Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

martes, 13 de julio de 2010

como a mi parecer, cualquier tiempo pasado, ... no fué mejor


    Cuando, cada vez con menos intervalos de tiempo, me remonto al lejano tiempo de mi niñez, siempre me vienen a la mente los días, semanas, meses, años en conjunto que pasé siendo tierno infante en Las Virtudes. El transcurso de los veranos, que por aquellos entonces recuerdo tórridos y bochornosos, con un sol que amenazaba con derretir sin piedad las piedras, se me antojan infiernos comparados con los de ahora; evidentemente carecíamos de las excelsas comodidades de hogaño y los aires acondicionados eran artilugios desconocidos y como de otras galaxias. La siesta era asunto de pijama, orinal y padrenuestro, que diría Camilo José Cela, o dicho de otra manera cuestión que había que tomar con calma y sin precipitación. Cuando observo, en nuestros presentes tiempos, las prisas con que nos movemos los actuales pobladores del planeta, esbozo una sonrisa y recuerdo la vida de antaño, sin colesterol ni triglicéridos y eso que no soy de los que piensa como Jorge Manrique que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero campaba la tranquilidad y el stress, tan usual en el actual vivir cotidiano, era asunto desconocido y la vida discurría placentera, botijo de agua fresca a la sombra resguardado y sartén de gachas con torreznos en la lumbre cocinada. Digo que era entonces, en aquellos años que perdidos parecen en la memoria de los tiempos, cuando aprendí a amar este paraje manchego; los veranos ya os he dicho como eran; los otoños llegaban inmisericordes una vez que pasaba el 8 de septiembre, día de la patrona, que marcaba con la exactitud de un reloj suizo el comienzo de las clases, la vuelta a las añejas aulas del saber franquista, las sonoras hostias, sin consagrar, que nos daban de regalo en el colegio de las madres concepcionistas. La semana era larga y el aprendizaje arduo, pero llegado el viernes, viajaba en el pequeño utilitario de Antonio Laguna, un seiscientos gris con el techo negro, por la serpenteante carretera camino de Las Virtudes y no puedo evitar ,cuando han pasado mas de cuarenta años, recordar en blanco y negro aquel tiempo, dedicarle unos minutos del placentero presente, porque yo no quiero volver en la máquina del tiempo hasta aquella época perdida en la memoria, aunque digan algunos pertinaces agoreros, que mientras disfrutan de los beneplácitos que nos da el presente, que con Franco se vivía mejor, digo yo y clamo por que se cumpla, el que alguien los devuelva por periodo indefinido a esa epoca ancestral, donde a falta de cuartos de aseo hacíamos las necesarias necesidades entre pollos y gallinas y limpiábamos nuestras posaderas con hojas manuscritas de papel de periódico atrasado.


LENTO PASAR DEL AÑO
EN LAS VIRTUDES
Está cambiando el paisaje, tonos y colores nuevos
los valles, campos y cerros se olvidaron del invierno.
Ahora la tierra es más tierra, el cielo azul es mas cielo
y el día sea va alargando, hasta parecer eterno.
Las amapolas florecen, viste el árbol su esqueleto
para que el pájaro anide y encuentre la sombra el perro.
El rosal llama a la rosa y el gorrión a sus pequeños
cae el agua del Pilar, navega por los regueros
de alameda en alameda, por entre arbustos y setos.
Llegó pues la primavera, tiempo de renacimiento.

Ese sol, ese sol que se asoma entre los cerros
que se cuela por encinas, entre piedras y romeros
candente, quieto en el cielo, iluminando senderos
cubriendo de luz chaparros, los nidos de los polluelos
¡que lento va el caracol!, entre las hojas del seto.
Sobre peñas los lagartos, aman este sol de infierno
la boca abierta al calor, inmovilizados, quietos.
Las golondrinas viajeras anidan en los aleros
los grillos entonan sones orquestados y diversos.
Todo lo envuelve el verano con tonos de luz y fuego.

Esa lluvia, esa lluvia que golpea los tejados
que nos embarra caminos, que va inundando pedazos.
Esa lluvia que viaja por los cristales, que golpea en las ventanas
que lava los peñascales y llena de agua el arroyo
que corre por las canales y se oculta entre las piedras
dándole vida al paisaje en esta tarde de otoño.
El árbol se nos desnuda y sus hojas caen al suelo
ahora los días son grises, de plomo se viste el cielo
que gime en un canto sordo de relámpagos y truenos
para anunciar que es otoño, cuna de los sentimientos.

El frío ha calado hasta los huesos
y los chopos han mostrado su esqueleto
las encinas perduran en el monte
resistiendo los envites del invierno.
La Chopera viste un blanco inmaculado
con las copas de los árboles nevadas
y el Pilar sigue echando agua del chorro
entre cimas de cerros blanqueadas.
Es invierno en Las Virtudes y en el fuego
arden leños crepitando entre las llamas.

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