Como mandamientos:

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

A veces uno sabe de que lado estar simplemente viendo los que están del otro lado.
Leonard Cohen

domingo, 24 de julio de 2011

De cuando fuimos titiriteros... ( Los Buenos Días Perdidos )

    
    
   Pretendo hurgar en los recónditos rincones de la memoria para viajar a los tiempos en que fui titiritero. No vayan a pensar los lectores que, con esto de haber cumplido el medio siglo, chocheo y desvarió si afirmo y doy fe de que fui actor, viví el éxito, la celebridad, y gocé de popularidad en la “cercana” década de los ochenta aseverando que llegué a ser,¡créanme!,famoso, aunque solo fuera entre los límites que marcan los cuatro puntos cardinales en el principio de la carretera de Bazán, la tejera de Asclepíades, el calerín de los Quitolis y la granja de pollos y cochinos de los Vélez.

    Intentare contar en este apartado de cuentos y chismes lo que a bien sea y pueda recordar de aquel devenir de gratos sinsabores. Para ello, amables lectores, apelando una vez más a la salvaguarda de mi escueta memoria habré de pedir que por carta, telegrama, telefónica llamada, fax o algo tan novedoso como eso que llaman email y un servidor denomina Emilio, me hagan saber los que a mi lado compartieron tan gratos acontecimientos, anécdotas, vivencias y hechos acontecidos que iluminen la gris materia de mi sesera. 

     Apelo para ello a la sabiduría y buen hacer de mi amigo José Testón, que con probadas dotes de maestro comenzó está historia por su final y le insto a que retome la misma por el principio, que el escribidor desconoce, mientras él y su querida hermana la vivieron en sus carnes. Me refiero al estreno triunfal de Los Palomos, obra de Alfonso Paso, con la que levantaron el telón de un sueño, el del principio de las andanzas del afamado y aplaudido GRUPO TEATRAL MUDELA, y con la que, si el vago recuerdo no me traiciona, llegaron a actuar en el prestigioso Corral de Comedias de Almagro, cuna de artistas y compañías, lugar sagrado para el arte de Talía.

     Momento es llegado de empezar y dar comienzo a esta crónica titiritera, para decir y dejar constancia de que la primera obra estrenada en el renacido peregrinar del GRUPO MUDELA fueron Los Buenos Días Perdidos, original de Antonio Gala, que había sido estrenada con vítores y éxito en el Teatro Lara de Madrid un 10 de Octubre del año de gracia de 1972. Hemos de decir, en honor a la verdad, que el elenco de actores de los que disponía el desharrapado grupo era escaso. Corrían tiempos en los que mili, estudios y asuntos varios habían desperdigado y esparcido a los actores y actrices por diversos lugares del suelo patrio; por ello se hubo de buscar obra de pocos personajes y la nombrada vino como anillo al dedo, ya que solo constaba de cuatro papeles de vital importancia, uno como de paso y volandero, y de un pájaro, que, por aquello del cuidado, manutención y subsistencia, disecado estaba en una jaula.

 


     


       

   Dieron comienzo los ensayos en la que por entonces era la sede y emplazamiento del teatrero grupo, la casa de Acción Católica, lugar variopinto y de variados usos a lo largo de su prolífica existencia, ya que por ser, había sido casino en los añejos tiempos que precedieron a la guerra, cine club de culto al que iban cuatro gatos sibaritas a visionar películas de Bergman, Buñuel y quien sabe cuántas cosas más, siempre, eso denlo por sentado amables lectores, que estuvieran dentro del beneplácito y la condescendencia de quien era dueña y señora del inmueble en cuestión, que era y sigue siendo nuestra santa madre Iglesia.

     Digo pues, y dicho queda, que como a trancas y barrancas, con episodios varios, la obra avanzó y se fue fraguando bajo la dirección, es un decir y por llamarlo de algún modo, de Juan Galván alias “Jaito”, que Dios tenga en buen lugar, quien triplicando en años y zorrerías a los comediantes antes mencionados, elegido fue por mayoría y aplastante quórum, director del proyecto y conductor de la nave, aun a costa de aseverar ante cualquier compungido actor o actriz, si llegaba el caso, que perdido se hallara en sus dotes interpretativas y que como a modo de plegaria interpelaba a su sabiduría para salir del atasco, aquello del  “ a esto hay que dale, hay que dale”, como única solución y remedio.



      

    

   Aun así, con ratos buenos y malos, el proyecto vio la luz y se estrenó un 21 de Agosto del 1984 a las nueve y media de la noche, en las postrimerías de un verano que debió ser, ya no me acuerdo, como todos los de esta manchega tierra, caluroso y demencial. Con un lleno a reventar, en el vetusto salón de la susodicha casa, donde toses, sudores, humo de cigarros y efluvios varios se mezclaban en el aire llenándolo de variados olores y tufos, entre vítores y aplausos hicimos realidad un sueño y por una noche la visceral Carmen fue Doña Hortensia, la María se convirtió en Consuelito, Don José Testón en Cleofás y Antonio Laguna en Lorenzo, con el paso breve por la escena de Rafael Gracia convertido en Don Genaro. De las luces, que eran pocas, como cada vez y siempre, estuvo pendiente quien esto escribe e hizo de apuntador, a quien perdido se encontraba, desde la concha del maltrecho teatro,un actor en ciernes llamado Gregorio Márquez, (… ¡qué coño!, El Pavo), mientras los muebles y aparejos de la obra fueron prestados por Domingo Lozano.

     Acabado el día de tan celebrado estreno y saboreadas, en olor de multitudes, las exquisitas mieles del éxito, cual no debió ser nuestro asombro cuando por calles, bares, tascas y tabernas los pobladores y conocidos del lugar nos felicitaban efusivos estrechándonos la mano, dándonos desaforados besos o abrazándonos con inusitadas energías, haciéndonos sentir, como digo yo que deben sentirse, estrellas tan celebradas como lo son, allá por Hollywood, Robert de Niro, Al Pacino, o incluso la extinta y tristemente desaparecida Marilyn Monroe.

     Al éxito sobrevenido se le añadió el pensar, con acierto, que al asunto de la farándula se le podían sacar sus buenos cuartos y es por ello que con premura hubimos de buscar modos y maneras de darnos a conocer en los pueblos y aldeas aledaños o en circuitos teatrales, invirtiendo, acertadamente una vez más, los cuatro duros ganados en un escenario, ¡metálico y desmontable!, que tenía por paredes sabanas de muselina y como puertas dos planchas enmarcadas de cartón piedra.

     Así, de esta guisa, arribamos en el lejano pueblo, allá por los límites de la provincia en el este, de Villanueva de la Fuente, donde por no llevar, ni llevamos escalera en la que subirnos a montar luces, telas y demás aparejos, dado lo cual decidimos, apelando a la hospitalidad de los lugareños, ir a pedir un caballete, que es como comúnmente denominamos en el pueblo a las escaleras abatibles por ambos lados, a la primera vecina que nos salió al paso, que solícita y amable nos encaminó a su casa y nos subió “pal” piso de arriba, donde guardaba entre trastos y armatostes, el caballo de cartón en que le dio las primeras papillas a su primogénito hijo. Deshecho el malentendido y agradecidos de igual modo, dimos paso a la actuación en la plaza del municipio con poca asistencia de personal, lo que nos vino a dar a entender y a vislumbrar con claridad, que con nosotros el sabio refranero se equivocaba puesto que éramos y de qué modo profetas en nuestro amado terruño.

 

     

     

   La siguiente etapa estuvo situada en el manchego pueblo de Abenójar, donde dice el dicho, que el escribidor no tiene por cierto, que toda la que no es p…., es coja. Perdónenme los hijos del lugar que estas escuetas palabras pudieran leer, si ofendidos se sienten por lo que de ofensa pueda tener esta apreciación, pero bien saben, aunque sea una falacia, que nuestro rico refranero recoge este dicho que dicho queda. Fue la plaza de la villa, una vez más, el lugar escogido por las autoridades para la representación de la comedia y allí conocimos a la Enriqueta, encargada del añejo teleclub donde las gentes del pueblo observaban pasar la vida y madura solterona que dejó encandilado, sin más, a nuestro director Jaíto, que por primera vez, en ese menester era maestro de sutil hacer, no hubo de negociar el precio de la actuación, que venía de antemano establecido, más si consiguió que la intendencia y el avituallamiento traducido en chorizos, morcillas, platos de jamón, queso y productos varios del lugar, regados con su correspondiente tintorro nos saliesen gratis o de cuello, como solemos decir por estos pagos.

     La representación estuvo jalonada por los efectos que causaron los efluvios etílicos de uno de los actores en escena, a quien la dosis de whisky ingerido de antemano hizo dar algún traspié tambaleándose y haciendo caer la percha que llena estaba de ropajes y utensilios, mandando la estantería en que depositados estaban los productos peluqueros, mismamente a donde se fue a parar el carro del Bizco, (o lo que es igual, a tomar por…).

     El siguiente hecho reseñable, observen los apreciados lectores, que para ser el principio de la historia y teniendo el recuerdo vano, no faltan asuntos que contar, fue la actuación que nuestro representante “El Barbas”, con la ayuda inestimable, una vez más, de Jaito, hubieron de contratar con el Ayuntamiento para actuar en un circo que anclado estaba, por ser las fiestas del lugar, en el real de la feria. Quedó todo convenido, para un domingo a las doce de la mañana, con la salvedad de que el montaje de los trastos escénicos debía hacerse, con brevedad y premura, un rato antes de la actuación, para no alterar la placidez del sueño de las famélicas fieras que en sus jaulas se encontraban. Imagínense amigos, un día de agosto, frisándose  el mediodía y bajo la lona del circo, la temperatura que tener tenía el lugar en cuestión y podrán imaginar con acierto y prontitud, que sofocos, jadeos, opresiones y ahogos se apoderaron de nuestro ser, poco acostumbrado a tan circenses condiciones de vida, dejando plantado al ruinoso empresario en cuestión y volviendo sobre nuestros pasos a la casa de Acción Católica , donde dio comienzo la función cuando el reloj se acercaba a la una de la tarde, entre añoranzas de un gazpacho y una buena pipirrana, regados con vino tinto de la bodega de los Moruscos.

     Levantado queda el telón, para la próxima, que es y será el multitudinario estreno de La Casa de las Chivas, pero esa es otra historia, otra fábula alejada de la ficción. 

 





 


lunes, 11 de julio de 2011

De casas, mansiones y de las inclemencias que habitaban en sus rincones.



       




     La casa de mi infancia era sombría y a ella se accedía a través de una escalera estrecha y empinada que conducía hasta un descansillo en el que había dos puertas que permanecían abiertas de par en par durante todo el día. La del lado izquierdo daba a un salón desde el que te miraban imperturbables, habitando cuadros adornados con marcos recargados y churriguerescos, los progenitores de la Tía María que observados con mis ojos de tierno infante daban como miedo y repelús. También había en la estancia un armario de enormes dimensiones en el que se debían de amontonar, aunque nunca lo supe con certeza, abrigos de cuando la guerra de Cuba y chaquetas con sus camisas azules de la Falange, partido único del régimen que durante décadas había hecho furor y por entonces había dejado de tener importancia y significación. A través del mencionado aposento, donde también estuvo  la primera televisión que hubo de entrar en la casa, pasaban las mujeres que iban a emperifollarse el pelo en la peluquería que regentaba mi madre. Las había de todos los tipos. Unas altas, espigadas y de hermosa silueta y otras, orondas y rotundas, de pechos poderosos que se bamboleaban como globos mientras subían los escalones agarrándose a un gastado pasamanos de madera que predecía el tiempo crujiendo en las épocas de lluvia por la inclemente acción de la humedad. Y era allí, en el primer piso de la casa, donde estaba ubicada, por llamarla de algún modo, la vivienda, que tenía los suelos salpicados de  baldosas pequeñas y cuadradas, de múltiples colores y variados ornamentos. Llegado el invierno hacía en la estancia un frio que calaba los huesos y congelaba el alma. Sin un solo cuarto para el aseo y el lavado cotidiano el asunto de la higiene corporal era una tortura ante la posible lotería de pillar al vuelo una pulmonía a la que solo estábamos abocados cuando era estricta, por olores despedidos y mugres acumuladas, y necesariamente necesario. La llevábamos a cabo en una camareta que había en la parte trasera de la vivienda. Allí estaba situado también el bacín de porcelana, que era como un orinal alto y de considerables dimensiones usado en aquel tiempo de musarañas en el que, por faltar, faltaban hasta retretes, y donde cada cual hacía sus necesidades cuando lo tenía a bien y necesitaba. Puertas y ventanas se hallaban repletas de rendijas por las que pasaba el inexorable frio. Frío que combatíamos con braseros de picón, que provocaban un tufo de mil demonios robando el oxigeno en las estancias mientras estimulaban vahídos,  mareos y desmayos que llevaban casi al otro mundo a los que con las piernas llenas de cabrillas, con las sallas de la mesa levantadas, en ellos se calentaban. A veces, cuando la temperatura llegaba casi hasta bajo cero y los témpanos de hielo colgaban desde los herrumbrosos tejados se encendía, en el colmo del derroche, lo que llamaban la placa,  que era un armatoste de hierro fundido que tenía dos trampillas superiores que llamaban  fogones por las que engullía carbón y un depósito en uno de los extremos para almacenar el agua que, milagro menesteroso, en caliente se convertía con el pasar de las horas del día y que resultaba insuficiente para el lavado de los cacharros y el raspado de las  mugres almacenadas por lo que en las noches frías calentaba agua mi madre en un infernillo de petróleo que desprendía un olor repugnante que invadía sin misericordia cada estancia de la casa y con ella llenaba botes vacíos de plástico que anteriormente habían contenido lacas, champús o cualquier compuesto utilizable en su humilde peluquería para colocarlos a los pies de las camas y evitar con ello el entumecimiento de dedos y articulaciones. Y aquello resultaba como una bendición caída del cielo porque era tanto el frío que allí hacía que cuando respirábamos parecía que salía por nuestras fosas nasales el humo de un puro habano. La niñez es un pasar que nos marca a fuego para toda la vida y tal vez por ello, por todo lo acontecido en el amanecer de mi existencia, me viene la afición por la conversación y la tertulia.
     Habitaban en la casa gentes de avanzada edad. Mi padre, en el colmo de sus desgracias, había quedado huérfano siendo un niño por lo que adoptado fue por su tío Rafael, casado con la Tía María, mujer experta, como veremos, en mandar al otro barrio a aves de variada pluma, y que era buen zapatero, mejor persona y adicto al régimen de Franco hasta reventar. Mi madre había entrado siendo una niña como criada en la casa y tal vez por aquello de que el roce hace el cariño, vayan ustedes a saber, había terminado casándose con el señorito, por decir algo, que era mi padre. Eran años de carestía y contaba mi progenitora que solía pasar hambre en demasía puesto que desayunos, comidas y cenas eran asunto de carácter escueto y ración breve. Será por ello que siempre me viene al recuerdo la foto que guardada tenía en lo más hondo del armario, una que de recién casados les había hecho “El Canario” en su estudio de La Puente y en la que se apreciaba a la pareja en cuestión, por algún conato de asombro o por las acción de aquellos años de ardua subsistencia, con  los ojos muy abiertos, las facciones  desencajadas  y un mirar como de desvarío.
     A veces, cuando recuerdo aquel tiempo, me parece que ha transcurrido una eternidad cuando solo han pasado unas décadas. Los años pasan, transcurren con aparente lentitud y nos van aplastando inmisericordes bajo su peso. He dicho que durante el largo invierno manchego aquella morada se asemejaba a una inmensa cámara frigorífica. Había un triste zaguán que daba a una terraza descubierta y cuando mi madre, en las gélidas mañanas de Enero, fregaba el suelo quedaba este de inmediato cubierto por una delgada capa de hielo con lo que resulta fácil adivinar que transitáramos por el sufrido existir como acorchados, anestesiados y siempre entumecidos por aquellas temperaturas extremas.
     Se dice en el presente, alimentando razones que tienen que ver con lo que llaman cambio climático, que no hace el frío, ni tampoco el calor, de aquella época y a mí se me ocurre pensar, en contra de este parecer, que con las actuales calefacciones y aparatos de aire acondicionado, causantes de resfriados eternos, somos incapaces de sentir las inclemencias del tiempo que, en esta tierra manchega tan extrema, hacía otrora que las estaciones del año se hicieran interminables. Aquí parece que pasado el 8 de septiembre, día de nuestra excelsa patrona, llegado es el final del verano. La gente se encoge, las terrazas de los bares se quedan desiertas y el parque se torna un desierto aflorando un sentimiento monacal y de recogimiento que invade el ser de todo bicho viviente. Entonces, si hay suerte en esta tierra por la sequía castigada, aparecen las primeras lluvias y, como en un sagrado rito, abro el paraguas, que habré de olvidar sin remisión en algún bar, y paseo sin rumbo por las calles entre murmullos de chaparrón y balbuceos de charcos y pisando el agua voy de un lado para el otro mientras siento sobre mi cabeza un cielo gris como el plomo.
     La casa estaba salpicada de altos y bajos, desniveles que se salvaban con múltiples escalones y que mi padre maldecía cada vez que los subía o bajaba apoyado en su garrota. Mi progenitor era cojo. Le había atacado una parálisis infantil a los pocos meses de nacer y como aquel era un tiempo, al principio de los años treinta, de medicina poco experimentada y vacunas inexistentes para el remedio de estos males hubo de vivir con la conformidad, a veces inasumida, de portar una extremidad más corta que la otra, asunto este que intento remediar en un hospital cordobés donde hubo de conocer al afamado Jorge Negrete, cantor de rancheras mexicano que hacía furor en aquel tiempo, y de donde más pronto que tarde salió poniendo pies en polvorosa ante la escasa convicción en su eventual cura. 
     Por el contrario, los veranos en aquella residencia resultaban tan calurosos que parecía que estuvieras de día, y hasta en la noche, como cociéndote en sopa por lo que fue acontecimiento celebrado la compra de un ventilador en la tienda de Manolito que vino a calmar la acción de aquel calor despiadado y más aún lo fue, aquí casi avisan a los palmeros, la adquisición de un frigorífico en la tienda de David Laguna Rodero que resultó milagroso porque siendo mi ilusión la fabricación de helados, por llamarlos de algún modo, de naranja y de limón con gaseosas de La Casera, llenaba unos moldes pírricos diseñados para aquel menester y esperaba sentado a la puerta de aquel maravilloso aparato el momento en que el brebaje cuajase para saborear su frescor.
     Las cervezas Mahou, las gaseosas de La Casera, la Pepsi Cola y las Mirindas eran compuestos que se vendían en la planta baja, en el almacén de bebidas del Tío Antonio que era el hermano menor de la Tía María y contaba mi madre que años atrás y con anterioridad había estado ubicado en aquel mismo lugar el cocedero de Enrique que fabricaba magdalenas y otros compuestos confiteros y que fregaba los moldes de hacer las cochuras en la pila que había en el patio y que nada tendría de extraño ni de particular si no hubiese sido porque el buen hombre se daba en  usar para ello el mismo estropajo con el que lavaba los orinales y bacines en que hacía sus necesidades pensando seguramente que, de una manera o la otra, a los cien años todos habrían de estar calvos.
      Bajando por la escalera que había en el patio de se llegaba hasta la cueva. Allí colgábamos los jamones que con anterioridad se habían salado dentro de unos cajones cubiertos de sal  con un montón de piedras encima. Eran el producto de la matanza del cerdo y nunca después ha saboreado quien esto escribe perniles como aquellos veteados de tan sonrosado tocino  que harían las delicias en el presente de paladares que, creyéndose exquisitos, no saben lo que comen. Tenía la cueva un pasadizo que en las épocas de lluvia se inundaba y que  en verano, a resultas de esa humedad, conservaba una temperatura deliciosa. Por ello, en el suelo, había siempre refrescos y cervezas de los que se vendían en el almacén y era entonces, en aquellas insufribles tardes de caluroso estío, cuando bajaba sigiloso, acompañado de mi madre y como dos sombras nos deslizábamos por la cueva en el afán de calmar nuestra sed, hecha ardor y harta de agua del grifo, con el frescor de un par de Mirindas, manjar de dioses destinados en aquel tiempo al uso común de más exquisitos y pudientes paladares. Allí, a hurtadillas y como quien comete un delito punible, degustábamos tan delicioso brebaje que después, cargados de culpa y asediada nuestra conciencia por tan “ruin” pecado habíamos de ir a pagar sin tardanza al Tío Antonio no fuera a ser, decía mi madre, que Dios nos castigara y ardiéramos en el infierno por coger lo que no era nuestro ni nos había sido concedido.



sábado, 25 de junio de 2011

Por dignidad


    La historia pertenece al baúl de la imaginación y tiene su origen en la participación del concurso de narrativa del colegio de Amparo. Había que presentar un relato que versara sobre algo relacionado con la discapacidad y las musas me trajeron a la mente esta narración ficticia. 
     Con ella me despido y os dejo por unos días. Los que estaré bajo el pérfido sol de Torrevieja tostándome  cual hamburguesa en barbacoa playera. A la vuelta lo venden tinto.




      Cae con fuerza la lluvia. El cielo gris, como de plomo derretido, es un manto que parece cubrir el universo. Esta amaneciendo; apenas asoman las primeras luces del alba, cuando como cada día, abrazado a la odiosa manía de un cigarro impenitente, observo a través de la ventana el nacimiento de una nueva alborada. Las ramas de los arboles dibujan imposibles posturas de improvisado contorsionismo, azotadas por un viento que ruge amenazando con desmembrarlas, despedazándolas sin piedad, inmisericorde.
     Rutinariamente, como cada mañana, enciendo el ordenador con el hábito adquirido desde hace tiempo de leer las primeras ediciones de los periódicos matinales. Viajo así, cual mariposa de flor en flor, por la distinta visión que de las mismas noticias tienen distintos diarios. Lo que para uno es blanco, para el otro es negro y de esa manera llego a la clara conclusión de lo fácilmente maleable que es el ser humano, de cómo el hombre puede llegar a ser un lobo para el hombre. En esas divagaciones me encuentro, leyendo noticias de guerras y desastres, pensando lo poco que el ser humano ha aprendido a lo largo de siglos, cuando la puerta se abre y una  silueta se dibuja en la incipiente claridad de la mañana; se acerca, me sonríe y con ternura me besa; cada día, esta sagrada devoción se repite y cada día también, me sale del alma devolverle un te quiero observando como sus ojos rasgados bailan y  trenzan cabriolas de alegría en la mirada.
     Es Beatriz, mi pequeño tesoro, la flor que en este día cumple diez primorosos años. Por ello, atrayéndola hacia mi pecho y dándole un abrazo, le deseo un feliz cumpleaños y entonces, con su innata ingenuidad me pregunta si la quiero y ante mi aparente perplejidad insiste en querer saber si la he querido siempre.
     Diez años antes, otra mañana gris de febrero, el mismo día, -- en estos lugares del norte peninsular, esta época del año es tan bella como desapacible-el agua rompe sin piedad, con inusitada fuerza contra los escarpados acantilados que bordean la sinuosa carretera que une los pueblos costeros con la ciudad. El limpia del coche oscila sin parar a toda velocidad, sin tiempo para eliminar el agua  acumulada en los cristales, mientras el tráfico discurre lento y pausado debido a la adversa climatología. Suena de fondo la voz quebrada y rota de Leonard Cohen desgranando una canción de melancólicos acordes , cuando oigo la conocida sintonía indicadora de una llamada en el móvil,  olvidado dentro del bolsillo de la chaqueta que reposa en el asiento trasero del auto. La llamada no sería motivo de impaciencia e intranquilidad si Patricia, mi esposa, no hubiese quedado en casa soportando un embarazo que se acerca a su octavo mes. Por ello, sin dudarlo, abandono la carretera en el primer parking de hotel que encuentro, en el preciso instante en que vuelve a sonar el teléfono y oigo entre sollozos contenidos, la  voz asustada de Patricia, pidiéndome con insistencia que emprenda el camino de vuelta. Ahorraré detalles que se suponen entendidos sobre la impaciencia y tardanza del regreso, pues habrá de pasar algo más de una hora hasta que los servicios de urgencia de un hospital cercano a casa, preparen lo que parece ser sin duda la inminencia de un prematuro parto.
     Transcurren segundos que se tornan minutos y minutos que pasan a ser horas interminables; en estos lugares parece que el discurrir del tiempo en su conjunto se detiene y la vida ha de pasar por obligación a ser un asunto de forzada paciencia. Al caer la tarde la sala de espera ha quedado vacía y un sopor traducido en somnolencia me invade, cuando una enfermera me golpea suavemente en el brazo para indicarme que haga el favor de seguirla. El despacho, mejor decir habitáculo, al que me conduce es austero,  tan sobrio y feo que hiere los sentidos. Sentado detrás de una mesa, sobre la que no reposa nada, hay un hombre de mediana edad que dice ser el cirujano que atendió a Patricia durante el parto.  
      Todas las profesiones cuentan con impresentables, con indecentes que no se distinguen por su bondad en el trato, por tener mesura, y prudencia;  vanidosos y henchidos de orgullo, desde su trono dictan sentencias inapelables sin que les tiemble el pulso, sin el más mínimo apego o empatía a la humana sensibilidad de la victima sobre la que cae su dictamen. Este personaje de bigote plateado y pelo encanecido pertenece a esa ralea. Como si se tratara de algo repetido mil veces hace un retrato sobrio y escueto de cómo fue el parto, indicando que tanto la madre como la niña están en perfecto estado, con la única y desafortunada salvedad de que la pequeña, mi hija, parece padecer síndrome de Down; sentencia rotunda, veredicto final.
     No sé si el mundo se difumina o se desvanece, si se esfuma o se rompe como una taza de porcelana en mil pedazos, cuando como un sonámbulo encamino mis pasos hacia la calle. Me acoge el silencio, la sordina de una noche negra como la boca de un lobo y una vez más la sempiterna lluvia. Como perdido vago por los alrededores del hospital y las lagrimas caen de mis ojos cual manantiales de sal destilada en rabia. No lo merezco; pienso y me digo que no merezco este destino y en ese momento siento como en mi interior nace un sentimiento de repudio, de desprecio y repulsión por ese ser que acaba de nacer.  
     Es algo que se me clava dentro como un puñal, como una marca indeleble grabada en la piel a fuego y no soy consciente de que esta brutal penitencia habrá de acompañarme todos los días de mi existencia. Los años habrán de pasar y con ellos, el discurrir de la vida es sabio, habré de darme cuenta de que las adversidades son obstáculos que una vez salvados engrandecen a quien los sufrió y el ser humano supera los infortunios hasta límites que el mismo desconoce y presupone de antemano inaguantables.
     Po ello hoy, diez años después, acierto a pensar y entiendo, que las dificultades añadidas de Beatriz me han ido engrandeciendo como persona, que sus logros se han convertido en victorias que celebro con desmedida pasión. Porque esos logros son altas montañas, desiertos inmensos que habrá de cruzar y salvar, para poder llegar a conseguir lo mismo que los demás, porque siempre habrá algún ser denominado humano, que careciendo de sentimientos,  verá en su lucha algo baldío e inútil, que no valorará su esfuerzo, que considerará que es un lastre para la sociedad, sin ser consciente de que nadie sabe lo que le espera a la vuelta de la esquina.
     Por ello también, le hago sentir una vez más que la quiero, que caminaré a su lado ante la adversidad y que mi mano tendida será una prolongación de la suya durante todos los días de mi vida. 

sábado, 18 de junio de 2011

La bicicleta del Breva.

     

     Cesitar “El Breva” tenía la cabeza grande, los ojos saltones y el cerebro de un mosquito. Cesitar montaba una bicicleta de color verde, marca BH, pero tenía arraigado en su mente que aquello era un avión. A Cesitar le gustaba ir a toda velocidad, a toda la marcha que sus pies pudieran imprimir a los pedales mientras hacía ruidos con la boca para parecer un coche. Tal vez por ello un día estuvo a punto de saltarse la tapa de los sesos contra la esquina de Las Loritas que eran dos hermanas de edad indefinible siempre emperifolladas. Todo por una apuesta, por comprobar si era capaz de darle la vuelta al cuarterón en un minuto. Se puso a pedalear y al bajar la cuesta de la Calle de San Marcos frente a la esquina del Casino le faltaron piernas y pies para darle vueltas a los pedales y se estampó contra la pared aunque, como tenía una cabeza del tamaño del Peñón de Gibraltar, solo hubo de lamentar un chichón breve y el deterioro de la rueda delantera del velocípedo que quedó como hecha un ocho.

     Cesitar portaba siempre una lechera de latón salpicada de bullones con la que iba a por leche al corralón de Juan de Dios. Nosotros lo invitábamos a que jugase a la pelota mientras uno se escurría y con mano diestra le llenaba el recipiente con ristras de petardos de los que vendía Santiaguillo en su tienda de la Puente. Entonces la lechera empezaba a dar saltos echando humo y a Cesitar se le abrían los ojos con tal desencajamiento que, pareciéndose al Jovencito Frankenstein, y cabreándose hasta límites fuera de los común, salía corriendo detrás nuestro y a quien le echaba el guante le metía una tunda de palos que lo doblaba.

     En el corralón de Juan de Dios había, apilado contra la pared, un montón de mierda más alto que el Everest. Un día fuimos a por leche con Cesitar y él, con la decisión que tienen los que piensan poco, aseguró que era capaz de llegar hasta la pared caminando, cual Jesucristo sobre las aguas, sobre el túmulo de excrementos. Nosotros, ángeles ingenuos, le incitamos a que lo hiciera y él, con destreza inusitada, se puso a caminar sobre las deposiciones y poco a poco, como a cámara lenta, fue hundiéndose, como se hunde un león en las arenas movedizas, hasta que quedó cubierto de la mitad para abajo en aquella apestosa inmundicia. Entonces se puso a gritar como si se tratara de Tarzan de los monos y hubo de lanzarle Juan de Dios una cuerda de longitud considerable para sacarlo a rastra y al  igual que lo hacen con los toros en las plazas. Al poner los pies en tierra firme se asemejaba a un pájaro estropeado de un tiro apestando por los cuatro costados. Después le acompañamos a su casa con un olor que alimentaba y su madre le pegó una paliza de padre y muy señor mío.

     La madre de Cesitar preparaba bocadillos de leche condensada. Cortaba por la punta un bollo de pan tierno, le extraía la miga y lo rellenaba de cremosa leche. Una vez me invitó a degustar aquel compuesto y casi me muero de asco porque al morder el bocadillo empezó a chorrear leche a mansalva y casi fenezco en el intento. La madre de Cesitar emprendía de vez en cuando viaje hasta las tierras de Levante. Quedaba entonces en la mansión al cuidado de su padre, que se apellidaba García y tenía una relojería en la Calle Real o de Cervantes, y de una hermana mayor. A la vuelta de uno de aquellos viajes por la costa levantina encontró la madre la cocina de la casa con tal desbarajuste que el caos que se aventaba parecía emergido de las entrañas de la ferretería del Mortola, de quién habremos de hablar en otra ocasión venidera,  mientras reinaba la anarquía en la casa con sus aposentos haciendo que se asemejara al famoso camarote de los hermanos Marx y  Cesitar purgaba en la cama, con intensos dolores de tripas convertidos en diarrea, los días pasados en el más absoluto desenfreno culinario. Cesitar veía fantasmas, o al menos así lo creía, cuando contaba que por las noches, oteando a través de los visillos de la ventana, observaba como la vecina atravesaba el patio a la luz de un farol acompañada de seres que para él eran como del otro mundo. Lo que no sabía Cesitar en aquel tiempo es que los fantasmas eran de carne y hueso y la vecina cobraba sus buenos duros por satisfacerlos.    

      En aquel tiempo de principios de los 70 era  Alcalde de la villa Carlos Dotor Navarro, practicante y partero de profesión que hubo de abrir la puerta de este vergel de La Mancha a generaciones enteras de santacruceños, y fue cuando se empezaron a colocar las tuberías de saneamiento en la Calle Inmaculada. Por ello abrieron como en canal la calle entera dibujando una zanja inmensa en el centro de la misma. Llegaron entonces las lluvias otoñales con sus lodos y barros y el cielo se abrió en un torrente de agua convirtiendo la zanja en un rio cenagoso y turbio. Y allí hubo de caer, de cabeza y por el peso, entre gallos y a medianoche, la bicicleta y el Breva con su lechera. Debía de andar como absorto al estar un poco ido y, pensando en la musarañas que eran sus musas, cayó de bruces al hoyo aunque para su bien, y una vez más, solo hubo de lamentar rasguños y moratones.


     




sábado, 11 de junio de 2011

Del pasado tangible.


      Cuando, cada vez con menos intervalos de tiempo,me remonto al lejano  discurrir de mi niñez, siempre me vienen a la mente los días, semanas, meses, años en conjunto que pasé siendo tierno infante en Las Virtudes. El transcurso de los veranos, que por aquellos entonces recuerdo tórridos y bochornosos, con un sol que amenazaba con derretir sin piedad las piedras, se me antojan infiernos comparados con los de ahora; evidentemente carecíamos de las excelsas comodidades de hogaño y los aires acondicionados eran artilugios desconocidos y como de otras galaxias.
   La siesta era asunto de pijama,orinal y padrenuestro,que diría Camilo José Cela,o dicho de otra manera cuestión que había que tomar con calma y sin precipitación.Cuando observo,en nuestros presentes tiempos, las prisas con que nos movemos los actuales pobladores del planeta, esbozo una sonrisa y recuerdo la vida de antaño, sin colesterol ni triglicéridos y eso que no soy de los que piensa como Jorge Manrique que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero campaba la tranquilidad y el stress, tan usual en el actual vivir cotidiano, era asunto desconocido y la vida discurría placentera, botijo de agua fresca a la sombra resguardado y sartén de gachas con torreznos en la lumbre cocinada. 
     Digo que era entonces, en aquellos años que perdidos parecen en la memoria de los tiempos, cuando aprendí a amar este paraje manchego; los veranos ya os he dicho como eran; los otoños llegaban inmisericordes una vez que pasaba el 8 de septiembre, día de la patrona, que marcaba con la exactitud de un reloj suizo el comienzo de las clases, la vuelta a las añejas aulas del saber franquista, a las sonoras hostias sin consagrar, que nos daban de regalo en el colegio de las madres concepcionistas. 
     La semana era larga y el aprendizaje arduo, pero llegado el viernes, viajaba en el pequeño utilitario de Antonio Laguna, un seiscientos gris con el techo negro, por la serpenteante carretera camino de Las Virtudes y no puedo evitar ,cuando han pasado mas de cuarenta años, recordar en blanco y negro aquel tiempo, dedicarle unos minutos del placentero presente, porque yo no quiero volver en la máquina del tiempo hasta aquella época perdida en la memoria, aunque digan algunos pertinaces agoreros, que mientras disfrutan de los beneplácitos que nos da el presente, que con Franco se vivía mejor, digo yo y clamo por que se cumpla, el que alguien los devuelva por periodo indefinido a esa epoca ancestral, donde a falta de cuartos de aseo hacíamos las necesarias necesidades entre pollos y gallinas y limpiábamos nuestras posaderas con hojas manuscritas de papel de periódico atrasado.






martes, 7 de junio de 2011

Algunas confesiones nocturnas.




Esta semana de duelo y quebranto toca meter la mano en el saco del recuerdo. Como este escrito es de los primeros que paridos fueron, presupongo que unos lo habrán olvidado y otros no lo conocerán. Mientras acuden las musas en mi socorro aquí queda.


    

 

    Amo la risa, me encantan las personas que ríen por cualquier cosa, aquellos que dibujan en su cara una sonrisa ante la adversidad, aunque yo no pertenezca precisamente a esa estirpe. En cambio, soy un soñador empedernido, sueño despierto y vivo en Babia y es así como viajo a lugares desconocidos y sueño con ser lo que nunca fui, ni seré, pero qué más da. Me gusta perdonar, pues no entiendo la vida sin perdón, al igual que no la comprendo impregnada de rencor, total pienso, para que odiar si este camino es muy corto. Con los años estoy aprendiendo a relajarme, a disfrutar de lo pequeño, de las pequeñas cosas que la mayoría no ve e ignora: la brisa de la mañana, los días soleados, las tardes de lluvia, en fin, tantos pequeños tesoros. Ahora estoy aprendiendo a pedir ayuda, aunque nunca me costó demasiado. Es tan gratificante bajar los peldaños de la escalera de la prepotencia y decirle a una mano amiga: estoy jodido, échame una mano, no puedo más y en contraposición, colma tanto de alegría el hacer un favor que cada vez deseo más que me los pidan. Me gusta expresar lo que siento y ello me acarrea multitud de problemas, porque siempre carecí de la mesura necesaria que me indique lo que debo decir y por el contrario aquello que debo callar, y la vehemencia en mis exposiciones me acarreó problemas y males, pero supongo que así fue y así seguirá siendo, que le vamos a hacer sí seguiré diciendo lo que pienso.

   Dicen que es bueno romper hábitos, pero a mí me cuesta infinito renunciar a mis preconcebidas costumbres: los vinitos a tal hora, la charla con los amigos, la dormida siestecita y leer, ante todo saborear un buen libro. Mi amiga Mise, bibliotecaria del pueblo ríe cuando le digo que no se puede acometer la lectura de cualquier cosa. Calcula, le digo, los libros que te quedan por degustar hasta el fin de tus días y no te saldrán más de trescientos, así que elige con cuidado porque son miles los que te quedarán por conocer, y millones las cosas que te quedarán por aprender.

 

     Tengo dos hijos, que son mis dos soles, Adrián de quince años y Amparo de doce, que a veces como padre tardío que soy, voy a por los cincuenta, me sacan de mis casillas. Me enfado, voceo y después me digo, sonríeles, habla con ellos, cuéntales tus cosas y ellos te contarán las suyas. Me gusta cantar en la ducha, sobre todo y ante todo al Sabina y a Serrat, en cambio bailar me vino largo, por ello en mis años mozos destrocé la barra de las discotecas y tal vez por eso, porque acodado en ellas escuchas y te escuchan aprendí ante todo el arte del palabrerío; reconozco que hablo como un papagayo y cargo con el  sutil defecto, que voy puliendo con los años, de tener poca capacidad de escucha.

 

     Por último y antes de decir hasta la próxima, señalar, aun pecando de presuntuoso, que me encanta recibir un cumplido, esa palabra amiga que dice  “esto querido Mauro, lo bordaste” porque para que engañarnos ¿a quién no le halaga un halago? y a la vez, quien no se siente satisfecho con un reconocido agradecimiento, por ello a la vez que me gusta cumplir aquello que prometí y terminar todo aquello que desee realizar, no entiendo, ni entenderé a todo aquel que dice que se aburre, porque al menos para mí no existe el aburrimiento y tengo la fiel certeza de que esa palabra vana está borrada de mi pensamiento, porque si algo tengo claro en este existir cotidiano es que  a lo largo de mi vida me han de faltar demasiados días para realizar todo lo que quise ver consumado.