Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

martes, 11 de enero de 2011

... del casino, de sus cosas y sus gentes.




     
   
    El Circulo del Recreo malvive enclavado en la calle donde transcurrió mi infancia. Infancia de pantalones cortos y moratones en las rodillas, de partidos de fútbol en la radio los domingos por la tarde. Infancia de recuerdos ajados, imborrables y marchitos que acompañan durante toda la vida, que graba a fuego sendas y comportamientos, que inexorablemente deja un poso, casi siempre amargo, para el resto de la vida. Amargo, porque se recuerda ese tiempo como con un recuelo de nostalgia y deseo de vuelta, no por volver a tener lo que teníamos, que era escaso, insuficiente y exiguo, sino por volver a tener carestía de años y achaques.

     Al Circulo del Recreo no le conoce nadie por ese nombre. Aquello es el casino y con ese calificativo morirá. Para pasar hace falta pagar una cuota y ser socio. Mi padre pagaba la cuota y estaba allí más tiempo que en mi casa. Esto pensándolo bien es un poco exagerado, pero lo cierto es, que lloviese, hiciese frió, tronase o hiciere calor, la visita cotidiana era obligada y necesaria para el buen funcionamiento de su organismo. Solía yo, acompañarle cuando terminaba mis cotidianos deberes y en aquel lugar, que se me antojaba maravilloso, pase ratos placenteros, que hoy recuerdo con añoranza y melancolía. Allí conocí a Juanito Apolinar, que bebía todas las noches un café solo en una taza diminuta, cuya degustación interminable le duraba cerca de una hora. Siempre tuvo fama de roñoso aun siendo un hacendado capitalista, rebozado en millones. Vestía una gabardina de color marrón, a la que se le podían adivinar alrededor cotas, cercos y brillos provocados por la usagre que acumulaba y tenía por costumbre dejar la prenda encima de un sillón de madera, cuidadosamente doblada hasta que algún alma cándida le colocó entre los pliegues un puro Farias de tamaño familiar. Aquello se fue requemando hasta que se le hizo un agujero del tamaño del puño derecho de Urtain, campeón de los pesos pesados por aquellos entonces, y desde aquel día Juanito tuvo que cambiar de atuendo por necesidad, por obligación y sin deseo. Todo se debió seguramente a la envidia, que corroe y es mala consejera, a que todo el mundo piensa que alguien harto de millones no puede ser tan usurero, tan avaro y dado a la tacañería, y tal vez a ello se deba la circunstancia de que se le coja una manía tan visceral.

     En el casino tuvo su primer cine Antonio Laguna y contaba mi padre que en aquella sala, disfrutó de la proyección de películas como: Sin Novedad en el Frente y A mí la Legión que debieron de ser muy famosas en esa época, pero que a mí me olían a sonoros castañazos. Aquel cine era pequeño, por ello debieron de trasladarlo a un local nuevo y mejor acondicionado. Corrían los tiempos en que el séptimo arte estaba en pleno auge y la gente iba como en manada a ver las grandes superproducciones que llegaban desde Hollywood. Imborrables en mi recuerdo perviven grandes películas como Ben Hur, Los Diez Mandamientos y otras por el estilo, cuya grandiosidad siempre me dejó anonadado.

      A partir de aquel momento, lo que había sido sala de cine pasó a tener utilidades menos dadas a la cultura y el divertimento sobresaliendo entre ellas la de ser utilizado como almacén de cebada, donde se amontonaban toneladas de grano que emanaban un olor ácido que enrarecía el aire, traspasando el tufo hasta la calle. Más tarde cuando lo desocuparon, se utilizó como local para ensayos de los grupos musicales que tanto proliferaban en aquella época, en que los Beatles se habían consagrado como un fenómeno de masas que aún subsiste en estos días. Allí ensayaban, al llegar las horas nocturnas, creo yo que con la esperanza de alcanzar una efímera fama, un conjunto que se hacía llamar The Bluman. Así, llegada noche, el aire se embutía con las canciones de Formula V, los Brincos y otros muchos que en aquellos tiempos cosechaban fama y dinero y he de suponer que Doña Pepita Hellín, que vivía cerca de aquel local de ensayos, siendo en aquellos tiempos directora del Colegio Público Cervantes, dormiría todas las noches arropada por la suave placidez de la música que flotaba en el ambiente, donde a veces sonaban acompasados en la oscuridad, los boleros de Antonio Machín.











2 comentarios:

  1. Luego este Casino nos ha servido como pista de baile en los Carnavales. Por cierto, de estos Carnavales también haremos algún que otro relato.
    De nuevo nos trasladas a un tiempo que, a pesar de las penurias, fue inolvidable.

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  2. ¡Pobre Juanito!... A mi los tacaños escritos me dan un montñon de ternura, los tacaños físicos en cambio me dan una rabia...

    En Villafranca del Bierzo, sobrevive un casino como ese del que hablas tú, también han querido cambiarle el nombre, que manía más tonta, y mira que ponen nombres feísimos a las cosas ahora, centro cívico, circulo de recreo, y lo más sangrante de todo: edificio de usos múltiples como si fuera una navaja suiza, claro que los nombres van acorde con los sitios que designan porque los de nueva planta son tan feos como ellos.

    Me ha gustado mucho el casino, Mauro :

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