Este poema, del gran
poeta peruano Cesar Vallejo,nos habla de la incertidumbre que padece el ser
humano cuando le busca un sentido a su existencia. Lo heraldos negros son los
mensajeros de la muerte, los cuales, obviamente, solo pueden anunciar dolor y sufrimiento. Vallejo nos habla de lo incomprensible e inexpresable que es el dolor que se
levanta sin avisar y que, sin que logremos entender porque, ahoga a cada
instante al ser humano por el mero hecho de existir.
Has llegado hasta el blog de Mauro Navarro Ginés. Un cuaderno de bitácora donde se tratan los asuntos de la vida a través del poso añejo que dejaron los recuerdos sin nostalgias, las cotidianas reflexiones y sus diarios aconteceres. Si gustas, estas en tu casa. Siéntate a la mesa, busca y encontrarás .
Como mandamientos:
martes, 3 de enero de 2017
Los Heraldos Negros
domingo, 4 de diciembre de 2016
Solitario de Otoño
Me gusta ese día otoñal
gris, oscuro,
inapetente,
lluvioso, de monótono
tedio.
Deslucido día en que el
alma se recoge
se viste de paz y se
ensancha
abriéndose paso entre
las oscuras brumas
y el infinito tintineo
de mil gotas de lluvia
golpeando el cristal de
las ventanas,
deslizándose incoloras
como lágrimas de sal
amarga.
¿Qué tiene ese soplo de
tiempo
en que la luz se esconde
y se pierde el destello azul,
donde el sol, fugaz y
tímido,
gime oculto entre velos
de nubes negras?
Es la honda sensación,
el sereno bienestar
de sentirme ausente y
solo.
Solo eso. Casi nada y
todo.
jueves, 15 de septiembre de 2016
Hoy quisiera
Llevaba un tiempo sin asomarme a esta ventana. Y créanme si les digo
que echaba de menos contemplar el paisaje que se me ofrece a través de sus
cristales, pero el trabajo con sus haciendas, que quiera Dios y perduren, me
atan de pies y manos disponiendo cuando me queda un rato libre que siempre es
más dado al gozo cuando no es, aunque no quiera que lo sea, ocioso por
imperativo y obligación. Por ello hoy, día de asueto y vagancia, tuve a
bien grabar esta maravilla que el bueno de José Antonio Labordeta nos dejó
antes de partir hacia otros mundos. Y la verdad es que ha sido un gusto el
ponerle voz a sus palabras.
lunes, 25 de abril de 2016
Soneto 126
LOPE DE VEGA es el autor de este soneto
maravilloso que habla de las contradicciones que encierra el amor como
sentimiento y razón de vida. Por ello. y porque es un tesoro en su concepto y
desarrollo, estaba pendiente de echarlo a volar y hoy le abrí la puerta de su
enjaulado recinto. Espero que sea de vuestro agrado.

martes, 23 de febrero de 2016
El 23-F y los tiesos bigotes de Tejero.
Como la sequía creativa
perdura y estoy en la certeza de que son much@s quienes, aun estando aposentados
una larga temporada en esta casa, no habrán leído este relato, he tomado la
decisión de darle otro hervor, por si no estaba la cocción en su punto,
recordando un día que, como aquí les cuento, fue especial para mí. Y no porque
ocurriese, al menos por estos lugares, nada especialmente reseñable, sino por
todo lo que fuimos capaces de elucubrar que podía volver a pasar. Y sobre todo
porque, jamás lo olvidare, pasé la noche como en largo velatorio grabando los
acontecimientos "in situ" en una desvencijada cinta de cassette que
aun conservo. Y de la que, por si lo dudan, aquí les dejo seña y muestra. Hasta
con sus tornillos.
El 23 de febrero de 1981 a las
18,22 pm, o lo que es igual, después de comernos los garbanzos, estábamos en la
destartalada casa de mi infancia, al abrigo del brasero de carbón que provocaba
el tufo con sus vómitos, mareos y unas cabrillas en las piernas que picaban
como avispas en el mes de Julio, mi amigo Gregorio Márquez Marín, más conocido
por estos lugares como “El Pavo”, apodo ilustre que arrastran él y toda su
estirpe y un servidor de ustedes, amigos y amigas del alma, matando el tiempo o
mejor como dejándolo pasar, a ver si se quedaba congelado como las plantas de
nuestros pies. Pies que por aquel tiempo y al igual que ahora, en esta época
presente, poco andaban, al menos en ocupación concreta, pues la sangría del
paro también agitaba, como siempre, los cimientos de la madre patria.
Absortos y como idos por el frío o por las pocas
haciendas, cierto es que dormitábamos escuchando en el casete Sanyo que José
Zabala había traído de los decomisos madrileños la sesión de investidura de
Leopoldo Calvo Sotélo como presidente del gobierno de las Españas. Y fue
entonces, en el momento en que iba a emitir su voto el diputado socialista
Manuel Núñez Encabo, cuando un tropel de Guardias Civiles como salidos de La
Escopeta Nacional del gran Berlanga entraron a saco en el Congreso al mando de
un elemento de tiesos bigotes que respondía al nombre de Antonio Tejero, que
dirigiéndose a la tribuna, para sorna, pasmo y sorpresa del mundo entero que
una vez más visionaba, esta vez en directo y con taquígrafos, como las gastamos
los españolitos cuando vamos por las bravas para nuestra propia vergüenza y
escarnio, dijo con un par de huevos la archiconocida frase del ¡Quieto
todo el mundo!, dando orden de que todo Cristo viviente que en el hemiciclo
hubiera se tirara al suelo, soltando un tiro al aire con su reglamentaria
pistola para reafirmar su petición; tiro al que siguieron ráfagas de subfusiles
de los asaltantes ante las que solo quedaron imperturbables y en sus sitios, a
los demás les debió entrar hasta diarrea, el general Gutiérrez Mellado, el
presidente Suárez y el diputado comunista Santiago Carrillo, quien con más
costras que los galápagos debió pensar que ya estaba bien de doblar la testuz
ante tanto salvador improvisado de la patria.
A los dos bichos antes mencionados, el Pavo y un servidor, no
les hizo falta escuchar el sonido de la balacera para saltar impulsados de la
silla como si de golpe e improviso hubieran metido bajo su culo cien kilos de
hierros candentes. Bastó que uno, el plumífero antes dicho, a quien sus
incisivos centrales prominentes de por vida debieronle acentuarse, pensara para
sus adentros que más pronto que tarde había de partir hacia el obligado
cumplimiento de los militares servicios para con nuestra querida España y
jodido había de ser, se le antojaba, hacerlo en tan guerreras condiciones y al
otro, este pobre escribidor, se le incrustó en cuerpo y alma una depresión que
bien pudo ser de por vida al pensar que después de librarse de la mili por
cegato y miope, hecho este que fue motivo para él y sus allegados de alegría
inusitada, hubiera de verse, por culpa de un descerebrado gilipollas, corriendo
de mata en mata y pegando tiros, sin ton ni son y a diestro y siniestro.
En estas y al grito del “ya está liá otra vez”,
llegó desde el casino, que como ustedes saben estaba y está justo
enfrente de la morada de mi infancia, mi padre con su garrota, apuntando y
refiriendo como se empezaban a escuchar voces y hasta vítores en el
Circulo del Recreo que exultantes clamaban a favor de los cojones de aquel
energúmeno que capaz habría de ser de poner a tanto politicastro de tres al
cuarto y variados seguidores del rojerío en su debido lugar que podía
encontrarse de nuevo partiendo como antaño al México lindo o abatido a tiros en
las tapias del cementerio. No les engaño si les cuento, ahora me consta con
certeza, que hubo miembros del antiguo Somaten, que para quien lo
ignore era una institución de carácter parapolicial desaparecida durante
la republica y que Franco reorganizó en 1945 con la finalidad principal de
colaborar con la Guardia Civil en la tarea de combatir a los maquis y las
organizaciones obreras clandestinas, que prestos se dirigieron al cuartel,
con la pistola reglamentaria en el bolsillo y la delirante ilusión de darle de
nuevo gusto al gatillo, placer que para bien se quedó en agua de borrajas
cuando el responsable del acuartelamiento mandó que se fueran por donde habían
venido.
Recuperados de la sorpresa o al menos preparados y
predispuestos para lo que caer cayera decidimos, con los aspavientos en contra
de la progenitora de mis días que siempre fue mujer a la mínima exaltada, salir
los dos camaradas mencionados a tomar el pulso de la calle o mejor a echar unos
chatos por los bares que es donde siempre se cuecen a buen fuego los asuntos de
importancia. Así, coincidimos en algún lugar que bien no recuerdo con Goya que
dadas sus conocidas inclinaciones izquierdosas ya pensaba en hacer las maletas
para salir cagando leches a la Rusia de los zares y algún otro que mi memoria
no recuerda y que acojonado estaba.
Y anduvimos por los bares, costumbre sana, diurética y
beneficiosa para la salud en estos quijotescos lugares y a buen seguro que
hubimos de comer hasta patatas cocidas en el buen Bar del Membrillo, sardinas
fritas en El Conductor de Mauricio y en El Botas coreanos, que era la tapa
estrella, sin olvidar la coliflor rebozada de Luis, hasta que con el canto
de los grillos, cosa rara por febrero, regresé a la morada de los fríos sita en
la calle de Don Máximo Laguna.
He obviado el decir y es cuestión de vital
importancia que pasada la primera media hora del asalto al Congreso en que
Pedro Francisco Martín, operador de Televisión Española estuvo grabando todo lo
que acontecía, la música militar invadió las emisoras de radio, con la única
salvedad de la Cadena Ser que continuó emitiendo durante lo que se vino a
llamar “la noche de los transistores”.
Así fue como sentado en la mesa camilla que había
en el desangelado comedor de aquella lóbrega mansión, con mi padre a un lado
viviendo entre mares de incertidumbre y mi madre bostezando en el contrario, mi
hermana con sus coletas debía de estar de siete sueños, asistimos absortos al
discurso que el Rey de tan vasto imperio pronunció, irresoluto y vacilante, a
eso de la una y catorce minutos del recién nacido 24 de febrero, vestido con
uniforme de Capitán General de los ejércitos, ejércitos que por aquellos
entonces se pasaban sus mandatos por el mismísimo forro, para ubicarse frente a
los golpistas, defendiendo la Constitución Española. Hubieron de decir después
que desde ese justo momento el golpe, una clamorosa chapuza que hubo de
avergonzarnos más a la vista del mundo entero, había fracasado.
Pero es cierto y por ello lo cuento, que este escribidor de poca monta, con sus diecinueve años a cuestas, pasó la noche con el oído pegado al anteriormente mencionado radiocasete y también es verdad y sobre la Sagrada Biblia podría jurarlo, puesto que aún existe, que como prueba de aquella vigilia quedó una grabación casera, hecha al minuto y grabada en una cinta TUDOR de las que vendía Manolito en su tienda de electrodomésticos sita en la calle Real y en la que quedó constancia de las idas y venidas, de los unos y los otros, durante aquella madrugada interminable que bien pudo conducirnos de nuevo hasta las cavernas, hacia el fondo negro del pozo en que se adivina el oloroso culo del mundo.
jueves, 7 de enero de 2016
Cae el sol
La grabé hace tiempo. Y fue hoy, día de nubes negras, cuando le
hube de abrir la puerta de su jaula para que echase a volar. Y, como dice José
Hierro en este poema sublime, hoy quisiera ante todo volar, ser hoja de olvido
y soledad. No vivir con los viejos demonios clavados y con la frustración
impresa a cal viva en el alma. Pero es así. A ratos cada vez más largos y
frecuentes, es así.
domingo, 29 de noviembre de 2015
Como hacerte saber.
viernes, 13 de noviembre de 2015
Quiero.
Hoy le puse voz a un poema, breve y maravilloso, del escritor
argentino JORGE BUCAY. Si ustedes gustan, y lo consideran oportuno, lean
cualquier texto de este pensador inigualable porque les aseguro, sin temor a
equivocarme, que no les dejará indiferentes y les habrá de engrandecer como
personas, hacer suyos sus pensamientos y cavilaciones. Siempre habla, para lo
bueno y con lo malo, del discurrir de la vida y sus asuntos. Materia esta, en
tiempos de tanta bajeza moral, nada despreciable.
sábado, 3 de octubre de 2015
Hoy soy feliz y apelo a la justicia.
Conozco a mi buen amigo Juan José Guardia Polaino desde los lejanos días en
que ambos fuimos titiriteros. El, avanzada con creces la cincuentena, lo sigue
siendo. Les estoy hablando de hace, cuanta lluvia caída y versos derramados,
como treinta años. Igual que, un recuerdo con posos que lo convierten en añejo,
me vienen a la mente las noches lejanas pasadas en la Cueva del Trascacho
degustando vino con versos. Y fue así, como a lo largo de los años y más de vez
en cuando de lo que quisiera, puesto que vivimos en lugares cercanos pero
distintos, descubrí a una persona maravillosa con una personalidad cautivadora.
Y ante todo, eso vaya por delante, a un hombre bueno. A un ser humano a quien
le enervan y sublevan las injusticias que pudren y salpican este mundo de
porqueriza. Y es por ello que hoy les traigo esta inconmensurable declaración
de principios a la que tuve la osadía de ponerle voz. Un gusto, amigo mío.
Siempre tuyo.
jueves, 30 de julio de 2015
Bares, que lugares.
Cierto y verdad es que no ando sobrado
de ocurrencias últimamente. Será que las musas huyen de mi o que tanto exceso
de calor me derrite hasta el entendimiento. Por ello, y siendo sincero, tenía
pensado, es lo que tiene el acomodarse en demasía, que llegado este año el
momento de enviar escrito a mi amigo el impresor Valverde para el libro de las Ferias y Fiestas habría de echar mano de alguno de los múltiples relatos que
duermen en los cajones de La Factoría Navarro.
Y miren por dónde fue
el alcalde de esta villa, con lo que está de más prevenir lo que haya de pasar,
y buen amigo, Mariano Chicharro, quien hubo de instarme hace muy escasas fechas a
que preparase con premura la misiva advirtiéndome, eso sí, que esta versase
sobre las cosas y aconteceres de la villa y sus indígenas, en uno de esos
relatos en blanco y negro que tanto gustan al personal. Materia esta, hubo de
señalarme, impulsándome a que arrancara como un cohete, en la que aseveró que era buen hacedor, con lo cual y pensando que pudiera ser que leyera los relatos
de mi posada de escritos sintiéndose así engañado, no quedó otra escapatoria
que engendrar una nueva criatura con la que llegó este parto.
Y como fue en el Bar de
Las Virtudes donde aconteció este hecho pensé que sería acertado componer un
manojo de recuerdos a los bares que se fueron y que, salvo honrosas
excepciones, ya no están. Aquellos donde vivimos momentos inolvidables. ¡¡¡Va
por ellos!!!. Por los bares y sus gentes.
Y fue en uno de ellos, sin
que recordemos cual, donde Manuel Piña Navarro, empresario que fabricó el
primer hielo que hubo de refrescar el gaznate de los santacruceños y padre
también de la conocida gaseosa La Pitusa, le contó al Bajillo, en los años en
que fue alcalde, cómo Aurelio Urquijo, regidor socialista de la villa en los
tiempos de la guerra, tenía por costumbre saludar a los parroquianos en su
llegada a los bares con un “salud y con Dios, que de “tos” estaréis”.
El bar LA GAVILLA lo dirigía
Bautista Linares Larrea, cuñado de Román el Ciego. Estaba situado en la Calle
Independencia y su tapa estrella era el tiznao, manjar muy apreciado en esta
tierra, que degustaban los clientes asiduos mientras se afilaban las uñas
jugando a las cartas. El CORTIJILLO, del que aun pueden hallar vestigios los
lectores observando su puerta desvencijada, estaba situado en el Teatro Cine
Santa Cruz y fue durante años regentado por Joaquín Puertas “Picasso” e Ignacio
López Hernández. Lo más curioso del establecimiento, dadas sus reducidas
dimensiones, es que tenía los urinarios a la vuelta de la esquina, al sereno y
en la acera de la calle del Sulfuro que, por razones obvias, no necesitaba de
vergeles para lucir “perfumada y bien oliente”
El BAR de ZOILO se encontraba en
la plaza. En el mismo lugar que después ocupó el de Dionisio Ortega y en
tiempos más cercanos e inmediatos, aunque también me he mojado en demasía la
calva desde entonces, hubo de ser la Dorotea con sus hijos quien abriese el BAR
de LOS HERMANOS famoso por sus huevos encapotados. En la Calle Santiago, además
de la taberna del CHIQUILIN, hubo otra dirigida por Aurelio a quien llamaban El
Tigre y su hijo Jesús, apodado el Mono, por lo que es fácil deducir, sin que
falta haga que se estrujen los lectores el intelecto, la razón del porque a la
tasca, alabada por sus exquisitos callos, le pusieron por nombre LA SELVA.
LOS PACHANGOS tenían una caseta
veraniega situada a la entrada del Parque Municipal. La sociedad era la formada
por los hermanos Castellanos, Virgilio y Antoñejo, junto a Paco Carrasco y
Tiori, más conocido por el zopo Pachango, y su menú estrella estaba compuesto por
vino en garrafas de arroba y gambas a discreción. Y habrían de ser sutiles
herramientas los susodichos en el arte de darle al codo, del que pocos en el
fondo nos sentimos ajenos, cuando se decía por los mentideros que el bar era
autosuficiente puesto que, aun cerrado, reportaba beneficios.
LA CEPA, cantina de paredes
enjalbegadas, donde por primera vez se pudo leer el MUNDO OBRERO, ubicada en la
Plaza de Andrés Cacho, frente a la Biblioteca, entonces sede de la Organización
Juvenil Española, estaba regentada por MANOLICO y su tapa de postín eran las
patatas “cocias” que revueltas eran con el vino a mansalva que habrían de
desaguar los clientes del local, entre ellos Pepe Leches que se autoproclamaba
como rojo de derechas, porque wáteres no había, en un bidón de gasoil cortado
por la mitad. Cuentan también los más viejos del lugar, de mentes sin duda
privilegiadas, que Manuel Gómez, al que apodaban Ojete, vecino del bar y
propietario de la única televisión existente por aquellos contornos, cobraba, a
bote pronto y sin mesura, el comercio es el comercio debía de pensar, cincuenta
céntimos por el visionado de cada corrida televisada.
Muchos años después Francisco Poveda, apodado Pelele,
buena persona y furibundo carnavalero durante la década de los 80, de vuelta de
su viaje migratorio por las tierras catalanas, hubo de abrir en el mismo lugar
el bar LA COSTA, siendo pionero en servir como exquisitas tapas las setas de
pie azul y los chorizos en aceite y fue Jesús, el mono que había en LA SELVA,
quien hubo de sucederle en la dirección del Bar hasta su postrera jubilación.
Mala leche, repartida sin tasa y
sin mesura, mostraba Mauricio en su BAR EL CONDUCTOR. Estaba situado, arriba o
abajo, en los locales que hoy ocupa la Caja de Madrid. Era hombre, como diría
Cela, de mirar huidizo y conversación escueta, pero ofrecía, eso nadie lo
pondrá en duda, unas tapas de hasta chuparse los dedos. Lo complicado era
pedirle un cubalibre, cosa extraña en aquel tiempo, porque se le elevaban hasta
índices insospechados las dosis de mala uva y si pasabas a jugar una partida
a los chinos, juego esplendoroso que ha caído en el olvido, se ponía de
tan mala jindama, que manifestaba hasta convulsiones, mientras señalaba con el
dedo tieso el cartel que entre mugres anunciaba aquello de: “en este local tan
pequeñito no se puede jugar a los chinitos”. Todo porque dada la escasa
capacidad del chamizo, en el que no cabía ni una sola silla, el negocio exigía
beber con prisa o salir zumbando.
Hablar del Bar de LOS BOTAS, que estaba
donde en la actualidad se encuentra la tienda de los paisanos de Mao-Tse-Tung,
es recordar con velos de nostalgia a José que junto a su hermano Justo, y por
decir algo, dirigía el local. “Hermoso ejemplar”, solía susurrar mientras
plantaba una tapa de exquisito boquerón o añorado coreano delante de las
narices del cliente que absorto contemplaba el bullir de los posos dentro del
vaso de vino, a lo que José, observador y conciso, replicaba: “bebe sin asco
que son los elementos”, para terminar indicando al individuo que con premura se
disponía a hincarle el diente a la tapa aquello del: “no le soples como no sea
“pa” quitarle el polvo”. Al cierre de esta universal taberna hubo de ser su
sobrino y descendiente quien abriese el MESON JOSE LUIS en la calle de Carneros
siguiendo con la tradición de la estirpe de los Botas. De igual raigambre, y
con la misma solera, tenía y tiene su bar CACHERAS en el Paseo Castelar donde
desde siempre se han podido degustar los mejores caracoles del suelo patrio.
En LA PARRALA, tasca aposentada en la
Calle del General Espartero había tres tinajas con sus leyendas grabadas. En
una decía: “si bebes de mis entrañas serás un héroe de España”, la segunda
advertía que: “si bebes para olvidar paga antes de empezar” y la última, categórica
sentenciaba que: “donde el vino entra, la verdad sale”.
Jamás, y es sentencia que
dejo clara, volverán a degustar los paladares de este manchego lugar rebozados
tan exquisitos como los de BAR DE LUIS sito en la Calle Cervantes. Crujientes y
deliciosos, elaborados por su esposa Laura, pescados, gambas y coliflores
pasaban a ser, entre sus manos maestras, manjares dignos de exigentes dioses.
El BAR DEL MEMBRILLO, famoso por sus patatas cocidas y las sardinas con sus
pimientos estaba, regido por Gregorio junto a su esposa, al principio de la
calle que aun ostenta el mismo nombre. Y en la calle San Sebastián hubo de
abrir Jesús Castro el BAR LAS VEGAS que después pasaría a ser el que
todos conocemos por RAMON, popular por sus refrescantes rebujitos.
Y en LA CAMPANA, como no hablar
del bar del pueblo, en los tiempos en que estuvo dirigida por Jesús y su cuñado
Máximo fue donde entró, algún día de un año que se me pierde en la memoria, un
despistado transeúnte que absorto no contempló el escalón perenne que había
como a dos metros de la barra, tropezando y cayendo, mientras el bueno de Paco
Mula gritaba: “Penaltyyyyyy”, desde un extremo.


















