Como mandamientos:

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

A veces uno sabe de que lado estar simplemente viendo los que están del otro lado.
Leonard Cohen

lunes, 10 de octubre de 2011

De rapaz en Las Virtudes.

     


   Juro por Dios, aunque parecer pueda herejía, que aun los recuerdo. Aun retengo, exactos y concisos, los veranos de canícula y bochorno insoportable que pasé de tierno infante en las Virtudes. Y atestiguar podría, ante juez divino o terreno, (…poco me importa a estas alturas), que observaba, como a la sombra apacible de una acacia centenaria, Celedonio Manzanares, Manuel Castro, Eleuterio “Bridas”, Bernabé “Maquinilla” y alguno más de quien no recuerdo nombre o apodo reseñable,  jugaban interminables partidas al julepe, tute, o dominó, sobre la costra polvorienta de una mesa de escasas dimensiones que aún conservo, plagada de trastos inservibles, en la guarida de mis farras y celebraciones, sita en este lugar, que siento como un gajo desprendido de mi vida.

     Y recuerdo, vagamente que solía montar en un triciclo, que décadas después y habiendo sido referido en poética poesía en un libro de festejos, sirvió de sorna y cachondeo a mi buen amigo Bajillo, que tuvo a bien regalarme Rosa Malagón, mujer de bríos y de carácter altivo a quien desde esta cueva de relatos y decires he de recordar con sentido aprecio, por circunstancias y acontecimientos que debieron hacer de su vida un pasar difícil e intransitable.

     Estaba el armatoste velocípedo cuajado de negras soldaduras; las que mi primo Andrés Muñoz “Colorín”, incipiente aprendiz de soldador en la cooperativa metalúrgica COMASA, hubo de practicar en sus maltrechas arterias, a fin de unir y juntar nervios de hierro con los que volver a poner en uso y funcionamiento aquel deteriorado cacharro.

     Y me vienen a la mente, sin prisa y sin pausa, los recuerdos de las veces que me lanzaba cuesta abajo desde la puerta de la plaza de los toros hasta dar con mis frágiles huesos en el suelo. No en vano, como ochomesíno que era, mis corporales miembros, poco madurados, parecían ser quebradizos como el cristal. Afloraban, sin remisión, las lágrimas y Rosa afirmaba, con contundencia y precisa convicción, aquel decir que afirmaba y decía: “que huevo es este chico”.

     Y recuerdo también, nunca habré de olvidarlo, que durante las noches, cuando el campo y sus habitantes dormían, un velo tupido y oscuro parecía cubrir el mundo y esperaba agazapado entre las ásperas sabanas la llegada del tío Rafael, a trancas y barrancas, apoyado del brazo de la tía María, con los sentidos alerta como un gato, para oírles afirmar contundentes por lo bajo, “ya cayó el pez”, pensando vanamente que me encontraba dormido.

     Y recuerdo, como habría de borrarlo de la memoria, las siestas tediosas del verano. Aquellas en las que luchaba con uñas y dientes para no ir a la carcelaria reclusión de la cama, de la que más pronto que tarde, sigiloso como un felino me escapaba, para ir a recorrer y a vagar por alamedas, a escalar sin remisión hacia el monte tan cercano.

     Por ello, por tantas cosas pasadas y hechos acontecidos, siempre que me acerco a Las Virtudes cada trozo de tierra es como mío; los arboles, pájaros y flores, son libros de nostalgia contenida, jirones del tiempo desprendido. El pasar de los años me acerca a La Chopera, al vetusto merendero y a la noria renacida y pasa la vida ante mis ojos, tan lenta que parece detenida. Me invade la nostalgia cuando bebo del agua del Pilar y oigo su chorro, mientras imagino lejano, espectral en la alameda, al viejo abuelo, huérfano de hojas, destrozado, con las ramas desnudas dando al cielo.

     Y recuerdo las veces que a su sombra, jugué siendo rapaz y sentí al ser muchacho y  así, como sin querer, pero queriendo, van cediendo los recuerdos y cubre el presente otros momentos. Impasible siguen el vivir y el pasar con su andadura, mientras en la cueva sombría del alma anidan los sentimientos.

 





sábado, 1 de octubre de 2011

Para Adrián.

    



   A punto de cumplir dieciséis años, esta poesía, de tintes sensibleros y emotivos, comprendan mis sufridos lectores que el escribidor acababa de ser padre, se me antoja tan sencilla, como cierta. Es por ello que, en este momento, me sale del alma sacarla del fondo de los viejos baúles, donde yacía olvidada. En la foto luce el protagonista del poema con más años y argucias acompañado de Amparo, su hermana, con quien comparte relación de un te quiero porque te quiero, aunque, a veces, no te quisiera ni ver. Es la vida y su devenir.



  

PARA  ADRÍAN

                                    A  mi  hijo

 

 

Llevas un año en la casa, llenándonos los rincones

alegrándonos la vida, centro de amor y pasiones

sirena de noches largas, llanto que callaba al alba.

Dolor de madre entregada, martillo de sus alarmas

porque a veces no comías, porque otras te quejabas

sombras de ansiedad y duda, siempre nos acompañaban.

Con los meses vas echando vuelos de paloma herida

balbuceos por palabras, minutos y horas de risas

pasitos tambaleantes, si alguien te sirve de guía

descuajada marioneta, de los hilitos prendida.

Esos ojitos despiertos, se iluminan asombrados

cuando el perro de peluche ladra y te llama a su lado

si solo y triste en la cuna, te espera el osito blanco.

Repites lo que te dicen, como el eco en la montaña

miras la luz con asombro, con el dedo señalando

a otro niño en el espejo, piensas que estas contemplando.

Gateas por los pasillos, tus manos abren cajones

el tacto explora paredes, atesora sensaciones

te abre las puertas del mundo, mostrándote sus traiciones.

Ignoras donde está el bien, no sabes lo que es el mal

donde algo nuevo descubres, tus pasos te han de llevar

tesoro escondido es todo, también certero puñal.

Con el tiempo y con los años, cuando tenga que pasar

ojalá que hicieses tuyas, las canciones de SERRAT

JORGE CAFRUNE cantando, coplas a la libertad

los poemas de MACHADO, cantos a la soledad

que se te erice el cabello, si oyes NE ME QUITTE PAS.

PABLO NERUDA te enseña, sin duda, lo que es amar

sus poesías son la esencia del amor y mucho mas,

las canciones de SABINA, son la vida y su compás.

Si a todos ellos escuchas, empezaras a pensar

sensible serás entonces, aprenderás a querer

los pájaros en abril, ver en septiembre llover

el sol en la amanecida, el campo al atardecer

las estrellas, el silencio, la luna al anochecer.

Y al final, en su momento y cuando pasen los años

de estas razones sencillas, escoge lo necesario

recuerda lo que es preciso y si nada es de tu agrado

decide lo que tu creas, que decidir no es pecado.

 



jueves, 22 de septiembre de 2011

Historias de la radio.

     


   

El primer aparato de radio en mi vida respondía a la llamada de Invicta. Advierta el apreciado leedor, o leedora, como el nombre hablaba por sí solo y era calificativo marcial, guerrero y belicoso, de los que el pomposo régimen franquista tenía por gusto poner a todo producto que fabricado era en el suelo patrio. Estamos hablando de mediados de los 60 cuando ya el artilugio en cuestión tendría, a buen seguro, un par de décadas de trabajo y funcionamiento a sus espaldas. Estaba anclado sobre una repisa de obra, hecha a maza y martillo, en uno de los rincones de la cocina y cada vez que se enchufaba, asunto este que no era de todos los días por aquello del gasto eléctrico, emitía unos ruidos durante su calentamiento parecidos a los del despegue de un bimotor en los infiernos. Y para ser veraz y cierto habré de decir que, asustadizo y temeroso de todo como era, me apartaba unos metros de su lado con la clara convicción de que más pronto que tarde aquel armatoste reventaría partido en mil pedazos llevándome hasta el fondo del pozo negro.

     Grabados en la parte delantera, por donde discurría a toda velocidad el dial, tenía punteados los nombres de las distintas capitales de Europa y de las ciudades más importantes de nuestra querida España, llevando acoplado también un transformador que convertía los recién estrenados 220 voltios en los 125 que pululaban por la red eléctrica en los días en que fue adquirido. Así, al calor del brasero, con olores y efluvios varios emitidos desde lo mas hondo del ser, oíamos, en las noches del frio invierno, con fruición e inusitado interés, sentados todos alrededor de la mesa camilla, viejos desdentados y tiernos infantes, los programas de discos dedicados, pesados y tediosos hasta el sopor y el cansancio, donde Juanito Valderrama entonaba El emigrante, mientras lágrimas de congoja llovían por las mejillas de mi madre que recordaba a sus hermanos emigrados a la rica y opulenta Cataluña, y Antonio Molina desgranaba con musicales acordes de jilguero empalagoso su archiconocida copla del Soy Minero. También estaba el consultorio de Elena Francis que duraría, aunque parecer pueda increíble, la friolera de treintaisiete años, que comprendidos van entre 1947 y 1984. En el se recibían cartas de amores y desamores que eran supuestamente contestadas, y así se creyó durante más de tres décadas, por una especialista en la materia que después resulto ser una aviesa periodista muy versada en la materia.




    

  

 El alborozo rebozado en júbilo ,y rodeado de entusiasmo, se apoderó de las vetustas estancias de la casa el día en que mi padre apareció con un transistor portátil cuyo nombre era INTER. Difícil sería enumerar el cumulo de sensaciones que se apoderaron de nuestras sufridas almas al comprobar que aquel aparato de ultima vanguardia era transportable y podía llevarse, como de flor en flor, desde la cocina con sus cocidos, al retrete que, con sus olores, se aposentaba cruzando patios y bodegas en rincones perdidos del averno. En esos tiempos la frecuencia modulada estaba todavía en el limbo y aquel cacharro emitía en ondas que hacían que la recepción de músicas, novelas, noticias y asuntos varios se perdiese como el eco en el Gran Cañón del Colorado o lo que es igual, y viene a ser lo mismo, que cabreos y dichos varios aflorasen cada vez que en el desenlace de un serial, la apoteosis central de una canción o el final del Diario Hablado de Radio Nacional de España, se fuesen voz y sonido a donde Ulpiano perdió el mechero.

      Estamos hablando, queridos lectores, de la época en que los primeros reproductores de casetes hicieron su aparición y juro por mi honor que no era raro ver por las calles de nuestro manchego pueblo a algún que otro “espabilao” que, emigrado a la capital capitalina de las Españas o venido de las catalanas tierras, iba por la calle con el aparato, mastodóntico como todo lo primerizo, colgado en el hombro en bandolera con la consiguiente inclinación hacia el lado del que colgaba el aparato. Solía darse, y se da, esta llegada masiva de ausentes hijos de este terruño por los primeros días de septiembre y tenía su culminación y clímax el 8 del mismo mes, día de la patrona y fecha en la que por paseos y alamedas de Las Virtudes el carro de Manolo Escobar vagaba como perdido sonando ininterrumpidamente desde los cuatro puntos cardinales al albor de la mañana y hasta bien entrada la noche.

     Las Historias para no Dormir de Narciso Ibáñez Serrador, o algo que se le parecía, las escuchábamos en un Vanguard último modelo, que mi progenitor adquirió en la tienda de David Laguna Rodero, que estaba situada en la acera contraria a su taller de zapatería, antiguo salón de bodas y banquetes de Coronado en el que ahora nos vende, entre otras exquisiteces, sus mantecados la Ignacia . Durante un tiempo el aparato viajó desde la casa al establecimiento zapatero igual que un penitente nazareno en devota procesión de Semana Santa.

 


 
    


   Pero cierto es que la culminación de las apetencias, y la apertura a la más incipiente modernidad, llego con un transistor de bolsillo. Un AIWA de manufactura japonesa, que adquirido fue en Barcelona, en uno de los pocos viajes que mis padres hubieron de hacer a lo largo de su vida, a la boda de una prima que, hoy en día y a buen seguro, deberá ser, por edad y extensión de tiempo, abuela de primorosos nietos.

  Después llegó el reproductor de casetes Sanyo que José Zabala trajo de los decomisos de Madrid y más tarde un estereofónico aparato de la misma marca que hizo que mi afición por la música, que ya afloraba oyendo los programas interminables de discos dedicados, se hiciese enfermedad gustosa e incurable, bálsamo de Fierabrás con que curar las heridas que deja el vivir y el eterno discurrir por los caminos de la existencia. Mas esa es otra historia, otro chisme fabulado que el escribidor contará cuando le venga bien y tenga ganas.

Esta historia también se ajusta a la más estricta realidad queridos lectores y los aparatos que aparecen en las fotografías son los originales, de los que solo funciona perfectamente y a pleno rendimiento la Invicta mencionada. Debe de ser que hace honor a su nombre.

 

sábado, 10 de septiembre de 2011

Del Botas y sus coreanos.

     


 Desde el más sincero aprecio, este escrito está dedicado a la familia de los Botas. A los que se fueron: Justo, José, Regina, el “Jaro” Antonio y el buen Jesús; a quienes siguen por estos lugares: José Luis. Virtudes y a su hermana pequeña, de quien mi vana memoria olvidó el nombre. A todos sus descendientes y a los que, sin quererlo, pudiera dejar en el olvido.

    

 

    El clan de los Botas siempre fue único e irrepetible. Fíjense amigos lectores que cuando en el carnaval santacruceño rayaba la sombra del olvido, allá por los años setenta, esta estirpe, imperecedera en el recuerdo, tenía la osadía de echarse a la calle con un carrillo de mano el día del entierro de la sardina, colmado del debido avituallamiento de viandas y bebidas, para, entre sollozos contenidos, proceder a celebrar el funeral de la extinta pescadilla, dando así por terminadas las fiestas de Don Carnal, dejando paso al recato de Doña Cuaresma.

     Cuenta también el anecdotario, aunque quiero creer que fue Justo quien me lo relató, que habiéndose juntado familiares y amigos al placentero menester de comerse un buen cordero, se dieron cuenta tardía de que era día de cuaresma. Imaginen los lectores que en aquella época de recato, mal visto estaba el comer carne en tan señalada fecha, por lo que prestos y sin demora, estaban en una huerta, lanzaron el borrego con prontitud a la alberca y así,  de una vez bien remojado le cantaron una coplilla acertada que ha decir decía: “Eras cordero y te has “mojao”, te has “convertio” en bacalao”.

     Fueron los Chuletas, estirpe también famosa en el menester de hacer de la vida placer divino y acérrimos carnavaleros, quienes compusieron una coplilla que impresa fue en un libro de festejos, allá por la década de los 60 y que venía a decir aquello de: “Porque pudo y porque quiso, hizo un palacio en el Viso, el Marqués de Santa Cruz. Y siendo el beber preciso, como al día le es la luz, porque pudo y porque quiso, hizo el Botas en el Viso, un bar como en Santa Cruz”.  Por ellos, por su recuerdo …

 

Del Botas y de sus coreanos

 

     José “El Botas”, era un buen hombre. Y como a casi todos los que son buenos, le gustaba el vino más que  a los chotos la leche. Pasaba horas, días y meses, que después se tornaron años, detrás de la barra  del bar de su hermano Justo, que siempre tuvo la rara habilidad de mantener en equilibrio sobre la cabeza cualquier vaso que colmado estuviere de liquido bebible. Eso sí, cuanto más beodo, mejor mantenía el recipiente sobre la testuz.

     El bar del Botas era sórdido. Avalado por milenarias pringues, parecía que en aquella tasca se había detenido el tiempo muchos años atrás. El Botas tenía un recuelo de encanto: las tapas de la Regina, que era hermana de los antedichos. Coliflor rebozada, y un invento, que llamaban coreano y que consistía  en poner sobre un trozo de pan frito, una mezcla de tomate, bacalao y algún ingrediente más, que ignoro y del que no me acuerdo. Tenían detrás de la barra, una merendera con aquel mejunje, y de allí iban poniendo los aperitivos. Cuando alguien soplaba sobre aquella sopa, pensando que quemar debía, solía decir José: - “Como no sea “pa” quitale el polvo”-.

      También se cuenta en los mentideros del pueblo que una tarde, al caer la hora de la siesta, apareció un hombre por el bar, sombrero de fieltro adornando la testa y cartera bajo el brazo; un viajante que debía ir de paso o a la caza de algún desvalido cliente. Hizo su entrada en el chiringuito y con suma educación preguntó si había café a lo que José, como absorto en sus pensamientos, contestó con una afirmación inclinando la cabeza, mientras colocaba parsimonioso y tomándose su tiempo, plato y cuchara con el consiguiente azucarillo. Como transcurrido un buen periodo de tiempo y en la más absoluta incredulidad, hubo de comprobar el buen hombre que el camarero continuaba como ido y sin hacer movimiento alguno que presagiara que estaba en marcha la estimulante bebida, volvió a preguntar si había café, a lo que José contesto impertérrito y como ido: “le he dicho que sí, pero será cuando lo traiga La Sepulvedana”. Aclarar que La Sepulvedana era y es, la empresa de autocares que con viajeros y mercancías realiza el trayecto Jaén-Madrid y viceversa, parando en las localidades, como es el caso, que va encontrando a su paso.

   Justo regentó durante muchos años, la Verbena Municipal. Eran otros tiempos, otras gentes y otros gustos. Allí tocó muchas veces, un grupo de música llamado  La Vieja Banda, que se hicieron famosos porque interpretaban, de forma sublime y maravillosa, la banda sonora de La Muerte Tenia un Precio, famosa película del oeste filmada en el árido desierto de Almería por el director italiano Sergio Leone e interpretada por el siempre versátil Clint Eastwood. También recuerdo que actuaron, o tal vez me empecino en creer que así fue sin que lo fuera, en aquel recinto Juan Bau, Los Chichos y otros rumberos de aquellos, que se hicieron famosos por esos años, llamados Rumba Tres. Eran tiempos, de melenas largas y patillas estilo bandolero; épocas de mayor recato, en los que a pesar  del férreo adoctrinamiento en costumbres y maneras, casi todos meaban en los arriates del parque los litros de cerveza que se zampaban en el valdepeñero bar de los Alaska.






 


lunes, 29 de agosto de 2011

A quien corresponda. Sin envidia.



No te envidio porque pasees tus posaderas en un coche último modelo y tengas además un esplendoroso todoterreno para tus días de asueto y caza. Me da lo mismo, aunque yo arrastre por las calles mi desgastado utilitario con largos años de existencia y multitud de averías en su haber.

No envidio que cada día que te apetezca puedas darte el gusto de sentarte en la mesa de un prestigioso restaurante para saborear las mejores carnes y degustar los más exquisitos vinos, sin importarte la suma de la cuenta acumulada; como había de importarte si pagas con Visa ajena.

No envidio tus aires de grandeza, esos que te impiden ver tu pasado humilde, tus poses de pavo real al que rinden pleitesía sin fin todos sus fieles lacayos, temerosos de que su “excelencia” se enoje y desate sus incontroladas iras.

No te envidio porque exhibas un séquito de “amigos”, que extienden una alfombra a tu paso; son aves de rapiña sujetas al interés de tu dinero plastificado. Con la misma Visa pagas cuanto comen y beben, mientras ríen tus gracias y besan sin rubor el suelo que pisas movidos por el interés de su usura.

No envidio que creas estar siempre en posesión de la verdad, esa que crees tener y nunca tienes, que todos te dan y no mereces. Ya se sabe que a los tontos hay que darles eternamente la razón, para evitar que despotriquen y viertan sus sucias babas en la cara de todo el que pulula a su alrededor.

No envidio tu posición cómoda de dirigente nombrado a dedo. Tu ordeno y mando sin ton ni son, tus torcidas disquisiciones, tus planteamientos absurdos, tu sinrazón carente de razón. Eso quédatelo, disfrútalo en tu cerrado coto porque fuera de él no eres nada y nada significas para nadie.

No envidio tu alta cuota de poder, es ficticia, con fecha de caducidad y ganada sin esfuerzo; solo te fue dada lamiendo traseros sin fin; los mismos que te llevaron donde llegan todos los sátrapas sin escrúpulos que dejan en el camino mil cadáveres desvencijados.

Y no envidio, ni quiero tu suerte, porque tengo la convicción de que no tardaras en caer como las hojas marchitas de un árbol en otoño y todos esos “amigos” que ahora te agasajan, irán volviéndote irremisiblemente la espalda, negándote el saludo, esquivando tu mirada y esos escalones que sin esfuerzo escalaste, se harán difíciles de bajar e imposibles de asumir. Entonces volverás al principio, más serán tantas las naves quemadas en tu nefasta travesía que apenas encontraras tabla a la que asirte para evitar el naufragio.

Entonces me darás lastima, pero no me importaras un bledo porque cuando subido en los altares de la grandeza llame a tu puerta, uno de tus lacayos la abrió para decirme que el señor estaba ocupado y el día que al fin tuviste la dignidad de recibirme, apenas me dedicaste unos minutos de tu tiempo para dejarme en la mano una tarjeta de visita con tu nombre bien “bordao”.

Por todo ello menos aún te envidio. Nada pues haré por ayudarte. Para mi hace tiempo que eres carne de olvido, tormenta pasajera, hoja que se llevó el viento.




viernes, 19 de agosto de 2011

La tarde pasada por agua.

    .
        

  




   Este escrito nació hace más de veinticinco años. Justo la mitad del tiempo recorrido por este recién estrenado cincuentón. Rebuscando en los ajados baúles, emergieron un par de hojas amarillentas y mal mecanografiadas, (…en el asunto de la escritura con artilugios mecánicos, nunca fue ducho y, menos aún, hábil el escribidor) y he de reconocer que se me encogió el alma. Se me encogía porque estaba viendo, palpando y viviendo aquel momento intrascendente y a la vez tan hermoso, tan cercano. Igualmente me apenaba que de todos los mencionados, solo queden por estos andurriales cura, pintor, maestro y quien subscribe, que tocará madera para espantar el mar fario. Por ellos y para ellos, es este relato.

 

     Estoy tendido sobre la cama, soportando el calor agobiante de esta tarde de septiembre. Sudo por todos los poros de la piel y tomo la decisión de darme una ducha. Abro el grifo, recibo el agua como gloria caída del cielo y un letargo frio me recorre el cuerpo, a la vez que una impresión letal me invade el ser dejándome descuajado, roto como un puzle en mil pedazos. Después, de vuelta al dormitorio, me visto y rápidamente salgo a la calle.

     El cielo esta como cubierto de un plomo grisáceo; se palpa el tedio por todos los rincones y nubes negras como el carbón se dibujan en el horizonte, mientras que algún relámpago lejano presagia que la tarde estará pasada por agua. Vuelan en las alturas montones de palomas que tienen su cobijo en el campanario de la Iglesia y me causa extrañeza comprobar que muy pocas revolotean por los alrededores. Las que lo hacen tienen el vuelo como dormido, igual que si cargasen sobre sus alas inmensas pesas de hierro. Las observo ensimismado, cuando un relámpago zigzagueante rompe la raya del horizonte y casi de inmediato un trueno ensordecedor inunda con su música la monotonía de la tarde.

     Empiezan a caer gotas como platos, de esas que aporrean cabeza y cerebro; el asfalto se cubre rápidamente con mantos de agua. Me protejo de la lluvia en la jamba de una puerta y veo cruzar a Don Justino, cura del pueblo, desde su casa hasta la Iglesia cubriéndose la testa con un periódico. Llueve violentamente, con desenfreno y furia, igual que si de golpe hubiesen abierto las compuertas de una gigantesca presa en el cielo y el agua baja con rapidez, arrastrando por el cauce de la calle pequeñas embarcaciones de pajitos, palos y papeles.

     De repente siento la necesidad de ir a los portales del mercado, de ver caer el aguacero sobre el suelo de la plaza. Parto veloz pisando charcos, empapándome los pies, chapoteando hasta los tobillos, exponiendo mi incipiente calvicie a los rigores de la climatología y siento como cada vez que cae una gota sobre mi cabeza parece que me taladraran el cuero cabelludo. Al llegar a los portales, observo que en la plaza han empezado a desfilar mil soldaditos de agua en perenne formación, unos enormes, otros enanos, como inequívoca señal de que el temporal va para largo.

     Tomo asiento en una de las sillas del bar La Campana y al camarero, que se acerca solícito, le pido un 103 con coca cola. Relajado, observo como los rayos trenzan abstractas figuras en el cielo y oigo el eco altivo de los truenos y el placentero chapotear del agua que baja desde la casa de Manolaco. Veo pasar a lomos de su maltrecha bicicleta a Manolillo “El Cartonero”, con carnes y cartones, empapado hasta los huesos y una mujer entrada en años piensa debajo de un inmenso paraguas negro cual será el momento adecuado para cruzar la calle, con tan mala fortuna, que una catarata de agua cae sobre su cabeza, vertida por una canal, en el momento en que se despoja del paraguas sin motivo ni razón aparente.

     Va pasando el tiempo, mientras desfilan protegidos por inmensos escarabajos negros, Emilio “El Santiaguillo” que viene a tomar café, Andresito “El Pintor” que observa el cielo compungido  y aparece por la esquina de Los Botas con su sempiterna garrota blanca  y negra, la vacilante figura de Román “El ciego”. Entre este ir y venir de transeúntes bajo el diluvio, veo venir a lo lejos, por la esquina de antigua casa de Zacarías, ahora de Don Eugenio el maestro, a mi amigo Rafael, vendedor de tortas y otros menesteres confitados en las mañanas del mercado. Le voceo y le silbo, mas viene como abstraído, y como es despistado de natural, ni me mira, ni se entera. Vuelvo a insistir silbando a la vieja usanza pastoril, labio contraído y aire con fuerza expulsado, y al fin mira como indiferente  hacia donde estoy y lentamente se acerca. Le saludo y ofreciéndole una silla le pido que a su vez pida algo para refrescar el gaznate mientras comentamos lo desapacible que está la tarde.

     Comenzamos a charlar y recordamos como un día de este mismo mes en el verano pasado nos cayó en Las Virtudes un aguacero torrencial, acompañado de una tormenta de piedra y granizo, durante una tarde en la que habíamos ido a comernos gachas y sardinas en las barbacoas del Pilar.

     Y así, sigue pasando la tarde. Continúa la lluvia furiosa cayendo sobre las calles, sobre las gentes, mientras nosotros, con un cubalibre en la mano, terminamos como siempre comentando lo bien estructurada que tiene esta temporada la plantilla nuestro Atlético de Madrid y empezamos a concebir ilusiones, sueños y espejismos pensando que este será un año grande, ese en el que ganaremos la liga, aunque en nuestro fuero interno estemos convencidos y sepamos que casi siempre habrán de ganarla los odiosos merengues blancos.

     Entretanto llueve y llueve, sigue lloviendo con furia sobre Santa Cruz.

Especialmente dedicado a Beatriz y Marga. Ellas saben el porqué.



        

 

viernes, 12 de agosto de 2011

El tiempo roto

     






   Cuando se enciende la luz de la cocina, la penumbra penetra en el dormitorio y me despierta. El letargo del sueño invade todo mi ser y apenas entreabro los ojos para mirar perezosamente el reloj que reposa con su monótono tic-tac sobre la mesilla de noche. Son las siete de la mañana, la hora a la que mi madre se levanta cada mañana para realizar los cotidianos quehaceres de la casa. Empezará por barrer y fregar la cocina de verano, a la que llamamos así porque durante el invierno, un frio de mil demonios la invade, impidiendo su habitabilidad. En esta dependencia se encuentra el infernillo de petróleo donde se calienta el agua y que despide al funcionar un olor apestoso a combustible que invade todos los rincones de la casa. Ya debe estar encendido, porque un hedor pestilente va penetrando en el dormitorio, mientras el agua empieza a calentarse en una lata de considerable tamaño, que en su origen contuvo aceitunas de Jaén.

   Terminada esta faena, continuará con la misma tarea en la cocina principal y en el inmenso comedor que precede a la habitación donde está ubicada la peluquería, que será la última estancia de la casa que arreglará. Después encenderá el brasero de picón y lo dejará un buen rato en la terraza, al aire libre para que prenda bien y no de tufo, que es como se denomina el humillo que a veces desprende, provocando en quienes se calientan alrededor de la mesa camilla terribles vómitos y dolores de cabeza. Por último cogerá la bolsa de la compra y partirá con rapidez hacia el mercado para llegar la primera cuando abran los puestos de pescados, carnes, verduras y ultramarinos, porque a las nueve tendrá que tener abierta la peluquería.

   En el momento en que suena la llave cerrando la puerta, ya soy consciente de que me quedaré nuevamente dormido, pues hoy que se celebra la fiesta de San José de Calasanz no hay escuela y mañana que es sábado tampoco, por lo que no hay obligación de levantarse temprano.

   Son más de la diez de la mañana, cuando la voz de mi progenitora se escucha a través del ventanillo apremiándome a que me levante porque tengo cosas que hacer. Con los pies en el suelo y aun medio dormido me pongo la ropa y me encamino vacilante a lo que llamamos “el camarón”, que es un inmenso cuchitril donde se amontonan todos los trastos inservibles que apenas se usan en la casa; sartenes para la matanza, trébedes, tenazas y mil artilugios más, se mezclan con una palangana para lavarse y un cubo donde expulsar los orines, con la particularidad de que a la vez es allí donde se lavan vasos, platos y todos los cacharros de la casa en un fregadero de madera con dos lebrillos en cada lado, uno para el fregado y otro para el aclarado.

   Orino, me lavo la cara, las manos y le pido a mi madre cinco pesetas para ir a por churros a la Irene. Bajo las escaleras, saltando los escalones, que de dos en dos me llevan al piso de abajo. Allí no hay casa, sino un almacén de bebidas que regenta Antonio Delgado, donde se venden cervezas, refrescos, vino y todo lo imaginable. Antonio siempre lleva un cigarro colgando en la boca, en la comisura del labio y todos los pitillos que se fuma, que son muchos, los lía a mano con inusitada destreza. Salgo a la calle y siento que hace un frio de mil demonios y se nota claramente en los humeantes moñigos que adornan el centro de la calle por donde acaba de pasar un carro tirado por mulas. Llego a la esquina de la Calle Real y observo en el centro de la calzada a Pablo el municipal dirigiendo el tráfico de carros, bicicletas y motos; también algún coche cruza de vez en cuando y se divisa a lo lejos el carruaje de caballos de D. Juan Amorrich, médico de la villa que debe ir a visitar a sus enfermos Cruzo la calzada y corro veloz por la acera donde tiene su tienda de confecciones Miguel Matute y al llegar a la esquina de la calle General Perón vuelvo a pararme junto a la librería propiedad también del mencionado comerciante. Enfrente, está la zapatería de Angelito y se escuchan con levedad los pequeños martillazos que da al clavar los remaches en la suela de los zapatos.
     

   Sigo mi recorrido y cruzo por la tienda de Virtudes Malagón y la farmacia de los Queros que está en la acera contraria y así llego a la intersección de calles conocida como La Puente, donde está la mercería de Antonio Laguna, la carnicería de Pote, la tienda de piensos y ultramarinos de las Malagonas, la navajería del Pinerillo, el estudio fotográfico del Canario y la tienda de Santiaguillo, donde se venden todo tipo de artículos alimenticios y pescados frescos de ultramar. En la puerta está aparcada la bicicleta de Cortes, que es el muchacho que le hace los recados. Y justo entonces empiezo a gozar de un olor a churros que impregna el aire frio de la mañana. Llego a la churrería de la Irene y observo gustoso que solo hay un par de clientas delante de mí. Veo suficiente masa en el lebrillo y ello me lleva a pensar que tendré que esperar poco tiempo, así que cuando me llega el turno pido una rosca de cinco pesetas y veo como la muchacha que ayuda en este quehacer a la propietaria, oronda y con los brazos arremangados, coge la churrera y empieza a apretarla con fuerza y destreza; chisporrotea la harina al caer en el aceite hirviente y poco tiempo después con una habilidad inusitada, da la Irene la vuelta a la rosca y pasados apenas dos minutos la coge hábilmente con los dos palos que utiliza para este menester y la coloca encima de una mesa que tiene forrada en chapa con sumo cuidado. Coge un junco, lo pasa por el centro de la roca y me la entrega mientras pongo una moneda de un duro sobre su mano.

     Salgo nuevamente a la calle cuando un silbido familiar se oye a mi espalda; miro hacia atrás y observo a mi padre en la puerta de su taller de zapatería, indicándome con un ademan que vaya presto a su lado. Cuando llego a la puerta del establecimiento ya ha desaparecido en el interior, al que accedo impregnándome inmediatamente de una mezcla de olores que se confunden entre tufos de pegamento, goma y los hedores propios que desprende la multitud de calzado de toda índole y condición que se amontona en las estanterías. Me da un beso y coge un trozo de churro, mientras observo por milésima vez la herrumbre que cubre las paredes ennegrecidas por el polvo que desprende la goma de las suelas al ser lijada en el motor. En una de las paredes esta clavado como a perpetuidad un cartel impreso del Fuero de los Españoles, que dictamina y ordena los derechos de que disponen todos los trabajadores de la España franquista. Me padre me ordena que vuelva por la zapatería, porque debo de hacer el reparto de zapatos a los clientes de mayor prestigio y condición. Protesto airadamente, puesto que he quedado con los amigos para jugar un partido de futbol en las eras del Palomar contra los negritos, que es como apodamos a los que viven en el barrio de San Roque. Al final, como siempre, me padre accede y parto feliz con mi rosca de churros y un solo pensamiento en la cabeza, jugar el partido y lo que es mucho más complicado: ganarle de una puñetera vez a los negritos.

     Llego a casa, desayuno a toda prisa y aún masticando el último bocado observo a través de los cristales de la cocina la llegada de mi amigo Rafa, “el Tortero”, que lo primero que me dice es que el partido no se va a celebrar, porque el equipo contrario considera que no tenemos la suficiente entidad y categoría para enfrentarnos a ellos. Salimos a la calle cabizbajos y a lo lejos divisamos una bicicleta que viene lanzada a toda velocidad, cuesta abajo y sin control. Subido en ella va Cesítar “El Breva”, que tiene una cabeza parecida al Peñón de Gibraltar. La calle tiene una zanja abierta, porque se están llevando a cabo las obras de saneamiento en esa parte del pueblo, y Cesítar, que lleva una lechera maltrecha y llena de bollos en uno de los extremos del manillar, cae dentro con bicicleta y lechera incluidas. Lo primero que pensamos es que ha fenecido. Asustados nos asomamos al barranco y le vemos aparecer empujando con presteza el velocípedo, mientras la lechera flota en un charco de agua sucia que hay en el fondo de la hondonada. Cesítar parte a lomos de su maltrecha Babieca y nosotros nos quedamos en el umbral de la puerta del Casino pensando en las musarañas y sin saber muy bien que hacer. El cielo se va tornando de un color grisáceo que amenaza lluvia y las primeras gotas empiezan a caer. Observo a Rafa y le veo, como tantas veces, con sus gafas de pasta unidas en el puente por un gran trozo de esparadrapo, porque como bien dice su madre esta criatura necesita anteojos nuevos cada semana, en vista de lo cual hay que ir reparando como sea los que remedio puedan tener.

     En ese momento, todo se difumina. Abro los ojos y veo como unos rayos de luz penetran por la semiabierta persiana de la ventana. Meditabundo, miro a mi alrededor y despacio, lentamente, voy tomando conciencia de que todo ha sido un sueño, una quimera que me ha trasladado a un retazo escondido de mi niñez. Con pena y nostalgia pienso en mi padre, que partió para otros mundos hace tiempo y en mi amigo Rafael que le acompañó demasiado pronto a los mismos remotos lugares. Me levanto de la cama, lentamente me aseo y bajo parsimonioso al patio, donde mis hijos juegan y mi esposa riega las plantas. Y solo entonces soy verdaderamente consciente de que más de tres decenios separan el sueño reciente, de la verdadera realidad de mi existencia.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 4 de agosto de 2011

De la feria, El Santo y los pinchos del Alaska.

    



     Añoro la feria de antaño, la que en conmemoración de gestas no recordables comenzaba cada año el 18 de julio . Aquella que se ubicaba en la explanada del parque y a la que partíamos como en procesión desde la calle del casino o de Don Máximo Laguna, como gustaba de llamar mi progenitora, mi padre con su garrota, mi madre muy “repeina”, mi hermana con sus dos coletas trenzadas y un servidor dando saltos, como si de un muelle se tratara.

   No vaya a pensar el lector que era tarea fácil la de convencer a mi padre para visitar el ferial. Ya hemos dicho y sabido es, por otros escritos expuestos en este devenir de la escritura, al que el escribidor es tan aficionado, que el patriarca de la casa arrastraba desde su época de niño una permanente cojera, por lo que fácil es deducir que no le resultara cómodo ni placentero el asunto de tener que desplazarse a patita, hasta la otra punta del pueblo, aunque cierto es y hay que decirlo, que una vez puesto en faena y con el regusto de la fiesta , lo dificultoso era emprender el camino de regreso.

    La primera parada era en La Puente, junto a la tienda de Santiaguillo, donde empezaban a estar ubicadas, como en desfile procesional y a lo largo de toda la calle, las casetas de turrón y de juguetes. Allí se inauguraba el rosario de peticiones con la adquisición de un trozo de aquella masa dura y salpicada de almendras, que unos tropeles de moscas volanderas habían saboreado con deleite y anterioridad sin ningún tipo de compasión, mas no eran estos tiempos de ascos y repugnancias por lo que el dulce sabor del preciado manjar resultaba placentero como maná de los dioses. Así, entre saludos a conocidos y paradas para tomar aire llegábamos al Cortijo, tasca de reducidas dimensiones, que estaba situada en los bajos del cine de Antonio Laguna y de la que mi padre era cliente preferencial, por aquello de la cercanía del bar en cuestión con su taller de zapatería. Tomado un refrigerio seguía la marcha atravesando el real de la feria compuesto por un mar de cacharros, casetas y artilugios. La noria, el látigo, la ola, y el trenillo de La Bruja, en el que trabajaba un elemento cuya cara era calcada a la de Rod Steward, ( ... gracias amigo Testón por recordarmelo), amén de los puestos de algodon dulce, salpicado por las motas de  tierra que levantaban los pies de los viandantes. La siguiente etapa había de llevarnos a las inmediaciones de la verbena, al regusto y saborcillo de los pinchitos del bar Alaska. ¡Qué decir de tan preciados morunos! y como aseverar a todos aquellos que gozan de menos años y no conocieron esta taberna volatinera, que no hubo, habido, ni habrá, carne como la cocinada en sus maravillosos fogones.

 

   Imagínense, amigos leedores, que hago como de fotógrafo si les cuento que a lo largo del parque había un rosario de bares con sus sillas abatibles de madera y en ellas aposentaban sus posaderas los sufridos pobladores de la villa. Aquellos que, durante un año interminable, sin vacaciones, fiestas, ni apenas descanso habían conseguido juntar como tesoro, un puñado de pesetas para gastar en las esperadas ferias. Así, el vino corría a raudales y a falta de urinarios, retretes, letrinas y excusados, era al cobijo de los árboles del parque, donde cada cual a su manera realizaba sus más estrictas necesidades.

 

   Terminada, y siguiendo con el relato, la estancia en el bar Alaska y llegados en fraternal y familiar paseo al final del parque de Sales Córdoba(.. así se llamaba entonces), era momento de probar suerte en las casetas de tiro, practica en la que mi padre era avezado y muy diestro, por lo que siempre lograba algún muñeco sin fuste o un paquete de cigarros del que llamaban Palmitas y del que también decían, de eso me enteré más tarde, que era tabaco de p…as, de mujeres de mal vivir­. A la vuelta y por costumbre, era llegado el momento en que mi progenitor había de dar una vuelta en los coches eléctricos, que por aquellos entonces eran para mi asunto muy temido y respetado, en tanto que se decía y comentaba, que fallecimientos y hasta electrocuciones habían acaecido en aquellos autos que recuerdo negros, como pájaros de mal agüero. Adivinaran entonces los lectores que, con perdón, el acojonamiento que me entraba mientras sentado iba en aquella premonitoria silla eléctrica era de padre y muy señor mío, motivo por el cual era imposible gozar y disfrutar de los viajes y choques en cuestión.

   Mi gozo, deleite y satisfacción venía a continuación, cuando con una ficha en la mano me dirigía al coche del Santo, héroe televisivo de éxito muy celebrado que interpretaba Roger Moore, en el carrusel de caballitos y autos de la familia Mena. Allí, dando vueltas sin ton, ni son, me sentía cual héroe peliculero imaginando hazañas, aventuras y proezas en el espacio escaso de unos minutos, los que tardaba en marcar la salida y parada de la atracción la bella Ana, que años más tarde se convertiría en la esposa del amigo Arturo Piña. En esta etapa del festivo deambular tocaban siempre riñas, discusiones y altercados, pues imbuido como estaba de tan procelosas gestas imaginativas, era ardua la tarea de hacer que bajase del automóvil y volviese a la cruda realidad terrena y puedo asegurarles que ni las famélicas fieras del circo Roma, que aposentaba sus reales cruzando la carretera, en los terrenos de Fernando Castro, podían alegrar mi compungido semblante.

  Los churros con chocolate, completaban la última etapa de la estancia en el ferial, del que después sin prisas, pero sin pausa habíamos de emprender el camino de regreso, hacia el horno calcinado de la casa de mi infancia, con mi padre asegurando que ya estaba bien de feria y un servidor, pidiendo y suplicando la benevolencia de un día más de holganza, asueto y divertimento.