Como mandamientos:

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

A veces uno sabe de que lado estar simplemente viendo los que están del otro lado.
Leonard Cohen

miércoles, 16 de octubre de 2013

De unos hechos que pasaron y las anécdotas que, con el tiempo, quedaron.

    


     


     Hasta los grillos se oyen a lo lejos y en la cercanía voces desacompasadas parlamentan sobre los asuntos del campo, emanando en alto tono por los efectos etílicos del vino. No son tiempos en los que se consuman compuestos que con el pasar de las décadas habrán de hacerse habituales llevando casi hasta el ostracismo el dulce jarabe del Dios Baco. Así, como decíamos, vino, vermut y cerveza, junto con alguna copita de coñac o anís son las bebidas que en estos tiempos pretéritos se consumen en los bares que ubicados están en lo que aun es y será por mucho tiempo la Plaza del Generalísimo.
     Estamos en uno de esos meses estivales en los que el sol calienta las piedras de este terruño manchego hasta casi poder freír huevos en ellas y aun a esta hora, cuando la noche avanza pugnando por llevar a buen término el final de la jornada, un sopor invade los rincones recalentados como en una sopa de cocido. Hace tiempo que Bernardo, vendedor de petróleo y gasolina, cerró el puesto marchando hacia su casa junto a su esposa Isabel y en la cima de la plaza, a la que se accede a través de diversas escaleras puesto que está situada en las alturas, aun permanece abierta la caseta de bebidas del Manco El Tigre donde, como decíamos, dialogan y conversan los lugareños que la sed apagan con los caldos fabricados en las bodegas del pueblo bien sean de la de los Castros, los Moruscos, Cañaveras o Ramirez que a fin de cuentas da lo mismo puesto que solo se trata de ahogar las penas en vino. También hay algunos que mitigan y humedecen su ardoroso paladar con unas cervezas frías. Las que proceden del almacén de bebidas de Antonio Delgado, de la marca Mahou y que traídas son de Madrid por los hermanos Laguna Camacho en los desvencijados camiones que el anteriormente nombrado tiene puestos a su servicio. La bebidas, no son tiempos aun en que las neveras eléctricas anden en funcionamiento, son refrescadas con el hielo que procede de la fábrica de Manolo Piña que también vende una marca de cerveza, Skol, que no degusta ni Dios porque tiene fama de ser tan mala como la quina.
      En los soportales del mercado municipal, hace poco inaugurado, esperan, aunque se torna tardía la hora, como soldados a punto de entrar en batalla para ser ocupadas, las mesas y sillas del Bar La Campana donde también se adivinan acodados en la barra unos cuantos clientes tardíos. Las aspas de los ventiladores que cuelgan como espantajos del techo giran cansinamente en la misión de expeler un aire que ni dan, ni se le espera. Algunos muchachos corretean por los aledaños de la plaza. Suben y bajan por las escaleras a velocidades de vértigo azuzando con un palo viejas cubiertas de ruedas de bicicleta, practicando los sencillos juegos que se dan en estos tiempos de esparcimiento a bajo costo y pantalones remendados. Y es así como en un descontrol sin mesura de los tiernos infantes que por el lugar corretean, una de las ruedas va ha de dar justo entre la entrepierna del guardia municipal que dormita sentado en una vieja silla de madera en la puerta del Ayuntamiento. 
     Da un respingo mientras se caga en el sumo hacedor, son tiempos de supino analfabetismo, en los santos varones y hembras que coronan las alturas y soltándole un puntapié en el trasero al infante que huye despavorido, introduce la mano en el bolsillo de la guerrera sacando del fondo un paquete de cigarrillos Peninsulares del que extrae uno que habrá de colocarse en la comisura del labio inferior como con cadencia y regusto. Saca el “menchero” de mecha, que larga y trenzada cuelga como casi dos palmos, y golpea con fuerza el chisquero hasta que un ascua candente se adivina. Enciende parsimonioso el pitillo mientras observa a través de la ventana, al trasluz de una bombilla de escasas bujías, como el compañero municipal que le acompaña en la guardia dormita y ronca a brazo partido, aunque después dirá que de centinela estuvo, a la puerta del calabozo donde duerme la borrachera un transeúnte que llegó, harto de andar y de vino,  desde el pueblo de Torrenueva.
     Por aquello de estirar las piernas y desperezar la modorra empieza a caminar y camina hacia la Avenida de Pio XII y despacio, masticando el poco aire que se ventea por los rincones, pasa ante el cuartel de la Guardia Civil donde se adivinan luces y se oyen voces en alto. Pasa de largo, como ahuyentando un mal augurio, y como quien no quiere la cosa llega hasta los aledaños de la Iglesia de la Asunción mientras a lo lejos, no son tiempos de muchos desmanes circulatorios, se adivinan los faros de un coche que renqueando y entre estertores se acerca  y aminora la velocidad al llegar hasta su altura. Es un Gordini, auto siniestro que porta el motor con el que mueve las entrañas en su parte trasera, motivo por el cual cuando adquiere velocidad y toma una curva sin mucho control, parecer parece avión en vez de auto provocando con ello multitud de siniestros y decesos por lo que se le ha dado en llamar, con precisa precisión, el coche de la viuda.
     Lo ocupan dos ocupantes que vienen como perdidos. Hacen una señal al guardia y mientras este se acerca baja el conductor con lentitud el cristal de la ventanilla y saluda:
-         Buenas noches
-         Buenas noches tengan “ustes”, - le contesta el municipal -, ¿en qué les puedo servir?
-        ¿Nos podría usted indicar dónde está la Casa Consistorial?
A lo que el agente con la cara demudada y los bríos desatados contesta imperturbable y severo:
-    Este es un pueblo decente. Si buscan de eso, se dan media vuelta y marchando “pa” Manzanares.

sábado, 28 de septiembre de 2013

En una noche de Otoño

   

    Hoy siento de nuevo la llegada del otoño, cuna de los sentimientos. Velos grises en el cielo santacruceño lo anunciaban poco después de la alborada. También habré de reconocer que con anhelo lo esperaba. Uno siempre fue amigo de estos días lánguidos que parecen morir estando en pie y que, fíjense el sinsentido, me insuflan ganas de volver a retomar las aficiones de las que gusto y es por ello que he vuelto torpemente y como el hijo pródigo, un servidor no es mecanógrafo aventajado, al asunto de la escritura. Ahora les cuento el cómo, con su donde.
       En estos tiempos de recesión sin límites al menos habremos de reconocer que estamos bien informados. Sobre todo con esto de la red de redes que lo mismo hace posible el hecho de saber de qué manera puedes, sin tener ni pijotera idea, hacer un pisto manchego o ahorcarte en la viga maestra de un cortijo con el menor sufrimiento. Y no se espanten, queridos y queridas míos, que ya les supongo pensando que a un servidor de ustedes se le fue la pinza y le dio por quitarse de en medio, y no, aun no ha llegado este pobre mortal a tan desaforados propósitos, pero si es verdad y he de reconocerlo que cada día siento más asco del mundo que me rodea. Y lo siento porque cada vez son más las razones que me hacen pensar que en este corral de chorizos, el que es de cantimpalo y tiene clase sobrevive sin deterioro alguno y al que es de humilde fabricación casera le dan palos por un tubo.
     Decirles que me encuentro placenteramente sentado en el porche del  patio de casa. Apenas son pasadas las doce de la noche y respiro un aire húmedo, tranquilo y muy apetecible. Como se anunciaba, ha empezado a llover y ese olor que desprende la tierra mojada inunda todos los rincones de la casa. Será por ello que, después de semanas sin que la luz de las musas asomase por mi mente obtusa, algo hubo, y es el otoño que siempre me cautiva, que hizo que la mecha del intelecto prendiese de nuevo.
     Empecé el día que agonizó con diversas tareas pendientes. La primera de ellas era y seguirá siendo la de pasar por la sala de rehabilitación del consultorio médico para ver si consigo enderezar en algo el rumbo de mi maltrecho hombro. Ese, que en un día de ducha y canto, andaba Sabina en medio,  y después de hacer patinaje artístico sin el deseo de hacerlo, hube de desarticularme en el baño hasta dejarlo hecho unos zorros. Y, entre otras cosas, sufre ese deterioro porque el día en que el médico de cabecera mandó que, después de cuarenta días con sus cuarenta noches, hiciese la oportuna recuperación opté por pedir, pobre de mí, el alta voluntaria, no fuese a pasar, que después pasó sin que nada ni nadie lo remediase, que se pensara que un servidor estaba como a la sopa boba, sin querer dar golpe y le echasen con cajas destempladas de su labor cotidiana.
     La segunda tarea encomendada era la de volver a pasar por el Instituto Gregorio Prieto sito en la cercana villa de Valdepeñas para intentar, y ya iban unas cuantas, de una puta vez,  y perdonen el desafuero, que se formalizase la matrícula de mi primogénito en sus nuevas tareas escolares. Ya les supongo sabedores de que en estos tiempos que corren o te manejas medianamente bien en la red de redes o te dan literalmente por donde amargan los pepinos sin compasión alguna. Les aseguro que tengo lastima de la gente que o llegó tarde a esto de las nuevas tecnologías o se siente incapaz de dar paso alguno en esta materia. Vivimos en un mundo donde lo personal, ese funcionario al que cientos de veces pusimos cual hoja de perejil, habrá de pasar más pronto que tarde al baúl de los recuerdos y a cambio solo tendremos, como en el caso que me ocupa, un programa informático, que escasas veces funciona y mil veces te pone de los nervios, para presentar documentos, solicitudes y quejas.
     La tercera tarea era la de pasar, que la pasó, la ITV al Megane que lleva portando los traseros de la familia Navarro Delgado, y demás parentela, durante casi veinte años. No ahondaré en contarles los deterioros que sufre el vehículo mencionado porque sería asunto de tontos, pero cierto es que después de dieciséis años de mala vida no anda su osamenta para muchos trotes. Por ello, pueden imaginar que llegado el día en que debe pasar por los rayos X me entra como un tembleque de padre y  muy señor mío pensando, aunque gracias a Dios nunca se dio, que sean capaces de devolverlo como toro que no sirve a los corrales dejándome compuesto, sin auto, y obligándome a tomar la decisión, muchas veces demorada, de adquirir un carro nuevo, asunto este que dado el uso que a la vez le doy al carricoche en cuestión no merece la pena y solo me planteo muy como de vez en cuando.
    La cuarta misión era la que a mi santa, que me servía de compaña, le pone los nervios de punta y capaz es de erizarle los pelos del mismo culo y trataba del pasar, había requerimiento escrito, por la Delegación de la Hacienda pública. Y no les cuento, porque sabrían de más, los exabruptos incontenidos que es capaz de decir y hasta vociferar la madre de mis hijos cuando la solicitan para este menester. Un servidor le pide que se contenga mientras grita, para afuera y sus adentros, que anarquía, que ya está bien de chorizos, y hasta lleva razón, que se llevan los cuartos a mansalva sin pudor ni temor alguno, mientras requieren que se presente a careo un pobre diablo como el que escribe, sin oficio ni beneficio, por un asunto que al final se queda por insustancial en agüilla de borrajas.
     El siguiente cometido, ya ven que fue completa la jornada, era el de pasar por Las Virtudes y darme durante unos minutos a la cuestión del bricolaje reparando los destrozos que se suelen dar en las casas deshabitadas. Y fue este el momento más placentero del día. Las nubes, como de plomo derretido, cubrían el cielo y un manto gris arropaba el horizonte, envolviendo esa extensión mil veces vista y apreciada que se pierde entre los cerros que rodean la Chaparrera.
     Y son, amigos y amigas míos, casi las dos de la madrugada cuando pretendo dar por concluido este escrito. El frío irrumpe en mi cuerpo entrando por los mismísimos talones y pugna por erizar los pocos pelos que aun mantengo sobre mi oronda cabeza. El árbol, una morera, que tengo frente a mis clamorosas napias mece sus hojas como un abanico desvencijado y el perro Bruno, que es astuto y sabe de qué va este cuento, hace rato que optó, pensando que me falta un tornillo, por meterse dentro de la casa y dormita tendido sobre el suelo de la cocina. Por ello, y en el temor de coger un tardío resfriado veraniego, queden en paz y sean e intenten ser felices, aunque ya saben que para ello, para tratar de llevarse bien con la felicidad, no debieran jamás de viajar mentalmente y menos aun en presencia y como en segundas nupcias, al lugar donde con anterioridad felices a su vez fueron, porque las historias que recordamos gratas, lo queramos o no, raramente se repiten.



martes, 3 de septiembre de 2013

Lento pasar del año en Las Virtudes





      Estando cercano el día de la patrona, fecha en la que todos los habitantes del corral y las gallinas venideras, apreciadas y queridas, habremos de ir en romería procesional hacia este venerado lugar, digo yo que es buen momento para extraer del baúl de los recuerdos la humilde poesía que hube de componerle a tan adorado paraje. Mientras, esperemos que las musas no sigan pasando de mí ...



Está cambiando el paisaje, tonos y colores nuevos

los valles, campos y cerros se olvidaron del invierno.

Ahora la tierra es más tierra, el cielo azul es mas cielo

y el día sea va alargando, hasta parecer eterno.

Las amapolas florecen, viste el árbol su esqueleto

para que el pájaro anide y encuentre la sombra el perro.

El rosal llama a la rosa y el gorrión a sus pequeños

cae el agua del Pilar, navega por los regueros

de alameda en alameda, por entre arbustos y setos.

Llegó, pues la, primavera, tiempo de renacimiento.



Ese sol, ese sol que germina entre los cerros

que se cuela por encinas, entre piedras y romeros

candente, quieto en el cielo, iluminando senderos

cubriendo de luz chaparros, los nidos de los polluelos

¡que lento va el caracol!, entre las hojas del seto.

Sobre peñas los lagartos, aman este sol de infierno

la boca abierta al calor, inmovilizados, quietos.

Las golondrinas viajeras anidan en los aleros

los grillos entonan sones orquestados y diversos.

Todo lo envuelve el verano con tonos de luz y fuego.



Esa lluvia, esa lluvia que golpea los tejados

                                    Embarrando los caminos, inundando los pedazos.

Esa lluvia que viaja por los cristales, que golpea en las ventanas

que lava los peñascales y llena de agua el arroyo

que corre por las canales y se oculta entre las piedras

dándole vida al paisaje en esta tarde de otoño.

El árbol se nos desnuda y sus hojas caen al suelo

ahora los días son grises, de plomo se viste el cielo

que gime en un canto sordo de relámpagos y truenos

para anunciar que es otoño, cuna de los sentimientos.



El frío ha calado hasta los huesos

y los chopos han mostrado su esqueleto

las encinas perduran en el monte

resistiendo los envites del invierno.

La Chopera viste un blanco inmaculado

con las copas de los árboles nevadas

y el Pilar sigue echando agua del chorro

entre cimas de cerros blanqueadas.

Es invierno en Las Virtudes y en el fuego

arden leños crepitando entre las llamas.


jueves, 15 de agosto de 2013

Entre telones y bambalinas, otra vez titiritero ...



      

   
    
     Ya saben los que soler suelen leer mis divagaciones que desde mediados del último diciembre anda este escribidor de poca monta por las sendas y caminos del paro. Y también sabrán, y si no pueden imaginárselo, lo poco placentero que resulta eso de levantarse cada día sin nada concreto que hacer y con pocas ganas de existir, aunque justo será reconocer que uno intenta, con sus años y achaques, ponerle un poco de salsa a la vida, esa que parecen querer destrozarnos desde los pies a la cabeza.

      Es por ello, no tengo duda, que aún con más tiempo y menos hacienda, figúrense que incongruencia, se me asoman con más tardanza los hados de la inspiración, con lo que los relatos de esta humilde factoría de escritos se van espaciando cada vez más en el tiempo. Y es en estos días veraniegos, de canícula y bochorno, tan odiosos para este mortal de por vida, cuando me cuesta horrores el mero hecho de ver que amanece. Uno fue, como también saben, animal de trabajo nocturno durante casi treinta años, con lo que el hecho normal de acostarse a la hora prudente en que la santa se dirige a los aposentos, pasada con creces la medianoche, se me hace insoportable, porque intuyo a ciencia cierta que a tan “tempranas” horas me habrán de aparecer los fantasmas del insomnio y por derivación las calenturas de cabeza y los lúgubres pájaros negros. Es por ello que prefiero quedarme devorando libros y alimentando mi decadente intelecto hasta que el sopor y la modorra me vencen, para así, entre gallos y medianoche, acompañar en el duermevela a la antedicha que  sueña cobijada entre los brazos de Morfeo.

     Y es así, como decía, que a pesar de los somníferos y sus efectos, apenas pasadas breves horas, los ojos se abren como platos mientras la luz de un nuevo día asoma por las rendijas de la persiana. Y ya les digo de antemano que ese momento lo odio. Lo odio. porque trae consigo una jornada más en que el día habrá de juntarse con la noche como si de un desierto se tratara. Y aludo al desierto porque poca belleza y hermosura habré de encontrar en tan sinuoso camino. Y como ya les he contado demasiadas penas, tendré que admitir ahora que algunas alegrías han jalonado también estos sombríos meses.

     Los que viven en el pueblo y extramuros ya se habrán enterado, y si no es así les digo que están poco al loro, de cómo la Asociación de Padres y Madres del Instituto Máximo Laguna, llevó a cabo la representación de la obra ¡Anda mi madre!, y les cuento. La santa que, como todos los citados saben, es mujer muy de raza interpretativa se embarcó nuevamente, aunque siempre jura y perjura que será la última, en echarse sobre las costillas la interpretación de un papel estelar en la citada comedia y como bien dice el refrán que pueden más dos tetas que dos carretas, me instó a que presto y sin demora optase por idéntica decisión, ¡que tendrá el genero femenino que siempre decide por dos! y eso sí, menos mal, que ahí planté mis reales y dije que estando vano de seso y con el seso alterado no era el mejor momento para el estudio con su memoria. Y conseguí, al menos en una parte, salir airoso y con buen pie aunque para mi pesar hubieran de encomendarme la tarea de apuntar, asunto este al que siempre tuve odio, manía y hasta inquina.

       He de reconocer, porque me gusta ser sincero y justo, que malditas sean las ganas que en principio portaba al subir la cuesta que conduce desde mi morada hasta el mencionado centro, máxime cuando aprenderme un papel, dado lo exiguo de mi capacidad de retención mental en los tiempos actuales por los motivos expuestos, era asunto que ni me apetecía, ni viable veía que fuese capaz de llevar a buen puerto, por lo que decidieron, mal decidido por cierto, que me dedicase a las tareas de la dirección de actores, faena esta que ya había realizado en alguna ocasión en los lejanos tiempos en que fui titiritero e integrante del afamado Grupo Mudela y para la que en justicia habrá que decir que tampoco está excesivamente dotado quien les cuenta estos hechos. Por ello, una vez empezados los ensayos del vodevil  titulado Anda mi Madre, la santa, que nunca tuvo excesiva confianza en mis afanes por emular a Alejandro Amenábar, optó por ponerse en contacto con quien fue antiguo director del mencionado grupo y a quien todos conocemos por Gila, quien presto se ofreció para llevar la nave hasta buen puerto. Así y con esas pasé a las tareas de subdirección o lo que es igual a dirigir cuando él no estaba y a otra que es ingrata de por vida y odiosa hasta reventar, la de apuntador. No pueden imaginar mis apreciados lectores hasta qué punto es aborrecible eso de estar entre bambalinas, colgaduras y cortinas, escondido como fugitivo entre las matas, leyendo la obra cientos de veces leída con el afán de no perderte por si a la vez se pierden los que actúan en sus decires y haceres y perdiéndote, esto es lo más detestable del asunto, el estreno y disfrute de la función.

      Comenzamos los ensayos cuando más afloraba el crudo invierno y al principio, como siempre suele pasar, lo tomamos como con relax y distensión, aventando muy en la lejanía el día en que hubiera de estrenarse la comedía. Más como lo poco gusta y lo mucho cansa, llegó el día en que hubo que poner fecha al inminente estreno y con ello llegaron las prisas con las consiguientes preocupaciones. Decir que durante los ensayos hubo días en que la risa nos dobló sin dudarlo el espinazo y asegurar, aunque habré de rematarlo después, que fue esta buena medicina, para los unos y para las otras, en la curación de los males que afectan al alma.

     Imaginen, aunque los supongo informados, que presupuesto para la compra de enseres, utensilios y mobiliarios había poco o ninguno y fue por ello que el amigo Nacho, integrante del clan y primer actor de la comedia, camarada de Paito, hubo de ingeniárselas, en estos menesteres es un maestro, recogiendo de donde fuera posible todo lo necesario para el montaje del evento. Decir que Paito es el buen muchacho que se dedica a recoger en el pueblo y extramuros todo lo que recogible es y desechado ha sido, con lo que lavadora, frigorífico, armario, plancha y no sé cuantas cosas más hubieron de viajar en la “forgoneta nachera” en lo que para ellos ha debido de ser como una segunda oportunidad en la vida.

    Y así, entre tropezones y suspiros de “esto no sale”, llegó el día del ansiado estreno. Día en que el salón de actos del instituto se asemejaba a los fondos del infierno con las calderas de Pedro Botero a pleno gas y funcionamiento, ¡que calores y estertores, Dios de mi vida! y cual no fue nuestra sorpresa cuando a media hora del estreno, y oteando entre telones, pudimos observar que el recinto se llenaba a reventar entre los sudores de unos y vahídos de las otras. Por ello, y antes de comenzar, ya hubimos de dejar sentado, aun sin fecha ni control, que una nueva representación habría de celebrarse cuando las haciendas y deberes de tan “afamados” actores dejasen un hueco en sus vidas libre. El estreno fue un éxito, y la celebración posterior, ya les supongo en la certeza cierta de que los españoles no sabemos rematar un evento sin palmeo, vino y tortillas, por poner un ejemplo, de las que jamás se olvidan. Con posterioridad hubimos de volver a representar el vodevil en la Casa de la Cultura saboreando de nuevo las mieles del éxito, y volviendo a comer tortillas, quedando emplazados, cuando pasen los calores del estío, para la preparación de una nueva comedia teatrera.

     Y como no hay dos sin tres, de este asunto de la farándula hubo de nacer otro muy festivo y celebrado, el de la fundación del grupo viajero “Hay vida después de los cuarenta”, y también de los cincuenta añade un servidor, que realizadas lleva un par de excursiones, una a Gandía y otra a Nerja, que hicieron las delicias de todos los asistentes y muy en particular de quien estos les escribe que una vez más levantó el vuelo que planeaba bajo.

     Por ello, y me despido mientras pienso y escribo, tal vez le toque a Matute y Estefanía, otro de esos relatos del recuerdo que tanto me demandan, gracias a todos y cada uno de los que hicieron que este tiempo de nubes negras se tornase despejado, porque si algo saco a la vez en claro de estas vivencias es que el más preciado bien atesorado en el ser humano es el de la amistad y el disfrute saludable de cada momento transcurrido, ese que nos lleva, como decía mi amigo Charles Chaplin, a vivir la vida con pasión, perder con clase y vencer con osadía. Lo dicho, un gusto.


    


sábado, 13 de julio de 2013

De un romance sin par.



    
    

 El portaba cara de chiste o mejor y, para ser exactos, un semblante que se asemejaba, como hecho a calco, al de Mario Moreno, más conocido como Cantinflas, celebre actor mexicano que causó furor en las medianías del siglo XX por las tierras latinas, allende los mares, y en la que siempre han dado en llamar, sin serlo, la madre patria. La España de opereta que en aquellos años cuarenta todavía sangraba por los poros que abiertos habían dejado las secuelas de la cruenta guerra civil. Volviendo al pájaro cerero que se describía habrá que decir que era, y es, corto de estatura, cejas asemejadas a las de los chinos, ojos vivarachos y un diminuto bigote que coronado queda en dos tramos, a derecha e izquierda, sobre un labio superior que apenas se otea.

     Arribó por el pueblo venido de alguna villa olvidada de por los alrededores y por el modo de su parlar y el hacer de sus haciendas pronto pudo vislumbrar todo el que quiso, aunque avezado no fuera, que semejante sujeto tenía, como se dice en el pueblo, las costras de un galápago y más caras que un saco de perras gordas, además de ser, que lo era, poco dado al asunto de amagar la cerviz y dar el callo, mientras que muy al contrario era diestro, como los buenos toreros, en el levantamiento del vidrio; el de los vasos que contener contuvieran cualquier liquido bebible que agua no fuera. Así, café de mañana, si madrugar madrugaba y de postre unas copitas de Magno; unos vasitos de tinto con el primer declinar de la mañana, con sus consiguientes tapas que alargados quedaban en su mezcla a la llegada del mediodía con un buen manojo de botellines, a ser posible Cruzcampo, que ponían al susodicho, aún estando acostumbrado, más contento que las maracas que portaba el negro Machín en su años de apogeo y fama.

     No se ha dicho que decía, por los bares y rincones, que ser era contratista de obras o empresario constructor, aunque nunca se le adivinaran trazas ni motivos que dieran en que pensar que dedicarse se dedicara a tan honroso menester, porque mono no portaba, gorra de propaganda tampoco, ni vestimenta que hiciera creer y ni siquiera pensar en que peón de albañil fuere, portando por el contrario sobre su osamenta el traje de color marrón, pleno de brillos y usagres, que hubo de adquirir para asistir  a la boda, veinte años atrás, de su primogénita hermana y que bien pudiera decirse que se asemejaba a un espejo por los reflejos y fulgores que despedía cada vez que el astro rey posaba sobre la prenda sus delicados rayos.

     Ella, ella tenía tarea. Había llegado, como a modo de recuelo, en el último estertor procreativo de unos progenitores que pasaban con creces de la cuarentena y cuando el empeño, en la cotidianidad de las sexuales costumbres se entiende, que se le atribuyen al hecho de vivir emparejados empezaba a declinar, sumidas en lo cotidiano de la costumbre. Tal vez por ello, porque añorada era su llegada, fue recibida como el agua de abril, con parabienes y hasta bendiciones del cura párroco del lugar que bendijo, como si de una reliquia se tratara, aquella diminuta criatura peluda a quien envuelta entre sedas llevaron como en volandas hasta el borde mismo de la pila bautismal. Sabía lo que se hacía, al cura párroco me refiero, cuando entre cadencias varias y efluvios de JB bautizó a la tierna chiquilla que al sentir el agua sobre su sensitiva cerviz hubo de descerrajar un súbito y desgarrador grito que bien pudo asemejarse, por el tono del timbre y su prolongada exposición, al aullido del último lobo perdido y sin hallar en los confines perdidos de la cordillera pirenaica. Y sabía lo que se hacía, al cura me sigo refiriendo, porque a tan sublime y eclesial celebración le sobrevino, entre alegrías de gitanos palmeros abrazados a sus guitarras, un largo fin de semana de celebración y éxtasis campero en el que viandas comestibles y bebibles corrieron entre bocas y paladares en exceso y demasía, con lo cual, sin costo y gratuitamente, llenó el buen mosén su ya prominente barriga de todo cuanto deseó y le cupo, que hubo de ser, si tener tenemos en cuenta el ataque inmisericorde de gota que le sobrevino después, cuantioso y sin par alguno en los confines del pueblo y sus extramuros.

     Y así, con el pasar de los años, la que fue criatura de escuetas dimensiones fue creciendo rodeada de todos los antojos y consentimientos que imaginarse pueda. Por ello no fue de extrañar que, llegada a la etapa vigorosa de la vida en que despiertan sin ser llamados los adormecidos y ocultos sentidos, hubiese de tornarse la criatura gacela de desbocados instintos, hecho por el cual no era de extrañar que toda una cohorte de pretendientes de baja estopa, que buscaban vivir del cuento sin tener que dar ni golpe, hicieran como fila india a la búsqueda de la mano de tan pretendida dama.

     No hemos dicho que el padre de la criatura era hombre anclado en los procederes y creencias de antaño, de misa, del Opus Dei, y dueño de un almacén ferretero que le reportaba cuantiosos beneficios y tampoco dijimos que ella, la tierna dama, denotaba en las distancias cortas escasez de luces e inquietud de ingles.

   Ellos, él y ella, hubieron de conocerse una noche bulliciosa de fin de año entre humo de tabaco, vapores sudorosos y los efluvios de menstruo que emanaban desde las recónditas entrañas de la discoteca Lord Jim, al son de los compases archiconocidos del Rockolletion, una recopilación de canciones añejas de los 60, que había puesto nuevamente de moda un francés, Laurent Voultzy, que habría de tener con el paso de los años corto bagaje y efímera existencia en los musiqueros asuntos y a quien, en estos tiempos aciagos, no recuerda ni su venerable padre.

     Y como bien dice el refranero, que siempre es sabio y sienta cátedra, aquello de que Dios los cría y ellos solos se van juntando, al igual que por los polos de un imán atraídos hubieron de gustar, con premura, pasión y desenfreno de una noche de amor desaforada en el asiento trasero del Simca 1000 que, con más kilómetros que el sacrosanto baúl de Doña Concha Piquer, conducía el varonil macho. Y así, de manera tan súbita, germinó la llama del amor en aquel par de elementos con tal pretendida efusividad, el uso del condón era costumbre a la que el macho integrante de la pareja tenía eterna y perenne inquina, que apenas pasados un par de meses de tan efusivas relaciones quedose la damisela, como la burra de Piña, preñada sin remedio ni solución.

     Y como las costumbres del no tan lejano antaño no eran las actuales de hogaño, prestos hubieron los progenitores de aquellos amantes de Teruel desenfrenados en preparar con prisas y sin pausas la boda de las criaturas antes de que el bombo súbito de la preñez en ciernes adornase el perfil de la ardorosa Julieta. Obviaremos las celebraciones que por ser hija única y tardía hubieron de tener lugar, pero es de justicia afirmar que más famoso que las bodas de Camacho, inmortales por obra y gracia del Quijote de Cervantes, hubo de ser el banquete que tuvo lugar para enlazar los destinos de aquel par de afortunados pendejos.

     Y como no es cuestión de alargarnos en demasía en el relato de los hechos acontecidos, habremos de decir que después de tan sonadas nupcias y tras el consiguiente viaje de novios por los rincones imperecederos de la vieja Europa vino un tiempo sublime de ardoroso amor guerrero al que ni el avance del embarazo, con la proximidad del inminente parto, hubieron de poner mesura y freno.

     De esta manera y bendecido como si de un mesías esperado se tratara llegó el primogénito, sobrado de pelo y llanto, al que hubieron de seguir, nos ahorraremos detalles y pormenores, otros dos embarazos con sus partos y como a carga y descarga con lo que en un abrir y cerrar de ojos los rincones de la otrora plácida mansión se tornaron en un amasijo de gritos, aullidos y platos rotos. Con el paso del tiempo, que todo lo cura o envenena, es lo que tiene el discurrir del vivir y sus asuntos, brotaron sin antifaz las escondidas intenciones del fogoso Cantinflas que una vez logrado con creces su preciado objetivo hubo de darse, sin control ni mesura, al vivir al que se suelen dar los que siempre se llamaron señoritos con la consiguiente merma en el ingente capital del suegro, que, como buen capitalista, era roñoso y sostenía, muy a su pesar, los gastos de farra y parranda del mencionado pájaro vicioso que no escatimaba gastos e invitaciones en bares, casinos y casas de selectas putas y hasta de putos, que fue a fin de cuentas lo que hubo de elevar hasta el límite mismo de lo soportable la paciencia del sufrido suegro, que como hombre que dijimos anclado en las rectas ideas y los procederes recios hubo de tomar, sin dilación, prorroga ni retraso ,cartas en el asunto de manera precisa y que paso a relatarles.

     Desde Santurce a Bilbao venía cantando, pantalones caídos y JB aguado en la mano, el asemejado Cantinflas en los albores de un amanecer del caluroso agosto. Ya saben ustedes, amantísimos leedores, que en esta Mancha del diablo el discurrir de la época estival suele ser insoportable y hasta insufrible por aquello del calor con sus ardores. Tal vez por ello, porque venía sumido en vapores de alcohol y desmesura, hubo de encaminarse, con decisión y muy dispuesto, en pelotas, como lo parió su madre, hacia el borde mismo de la piscina donde otrora remojara su cuerpo de mameluco junto a su ardiente doncella lanzándose al agua de tal manera y con tan infausta fortuna que hubo de dar un panzazo que le arrebató de tal modo el “sentio” que incapaz fue de vislumbrar, al emerger de las aguas, la silueta que se dibujaba, apenas aclarada por los tenues rayos del sol venidero en las claras y transparentes aguas. Lo que a buen seguro si escuchó, y aun recuerda, es el escopetazo que como trueno de tormenta veraniega descerrajando la noche sonó en los albores de aquel amanecer fatídico, y más aun habrá de tener presente el semblante enrojecido por el cabreo y la ira de su acaudalado suegro quien, en pelotas y como vino al mundo, lo puso de patitas en la calle, al albor de la luna que se iba y los luceros que se escondían, con la premisa latente de que purgase sus culpas y se hiciese hombre de provecho porque de lo contrario, así se lo dijo y juren que lo entendió, el próximo disparo mañanero de escopeta habría de darle bien derecho entre los huevos, con lo que eunuco sería sin haber sido castrado, aunque a tiempo, son las cosas del amor y sus arrebatos, hubo de emerger por el balcón la defenestrada Julieta que entre llantos y hasta amenazas suicidas consiguió que su progenitor cediese en tan asesinas amenazas y diese otra oportunidad con propósito de enmienda a su amantísimo esposo que desde entonces, pueden creer que es verdad, luce recto en procederes y actos como la vara de un pino.