Como mandamientos:

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

A veces uno sabe de que lado estar simplemente viendo los que están del otro lado.
Leonard Cohen

jueves, 15 de agosto de 2013

Entre telones y bambalinas, otra vez titiritero ...



      

   
    
     Ya saben los que soler suelen leer mis divagaciones que desde mediados del último diciembre anda este escribidor de poca monta por las sendas y caminos del paro. Y también sabrán, y si no pueden imaginárselo, lo poco placentero que resulta eso de levantarse cada día sin nada concreto que hacer y con pocas ganas de existir, aunque justo será reconocer que uno intenta, con sus años y achaques, ponerle un poco de salsa a la vida, esa que parecen querer destrozarnos desde los pies a la cabeza.

      Es por ello, no tengo duda, que aún con más tiempo y menos hacienda, figúrense que incongruencia, se me asoman con más tardanza los hados de la inspiración, con lo que los relatos de esta humilde factoría de escritos se van espaciando cada vez más en el tiempo. Y es en estos días veraniegos, de canícula y bochorno, tan odiosos para este mortal de por vida, cuando me cuesta horrores el mero hecho de ver que amanece. Uno fue, como también saben, animal de trabajo nocturno durante casi treinta años, con lo que el hecho normal de acostarse a la hora prudente en que la santa se dirige a los aposentos, pasada con creces la medianoche, se me hace insoportable, porque intuyo a ciencia cierta que a tan “tempranas” horas me habrán de aparecer los fantasmas del insomnio y por derivación las calenturas de cabeza y los lúgubres pájaros negros. Es por ello que prefiero quedarme devorando libros y alimentando mi decadente intelecto hasta que el sopor y la modorra me vencen, para así, entre gallos y medianoche, acompañar en el duermevela a la antedicha que  sueña cobijada entre los brazos de Morfeo.

     Y es así, como decía, que a pesar de los somníferos y sus efectos, apenas pasadas breves horas, los ojos se abren como platos mientras la luz de un nuevo día asoma por las rendijas de la persiana. Y ya les digo de antemano que ese momento lo odio. Lo odio. porque trae consigo una jornada más en que el día habrá de juntarse con la noche como si de un desierto se tratara. Y aludo al desierto porque poca belleza y hermosura habré de encontrar en tan sinuoso camino. Y como ya les he contado demasiadas penas, tendré que admitir ahora que algunas alegrías han jalonado también estos sombríos meses.

     Los que viven en el pueblo y extramuros ya se habrán enterado, y si no es así les digo que están poco al loro, de cómo la Asociación de Padres y Madres del Instituto Máximo Laguna, llevó a cabo la representación de la obra ¡Anda mi madre!, y les cuento. La santa que, como todos los citados saben, es mujer muy de raza interpretativa se embarcó nuevamente, aunque siempre jura y perjura que será la última, en echarse sobre las costillas la interpretación de un papel estelar en la citada comedia y como bien dice el refrán que pueden más dos tetas que dos carretas, me instó a que presto y sin demora optase por idéntica decisión, ¡que tendrá el genero femenino que siempre decide por dos! y eso sí, menos mal, que ahí planté mis reales y dije que estando vano de seso y con el seso alterado no era el mejor momento para el estudio con su memoria. Y conseguí, al menos en una parte, salir airoso y con buen pie aunque para mi pesar hubieran de encomendarme la tarea de apuntar, asunto este al que siempre tuve odio, manía y hasta inquina.

       He de reconocer, porque me gusta ser sincero y justo, que malditas sean las ganas que en principio portaba al subir la cuesta que conduce desde mi morada hasta el mencionado centro, máxime cuando aprenderme un papel, dado lo exiguo de mi capacidad de retención mental en los tiempos actuales por los motivos expuestos, era asunto que ni me apetecía, ni viable veía que fuese capaz de llevar a buen puerto, por lo que decidieron, mal decidido por cierto, que me dedicase a las tareas de la dirección de actores, faena esta que ya había realizado en alguna ocasión en los lejanos tiempos en que fui titiritero e integrante del afamado Grupo Mudela y para la que en justicia habrá que decir que tampoco está excesivamente dotado quien les cuenta estos hechos. Por ello, una vez empezados los ensayos del vodevil  titulado Anda mi Madre, la santa, que nunca tuvo excesiva confianza en mis afanes por emular a Alejandro Amenábar, optó por ponerse en contacto con quien fue antiguo director del mencionado grupo y a quien todos conocemos por Gila, quien presto se ofreció para llevar la nave hasta buen puerto. Así y con esas pasé a las tareas de subdirección o lo que es igual a dirigir cuando él no estaba y a otra que es ingrata de por vida y odiosa hasta reventar, la de apuntador. No pueden imaginar mis apreciados lectores hasta qué punto es aborrecible eso de estar entre bambalinas, colgaduras y cortinas, escondido como fugitivo entre las matas, leyendo la obra cientos de veces leída con el afán de no perderte por si a la vez se pierden los que actúan en sus decires y haceres y perdiéndote, esto es lo más detestable del asunto, el estreno y disfrute de la función.

      Comenzamos los ensayos cuando más afloraba el crudo invierno y al principio, como siempre suele pasar, lo tomamos como con relax y distensión, aventando muy en la lejanía el día en que hubiera de estrenarse la comedía. Más como lo poco gusta y lo mucho cansa, llegó el día en que hubo que poner fecha al inminente estreno y con ello llegaron las prisas con las consiguientes preocupaciones. Decir que durante los ensayos hubo días en que la risa nos dobló sin dudarlo el espinazo y asegurar, aunque habré de rematarlo después, que fue esta buena medicina, para los unos y para las otras, en la curación de los males que afectan al alma.

     Imaginen, aunque los supongo informados, que presupuesto para la compra de enseres, utensilios y mobiliarios había poco o ninguno y fue por ello que el amigo Nacho, integrante del clan y primer actor de la comedia, camarada de Paito, hubo de ingeniárselas, en estos menesteres es un maestro, recogiendo de donde fuera posible todo lo necesario para el montaje del evento. Decir que Paito es el buen muchacho que se dedica a recoger en el pueblo y extramuros todo lo que recogible es y desechado ha sido, con lo que lavadora, frigorífico, armario, plancha y no sé cuantas cosas más hubieron de viajar en la “forgoneta nachera” en lo que para ellos ha debido de ser como una segunda oportunidad en la vida.

    Y así, entre tropezones y suspiros de “esto no sale”, llegó el día del ansiado estreno. Día en que el salón de actos del instituto se asemejaba a los fondos del infierno con las calderas de Pedro Botero a pleno gas y funcionamiento, ¡que calores y estertores, Dios de mi vida! y cual no fue nuestra sorpresa cuando a media hora del estreno, y oteando entre telones, pudimos observar que el recinto se llenaba a reventar entre los sudores de unos y vahídos de las otras. Por ello, y antes de comenzar, ya hubimos de dejar sentado, aun sin fecha ni control, que una nueva representación habría de celebrarse cuando las haciendas y deberes de tan “afamados” actores dejasen un hueco en sus vidas libre. El estreno fue un éxito, y la celebración posterior, ya les supongo en la certeza cierta de que los españoles no sabemos rematar un evento sin palmeo, vino y tortillas, por poner un ejemplo, de las que jamás se olvidan. Con posterioridad hubimos de volver a representar el vodevil en la Casa de la Cultura saboreando de nuevo las mieles del éxito, y volviendo a comer tortillas, quedando emplazados, cuando pasen los calores del estío, para la preparación de una nueva comedia teatrera.

     Y como no hay dos sin tres, de este asunto de la farándula hubo de nacer otro muy festivo y celebrado, el de la fundación del grupo viajero “Hay vida después de los cuarenta”, y también de los cincuenta añade un servidor, que realizadas lleva un par de excursiones, una a Gandía y otra a Nerja, que hicieron las delicias de todos los asistentes y muy en particular de quien estos les escribe que una vez más levantó el vuelo que planeaba bajo.

     Por ello, y me despido mientras pienso y escribo, tal vez le toque a Matute y Estefanía, otro de esos relatos del recuerdo que tanto me demandan, gracias a todos y cada uno de los que hicieron que este tiempo de nubes negras se tornase despejado, porque si algo saco a la vez en claro de estas vivencias es que el más preciado bien atesorado en el ser humano es el de la amistad y el disfrute saludable de cada momento transcurrido, ese que nos lleva, como decía mi amigo Charles Chaplin, a vivir la vida con pasión, perder con clase y vencer con osadía. Lo dicho, un gusto.


    


sábado, 13 de julio de 2013

De un romance sin par.



    
    

 El portaba cara de chiste o mejor y, para ser exactos, un semblante que se asemejaba, como hecho a calco, al de Mario Moreno, más conocido como Cantinflas, celebre actor mexicano que causó furor en las medianías del siglo XX por las tierras latinas, allende los mares, y en la que siempre han dado en llamar, sin serlo, la madre patria. La España de opereta que en aquellos años cuarenta todavía sangraba por los poros que abiertos habían dejado las secuelas de la cruenta guerra civil. Volviendo al pájaro cerero que se describía habrá que decir que era, y es, corto de estatura, cejas asemejadas a las de los chinos, ojos vivarachos y un diminuto bigote que coronado queda en dos tramos, a derecha e izquierda, sobre un labio superior que apenas se otea.

     Arribó por el pueblo venido de alguna villa olvidada de por los alrededores y por el modo de su parlar y el hacer de sus haciendas pronto pudo vislumbrar todo el que quiso, aunque avezado no fuera, que semejante sujeto tenía, como se dice en el pueblo, las costras de un galápago y más caras que un saco de perras gordas, además de ser, que lo era, poco dado al asunto de amagar la cerviz y dar el callo, mientras que muy al contrario era diestro, como los buenos toreros, en el levantamiento del vidrio; el de los vasos que contener contuvieran cualquier liquido bebible que agua no fuera. Así, café de mañana, si madrugar madrugaba y de postre unas copitas de Magno; unos vasitos de tinto con el primer declinar de la mañana, con sus consiguientes tapas que alargados quedaban en su mezcla a la llegada del mediodía con un buen manojo de botellines, a ser posible Cruzcampo, que ponían al susodicho, aún estando acostumbrado, más contento que las maracas que portaba el negro Machín en su años de apogeo y fama.

     No se ha dicho que decía, por los bares y rincones, que ser era contratista de obras o empresario constructor, aunque nunca se le adivinaran trazas ni motivos que dieran en que pensar que dedicarse se dedicara a tan honroso menester, porque mono no portaba, gorra de propaganda tampoco, ni vestimenta que hiciera creer y ni siquiera pensar en que peón de albañil fuere, portando por el contrario sobre su osamenta el traje de color marrón, pleno de brillos y usagres, que hubo de adquirir para asistir  a la boda, veinte años atrás, de su primogénita hermana y que bien pudiera decirse que se asemejaba a un espejo por los reflejos y fulgores que despedía cada vez que el astro rey posaba sobre la prenda sus delicados rayos.

     Ella, ella tenía tarea. Había llegado, como a modo de recuelo, en el último estertor procreativo de unos progenitores que pasaban con creces de la cuarentena y cuando el empeño, en la cotidianidad de las sexuales costumbres se entiende, que se le atribuyen al hecho de vivir emparejados empezaba a declinar, sumidas en lo cotidiano de la costumbre. Tal vez por ello, porque añorada era su llegada, fue recibida como el agua de abril, con parabienes y hasta bendiciones del cura párroco del lugar que bendijo, como si de una reliquia se tratara, aquella diminuta criatura peluda a quien envuelta entre sedas llevaron como en volandas hasta el borde mismo de la pila bautismal. Sabía lo que se hacía, al cura párroco me refiero, cuando entre cadencias varias y efluvios de JB bautizó a la tierna chiquilla que al sentir el agua sobre su sensitiva cerviz hubo de descerrajar un súbito y desgarrador grito que bien pudo asemejarse, por el tono del timbre y su prolongada exposición, al aullido del último lobo perdido y sin hallar en los confines perdidos de la cordillera pirenaica. Y sabía lo que se hacía, al cura me sigo refiriendo, porque a tan sublime y eclesial celebración le sobrevino, entre alegrías de gitanos palmeros abrazados a sus guitarras, un largo fin de semana de celebración y éxtasis campero en el que viandas comestibles y bebibles corrieron entre bocas y paladares en exceso y demasía, con lo cual, sin costo y gratuitamente, llenó el buen mosén su ya prominente barriga de todo cuanto deseó y le cupo, que hubo de ser, si tener tenemos en cuenta el ataque inmisericorde de gota que le sobrevino después, cuantioso y sin par alguno en los confines del pueblo y sus extramuros.

     Y así, con el pasar de los años, la que fue criatura de escuetas dimensiones fue creciendo rodeada de todos los antojos y consentimientos que imaginarse pueda. Por ello no fue de extrañar que, llegada a la etapa vigorosa de la vida en que despiertan sin ser llamados los adormecidos y ocultos sentidos, hubiese de tornarse la criatura gacela de desbocados instintos, hecho por el cual no era de extrañar que toda una cohorte de pretendientes de baja estopa, que buscaban vivir del cuento sin tener que dar ni golpe, hicieran como fila india a la búsqueda de la mano de tan pretendida dama.

     No hemos dicho que el padre de la criatura era hombre anclado en los procederes y creencias de antaño, de misa, del Opus Dei, y dueño de un almacén ferretero que le reportaba cuantiosos beneficios y tampoco dijimos que ella, la tierna dama, denotaba en las distancias cortas escasez de luces e inquietud de ingles.

   Ellos, él y ella, hubieron de conocerse una noche bulliciosa de fin de año entre humo de tabaco, vapores sudorosos y los efluvios de menstruo que emanaban desde las recónditas entrañas de la discoteca Lord Jim, al son de los compases archiconocidos del Rockolletion, una recopilación de canciones añejas de los 60, que había puesto nuevamente de moda un francés, Laurent Voultzy, que habría de tener con el paso de los años corto bagaje y efímera existencia en los musiqueros asuntos y a quien, en estos tiempos aciagos, no recuerda ni su venerable padre.

     Y como bien dice el refranero, que siempre es sabio y sienta cátedra, aquello de que Dios los cría y ellos solos se van juntando, al igual que por los polos de un imán atraídos hubieron de gustar, con premura, pasión y desenfreno de una noche de amor desaforada en el asiento trasero del Simca 1000 que, con más kilómetros que el sacrosanto baúl de Doña Concha Piquer, conducía el varonil macho. Y así, de manera tan súbita, germinó la llama del amor en aquel par de elementos con tal pretendida efusividad, el uso del condón era costumbre a la que el macho integrante de la pareja tenía eterna y perenne inquina, que apenas pasados un par de meses de tan efusivas relaciones quedose la damisela, como la burra de Piña, preñada sin remedio ni solución.

     Y como las costumbres del no tan lejano antaño no eran las actuales de hogaño, prestos hubieron los progenitores de aquellos amantes de Teruel desenfrenados en preparar con prisas y sin pausas la boda de las criaturas antes de que el bombo súbito de la preñez en ciernes adornase el perfil de la ardorosa Julieta. Obviaremos las celebraciones que por ser hija única y tardía hubieron de tener lugar, pero es de justicia afirmar que más famoso que las bodas de Camacho, inmortales por obra y gracia del Quijote de Cervantes, hubo de ser el banquete que tuvo lugar para enlazar los destinos de aquel par de afortunados pendejos.

     Y como no es cuestión de alargarnos en demasía en el relato de los hechos acontecidos, habremos de decir que después de tan sonadas nupcias y tras el consiguiente viaje de novios por los rincones imperecederos de la vieja Europa vino un tiempo sublime de ardoroso amor guerrero al que ni el avance del embarazo, con la proximidad del inminente parto, hubieron de poner mesura y freno.

     De esta manera y bendecido como si de un mesías esperado se tratara llegó el primogénito, sobrado de pelo y llanto, al que hubieron de seguir, nos ahorraremos detalles y pormenores, otros dos embarazos con sus partos y como a carga y descarga con lo que en un abrir y cerrar de ojos los rincones de la otrora plácida mansión se tornaron en un amasijo de gritos, aullidos y platos rotos. Con el paso del tiempo, que todo lo cura o envenena, es lo que tiene el discurrir del vivir y sus asuntos, brotaron sin antifaz las escondidas intenciones del fogoso Cantinflas que una vez logrado con creces su preciado objetivo hubo de darse, sin control ni mesura, al vivir al que se suelen dar los que siempre se llamaron señoritos con la consiguiente merma en el ingente capital del suegro, que, como buen capitalista, era roñoso y sostenía, muy a su pesar, los gastos de farra y parranda del mencionado pájaro vicioso que no escatimaba gastos e invitaciones en bares, casinos y casas de selectas putas y hasta de putos, que fue a fin de cuentas lo que hubo de elevar hasta el límite mismo de lo soportable la paciencia del sufrido suegro, que como hombre que dijimos anclado en las rectas ideas y los procederes recios hubo de tomar, sin dilación, prorroga ni retraso ,cartas en el asunto de manera precisa y que paso a relatarles.

     Desde Santurce a Bilbao venía cantando, pantalones caídos y JB aguado en la mano, el asemejado Cantinflas en los albores de un amanecer del caluroso agosto. Ya saben ustedes, amantísimos leedores, que en esta Mancha del diablo el discurrir de la época estival suele ser insoportable y hasta insufrible por aquello del calor con sus ardores. Tal vez por ello, porque venía sumido en vapores de alcohol y desmesura, hubo de encaminarse, con decisión y muy dispuesto, en pelotas, como lo parió su madre, hacia el borde mismo de la piscina donde otrora remojara su cuerpo de mameluco junto a su ardiente doncella lanzándose al agua de tal manera y con tan infausta fortuna que hubo de dar un panzazo que le arrebató de tal modo el “sentio” que incapaz fue de vislumbrar, al emerger de las aguas, la silueta que se dibujaba, apenas aclarada por los tenues rayos del sol venidero en las claras y transparentes aguas. Lo que a buen seguro si escuchó, y aun recuerda, es el escopetazo que como trueno de tormenta veraniega descerrajando la noche sonó en los albores de aquel amanecer fatídico, y más aun habrá de tener presente el semblante enrojecido por el cabreo y la ira de su acaudalado suegro quien, en pelotas y como vino al mundo, lo puso de patitas en la calle, al albor de la luna que se iba y los luceros que se escondían, con la premisa latente de que purgase sus culpas y se hiciese hombre de provecho porque de lo contrario, así se lo dijo y juren que lo entendió, el próximo disparo mañanero de escopeta habría de darle bien derecho entre los huevos, con lo que eunuco sería sin haber sido castrado, aunque a tiempo, son las cosas del amor y sus arrebatos, hubo de emerger por el balcón la defenestrada Julieta que entre llantos y hasta amenazas suicidas consiguió que su progenitor cediese en tan asesinas amenazas y diese otra oportunidad con propósito de enmienda a su amantísimo esposo que desde entonces, pueden creer que es verdad, luce recto en procederes y actos como la vara de un pino.








sábado, 22 de junio de 2013

Días de escuela en el Cervantes



   
      
   


 Desde el colegio Cervantes, que abandonaron hace un tiempo mis tiernos infantes camino de cotas más altas, me pidieron que colaborara en un loable proyecto. Se trataba de reflejar las vivencias escritas, que junto a las de otros mortales habrán de conformar un libro si se puede y llega el caso, que habrían de despertarme, en el alma y los sentidos, el paso, hace ya unas décadas, por tan añorado lugar. Y el parto fue este escrito, que ante todo deseo y quiero que sirva de sentido homenaje a los que plasmados en el quedan, porque a su trabajo y buen hacer debe este escritor de pacotilla las pocas sapiencias y conocimientos que atesora hoy en día. Y también hube de acordarme de mi añorado Labordeta, que como maestro de oficio que era, plasmó magistralmente en una de sus canciones las vicisitudes del arte del enseñar. Así que, va por ellos. 




   Aún conservo el recuerdo, es algo que lleva aparejado el discurrir de la vida en lugares pequeños como el pueblo, del día en que se empezó a comentar por sus rincones que iban a construir un instituto en la villa. Debió ser por los años en que era alcalde de la misma Manuel Navarro Salazar, que hubo de pasar a los anales de la historia santacruceña con el conocido apodo del Boterillo. Y el recuerdo se me transforma en nostalgia, por los días vividos y el tiempo pasado, cuando también me llegan hasta la mente las horas que pasábamos por los aledaños del parque para comprobar y ver, no fueran a engañarnos, con nuestros sorprendidos ojos de pequeños infantes, la evolución de tan grandiosa obra, mientras pensaba, que más pronto que tarde habría de estudiar en aquellas aulas.

  Un servidor procedía, porque fue su primer destino escolar, de las lóbregas aulas conventuales del colegio de las Madres Concepcionistas, de quien muchos hombres y mujeres de este manchego lugar guardaran una respetable y grata recordación, que en el caso de este humilde escribiente queda difuminada en anécdotas incontables que no hubieron de ser buen caldo de cultivo, puesto que el día que traspasé aquellas murallas camino de las Escuelas Nacionales del Jardinillo se me antoja, pasados ya muchos años,  de los más felices de mi vida.

   Mas si me piden que recuerde y que mi vana memoria rememore que fue lo más resaltable de lo vivido entre las paredes del hoy añejo instituto a buen seguro habré de decepcionarles, porque si algo me viene a la cabeza conservándose aun fresco es cosa que inusitada puede parecer en el presente, pero que entonces, en aquellos años de ostracismo sombrío, era asunto destinado a reyes. Y les cuento, deshojando la margarita. Al llegar a las escuelas nacionales mencionadas tuve la gran suerte de caer en las manos de quien habría de ser con el paso de los años mi maestro y amigo, en el sentido más amplio del término y la palabra, Eugenio Laguna Saavedra, pequeño de estatura y con el corazón grande. De su mano anduve aquellos primeros años, de él aprendí las elementales reglas del conocimiento, y otras tan necesarias como la educación, el respeto y los buenos comportamientos.

   Pero imagínense, queridos lectores, que en el mencionado colegio todo lo que había era vetusto, arcaico y como sobrevenido de un tiempo añejo. Por ello no se extrañen si les refiero que llegado el día en que encaminamos los pasos en fila india hasta el Colegio Público Cervantes para tomar posesión de los nuevos dominios todo lo que encontramos a nuestro alrededor era como de cuento de hadas. Pupitres nuevos, pizarras de un verdor que deslumbraba y hasta calefacción central, que habría de hacernos olvidar, de una vez y por siempre, la estufa recalentada de butano que tan solo calentaba la punta de los pies de Don Eugenio. Hasta gimnasio había, con potro, caballo, plinto y espalderas, que me hicieron temblar por el solo hecho de pensar que hubiera de saltar tan infaustos aparatos a los que de por vida tuve inquina. Más si algo hubo, y es a lo que me refería al principio del escrito, que deslumbró mis sentidos de aquel tiempo fueron los aseos, lavabos, wáteres o como le quieran llamar, que nada tenían que ver con los apestosos retretes que habíamos soportado durante toda nuestra vida escolar y que en la anterior escuela mencionada eran comunales con lo que convertidos en impracticables quedaban al rato de haber empezado a usarse.

  Pertenezco a la primera generación de escolares que hicieron el cambio del antiguo bachillerato a la Enseñanza General Básica por lo que también soy de los primeros que entraron por la puerta del Cervantes, hasta entonces ocupado por los bachilleres ,y he de decir que el recuerdo conservado de aquellos días permanece cada vez que traspaso la puerta del Colegio, porque en el fondo todo sigue inalterable y casi de la misma manera, con lo que la experiencia es grata porque significa perder años y volver, como en una máquina del tiempo, a la época de la infancia, esa que tendemos a ver en color aunque a veces fuese en blanco y negro. A las horas del recreo, entonces no existía pista polideportiva ni patios adecuados para los juegos, salíamos como impulsados por cohetes en el culo hasta las cercanas eras, hoy ocupadas por instalaciones dedicadas a la práctica del deporte, donde a pedradas nos abríamos la cabeza o nos quebrábamos los huesos.

  Dice el rico refranero que es de bien nacidos el ser agradecidos y es por ello que mi gratitud habrá de extenderse hasta recordar el nombre de María Teresa Martín, que me alentó, y mucho, en el asunto de la escritura, Josefa Hellín de Vivar, que capaz fue de enseñarme lo que aún comprendo del francés, Francisco de Gracia, que me inculcó el amor por los libros y las letras, Antonio Ruiz, que pugnó y consiguió que las matemáticas incubaran por un tiempo en un cerebro poco predispuesto a las formulas y los números, y ante todo y sobre todo, mi eterno agradecimiento a Eugenio Laguna Saavedra, que me hizo comprender que el viejo dicho tan en boga en aquellos años de que “las letras con sangre entran”, era cuestión de acémilas y gentes de baja estopa. Jamás le vi, fuera de los usuales capones que necesarios eran para dar conocimiento a ciertas cabezas llenas de paja, usar la fuerza en el ejercicio de su noble oficio y eso a un servidor, que había sufrido en sus carnes métodos más expeditivos en las primeras andanzas colegiales de triste recuerdo, le vino a resultar como maná caído del cielo.

  Ahora, una vez que mi vástago primogénito y su hermana partieron para otros lugares, solo me queda pensar que habrá de llegar el día, me da que habré de tener mal pelo, en que vuelva a traspasar la puerta del colegio cogiendo la mano de los nietos. Mientras llega ese momento, si es que le da por venir, andaré por sus añejos pasillos cada vez que elecciones se celebren y no duden, sufridos lectores, que el viento del recuerdo habrá de volver a anidar en mí ser como una llama.


sábado, 8 de junio de 2013

Parece que fue ayer ....


                             
                             

                           
                           
                                     Parece que fue ayer
cuando la luna de cada noche
me traía a Jacques Brel
cantando Ne me quitte pas.
Parece que fue ayer
cuando el alma encendida
entonaba las canciones de Dylan
donde la respuesta estaba en el viento.
Volaban ilusiones,
y la mente se paseaba lentamente
por la feria de Scarboroug
deteniéndose a pensar meditabunda
en viejos puentes azotados
por aguas turbulentas,
para cantarle
bellas canciones de amor a Suzanne.
Parece que fue ayer
cuando las saladas lágrimas
fluían por amores perdidos
escuchando La Meteque.
Hace tanto tiempo
que en la lumbre
ardían, entonadas por Serrat,
tiernas palabras de amor.
¡Que terrible añoranza me invade!
Parece que fue ayer.


miércoles, 22 de mayo de 2013

El vuelo de la infanta


     




     
     

    La infanta de los lloros es mujer de armas tomar. Tal vez por ello, cuando en el instituto donde cursa los estudios que habrán de llevarle, si todo continua por buen camino como hasta el presente, a ser persona de provecho, como antaño nos decían a los que estamos calvos o peinamos canas, no lo dudó y presta se inscribió en un intercambio de alumnos entre colegios de distintos puntos del viejo continente, que habrían de traer, y trajeron, allá por el frío febrero, a un manojo de turcos, búlgaros, ingleses e italianos hasta nuestro helado y árido terruño manchego para llevar después, en justa contrapartida, a los tiernos aborígenes del pueblo, entre los que se encontraba, porque así lo quiso y decidió, hasta la madre patria de los que venir habían venido.

  Así las cosas, el lunes muy de mañana y antes de que alboreara el alba me tenían ustedes, queridos y amantísimos lectores, preparándole un buen bocadillo de tortilla a la francesa con su correspondiente jamón, que hube de hacer extensivo, con otro de la misma calaña, al vástago primogénito, que es hombre de buen comer y poca delicatesen, para que tuviese sustento y vianda, a la infanta me refiero ahora, durante el trayecto que había de llevarle hasta la ciudad de Málaga, donde habría de embarcarse en el vuelo que con destino a la bella Italia la desembarcaría en la antigua  y legendaria Roma y desde donde habría de partir hacia su destino final en  la urbe de Siena.

  Y pensaba yo, mientras batía los huevos y sofreía el jamón, en aquel día, cubierto de nebulosa por el implacable pasar del tiempo, en que me dispuse a ir de excursión al campo de aviación. No vayan a pensar los que lugareños del pueblo no sean, que el citado aeródromo se encuentra alejado de la villa porque estarían en la más absoluta equivocación. El antedicho lugar está como a un "pie puta” que decimos en el pueblo o a la vuelta de la esquina que es lo mismo. Tres kilómetros separan a lo sumo el poblado en el que vivo, y vivía por aquellos años perdidos entre vapores de melancolía sin sentido, de aquel lugar en el que hasta se podían cumplir los deberes con la patria que conllevaban la prestación del servicio militar. Y fue allí, donde un día de principios de los setenta, aquellos en que se aventaba el final de la dictadura del tío Paco, dijeron que nos llevarían de excursión los maestros de la escuela.

  Así, anunciado el evento en casa, mi madre no debió de otear el lugar a donde habría de dirigirse tan exigua expedición por lo que llegado el día y después de zamparnos las habichuelas con morcilla, me dispuse presto a partir, mientras mi progenitora me advertía que tuviese “mucho cuidao con los refugios, a ver si te va a pasar algo”. Y a la pregunta, lógica y natural desde la ignorancia, de que eran los “refugios”, me hubieron de contestar que “túneles bajo la tierra donde se metían cuando la guerra”. Como por arte de magia se me desbocó la imaginación y en un momento pasé, de la alegría por el viaje, a la absoluta temeridad que provocó en mi imaginación el pensar que calaveras, huesos y esqueletos habrían de poblar aquellos angostos lugares, por lo que, llegado a la esquina de Otón Peñuelas, justo enfrenté del supermercado de La Despensa, para información de los más tiernos infantes, puse pies en polvorosa volviendo sin demora a la casa de mi infancia.


   Por ello, cuarenta años después, cuando veo subir al autobús a la infanta de los lloros, no puedo evitar que una nube de diminuta congoja me atenace el corazón. De aquellos barros vienen estos lodos. Aun es mi niña, apenas catorce años asoman a su ventana y es la primera vez que miles de kilómetros habrán de separarnos. Pero me digo, que justo es eso lo mejor para ella. Volar del nido y sentir que la vida es por y para disfrutarse, porque si algo hay claro en este devenir mundano es que los buenos momentos habremos de buscarlos, mientras que los sufridos e indeseados nos habrán de llover sin que los queramos.

                                                             


AMPARO

 

Amparo, la de la carita alegre

la del pelo ensortijado

la que llena los rincones

de trastos y cachivaches,

la que nada desconoce

la de los ojos rasgados.

 

Amparo, la que lo pregunta todo

la que me mira y sonríe

la que me llama y me quiere

reclamándome dulzura,

mientras me endulza la vida

con azucares y mieles.

 

Amparo, la de la perenne risa

la que su boca no calla

ni rendida por las fiebres.

A quien con fe le deseo

que se enamore del sol

de las nubes y los cerros

de las mañanas de Abril

de las tardes de febrero,

de las aguas que por Mayo

corren por los arroyuelos,

de los pájaros del aire

del viento, de los luceros

de la lluvia persistente

que golpea los tejados

de su música gloriosa

de los campos embarrados.

Amparo, a quien le propongo

que ande y recorra caminos

que indague, busque y comprenda

el mundo, sus laberintos

los escollos insalvables

los intrincados destinos

el dolor desencajado,

el calor de los amigos

de la amistad y los besos

cuando se dan encendidos

por el amor y el deseo.

 






viernes, 3 de mayo de 2013

De cuando fuimos titiriteros. La Casa de Las Chivas.






      
     



   Les recomiendo que para la lectura de este relato busquen un cómodo sillón en sus aposentos y preparen una bolsa de pipas de kilo, a ser posible de Emilio Arias Lizano que resultan exquisitas, porque hube de excederme en su escritura. Mas eran tantas las cosas por contar y los asuntos a tratar que me resultó imposible ser más breve. Que lo disfruten o en su defecto les provoque, con estos efluvios primaverales, un reparador sueño.

     



     La Casa de las Chivas, obra teatral original de Jaime Salom, se estrenó en el Teatro Moratín de Barcelona el 22 de Marzo del año 1968. Después del estreno, y en la misma ciudad, se realizaron mil trescientas cuarenta y tres representaciones, que se vieron con el tiempo aumentadas hasta las siete mil, a todo lo largo y ancho del vasto territorio español. Carecería este hecho de importancia, aun considerando que por aquellos años había poca cosa donde entretenerse, si no hubiera sido la pieza teatral elegida por el Grupo Teatral Mudela para su próximo estreno, que estuvo lleno, ya lo comprobaran, de vicisitudes y acontecimientos múltiples.

     Ya contamos en anteriores escritos que hablaban de los devenires titiriteros de tan afamado grupo, que por aquellos entonces eran escasamente conocidos más allá del pueblo y sus extramuros, los acontecimientos acaecidos durante el estreno de Los Buenos Días Perdidos, con fieras, leones y comidas de cuchipanda incluidos. Llegado pues es el momento de referirles que, después de haber representado obra tan celebrada por los habitantes del pueblo y aborígenes de los aledaños, hubo de venir a plantearnos el cura párroco del lugar, Don Antonio Guerrero Torrijos, buena persona y cabezón como una mula, la necesidad de ser partícipes de manera más activa en las diversas tareas que la Iglesia desarrollaba en la Casa de Acción Católica, porque no solo del hacer titiritero, tan banal e insustancial y dado como de por vida a las gentes del vivir mundano y del viva la virgen, podíamos vivir y dar sustancia a nuestro pobre espíritu, por lo que deber debíamos participar en asuntos tan eclesiales como la catequesis, las charlas por la cuaresma y cuantas celebraciones religiosas hubieran de ponerse a tiro. Ya les adelanto que las caras de los asistentes a la reunión con tan recto clérigo quedaron como demudadas. Todas, menos la del que era nuestro director y casi fundador Antonio Laguna, más dado por convicción e ideología a la practica de tan píos menesteres.

     Por ello, entre gritos y susurros, desafueros y relámpagos, dentro de un orden por supuesto, recogimos los pocos bártulos que por entonces poseíamos, entre ellos el escenario portátil, que para más manejo y versatilidad nos había construido Basilio Olavarrieta, y enfilamos, derechos y sin vuelta a atrás, hacia las Escuelas Nacionales del Jardinillo, que amablemente nos había cedido el Ayuntamiento y en su nombre el alcalde que por aquellos años regía los destinos del corral con sus gallinas Antonio Cobos Ramiro y que se encontraban sumidas por aquellos días, que como a perdidos suenan, en el deterioro y abandono más profundo, aposentando nuestros reales en una de las aulas que aún se mantenía, contra vientos y lluvias en pie, aun con la certeza de que cualquier día se nos podría venir el tejado encima, pereciendo como lo hicieron los antiguos pobladores de Pompeya bajo las tierras que en forma de lava les escupió encima el Vesubio.

Así, prestos, nos dispusimos a la tarea del desescombro con la intención de hacer mínimamente habitable aquel reducto donde generaciones de santacruceños habían aprendido las cuatro reglas y la lista de los reyes godos entre porrazos y capones, mientras comenzábamos los ensayos de la mencionada obra que por carecer de director, puesto que el susodicho anteriormente había optado bajo su buen criterio por abandonarnos en nuestra titiritera aventura, empezó a ser dirigida por todos a la vez y sin exceso de control mientras nos rascábamos los sabañones, que por efecto del frío glacial imperante en el lugar, habían aparecido en manos y apéndices auriculares.

     Todo, hasta que llegada la noche en que degustábamos una pipirrana, plato típico del lugar compuesto de tomate en su jugo, atún, cebolla, huevo duro, aceitunas y aceite crudo al gusto, en el patio que habíamos limpiado de pajitos y mierdas de gato, apaciblemente sentados entre charlas y vapores de vino tinto, hubieron de aparecer Juan Antonio Arroyo Gilabert, más conocido en el lugar por Gila a secas, que por aquellos años bien podía parecerse en la figura y empaque a Ernesto Guevara, alias “El Ché”, por melenudo y barbado, acompañado de quien es su esposa, Elena Arce, a proponernos su integración en la pandilla titiritera. Procedían tan venerables pájaros del antiguo Grupo Teatral Electra, que en su breve existencia había gozado de una notoria popularidad en la villa y extramuros, por lo que con presteza y sin vacilación les invitamos a unirse a la peña pues no estaba el asunto para ir desechando fichajes. De esta manera pasó a ocuparse el susodicho, más versado e instruido en estas lides, de la dirección de la obra y sus actores, con lo que poco a poco y avanzando nos hubimos de ir acercando al 18 de abril de 1985, día señalado para el estreno multitudinario del espectáculo en el Teatro Cine Cervantes, donde habrían de vernos, si todo salía como se esperaba casi ochocientos indígenas del lugar y los contornos.

    Habrán de preguntarse, y lo harán con toda la razón, como es que habíamos pasado de representar en el vetusto salón de la Casa de Acción Católica para hacerlo, como las vedettes de las revistas y grandes compañías titiriteras, en lugar tan afamado y con tanta solera. Ocurrió, que teniendo la certeza de que la visita al señor cura para pedirle que nos cediera el rancio salón, otrora utilizado, para los estrenos habría de hacernos salir huyendo como gatos escaldados, tuvimos la feliz idea de ir a pedir audiencia a Ladislao Muela, dueño del mencionado teatro, para proponerle el alquiler o lo que a bien tuviera considerar del local para tan clamoroso evento. Era el hombre, a quien siempre tuvimos en elevada estima y consideración, persona aviesa en los negocios, por lo que sin dudarlo hubo de proponernos, bien sabía lo que se hacía, ir con lo recaudado en taquilla a medias o dicho más fino como al cincuenta por ciento.

     A tres días vista del estreno, y con todas las entradas vendidas, con la intención de llevar a cabo los ensayos generales, tuvo lugar la mudanza de los trastos y enseres que componían la escenografía de la obra en el camión de Eugenio Arce, torreveño y melonero de toda la vida y a buen seguro que pierdo el hilo del recuerdo si tengo que hacer referencia a todo lo que fue mudable. Ya hemos dicho que por aquellos años andábamos escasos de bienes, motivo por el cual aprovechábamos cualquier cosa que nos fuera útil, por lo cual y siendo necesaria la utilización en algunos pasajes de la obra de un cañón de seguimiento, el amigo Lorenzo Molina hubo de fabricar  uno, ipso facto, con un tubo de uralita y una bombilla de las que usaba Vélez en la granja para calentar los pollos que nacían primerizos, con el consecuente calentamiento del armatoste y el peligro de que pudiera darse un fatal cortocircuito, el mismo que podía ocurrir si algún cable en mal estado rozaba la chapa de los protectores con que iban enfundadas las bombillas por aquello de que con el reflejo y como a modo de espejo daban más luz. Como pueden comprobar, porque jamás lo ocultamos, la imaginación nos sobraba y chapuceros éramos un rato.

     Y llegó el día del estreno, en el que desde primera hora de la mañana abordamos los postreros preparativos, dándole mil vueltas a cada cosa para que todo estuviese ultimado y concluido en el momento de ver la luz el parto de tan clamoroso evento. Después de comer, y con los efluvios de las legumbres quemándonos en las tripas, ya nos tenían desempaquetando los pasquines en los que se detallaba el argumento y reparto de tan esperada obra, impresos en el taller del amigo Juan Valverde, y que se recuerdan como aquellos que hubieron de ser, los que se parecían a los anónimos que envían a sus víctimas los asesinos en serie de las películas americanas, esos que llevan, en un texto de una hoja, treinta tipos de letra de diferente manera. Como a las ocho de la tarde de tan señalado día, el estreno era a las nueve, ya estábamos todos los actuantes preparados con vestidos y atuendos, (un servidor calzó por primera vez en su vida botas de militar, esas que afanadas fueron por Gregorio “El Pavo” mientras cumplía los deberes con la patria, asunto belicoso  que este escribidor se pasó por la entrepierna ), en los bajos del escenario del cutre teatro que hacían las veces de camerinos y que tenían dentro del ser y en su concepto aspecto de tercermundistas puesto que carecían de saneamiento y hasta de agua potable con que lavarse, por lo que para el acicalado de actores y actrices había que echar mano del agua estancada que contenía un bidón, cedido por algún alma menesterosa, qué en aquel lugar de ensueño se encontraba acompañado del espejo, lavabo y jarrón de porcelana, solo faltaba el bacín, que debían haber servido de dote a Ladislao Muela padre y la Eloísa el día en que contrajeron nupcias por los principios del pasado siglo.

     Como a quince minutos del comienzo de la obra ya nos tenían a todos, queridos y queridas míos, en el escenario, pálidos, expectantes, observando entre telones, como el local se iba llenando hasta reventar, entre los sudores fríos del empresario, que temía una catástrofe parecida a la de El Coloso en Llamas, celebre película de Charlton Heston, y los tragos de tila que íbamos echando de las botellas de litro que nuestras madres habían preparado con la intención de que llegado tan decisivo momento aplacásemos nervios e impulsos para poder aparecer en escena tranquilos y como arrasando. No hemos referido que ambos lados del escenario, por estrechez y falta de medida, estaban incomunicados, por lo que, si quedabas en el ala derecha, un habitáculo de unos seis metros cuadrados, condenado estabas a la incomunicación con el mundo y sus congéneres hasta el final de la obra.

     A los sones de banda sonora de Éxodo, una más del gran Paul Newman, abrieronse los telones y dio comienzo una representación que desde su principio llevada fue como en volandas por el público hasta el éxito. A cada aparición los aplausos retumbaban en el vasto recinto como truenos de tormenta veraniega y así parecía que temblaran el suelo y con el nuestras jóvenes osamentas, que movidas por el traqueteo y el acojone de las salidas a escena se abrieron como en canal por los efectos relajantes de la tila, hecho que llevó a la relajación de los esfínteres urinarios, por lo que hubimos de dar gracias a Dios y al alma menesterosa que tuvo la cuerda idea de llevarse un orinal para soltar los líquidos sobrantes entre bastidores.

     Creo no haber dicho, ya saben que el escribidor es persona olvidadiza, que la obra de la que hablamos en cuestión desarrolla su acción en los días cruentos de nuestra guerra civil, sin que se sepa muy bien quien es de un bando o del otro, motivo por el cual y pasado el meridiano de la representación, acaecía que, desde el cielo y sin aviso, nos atacaban aviones y hasta nos lanzaban bombas que habrían de dejar y dejaban la casa hecha unos zorros. Por ello, y pasada la incursión aérea, debían quedar los rastros del derrumbe y la desolación patentes, por lo que no dudamos, siempre “palante” como los de Alicante, en arramblar con un saco de escombros de los que por El Jardinillo había, que añadido a restos de maderos y un sin fin de tejas rotas, hicieron parecer que por el Cine del Patito había pasado un terremoto como el de Managua, de nueve grados en la escala de Richter, sin que apenas nos hubiésemos dado cuenta. Acto seguido, y para calmar los ánimos, debían los actores tomar en escena un reparador caldo que bien pueden ustedes imaginar que en el mundo del teatro puede ser asunto fútil y simulado, pero que en nuestra calenturienta mente, muy dada a la realidad con sus contextos quedo traducida en unos sobres de sopa Maggi, ya en boga por aquellos tiempos, que calentados fueron en un infernillo eléctrico con el que quemamos el preciado escenario, ¡y mira que lo advertiría veces!, de nuestro sufrido empresario Ladis. También aparecía en escena un pozo que, en nuestra ineptitud para imaginar cosas ficticias, hubimos de hacer casi de ladrillo visto, con su soga y cubo de cinc lleno de agua, que de haberse derramado hubiese montado un cirio de padre y muy señor mío.

     Al final, con el público enardecido y palmeando como posesos, llego el momento culminante, ese que nos sacamos de la manga y que consistía en salir enarbolando una pancarta que escrita llevaba la palabra PAZ, mientras la santa, triunfal protagonista de la obra, soltaba una paloma que había de simbolizar tal gesto. No pueden imaginar ustedes, aunque ahora les de la risa, la de horas que hubimos de empeñar para dilucidar si la suelta del volátil se llevaba o no a cabo. Mientras unos pensaban que era un gesto hermoso y digno, otros, aunque lo creyeran, especulaban con que algún integrante del público, rústico y de pueblo, habría de cogerla al vuelo para despacharse un buen cocido, aunque finalmente se impuso la cordura y el vuelo del ave, amplio y majestuoso, no fue interrumpido, siendo, en contra del pensamiento de las mentes obtusas, muy aplaudido y festejado.

     Y a la salida, amigos, conocidos e integrantes del grupo titiritero que no habían participado como actuantes en la obra hubieron de vestirse de mimos, blanco el semblante y sombrero de bombín, para proceder a la venta de claveles. Y les cuento, para empezar a despedirme, que al día siguiente cuando anduvimos por entre calles y callejones, con sus  bares y tabernas, el pavo se nos subía hasta límites insospechados por los halagos que nos regalaba la gente a nuestro paso elogiando nuestro buen hacer de comediantes. Hubimos de marchar aún por las villas de Almuradiel, Herencia, Calzada de Calatrava y Castellar con sus pucheros representando este drama, pero hubo de ser en Torrenueva, pueblo de todos conocido, donde alcanzamos de nuevo la gloria, con dos representaciones, una en el barrio del Cristo, donde a falta de escenario nos subieron en remolques, proceder muy torreveño, mientras lanzaban si control montones de cohetes rastreros, y otra en el Hotel Castilla, donde habíamos llegado a un buen acuerdo con el propietario en el asunto de la taquilla, sin tener en cuenta que aquel día jugaba un futbolero partido la Selección Española, que  nada ganaba y todos seguían, con lo que llegada la hora de la puesta en escena solo las moscas hubieron de acompañarnos.

     Así, y termino, cobrar no cobramos por lo que presto hubo de llegar Jaito para ocuparse de la intendencia que era su fuerte, exigiendo que al menos la manutención de tanto saltimbanqui titiritero se llevase a cabo según lo acordado, con lo cual, y ahora si me despido, cobrar no cobramos, pero el semblante demudado del dueño de aquel Hotel, que aún subsiste, daba muestra clara la noche de autos, con el ir y venir de chorizos, morcillas y otras viandas, regadas con su buen vino, de la incertidumbre que le carcomía los adentros al pensar si no hubiera sido mejor pagar por lo no realizado, que dar de cenar a aquella pandilla de harapientos, que parecer parecían emergidos desde el inmundo pozo arrinconado del mundo.