Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

martes, 5 de junio de 2012

Creencias y confianzas.



      


     Andaba hace unos días este escribidor de poca monta paseando como gallo descabezado por los etéreos caminos del internet y desembarcó, como tantas otras veces, en el preciado cobijo de la cueva de Alma Cuevalagua. Y fue allí, oteando escritos y dichos con que alimentar mente y alma, donde tuvo constancia de la llamada de un personaje peculiar, que a modo de peregrino venía a pedir posada y aposento a quien a bien tuviere el dárselo.
     Y pudo apreciar este manchego de “frente ancha”, que el individuo, barbado en cuestión, era persona de buen hacer y mejor decir, por lo que presto acudió a solicitar que tuviese a bien el parar en su posada, donde sería recibido con los honores que merecer merecía.
     Así llegó hasta este rincón de ajados recuerdos y pensares José Antonio Fernandez Senovilla, de quien podréis degustar deliciosas viandas escritas en Pensamientos JFS, su blog y barco en estos mares internautas.
     Y como muestra de ese buen hacer y sentir, me dejo un presente placentero y delicioso bajo el título de Creencias y Confianzas que vienen a ser recuerdos añorados del pasado que tanto nos gusta.
     Os dejo con Senovilla, el peregrino de la blogosfera.



     El peregrino de la blogosfera llega a un rincón lleno de arte y verbo, está hoy difícil mi invasión, pero bueno con recuerdos y aventuras de niñez me lanzo a intentar llegar a la altura de este gran escritor que hoy invado con el calor de una cariñosa acogida.

     Aquél día compraba una nueva peonza con el ahorro de dos semanas de paga, el hombre bajito que luego supe que era un enanito, me había guardado una de las mejores peonzas que he podido tener, era de punta de lanza, acostumbrado a la punta redonda como estaba, aquella peonza sería mi primera arma mortal para destrozar las bailarinas de mis rivales, que por cierto aún recuerdo una de color rojo y verde que hacía la danza de los cuatro velos y rompía a golpe de lance sin compasión la de cualquier contrincante, hasta que nos lo jugamos todo en un circulo del terror.

     El gran secreto de una peonza, me decía uno de mis mejores amigos, es que la punta no se salga de la peonza, para ello no hay mejor pegamento que la caca del caballo y a base de presión sería imposible que pierdas la lanza en los lances.

     Así que con la corta edad de un renacuajo de la EGB, esperaba ansioso el paso de un carro conducido por un gitano y tirado por lo más parecido a un caballo, aunque era este más bien tirando a burro, lo digo por que esas orejas me recordaban a las que teníamos de castigo con brazos en cruz cuando no sabíamos los afluentes del tajo por su margen derecha en clase de D. Benceslao.

     Niño detrás del carro en espera de una mierda, así cuatro calles más abajo resultó agraciado con su premio, todo un puñado de excrementos que serían la mejor recompensa al esfuerzo, sin asco y aún calientes, esa mezcla de hierba y heces los introduje en el cuerpo de la peonza para con la mayor presión del mundo mundial poner la punta de lanza y guardar en mi bolsillo la Tronadora que así era como se iba a llamar mi arma de matar.

     De crédulo tenía mucho, pero de tonto muy poco, así que aquella peonza de color rojo y verde tendría que esperar a que mi Tronadora superase la prueba con los más débiles, fueron muchas partidas ganadas en tarde de bailarinas con círculos grandes de arena que hacían de escenario mortal para cuatro niños que les rompí el corazón al partir en dos sus peonzas, con lances certeros y llenos de ilusión de ser un campeón.

     Llegó el momento, todo estaba dispuesto, hacía ya más de un mes que mi Tronadora se había ganado reputación, tenía un color marrón clarito pues jugando con el Betún de Judea no quise abusar y su lanza era ciertamente afilada, con la chaira de afilar el cuchillo de jamón que tenía el papá de un vecino, pues en mi casa no había ni cuchillo ni jamón, a lo sumo aún recuerdo algún hueso de codillo que usaba con sabiduría en la cocina mi abuela y sus pucheros.

     Durante las clases de ese día los nervios estaban en mis entrañas, la mente estaba tensa y por miedo al castigo de excesivos deberes, contestaba todas las preguntas que se hacían generalizadas sin levantar tan siquiera la mano y teniendo que ser acallado por D. Benceslao en varias ocasiones que me amenazó con salir a dar yo la lección.

     La peonza de color rojo y verde estaba ya anudada para ser lanzada, la mía también dispuesta a bailar, el coso esta vez no era arena, estábamos en el patio, cemento y tiza marcaban las reglas del circulo que ante mis ojos era más pequeño a lo acostumbrado para este juego. Lanzó su peonza y comenzó con su danza espectacular en todo el centro del cuadrilátero redondo, la mía llegó a bailar con un compás firme y convencido de ganar, pero llegado el momento en que iban a chocar, fue echada del ring y castigada con el tormento de un lance con ella parada, tumbada a su merced.

     Pensé que ahí se acabaría todo, un golpe seco seguro que rompería mis esperanzas y tendría que volver a aquellos juegos de canicas, que para un niño tan mayor ya se me hacían aburridos y tediosos.

     Tronadora aguantó el envite y dos más, así iba transcurriendo la tarde con mucha expectación por parte de los curiosos que rodeaban al que ellos creían que acabaría siendo el campeón, pero ocurrió lo que nadie esperaba y menos yo, su peonza bailaba a una velocidad de vértigo, el ruido parecía que iba a romper mi oído, y como acto reflejo lancé a Tronadora con los ojos cerrados al abismo de aquél tablao, con la suerte del novato que pega en todo el centro neurálgico de aquel color verde y rojo que partió en dos mientras mi color marrón clarito bailaba y bailaba sin parar como si el orgullo se le saliese en cada meneo.

     Sabía que no podía celebrarlo, todos eran de cursos superiores al mío y un pequeño miedo, digo pequeño, no, estaba acojonado, se apoderó de mi con un rojo subido de tono en mis carrillos, agarré con más fuerza que nunca mi peonza y la guardé en el bolsillo, mientras con la máxima discreta forma de escabullirse que conocía me despedí de aquellos mayores rumbo a casa sin mirar ni un momento atrás, y sólo al sentirme seguro cerca de mi portal comencé a gritar como un poseso y a besar a Tronadora con la pasión de un enamorado.

     El tiempo ha pasado y mis recuerdos no recuerdan ni se acuerdan de qué fin tuvo mi peonza ganadora, la Tronadora, pero cada vez que veo mierda de caballo cuando visito algún pueblo que aún conserva equinos, sonrío y cuento esta historia a mis hijos, que con cara de asco siempre me preguntan ¿Pero cogiste la mierda con la mano? 

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