Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

lunes, 7 de junio de 2010

El tiempo roto


      Cuando se enciende la luz de la cocina, la penumbra penetra en el dormitorio y me despierta. El letargo del sueño invade todo mi ser y apenas entreabro los ojos para mirar perezosamente el reloj que reposa con su monótono tic-tac sobre la mesilla de noche. Son las siete de la mañana, la hora a la que mi madre se levanta cada mañana para realizar los cotidianos quehaceres de la casa. Empezará por barrer y fregar la cocina de verano, a la que llamamos así porque durante el invierno, un, frio de mil demonios la invade, impidiendo su habitabilidad. En esta dependencia se encuentra el infernillo de petróleo donde se calienta el agua y que despide al funcionar un olor apestoso a combustible que invade todos los rincones de la casa. Ya debe estar encendido, porque un hedor pestilente va penetrando en el dormitorio, mientras el agua empieza a calentarse en una lata de considerable tamaño, que en su origen contuvo aceitunas de Jaén. Terminada esta faena, continuará con la misma tarea en la cocina principal y en el inmenso comedor que precede a la habitación donde está ubicada la peluquería, que será la última estancia de la casa que arreglará. Después encenderá el brasero de picón y lo dejará un buen rato en la terraza, al aire libre para que prenda bien y no de tufo, que es como se denomina el humillo que a veces desprende, provocando en quienes se calientan alrededor de la mesa camilla terribles vómitos y dolores de cabeza. Por último cogerá la bolsa de la compra y partirá con rapidez hacia el mercado para llegar la primera cuando abran los puestos de pescados, carnes, verduras y ultramarinos, porque a las nueve tendrá que tener abierta la peluquería. 
     En el momento en que suena la llave cerrando la puerta, ya soy consciente de que me quedaré nuevamente dormido, pues hoy que se celebra la fiesta de San José de Calasanz no hay escuela y mañana que es sábado tampoco, por lo que no hay obligación de levantarse temprano.
Son más de la diez de la mañana, cuando la voz de mi progenitora se escucha a través del ventanillo apremiándome a que me levante porque tengo cosas que hacer. Con los pies en el suelo y aun medio dormido me pongo la ropa y me encamino vacilante a lo que llamamos “el camarón”, que es un inmenso cuchitril donde se amontonan todos los trastos inservibles que apenas se usan en la casa; sartenes para la matanza, trébedes, tenazas y mil artilugios más, se mezclan con una palangana para lavarse y un cubo donde expulsar los orines, con la particularidad de que a la vez es allí donde se lavan vasos, platos y todos los cacharros de la casa en un fregadero de madera con dos lebrillos en cada lado, uno para el fregado y otro para el aclarado.
    Orino, me lavo la cara, las manos y le pido a mi madre cinco pesetas para ir a por churros a la Irene. Bajo las escaleras, saltando los escalones, que de dos en dos me llevan al piso de abajo. Allí no hay casa, sino un almacén de bebidas que regenta Antonio Delgado, donde se venden cervezas, refrescos, vino y todo lo imaginable. Antonio siempre lleva un cigarro colgando en la boca, en la comisura del labio y todos los pitillos que se fuma, que son muchos, los lía a mano con inusitada destreza. Salgo a la calle y siento que hace un frio de mil demonios y se nota claramente en los humeantes moñigos que adornan el centro de la calle por donde acaba de pasar un carro tirado por mulas. Llego a la esquina de la Calle Real y observo en el centro de la calzada a Pablo el municipal dirigiendo el tráfico de carros, bicicletas y motos; también algún coche cruza de vez en cuando y se divisa a lo lejos el carruaje de caballos de D. Juan Amorrich, médico de la villa que debe ir a visitar a sus enfermos Cruzo la calzada y corro veloz por la acera donde tiene su tienda de confecciones Miguel Matute y al llegar a la esquina de la calle General Perón vuelvo a pararme junto a la librería propiedad también del mencionado comerciante. Enfrente, está la zapatería de Angelito y se escuchan con levedad los pequeños martillazos que da al clavar los remaches en la suela de los zapatos. Sigo mi recorrido y cruzo por la tienda de Virtudes Malagón y la farmacia de los Queros que está en la acera contraria y así llego a la intersección de calles conocida como La Puente, donde está la mercería de Antonio Laguna, la carnicería de Pote, la tienda de piensos y ultramarinos de las Malagonas, la navajería del Pinerillo, el estudio fotográfico del Canario y la tienda de Santiaguillo, donde se venden todo tipo de artículos alimenticios y pescados frescos de ultramar. En la puerta está aparcada la bicicleta de Cortes, que es el muchacho que le hace los recados. Y justo entonces empiezo a gozar de un olor a churros que impregna el aire frio de la mañana. Llego a la churrería de la Irene y observo gustoso que solo hay un par de clientas delante de mí. Veo suficiente masa en el lebrillo y ello me lleva a pensar que tendré que esperar poco tiempo, así que cuando me llega el turno pido una rosca de cinco pesetas y veo como la muchacha que ayuda en este quehacer a la propietaria, oronda y con los brazos arremangados, coge la churrera y empieza a apretarla con fuerza y destreza; chisporrotea la harina al caer en el aceite hirviente y poco tiempo después con una habilidad inusitada, da la Irene la vuelta a la rosca y pasados apenas dos minutos la coge hábilmente con los dos palos que utiliza para este menester y la coloca encima de una mesa que tiene forrada en chapa con sumo cuidado. Coge un junco, lo pasa por el centro de la roca y me la entrega mientras pongo una moneda de un duro sobre su mano.
     Salgo nuevamente a la calle cuando un silbido familiar se oye a mi espalda; miro hacia atrás y observo a mi padre en la puerta de su taller de zapatería, indicándome con un ademan que vaya presto a su lado. Cuando llego a la puerta del establecimiento ya ha desaparecido en el interior, al que accedo impregnándome inmediatamente de una mezcla de olores que se confunden entre tufos de pegamento, goma y los hedores propios que desprende la multitud de calzado de toda índole y condición que se amontona en las estanterías. Me da un beso y coge un trozo de churro, mientras observo por milésima vez la herrumbre que cubre las paredes ennegrecidas por el polvo que desprende la goma de las suelas al ser lijada en el motor. En una de las paredes esta clavado como a perpetuidad un cartel impreso del Fuero de los Españoles, que dictamina y ordena los derechos de que disponen todos los trabajadores de la España franquista. Me padre me ordena que vuelva por la zapatería, porque debo de hacer el reparto de zapatos a los clientes de mayor prestigio y condición. Protesto airadamente, puesto que he quedado con los amigos para jugar un partido de futbol en las eras del Palomar contra los negritos, que es como apodamos a los que viven en el barrio de San Roque. Al final, como siempre, me padre accede y parto feliz con mi rosca de churros y un solo pensamiento en la cabeza, jugar el partido y lo que es mucho más complicado: ganarle de una puñetera vez a los negritos.
     Llego a casa, desayuno a toda prisa y aún masticando el último bocado observo a través de los cristales de la cocina la llegada de mi amigo Rafa, “el Tortero”, que lo primero que me dice es que el partido no se va a celebrar, porque el equipo contrario considera que no tenemos la suficiente entidad y categoría para enfrentarnos a ellos. Salimos a la calle cabizbajos y a lo lejos divisamos una bicicleta que viene lanzada a toda velocidad, cuesta abajo y sin control. Subido en ella va Cesítar “El Breva”, que tiene una cabeza parecida al Peñón de Gibraltar. La calle tiene una zanja abierta, porque se están llevando a cabo las obras de saneamiento en esa parte del pueblo, y Cesítar, que lleva una lechera maltrecha y llena de bollos en uno de los extremos del manillar, cae dentro con bicicleta y lechera incluidas. Lo primero que pensamos es que ha fenecido. Asustados nos asomamos al barranco y le vemos aparecer empujando con presteza el velocípedo, mientras la lechera flota en un charco de agua sucia que hay en el fondo de la hondonada. Cesítar parte a lomos de su maltrecha Babieca y nosotros nos quedamos en el umbral de la puerta del Casino pensando en las musarañas y sin saber muy bien que hacer. El cielo se va tornando de un color grisáceo que amenaza lluvia y las primeras gotas empiezan a caer. Observo a Rafa y le veo, como tantas veces, con sus gafas de pasta unidas en el puente por un gran trozo de esparadrapo, porque como bien dice su madre esta criatura necesita anteojos nuevos cada semana, en vista de lo cual hay que ir reparando como sea los que remedio puedan tener.
     En ese momento, todo se difumina. Abro los ojos y veo como unos rayos de luz penetran por la semiabierta persiana de la ventana. Meditabundo, miro a mí alrededor y despacio, lentamente, voy tomando conciencia de que todo ha sido un sueño, una quimera que me ha trasladado a un retazo escondido de mi niñez. Con pena y nostalgia pienso en mi padre, que partió para otros mundos hace tiempo y en mi amigo Rafael que le acompañó demasiado pronto a los mismos remotos lugares. Me levanto de la cama, lentamente me aseo y bajo parsimonioso al patio, donde mis hijos juegan y mi esposa riega las plantas y solo entonces soy verdaderamente consciente de que más de tres decenios separan el sueño reciente, de la verdadera realidad de mi existencia.
















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