Como mandamientos:

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

A veces uno sabe de que lado estar simplemente viendo los que están del otro lado.
Leonard Cohen

lunes, 25 de abril de 2016

Soneto 126









LOPE DE VEGA es el autor de este soneto maravilloso que habla de las contradicciones que encierra el amor como sentimiento y razón de vida. Por ello. y porque es un tesoro en su concepto y desarrollo, estaba pendiente de echarlo a volar y hoy le abrí la puerta de su enjaulado recinto. Espero que sea de vuestro agrado.





                                            

                                                                 

                                                                 

martes, 23 de febrero de 2016

El 23-F y los tiesos bigotes de Tejero.

    

Como la sequía creativa perdura y estoy en la certeza de que son much@s quienes, aun estando aposentados una larga temporada en esta casa, no habrán leído este relato, he tomado la decisión de darle otro hervor, por si no estaba la cocción en su punto, recordando un día que, como aquí les cuento, fue especial para mí. Y no porque ocurriese, al menos por estos lugares, nada especialmente reseñable, sino por todo lo que fuimos capaces de elucubrar que podía volver a pasar. Y sobre todo porque, jamás lo olvidare, pasé la noche como en largo velatorio grabando los acontecimientos "in situ" en una desvencijada cinta de cassette que aun conservo. Y de la que, por si lo dudan, aquí les dejo seña y muestra. Hasta con sus tornillos.

 





    



   El 23 de febrero de 1981 a las 18,22 pm, o lo que es igual, después de comernos los garbanzos, estábamos en la destartalada casa de mi infancia, al abrigo del brasero de carbón que provocaba el tufo con sus vómitos, mareos y unas cabrillas en las piernas que picaban como avispas en el mes de Julio, mi amigo Gregorio Márquez Marín, más conocido por estos lugares como “El Pavo”, apodo ilustre que arrastran él y toda su estirpe y un servidor de ustedes, amigos y amigas del alma, matando el tiempo o mejor como dejándolo pasar, a ver si se quedaba congelado como las plantas de nuestros pies. Pies que por aquel tiempo y al igual que ahora, en esta época presente, poco andaban, al menos en ocupación concreta, pues la sangría del paro también agitaba, como siempre, los cimientos de la madre patria.

     Absortos y como idos por el frío o por las pocas haciendas, cierto es que dormitábamos escuchando en el casete Sanyo que José Zabala había traído de los decomisos madrileños la sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotélo como presidente del gobierno de las Españas. Y fue entonces, en el momento en que iba a emitir su voto el diputado socialista Manuel Núñez Encabo, cuando un tropel de Guardias Civiles como salidos de La Escopeta Nacional del gran Berlanga entraron a saco en el Congreso al mando de un elemento de tiesos bigotes que respondía al nombre de Antonio Tejero, que dirigiéndose a la tribuna, para sorna, pasmo y sorpresa del mundo entero que una vez más visionaba, esta vez en directo y con taquígrafos, como las gastamos los españolitos cuando vamos por las bravas para nuestra propia vergüenza y escarnio, dijo con un par de huevos la archiconocida frase del ¡Quieto todo el mundo!, dando orden de que todo Cristo viviente que en el hemiciclo hubiera se tirara al suelo, soltando un tiro al aire con su reglamentaria pistola para reafirmar su petición; tiro al que siguieron ráfagas de subfusiles de los asaltantes ante las que solo quedaron imperturbables y en sus sitios, a los demás les debió entrar hasta diarrea, el general Gutiérrez Mellado, el presidente Suárez y el diputado comunista Santiago Carrillo, quien con más costras que los galápagos debió pensar que ya estaba bien de doblar la testuz ante tanto salvador improvisado de la patria. 

   A los dos bichos antes mencionados, el Pavo y un servidor, no les hizo falta escuchar el sonido de la balacera para saltar impulsados de la silla como si de golpe e improviso hubieran metido bajo su culo cien kilos de hierros candentes. Bastó que uno, el plumífero antes dicho, a quien sus incisivos centrales prominentes de por vida debieronle acentuarse, pensara para sus adentros que más pronto que tarde había de partir hacia el obligado cumplimiento de los militares servicios para con nuestra querida España y jodido había de ser, se le antojaba, hacerlo en tan guerreras condiciones y al otro, este pobre escribidor, se le incrustó en cuerpo y alma una depresión que bien pudo ser de por vida al pensar que después de librarse de la mili por cegato y miope, hecho este que fue motivo para él y sus allegados de alegría inusitada, hubiera de verse, por culpa de un descerebrado gilipollas, corriendo de mata en mata y pegando tiros, sin ton ni son y a diestro y siniestro.

     En estas y al grito del “ya está liá otra vez”, llegó desde el casino, que como ustedes  saben estaba y está justo enfrente de la morada de mi infancia, mi padre con su garrota, apuntando y refiriendo como   se empezaban a escuchar voces y hasta vítores en el Circulo del Recreo que exultantes clamaban a favor de los cojones de aquel energúmeno que capaz habría de ser de poner a tanto politicastro de tres al cuarto y variados seguidores del rojerío en su debido lugar que podía encontrarse de nuevo partiendo como antaño al México lindo o abatido a tiros en las tapias del cementerio. No les engaño si les cuento, ahora me consta con certeza, que hubo miembros del antiguo Somaten, que para quien lo ignore era una institución de carácter parapolicial  desaparecida durante la republica y que Franco reorganizó en 1945 con la finalidad principal de colaborar con la Guardia Civil en la tarea de combatir a los maquis y las organizaciones obreras clandestinas, que prestos se dirigieron al cuartel, con la pistola reglamentaria en el bolsillo y la delirante ilusión de darle de nuevo gusto al gatillo, placer que para bien se quedó en agua de borrajas cuando el responsable del acuartelamiento mandó que se fueran por donde habían venido.

     Recuperados de la sorpresa o al menos preparados y predispuestos para lo que caer cayera decidimos, con los aspavientos en contra de la progenitora de mis días que siempre fue mujer a la mínima exaltada, salir los dos camaradas mencionados a tomar el pulso de la calle o mejor a echar unos chatos por los bares que es donde siempre se cuecen a buen fuego los asuntos de importancia. Así, coincidimos en algún lugar que bien no recuerdo con Goya que dadas sus conocidas inclinaciones izquierdosas ya pensaba en hacer las maletas para salir cagando leches a la Rusia de los zares y algún otro que mi memoria no recuerda y que acojonado estaba.

    Y anduvimos por los bares, costumbre sana, diurética y beneficiosa para la salud en estos quijotescos lugares y a buen seguro que hubimos de comer hasta patatas cocidas en el buen Bar del Membrillo, sardinas fritas en El Conductor de Mauricio y en El Botas coreanos, que era la tapa estrella, sin olvidar la coliflor rebozada de Luis, hasta que con el canto de los grillos, cosa rara por febrero, regresé a la morada de los fríos sita en la calle de Don Máximo Laguna.

     He obviado el decir y es cuestión de vital importancia que pasada la primera media hora del asalto al Congreso en que Pedro Francisco Martín, operador de Televisión Española estuvo grabando todo lo que acontecía, la música militar invadió las emisoras de radio, con la única salvedad de la Cadena Ser que continuó emitiendo durante lo que se vino a llamar “la noche de los transistores”.

     Así fue como sentado en la mesa camilla que había en el desangelado comedor de aquella lóbrega mansión, con mi padre a un lado viviendo entre mares de incertidumbre y mi madre bostezando en el contrario, mi hermana con sus coletas debía de estar de siete sueños, asistimos absortos al discurso que el Rey de tan vasto imperio pronunció, irresoluto y vacilante, a eso de la una y catorce minutos del recién nacido 24 de febrero, vestido con uniforme de Capitán General de los ejércitos, ejércitos que por aquellos entonces se pasaban sus mandatos por el mismísimo forro, para ubicarse frente a los golpistas, defendiendo la Constitución Española. Hubieron de decir después que desde ese justo momento el golpe, una clamorosa chapuza que hubo de avergonzarnos más a la vista del mundo entero, había fracasado.

    Pero es cierto y por ello lo cuento, que este escribidor de poca monta, con sus diecinueve años a cuestas, pasó la noche con el oído pegado al anteriormente mencionado radiocasete y también es verdad y sobre la Sagrada Biblia podría jurarlo, puesto que aún existe, que como prueba de aquella vigilia quedó una grabación casera, hecha al minuto y grabada en una cinta TUDOR de las que vendía Manolito en su tienda de electrodomésticos  sita en la calle Real y en la que quedó constancia de las idas y venidas, de los unos y los otros, durante aquella madrugada interminable que bien pudo conducirnos de nuevo hasta las cavernas, hacia el fondo negro del pozo en que se adivina el oloroso culo del mundo.

 



jueves, 7 de enero de 2016

Cae el sol







La grabé hace tiempo. Y fue hoy, día de nubes negras, cuando le hube de abrir la puerta de su jaula para que echase a volar. Y, como dice José Hierro en este poema sublime, hoy quisiera ante todo volar, ser hoja de olvido y soledad. No vivir con los viejos demonios clavados y con la frustración impresa a cal viva en el alma. Pero es así. A ratos cada vez más largos y frecuentes, es así.




 
                                           






viernes, 13 de noviembre de 2015

Quiero.







Hoy le puse voz a un poema, breve y maravilloso, del escritor argentino JORGE BUCAY. Si ustedes gustan, y lo consideran oportuno, lean cualquier texto de este pensador inigualable porque les aseguro, sin temor a equivocarme, que no les dejará indiferentes y les habrá de engrandecer como personas, hacer suyos sus pensamientos y cavilaciones. Siempre habla, para lo bueno y con lo malo, del discurrir de la vida y sus asuntos. Materia esta, en tiempos de tanta bajeza moral, nada despreciable.






                                             











sábado, 3 de octubre de 2015

Hoy soy feliz y apelo a la justicia.



   Conozco a mi buen amigo Juan José Guardia Polaino desde los lejanos días en que ambos fuimos titiriteros. El, avanzada con creces la cincuentena, lo sigue siendo. Les estoy hablando de hace, cuanta lluvia caída y versos derramados, como treinta años. Igual que, un recuerdo con posos que lo convierten en añejo, me vienen a la mente las noches lejanas pasadas en la Cueva del Trascacho degustando vino con versos. Y fue así, como a lo largo de los años y más de vez en cuando de lo que quisiera, puesto que vivimos en lugares cercanos pero distintos, descubrí a una persona maravillosa con una personalidad cautivadora. Y ante todo, eso vaya por delante, a un hombre bueno. A un ser humano a quien le enervan y sublevan las injusticias que pudren y salpican este mundo de porqueriza. Y es por ello que hoy les traigo esta inconmensurable declaración de principios a la que tuve la osadía de ponerle voz. Un gusto, amigo mío. Siempre tuyo. 

 





                                                             



jueves, 30 de julio de 2015

Bares, que lugares.

     


   Cierto y verdad es que no ando sobrado de ocurrencias últimamente. Será que las musas huyen de mi o que tanto exceso de calor me derrite hasta el entendimiento. Por ello, y siendo sincero, tenía pensado, es lo que tiene el acomodarse en demasía, que llegado este año el momento de enviar escrito a mi amigo el impresor Valverde para el libro de las Ferias y Fiestas habría de echar mano de alguno de los múltiples relatos que duermen en los cajones de La Factoría Navarro.

     Y miren por dónde fue el alcalde de esta villa, con lo que está de más prevenir lo que haya de pasar, y buen amigo, Mariano Chicharro, quien hubo de instarme hace muy escasas fechas a que preparase con premura la misiva advirtiéndome, eso sí, que esta versase sobre las cosas y aconteceres de la villa y sus indígenas, en uno de esos relatos en blanco y negro que tanto gustan al personal. Materia esta, hubo de señalarme, impulsándome a que arrancara como un cohete, en la que aseveró que era buen hacedor, con lo cual y pensando que pudiera ser que leyera los relatos de mi posada de escritos sintiéndose así engañado, no quedó otra escapatoria que engendrar una nueva criatura con la que llegó este parto.

     Y como fue en el Bar de Las Virtudes donde aconteció este hecho pensé que sería acertado componer un manojo de recuerdos a los bares que se fueron y que, salvo honrosas excepciones, ya no están. Aquellos donde vivimos momentos inolvidables. ¡¡¡Va por ellos!!!. Por los bares y sus gentes.

   

    Muchas de las canciones creadas por la pluma de Joaquín Sabina fueron escritas en servilletas de papel, es algo que asevera el mismo, y nacieron al cobijo de algún bar en una noche de parranda. Y será a aquellos bares de nuestro terruño, sitios de encuentro, de palabra fácil, confesiones sentidas y mil veces trascendentales, a quien hoy dedicaré estas líneas añejas.

      Y fue en uno de ellos, sin que recordemos cual, donde Manuel Piña Navarro, empresario que fabricó el primer hielo que hubo de refrescar el gaznate de los santacruceños y padre también de la conocida gaseosa La Pitusa, le contó al Bajillo, en los años en que fue alcalde, cómo Aurelio Urquijo, regidor socialista de la villa en los tiempos de la guerra, tenía por costumbre saludar a los parroquianos en su llegada a los bares con un “salud y con Dios, que de “tos” estaréis”.

     El bar LA GAVILLA lo dirigía Bautista Linares Larrea, cuñado de Román el Ciego. Estaba situado en la Calle Independencia y su tapa estrella era el tiznao, manjar muy apreciado en esta tierra, que degustaban los clientes asiduos mientras se afilaban las uñas jugando a las cartas. El CORTIJILLO, del que aun pueden hallar vestigios los lectores observando su puerta desvencijada, estaba situado en el Teatro Cine Santa Cruz y fue durante años regentado por Joaquín Puertas “Picasso” e Ignacio López Hernández. Lo más curioso del establecimiento, dadas sus reducidas dimensiones, es que tenía los urinarios a la vuelta de la esquina, al sereno y en la acera de la calle del Sulfuro que, por razones obvias, no necesitaba de vergeles para lucir “perfumada y bien oliente”

     El BAR de ZOILO se encontraba en la plaza. En el mismo lugar que después ocupó el de Dionisio Ortega y en tiempos más cercanos e inmediatos, aunque también me he mojado en demasía la calva desde entonces, hubo de ser la Dorotea con sus hijos quien abriese el BAR de LOS HERMANOS famoso por sus huevos encapotados. En la Calle Santiago, además de la taberna del CHIQUILIN, hubo otra dirigida por Aurelio a quien llamaban El Tigre y su hijo Jesús, apodado el Mono, por lo que es fácil deducir, sin que falta haga que se estrujen los lectores el intelecto, la razón del porque a la tasca, alabada por sus exquisitos callos, le pusieron por nombre LA SELVA.

    LOS PACHANGOS tenían una caseta veraniega situada a la entrada del Parque Municipal. La sociedad era la formada por los hermanos Castellanos, Virgilio y Antoñejo, junto a Paco Carrasco y Tiori, más conocido por el zopo Pachango, y su menú estrella estaba compuesto por vino en garrafas de arroba y gambas a discreción. Y habrían de ser sutiles herramientas los susodichos en el arte de darle al codo, del que pocos en el fondo nos sentimos ajenos, cuando se decía por los mentideros que el bar era autosuficiente puesto que, aun cerrado, reportaba beneficios.

     LA CEPA, cantina de paredes enjalbegadas, donde por primera vez se pudo leer el MUNDO OBRERO, ubicada en la Plaza de Andrés Cacho, frente a la Biblioteca, entonces sede de la Organización Juvenil Española, estaba regentada por MANOLICO y su tapa de postín eran las patatas “cocias” que revueltas eran con el vino a mansalva que habrían de desaguar los clientes del local, entre ellos Pepe Leches que se autoproclamaba como rojo de derechas, porque wáteres no había, en un bidón de gasoil cortado por la mitad. Cuentan también los más viejos del lugar, de mentes sin duda privilegiadas, que Manuel Gómez, al que apodaban Ojete, vecino del bar y propietario de la única televisión existente por aquellos contornos, cobraba, a bote pronto y sin mesura, el comercio es el comercio debía de pensar, cincuenta céntimos por el visionado de cada corrida televisada.

Muchos años después Francisco Poveda, apodado Pelele, buena persona y furibundo carnavalero durante la década de los 80, de vuelta de su viaje migratorio por las tierras catalanas, hubo de abrir en el mismo lugar el bar LA COSTA, siendo pionero en servir como exquisitas tapas las setas de pie azul y los chorizos en aceite y fue Jesús, el mono que había en LA SELVA, quien hubo de sucederle en la dirección del Bar hasta su postrera jubilación.

     Mala leche, repartida sin tasa y sin mesura, mostraba Mauricio en su BAR EL CONDUCTOR. Estaba situado, arriba o abajo, en los locales que hoy ocupa la Caja de Madrid. Era hombre, como diría Cela, de mirar huidizo y conversación escueta, pero ofrecía, eso nadie lo pondrá en duda, unas tapas de hasta chuparse los dedos. Lo complicado era pedirle un cubalibre, cosa extraña en aquel tiempo, porque se le elevaban hasta índices insospechados las dosis de mala uva y si pasabas a jugar una partida  a los chinos, juego esplendoroso que ha caído en el olvido, se ponía de tan mala jindama, que manifestaba hasta convulsiones, mientras señalaba con el dedo tieso el cartel que entre mugres anunciaba aquello de: “en este local tan pequeñito no se puede jugar a los chinitos”. Todo porque dada la escasa capacidad del chamizo, en el que no cabía ni una sola silla, el negocio exigía beber con prisa o salir zumbando.

    Hablar del Bar de LOS BOTAS, que estaba donde en la actualidad se encuentra la tienda de los paisanos de Mao-Tse-Tung, es recordar con velos de nostalgia a José que junto a su hermano Justo, y por decir algo, dirigía el local. “Hermoso ejemplar”, solía susurrar mientras plantaba una tapa de exquisito boquerón o añorado coreano delante de las narices del cliente que absorto contemplaba el bullir de los posos dentro del vaso de vino, a lo que José, observador y conciso, replicaba: “bebe sin asco que son los elementos”, para terminar indicando al individuo que con premura se disponía a hincarle el diente a la tapa aquello del: “no le soples como no sea “pa” quitarle el polvo”. Al cierre de esta universal taberna hubo de ser su sobrino y descendiente quien abriese el MESON JOSE LUIS en la calle de Carneros siguiendo con la tradición de la estirpe de los Botas. De igual raigambre, y con la misma solera, tenía y tiene su bar CACHERAS en el Paseo Castelar donde desde siempre se han podido degustar los mejores caracoles del suelo patrio.

    En LA PARRALA, tasca aposentada en la Calle del General Espartero había tres tinajas con sus leyendas grabadas. En una decía: “si bebes de mis entrañas serás un héroe de España”, la segunda advertía que: “si bebes para olvidar paga antes de empezar” y la última, categórica sentenciaba que: “donde el vino entra, la verdad sale”.

     Jamás, y es sentencia que dejo clara, volverán a degustar los paladares de este manchego lugar rebozados tan exquisitos como los de BAR DE LUIS sito en la Calle Cervantes. Crujientes y deliciosos, elaborados por su esposa Laura, pescados, gambas y coliflores pasaban a ser, entre sus manos maestras, manjares dignos de exigentes dioses. El BAR DEL MEMBRILLO, famoso por sus patatas cocidas y las sardinas con sus pimientos estaba, regido por Gregorio junto a su esposa, al principio de la calle que aun ostenta el mismo nombre. Y en la calle San Sebastián hubo de abrir Jesús Castro el BAR LAS VEGAS  que después pasaría a ser el que todos conocemos por RAMON, popular por sus refrescantes rebujitos.

     Y en LA CAMPANA, como no hablar del bar del pueblo, en los tiempos en que estuvo dirigida por Jesús y su cuñado Máximo fue donde entró, algún día de un año que se me pierde en la memoria, un despistado transeúnte que absorto no contempló el escalón perenne que había como a dos metros de la barra, tropezando y cayendo, mientras el bueno de Paco Mula gritaba: “Penaltyyyyyy”, desde un extremo.

 

    Me dejo, y soy consciente de ello, muchas otras ermitas en el tintero, pero las exigencias de espacio que impone el impresor, mi buen amigo Valverde, han sido ya sobrepasadas obligándome a poner punto y final a este relato. Agradeciendo con el corazón a mi amigo del alma Bajillo que me haya refrescado la memoria para contar esta historia y deseando que disfruten de unas merecidas fiestas al arrebujo siempre grato de los bares actuales les pido que nunca olviden, por ser sentencia certera, que es en ellos donde se gestan momentos inolvidables de nuestras vidas. “Bares que lugares, tan gratos para conversar, no hay como el calor del amor en un bar”. Benditos Gabinete Caligari. Hasta la próxima, que pudiera ser que fuera de tiendas y tenderos, si Dios lo quiere y el cuerpo me aguanta, soy con ustedes.

 



     



  

lunes, 18 de mayo de 2015

Las recetas de Maurito Verbenas. Paella del señorito.

  

     Desde hace un tiempo les vengo cansando la cabeza con el anuncio de mi inminente regreso hasta el arte de la escritura que, como bien saben y desde que ingrese en la empresa más boyante del suelo patrio, que ahora por suerte he abandonado, tenía sumida en el abandono y a punto de echar al pestilente carro de la basura. Mas como ya dice el refranero, que tan cierto y veraz resulta en multitud de ocasiones, no hay bien ni mal que cien años dure, ni cuerpo, hemos referido siempre por estos sagrados lugares, que lo resista.

     Y aquí me tienen de nuevo, más viejo, pellejo y con algunas costras de adorno como los galápagos, dispuesto a traerles una nueva receta culinaria, que aderezada irá con otros ingredientes, del variado recetario del Maurito Verbenas que tanto éxito tuvo en sus inicios. Figúrense que hasta el eminente actor Juan Echanove tuvo la deferencia de leerlo e incluirlo en UN BLOG PARA COMERSELO, lugar que encarecidamente les invito a visitar y degustar puesto que habrán de quedar gratamente sorprendidos.

     Bien saben los que habitan estos eriales manchegos, y quienes hubieron de partir en busca de sustento y fortuna a otros lugares, que en este pueblo castellano el día grande, o de la patrona, se celebra el ocho de septiembre aunque también celebremos otro en el mismo lugar, con parecido boato y con menos asistentes, el 25 de abril o día de San Marcos, con sus bares, sus tapas, la caseta de los churros y su corrida de toros. Así que por ello, y porque evidentemente no había cosa mejor que hacer, decidimos el día anterior a la festividad poner rumbo a Las Virtudes  para ir preparando con tiempo la intendencia a la espera de que familiares y amigos hiciesen su aparición para pasar en franca y agradable compañía tan grata jornada festiva en la que no habrían de faltar, porque siempre sobran, pistos con diversas carnes, tortillas de patata al gusto y productos derivados del cochino que tan sabrosos resultan al calor amistoso de la lumbre.

     Y en tan trabajosas celebraciones nos tenían que a la caída del día, del que no hemos referido que era sábado, decidieron, en estos asuntos el varón rampante suele andar escaso de voz y voto, la santa con la infanta de los lloros, que estaba como si le hubiese pasado por encima un camión de 50000 Kilos después de tanto jolgorio y un servidor de ustedes con sus achaques, años , vino y cervezas encima que no era mala idea la de quedarnos a pernoctar en Las Virtudes puesto que aposentos con sus camas no nos habrían de faltar y leños, de momento y para alimentar la lumbre, hay remesa como para poder asar entera una piara de benditos cerdos.

     Pasada la noche, que siempre pasa pronto, aunque no sea mi caso si no es acompañado de una tortilla de somníferos, cuando se duerme a pierna suelta y con menos preocupaciones que un pachá de Turquía, alumbróse un nuevo día que hubo de ser, para mi gusto y deleite, de esos que doy en llamar celtas porque salpicados están de nubarrones y eso en Las Virtudes y visto desde las ventanas de mi humilde morada, contemplando monte y encinas, es como tocar el mismo cielo con las manos y les aseguro, con absoluta certeza, que hay que tener menos sensibilidad que un elefante, aunque ignoro el grado en que la tienen, para no sentir hasta el alma sobrecogida ante tan excelsa belleza.
                                                              
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    
 

     



   Por ello, y entramos en faena, y porque es herramienta afín a casi todos mis gustos, ahora hasta le dio por la lectura y devora libros de igual manera que se bebe los botellines, me dispuse a llamar con premura a mi amigo del alma y hermano de leche y farra, Juan Socorro Sánchez Marín, a quien todos por estos contornos conocemos cariñosamente como El Pavo, sin saber, al menos quien esto escribe, a que se debe semejante apelativo en un bicho de dos patas que difícilmente alzará vuelo con sus 120 Kilos, para que tuviese conocimiento de que invitado estaba junto a mi querida Virtudes, su amantísima esposa, a la degustación de una paella del señorito, plato culinario de nuestro selecto gusto y que en nada, eso puedo asegurarlo, tiene que envidiar  a los arroces que se cuecen por las costas del Levante. Antes de continuar decir, porque ustedes se lo preguntaran, que la llamo del señorito porque todos los ingredientes, salvo almejas y gambones, van pelados y sin raspas con lo que su degustación es cosa como de coser y cantar.

     En principio, este detalle es importante y de obligado cumplimiento si quieren aprender bien la receta, y tienen como jefe de intendencia al ave antes mencionada, han de alojar, sin contemplación ni miramiento, botellines y vino blanco, el tinto se bebe del tiempo, en el congelador del frigorífico para acometer con premura y sin descanso la primera etapa de la tarea encomendada.

     Comenzaremos por poner, esto es algo que de simple resulta evidente, la paella en el paellero que tendremos encendido y cubriremos, este paso es de vital importancia, de aceite de la tierra, muy verdoso y cojonudo, todo el fondo, que por aquí llamamos culo. Previamente habremos de haber comprado como un kilo de gambones, ahora les cuento el porqué aunque parezca excesivo, a Enrique “El Pescadero”, que freiremos cuando el aceite esté en su punto, vuelta y vuelta, para después reservarlos y apartarlos,  dejando que suelten sustancia y será entonces cuando, sin previo aviso y con suma habilidad, el mencionado humano volátil y un servidor abrirán las primeras cervezas que después vendrán como en fila india y nos comeremos, por ello fueron comprados con colmo, los primeros gambones calentitos de la mañana, tapa sabrosa y sin igual, mientras contemplamos como las primeras gotas de lluvia empiezan a caer sobre campos y barrancos. Con anterioridad, esto es obvio y de ello se encarga algunas veces mi cuñada Mercedes, hábil peinadora de las femeninas cabezas del pueblo, tendremos cortados, sin recato ni mesura, cebollas, ajos y pimientos que sofreiremos hasta que pasado un rato y viéndolo bien pochado, añadiremos troceados el atún, los chipirones, el calamar y hasta pez espada y cuantos bichos de mar, incluidos huesos de rape, estimemos convenientes y que habremos igualmente de pochar, sin prisa pero sin pausa, añadiendo después tomate triturado al gusto y dejándolo hacer hasta el punto de que es el momento y la ocasión, a estas alturas los sudores empiezan por doquier a aflorar, de tomar otra cerveza y zamparse otro gambón.

    
   Y así, cuando todos los compuestos expuestos vayan cogiendo el color que cogen las cosas sabrosas de la vida, echaremos mano del arroz que estimemos necesario,(este servidor de vuesas mercedes siempre cocina de media un kilo por dos razones que le resultan esenciales y que vienen a ser, por orden y sin tapujos, primero, que la santa se zampa lo suyo y lo de otro y segundo, que si sobrar sobra, este mortal relatador de tan apetitosas vivencias capaz es de estar comiendo, como los chinos, arroz durante una semana), y lo mediremos en el recipiente que estimemos adecuado para después medir también el doble con uno más del caldo que con anterioridad habremos preparado con unos huesos de rape, algún pescado que consideremos oportuno y las cascaras de las gambas que reservadas tendremos para cuando llegue la ocasión con su momento.


     



   Y es ahora cuando, si no tengo la prudencia de colocarme el mandil, aquello que me tape el “musculoso” torso, se habrá de ver como se veían, y a buen seguro se siguen viendo, las camisas de mi buen amigo Paco Bravo cuando comíamos pistos y tiznaos en los bares y en las fiestas de los santos viejos, porque llegado es el instante de arrojar sobre las fauces de la paellera el arroz, ingrediente esencial en este plato, y dispuesto hay que estar para darle vueltas con fuerza y sin pausa evitando que se queme para  llegado el justo y esplendoroso momento en que lo oteemos sonrosado y sonriente arrojarle sobre la crisma el caldo que habíamos reservado, si no tenemos el suficiente y falta hiciera le añadiremos algo de agua, distribuyendo con pausa y buen tino liquido y elementos de mar por igual en la paellera que aderezaremos con unas hojas de laurel, el necesario colorante y unos polvos de pimienta negra molida a la espera de que rompa el condumio a hervir. Y llegados a este punto, y nunca después, debido al exceso del trajín, nos habremos de beber otro par de botellines, por cabeza, a los que previamente el ave pava volandera habrá de acompañar con unas cuñas de queso excelso, tan exquisito en esta manchega tierra.

     Y vuelve a llover, ahora con fuerza inusitada, mientras los leños arden en el fuego como poseídos por una fuerza divina y Mercedes, mi cuñada peluquera pide el mortero, que nunca sebe donde se encuentra, para machacar en sus adentros ajos y perejiles que arroja sobre el caldo que hirviendo está como caldera de Pedro Botero. Y a sus entrañas van también un buen puñado de almejas y las gambas peladas que teníamos guardadas para la ocasión y dándole gas al asunto, para que hierva con alegría, me quito el mandil, puesto que pasó el peligro, y el gorro que me puse para que no cayesen pelos en la comida debido a mi “poblada melena” mientras me dispongo a realizar la apertura de una botella de Viña Lastra, exquisito vino blanco de nuestro amigo y paisano Fernando Castro que habremos de degustar con otro puñado de los mencionados gambones. Decir también que las hembras entretanto beben vermut, exquisito donde los haya del Agapito valdepeñero o malo hasta reventar de la última oferta de cualquier supermercado.

     El caldo de la paella casi se ha esfumado cuando me dispongo a vestirla de gala con tiras de pimiento morrón y los gambones que  sobraron, siempre los justos y ni uno más, mientras apago el paellero y coloco sobre la paella un paño blanco e impoluto, de los que hacía hasta con dobladillo mi siempre añorada madre, pugnando porque no me vea la santa, que siempre se cabrea porque se mancha de aceite. Y por fin, siempre suelen ser pasadas las 16 horas y a veces, esto ya es guasa, o no, adivinen la adivinanza, a la llegada del telediario de la tarde, dispuestos estamos a disfrutar de tan preciado manjar y prestos empezamos el engullimiento, los unos con prisa, la santa también y alguna despacio, mientras El Pavo, ¡ que sutil herramienta parió su madre!, dice y comenta con el bocado en la boca que para merendar ha traído unos conejos que haremos al ajillo, receta de la que si no me muero, me apetece y tengo tiempo habré de darles cumplido detalle en otra ocasión venidera. Entretanto, llueve sobre los tejados, sobre los barbechos y sobre los aleros de nuestra milenaria plaza de toros, mientras la vida, esa puñetera que a veces se torna difícil, nos agasaja con una tregua. Y arropado por esta gente a quien de verdad quiero, siento, aunque es algo que siempre tengo presente, que su disfrute, el de la vida con sus asuntos, no va necesariamente unido a la posesión de inmensos bienes materiales sino más bien, y esto lo tengo claro, al delicioso hecho de disfrutar de estas pequeñas cosas que nos hacen masticar el aire.

 

    




















viernes, 10 de abril de 2015

Refugiado








     

      Ustedes saben, amigos y amigas míos, que escribir es algo que me place y con lo que, además, disfruto plenamente. Por ello ahora, que el árbol está casi seco y a la espera de que nueva savia recorra sus maltrechas venas, me arropo al cobijo de textos que han sido escritos desde el fondo de su esencia, unas veces por amigos conocidos y otras, las más, por personas con quien solo me une el noble lazo del pensamiento común. Por ello, cuando cayó en mis manos esta elegía sublime escrita por Nemesio de Lara, buena persona a quien tengo sincero aprecio, capaz de conmover el corazón más insensible no dudé en ponerle voz y hacerla mía. Aquí la tienen. Si así lo desean, disfrútenla y luego me cuentan.

    

                                              







lunes, 9 de marzo de 2015

Yo no podría vivir sin ti



El día en que publiqué un relato de homenaje a mi querida madre hubo quien me pidió, y no le faltaba conciencia y razón, que, por dignidad, hiciese lo mismo con mi apreciada hermana del alma. Y fue este asunto que fui demorando a la espera de que llegara el momento de un fatal desenlace previsto y no deseado durante años porque solo entonces podría relatar, de forma cumplida y precisa, lo que era una total dedicación, en cuerpo y alma les puedo asegurar, de días, meses y años hacia la persona que le dio la vida. Y llegado ese momento, que no deseaba y que a su vez pedía a Dios que fuese liviano sin que al final, al menos en ese sentido, mis plegarias obtuviesen respuesta, me encontré vacío, desolado y sin fuerzas. Y fue entonces, ahí si me debieron echar una mano desde las alturas, cuando ella, mi querida infanta de los lloros, apareció con esta sentida joya que ahora les ofrezco y que nunca jamás este humilde servidor de ustedes hubiese podido ni llegar a imaginar. Después pensé que foto era merecedora de acompañar tan sentido homenaje y no dudé al escoger una que había tomado algún tiempo antes de que mi madre partiese hacia el país de nunca jamás y que había sido tomada una mañana, a bote pronto y sin pensarlo. Y la escogí, a pesar de que much@s que la conocieron la encontraran irreconocible, porque les puedo asegurar que me inspiraba, y me inspira, tanta ternura que no puedo evitar que velos de agua cubran mis ojos cada vez que la contemplo.


      Con motivo del 14 de Febrero, más conocido como el día de San Valentín, nuestra profesora María nos propuso realizar un nuevo trabajo, en el que cada uno de nosotros teníamos que escoger una canción de amor que nos transmitiese algo importante.

   Yo escogí la canción titulada Yo no podría vivir sin ti compuesta por el cantautor Joan Baptista Humet en 1982.

  La mayoría de las personas entienden que el 14 de Febrero es el día de los enamorados, pero ¿Sabéis una cosa? Se puede estar enamorado de muchas personas, incluso se puede estar enamorado de algún lugar o enamorado de algo como la música. Por ello yo os voy a hablar de un tipo de amor que no es el típico amor de pareja, sino el amor de una madre a un hijo, de una persona hacía otra que lo da todo por ella y por su bienestar. Os voy a hablo del amor de mi abuela hacía mi tía.

   Bueno, esta es una canción que llevo escuchando desde pequeña porque mi padre me la ponía. De pequeña no me paraba a pensar en la letra, no me paraba a pensar ¿qué estará diciendo? Sin embargo, hace unos días decidí crear una lista en Spotify a la que titulé “Recuerdos de papá” en la que he ido introduciendo distintas canciones que a lo largo de mi vida me han marcado y que mi padre me enseñó. Entonces, añadiendo canciones a la lista de mi padre, me acordé de esta y volví a escucharla. Cuando terminé, me di cuenta de que lo que siempre había canturreado de pequeña sin conocer su significado era una historia de amor preciosa en la que una persona que no puede valerse por sí misma agradece de todo corazón a quien está cuidándola lo que hace por ella porque, aunque no puede comunicarse con una mirada, es capaz de decirle todo. Voy a hablar de esta canción y de todo esto porque yo he vivido un caso parecido desde muy cerca porque he tenido una abuela sentada en un sillón durante años. Una abuela que cayó en una depresión que hizo que su vida fuese menguando poco a poco; hubo un momento en el que sus piernas dejaron de responderle, hubo un momento en el que empezó a olvidar cosas, un momento en el que ya no podía comer sola, pero ¿sabéis que?, en ninguno de esos momentos mi tía le faltó. Mi tía la cuidaba día y noche, le preparaba su plato de comida, se lo daba, la vestía, la lavaba. Hacía todo aquello que mi abuela ya no podía permitirse hacer.

   Cuando yo iba a casa de mi abuela observaba como mi tía con todo el amor del mundo se encargaba de ella. A decir verdad, creo que nunca he visto a nadie tratar a otra persona con tanto cariño como ella lo hacía. Y entonces veía como mi abuela la miraba con unos ojos llenos de amor que lo decían todo porque, aunque no podía expresarse bien, sus ojos hablaban por si solos porque como bien dicen: los ojos son el reflejo del alma.

 

   Por ello quiero que escuchéis esta canción, porque es la canción que, si mi abuela hubiese podido, le hubiese dedicado a mi tía:

  
      




    Casi todo lo que dice está canción me recuerda a mi abuela, porque ella no habría podido vivir sin mi tía. Por eso, esté donde esté, esta siempre será su canción.

    Y a raíz de todo esto recordé una carta que un día mi padre encontró en internet  y que le gustó tanto que decidió recitarla añadiéndole la banda sonora de la Lista de Schindler, una película que ha visto tantas y tantas veces y que tiene pendiente volver a ver conmigo. Esa carta narra las palabras de un padre a su hijo, en las que le pide paciencia, cariño y comprensión conforme a su avanzada edad, le pide que le cuide tal y como hizo él cuando era pequeño. Es una carta que me pareció que toda persona tendría que escuchar, al menos, una vez en su vida. Por eso, hoy, la he traído hasta vosotros. Es cierto que es una carta triste, pero está llena de verdades y amor.





                                           

 

   Con esto, solo quiero que recapacitemos. Para que en un futuro, seamos capaces de cuidar de nuestros mayores como ellos día a día han hecho con nosotros. Porque les debemos todo, les debemos lo que somos hoy y lo que seremos mañana. Porque ellos nos dieron la oportunidad de vivir. Y nosotros, tenemos la oportunidad de aprovecharlo.