Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

martes, 5 de junio de 2012

Los Puestecillos



  Tengo el gusto, en verdad placentero, de abrir la puerta de esta fábrica de escritos, (…factoría, entre nosotros, es calificativo que le viene largo), a un amigo del alma. Figúrense, queridos lectores y seguidores de los devaneos de este escribidor de poca monta, si habrá de serlo, que tuvo el poder de convencerme para que viviese a su lado durante ocho inolvidables años los sinuosos caminos de la gobernanza del pueblo y sus aborígenes,(... o lo que es igual y a veces digo, del corral y sus gallinas).
     Igual que en los carnavaleros días, aquellos en los que con maestría y acierto componía murgas y chascarrillos, hoy nos deja posos de vida pasada, recuerdos inalterables del tiempo transcurrido.
     Os dejo con Los Puestecillos, que vienen de la mano de José Antonio López Aranda, (… a quien todos llamamos cariñosamente El Bajillo, en honor a su viajero padre).

       Si señores, así como suena; en el año 1965, DIOS tenía un puestecillo en Santa Cruz De Mudela, concretamente en la plaza. Allí los más pequeños, invertían sus perras gordas en comprar garbanzos, altramuces, cañamones y pipas, al tiempo que admiraban un paisaje desolador: la vieja fuente  de la plaza del pueblo .Efectivamente, este agujero que llamaban fuente era un armatoste circular de tres metros de diámetro y uno con cinco de altura, que estaba llena de excrementos de animales racionales e irracionales, ríos de meadas, montones de clavos oxidados y alguna que otra suela de crepé. Nadie jamás, ni los más antiguos del lugar la conocieron con agua .El tétano pasaba desapercibido por Santa Cruz de Mudela.
      La  fuente estaba situada en el centro de la plaza, que ubicada a dos metros del nivel del suelo tenía tres escaleras laterales para acceder a la misma. A los niños, cuando se les preguntaba de dónde venían, respondían de “ca dios “. Hoy recuerdo el libro de Ramón .Sender,  “La Tesis de Nancy” y pienso que si hubiese estado aquí la protagonista de ese relato también escribiría que  esta localidad “estaba llena de niños muy católicos”.
      Dios trabajaba en Las Sartenes, era cuñado de Tinilín y murió de muerte trágica, dándose la circunstancia de que por la misma época y en las mismas condiciones falleció otro vecino apodado  el Chorra y como somos en este pueblo tan graciosos, se comentaba que Santa Cruz de Mudela era el pueblo más desgraciado del mundo, pues nos habíamos quedado “sin Dios y sin Chorra”.
     En los soportales de La Campana, en la misma puerta del antiguo mercado, hoy Centro de la Juventud, ponía su puesto la Jeromilla, con especialidad en nueces y castañas asadas  para el Día de los Santos. Nunca comprendí por qué se cambió unos metros más abajo, junto al surtidor de petróleo de Bernardo, dándole así a las castañas un sabor añadido y propio.
     Ya inmersos en la calle Real, lugar de paseo y ocio de los eternos novios santacruceños, nos encontrábamos unos puestecillos humildes, comandados por dos buenas y ancianas mujeres.
      Se encontraba el primero en la esquina de Amando, hoy Caja de Castilla La Mancha; allí se ponía “La Segunda”. El puesto era un cajón con pequeños compartimentos sobre dos ruedas de bicicleta, el habitáculo lo bordeaban unas sayas azules  que cubrían una lata vieja de tomate llena de ascuas candentes para calentarse. Las chufas, cacahuetes, altramuces, cañamones y garbanzos tostaos los vendían en un pequeño cajoncito de madera (del que no recuerdo su nombre) que era la medida. Lo llenaba hasta arriba, y cuando lo vaciaba en el cucurucho de hojas de periódico ABC, la mitad de la mercancía  volvía nuevamente a su lugar de origen .En torno al puestecillo, vivió el nieto de “La Segunda”, chiquete entrado en carnes, que hoy dirige  los destinos de nuestro pueblo: el señor  Fuentes.
      Continuando, en lo que hoy es el supermercado de La Despensa, encontrábamos enfrente, en la puerta de don Otón a la suegra de Pío, apodada “La Caloras”, con otro puestecillo de las mismas características y precios. Circundaban a este sitio cantidad de huesos de aceituna que caían desde las alturas de la casa del antedicho, que almacenaba gran cantidad de tordos en su tejado. Siempre recuerdo ver a un vigilante (así se llamaban los antiguos policías locales) llamado “Pablito”, en el cruce de las cuatro esquinas, con un impoluto uniforme azul con trinchas y casco blanco, dirigiendo un tráfico que no existía, cuatro galeras, dos bicicletas, la furgoneta de Loreto y un trastajo de triciclo más bien sacado de vertedero, conducido por un muchachete de cuatro o cinco años que gastaba unas gafas de culo de vaso que parecían dos botellines; le decían “Maurito” y era hijo del “cojo Villanueva”, gran maestro zapatero, hábil en el betún y ducho en saborear los caldos del “morusco”.
     Desde esa esquina en dirección al parque encontrábamos otro puesto, este fijo, que se ubicaba antes de llegar a la puerta del cine de Antonio Laguna, lo regentaba “La Ulpiana”. Aquí existían algunas novedades; las pipas no iban en cucuruchos, sino en bolsas verdes y rojas, la mitad de pipas y la mitad de sal, y cuando tenías los labios abrasados te costaba dos perras gordas echar un trago del botijo… y después la novedad, los fósforos. Los niños de esa generación teníamos las yemas de los dedos quemados por el contacto con el fósforo, o por rascarlos en la fachada que era de cemento bruto, es decir, igual que los nudillos del tío “Cleto” de “La Mazurca para dos Muertos”: “en carne viva”.
      Y no nos podemos olvidar de la reina de estas actividades económicas, la Francisca “La Chotilla”, apodada también “La Pequeñita”. Vivía en la casa que hoy es de Paco, el hijo de Daniel, que fue santero de Las Virtudes y que está un poco más abajo que la del “Pica”, leñador de leñadores de Santa Cruz y que era de los pocos que por aquellos entonces sintonizaban la llamada Radio Pirenaica, ¡Ahí es na!
     “La Pequeñita”, tenía puestecillo fijo y móvil, pues era muy viajera y la podías encontrar por cualquier calle del pueblo, a veces acompañando a su vecina churrera “La Margarita La Calva”, que enviudó y se casó con el “Santo Tablares” de Castellar de Santiago. Era tan pequeñita que cuando veías venir de frente el puestecillo por la calle Juan Domingo parecía que marchara solo, luego cuando te cruzabas con ella, veías que lo iba empujando.
     El “Santo Tablares” venía  con un chiquete pelirrojo algo grandón, y el día de la boda de su padre, cuenta Zabala, que era vecino de ellos, que le echaba los langostinos por la gavillera de su casa; y fue Pedro Zabala el que me comentó lo  acontecido  un ocho de Septiembre. Resulta que “La Pequeñita” contrató a un vecino de Santa Cruz, al que apodaban “El Viajante” para que le transportara el puestecillo hasta el poblado de Las Virtudes, y a Zabala, que tendría no más de ocho años, para que le ayudara en la venta. “El Viajante” era una persona enjuta y de rostro cetrino, que usaba un corto y ancho sombrero, gafas de cristales ahumados, viendo más sin ellas que con ellas puestas, que se dedicaba a hacer portes a quien lo pidiera con su carro y su mula. De pelo ralo, mirar huidizo, y la barba por parroquias, coincidía a la perfección con tres de las nueves señales de Fabián Minguela, (… ¿me entiendes, no?). Una vez ubicado en Las Virtudes el puesto de venta, parece ser que “ El Viajante” se dio gran maestría en manejar la bota, que no el agua del pilar, y cuando terminó la jornada y volvían para Santa Cruz, bajando la cuesta del puente por la nacional IV, “El Viajante”, posiblemente imbuido en los efectos del alcohol y con las gafas puestas (es decir, sin ver), bajaba a una velocidad endiablada, y según Zabala, no sabía si los Barreiros  adelantaban al carro por la izquierda, o el carro a los Barreiros por la derecha; no obstante, en estos vaivenes, Pedro se llenaba los bolsillos de garbanzos y guijas, porque sabía que no iba a cobrar.
     Otra novedad de la casa de “La Pequeñita” (el puesto fijo), era el sistema de vigilancia; tenía el carrillo en una habitación y en la pared, en un lateral del carro, había un espejo; así, al darse la vuelta para cobrar en el cajoncillo del dinero, veía sobre el espejo si algún chabalete le quitaba algo por la trasera. 
    
      Quiero dedicarle estas vivencias a Carmen “La Patirraca”,  primera maestra de muchos niños de mi generación, en su escuela de cagones, santuario para nosotros de los primeros Peninsulares de la adolescencia.

2 comentarios:

  1. Maravilloso viaje por la historia de Santa Cruz, me ha encantado. Y sobre todo la dedicatoria a la Patirraca, ya que yo fui de las últimas generaciones que tuvo en su casa. Recuerdo perfectamente la habitación al fondo, con las sillas pequeñitas que cada uno llevábamos de nuestra casa, y enfrente el cuarto donde vendía las golosinas, lugar sacrosanto y maravilloso de aquella buena señora que a tantos santacruceños nos educó. Por cierto, en una ocasión encerré a la Patirraca en el patio. Salió a hacer no se qué faena y yo le eché el cerrojo a la puerta. Y allí estuvo la buena mujer un rato largo, hasta que los padres llegaron a por nosotros y pudieron liberarla. Menudo mal rato tuvo que pasar...

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  2. Jose Antonio guarda mucho en la chistera, solo ocurre que nos es muy dado a ponerse con el asunto de la escritura, aun animándole a que lo haga porque tendría mucho que contar. Pensaba yo que por edad no habrías conocido lo que se daba en llamar escuelas de los cagones. Y mira por donde debiste de cerrar plaza. Un placer recibirte, como siempre.

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