato busquen un cómodo sillón en sus aposentos y preparen una bolsa de pipas de kilo, a ser posible de Emilio Arias Lizano que resultan exquisitas, porque hube de excederme en su escritura. Mas eran tantas las cosas por contar y los asuntos a tratar que me resultó imposible ser más breve. Que lo disfruten o en su defecto les provoque, con estos efluvios primaverales, un reparador sueño.
La Casa de las Chivas, obra teatral original de Jaime
Salom, se estrenó en el Teatro Moratín de Barcelona el 22 de Marzo del año
1968. Después del estreno, y en la misma ciudad, se realizaron mil trescientas
cuarenta y tres representaciones, que se vieron con el tiempo aumentadas hasta
las siete mil, a todo lo largo y ancho del vasto territorio español. Carecería
este hecho de importancia, aun considerando que por aquellos años había poca
cosa donde entretenerse, si no hubiera sido la pieza teatral elegida por el
Grupo Teatral Mudela para su próximo estreno, que estuvo lleno, ya lo
comprobaran, de vicisitudes y acontecimientos múltiples.
Ya contamos en anteriores escritos que hablaban de
los devenires titiriteros de tan afamado grupo, que por aquellos entonces eran
escasamente conocidos más allá del pueblo y sus extramuros, los acontecimientos
acaecidos durante el estreno de Los Buenos Días Perdidos, con fieras, leones y
comidas de cuchipanda incluidos. Llegado pues es el momento de referirles que,
después de haber representado obra tan celebrada por los habitantes del pueblo
y aborígenes de los aledaños, hubo de venir a plantearnos el cura párroco del
lugar, Don Antonio Guerrero Torrijos, buena persona y cabezón como una mula, la
necesidad de ser partícipes de manera más activa en las diversas tareas que la
Iglesia desarrollaba en la Casa de Acción Católica, porque no solo del hacer
titiritero, tan banal e insustancial y dado como de por vida a las gentes del
vivir mundano y del viva la virgen, podíamos vivir y dar sustancia a nuestro
pobre espíritu, por lo que deber debíamos participar en asuntos tan eclesiales
como la catequesis, las charlas por la cuaresma y cuantas celebraciones
religiosas hubieran de ponerse a tiro. Ya les adelanto que las caras de los
asistentes a la reunión con tan recto clérigo quedaron como demudadas. Todas,
menos la del que era nuestro director y casi fundador Antonio Laguna, más dado
por convicción e ideología a la practica de tan píos menesteres.
Por ello, entre gritos y susurros, desafueros y
relámpagos, dentro de un orden por supuesto, recogimos los pocos bártulos que
por entonces poseíamos, entre ellos el escenario portátil, que para más manejo
y versatilidad nos había construido Basilio Olavarrieta, y enfilamos, derechos
y sin vuelta a atrás, hacia las Escuelas Nacionales del Jardinillo, que
amablemente nos había cedido el Ayuntamiento y en su nombre el alcalde que por
aquellos años regía los destinos del corral con sus gallinas Antonio Cobos
Ramiro y que se encontraban sumidas por aquellos días, que como a perdidos
suenan, en el deterioro y abandono más profundo, aposentando nuestros reales en
una de las aulas que aún se mantenía, contra vientos y lluvias en pie, aun con
la certeza de que cualquier día se nos podría venir el tejado encima,
pereciendo como lo hicieron los antiguos pobladores de Pompeya bajo las tierras
que en forma de lava les escupió encima el Vesubio.
Así, prestos, nos dispusimos a la tarea del desescombro con la intención de
hacer mínimamente habitable aquel reducto donde generaciones de santacruceños
habían aprendido las cuatro reglas y la lista de los reyes godos entre porrazos
y capones, mientras comenzábamos los ensayos de la mencionada obra que por carecer
de director, puesto que el susodicho anteriormente había optado bajo su buen
criterio por abandonarnos en nuestra titiritera aventura, empezó a ser dirigida
por todos a la vez y sin exceso de control mientras nos rascábamos los
sabañones, que por efecto del frío glacial imperante en el lugar, habían
aparecido en manos y apéndices auriculares.
Todo, hasta que llegada la noche en que
degustábamos una pipirrana, plato típico del lugar compuesto de tomate en su
jugo, atún, cebolla, huevo duro, aceitunas y aceite crudo al gusto, en el patio
que habíamos limpiado de pajitos y mierdas de gato, apaciblemente sentados
entre charlas y vapores de vino tinto, hubieron de aparecer Juan Antonio Arroyo
Gilabert, más conocido en el lugar por Gila a secas, que por aquellos años bien
podía parecerse en la figura y empaque a Ernesto Guevara, alias “El Ché”, por
melenudo y barbado, acompañado de quien es su esposa, Elena Arce, a proponernos
su integración en la pandilla titiritera. Procedían tan venerables pájaros del
antiguo Grupo Teatral Electra, que en su breve existencia había gozado de una
notoria popularidad en la villa y extramuros, por lo que con presteza y sin
vacilación les invitamos a unirse a la peña pues no estaba el asunto para ir
desechando fichajes. De esta manera pasó a ocuparse el susodicho, más versado e
instruido en estas lides, de la dirección de la obra y sus actores, con lo que
poco a poco y avanzando nos hubimos de ir acercando al 18 de abril de 1985, día
señalado para el estreno multitudinario del espectáculo en el Teatro Cine
Cervantes, donde habrían de vernos, si todo salía como se esperaba casi
ochocientos indígenas del lugar y los contornos.
Habrán de preguntarse, y lo harán con toda la razón,
como es que habíamos pasado de representar en el vetusto salón de la Casa
de Acción Católica para hacerlo, como las vedettes de las revistas y grandes
compañías titiriteras, en lugar tan afamado y con tanta solera. Ocurrió, que
teniendo la certeza de que la visita al señor cura para pedirle que nos cediera
el rancio salón, otrora utilizado, para los estrenos habría de hacernos salir
huyendo como gatos escaldados, tuvimos la feliz idea de ir a pedir audiencia a
Ladislao Muela, dueño del mencionado teatro, para proponerle el alquiler o lo
que a bien tuviera considerar del local para tan clamoroso evento. Era el
hombre, a quien siempre tuvimos en elevada estima y consideración, persona
aviesa en los negocios, por lo que sin dudarlo hubo de proponernos, bien sabía
lo que se hacía, ir con lo recaudado en taquilla a medias o dicho más fino como
al cincuenta por ciento.
A tres días vista del estreno, y con todas las
entradas vendidas, con la intención de llevar a cabo los ensayos generales,
tuvo lugar la mudanza de los trastos y enseres que componían la escenografía de
la obra en el camión de Eugenio Arce, torreveño y melonero de toda la vida y a
buen seguro que pierdo el hilo del recuerdo si tengo que hacer referencia a
todo lo que fue mudable. Ya hemos dicho que por aquellos años andábamos escasos
de bienes, motivo por el cual aprovechábamos cualquier cosa que nos fuera útil,
por lo cual y siendo necesaria la utilización en algunos pasajes de la obra de un
cañón de seguimiento, el amigo Lorenzo Molina hubo de fabricar uno, ipso
facto, con un tubo de uralita y una bombilla de las que usaba Vélez en la
granja para calentar los pollos que nacían primerizos, con el consecuente
calentamiento del armatoste y el peligro de que pudiera darse un fatal
cortocircuito, el mismo que podía ocurrir si algún cable en mal estado rozaba
la chapa de los protectores con que iban enfundadas las bombillas por aquello
de que con el reflejo y como a modo de espejo daban más luz. Como pueden
comprobar, porque jamás lo ocultamos, la imaginación nos sobraba y chapuceros
éramos un rato.
Y llegó el día del estreno, en el que desde
primera hora de la mañana abordamos los postreros preparativos, dándole mil
vueltas a cada cosa para que todo estuviese ultimado y concluido en el momento
de ver la luz el parto de tan clamoroso evento. Después de comer, y con los
efluvios de las legumbres quemándonos en las tripas, ya nos tenían
desempaquetando los pasquines en los que se detallaba el argumento y reparto de
tan esperada obra, impresos en el taller del amigo Juan Valverde, y que se
recuerdan como aquellos que hubieron de ser, los que se parecían a los anónimos
que envían a sus víctimas los asesinos en serie de las películas americanas,
esos que llevan, en un texto de una hoja, treinta tipos de letra de diferente
manera. Como a las ocho de la tarde de tan señalado día, el estreno era a las
nueve, ya estábamos todos los actuantes preparados con vestidos y atuendos, (un
servidor calzó por primera vez en su vida botas de militar, esas que afanadas
fueron por Gregorio “El Pavo” mientras cumplía los deberes con la patria,
asunto belicoso que este escribidor se pasó por la entrepierna ), en los
bajos del escenario del cutre teatro que hacían las veces de camerinos y que
tenían dentro del ser y en su concepto aspecto de tercermundistas puesto que
carecían de saneamiento y hasta de agua potable con que lavarse, por lo que
para el acicalado de actores y actrices había que echar mano del agua estancada
que contenía un bidón, cedido por algún alma menesterosa, qué en aquel lugar de
ensueño se encontraba acompañado del espejo, lavabo y jarrón de porcelana, solo
faltaba el bacín, que debían haber servido de dote a Ladislao Muela padre y la
Eloísa el día en que contrajeron nupcias por los principios del pasado siglo.
Como a quince minutos del comienzo de la obra ya
nos tenían a todos, queridos y queridas míos, en el escenario, pálidos,
expectantes, observando entre telones, como el local se iba llenando hasta
reventar, entre los sudores fríos del empresario, que temía una catástrofe
parecida a la de El Coloso en Llamas, celebre película de Charlton Heston, y
los tragos de tila que íbamos echando de las botellas de litro que nuestras
madres habían preparado con la intención de que llegado tan decisivo momento
aplacásemos nervios e impulsos para poder aparecer en escena tranquilos y como
arrasando. No hemos referido que ambos lados del escenario, por estrechez y
falta de medida, estaban incomunicados, por lo que, si quedabas en el ala
derecha, un habitáculo de unos seis metros cuadrados, condenado estabas a la
incomunicación con el mundo y sus congéneres hasta el final de la obra.
A los sones de banda sonora de Éxodo, una más del
gran Paul Newman, abrieronse los telones y dio comienzo una representación que
desde su principio llevada fue como en volandas por el público hasta el éxito.
A cada aparición los aplausos retumbaban en el vasto recinto como truenos de
tormenta veraniega y así parecía que temblaran el suelo y con el nuestras
jóvenes osamentas, que movidas por el traqueteo y el acojone de las salidas a
escena se abrieron como en canal por los efectos relajantes de la tila, hecho
que llevó a la relajación de los esfínteres urinarios, por lo que hubimos de
dar gracias a Dios y al alma menesterosa que tuvo la cuerda idea de llevarse un
orinal para soltar los líquidos sobrantes entre bastidores.
Creo no haber dicho, ya saben que el escribidor es
persona olvidadiza, que la obra de la que hablamos en cuestión desarrolla su
acción en los días cruentos de nuestra guerra civil, sin que se sepa muy bien
quien es de un bando o del otro, motivo por el cual y pasado el meridiano de la
representación, acaecía que, desde el cielo y sin aviso, nos atacaban aviones y
hasta nos lanzaban bombas que habrían de dejar y dejaban la casa hecha unos
zorros. Por ello, y pasada la incursión aérea, debían quedar los rastros del
derrumbe y la desolación patentes, por lo que no dudamos, siempre “palante”
como los de Alicante, en arramblar con un saco de escombros de los que por El
Jardinillo había, que añadido a restos de maderos y un sin fin de tejas rotas,
hicieron parecer que por el Cine del Patito había pasado un terremoto como el
de Managua, de nueve grados en la escala de Richter, sin que apenas nos
hubiésemos dado cuenta. Acto seguido, y para calmar los ánimos, debían los
actores tomar en escena un reparador caldo que bien pueden ustedes imaginar que
en el mundo del teatro puede ser asunto fútil y simulado, pero que en nuestra
calenturienta mente, muy dada a la realidad con sus contextos quedo traducida
en unos sobres de sopa Maggi, ya en boga por aquellos tiempos, que calentados
fueron en un infernillo eléctrico con el que quemamos el preciado escenario, ¡y
mira que lo advertiría veces!, de nuestro sufrido empresario Ladis. También
aparecía en escena un pozo que, en nuestra ineptitud para imaginar cosas
ficticias, hubimos de hacer casi de ladrillo visto, con su soga y cubo de cinc
lleno de agua, que de haberse derramado hubiese montado un cirio de padre y muy
señor mío.
Al final, con el público enardecido y palmeando
como posesos, llego el momento culminante, ese que nos sacamos de la manga y
que consistía en salir enarbolando una pancarta que escrita llevaba la palabra
PAZ, mientras la santa, triunfal protagonista de la obra, soltaba una paloma
que había de simbolizar tal gesto. No pueden imaginar ustedes, aunque ahora les
de la risa, la de horas que hubimos de empeñar para dilucidar si la suelta del
volátil se llevaba o no a cabo. Mientras unos pensaban que era un gesto hermoso
y digno, otros, aunque lo creyeran, especulaban con que algún integrante del público,
rústico y de pueblo, habría de cogerla al vuelo para despacharse un buen
cocido, aunque finalmente se impuso la cordura y el vuelo del ave, amplio y
majestuoso, no fue interrumpido, siendo, en contra del pensamiento de las
mentes obtusas, muy aplaudido y festejado.
Y a la salida, amigos, conocidos e integrantes del
grupo titiritero que no habían participado como actuantes en la obra hubieron
de vestirse de mimos, blanco el semblante y sombrero de bombín, para proceder a
la venta de claveles. Y les cuento, para empezar a despedirme, que al día
siguiente cuando anduvimos por entre calles y callejones, con sus bares y
tabernas, el pavo se nos subía hasta límites insospechados por los halagos que
nos regalaba la gente a nuestro paso elogiando nuestro buen hacer de
comediantes. Hubimos de marchar aún por las villas de Almuradiel, Herencia,
Calzada de Calatrava y Castellar con sus pucheros representando este drama,
pero hubo de ser en Torrenueva, pueblo de todos conocido, donde alcanzamos de
nuevo la gloria, con dos representaciones, una en el barrio del Cristo, donde a
falta de escenario nos subieron en remolques, proceder muy torreveño, mientras
lanzaban si control montones de cohetes rastreros, y otra en el Hotel Castilla,
donde habíamos llegado a un buen acuerdo con el propietario en el asunto de la
taquilla, sin tener en cuenta que aquel día jugaba un futbolero partido la
Selección Española, que nada ganaba y todos seguían, con lo que llegada
la hora de la puesta en escena solo las moscas hubieron de acompañarnos.
Así, y termino, cobrar no cobramos por lo que
presto hubo de llegar Jaito para ocuparse de la intendencia que era su fuerte,
exigiendo que al menos la manutención de tanto saltimbanqui titiritero se
llevase a cabo según lo acordado, con lo cual, y ahora si me despido, cobrar no
cobramos, pero el semblante demudado del dueño de aquel Hotel, que aún
subsiste, daba muestra clara la noche de autos, con el ir y venir de chorizos,
morcillas y otras viandas, regadas con su buen vino, de la incertidumbre que le
carcomía los adentros al pensar si no hubiera sido mejor pagar por lo no
realizado, que dar de cenar a aquella pandilla de harapientos, que parecer
parecían emergidos desde el inmundo pozo arrinconado del mundo.








