
Has llegado hasta el blog de Mauro Navarro Ginés. Un cuaderno de bitácora donde se tratan los asuntos de la vida a través del poso añejo que dejaron los recuerdos sin nostalgias, las cotidianas reflexiones y sus diarios aconteceres. Si gustas, estas en tu casa. Siéntate a la mesa, busca y encontrarás .
Como mandamientos:
jueves, 15 de agosto de 2013
Entre telones y bambalinas, otra vez titiritero ...
sábado, 13 de julio de 2013
De un romance sin par.
El portaba cara de chiste o mejor y,
para ser exactos, un semblante que se asemejaba, como hecho a calco, al de
Mario Moreno, más conocido como Cantinflas, celebre actor mexicano que causó
furor en las medianías del siglo XX por las tierras latinas, allende los mares, y
en la que siempre han dado en llamar, sin serlo, la madre patria. La España de
opereta que en aquellos años cuarenta todavía sangraba por los poros que
abiertos habían dejado las secuelas de la cruenta guerra civil. Volviendo al
pájaro cerero que se describía habrá que decir que era, y es, corto de
estatura, cejas asemejadas a las de los chinos, ojos vivarachos y un diminuto
bigote que coronado queda en dos tramos, a derecha e izquierda, sobre un labio
superior que apenas se otea.
Arribó por
el pueblo venido de alguna villa olvidada de por los alrededores y por el modo
de su parlar y el hacer de sus haciendas pronto pudo vislumbrar todo el que
quiso, aunque avezado no fuera, que semejante sujeto tenía, como se dice en el
pueblo, las costras de un galápago y más caras que un saco de perras gordas,
además de ser, que lo era, poco dado al asunto de amagar la cerviz y dar el
callo, mientras que muy al contrario era diestro, como los buenos toreros, en el
levantamiento del vidrio; el de los vasos que contener contuvieran cualquier
liquido bebible que agua no fuera. Así, café de mañana, si madrugar madrugaba y
de postre unas copitas de Magno; unos vasitos de tinto con el primer declinar
de la mañana, con sus consiguientes tapas que alargados quedaban en su mezcla a
la llegada del mediodía con un buen manojo de botellines, a ser posible
Cruzcampo, que ponían al susodicho, aún estando acostumbrado, más contento que
las maracas que portaba el negro Machín en su años de apogeo y fama.
No se ha
dicho que decía, por los bares y rincones, que ser era contratista de obras o
empresario constructor, aunque nunca se le adivinaran trazas ni motivos que
dieran en que pensar que dedicarse se dedicara a tan honroso menester, porque
mono no portaba, gorra de propaganda tampoco, ni vestimenta que hiciera creer y
ni siquiera pensar en que peón de albañil fuere, portando por el contrario
sobre su osamenta el traje de color marrón, pleno de brillos y usagres, que
hubo de adquirir para asistir a la boda, veinte años atrás, de su
primogénita hermana y que bien pudiera decirse que se asemejaba a un espejo por
los reflejos y fulgores que despedía cada vez que el astro rey posaba sobre la
prenda sus delicados rayos.
Ella, ella
tenía tarea. Había llegado, como a modo de recuelo, en el último estertor
procreativo de unos progenitores que pasaban con creces de la cuarentena y
cuando el empeño, en la cotidianidad de las sexuales costumbres se entiende,
que se le atribuyen al hecho de vivir emparejados empezaba a declinar, sumidas
en lo cotidiano de la costumbre. Tal vez por ello, porque añorada era su
llegada, fue recibida como el agua de abril, con parabienes y hasta bendiciones
del cura párroco del lugar que bendijo, como si de una reliquia se tratara,
aquella diminuta criatura peluda a quien envuelta entre sedas llevaron como en
volandas hasta el borde mismo de la pila bautismal. Sabía lo que se hacía, al
cura párroco me refiero, cuando entre cadencias varias y efluvios de JB bautizó
a la tierna chiquilla que al sentir el agua sobre su sensitiva cerviz hubo de
descerrajar un súbito y desgarrador grito que bien pudo asemejarse, por el tono
del timbre y su prolongada exposición, al aullido del último lobo perdido y sin
hallar en los confines perdidos de la cordillera pirenaica. Y sabía lo que se
hacía, al cura me sigo refiriendo, porque a tan sublime y eclesial celebración
le sobrevino, entre alegrías de gitanos palmeros abrazados a sus guitarras, un
largo fin de semana de celebración y éxtasis campero en el que viandas
comestibles y bebibles corrieron entre bocas y paladares en exceso y demasía,
con lo cual, sin costo y gratuitamente, llenó el buen mosén su ya prominente
barriga de todo cuanto deseó y le cupo, que hubo de ser, si tener tenemos en
cuenta el ataque inmisericorde de gota que le sobrevino después, cuantioso y
sin par alguno en los confines del pueblo y sus extramuros.
Y así, con
el pasar de los años, la que fue criatura de escuetas dimensiones fue creciendo
rodeada de todos los antojos y consentimientos que imaginarse pueda. Por ello
no fue de extrañar que, llegada a la etapa vigorosa de la vida en que
despiertan sin ser llamados los adormecidos y ocultos sentidos, hubiese de
tornarse la criatura gacela de desbocados instintos, hecho por el cual no era
de extrañar que toda una cohorte de pretendientes de baja estopa, que buscaban
vivir del cuento sin tener que dar ni golpe, hicieran como fila india a la
búsqueda de la mano de tan pretendida dama.
No hemos
dicho que el padre de la criatura era hombre anclado en los procederes y
creencias de antaño, de misa, del Opus Dei, y dueño de un almacén ferretero que
le reportaba cuantiosos beneficios y tampoco dijimos que ella, la tierna dama,
denotaba en las distancias cortas escasez de luces e inquietud de ingles.
Ellos, él y ella,
hubieron de conocerse una noche bulliciosa de fin de año entre humo de tabaco,
vapores sudorosos y los efluvios de menstruo que emanaban desde las recónditas
entrañas de la discoteca Lord Jim, al son de los compases archiconocidos del
Rockolletion, una recopilación de canciones añejas de los 60, que había puesto
nuevamente de moda un francés, Laurent Voultzy, que habría de tener con el paso
de los años corto bagaje y efímera existencia en los musiqueros asuntos y a
quien, en estos tiempos aciagos, no recuerda ni su venerable padre.
Y como bien
dice el refranero, que siempre es sabio y sienta cátedra, aquello de que Dios
los cría y ellos solos se van juntando, al igual que por los polos de un imán
atraídos hubieron de gustar, con premura, pasión y desenfreno de una noche de
amor desaforada en el asiento trasero del Simca 1000 que, con más kilómetros
que el sacrosanto baúl de Doña Concha Piquer, conducía el varonil macho. Y así,
de manera tan súbita, germinó la llama del amor en aquel par de elementos con
tal pretendida efusividad, el uso del condón era costumbre a la que el macho
integrante de la pareja tenía eterna y perenne inquina, que apenas pasados un
par de meses de tan efusivas relaciones quedose la damisela, como la burra de
Piña, preñada sin remedio ni solución.
Y como las
costumbres del no tan lejano antaño no eran las actuales de hogaño, prestos
hubieron los progenitores de aquellos amantes de Teruel desenfrenados en
preparar con prisas y sin pausas la boda de las criaturas antes de que el bombo
súbito de la preñez en ciernes adornase el perfil de la ardorosa Julieta.
Obviaremos las celebraciones que por ser hija única y tardía hubieron de tener
lugar, pero es de justicia afirmar que más famoso que las bodas de Camacho,
inmortales por obra y gracia del Quijote de Cervantes, hubo de ser el banquete
que tuvo lugar para enlazar los destinos de aquel par de afortunados pendejos.
Y como no es
cuestión de alargarnos en demasía en el relato de los hechos acontecidos,
habremos de decir que después de tan sonadas nupcias y tras el consiguiente
viaje de novios por los rincones imperecederos de la vieja Europa vino un
tiempo sublime de ardoroso amor guerrero al que ni el avance del embarazo, con
la proximidad del inminente parto, hubieron de poner mesura y freno.
De esta
manera y bendecido como si de un mesías esperado se tratara llegó el
primogénito, sobrado de pelo y llanto, al que hubieron de seguir, nos
ahorraremos detalles y pormenores, otros dos embarazos con sus partos y como a
carga y descarga con lo que en un abrir y cerrar de ojos los rincones de la
otrora plácida mansión se tornaron en un amasijo de gritos, aullidos y platos
rotos. Con el paso del tiempo, que todo lo cura o envenena, es lo que tiene el
discurrir del vivir y sus asuntos, brotaron sin antifaz las escondidas
intenciones del fogoso Cantinflas que una vez logrado con creces su preciado
objetivo hubo de darse, sin control ni mesura, al vivir al que se suelen dar
los que siempre se llamaron señoritos con la consiguiente merma en el ingente
capital del suegro, que, como buen capitalista, era roñoso y sostenía, muy a su
pesar, los gastos de farra y parranda del mencionado pájaro vicioso que no
escatimaba gastos e invitaciones en bares, casinos y casas de selectas putas y
hasta de putos, que fue a fin de cuentas lo que hubo de elevar hasta el límite
mismo de lo soportable la paciencia del sufrido suegro, que como hombre que
dijimos anclado en las rectas ideas y los procederes recios hubo de tomar, sin
dilación, prorroga ni retraso ,cartas en el asunto de manera precisa y que paso
a relatarles.
Desde
Santurce a Bilbao venía cantando, pantalones caídos y JB aguado en la mano, el
asemejado Cantinflas en los albores de un amanecer del caluroso agosto. Ya
saben ustedes, amantísimos leedores, que en esta Mancha del diablo el discurrir
de la época estival suele ser insoportable y hasta insufrible por aquello del
calor con sus ardores. Tal vez por ello, porque venía sumido en vapores de
alcohol y desmesura, hubo de encaminarse, con decisión y muy dispuesto, en
pelotas, como lo parió su madre, hacia el borde mismo de la piscina donde
otrora remojara su cuerpo de mameluco junto a su ardiente doncella lanzándose
al agua de tal manera y con tan infausta fortuna que hubo de dar un panzazo que
le arrebató de tal modo el “sentio” que incapaz fue de vislumbrar, al emerger
de las aguas, la silueta que se dibujaba, apenas aclarada por los tenues rayos
del sol venidero en las claras y transparentes aguas. Lo que a buen seguro si
escuchó, y aun recuerda, es el escopetazo que como trueno de tormenta veraniega
descerrajando la noche sonó en los albores de aquel amanecer fatídico, y más
aun habrá de tener presente el semblante enrojecido por el cabreo y la ira de
su acaudalado suegro quien, en pelotas y como vino al mundo, lo puso de patitas
en la calle, al albor de la luna que se iba y los luceros que se escondían, con
la premisa latente de que purgase sus culpas y se hiciese hombre de provecho
porque de lo contrario, así se lo dijo y juren que lo entendió, el próximo
disparo mañanero de escopeta habría de darle bien derecho entre los huevos, con
lo que eunuco sería sin haber sido castrado, aunque a tiempo, son las cosas del
amor y sus arrebatos, hubo de emerger por el balcón la defenestrada Julieta que
entre llantos y hasta amenazas suicidas consiguió que su progenitor cediese en
tan asesinas amenazas y diese otra oportunidad con propósito de enmienda a su
amantísimo esposo que desde entonces, pueden creer que es verdad, luce recto en
procederes y actos como la vara de un pino.
sábado, 22 de junio de 2013
Días de escuela en el Cervantes
Desde el colegio Cervantes, que abandonaron hace un tiempo mis tiernos
infantes camino de cotas más altas, me pidieron que colaborara en un loable
proyecto. Se trataba de reflejar las vivencias escritas, que junto a las de
otros mortales habrán de conformar un libro si se puede y llega el caso, que
habrían de despertarme, en el alma y los sentidos, el paso, hace ya unas
décadas, por tan añorado lugar. Y el parto fue este escrito, que ante todo
deseo y quiero que sirva de sentido homenaje a los que plasmados en el quedan,
porque a su trabajo y buen hacer debe este escritor de pacotilla las pocas
sapiencias y conocimientos que atesora hoy en día. Y también hube de acordarme
de mi añorado Labordeta, que como maestro de oficio que era, plasmó
magistralmente en una de sus canciones las vicisitudes del arte del enseñar.
Así que, va por ellos.
Aún conservo el recuerdo, es algo que lleva aparejado el
discurrir de la vida en lugares pequeños como el pueblo, del día en que se
empezó a comentar por sus rincones que iban a construir un instituto en la
villa. Debió ser por los años en que era alcalde de la misma Manuel Navarro
Salazar, que hubo de pasar a los anales de la historia santacruceña con el
conocido apodo del Boterillo. Y el recuerdo se me transforma en nostalgia, por
los días vividos y el tiempo pasado, cuando también me llegan hasta la mente
las horas que pasábamos por los aledaños del parque para comprobar y ver, no
fueran a engañarnos, con nuestros sorprendidos ojos de pequeños infantes, la
evolución de tan grandiosa obra, mientras pensaba, que más pronto que tarde
habría de estudiar en aquellas aulas.
Un servidor procedía, porque fue su primer destino
escolar, de las lóbregas aulas conventuales del colegio de las Madres
Concepcionistas, de quien muchos hombres y mujeres de este manchego lugar
guardaran una respetable y grata recordación, que en el caso de este humilde
escribiente queda difuminada en anécdotas incontables que no hubieron de ser
buen caldo de cultivo, puesto que el día que traspasé aquellas murallas camino
de las Escuelas Nacionales del Jardinillo se me antoja, pasados ya muchos años,
de los más felices de mi vida.
Mas si me piden que recuerde y que mi vana memoria
rememore que fue lo más resaltable de lo vivido entre las paredes del hoy añejo
instituto a buen seguro habré de decepcionarles, porque si algo me viene a la
cabeza conservándose aun fresco es cosa que inusitada puede parecer en el
presente, pero que entonces, en aquellos años de ostracismo sombrío, era asunto
destinado a reyes. Y les cuento, deshojando la margarita. Al llegar a las
escuelas nacionales mencionadas tuve la gran suerte de caer en las manos de
quien habría de ser con el paso de los años mi maestro y amigo, en el sentido
más amplio del término y la palabra, Eugenio Laguna Saavedra, pequeño de
estatura y con el corazón grande. De su mano anduve aquellos primeros años, de
él aprendí las elementales reglas del conocimiento, y otras tan necesarias como
la educación, el respeto y los buenos comportamientos.
Pero imagínense, queridos lectores, que en el
mencionado colegio todo lo que había era vetusto, arcaico y como sobrevenido de
un tiempo añejo. Por ello no se extrañen si les refiero que llegado el día en
que encaminamos los pasos en fila india hasta el Colegio Público Cervantes para
tomar posesión de los nuevos dominios todo lo que encontramos a nuestro
alrededor era como de cuento de hadas. Pupitres nuevos, pizarras de un verdor
que deslumbraba y hasta calefacción central, que habría de hacernos olvidar, de
una vez y por siempre, la estufa recalentada de butano que tan solo calentaba
la punta de los pies de Don Eugenio. Hasta gimnasio había, con potro, caballo,
plinto y espalderas, que me hicieron temblar por el solo hecho de pensar que
hubiera de saltar tan infaustos aparatos a los que de por vida tuve
inquina. Más si algo hubo, y es a lo que me refería al principio del escrito,
que deslumbró mis sentidos de aquel tiempo fueron los aseos, lavabos, wáteres o
como le quieran llamar, que nada tenían que ver con los apestosos retretes que
habíamos soportado durante toda nuestra vida escolar y que en la anterior
escuela mencionada eran comunales con lo que convertidos en impracticables
quedaban al rato de haber empezado a usarse.
Pertenezco a la primera generación de escolares
que hicieron el cambio del antiguo bachillerato a la Enseñanza General Básica
por lo que también soy de los primeros que entraron por la puerta del
Cervantes, hasta entonces ocupado por los bachilleres ,y he de decir que el
recuerdo conservado de aquellos días permanece cada vez que traspaso la puerta
del Colegio, porque en el fondo todo sigue inalterable y casi de la misma
manera, con lo que la experiencia es grata porque significa perder años y
volver, como en una máquina del tiempo, a la época de la infancia, esa que tendemos
a ver en color aunque a veces fuese en blanco y negro. A las horas del recreo,
entonces no existía pista polideportiva ni patios adecuados para los juegos,
salíamos como impulsados por cohetes en el culo hasta las cercanas eras, hoy
ocupadas por instalaciones dedicadas a la práctica del deporte, donde a
pedradas nos abríamos la cabeza o nos quebrábamos los huesos.
Dice el rico refranero que es de bien
nacidos el ser agradecidos y es por ello que mi gratitud habrá de extenderse
hasta recordar el nombre de María Teresa Martín, que me alentó, y mucho, en el
asunto de la escritura, Josefa Hellín de Vivar, que capaz fue de enseñarme lo
que aún comprendo del francés, Francisco de Gracia, que me inculcó el amor por
los libros y las letras, Antonio Ruiz, que pugnó y consiguió que las
matemáticas incubaran por un tiempo en un cerebro poco predispuesto a las
formulas y los números, y ante todo y sobre todo, mi eterno agradecimiento a
Eugenio Laguna Saavedra, que me hizo comprender que el viejo dicho tan en boga
en aquellos años de que “las letras con sangre entran”, era cuestión de
acémilas y gentes de baja estopa. Jamás le vi, fuera de los usuales capones que
necesarios eran para dar conocimiento a ciertas cabezas llenas de paja, usar la
fuerza en el ejercicio de su noble oficio y eso a un servidor, que había
sufrido en sus carnes métodos más expeditivos en las primeras andanzas
colegiales de triste recuerdo, le vino a resultar como maná caído del cielo.
Ahora, una vez que mi vástago primogénito y su
hermana partieron para otros lugares, solo me queda pensar que habrá de llegar
el día, me da que habré de tener mal pelo, en que vuelva a traspasar la puerta
del colegio cogiendo la mano de los nietos. Mientras llega ese momento, si es
que le da por venir, andaré por sus añejos pasillos cada vez que elecciones se
celebren y no duden, sufridos lectores, que el viento del recuerdo habrá de
volver a anidar en mí ser como una llama.
sábado, 8 de junio de 2013
Parece que fue ayer ....
miércoles, 22 de mayo de 2013
El vuelo de la infanta
Así las cosas, el lunes muy de mañana y antes de
que alboreara el alba me tenían ustedes, queridos y amantísimos lectores,
preparándole un buen bocadillo de tortilla a la francesa con su correspondiente
jamón, que hube de hacer extensivo, con otro de la misma calaña, al vástago
primogénito, que es hombre de buen comer y poca delicatesen, para que tuviese
sustento y vianda, a la infanta me refiero ahora, durante el trayecto que había
de llevarle hasta la ciudad de Málaga, donde habría de embarcarse en el vuelo
que con destino a la bella Italia la desembarcaría en la antigua y
legendaria Roma y desde donde habría de partir hacia su destino final en
la urbe de Siena.
Y pensaba yo, mientras batía los huevos y sofreía
el jamón, en aquel día, cubierto de nebulosa por el implacable pasar del
tiempo, en que me dispuse a ir de excursión al campo de aviación. No vayan a
pensar los que lugareños del pueblo no sean, que el citado aeródromo se
encuentra alejado de la villa porque estarían en la más absoluta equivocación. El
antedicho lugar está como a un "pie puta” que decimos en el pueblo o a la
vuelta de la esquina que es lo mismo. Tres kilómetros separan a lo sumo el
poblado en el que vivo, y vivía por aquellos años perdidos entre vapores de
melancolía sin sentido, de aquel lugar en el que hasta se podían cumplir los
deberes con la patria que conllevaban la prestación del servicio militar. Y fue
allí, donde un día de principios de los setenta, aquellos en que se aventaba el
final de la dictadura del tío Paco, dijeron que nos llevarían de excursión los
maestros de la escuela.
Así, anunciado el evento en casa, mi madre no
debió de otear el lugar a donde habría de dirigirse tan exigua expedición por
lo que llegado el día y después de zamparnos las habichuelas con morcilla, me
dispuse presto a partir, mientras mi progenitora me advertía que tuviese
“mucho cuidao con los refugios, a ver si te va a pasar algo”. Y a la pregunta,
lógica y natural desde la ignorancia, de que eran los “refugios”, me hubieron
de contestar que “túneles bajo la tierra donde se metían cuando la guerra”.
Como por arte de magia se me desbocó la imaginación y en un momento pasé, de la
alegría por el viaje, a la absoluta temeridad que provocó en mi imaginación el
pensar que calaveras, huesos y esqueletos habrían de poblar aquellos angostos
lugares, por lo que, llegado a la esquina de Otón Peñuelas, justo enfrenté del
supermercado de La Despensa, para información de los más tiernos infantes, puse
pies en polvorosa volviendo sin demora a la casa de mi infancia.
Por ello, cuarenta años después, cuando veo
subir al autobús a la infanta de los lloros, no puedo evitar que una nube de
diminuta congoja me atenace el corazón. De aquellos barros vienen estos lodos.
Aun es mi niña, apenas catorce años asoman a su ventana y es la primera vez que
miles de kilómetros habrán de separarnos. Pero me digo, que justo es eso lo
mejor para ella. Volar del nido y sentir que la vida es por y para disfrutarse,
porque si algo hay claro en este devenir mundano es que los buenos momentos
habremos de buscarlos, mientras que los sufridos e indeseados nos habrán de
llover sin que los queramos.
AMPARO
Amparo, la de la carita alegre
la del pelo ensortijado
la que llena los rincones
de trastos y cachivaches,
la que nada desconoce
la de los ojos rasgados.
Amparo, la que lo pregunta todo
la que me mira y sonríe
la que me llama y me quiere
reclamándome dulzura,
mientras me endulza la vida
con azucares y mieles.
Amparo, la de la perenne risa
la que su boca no calla
ni rendida por las fiebres.
A quien con fe le deseo
que se enamore del sol
de las nubes y los cerros
de las mañanas de Abril
de las tardes de febrero,
de las aguas que por Mayo
corren por los arroyuelos,
de los pájaros del aire
del viento, de los luceros
de la lluvia persistente
que golpea los tejados
de su música gloriosa
de los campos embarrados.
Amparo, a quien le propongo
que ande y recorra caminos
que indague, busque y comprenda
el mundo, sus laberintos
los escollos insalvables
los intrincados destinos
el dolor desencajado,
el calor de los amigos
de la amistad y los besos
cuando se dan encendidos
por el amor y el deseo.