Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

martes, 4 de diciembre de 2012

De curas con sus haciendas


  
      

      El día en que las beatas fueron en gloriosa comitiva a Ciudad Real a visitar al señor obispo permanece, a pesar de mi corta edad por aquellos días, inalterable en el recuerdo. Jugábamos en la calle, felices y despreocupados, cuando vimos pasar ante nuestras narices, congeladas y cubiertas de mocos, un autobús, extraño artilugio en aquellos tiempos de mulas y carros, cargado de  benditas y cándidas matronas dispuestas a dirigirse al obispado para defender a capa y espada la meritoria figura de Don Pablo, cura coadjutor de la parroquia, ante la execrable estampa del párroco que a la sazón era en aquellos años oscuros el que hubo de bautizarme y posó sobre mi boca de tierno infante la primera hostia en comunión, Don Antonio Moreno Maroto.
     Don Antonio era clérigo a la vieja usanza. Sotana raída, cubierta de mugres, barriga prominente por el “ayuno constante” y de  costumbres con modos anticuados que veían con malos ojos el nuevo modo de apacentar a las ovejas del rebaño que tenía su compañero eclesiástico. Eran tiempos en que lentamente se iban modificando las líneas férreas que había adoptado la iglesia durante los años de la posguerra y una tímida apertura se empezaba a vislumbrar por aquellos rincones plagados de polvo con telarañas.
     Debió ser en aquella época de tímido aperturismo cuando se hizo famoso en el pueblo un grupo musical, The Bluman se apellidaban,  formado en su mayoría por  miembros de raza gitana  que pusieron de moda, con la inestimable ayuda del clérigo renovador, el cantar en la Iglesia a ritmo de rocanrol los domingos a  las doce en lo que se dio en llamar la misa ye-ye. No pueden imaginar, queridos y queridas míos, la que se montaba los susodichos días, con sus fiestas de guardar, en la puerta de la añeja parroquia de La Asunción donde, como si de un concierto de los Beatles se tratara, colas de gente esperaban el momento de tomar asiento en los curtidos bancos de la Iglesia, hartos de culos, pedos y calentones, con la novedosa intención de ver ante sus pasmados ojos si en verdad era cierto aquello de que hasta se cantaba con desmesura donde hasta hace poco solo se habían dado cantos en latín de gregoriano.
     Así, las melenas de los hermanos Torosio y de alguno más que mi breve memoria abandonó en el olvido, ondearon como bandera tricolor al viento durante un tiempo que se hizo breve. El que tardó en inflársele, al menos un huevo, al mandamás eclesiástico de la villa y sus borregos, más de derechas que Blas Piñar, a buen seguro del Opus Dei y con la mente anclada en los años en que reinaba el rey Carolo.
     Por ello, porque estos hechos eran como el aire nuevo y no eran bien vistos por los poderes fácticos del lugar, se avivaron críticas y descréditos por doquier sobre las personas que los llevaban a la práctica.  Al lado de todos ellos estaba la omnipresente figura del presbítero conservador que apoyaba todo lo que fuese continuismo y oscurana. Así y con esas, las gentes se empezaron a fraccionar  en acciones y opiniones. Toda la comunidad se dividió por cualquier motivo, por banal que este fuese, en partidario del uno o furibundo detractor del otro y así las cosas, las aguas empezaron a bajar revueltas por estos lugares, más aún cuando se supo que las fuerzas vivas del pueblo, que ahora llamamos fachas, habían logrado que el obispo desterrase al cura provocador  a otro lejano lugar para quitarlo de en medio.
      Fue entonces cuando, imbuidas de un  gran ardor revolucionario, viajaron aquellas excelsas mujeres en autobús hasta Ciudad Real consiguiendo el venerable propósito de que su amado clérigo continuase en el pueblo y también ocurrió, poco después, que en el regodeo  del éxito conseguido apareció un animal de raza felina, un gato negro sin más, ahorcado, no recuerdo bien si en la puerta de la casa del cura mandón o en un árbol que había cercano, con un cartel sujeto al pescuezo en el que podía leerse esta precisa y escueta nota:
      -“Cura curato, si no te vas del pueblo, te veras como este gato”-.



4 comentarios:

  1. Un abismo entre aquel tiempo y el presente. Ahora,segun quien sea el párroco,la gente inicia la misa elevando los brazos para que cada uno sienta una especie de electricidad que emana de nuestro cuerpo,y luego cantan y se bambolean, aplauden, hacen palmas, etc. etc. y cuando se retiran del Templo se van contentos,felices, curados de todos sus males, los verdaderos y los imaginarios. O al menos esa era la intención. Cordiales saludos.

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    1. Los tiempos cambiaron y con ellos los curas Beatriz. Aunque en el fondo del vaso subyacen posos de aquellos tiempos. Hace poco, mientras servía como testigo de un amigo que había de contraer matrimonio, pude comprobar como un curilla joven, apuesto y de aparentes maneras me daba una clase rápida de ideología y sentir de lo más facha. Hasta me habló de Franco sin haberlo conocido ni por asomo. Salí del templo sin palabras y preferí dejar a semejante imbécil con sus retrógradas ideas porque no valía la pena gastar saliva ante semejante becerro. Un saludo y gracias por asomarte.

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  2. Jajaja....en mi pueblo también hubo guerra civil entre las matronas que llevaban toda la vida aullando como gatos los rosarios de la buena muerte y unas niñastas cursis que querían poner de moda esos remedos guitarreros de Simon& Garfunkel de rollo inequívocamente vaticanosegundista. Ni que decir tiene que ganaraon las paisanas y ahí siguen como una coral de gatos en celo cantando cosas bien gore de llagas sangrientas :D que es lo que más les mola. Las niñatas pues... se dieron a la bebida y a los hombres, cosas de la edad y de la mala cabeza :D

    Pobre gato. Este es un país de bestias. Siempre hay algún bicho pagando platos que rompió un humano.

    Un beso, Mauro, me he reido mucho. Tiene su rollito Berlanga.

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    1. Jajajajaja.... Creo que en todos los lugares del suelo patrio cantábamos en misa Los Sonidos Del Silencio del duo almibarado que mencionas, aunque a un servidor le guste, adecuados en letra al sentir religioso, creo que adaptado, si mal no recuerdo, al Padrenuestro. Bien es verdad, y me troncho de como lo mencionas, que parecían, como bien dices, gatas en celo clamando al cielo en noche de luna llena.
      Para serte sincero te diré que un buen amigo me asegura que lo del gato se dijo pero no se hizo y un servidor de usted, que como bien sabe es de mente exigua, duda ya de la certeza de tal desatino. Pero digamos que si no pasó, que creo que pasó, pudo pasar en tiempo tan preterito y antiguo. Un abrazo y un beso en cada lao.

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