Como mandamientos:

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

A veces uno sabe de que lado estar simplemente viendo los que están del otro lado.
Leonard Cohen

sábado, 11 de febrero de 2012

De cuando fuimos carnavaleros

LOS POLICHINELAS
    Pretender pretendo ahora, cada día me enredo más, el entrar a relatar los hechos y vicisitudes que hubieron de darse durante los alegres y dicharacheros días en que fui carnavalero y se preguntaran ustedes, amables lectores, como es que también fue el escribidor hombre dado a tanto bullicio y charanga, habiendo quedado dicho, como quedó, con anterioridad manifiesta, que nunca fue especialmente habilidoso en los artes del baile y el zapateo, más justo es reconocer, que cual perejil que todas las salsas adorna, también se metió en este fregao, siendo durante más de una década, integrante activo, y de qué manera, de aquella murga que alegró corazones y entusiasmó a las placidas gentes de nuestra villa santacruceña y que, bajo el nombre notorio de LOS POLICHINELAS, fue reconocida con numerosos premios y galardones.
     Aun así, cabe siempre hacer justicia cuando la palabra dicha queda escrita. Por ello, y obrando con rectitud, habrá de reconocer este relatador de hechos acontecidos en nuestra villa del alma, que fueron los varones integrantes de la murga de El Jaulón, los verdaderos artífices del resurgir carnavalero de la urbe, acompañados en aquellas primigenias celebraciones por otros pájaros de cuidado, que obedecían al sonoro nombre de El Calostro. Los jauloneros muchachos hicieron el estreno de sus apariciones en el carnaval de 1983 vestidos de negro, inmersos en el supuesto traje de boda con el que se casaron sus padres compuesto de chaqueta negra, camisa blanca, pantalón de pana y un añadido vistoso denominado boina, que ondeaba en sus cabezas cual sotana de cura cagando.  El año siguiente, el de 1984 ,vistieronse con un frac rayado de tela para hacer cortinas y dejaron en su escrito murguero estrofas que entusiasmaron a unos y pusieron “a las uñas” a los otros. A las pruebas me remito recordando la que decía, dedicada al entonces concejal Olavarrieta:” En fin las cabezonadas, ayudan a los poetas, y por eso me he acordado de Basilio Olavarrieta. No te molestes Olava, si te digo cabezón, pero con ese tamaño, cansas a la oposición. Si Dios perdona y perdona, aunque hagas mucho mal, perdónanos cabezón, que estamos en carnaval”. Y perdonó el buen Basilio, ¡vaya si perdonó!, como perdonaría más tarde otras estrofas viperinas compuestas por mi mano y con mi pluma.

      

     Fue en el año de gracia de 1985, cuando se puso en marcha nuestra propia  historia que tuvo su origen en el Grupo Teatral Mudela. Diremos también que eran aquellos tiempos  reflejo de los actuales, en los que el paro asolaba la localidad y casi todos los integrantes de la caterva estábamos en la empresa más grande del país, llamémosla INEM, que por entonces regentaba Felipe González, y con los bolsillos menguados y llenos de telarañas pocas virguerías podíamos hacer, por lo que fue decisión unánime y avenida la de vestirnos de mimos. Así, con la cara embadurnada de blanco, un sombrero tipo Charlot que adquirimos en la añeja tienda de Miguelito Matute, (…que calentaba la sesera hasta su práctica disolución y la derretía cuando llegado era el mediodía y en cambio la solidificaba, cual tempano de hielo a la caída del frio anochecer de la llanura manchega) y algún retazo del traje de boda de nuestro padre, nos lanzamos a la calle con la incertidumbre de no saber cómo seríamos recibidos por lugareños y conciudadanos, en un mundo carnavalero, donde solo afloraban las murgas mencionadas de El Jaulón y El Calostro. Para nuestra satisfacción la acogida fue triunfal, por lo que quedamos compuestos y decididos a probar en el venidero año suerte con mayor fortuna.

                                                                                                                                                      
    

     En aquella ocasión los jauloneros muchachos se nos vistieron de niñas, (…trajes que hizo con esmero, como siempre, la integrante polichinela Pilar Poveda) y quedó para los anales su composición murguera en la que entre otras cosas decía: “tan blancos como alcanfor, y con ganas de alegría, parece todo El Jaulón, horchata de la María. El lazo y el bolso están, cosidos con gran decoro, y los instrumentos van, debajo de los pololos”.

Los mendigos polichinelos
       Y así, pasó el tiempo, que siempre pasa, y nos plantamos en el 1986 donde dándole vueltas a la mollera pensamos en la ocurrente idea de vestir nuestras gráciles figuras de mendigos y para ello que mejor, pensaron nuestras exiguas cabezas, que el confeccionar” suaves” trajes de arpillera que puestos a pensar continuaban dando un problema, el de los cuartos que seguían sin aparecer por los menguados bolsillos. Así llegó en nuestro auxilio el inefable Jaito, quien hubo de asegurar que en los almacenes añejos de la fábrica de VISAN había sacos de arpillera a espuertas, certificando que Pedro Bravo, dueño de la industria y de los sacos, no tendría reparo alguno en regalarnos cuantos quisiéramos para tan encomiable misión. Y como, me  pregunto ahora con el pasar de los años, habría de tenerlo si los mismos se encontraban entre los residuos del derrumbe de tejados y paredes de los maltrechos almacenes de su extinta industria harinera, cubiertos de polvo, liendres y parásitos varios y variados. De esta guisa, cargamos hasta los topes el maletero del Seat 124 de Loren “El pintor” y trasladamos los sacos y el zoo que les acompañaba hasta las instalaciones teatrales del extinto Club Septum, donde hubimos de echarlos en remojo, “bien remojao”, con una caja disuelta de Ariel blancura, en los depósitos de agua que había a la intemperie situados en la terraza. Imagínense por un momento, lo que hubo de ocurrir, estando por el mes de enero y a tres grados bajo cero. El agua se heló, los sacos se pudrieron y el diseño, (…Agata de la Prada), de vestidos e indumentarias se fue a cagar leches, con lo que nuestras mentes, aviesas y despabiladas, de común y cotidiano, idearon la idea de poner retales cosidos en trajes negros acompañados con sombreros de paja al uso, con lo que quedó resuelto el problema y nos vimos de nuevo en la calle pertrechados, eso sí, para esta ocasión de murga escrita y cantada que vino a meterse con el hacer de bares y tascas del pueblo y que decir decía en una de sus estrofas: “Si a las dos vas a La Venta, te sirven con rapidez, seguro que cuando salgas, son de las ocho a las diez. Y las tapas que nos ponen, eran grandes hace un año, ahora hacen falta las gafas, “pa” adivinar su tamaño.



     
   Los chicos del Jaulón se nos vistieron de pájaros, (… todos son elementos cereros de esta especie) y levantaron sobre la plataforma de un coche una jaula de considerable tamaño donde, con el pasar del día y el fluir de los bebercios, hubimos de viajar jaulones y polichinelas al unísono y sin control por las calles y plazas del pueblo con sus extramuros, siendo por la de San Blas donde un pájaro volátil, apodado Piji, hubo de estar a punto de aterrizar, después de un viraje descontrolado del conductor carrocero, desde la cúpula de la jaula hasta los suelos. El Bajillo compuso una murga memorable, dedicada a todos los “pájaros” del pueblo, que apuntaba entre otras cosas: “Este traje que traemos, viene con todo incluido, el pico que va por fuera, y el “pajarete” en su nido. Trataremos de esconderlo, y taparle la salida, y solo los sacaremos, cuando le falte comida.”


Dirigiéndonos Jaito

     Viajamos ya, esto va viento en popa, hacia el año del 1987, donde hubimos de hacer honor al nombre vistiéndonos de polichinelas, que como todos sabrán, aunque lo dudo, es un personaje burlesco de incierto origen que durante los siglos XVI y XVII se extendió por Europa en el mundo del teatro y la literatura. Haciendo acopio de fuerzas, y rebuscando los cuartos en los cajones, decidimos por vez primera fabricar con dignidad los atuendos y trajes que brillaron esplendorosos y lúcidos, siendo la ocasión en que mas integrantes tuvo la murguera murga y en la que se nos vistió hasta Miguelín Matute muy poco dado a estos fastos. También llegó, como por arte de birlibirloque, mi querido Pepito Leré (…Don José Testón), que digo yo que vendría de permiso militar o de doquiera llegara y al que vestimos cual moro de jaima subsahariana. También quiere recordar el escribidor que por primera vez, después vendrían otras cuantas, nos alzamos con el primer premio del concurso de murgas y nos fuimos a comer al restaurante, donde el Piji jaulonero demostró a toda la concurrencia su maestría sorbiendo flanes. Apenas hacía dos años que por decisión estatal se había instaurado de nuevo el sorteo de la lotería primitiva cuyos boletos se expedían o mejor se despachaban en la tienda de la Nieves, en la plazoleta de la Puente. Para ella fue una de las estrofas murgueras de aquel año que venía a decir algo así como:”Si quieres ver alegría y simpatía ocurrente, a la Nieves ves a ver, a su tienda de la Puente, que con aire cabreado, del sillón levantará, y el boleto primitivo, de mala leche te hará.”


Con el jaulonero Vicente, infanteño "pa" más señas, ante la atenta  mirada del Alcalde  Antonio  Cobos
     

Aquel año la muchachada jaulonera se hizo a la mar hasta con barco. En su afán descubridor, descubrieron numerosos dichos y sentires del vivir santacruceño, aunque a juicio de este relatador de historias, el Bajillo, (…autor de la oda), hizo historia con la que pudo ser la mejor composición carnavalera escrita en esta villa. Estaba dedicada a las sillas abatibles de rejilla que, en los entierros, alquilaba El Pato para los largos velorios y que decía: “ Descubrimos que las sillas, que te alquilan en El Pato, necesitan reformillas, hacerlas bicarbonato. Si alguna vez has cumplido, y en ellas te has sentado, ¿a que siempre has sentido, cierto dolor de lumbago?. O los huesos retorcidos, o bien el cuerpo arqueado, o a lo mejor te has caído, o te has puesto un huevo morado, y si eres señora el higo, se te ha puesto caldeado, ¡joder!, solo faltaría, quedarnos embarazados. La primera hora se aguanta, la segunda ya la sientes, la tercera te levantas y la ofreces a la gente. Cuando empieza a amanecer, ya sientes gran pesadumbre, ¡hay si pudiera quemar, la puta silla en la lumbre”. Convendrán conmigo, queridos y queridas míos, lectores, lectoras y lectorcillos, que es realmente memorable.


Los bebes de la inocencia
      

   Y así aterrizamos en el año del 1988 en el que tuvimos la ocurrencia, candorosa e inocente, de vestir nuestras tiernas siluetas de bebes. La fabricación del “tacataca”, (… artefacto indispensable a tan tempranas edades), corrió a cargo de Basilio Olavarrieta, hombre hábil y mañoso en estas lides, y así, de esta manera ataviados, anduvimos por calles y callejones como corriendo a destajo. Quiero pensar también, (… la mente por vetusta me falla), que fue este el año de la incorporación definitiva de Pepito Leré,(…Don José Testón), al mundo de charanga de tan celebrada comparsa que hubo de quedar, si mal no recuerdo, con los que habrían de ser para la posteridad sus integrantes definitivos. Volvieron a llegar premios y agasajos estableciéndose a su vez una costumbre que habría de hacerse norma. Les cuento.
     Todavía no les he referido que en estos tiempos relatados tuvo un auge monumental el vetusto Salón de Piña, regentado por Pepe Huertas. Allí, como en los añejos tiempos del Salón de Coronado,  a la caída de la noche, afloraba una marabunta difusa de gentes con sus olores y al son de orquestas de medio pelo, bebíamos  cubalibres a mansalva, compuestos que ponían la cabeza cual barraca de feria y el estomago en las nubes. De esa guisa, la vuelta a casa, cuando los gallos cantaban y tornaban a esconderse los luceros, era convulsa y hasta vomitiva. Por ello, invariablemente y fuese cual fuera la climatología, el encargado de levantar cada mañana carnavalera a este torpe escribidor entre toses y vahídos, era Don José Testón, (… que bueno es el pobre mío), a quien le costaba año y día sacar mis maltrechos huesos de la cama, entre vapores y estertores. Osamenta que iba a parar, una vez dispuesta y aseada, hasta el bar de Jose Luis “El Botas”, comienzo de la jornada y de otra etapa carnavalera. Olvidaba deciros, seguimos con la senectud, que como todo bebé debe ser acompañado por niñera responsable y cabal, hubimos de contratar aquel año los servicios de una matrona cuidadora, un “pavo” humano y sin plumas llamado Socorro.
     Decir que para ser bebes, éramos imprudentes y algo ligeros de cascos, por lo que poco nos importó cantarle en el casino a la “jet” del pueblo, a las damas y caballeros de mucho porte, cuartos y poderío. estrofas compuestas en su honor y distinción que terminaban diciendo: “El mejor escaparate, sin decirlo no me quedo, la de doce más que misa, es desfile de modelos, unos altos y arrugados, otros bajos y calvetes, las hay con patas de gallo y otras ya tienen juanetes. Y como nombres no digo, no es algo dado a mosqueos, si te das por aludido, que te aproveche el cabreo”. Tras entonar tan sutil tonada hubo ilustres cabezas que dejaron de peinarse en la peluquería de mi segunda “santa”, la venerable cuñada.


     

   Los jauloneros muchachos vistieronse de aviadores y así, con la autovía de Andalucía en construcción, hubimos de marchar jaulones y polichinelas, subidos en el avión entre una lluvia de espanto y un frío de tres cojones, cubiertos por plásticos y envolturas hasta el restaurante El Puente. Pueden adivinar lectores aviesos que no eran tiempos aun de controles y alcoholemias, por lo que después de comer y beber todo lo comestible y bebible, bien pudimos despegar bajando el Puente de la Media Legua.
     Aquel año estas volátiles criaturas compusieron una charanga memorable, basada en la Murga de los Currelantes de Carlos Cano a Joaquín Puertas “Picasso”, entrañable y pícaro personaje del pueblo y de sus contornos. También fue llegado el momento en que, el autor de las murgas jauloneras, tomo posesión como edil en el ayuntamiento, hecho este que dio lugar a un episodio que reflejado quedó de esta manera:”El Bajillo dio lugar, a su primera faena, y trajo a SABOR CUBANO, a tocar a la verbena. La vocalista borracha, el negro padre emporrao, y el blanco que nos cantaba, estaba agilipollao. Lo que pasó en la Verbena, fue algo más que una pasada, empezó siendo faena, y acabo siendo putada”. Aquel día, los cubanos cantores no cobraron por la actuación, aunque a cambio se llevaron en el lomo, un pedo tan grande como la Catedral de Burgos.


 Compungidos y apenados, bajo la bendición de Angelito
     
                               
     Decir también, que en este año referido, el entierro de la sardina fue clamoroso y memorable. Era el oficiante mayor del funeral, obispo para más señas, con cetro y  mitra, Angelito “El Cabezón”, (… ¡que buen hacer tenía el mozo!.), a quien seguían como en fraternal procesión doloridas  damas y compungidos caballeros, que lloraban desconsolados la muerte de Don Carnal y el llegar odioso de Doña Cuaresma, mientras dentro del ataúd, colocado en vertical sobre el avión de los jauloneros mozos, no piensen que iba sardina, ni arenque de mar alguno. En la caja de los muertos, (… cesión gratuita y a perpetuidad de Don Zacarías Nuño, padre del jaulonero del mismo nombre, para uso y disfrute del Grupo Teatral Mudela), transitaba yerta La Antoñita, que no era hembra, sino macho de invertido sexo, a quien Dios tenga en su gloria, que bien pudo perecer con antelación, despeñada por las cuestas y altitudes que coronan las calles del barrio de San Roque.     


Con el chino FU-FU
    
      Los carnavales del 1989, nos acogieron en su seno vestidos de cerditos. No me pregunten el porqué, puesto que mi quebrada memoria no lo recuerda, aunque aún tiene noción de un acontecimiento memorable acaecido en aquellos gloriosos días. Ya hemos contado que el año anterior montados fuimos en briosos “tacatacas” y que los susodichos fueron de diseño y creación del Basilio Olavarrieta, a quien en otro orden de cosas, los jauloneros muchachos en su murga habían tildado de concejal cabezón. Haciendo bueno el refrán que dice aquello del “cría fama y échate a dormir”, decir diré que si sombrero me prestara el susodicho, a buen seguro no habría de colarse en mi testuz, porque no en vano pertenecen mis ancestros a la estirpe de los Navarros, sabios y muy cabezones.



     Tras esta confesión cabe ahora el contarles, que era deseo de Los Polichinelas pasar otro carnaval en artilugio de ruedas montados, recorriendo con el nuevamente calles y callejones, por lo que hubimos de encargarle a tan pensante y sobresaliente cabeza que fabricara unos “patitenes” para uso y desplazamiento del personal. Pegas no puso para su elaboración, pero cuartos pidió más que cura y monja en misa, por lo que desechado el invento, pasar pasamos a referirlo, como era pertinente y oportuno, en la murga escrita para la ocasión, con tan mala fortuna, que estando inmerso en su edición, nuestro editor Miguel Matute, en su Olivetti Lettera no se cuantos, para proceder a su copia, en la fotocopiadora que tenía pasando a la trastienda llena de trastos de la antigua librería FEYMAR, asomó, (… y se hizo la sombra), Basilio por aquel sacro lugar de la palabra escrita  y leyendo la murga antes de su publicación, presto pidió, por escrito y con membrete, que fueran retiradas alusiones y referencias, con un cabreo de tres pares de cojones, a su metalúrgico negocio, asunto este que nos pasamos por la entrepierna, para su enojo y desesperación, debido a “locualo” durante un tiempo, que hubo de ser escaso,(…los buenos amigos siempre se reconcilian), hasta nos hubimos de negar pan y saludo. Decían las estrofas:”Pensamos ir este año, en patinetes montados, más al preguntar el precio, quedamos como atontados. Siete mil “pelas” cobraba, y nos pareció un montón, por hacer cada cacharro, el Olava cabezón. Con el paso de los años, ganará este Olavarrieta, “pa” comprarse tres aviones, chalets y motocicletas.” Olvidaba decir, este es un añadido posterior, que en esta ocasión puesto que cerditos éramos, hubimos de vestir de matarife, con el carro y la burra de Malara, al ave volátil apodada Pavo.
       Los varones del Jaulón metieron sus lozanas figuras en las entrañas voraces de un dragón, siendo este el último año, si la memoria no falla, que el jaulonero compositor, Bajillo para más señas, compuso murga y vistió atuendo carnavalero, dado que llegado fue el momento en que por moción censurable y de censura, (… aunque esa es otra historia), habría de ser Alcalde del  corral y sus gallinas, poniendo de patitas en la calle al edil Antonio Cobos, más conocido por CAMY.


      

   Agotado quedo, como podréis observar,  amadas y amados míos, después de releer murgas y escanear fotos, aguantando a la “santa”, que me conmina y reprende incitándome a que duerma más,(…pobre ángel mío, como me cuida) y me de menos a estas tontunas de la escritura que me tienen “sorbió” el seso. Mas, que quieren que les diga, como soy Navarro y cabezón, no pienso hacerle en esta cuestión, (… no vayan a contárselo cuando la vean, que los conozco), ni puñetero caso. Así, que calculo yo, que si el tiempo y su discurrir no ponen impedimentos, es probable que siendo uno lento, como es, para estos asuntos de la escritura, antes del Domingo de Piñata, pondremos broche y punto final a esta historia. De cualquier manera, si hubiera de ser, para el domingo que corresponda del año que viene, no me vayan a poner pegas, que tampoco pasa “na”.  A propósito del visionado de imágenes, si pinchan sobre la que deseen, pueden ver todas ampliadas.


 



jueves, 2 de febrero de 2012

Carnavales de mi infancia




     
    


   Uno anda siempre como en la desorientación y tal vez por ello tenía metida en su exigua sesera, la idea de que el domingo de la semana venidera comenzaban los carnavales, siendo esta creencia incierta, pues aún quedan como quince días para que llamen a nuestras puertas. Por ello y con la intención de elaborar una crónica de los años en que fue carnavalero, abandonó otra receta del catalogo del Maurito Verbenas, que casi tenía terminada. Es esa la razón por la que haciendo bueno el refrán que dice lo de:”quien mucho abarca poco aprieta” haya tenido que echar mano con premura de un escrito publicado en los principios de esta factoría de evocaciones y que tal vez por el hecho de ser primerizo puedan haber olvidado. A la espera de llevar a buen puerto la andadura que me sorbe el seso, queden ustedes con Dios y hasta la próxima, que será pronto…

 

     El carnaval siempre fue fiesta muy celebrada por estos contornos. Contaba la tía María, que era una peluquera muy reputada  y peinó sobresalientes cabezas de señoras de clase pudiente, que cuando se acercaban cada año, estas fiestas de bacanal y alegría, había un viajante valenciano, servidor de cortes y pieles para fabricar zapatos a su marido Rafael Villanueva, concejal del Ayuntamiento en aquellos años del ordeno y mando, que aquel hombre estaba deseando que llegasen estos días de asueto y divertimento, para aparcar sus maletas en la posada de Maximino y darse a la holganza y el cachondeo durante tres jornadas en las que la noche siempre se juntaba con el día. Los tiempos que corrían eran de férreo control sobre los hombres y haciendas por estos desempeñadas; por eso el carnaval, fiesta pagana y anticlerical donde todos aprovechaban la ocasión para cubrirse la cara y ocultos mofarse de aquellos que durante  el año entero les vilipendiaban, fue prohibido.

     Para evitar que las autoridades provinciales, férreos controladores del cumplimiento de estas estrictas exigencias, tuviesen conocimiento de su inobservancia por estos lares, trasladaron su celebración a calles alejadas del centro del pueblo y en concreto a la de San Sebastián donde se montaban tascas en los sitios más variopintos. La zapatería de mi padre, (... donde solo se vendía vino, vermut, panchitos y aceitunas luneras), tiendas de comestibles, y talleres de todo tipo, eran sitios idóneos, para colocar una barra y vender vino a mansalva. El famoso Salón de Coronado, lugar donde se celebraban los bailes y que multitudinariamente se llenaba de gente todos los días. Gente que olvidaba sus problemas y desdichas a ritmo de boleros y salsas. Entonces el sol se confundía con la luna, o lo que es igual, el día y la noche se fundían en un solo tiempo, mientras se bailaba durante minutos, que se convertían en horas, y horas que se prolongaban durante días enteros.

     El carnaval siempre dio lugar a la fama de muchos personajes variopintos. Famosos fueron los Chuletas, con sus murgas y comparsas y Dolores la del Colorín que se pintaba sola, según cuentan los que la vieron, para disfrazarse y meterse con quien en gana le venía. La Dolores es tía mía. hermana de mi padre, y es mujer de mucho carácter y raza. Fue mi madrina, y espanto le debió de dar llevarme a la pila bautismal, envuelto entre trapos que disimulaban, el escaso kilo y cuarto que pesaba. Yo nací una mañana de principios de junio   del año l961, con un mes de adelanto sobre la fecha prevista. Parece ser que mi madre, aguantó poco la cocción y me despachó con antelación. Ella cuenta que me tuvo como en clausura, durante algunos meses, porque le daba vergüenza enseñar una cosa tan diminuta. Después fui creciendo y en el día de hoy me sobra barriga por todas partes. 

     El carnaval, como decía, llenó de fama a muchos. Otros, los más, disfrutaban con la llegada de estos días de asueto, porque daban rienda suelta a su desenfreno y podían soltar la lengua, en aquellos años en que solía estar sellada a cal y canto. Contaba mi padre, que en la calle Cervantes, donde después estuvo la tienda de Manolito, había un bar de unos valdepeñeros a los que llamaban Puertorricos y en aquel establecimiento tenían por costumbre, anotar en una pizarra a los morosos que no pagaban. Así todo el mundo sabía quiénes eran los deudores. Cuando se le inflaban las narices al camarero y alguno bebía más de la cuenta y no pagaba, sin previo aviso, le despachaba un par de tortazos y lo echaba a que se oreara en la calle. Claro que también decía mi padre, que aquello lo solían hacer con los cuatro diablos, que no tenían donde caerse muertos. Los señoritos, falangistas de postín, bebían y debían sin que nadie les pidiese cuentas. Los dueños de este bar, muchos años después pusieron una caseta, cerca de la verbena, el afamado bar del Alaska donde vendían los mejores pinchos morunos que he comido en mi vida. Los cocinaba, en brasas de carbón, un hijo suyo, que debía de pesar cerca de los doscientos kilos y al que solo hacía falta mirarle a la cara para pagar sin rechistar hasta la última peseta adeudada.

     Mientras el parque municipal, donde estaba ubicada la susodicha verbena, se llenaba de olores a carne, a pescaito frito y a los orines de todos aquellos que deponían el agua sobrante sobre los verdes y frondosos evonimus que lo adornaba

                     


jueves, 26 de enero de 2012

Las recetas de Maurito Varbenas, Las patatas con bacalao.









   Perdonen apreciados leedores si, como supongo, crecen en su interior sensaciones y sentimientos como de cabreo y hasta de ofuscación cuando hayan de comprobar, con acierto y precisión, lo que de cierto tiene la apreciación de que desde la primera entrega del recetario de Maurito Verbenas hasta la presente ha pasado algo así como un año, pero es el escribidor hombre de mucho enredar y poco hacer por lo que tardar tardó en dar en la cuestión de que debía volver a este camino iniciado para ofrecerles, si lo tienen a bien, algún plato novedoso para deleite de sus gustos y paladares, de los que se guisan  y cocinan en estas sus manchegas tierras de Don Quijote.

     Presentadas pues las excusas y supongo que perdonado, diré que habremos de levantarnos temprano por aquello de ser los primeros en escoger los perecederos alimentos con los que guisar la receta, (… el escribidor no es necesario que se levante porque no se acostó, dada su condición de mochuelo trabajador nocturno) y enfilaremos hasta la pescadería de Enrique que es santacruceño de adopción, valdepeñero de nacimiento y además habla hasta por los codos. Olvidaba decir y se torna necesario que habremos de cocinar en la lumbre y con esmero unas Patatas con Bacalao, aunque en el pueblo las llamen, “pa” ser concisos y exactos, comúnmente AJOPATATAS, sin más.

     Ubicados ya en el pescadero puesto habremos de adquirir sin dilación una buena “bacalá”(…bacalao en salazón), si es carnosa y con jugo mejor que mejor, y en el puesto de la fruta y otros complementos varios, patatas de calidad, prietas cabezas de ajo, un pimiento colorao, un buen manojo de acelgas y unas ramas de perejil. En asuntos de intendencia no debe faltar buen tino, por ello y dando en pensar que habrá de alargarse la jornada echaremos en el carro otras vituallas que alegrarnos puedan el día como pueden ser, por decir y por poner un ejemplo, lechales chuletillas de cordero o hasta la candorosa careta de un cerdo, (… del que hasta los andares gustan), manjares ambos que asados en las ascuas reposadas de la lumbre han de ser deleite de paladares y gozo para los sentidos. No olviden tampoco, pues habría de pesarles, añadir al carrillo de la compra un tinto de Fernando Castro, (... o docena, si tienen el gusto) y unas gordas del Isaito, pues de no ser así beberían, puesto que ha cocinar nos dirigimos al inigualable lugar de Las Virtudes, (¡donde hasta actores y actrices como Don Juan Echanove rodaron películas del Capitán Alatriste!), agua limpia y cristalina del pilón, muy buena para el riñón, pero insustancial e insípida para la degustación de tan exquisitos manjares.

     Situados ya en tan paradisiaco lugar, donde el escribidor tiene humilde morada, encenderemos prestos la lumbre y mientras prende acometeremos el pelado de las patatas que después trocearemos, cortando, partiendo y cascando, que se llama al uso, asunto este muy de tener en cuenta, puesto que es cuestión que sin saber porque espesa el caldo y lo traba, haciendo que no parezca que llovió a cantaros y sin control en el fondo del caldero. Pelaremos los ajos, cortaremos en tiras y dados el pimiento e igualmente las acelgas y haremos un majado en el mortero con ajos y perejil, dejando para postrera y última tarea la de cortar el bacalao en sustanciosos trozos, de los que unos cuantos reservaremos para engullir, a pelo y en los principios, mientras catamos un vermut sin parangón del Agapito.

     Crepitan los leños en la lumbre por lo que pondremos sobre su lecho la sartén que “tie” dos asas y regaremos el fondo, cubriéndolo y algo más, con aceite del terruño, del molino de San Sebastián. Ya humea, cual hoguera sioux en el lejano oeste, cuando prestos arrojamos a las entrañas del caldero bacalao, ajos y pimiento, dejándolos que se doren, tuesten y den sustancia. Echaremos después las patatas, un par de cucharadas de pimentón dulce y daremos vueltas al compuesto hasta que mezcle sabores y gustos , hasta que pasado un rato,(… tampoco es cuestión de dormirnos en los laureles y que todo se chuscarre), añadiremos agua hasta cubrirlo y nuevamente algo más, rematando la tarea con las acelgas y el citado majado, pues tiene por costumbre este escribiente de chichinabo, por su cuenta y a su modo, llegado el momento en que rompe a hervir y se ablandan levemente las patatas, de arrojar dentro del caldero unos puñados de arroz, como a razón de la mitad de cuantos comensales haya.     

 

            

      

   Dejamos que siga hirviendo y por primera vez, no lo olviden, probamos el punto de sal, puesto que si son sagaces y aviesos como supongo, habrán tenido muy en cuenta que nada hemos referido relativo a la utilización del cloruro sódico en tan sabrosa pitanza, mas ello se debe al hecho, que ya habrán adivinado, de que es bacalao sin desalar lo que cocinamos en el condumio y no es cuestión de que por abuso queden gargantas y paladares abrasados y como entre llamas, por lo que solo si hace falta añadiremos la sal que necesitara y llegado el arroz a su cocción, las patatas estarán en su punto y será el momento de, con bríos y sin demora, sacar la sartén de la lumbre y emplatar el manjar resultante para deleite de comensales y cabreo de mujeres, esposas y compañeras, puesto que habrán de ser los varones celebrantes, más cerriles y dados comúnmente al añejo arte del bebercio, quienes calmen sus ardores con vinos de la tierra y cervezas del Isaito y ya en los postres llegaran los consiguientes cubatas, que habrán de poner la cabeza cual cencerro y la mente enmarañada hasta acabar cantando, al unísono y en coral polifonía, la conocida canción del: “cuando los borrachos van a la taberna, se beben el  vino, se gastan las perras, luego van a casa con una merluza y todo lo paga la pobre Maruja”. Amén y hasta la próxima.




                                                                                  









     

viernes, 20 de enero de 2012

De la mano de mi amigo Charles Chaplin

    
    


   Con el favor impagable de mi amigo Charles Chaplin, a quien se debe la idea de esta declaración de principios.


     No me preguntéis porqué, pero os puedo asegurar que en contados momentos de mi vida fui capaz de perdonar errores que antes me hubieran resultado imperdonables. También he de reconocer que traté de sustituir a quien me resultó antes insustituible y vanamente quise depositar en la mochila del olvido a personas que hicieron que la vida me brindase momentos inolvidables. Hice cosas por impulso, critique y también eleve al podio de la vanagloria a quien no lo merecía y hubo infinidad de amigos que sin serlo me decepcionaron, a la vez que sin perdón fueron montaña aquellos a los que con toda seguridad decepcione. 
     Ofrecí mis brazos abiertos a quien los necesitó y brindé risas cuando las lágrimas afloraban en mi rostro. Tuve amigos con los que compartí la vida entera, amigos a los que ame, amigos que me amaron, amigos a quien decepcioné, amigos que me decepcionaron, amigos con los que compartí risas y salte de felicidad. Amigos a los que prometí amistad eterna, a los que hice juramentos eternos que después irremediablemente rompí.

     Lloré y gocé escuchando las añejas canciones que alimentaban mi ser, viendo las fotos de mi vida y hubo voces que me cautivaron, sonrisas que me quedaron prendidas, gestos que me enamoraron. También me hundí en el pozo oscuro de la nostalgia arropada en tristeza y melancolía, tuve miedo a perder a quien me sostenía y al final terminé perdiéndolo y continúe viviendo, sin renunciar a la vida y solo por ello continué vivo.

    Y sigo luchando, lidiando el vivir con valentía, abrazando la existencia con pasión, aprendiendo a perder con dignidad y a ganar con osadía, porque la vida no puede ser solo pasar y este pasar nunca puede ser banal e insignificante.

 


                                                                                               

jueves, 12 de enero de 2012

De los números, las letras, el Morgan y la gimnasia.

    


    No recuerdo si habremos contado en alguna ocasión, en este rincón de referir recordaciones y hechos acontecidos, que este escribidor es hombre de letras y que es por ello que les cansa a ustedes, pobres lectores de sus divagaciones, con extensas homilías insustanciales envueltas en palabras escritas o habladas. Y tampoco me viene a la olla si habremos igualmente dicho que el asunto de los números siempre fue cosa que me puso la cabeza como un bombo, los pocos pelos como escarpias y el ser entero en estado de máxima alerta.

    Lejanos quedan los tiempos, aunque desde cerca los contemplo, de aquellos primitivos días sumido en el aprendizaje de las primeras reglas de las ciencias y las letras en el lóbrego colegio conventual de las Madres Concepcionistas, del que no entraré en esta ocasión a contar vicisitudes e incidencias que dejo para fecha venidera, y del que solo diré, como a modo de aperitivo, que entre sus paredes se hacía bueno el dicho, verdadero y cierto, que viene a decir aquello de “que siempre las letras, con sangre entran”.

     Allí aprendí a trenzar las primeras palabras, a hilvanar los primeros números y, más pronto que tarde, hube de descubrir que juntar letras era pormenor que me hechizaba por lo que, a través del tiempo y su pasar, empecé a tener claro el convencimiento de que integrales, ecuaciones y raíces cuadradas eran materias diseñadas para intelectos de mas entendimiento y alcances siendo lo mío, en el devenir futuro de profesiones, afanes y carreras, todo lo que alejado estuviera, y cuanto más mucho mejor, de la Física, la Química y las Matemáticas.

      Y así, como en volandas, correremos un rápido y tupido velo sobre lo acaecido y acontecido en aquellos primeros años escolares para decir que, llegado al final de la Educación General Básica, vigente en aquellos tiempos, tenía el escribidor claro como el agua que su porvenir estaba en el estudio del periodismo, hecho este que puso en conocimiento de sus progenitores para que, juntos y en buena armonía, tomásemos acerca de mi incipiente futuro la decisión acertada.

     Y fue entonces cuando ocurrió lo inesperado, el designio torcido del destino que hizo a mis padres pensar que deber debían pedir consejo a Doña Josefa Hellín de Vivar, a quien han contemplado más de 103 años de existencia, maestra de francés, directora del Colegio Público Cervantes y vecina de la misma calle. Y hubo de ocurrir que tomó esta la decisión, sin que nadie pusiera objeción ni traba alguna a su designio ,y tuvo la ocurrente ocurrencia de aconsejarles que lo mejor, dada la humilde condición de la familia y siendo el periodismo carrera de largo recorrido, era que "mandéis a Maurito a estudiar y aprender un oficio en la escuela de Maestría Industrial de Valdepeñas", con lo que sin quererlo, ni desearlo, (entonces los infantes adolescentes teníamos poco que decir y menos aun que opinar), me encontré a las primeras de cambio matriculado en el primer curso del primer grado de Formación Profesional en la rama de electricidad, con lo que el fantasma de los algoritmos, formulas, guarismos y otras bestias del averno relacionadas con el mundo de la luz y la luminotecnia dejaron de ser etéreos para volverse tan reales como la vida misma.

     Y fue así como, sin comerlo ni beberlo, me encontré en los albores de una mañana del 75 a bordo del autobús desvencijado de Alfonso Clemente Lietor camino de la que debía ser, y no sería, puerta del porvenir y meta de sueños posibles o venideros. Hasta aquí todo sería normal, sosegado y predecible de no ser porque al llegar al destino, y ubicado ya en la clase correspondiente, hube de comprobar con espanto contenido que entre las materias que se impartían en el centro estaba la de gimnasia.

     Se preguntaran los amables lectores de estas divagaciones sin fuste la razón de  la anterior aseveración y el motivo de mi inquina en lo que al ejercicio físico se refería. Por ello deben saber que hasta aquel preciso instante este escribidor jamás había asistido a clase de gimnasia alguna debido a que en el colegio del pueblo no había profesor que impartir impartiese la citada disciplina, por lo que el ejercicio físico que hacíamos, con el beneplácito de maestros y enseñantes, era jugar al fútbol en las eras, lugares aquellos donde en el estío se amontonaba el trigo de la cosecha y donde también, y a la primera de cambio, nos liábamos a pedradas abriéndonos rajas y brechas en cabezas y cabezones.

     El escribidor siempre sintió aversión por los juegos rudos y su práctica salvaje, lo que no quiere decir que, obligado ante la posible mofa de los que le rodeaban, no hiciere de tripas corazón a la hora de jugar al tranco, borriquillo en la pared y otras prácticas primitivas dignas del África subsahariana, aunque la razón esencial de tan firme proceder era la convicción, clara y concisa, de que en el asunto del deporte no estaba llamado a realizar grandes gestas reseñables.

     Con estas llegó el temido día en que, con camiseta de hombrillos y pantalones cortos, ¡que ver adolescente tenía el ejemplar!, tuvo lugar el primer encuentro con El Morgan, fustigador de la gimnástica clase y director a ultranza de la misma. Aún ahora me pregunto, sin encontrar jamás la respuesta, que podría desarrollar en tan deportivo lugar este mortal si ya por aquellos entonces, enclenque aunque vigoroso, era incapaz siquiera de flexionarse sin que le crujieran costillas, articulaciones y coyunturas. Baste decir como premisa que en tiempos más actuales su venerable suegra, con 83 años a cuestas, es capaz de doblarse, para asombro y consternación del susodicho, hasta colocar las palmas de sus manos en el suelo, mientras este servidor de ustedes es incapaz, por torpe e inhábil, de pasar de la frontera que le marcan sus rodillas. Concluiremos entonces que abdominales, flexiones y otras prácticas por el estilo eran un sufrir del purgatorio, motivo este por el cual la manía perpetua a la práctica de la física educación creció en mi interior como vergel en el mes de mayo.

     Dio comienzo la clase con calentamientos, estiramientos y otras prácticas habituales en el buen hacer y desarrollo de la gimnasia hasta que llegó el momento en que, con el ceño fruncido y los sentidos alerta, ordeno el susodicho profesor a dos de los alumnos más fornidos que procediesen a preparar los aparatos. En un primer momento mi confusión fue extrema y después el pavor más absoluto se apodero de todos los rincones de mi ser al comprobar que se refería con tal aseveración a los artilugios más temidos a lo largo de mi vida y que respondían a nombres de catalogación tan animal como potro, caballo y otro de difícil clasificación, ignorado y desconocido, apodado plinto.

     Colocados están ya, cada uno en su justo lugar y a los pies de cada cual reposa una colchoneta verde, para amortiguar las posibles caídas y porrascazos. Y también tenemos, erecto e impasible, con un pito colgado al cuello, el mirar marcial e impasible y el bigote renegrido, al Morgan, pasando lista “pa” que vayamos saltando. Como les podría contar, apreciados leedores, lo que sintió mi ser convulsionado cuando la fila disminuía y el temido momento de mis desvelos se acercaba ineludible como cuando el reo va de camino hacia el cadalso. Así, y sin más dilación, saltó el que estaba delante y allí me encontré  observando cómo extasiado lo que llamaban el potro. Con el brío de mil caballos oigo mi nombre declamado con fuerza, contesto un ¡presente!. débil y como enfermizo, mientras el Morgan me observa y me dice que "¡las antiparras fuera!". "Si me las quito no veo ni un pijo", contesto, en el deseo vital de librarme del temido circuito mortal, más no se compadece el antedicho que repite "¡que te las quites!" como poseído por Lucifer y sus huestes. Me las quito y ya estamos otra vez como en Londres, niebla espesa, objetos difuminados, mientras un grito atroz rasga el aire y corta la respiración ordenando como por decreto "¡potro interior!" y allá que van mis exiguas carnes volatineras por los aires tropezando con los pies en el armatoste y cayendo de bruces en la colchoneta. Me levanto dolorido y casi sin tiempo para la cordura una nueva orden inmisericorde me indica "¡caballo!"  y allá que va otra vez este miope ejemplar impulsándose en el aire y quedando clavado en la mitad del cacharro cual jinete persa en Las Termopilas. Empiezan a aflorar las risas, las chanzas y el cachondeo del respetable cuando, maltrecho y herido en el cuerpo y en el alma, y cagándome en sus muertos, perdonen la inconveniencia, al nuevo mandato de "¡plinto!" enfilo hacia el último obstáculo del tortuoso circuito clavando la testuz cual vacuno astado rematando al burladero y cayendo al suelo derrotado en el vano intento de dar una simple voltereta.

    Aquel día, mientras subía las escaleras del gimnasio rumbo a la calle me hice la firme promesa de no volver a bajarlas y fue juramento que cumplí en la medida en que me fue posible quedándome  de por vida el recuelo inalterable de una sentida inapetencia hacia la practica general del deporte y sus cuestiones. 

     Y será por ello que a lo más que llego en los deportivos asuntos es a la destreza avezada del levantamiento de vidrio en bares, que lugares tan bellos para conversar, y al deportivo esfuerzo de seguir las exiguas gestas, sufriendo como no podía ser de otra  manera, de mi venerado Atlético de Madrid, celebrando sus victorias por todo lo alto como pueden comprobar en la "afoto".

 



  
     
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miércoles, 4 de enero de 2012

De los magos de Oriente y sus "cuantiosos" regalos.

      

 Melchor, Gaspar y Baltasar ocuparon una parte importante de mi primer transcurrir transido por los caminos de la vida. Y digo esto, porque dada mi  débil condición y el hecho añadido de que la hacedora de mis días fuese mujer siempre ocupada en las hacendosas tareas del aseo y mantenimiento de la infame casa de mi infancia, bien en la mera limpieza de los suelos, que hacía hincada de rodillas, fregando con un trapo desharrapado en la mano y el cubo de cinc a la diestra,(…cuantos kilómetros haría mi pobre madre lustrando aquellas baldosas cual penitente dolorosa, con sus rodilleras de trapo, a la espera de que Manuel Jalón Corominas, ingeniero aeronáutico y oficial del ejército del aire en la base aérea de Zaragoza inventase la fregona), u ocupándose del lavado de las ropas, en la pila que ubicada estaba junto al pozo  en un patio inmenso y desangelado en las escasas horas que le dejaba el mísero trabajo de ayudanta en la peluquería de la tía María, poco tiempo tenía para ocuparse de mis andanzas y peripecias de tierno infante, con lo que la solución rápida a esta vicisitud era provocarme el susto, la alarma y el sobresalto diciéndome que no me asomara a la escalera porque venía el Tío del Saco, El Marango o algún otro bicho mitologico de pueblo que provocar pudiera mi pavor y espanto.

     De esta guisa, la llegada de los venerables magos de Oriente se me antojaba, cuanto menos, como algo enigmático e inexplicable y la sola idea de pensar que hubiera de ser el negro Baltasar quien llamar llamase a mi puerta, provocaba en mi exiguo ser de ochomesino, una convulsión estremecida de pavor mezclada con espanto. Figúrense, sufridos lectores y lectoras de este humilde relato, que ya hemos dicho en otras ocasiones que la vida y su discurrir en aquellos tiempos era como en blanco y negro, por lo que poco abiertos estábamos a la contemplación de los seres que habitaban otros lugares de este mundo. Por ello, sorprendidos quedábamos cuando, durante las Ferias y Fiestas, contemplábamos la llegada de los moros de Marruecos, vendedores de todo lo vendible,(…hasta condones, entonces prohibidos), enfundados en túnicas y chilabas hasta las rodillas, rodeados a su vez de los olores desprendidos por tanta ocultación y envoltura, y mucho mas atónitos y pasmados permanecíamos, algo así como extasiados, cuando algún habitante negro como el betún, llegado desde la Cuba, del África  u otro lugar, aparecía por los confines del pueblo.

     Imbuido pues por estos pensares, la sola idea de que el negro Baltasar apareciera por el balcón de la casa, me hacía estar aquellas noches heladas de enero, con los ojos avizor y los sentidos alerta, hasta que irremediablemente quedaba vencido por el cansancio y el sueño. Era entonces, al despertar y al albor de un nuevo día, cuando con prontitud recorría los rincones de la casa buscando lo que hubieran podido dejar los magos y era así como terminaba dando con lo dejado por sus reales altezas, que pocas veces se correspondía con lo esperado y querido de antemano.

 



     

 

El Exin Castillos era un juego que me apasionaba, o mejor quedará dicho, dado que jamás he poseído ninguno, con el que quedaba entusiasmado y absorto al observar las construcciones que ensamblando sus numerosas piezas podían realizarse, en los anuncios televisivos que visionaba en el añejo televisor Optimus que emplazado estaba para deleite de sus socios en el Circulo de Recreo. Tal vez por ello, imbuido todo mi menudo ser de tal afán constructor, hube de pedir a mis progenitores en alguna Navidad de finales de los sesenta que tuvieran a bien concederme la petición de pedir a sus realísimas altezas de Oriente tan instructivo juguete, siéndome concedida de tal manera, que durante los días que siguieron mi vida transcurrió como a lomos de una nube, visionando anuncios e imaginando las fortalezas que habría de crear y construir. Llegada la mañana del seis de Enero enfilé presto hacia el balcón a por el ansiado deseo de mis sueños y cuál no sería mi estupefacción, (…hasta el habla se me cortó) al contemplar en el interior de un tubo de plástico, unas cuantas piezas que ensambladas no daban para construir  un chozo.





     

El Cine Exin fue motivo de otra cansina tabarra, hasta que hubo de llegar la Tere, sobrina carnal de la tía María, para regalarme un ajado proyector que había pertenecido a su primogénito hijo. El día que irrumpió al fondo de la escalera de la casa de mi infancia con el inservible armatoste sumergido en una caja de cartón, estaba este pobre infante esperando ver emerger de aquellas entrañas el proyector de sus sueños cuando estupefacto quedó pasmado, con los ojos miopes como platos y acercando la nariz hasta el objeto deseado pudiendo visionar,(…entre brumas, como en Londres) que se trataba de un artefacto de color verde, horroroso y de chapa,(…”pa” que no diera calambre). Acompañaban al espantoso cacharro unas cuantas películas de Dumbo y el Pato Donald  y unos discos de pizarra, más viejos que La Bella Otero, rotos y unidos con esparadrapos, que supuestamente se colocaban en la parte superior del cinematográfico aparato, hasta la que llegaba un brazo articulado, cual gramófono de otro siglo, y del que puedo asegurarles, por mi honor y dignidad, que jamás brotó sonido alguno o emisión que no fueran los relativos a algo así como gruñidos o estertores de ultratumba.





    

 Más cercano en el tiempo queda, (…”solo” hará como treinta años), el día en que hubimos de echarle una mano, en los albores de la tierna juventud, a Manuel Sáez “El Jefillo” en la realización de un belén viviente. Decoramos carros y remolques como suntuosas carrozas en la bodega de Isidoro Bravo, desde donde habrían de partir en real cabalgata mi amigo Gregorio “El Pavo”, cual  San José muy barbado, llevando sobre la burra, que debía ser del Guagui, a Conchi, la del Chocolate, hasta las escuelas centenarias del Jardinillo, donde esperaban de manera regia los soldados romanos, (…tal vez Joselito Testón anduviera en este lance), pastores, reyes magos y hasta el tío que en el portal siempre aparece cagando, para una vez hecho este inciso en el camino, partir por la Calle Real hasta el belén que se encontraba en la plaza.

     Así hubo de ser, como fue, que llegados al destino San José, la Virgen, el borrico y los pastores hubiera de acercarse hasta Gregorio el bueno de Pepe Pollos, (… que Dios tenga en su santa gloria), para decirle al oído, sorprendido y confuso, aquel decir que decía algo así como este dicho: “Jamás había visto yo, por mucho que tenga visto, a un pavo de San José y una Virgen de chocolate”.