Como mandamientos:

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

A veces uno sabe de que lado estar simplemente viendo los que están del otro lado.
Leonard Cohen

jueves, 20 de febrero de 2014

Entre gallos y medianoche....

       



     
      


      Se preguntaran ustedes, y si lo hacen lo harán con razón, en que haciendas o menesteres varios se hallará inmerso este escribidor de poca monta para tener sumida casi en el abandono esta humilde posada de escritos a la que cada vez llegan como más espaciados mis recuerdos y divagaciones. Y este servidor habrá de contárselo, no sientan por ello pena.
    Verán, ocurre, y ya debo haberlo contado en anteriores ocasiones que este sin vivir del estar sin oficio ni ocupación es motivo sobrado para que cunda en el ser el desasosiego y la desidia y para que, sin apenas percibirlo se vaya uno dejando, como decimos en el pueblo, a la buena de Dios. Así aficiones que antes me apasionaban ahora apenas me motivan nada aunque, como no hay bien ni mal que cien años dure, ni cuerpo, digo yo, que lo resista, este servidor de ustedes tiene claro que está en la obligación de resistir estoicamente los envites de esta miserable ola que pugna por lanzarme desde los acantilados hasta el fondo de un mar plagado de tiburones.
    Les contaba, y con esto cambio de tercio y asunto, en mi anterior escrito de las divagaciones que suelen acontecer y poblar las cabezas de mis dos damas longevas y habré de volver sobre el mismo tema para contarles que una de ellas, la más provecta, mi tía de 87 años, se hubo de escacharrar el pasado martes, motivo por el cual hubimos de salir como a salto de mata y sin freno hacia las urgencias sitas en el hospital del cercano pueblo de Valdepeñas donde hubieron de ponerle otro parche que le refuerce las defensas para continuar por estos mundos transitando.
     Y fíjense, pensaba un servidor, mientras dejaba pasar el tiempo en lugar de visita tan poco apetecible, en lo débil que resulta y es la condición humana. Ustedes se habrán dado cuenta, y más aún los que cargan a sus espaldas con una mochila considerable de años, de que hay pobladores de este mundo desenfrenado que bien parece que hubiesen sido acogidos en su seno para hacer bien hecha la puñeta al prójimo y a quien le rodea. Y son esos, que ni viven ni dejan vivir, los que amasando fortunas a costa de quien se precie piensan que el sol solo sale para su gozo haciendo muy suyo el dicho sabio que dice aquello del pan “pa mi” aunque los demás no coman. Y cavilaba, observando los quehaceres propios de las enfermeras, la triste condición del que vive aferrado a lo que de material tiene este transitar transido creyendo, aunque no habrá de conseguirlo, que capaz será de transportar hacia el otro mundo su riqueza, cual faraón a su tumba como en el antiguo Egipto, sin pensar que llegado será el día, ineludible y seguro, en que habrá de volver cual tierno infante, pero con el deslucido pelaje que da el traje de la senectud y los años, a permitir que le quiten los pañales cuando necesario sea.
     Ya saben, y si no les pongo en antecedentes, que soy insomne crónico. Es una de las consecuencias, entre otras muchas, que debo al eterno trabajo nocturno que cambió mis hábitos, usos y costumbres hasta límites poco saludables sin que de mucho sirviera, vista con el paso del tiempo la situación en que me encuentro, y que hace que, olvidada mi dosis diaria de Somnovit, me sea imposible conciliar el más leve cabeceo entre ruidos de aparatos que distribuyen oxigeno, aerosoles, monitores varios y los lógicos quejidos que emanan de los que postrados están en sus camas. Es por ello que después de echarle un ojo a mi anciana tía, que emite unos ronquidos asemejados a los ruidos que hacia un Barreiros modelo de los 50, me calzo los botines que hube de quitarme por temor a que me cocieran unos pies que después de un día de trasiego desprendían vaporosos y etéreos perfumes, me enfundo el gabán que vino del Norte y me encamino hacia la salida en busca de un soplo de aire fresco mientras observo como dormita el personal, son malas horas para mantenerse en pie, en la sala de estar que hay a la entrada.
     Y llueve. Llueve copiosamente en esta fría madrugada y una quietud inmensa, silente y desconocida en lugar tan transitado durante el día, invade rincones desde los que asoman gatos, astutos pobladores de la noche, que pululan entre calles y callejones buscando sustento en los contenedores de la basura. Cruzo la calle y empiezo a pasear. Siempre fue para mí de un deleite placentero la cuestión de pisar charcos. Siento, a pesar de la capucha que me cubre, que el agua empapa mi despoblada cabeza y soy consciente de que el tiempo, impasible e ineludible, que en los lejanos años de juventud adolescente discurría lento, cada vez se acelera más mientras se va acortando llevándonos, sin prisa pero sin pausa como el calabobos, hasta una meta segura e inevitable. Esa de la que nadie se escapa y que Jorge Manrique relató con inusual maestría en las coplas dedicadas a la muerte de su padre.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ricos caudales,
allí los otros medianos
y mas chicos
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.











jueves, 16 de enero de 2014

De un dúo muy peculiar ...

     


         
     

      Una, mi tía, habla hasta por los codos, acaba de cumplir 87 años y difícilmente dirá tres cosas hilvanadas que ciertas sean a la vez. Así, puede hablar y disertar sin freno ni control sobre haciendas de vecinos, dichos de los viandantes y otros asuntos que acaecen en el pueblo sin haber puesto el pie en la calle desde hace años. ¿Cómo entonces, se preguntaran ustedes, asevera con tanta rotundidad tales acaecimientos y sucesos?. Yo pienso, sin temor a equivocarme, que simplemente cree lo que se imagina, porque a veces, las más, abraza supuestos de lo que pudo ocurrir y jamás pasó, de lo que puede pasar sin que jamás pase o de lo que, supuesta e ineludiblemente, habrá de desatarse sin que exista asomo alguno de que tal hecatombe tenga fecha volviendo como un calcetín las noticias que Matías Prats, objeto de su veneración, y a quien saluda amablemente con un “buenas noches hijo mío” cuando este a su vez hace lo propio para con sus televidentes seguidores mientras asegura, a mi tía me refiero, que habrá guerra en España aunque el citado dijo en Siria o que desembarcaron tres pateras en La Puerta del Sol de Madrid habiendo arribado estas en las costas del soleado suelo andaluz.

     La otra, mi madre, a punto de coronar los 82, también fue siempre, de casta le viene al galgo, impenitente parlamentadora, aunque el paso de los años y el peso de la enfermedad la hayan ido sumiendo y acercando a un mundo imperado por sombras. Así todas las mañanas, mientas leo un libro tras otro en el ebook que me regale por el verano, la una continua con sus imaginarias historias y la otra, muy de vez en cuando, la mira con obstinación y la conmina para que calle en su perenne charla. Y me viene al recuerdo cuando de niño las observaba realizando las cotidianas labores de la casa y siempre llego a la conclusión que el discurrir de la vida no fue en exceso amable con ellas. Nacieron en la época convulsa que precedió a la guerra civil y entre carestías, penurias y otros menesteres de ingrato recuerdo crecieron en el humilde hogar de su padre Santiaguillo donde además, como pueden comprobar eran en evidencia otros tiempos, vivían sus abuelos que respetados por todos reinaban como señores de la casa. Pasada la guerra el poco dinero que ahorrado tenían, aquel que la abuela Benigna inducía a gastar al abuelo, solo sirvió, como este decía, para hacer cuadros, con lo que aun debió de ser mayor la escasez y miseria que les hubo de arropar junto a sus otros hermanos, un varón y  tres hembras, que tuvo a bien descargar la cigüeña . Después la una, que nació soltera de por vida, trabajó en lo que buenamente pudo, bien fuera en las tareas del campo o en aquellas que se realizaban en las antiguas tejeras que entonces existían por estos lugares y la otra, mi madre, hubo de entrar a trabajar al servicio de la Tía María junto a la que aprendería las rudas labores de la casa y el oficio de peluquera que habría con el tiempo de servirle para dar de comer a la prole. 
     Al final, miseria y trabajo rudo siempre van unidos y sin el uno no se sale de la otra. Y me pregunto, aunque prefiero no contestármelo, que les ofreció a cambio esa vida penosa y trabajada llegando a la convicción de que fue poco, y con cuentagotas, lo que hubo de brindarles. Para ellas, aunque no habrán de saberlo porque daría igual, es la canción que de fondo canta mi buen amigo Joan Manuel Serrat.



jueves, 2 de enero de 2014

De los Magos de Oriente y sus "cuantiosos" regalos.

       
     


      



     Decidí, por aquello de que much@s no saben volver atrás en los caminos de la factoría, volver a sacar del baúl este relato. Además permítanme, por aquello de que es tiempo vacacional, aunque de momento mis vacaciones sean perpetuas, que me tome un descanso mientras le doy a lo más recóndito de mi pobre intelecto. Y aunque nada tenga que ver con lo narrado, aunque en el fondo lo tenga, les quise regalar también una maravilla hecha canción por mi buen amigo  Joan Manuel Serrat y que fue escrita, comprobaran que ha llovido, en el año de gracia del 1983. Escúchenla, porque su vigencia es total en nuestros días. Sobre cuando dice aquello de: “ No esperes de ningún modo que  se dignen consentir tu acceso al porvenir los que hoy arrasan con todo”. Y que no se les olvide ser felices. O al menos intentarlo si algún hijo de mala madre les nubla el día …      
       
  Melchor, Gaspar y Baltasar ocuparon una parte importante de mi primer transcurrir transido por los caminos de la vida. Y digo esto, porque dada mi  débil condición y el hecho añadido de que la hacedora de mis días fuese mujer siempre ocupada en las hacendosas tareas del aseo y mantenimiento de la infame casa de mi infancia, bien en la mera limpieza de los suelos, que hacía hincada de rodillas, fregando con un trapo desharrapado en la mano y el cubo de cinc a la diestra, cuantos kilómetros haría mi pobre madre lustrando aquellas baldosas cual penitente dolorosa, con sus rodilleras de trapo, a la espera de que Manuel Jalón Corominas, ingeniero aeronáutico y oficial del ejército del aire en la base aérea de Zaragoza inventase la fregona, u ocupándose del lavado de las ropas, en la pila que ubicada estaba junto al pozo  en un patio inmenso y desangelado en las escasas horas que le dejaba el mísero trabajo de ayudanta en la peluquería de la tía María, poco tiempo tenía para ocuparse de mis andanzas y peripecias de tierno infante, con lo que la solución rápida a esta vicisitud era provocarme el susto, la alarma y el sobresalto diciéndome que no me asomara a la escalera porque venía el Tío del Saco, El Marango o algún otro bicho mitológico de pueblo que provocar pudiera mi pavor y espanto.
     De esta guisa, la llegada de los venerables magos de Oriente se me antojaba, cuanto menos, como algo enigmático e inexplicable y la sola idea de pensar que hubiera de ser el negro Baltasar quien llamar llamase a mi puerta, provocaba en mi exiguo ser de ochomesino, una convulsión estremecida de pavor mezclada con espanto. Figúrense, sufridos lectores y lectoras de este humilde relato, que ya hemos dicho en otras ocasiones que la vida y su discurrir en aquellos tiempos era como en blanco y negro, por lo que poco abiertos estábamos a la contemplación de los seres que habitaban otros lugares de este mundo. Por ello, sorprendidos quedábamos cuando, durante las Ferias y Fiestas, contemplábamos la llegada de los moros de Marruecos, vendedores de todo lo vendible, hasta condones entonces prohibidos y vistos como de gente de mal vivir , enfundados en túnicas y chilabas hasta las rodillas, rodeados a su vez de los olores desprendidos por tanta ocultación y envoltura, y mucho mas atónitos y pasmados permanecíamos, algo así como extasiados, cuando algún habitante negro como el betún, llegado desde la Cuba, del África  u otro lugar, aparecía por los confines del pueblo.
     Imbuido pues por estos pensares, la sola idea de que el negro Baltasar apareciera por el balcón de la casa, ese que hoy permanece abierto contra vientos y mareas, me hacía estar aquellas noches heladas de enero, con los ojos avizor y los sentidos alerta, hasta que irremediablemente quedaba vencido por el cansancio y el sueño. Era entonces, al despertar  y al albor de un nuevo día, cuando con prontitud recorría los rincones de la casa buscando lo que hubieran podido dejar los magos y era así como terminaba dando con lo dejado por sus reales altezas, que pocas veces se correspondía con lo que esperaba y quería de antemano.
     El Exin Castillos era un juego que me apasionaba, o mejor quedará dicho, dado que jamás he poseído ninguno, con el que quedaba entusiasmado y absorto al observar las construcciones que ensamblando sus numerosas piezas podían realizarse, en los anuncios televisivos que visionaba en el añejo televisor Optimus que emplazado estaba para deleite de sus socios en el Circulo de Recreo. Tal vez por ello, imbuido todo mi menudo ser de tal afán constructor, hube de pedir a mis progenitores en alguna Navidad de finales de los sesenta que tuvieran a bien concederme la petición de pedir a sus realísimas altezas de Oriente tan instructivo juguete, siéndome concedida de tal manera, que durante los días que siguieron mi vida transcurrió como a lomos de una nube, visionando anuncios e imaginando las fortalezas que habría de crear y construir. Llegada la mañana del seis de Enero enfilé presto hacia el balcón a por el ansiado deseo de mis sueños y cuál no sería mi estupefacción,  hasta el habla se me cortó, al contemplar en el interior de un tubo de plástico, unas cuantas piezas que ensambladas no daban para construir  un chozo.
     El Cine Exin fue motivo de otra cansina tabarra, hasta que hubo de llegar la Tere, sobrina carnal de la tía María, para regalarme un ajado proyector que había pertenecido a su primogénito hijo. El día que irrumpió al fondo de la escalera de la casa de mi infancia con el inservible armatoste sumergido en una caja de cartón, estaba este pobre infante esperando ver emerger de aquellas entrañas el proyector de sus sueños cuando estupefacto quedó pasmado, con los ojos miopes como platos y acercando la nariz hasta el objeto deseado pudiendo visionar, entre brumas, como en Londres, que se trataba de un artefacto de color verde, horroroso y de chapa,”pa” que no diera calambre. Acompañaban al espantoso cacharro unas cuantas películas de Dumbo y el Pato Donald  y unos discos de pizarra, más viejos que La Bella Otero, rotos y unidos con esparadrapos, que supuestamente se colocaban en la parte superior del cinematográfico aparato, hasta la que llegaba un brazo articulado, cual gramófono de otro siglo, y del que puedo asegurarles, por mi honor y dignidad, que jamás brotó sonido alguno o emisión que no fueran los relativos a algo así como gruñidos o estertores de ultratumba de esos que suelen salir en las psicofonías.
     Más cercano en el tiempo queda, solo hará como treinta años, el día en que hubimos de echarle una mano, en los albores de la tierna juventud, a Manuel Sáez “El Jefillo” en la realización de un belén viviente. Decoramos carros y remolques como suntuosas carrozas en la bodega de Isidoro Bravo, desde donde habrían de partir en real cabalgata mi amigo Gregorio “El Pavo”, cual  San José muy barbado, llevando sobre la burra, que debía ser del Guagui, a Conchi, la del Chocolate, hasta las escuelas centenarias del Jardinillo, donde esperaban de manera regia los soldados romanos, tal vez Joselito Testón anduviera en este lance, pastores, reyes magos y hasta el tío que en el portal siempre aparece cagando, para una vez hecho este inciso en el camino, partir por la Calle Real hasta el belén que se encontraba en la plaza.
     Así hubo de ser, como fue, que llegados al destino San José, la Virgen, el borrico y los pastores hubiera de acercarse hasta Gregorio el bueno de Pepe Pollos, que Dios tenga en su santa gloria, para decirle al oído, sorprendido y confuso, aquel decir que decía algo así como este dicho: “Jamás había visto yo, por mucho que tenga visto, a un pavo de San José y una Virgen de chocolate”.





viernes, 13 de diciembre de 2013

Postal del recuerdo ...

     

     
      
     Cae la tarde. Como un velo vestido de negro asoma en el cielo la noche. Y como cada día, el hombre que porta el gabán que vino del Norte, la gorra que compró en los chinos para proteger la calva rasa y las gafas de miope, baja las escaleras de la casa, abre la puerta y empieza a caminar entre escalofríos invernales por las gastadas aceras de la calle. Hoy, sin motivo aparente, decide cambiar el rumbo de sus pasos. Los que le llevan cada jornada, a la misma hora, a emprender el camino que va desde el lugar en que reside hasta el hogar de su madre. Siempre suele caminar por el mismo itinerario, pero hoy, sin motivo ni causa aparente ha decidido cambiarlo. Así, sin apenas darse cuenta ha llegado hasta la misma puerta del antiguo Salón de Piña en la Calle Cruz de Piedra donde hubo de pasar antaño esplendorosas jornadas de festín cuando allí se daban bodas. Imaginen que es este el primer lugar que recuerda, en su ya vana memoria, donde tenían lugar estas celebraciones allá por sus años de tierno infante y ardorosa adolescencia y es por ello que le vienen al recuerdo los enlaces matrimoniales de Emilio Laguna, amigo a lo largo de decenios, y su primo Severiano. También evoca los carnavales inolvidables que junto a Los Polichinelas y los amigos del Jaulón hubo de pasar entre aquellos muros de alegría y desenfreno mientras amanecía al calor de cubalibres y orquestas. Y estático en la puerta del local, hoy casi en desuso, le parece estar viendo sentado en una silla destrozada de palillos a su abuelo Santiaguillo, que jubilado y sin subsidio, por aquello de “las buenas haciendas” de quienes debieran haber cotizado para que tuviera una vejez digna y no lo hicieron,  se convertía en guarda ocasional y por menguadas pesetas del lugar, para impedir la entrada en los días de convite a muchachos con hambre de tres días y adultos del mismo pelaje.
     Y se pregunta, mientras camina, que tendrán los recuerdos, que llaman y no avisan nublando demasiadas veces con velos de agua la mirada. En estas ha llegado hasta la misma intersección de la Calle Cruz de Piedra con la que llaman Real, y en la esquina, mientras saluda a su antiguo profesor Antonio Ruiz, decide continuar hacía la calle del Conde de Gavia y así se acerca hasta la casa donde estaba la antigua tienda de Paquete a quien recuerda menguado de estatura y con el andar desenfrenado. Y al final, como no podía ser de otra manera, ha llegado hasta la Calle de la Inmaculada y es entonces cuando parece que la mente se le nubla en una especie de sueño consciente que le lleva a vivir de nuevo lo que acaecía hace más de cuarenta años. Y vuelve a ver, como si de ayer mismo se tratara, el Seat 600 de Antonio Laguna aparcado en la puerta de su casa a la que en multitud de ocasiones ha pasado acompañando a su hijo Miguel, penúltimo de una estirpe que cuenta con nueve descendientes a quienes el tiempo y la desgracia, que a veces se ceba con el ser humano sin motivo ni razón que la sustente, llevará a la desdicha de que solo cuatro sobrevivan, con el pasar de los años, a sus progenitores.
     Y es ahora también, y tal vez porque le resulta complicado esto de escribir en tercera persona y como hablando de otro, cuando el escribiente de estas divagaciones decide pasar el relato a su propio yo para contarles que sentado en el umbral de la puerta de su casa, aunque no lo esté, ¡que más quisiera!, está mi amigo del alma Rafael, con un apretado manojo de tochos a la vera que hablan de leyes y del manejo de la justicia y por una vez, fíjense que absurdo disparate, decido no hacerle ni puñetero caso porque estoy viendo, y créanme que los veo, a unos muchachos que en pantalones cortos juegan a la pelota en el centro de la calle, polvorienta y sembrada de piedras, y sin pensarlo, como atraído por un imán  de inusitada fuerza me lanzo a jugar con ellos. Con José Antonio, Mayoral, Joaquín y otros cuantos que difuminados en el recuerdo no consigo recordar, aunque quien cumple las funciones de portero es el propio Rafa que hasta tiene menos años y porta sus gafas de pasta y a lo lejos, ¡que precioso desatino!, se acerca El Breva subido en su Babieca de dos ruedas.
     Entonces vuelvo al presente. A ese que me lleva a los aciagos tiempos actuales y un velo de melancolía invade mi ser en este final de un otoño que se intuye en el viento intenso que barre el polvo exiguo de la calle. Y es que ya no hay piedras ni tierra. Un manto de alquitrán negro como el carbón cubre el lugar donde soñé que jugaba. Tampoco existe la antigua casa del abogado Don Adrian, quien siempre me dijo que estaba en la certeza, no se muy bien  el porqué, de que los Reyes Católicos habían dormido en su morada por aquello de que casi todas las puertas que había en la estancia llevaban como impresas en el centro cruces. Y empiezo lentamente a caminar mientras observo los vestigios que aun quedan de los tiempos ancestrales relatados. Y vislumbro que aun subsiste de aquel tiempo añejo una vieja y herrumbrosa ventana de madera en la antigua casa que hoy pertenece a los Manjavacas y las viejas portadas de chapa en las cocheras de Las Loritas. Giro hacia la Calle Máximo Laguna, llego hasta la casa infame de mi infancia, porque debo admitir y así lo hago que tengo una tendencia innata, debe se cosa de los años, de pasar por este lugar donde nací, me crié y hube de tener, y que cada cual lo tome por donde quiera, mis primeros devaneos adolescentes. Y triste, observo como a través de un balcón abierto a merced de lluvias y vientos se adivinan los andrajos colgantes de unas viejas cortinas blancas y el cabecero de la cama de la Tía María.  Todo es desolación y la melancolía con sus posos de nostalgia me invade cuando me viene al recuerdo el empeño que mi pobre padre tenía en comprar esa casa que, ahora herrumbrosa, contemplan mis ojos; empeño del que tuvo que desistir por motivos y cuestiones que hoy no vienen al caso y que hicieron que terminara sus días en la apacible tranquilidad y sosiego, no hay mal que por bien no venga, de uno de los pisos, que nuevos y a estreno, edificaron en la avenida de Pio XII al final de la década de los setenta.
     Me detengo frente a la esquina de Los Peñuelas. La misma en que la abuela del Cata vendía altramuces, guijas, pipas y hasta deliciosas chufas mientras observo el viejo caserón de los mencionados y recuerdo los años pretéritos en que sus estancias eran un bullir de criados y jornaleros, asuntos estos de casa grande. Casa grande que en el presente se derrite como el hielo entre estertores de abandono pugnando por no ser pasto de las palomas que desde hace años aposentan sus reales, como una plaga al más puro estilo de Los Pájaros de Hitchcock, por tejados, techumbres y recovecos.

     Empiezo a transitar por la calle de Cervantes que sigue siendo Real para todos los indígenas de la villa y que dicen que así se llamó en honor a los Reyes, antepasados de este que ahora nos desgobierna, porque la atravesaban cuando venían de cuchipanda y a buen seguro de orgía hasta el “real sitio” del Castillo de Mudela. Quien les cuenta estos sencillos aconteceres tiene más frescas en el recuerdo las venidas de Paco el de los pantanos porque se liaba un pifostio de guardias civiles que provocaba risa cuando al parecer de lo que se trataba era de pasar como de incógnito a tan funesto personaje. En el presente, y volviendo al relato de la calle, de Real le queda poco a tan noble travesía otrora plena de gentes a estas nocturnas horas y ahora salpicada solo por algún ocasional transeúnte. Ya les conté en algún relato perdido como bullía la muchedumbre por estos históricos lugares en los años de mi tierna adolescencia y primeros ardores juveniles y como también hasta citas y cortejos amorosos se daban mientras el rebaño entraba y salía del Bar de Luis, del de Mauricio, de La Campana o de Los Botas ante la premura de ir a visionar el último estreno cinematográfico en el cine del Patito o a jugar unas partidas de billar entre nebulosas de humo y olor a Peninsulares en los añejos futbolines del Chato. Pero esa es historia que será parida cuando engendrada sea….
      
     

jueves, 14 de noviembre de 2013

Una de Estefanía, con los Matutes de indios protagonistas.


    La librería de Matute forma parte del paisaje y el paisanaje santacruceño. A su sombra transcurrieron, y aun transcurren,  momentos inolvidables marcados a fuego en mi vida. Por ello de los dos Matutes, padre e hijo, es este escrito. Va por ellos.

     Marcial Lafuente Estefanía nació en Toledo allá por el año de gracia del 1903 y el mismo aseveraba confirmándolo, y con ello se da por sentado, en recuerdos y entrevistas, que empezó a escribir en un rollo de papel higiénico porque carecía de cuartillas y pluma, motivo por el cual tomo la decisión de usar como simples útiles para la escritura, por aquello de que no daban para más sus menudos bolsillos, de un simple lapicero y el papel que colgaba de un alambre en el retrete. Fue también oficial republicano en el frente de Toledo, por lo que al terminar la guerra, y siendo remiso al asunto del exilio, hubo de sufrir cárcel en contadas ocasiones, hecho este que le dio tiempo y holganza para desatar en su persona una pasión desaforada por la palabra escrita y novelada.
    De esta manera llegó a escribir más de dos mil seiscientas novelas ambientadas en el salvaje oeste americano, donde indios cherokees, apaches despiadados, aviesos sioux y otras especies por el estilo perdían batallas y territorios contra las tropas del siempre victorioso séptimo de caballería. Cuando se trataba de ambientes menos hostiles, bellezas de película servían whiskys a mansalva al forastero en los famosos salones de juego de los poblados americanos que, para mayor pompa y boato, portaban sobre su entrada principal el rimbombante nombre de “saloom”, mientras la ruleta trampeada y la baraja de póker con los ases marcados dictaminaban sentenciosas si ganaba la partida el vaquero apestoso, el villano de turno o el guaperas con dos colt calibre 45 colgados a ambos lados de la cintura.
     Miguel Matute Valcarcel tenía, y aun tiene, aunque regentada por su hijo con mayor apostura y señorío, ubicada en la intersección de la calle del Capitán Casado con la del general Perón, hoy de Esperanza Huertas, la librería FEYMAR, que todas y todas conocimos y conocemos. Por ella han pasado generaciones enteras de indígenas nacidos en el pueblo. Estaba y está, como ya hemos dicho, aunque ahora la gobierna con la cara lavada y el vestido nuevo su hijo y digno descendiente Miguel Fernando Matute Castro, que es, y siempre será, Miguelin para todos aquellos que anduvimos a su lado en pantalones cortos y con los mocos colgando.
     La librería de Matute era, en los añejos tiempos a los que voy a referirme, como la ferretería del Mortola, pero con el orden y concierto del que aquella carecía. Del techo de la trastienda colgaban todo tipo de objetos y cosas que vendibles fueran y que a su vez se diseminaban por cualquier rincón aprovechable y servible. Cuando un cliente despistado entraba en el local, este servidor por poner un ejemplo, a poco que el estar en Babia le acompañara, podía topar sin remisión con el viejo mostrador de madera en el que servidas habían sido generaciones enteras de nativos del lugar que criando malvas estaban, tropezando y mandando a hacer puñetas alguno de los múltiples fascículos que versando sobre cualquier tema o cuestión apoyados se encontraban en la base.
      Eran los tiempos, tan pretéritos y remotos, en que en boga estaba y era habitual el coleccionar todo lo que imaginable fuera como por entregas. Así, a lo largo de interminables semanas y meses, los españolitos de aquella España caduca reunían, con lentitud y parsimonia, los cuadernillos que juntos formarían una enciclopedia o las piezas que una vez ensambladas y unidas habrían de parecerse a algo que se parecía, pongamos por ejemplo, al acorazado Potemkim. Un servidor de ustedes, amigas y amigos míos, siempre fue reacio a estas cuestiones del junta y pega, de las que eternamente tuvo claro que eran un clamoroso engañabobos, por lo que el amigo Matute poco hubo de ganar en este asunto con mis aportaciones.
      En la tienda de Matute se podía llevar a cabo el trueque de las novelas de Estefanía, Zane Grey y Corín Tellado, por citar solo unos cuantos de los que a mi extinta memoria asoman. Esta última también causaba furor con un género, caído en estos tiempos en el desuso de la ortopedia, que era el de la fotonovela y que componía sus historias a través de los fotogramas postizos de actores y actrices que por entonces andaban en la cresta de la ola. Y como los exiguos capitales que adornaban los bajos fondos de los bolsillos santacruceños escasamente permitían que se pudiera afrontar la compra de aquellas fantasías llevadas al papel, los ejemplares pasaban prestados de mano en mano por módicos precios que ya ni recuerdo. Y es cierto también que con tan desmedido transporte terminaban adornados en su inmensa mayoría aquellos relatos de ensueño por usagres y manchas de cualquier procedencia o condición ya que pueden imaginar, amantísimos lectores, que cuando la trama subía de tono y el interés por el desenlace era cosa como de vida o muerte, bien podía el lector estar enfrascado en la degustación de un suculento plato de judías blancas o por el contrario hacerlo mientras las deponía en el corral trasero de la casa con el peligro inminente de que manchas aceitosas o de más dudosa procedencia adornasen, como a modo de un collage a lo Miró, las páginas vetustas de tan añejos relatos.
     Entrar en aquel cubil era, como hacerlo en el cine del Pato o en la tienda de Isaac Navarro, viajar a otros tiempos y remontarte a los años de Maricastaña viviendo sensaciones que parecían olvidadas. A veces, las más, cuando la desocupación que conllevaba el estar, como ahora, treinta y muchos años después, sin oficio ni beneficio, me hacia caer en el supino aburrimiento, encaminaba mis pasos hacia la librería  a echar la mañana y después la tarde al arrebujo de revistas y libros mientras parlamentaba con el dependiente de lo que a bien nos viniera en gana. Y se nos solía ir el santo al cielo, con lo que facturas y pedidos pasaban a mejor vida, máxime si para rizar el rizo aparecía por la estancia nuestro buen amigo y hermano Rafael Gracia Laderas quien, con las haciendas hechas o a medio hacer, solía llegar acompañado de algún litro de cerveza traído desde la tienda ultramarina de Santiaguillo que bebíamos acompañados de pasteles, los que portaba otro apreciado elemento del buen beber y yantar que por aquellos años perdidos, como el anterior, cursaba sus estudios de Derecho y que atiende por el nombre, cuando se le llama, de Juan Carlos García Sánchez. Bien es cierto que no solía ser esta cuestión que ocurriera todos los días, pero también habremos de decir que, fuera por mala suerte o porque el sumo hacedor ponía su mano para que las celebraciones no fuesen cosa de muy a menudo, solía aparecer por aquellos lares Don Miguel Matute padre para poner las cosas en su sitio y con la justa intención de mandar a cada mochuelo a su olivo, aunque tan escaso de convicción, siempre ha sido bueno en exceso, que igualmente terminaba comiendo de los pasteles.
     La librería de Matute, en aquellos años de memoria perdida, estaba en régimen de alquiler. El que pagaba religiosamente el susodicho a las hermanas Varela, dueñas del local y adictas, de manera casi enfermiza, a las revistas del corazón y más en concreto al HOLA que como todos sabrán siempre fue, y sigue siendo, portavoz oficial de los chinchorreos y acaecimientos que acontecen a la clase noble de la patria y de toda Europa entera, casta otrora ilustre y distinguida que hoy campa por caminos de descomposición con olores a putrefacto.
     Por ello los devenires y aconteceres de los miembros de la realeza europea y más en concreto de Rainiero de Mónaco y su noble estirpe descendiente, ¡que casta de armas tomar!, era asunto que le sorbía el seso a una de las hermanas mencionadas, que era coja de una pierna, hasta el punto de sentir como clavados en lo más hondo de su ser los pesares que acontecían a tan inmensa caterva de desorejados pendejos, y es por ello que no era extraño verla entrar, desaforada y descompuesta, por la puerta del establecimiento librero con el solo afán de contarle a Miguelin todo lo acontecido y pasado a las gentes de sangre azul, clamando hasta el desespero por las desdichas sufridas en las carnes de tan excelsas criaturas que, entre amasijos de cuernos, iban, como a salto de mata, transitando por los más nobles camastros del continente europeo.
     Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido y sería por ello que en el trasiego del ir y venir hubimos también de coincidir el susodicho y un servidor, junto con nuestras santas correspondientes, durante los avatares titiriteros del afamado Grupo Mudela aunque también es justo decir que igualmente coincidíamos en los bares entre cervezas y vino. Y me viene al recuerdo que hasta un síncope pudo sobrevenirle a la que hoy es su amantísima esposa la noche en que lo encontró dentro y reposando, al igual que el Conde Drácula en su lejano castillo de Transilvania, con cuatro cirios iluminando los costados y a buen cobijo cobijado dentro de la caja de contener muertos que Zacarías Nuño padre, carpintero y funerario del corral y las gallinas a perpetuidad, nos había donado sin obligación de vuelta para la representación teatral de AQUÍ NO PAGA NADIE.
     Dentro de las mantas. Dentro de las mantas estaba, era lo que tenía ser un pájaro nocturno, la mañana de frío Enero del año de 1995 en que un ruido de  cháchara y parloteo, el que traía la santa con las vecinas en el descansillo de la casa, me despertó de inmediato. Veloz y auguro, ya lo he olvidado, que de muy mala leche, hube de apresurarme a mirar por la mirilla de la puerta el motivo de tan inusitada alegría y cual no fue mi sorpresa al oír, como entre bastidores, que había “tocao” el gordo del Niño en el pueblo. Presto me dirigí hasta el televisor y buscando, cual explorador a la captura del oro en el antiguo oeste americano, con premura en el teletexto casi me desparramo ante la sorpresa de ver que era cierto que la villa y sus conejos resultaban premiados y más aún hube casi de fenecer del gusto al comprobar que habían sido mis dos queridos Matutes los repartidores del premio. El uno, en su casi extinta tienda de confección,  ya estaba por jubilarse, y el otro en el añejo tenderete librero  que más pronto que tarde y con el bullir del Dios dinero hubo de ser trasladado a lugar más holgado y espacioso. Aunque con el tiempo, y el fallecimiento de las dos hermanas citadas, hubo de volver con más apostura y señorío, pasó como de parto primerizo a criatura de ocho kilos, el citado tenderete al lugar de sus orígenes. Y esperando, por la cuenta que me trae, poder contemplar otras posibles mudanzas, aunque dudo de que a los citados les queden ganas de más traslados, sirva este humilde relato como homenaje y recuerdo de los hechos que acontecieron  al lado de tan buena gente degustados.  




                                                                  

miércoles, 16 de octubre de 2013

De unos hechos que pasaron y las anécdotas que, con el tiempo, quedaron.

    


     


     Hasta los grillos se oyen a lo lejos y en la cercanía voces desacompasadas parlamentan sobre los asuntos del campo, emanando en alto tono por los efectos etílicos del vino. No son tiempos en los que se consuman compuestos que con el pasar de las décadas habrán de hacerse habituales llevando casi hasta el ostracismo el dulce jarabe del Dios Baco. Así, como decíamos, vino, vermut y cerveza, junto con alguna copita de coñac o anís son las bebidas que en estos tiempos pretéritos se consumen en los bares que ubicados están en lo que aun es y será por mucho tiempo la Plaza del Generalísimo.
     Estamos en uno de esos meses estivales en los que el sol calienta las piedras de este terruño manchego hasta casi poder freír huevos en ellas y aun a esta hora, cuando la noche avanza pugnando por llevar a buen término el final de la jornada, un sopor invade los rincones recalentados como en una sopa de cocido. Hace tiempo que Bernardo, vendedor de petróleo y gasolina, cerró el puesto marchando hacia su casa junto a su esposa Isabel y en la cima de la plaza, a la que se accede a través de diversas escaleras puesto que está situada en las alturas, aun permanece abierta la caseta de bebidas del Manco El Tigre donde, como decíamos, dialogan y conversan los lugareños que la sed apagan con los caldos fabricados en las bodegas del pueblo bien sean de la de los Castros, los Moruscos, Cañaveras o Ramirez que a fin de cuentas da lo mismo puesto que solo se trata de ahogar las penas en vino. También hay algunos que mitigan y humedecen su ardoroso paladar con unas cervezas frías. Las que proceden del almacén de bebidas de Antonio Delgado, de la marca Mahou y que traídas son de Madrid por los hermanos Laguna Camacho en los desvencijados camiones que el anteriormente nombrado tiene puestos a su servicio. La bebidas, no son tiempos aun en que las neveras eléctricas anden en funcionamiento, son refrescadas con el hielo que procede de la fábrica de Manolo Piña que también vende una marca de cerveza, Skol, que no degusta ni Dios porque tiene fama de ser tan mala como la quina.
      En los soportales del mercado municipal, hace poco inaugurado, esperan, aunque se torna tardía la hora, como soldados a punto de entrar en batalla para ser ocupadas, las mesas y sillas del Bar La Campana donde también se adivinan acodados en la barra unos cuantos clientes tardíos. Las aspas de los ventiladores que cuelgan como espantajos del techo giran cansinamente en la misión de expeler un aire que ni dan, ni se le espera. Algunos muchachos corretean por los aledaños de la plaza. Suben y bajan por las escaleras a velocidades de vértigo azuzando con un palo viejas cubiertas de ruedas de bicicleta, practicando los sencillos juegos que se dan en estos tiempos de esparcimiento a bajo costo y pantalones remendados. Y es así como en un descontrol sin mesura de los tiernos infantes que por el lugar corretean, una de las ruedas va ha de dar justo entre la entrepierna del guardia municipal que dormita sentado en una vieja silla de madera en la puerta del Ayuntamiento. 
     Da un respingo mientras se caga en el sumo hacedor, son tiempos de supino analfabetismo, en los santos varones y hembras que coronan las alturas y soltándole un puntapié en el trasero al infante que huye despavorido, introduce la mano en el bolsillo de la guerrera sacando del fondo un paquete de cigarrillos Peninsulares del que extrae uno que habrá de colocarse en la comisura del labio inferior como con cadencia y regusto. Saca el “menchero” de mecha, que larga y trenzada cuelga como casi dos palmos, y golpea con fuerza el chisquero hasta que un ascua candente se adivina. Enciende parsimonioso el pitillo mientras observa a través de la ventana, al trasluz de una bombilla de escasas bujías, como el compañero municipal que le acompaña en la guardia dormita y ronca a brazo partido, aunque después dirá que de centinela estuvo, a la puerta del calabozo donde duerme la borrachera un transeúnte que llegó, harto de andar y de vino,  desde el pueblo de Torrenueva.
     Por aquello de estirar las piernas y desperezar la modorra empieza a caminar y camina hacia la Avenida de Pio XII y despacio, masticando el poco aire que se ventea por los rincones, pasa ante el cuartel de la Guardia Civil donde se adivinan luces y se oyen voces en alto. Pasa de largo, como ahuyentando un mal augurio, y como quien no quiere la cosa llega hasta los aledaños de la Iglesia de la Asunción mientras a lo lejos, no son tiempos de muchos desmanes circulatorios, se adivinan los faros de un coche que renqueando y entre estertores se acerca  y aminora la velocidad al llegar hasta su altura. Es un Gordini, auto siniestro que porta el motor con el que mueve las entrañas en su parte trasera, motivo por el cual cuando adquiere velocidad y toma una curva sin mucho control, parecer parece avión en vez de auto provocando con ello multitud de siniestros y decesos por lo que se le ha dado en llamar, con precisa precisión, el coche de la viuda.
     Lo ocupan dos ocupantes que vienen como perdidos. Hacen una señal al guardia y mientras este se acerca baja el conductor con lentitud el cristal de la ventanilla y saluda:
-         Buenas noches
-         Buenas noches tengan “ustes”, - le contesta el municipal -, ¿en qué les puedo servir?
-        ¿Nos podría usted indicar dónde está la Casa Consistorial?
A lo que el agente con la cara demudada y los bríos desatados contesta imperturbable y severo:
-    Este es un pueblo decente. Si buscan de eso, se dan media vuelta y marchando “pa” Manzanares.

sábado, 28 de septiembre de 2013

En una noche de Otoño

   

    Hoy siento de nuevo la llegada del otoño, cuna de los sentimientos. Velos grises en el cielo santacruceño lo anunciaban poco después de la alborada. También habré de reconocer que con anhelo lo esperaba. Uno siempre fue amigo de estos días lánguidos que parecen morir estando en pie y que, fíjense el sinsentido, me insuflan ganas de volver a retomar las aficiones de las que gusto y es por ello que he vuelto torpemente y como el hijo pródigo, un servidor no es mecanógrafo aventajado, al asunto de la escritura. Ahora les cuento el cómo, con su donde.
       En estos tiempos de recesión sin límites al menos habremos de reconocer que estamos bien informados. Sobre todo con esto de la red de redes que lo mismo hace posible el hecho de saber de qué manera puedes, sin tener ni pijotera idea, hacer un pisto manchego o ahorcarte en la viga maestra de un cortijo con el menor sufrimiento. Y no se espanten, queridos y queridas míos, que ya les supongo pensando que a un servidor de ustedes se le fue la pinza y le dio por quitarse de en medio, y no, aun no ha llegado este pobre mortal a tan desaforados propósitos, pero si es verdad y he de reconocerlo que cada día siento más asco del mundo que me rodea. Y lo siento porque cada vez son más las razones que me hacen pensar que en este corral de chorizos, el que es de cantimpalo y tiene clase sobrevive sin deterioro alguno y al que es de humilde fabricación casera le dan palos por un tubo.
     Decirles que me encuentro placenteramente sentado en el porche del  patio de casa. Apenas son pasadas las doce de la noche y respiro un aire húmedo, tranquilo y muy apetecible. Como se anunciaba, ha empezado a llover y ese olor que desprende la tierra mojada inunda todos los rincones de la casa. Será por ello que, después de semanas sin que la luz de las musas asomase por mi mente obtusa, algo hubo, y es el otoño que siempre me cautiva, que hizo que la mecha del intelecto prendiese de nuevo.
     Empecé el día que agonizó con diversas tareas pendientes. La primera de ellas era y seguirá siendo la de pasar por la sala de rehabilitación del consultorio médico para ver si consigo enderezar en algo el rumbo de mi maltrecho hombro. Ese, que en un día de ducha y canto, andaba Sabina en medio,  y después de hacer patinaje artístico sin el deseo de hacerlo, hube de desarticularme en el baño hasta dejarlo hecho unos zorros. Y, entre otras cosas, sufre ese deterioro porque el día en que el médico de cabecera mandó que, después de cuarenta días con sus cuarenta noches, hiciese la oportuna recuperación opté por pedir, pobre de mí, el alta voluntaria, no fuese a pasar, que después pasó sin que nada ni nadie lo remediase, que se pensara que un servidor estaba como a la sopa boba, sin querer dar golpe y le echasen con cajas destempladas de su labor cotidiana.
     La segunda tarea encomendada era la de volver a pasar por el Instituto Gregorio Prieto sito en la cercana villa de Valdepeñas para intentar, y ya iban unas cuantas, de una puta vez,  y perdonen el desafuero, que se formalizase la matrícula de mi primogénito en sus nuevas tareas escolares. Ya les supongo sabedores de que en estos tiempos que corren o te manejas medianamente bien en la red de redes o te dan literalmente por donde amargan los pepinos sin compasión alguna. Les aseguro que tengo lastima de la gente que o llegó tarde a esto de las nuevas tecnologías o se siente incapaz de dar paso alguno en esta materia. Vivimos en un mundo donde lo personal, ese funcionario al que cientos de veces pusimos cual hoja de perejil, habrá de pasar más pronto que tarde al baúl de los recuerdos y a cambio solo tendremos, como en el caso que me ocupa, un programa informático, que escasas veces funciona y mil veces te pone de los nervios, para presentar documentos, solicitudes y quejas.
     La tercera tarea era la de pasar, que la pasó, la ITV al Megane que lleva portando los traseros de la familia Navarro Delgado, y demás parentela, durante casi veinte años. No ahondaré en contarles los deterioros que sufre el vehículo mencionado porque sería asunto de tontos, pero cierto es que después de dieciséis años de mala vida no anda su osamenta para muchos trotes. Por ello, pueden imaginar que llegado el día en que debe pasar por los rayos X me entra como un tembleque de padre y  muy señor mío pensando, aunque gracias a Dios nunca se dio, que sean capaces de devolverlo como toro que no sirve a los corrales dejándome compuesto, sin auto, y obligándome a tomar la decisión, muchas veces demorada, de adquirir un carro nuevo, asunto este que dado el uso que a la vez le doy al carricoche en cuestión no merece la pena y solo me planteo muy como de vez en cuando.
    La cuarta misión era la que a mi santa, que me servía de compaña, le pone los nervios de punta y capaz es de erizarle los pelos del mismo culo y trataba del pasar, había requerimiento escrito, por la Delegación de la Hacienda pública. Y no les cuento, porque sabrían de más, los exabruptos incontenidos que es capaz de decir y hasta vociferar la madre de mis hijos cuando la solicitan para este menester. Un servidor le pide que se contenga mientras grita, para afuera y sus adentros, que anarquía, que ya está bien de chorizos, y hasta lleva razón, que se llevan los cuartos a mansalva sin pudor ni temor alguno, mientras requieren que se presente a careo un pobre diablo como el que escribe, sin oficio ni beneficio, por un asunto que al final se queda por insustancial en agüilla de borrajas.
     El siguiente cometido, ya ven que fue completa la jornada, era el de pasar por Las Virtudes y darme durante unos minutos a la cuestión del bricolaje reparando los destrozos que se suelen dar en las casas deshabitadas. Y fue este el momento más placentero del día. Las nubes, como de plomo derretido, cubrían el cielo y un manto gris arropaba el horizonte, envolviendo esa extensión mil veces vista y apreciada que se pierde entre los cerros que rodean la Chaparrera.
     Y son, amigos y amigas míos, casi las dos de la madrugada cuando pretendo dar por concluido este escrito. El frío irrumpe en mi cuerpo entrando por los mismísimos talones y pugna por erizar los pocos pelos que aun mantengo sobre mi oronda cabeza. El árbol, una morera, que tengo frente a mis clamorosas napias mece sus hojas como un abanico desvencijado y el perro Bruno, que es astuto y sabe de qué va este cuento, hace rato que optó, pensando que me falta un tornillo, por meterse dentro de la casa y dormita tendido sobre el suelo de la cocina. Por ello, y en el temor de coger un tardío resfriado veraniego, queden en paz y sean e intenten ser felices, aunque ya saben que para ello, para tratar de llevarse bien con la felicidad, no debieran jamás de viajar mentalmente y menos aun en presencia y como en segundas nupcias, al lugar donde con anterioridad felices a su vez fueron, porque las historias que recordamos gratas, lo queramos o no, raramente se repiten.



martes, 3 de septiembre de 2013

Lento pasar del año en Las Virtudes





      Estando cercano el día de la patrona, fecha en la que todos los habitantes del corral y las gallinas venideras, apreciadas y queridas, habremos de ir en romería procesional hacia este venerado lugar, digo yo que es buen momento para extraer del baúl de los recuerdos la humilde poesía que hube de componerle a tan adorado paraje. Mientras, esperemos que las musas no sigan pasando de mí ...



Está cambiando el paisaje, tonos y colores nuevos

los valles, campos y cerros se olvidaron del invierno.

Ahora la tierra es más tierra, el cielo azul es mas cielo

y el día sea va alargando, hasta parecer eterno.

Las amapolas florecen, viste el árbol su esqueleto

para que el pájaro anide y encuentre la sombra el perro.

El rosal llama a la rosa y el gorrión a sus pequeños

cae el agua del Pilar, navega por los regueros

de alameda en alameda, por entre arbustos y setos.

Llegó, pues la, primavera, tiempo de renacimiento.



Ese sol, ese sol que germina entre los cerros

que se cuela por encinas, entre piedras y romeros

candente, quieto en el cielo, iluminando senderos

cubriendo de luz chaparros, los nidos de los polluelos

¡que lento va el caracol!, entre las hojas del seto.

Sobre peñas los lagartos, aman este sol de infierno

la boca abierta al calor, inmovilizados, quietos.

Las golondrinas viajeras anidan en los aleros

los grillos entonan sones orquestados y diversos.

Todo lo envuelve el verano con tonos de luz y fuego.



Esa lluvia, esa lluvia que golpea los tejados

                                    Embarrando los caminos, inundando los pedazos.

Esa lluvia que viaja por los cristales, que golpea en las ventanas

que lava los peñascales y llena de agua el arroyo

que corre por las canales y se oculta entre las piedras

dándole vida al paisaje en esta tarde de otoño.

El árbol se nos desnuda y sus hojas caen al suelo

ahora los días son grises, de plomo se viste el cielo

que gime en un canto sordo de relámpagos y truenos

para anunciar que es otoño, cuna de los sentimientos.



El frío ha calado hasta los huesos

y los chopos han mostrado su esqueleto

las encinas perduran en el monte

resistiendo los envites del invierno.

La Chopera viste un blanco inmaculado

con las copas de los árboles nevadas

y el Pilar sigue echando agua del chorro

entre cimas de cerros blanqueadas.

Es invierno en Las Virtudes y en el fuego

arden leños crepitando entre las llamas.