Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

lunes, 11 de julio de 2011

De casas, mansiones y de las inclemencias que habitaban en sus rincones.


            La casa de mi infancia era sombría. A ella se accedía a través de una escalera estrecha y empinada que conducía a un descansillo en el que había dos puertas, una al frente y otra a la izquierda. Durante el día ambas permanecían abiertas y por la que estaba en el lado izquierdo pasaban las mujeres que iban a emperifollarse el pelo en la peluquería de mi madre. Por allí desfilaban hembras de todos los tipos. Unas altas, espigadas y de pecho plano. Otras orondas y rotundas, de pechos poderosos que se bamboleaban como globos mientras subían los escalones amarrándose a un pasamanos de madera, que en las épocas de lluvia crujía por la acción de la humedad. 
     Era pues, en el primer piso donde estaba situada la vivienda, que tenía los suelos salpicados de baldosas cuadradas y pequeñas, de todos los colores y ornamentos. En el invierno hacía un frío que calaba los huesos y congelaba el alma. No había ni un mal cuarto de baño donde cumplir con el rutinario aseo de cada día y por ello teniamos que lavarnos y hacer nuestras más elementales necesidades en una camareta que había en la parte trasera de la vivienda. Allí estaba ubicado un bacín, de aquellos altos de porcelana, donde cada uno hacía sus necesarias necesidades cuando el cuerpo se lo pedía y lo necesitaba. El frío pasaba por las rendijas de puertas y ventanas. Nos calentábamos con braseros de picón y en contadas ocasiones se encendía una placa de hierro fundido, que estaba en la cocina.Tenía dos trampillas superiores, por las que engullía su alimento en forma de carbón y en  uno de los extremos un deposito para almacenar el agua caliente que tan escasa resultaba y tan necesaria era a la hora de raspar y eliminar las mugres almacenadas. 
     En las noches frías mi madre calentaba agua en un infernillo de petróleo, que liaba una zorrera y desprendía un olor nauseabundo a gasolina inundando todos los rincones de la casa, mientras llenaba con el preciado líquido botes vacíos de plástico que antes habían contenido laca, champú o quien sabe que compuesto peluquero,colocándolos después a los pies de las camas para gozar del merecido calor que evitara, entre otros muchos pormenores, el entumecimiento de los dedos de los pies. Aquello era como una bendición caída del cielo, porque era tanto el frío que allí hacía, que cuando respirábamos, parecía que saliesen de nuestras bocas y narices, largos chorros de humo blanco. Aun así, con penurias y avatares, el recuerdo de aquella época es de nostalgia. La niñez nos marca para toda la vida. Tal vez de lo acontecido en el amanecer del existir me viene la afición por la conversación y la tertulia. En aquellas largas noches de invierno, nos sentábamos todos alrededor de una gran mesa camilla y allí los mayores contaban sus amargas experiencias y siempre  terminaban sacando a relucir, los años de la guerra y el hambre.
      Habitaban en la casa gentes de avanzada edad. Mi padre quedó huérfano siendo muy niño y  fue adoptado por un tío suyo, que era buen zapatero,excelente persona y de derechas hasta reventar. Su mujer era la tía María, de quien en otros escritos hemos hablado, dueña de la peluquería que después sería de mi madre, que era a su vez pariente lejana del tío Rafael, el zapatero. Había  entrado de criada en la casa, y tal vez por aquello de que el roce hace el cariño, vayan ustedes a saber, terminó casándose con el señorito, que era mi padre. En sus años de criada, cuenta mi madre que solía pasar hambre en demasía, pues desayunos, comidas y cenas eran asunto de carácter escueto y breve. Recuerdo una foto que tenía siempre guardada en el fondo del armario. Era la que de recién casados les hizo el Canario en su estudio de La Puente y tenía la pareja en cuestión, los ojos muy abiertos y las facciones como desencajadas, no se si por algún conato de asombro o por la acción de los años de  ardua subsistencia.
     A veces, cuando recuerdo aquellos tiempos, parece que ha transcurrido una eternidad, cuando en realidad han pasado unas décadas. Los años pasan, transcurren y van discurriendo, con aparente lentitud y nos van aplastando poco a poco bajo su peso. He dicho que durante los largos inviernos manchegos, la morada se asemejaba a una inmensa cámara frigorífica.Había un pequeño zaguán que daba a una terraza descubierta y cuando mi madre en las mañanas de enero fregaba el suelo, quedaba de inmediato cubierto por una capa de hielo. Tal vez por ello transitábamos por el sufrido existir,como acorchados,anestesiados y entumecidos por aquellas temperaturas extremas.
     Ahora se suele comentar que ya no hace tanto frio y calor como en  aquella época. Yo creo que lo que ocurre es que con las calefacciones y aparatos de aire acondicionado, que provocan resfriados eternos, no nos damos cuenta de las inclemencias del tiempo, en esta tierra manchega tan extrema donde las estaciones del año, con temperaturas tan exageradas, suelen ser interminables. Aquí parece que pasado el día de la patrona, el ocho de septiembre, es llegado como decían aquellos dos empalagosos, que se hicieron famosos por los años sesenta y aun siguen cantando asemejados a dos momias imperecederas, el final del verano. La gente se encoge, deja de andar por los bares, por el parque y automáticamente parece como si un sentimiento monacal y de recogimiento invadiera el ser de todo bicho viviente. Yo siempre he disfrutado de este momento del año porque es entonces cuando aparecen las primeras lluvias. Esos días, en los que como en un sagrado rito, abro el paraguas, que habré de olvidar sin remisión en algún bar, y paseo sin rumbo por las calles, entre murmullos de chaparrón y chapotear de charcos y pisando el agua voy de un lado para el otro llevando como techo un cielo gris como el plomo. Aquí el invierno empieza en octubre y se suele alargar hasta bien entrada la primavera.
      La casa estaba salpicada de altos y bajos. Desniveles que se salvaban con múltiples escalones, que mi padre maldecía cada vez que subía o bajaba apoyado en su garrota. Creo haber dicho que mi progenitor era cojo. Le había atacado una parálisis infantil a los pocos meses de nacer y como era aquel un tiempo, al principio de los años treinta, en que la medicina estaba poco experimentada y apenas existían vacunas que remediaran estos males, le tocó vivir el resto de sus días con una pierna más corta que la otra. Intento remediarlo, y para ello estuvo unos meses en un hospital cordobés, donde conoció a un afamado cantante que desataba el furor entre las féminas de la época, un cantor de rancheras mexicanas llamado Jorge Negrete. Mas era tan poca su convicción en una eventual cura, que cuando se fue acercando la fecha de la operación puso pies en polvorosa y volvió por donde se había ido.
     Por el contrario, los veranos en aquella residencia eran tan calurosos que parecía que estuvieras en el fondo de un cocedero. Las tardes de Julio eran poco menos que insoportables a aquellas temperaturas inclementes y contaba mi padre, no sin un poso de exageración, que en una jarra de agua que ponía para beber sobre la mesita del dormitorio, burbujeaban gorgoritas porque el agua estaba a punto de hervir.
     Acontecimiento celebrado fue la compra de un ventilador que ayudo a calmar aquellos calores despiadados y la adquisición de un frigorífico,algo milagroso y extraordinario. Cuando adquirimos este último aparato,era toda mi ilusión la fabricación de helados de naranja y limón con gaseosas de la Casera. Llenaba unos moldes diseñados para aquel menester y en mi más profunda ignorancia esperaba sentado a la puerta de aquel maravilloso aparato el momento en que aquel brebaje cuajase para saborear su frescor y dulzura,
     En la planta baja, había un almacén de cervezas, gaseosas y refrescos de todo tipo que regentaba un hermano de la tía María llamado Antonio. Cuenta mi madre que con anterioridad  había estado allí ubicado un cocedero de magdalenas y otros artículos de confitura, cuyo dueño se llamaba Enrique y afirmaba que este buen hombre fregaba los moldes de hacer las cochuras en una pila, que había al lado de un pozo que estaba situado en el patio. Nada tendría esto de extraño, si no hubiese sido porque usaba para ello el mismo estropajo con el que lavaba los orinales y bacines en los que aliviaba sus necesidades.
     Bajando por una escalera situada  en el patio de la casa, se llegaba hasta la  cueva. En ella colgábamos los jamones que con anterioridad se habían salado dentro de unos cajones cubiertos de sal con un montón de piedras encima. Eran el producto de la matanza del cerdo, que se llevaba a cabo como un sagrado ritual. Nunca después he saboreado perniles como aquellos, veteados de un tocino que en los tiempos que corremos harían la delicia de tantos paladares, que considerándose exquisitos, no saben lo que comen. Tenía la cueva un pasadizo que en las épocas de lluvia, solía llenarse de agua, pero que en verano debido a la humedad, conservaba una temperatura deliciosa. En el suelo había siempre refrescos, cervezas y otros productos que se vendían en el almacén, Era entonces, en aquellas tardes calurosas, cuando sigilosamente bajaba acompañado de mi madre y como dos sombras nos deslizábamos en la cueva y nos bebíamos un par de Mirindas de naranja, manjar de dioses que por aquellos años eran solo deleite de exquisitos y pudientes paladares. Allí, a hurtadillas como quien comete delito punible, degustábamos aquel delicioso brebaje, que después cargados de culpa y pena habíamos de ir a pagar irremisiblemente, no fuera a ser, decía mi madre, que Dios nos castigara por coger lo que no era nuestro ni nos había sido dado.

8 comentarios:

  1. Mira Mauro que ha tu casa si he ido, Era muy pequeña pero lo recuerdo.

    ResponderEliminar
  2. ¡¡Maurito!! Nos has trasladado con tu relato nostalgico a un pasado, donde el tiempo transcurría entonces lento, o por lo menos esa sensación teníamos. ¡¡Que recuerdos!! Lo que yo digo es que con esas penurias como pudieron tus padres a una criaturica a medio cocer, sacarla a flote. Así pasa, que luego eres mas duro que "pellejo breva". Yo recuerdo que en casa de mis padres, en el piso de arriba cuando nos íbamos a dormir en verano, echaba agua en las sábanas para poder dormir con el frescorcillo. Y en invierno, como dices tú, salía humo de la boca del frío que hacía. ¡Ahora, lo que mas me ha impresionado es el de las cochuras utilizando el mismo estropajo para los orinales que para los moldes del bizcocho. ¡¡¡Eso si que era reducir costos laborales. Tanto tirar el dinero teniendo que comprar dos estropajos!!
    Del resultado y gusto de los manjares, prefiero ni pensarlo.
    Bueno Mauro, que me a mí me encantan estas historias que nos cuentas tan cargadas de nostalgia y de recuerdos.
    Otro beso retorcío.

    ResponderEliminar
  3. @Las Recetas de Manans

    A buen seguro te acompañaría el chupete en aquellas idas, porque ya hace un buen "puñao" de años que emigramos a otros rincones. Gracias por tu visita, amiga y sigue con tus deliciosas recetas que solo de imaginarlas me engordan. Un saludo.

    ResponderEliminar
  4. @José Testón Marín

    Bien sabes tú que al final terminé volviéndome inquebrantable, después de tanto duelo y quebranto y en los tiempos presentes transito por la vida ahíto de años y peso. Te reirás cuando te diga, me vino después a la cabeza, que tu tía Amalia, creo que se así se llama, era muy amiga de mi madre y siempre que iba a buscarla para salir a pasear gustaba de comprar unas magdalenas de Enrique para comerlas mientras paseaban. Puedes imaginar, que con el recato de aquellos tiempos, mi madre callase lo que veía por miedo a que trascendiera y que un asco traducido en asiento se le instalase en el cuerpo cada vez que veía con el deleite que consumían las preciadas cochuras sus amantisimas amigas. Si me acompañara algo mi maltrecha memoría sería capaz de escribir mucho mas sobre aquellos tiempos perdidos, pero mi eterno olvido es la cruz que llevo a cuestas. Un beso querido mío.

    ResponderEliminar
  5. Mauro, pero que bien escribes..cuanto sabes. Si que pasaron penurias nuestros padres, de eso estoy segura.

    Hace unos días me llevé a mi madre a un spa en la sierra segoviana. Un sitio de lujo donde relajarte en pequeñas piscinas de agua caliente y en duchas de agua aromatizada. Desde una de las piscinitas y entre las burbujas y la música ambiental tipo Zen se podía contemplar toda la sierra y un lago precioso al pie del edificio. Mi madre se quedo mirando al infinito y yo le pregunté: Te imaginabas de pequeña que estarías alguna vez en un sitio como este. Entonces me miro y no me dijo nada. Como se quedo triste, le dije: ¿Te imaginas aqui a la abuela? y entonces nos empezamos a partir de la risa.

    ResponderEliminar
  6. @Marga
    No me halagues tanto que se me sube el pavo Marga del alma mía. Mas que saber debe ser que me voy haciendo viejo y tengo baúles llenos de recuerdos, que si se me enciende la luz, dan para mucho que contar. Me ha gustado la apreciación que haces sobre lo vivido el día del spa con tu madre y me da pie a decir una vez más algo que siempre tengo en mente. Ocurre que cada vez más oigo comentarios de gente mas joven que un servidor que viene a decir que antes se vivía mejor, yo a la vez me digo que había que hacerlos viajar en el tiempo a los años en que nos limpiábamos las posaderas con las hojas del ABC. Seguramente entonces se darían menos al "quejio" y la lamentación. Un placer encontrarte en mi rincón. A ver si llamas mas a menudo. Un besazo.

    ResponderEliminar
  7. Madre mía...con este estupendo escrito -como todos- he revivido la víspera del día de mi comunión. Aún recuerdo áquel sábado sentada en el suelo del balcón de la peluquería,esperando el turno a que me hicieran los tirabuzones de las trenzas que iba a lucir el día que "decían" más feliz de mi vida.Las horas de espera eran interminables, pero yo las viví, entre el olor al líquido de las permanentes,con la ilusión propia de quien esperaba una fiesta al dia siguiente.
    Me alegro mucho no haber comido las "exquisitas" magdalenas de Enrique el confitero, que sí recuerdo ser nombrado en mi familia.
    Saludos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Aún recuerdo el olor pestilente, que penetraba por las fosas nasales hasta casi quemarlas, del liquido con el que hacían las permanentes. También me viene a la memoria una maquina redonda donde calentaban los "apechusques" con los que fabricaban los tirabuzones que debía haber venido importada desde la quinta puñeta. Lo de las magdalenas de Enrique es tan cierto como que a la noche le sucede el día. Veo que buceas por los artículos antiguos de la factoría y puedo asegurarte que me agrada sobremanera esa fidelidad. Gracias por asomarte tan asiduamente a esta ventana y un fuerte abrazo.

      Eliminar