Como mandamientos:

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

A veces uno sabe de que lado estar simplemente viendo los que están del otro lado.
Leonard Cohen

jueves, 8 de julio de 2010

Riete. Y vive








Me gustan las personas que se ríen, esos que con desparpajo aparcan los malos momentos esbozando una perpetua sonrisa, aquellos que burlan al destino dibujando banderas de alegría en su semblante. Quiero pertenecer a su tribu y me cuesta, porque no resulta fácil sonreírle cada nueva mañana a la vida. Por ello, hoy os quiero hacer un regalo en forma de canción; unos versos grandiosos del gran  Pablo Neruda, cantados magistralmente por Olga Manzano y Manuel Picón. Son vuestros.


 


miércoles, 7 de julio de 2010

¡Que grande era Chaplin!






Extrajo del fondo del ser humano a ese niño que todos llevamos dentro. Nos hizo reir, llorar y ante todo emocionó a la humanidad con sus gestos, su música, sus películas y su palabra. Rindámosle un merecido homenaje con uno de los pasajes más conocidos de su película EL GRAN DICTADOR. Escuchen y saquen sus propias conclusiones porque tiene desperdicio.

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martes, 6 de julio de 2010

Angelitos negros

     


     Estoy sentado plácidamente mientras paladeo con deleite una cerveza fresquita acompañada de su tapa, no de chapa sino de calamares, en un chiringuito de la playa de La Mata en Torrevieja. Observo desde la placidez de mi sedentaria desocupación el mar de carne que  se extiende ante mis ojos. Un hormiguero viviente de seres humanos desocupados invade todo lo que mis ojos pueden abarcar; los veo de todos los tipos y perdonen los lectores que hable de ellos en términos masculinos en  estos tiempos en que cualquier utilización inapropiada de este término se tiende a achacar de machista. 
     Como les iba diciendo, esta muchedumbre convertida en masa se divierte de cualquier forma y manera, bien sea paseando sus bamboleantes michelines por la orilla del mar o jugando a esas interminables partidas de pala de las que parecen no hartarse jamás. Sobre el horizonte se dibujan unas nubes y un sol de órdago se abate sobre los blanquecinos cuerpos de todos aquellos que cual tostadas en mañana de Enero se fríen en la parrilla de la ansiada arenisca playera. Me pregunto, y lo hago desde la observación meticulosa de lo que me rodea, si será verdad que esta manoseada crisis que amenaza con mandarnos a todos a la fosa del desamparo y la indigencia, habrá calado en la mente calenturienta de  los que se afanan en divertirse sin darle un palo al agua o por el contrario estaremos, una vez más, ante la eternas moscas cojoneras que se quejan de todo y con nada pueden, para vivir después como pachas en palacio real con grifos de oro.

     Una nebulosa cansina me invade mientras veo a mis hijos corretear por el borde del mar y es entonces cuando a lo lejos diviso su silueta zigzagueante sorteando a la ingente muchedumbre que dormita y vegeta desentendiéndose de todo aquello que acontece en su contorno. Se mueve con habilidad pasmosa, esquivando con mecánica precisión a los que tendidos y adormilados bostezan abriendo la boca al calor como lagartos; lleva los antebrazos erguidos, cubiertos de gafas de sol, de relojes que ofrece con timidez y cortedad a los “pudientes” veraneantes que con un gesto despectivo le apartan sin demora de su camino. Cuando llega a mi lado observo su tez negra como el azabache y siento como su mirada se clava en mi interior como un clavo de fuego candente. Me ofrece uno de sus relojes y presto le digo que no necesito ninguno y resuelto, con una sonrisa en los labios, continua su camino perdiéndose entre el gentío. Pienso entonces donde habrá nacido este hombre a quien el destino envió, a buen seguro en patera, a este lugar desconocido;  donde estarán sus padres e hijos, que será de su amada compañera, de sus lugares queridos, quien le arropara en las noches oscuras y llenará los interminables días de estío.

     A pasado un buen rato, cuando sentado en la terraza de un restaurante observo a una pareja de policías municipales que se dirigen con paso resuelto hacia la playa; rápidamente, observo como una ciudadana oriental que daba masajes a los salmonetes tostados, corre despavorida arrojando al viento los folletos que indicaban los servicios que prestaba. No ha corrido la misma suerte el tostado protagonista de esta sencilla historia a quien rápidamente le han sido requisadas sus pertenencias, que son exhibidas como trofeo de feria por el par de agentes de la autoridad, mientras sus ojos, saturados  de desánimo y desesperación, se preguntan con infinita tristeza, que a echo él para merecer este castigo.

     Seguramente ahora, me pregunto, habrá de dar cuenta también y explicación, a cualquier mafioso de poca monta que como dueño de la mercancía que portaba, cobrará de cualquier modo la deuda contraída, sin pensar que lo único que ofrece a cambio de tan generoso trabajo es un plato de comida al día, un techo de uralita donde cobijarse y 50 € para gastos a la semana. Paradojas de la vida, miserias cotidianas.



    



miércoles, 30 de junio de 2010

La mosca cojonera







     
   La mosca cojonera es un bicho impertinente, de mirada huidiza y hostil que después de remolonear cual biplano volador alrededor de su presa, se posa sobre ella endiñándole con voracidad su picotazo. Es desagradable por naturaleza y jamás siente empatía hacia sus congéneres, muy al contrario es dada a las bravuconadas de carácter poco educado y pendenciero y se encuentra en los lugares más insospechados aunque si algo hemos de anotar en su haber es que se la ve venir desde la distancia y jamás oculta sus malsanas intenciones.
     
   Ya he comentado en alguna ocasión con anterioridad mi dedicación profesional al difícil arte de la restauración y la hostelería y es en este hábitat donde más especímenes de esta ralea suelen morar y aposentarse.
   
   Para todos es humo evaporado la pasada Semana Santa. Como cada año llegó y se marchó dejando sumidos en la amargura a todos aquellos que esperaban su disfrute como agua de Mayo en el desierto. Como no es mi caso, ya que quien subscribe carece de esa suerte, la de días de asueto y meditación, me limité como cada temporada por estas fechas a descansar la jornada que tenía asignada, en esta ocasión Jueves Santo; y me reintegré nuevamente a mi sufrido puesto de trabajo, que tiene la fatalidad de estar situado en la dirección que a Madrid lleva de vuelta a todas las moscas cojoneras que regresan a sus guaridas. Vuelven de muy mala leche y con el carácter enrarecido, los exiguos ahorros de que dispusieron para el disfrute vacacional mermaron hasta quedar bajo mínimos y en los bolsillos de sus pantalones solo tiene cabida el aire que acompaña a las tarjetas de crédito sin saldo.
     
   Y aquí precisamente empieza el baile. Estamos en Domingo, de Resurrección para más señas, tres de la tarde, restaurante hasta la vara, voces de todos los tonos, bellos donceles depilados, calvos de barriga prominente, señoras de pellejos estirados, atractivas doncellas veinteañeras, y todos, absolutamente todos, quieren comer y beber a la vez y cada uno por separado clama al cielo desencajado que él y solo él llego en primer lugar y debe ser inmediatamente atendido. Hasta aquí  el retrato de lo que pudiera parecer una película de Berlanga, todo normal y lógico. Quien esto escribe lo toma con calma y primero sirve a uno y después a la otra, que una vez ven colmadas sus apetencias se despiden de buen rollo y parten hacia su destino.
     
   Pero he aquí que, cruel desdicha, en ese preciso instante llega el temido momento en que hace su aparición la mosca cojonera y lo peor es que no viene solo, lo hace acompañado de un enjambre de sutiles abejorros. El tuerto, que soy yo, tiene más costras que un galápago, por ello se acerca con cautela a preguntar que van a tomar los señores. El enjambre, compuesto al menos por diez abejorros apareados, o sea machos y hembras, no hace ni puñetero caso y el uno “paca” y la otra “palla”  se pierden entre la multitud que ruge despavorida. Solo quedan dos, los mas tontos, que empiezan a pedir dubitativos lo que piensan consumir, que vienen a ser diez bocadillos y diez latas de refrescos variados. El tuerto sirve las latas y pide en cocina los correspondientes bocatas  y entretanto llegan otras dos moscas del mismo enjambre que piden tres bocadillos mas, de tortilla española para ser conciso y exacto. Cuando el enjambre se reúne, el sufridor llega con los  tentempiés y el grupo de moscardones pone cara de perplejidad y asombro. Pregunto que ocurre y de inmediato aflora la abeja reina, macho él, bien “plantao” y muy “tirao palante”, que mirándome de arriba abajo cual gusano de seda sin capullo, me indica que esté mas pendiente de lo que hago, conminándome además a que sea mas amable con los clientes y sirva lo que me han pedido. Le rebato y le explico que los bocadillos que tienen sobre la barra, no son otros que los que ellos mismos pidieron y si lo hicieron por dos veces, evidentemente no es mi problema y aun así desisto  de continuar tan banal disputa y opto por retirar lo “sobrante”, mas la ira de la mosca cojonera se a desatado hasta límites insospechados, me vocea, me increpa, mientras el tuerto con tranquilidad le observa la tez barbilampiña y veinteañera. No contento con la diatriba, asegura que de inmediato realizará una llamada a ¿consumo? Y el tuerto, que a estas alturas esta mas frito que un chicharrón, le mira fijamente a los ojos y le dice: ¿”Todavía no te has enterado, de que es Domingo, de Resurrección y los señores funcionarios llevan días tocándose las pelotas? La última expresión no sale de mis labios, la pienso y aprieto los puños, llamo a una compañera y le pido que termine de atender al enjambre de moscardones para evitar males mayores y el tuerto humillado por un niñato a quien dobla con creces la edad, derrotado y ofendido aguanta las ganas de salir a la calle, coger a la mosca cojonera y decirle en la cara lo que piensa de él.
     
   Ha pasado la medianoche, cuando llego a casa roto por el cansancio y dejo que el agua caliente de la ducha empape mi cuerpo maltrecho y de nueva vitalidad a sus miembros desmembrados en mil batallas diarias. Siento que tengo apetito, me dirijo a la cocina y mientras preparo unos huevos fritos con patatas, pienso que después de todo no fueron tan malos estos días, ya que durante el transcurso de los mismos, tuve la grata oportunidad de conocer a una de las almas gemelas que comparte retazos de su vida en esta página. Solo por ello,  ya valió la pena que llegase la Semana Santa con su mosca cojonera. 


      


 
                                                                                                                                       


sábado, 19 de junio de 2010

Diez años sin tí.

   
Cuando me dispongo a escribir este texto, crece la incertidumbre de si es acertada mi decisión, o por el contrario, donde quiera que estés, me reprenderás con un cachete en el cogote, pero que le vamos a hacer, no puedo evitarlo. Hoy no puedo dejar que tu perenne recuerdo se me vaya de las manos y por ello quiero clamar al mundo que sigo añorando a mi querido amigo Rafael. Siempre fuimos uña y carne a la vez que aceite y agua, con nuestras diferencias, nuestras contrapuestas posturas y esa forma vital de entender la vida. Éramos a la vez hijos del mismo germen, almas que se encontraban, corazones que compartían las canciones de Serrat y Sabina, los solos de trompeta de Louis Armstrong, la voz quebrada de Cohen, la melancolía de Humet, los libros de García Márquez, Delibes, Vargas Llosa y la pasión desmesurada por nuestro Atlético de Madrid eran motivos de un sentimiento, maneras de entender cómo se debe y se tiene que vivir.
     ¿Recuerdas?, estábamos meses sin vernos y al reencontrarnos un abrazo marcaba el principio de una charla interminable que podía durar horas, sin que nada se interpusiese en el lento discurrir del tiempo, desmenuzábamos los avatares acontecidos, rompíamos barreras inexistentes y quedábamos invariablemente emplazados para tomar nuestros vinos en el Botas. Y todo se truncó de la manera más cruenta. Un maldito anochecer de septiembre del 99 al volver a casa, Carmen me dijo lo que sabía que me arrancaría de un tajo las entrañas; y después la nada, la desesperada esperanza de una curación imposible, el anhelo de un milagro inesperado, total, nada de nada.
Desde que te fuiste te llevo clavado en el corazón, perenne en mi recuerdo. Y ahora, con el dolor mitigado por el paso del tiempo, he aprendido a quererte desde la añoranza, a recordar todo lo bueno compartido, y a poder hablar de ti con una sonrisa en los labios sin que las lagrimas inunden mis ojos. Porque eras todo bondad, buena persona y amigo de tus amigos. Por ello y solo por ello, donde quiera que te halles, que a buen seguro, será lugar placentero, un te quiero y un abrazo, “compañero del alma, compañero”.




                         AMIGO
A Rafael Gracia, mi buen amigo, mi hermano

¿Que tendría que hacer para tocarte?
para sentir, que no te has ido y que me esperas
para creer, que volveremos a encontrarnos
en la barra de algún bar, entre chatos y cervezas.
Como decir también, que estoy sin rumbo
que huérfano y perdido, no me encuentro
que no logro entender, ni asimilo tu partida
que te llevo prendido en la memoria, en mi recuerdo.
Como no rendirme a este vacío, en el que nada me conforta
donde vago desolado, derrotado y sin consuelo,
como puedo escurrir del alma esta gran pena,
que me estruja, me ahoga y lentamente me devora.
Voy andando por las calles que eran nuestras
y te veo apareciendo en las esquinas,
la sonrisa en el rostro, el verbo claro
y no puedo entender, amigo mío
que tu aliento, se haya ido de mi lado.
Como poder decir también, que eras tan grande
de palabra sencilla, sincera y abundante
de profundos sentimientos, alegre, tan humano
servicial y fiel amigo, abierto y tolerante.
Como tener que renunciar, a no esperarte
al mediodía, en la plaza, en los portales
a charlar en el Catorce, a los vinos en el Botas
a ir, dando bandazos, los dos juntos por los bares.
A los días de invierno y sus mañanas
magdalenas en el puesto, cafés en la Campana
charla amable, afable compañía
alegría de vivir, campanillas en el alma.
Como tener, que dejar de compartir
las canciones de Serrat y de Gardel
de Louis Armstrong, del Humet y de Sabina
como voy a tener que resignarme a abandonar
tanto hilo común, tantos días de vida compartida.

Cuanto daría, mi querido amigo Rafael
por no tener que añorarte mientras viva.