Como mandamientos:

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

A veces uno sabe de que lado estar simplemente viendo los que están del otro lado.
Leonard Cohen

sábado, 22 de junio de 2013

Días de escuela en el Cervantes



   
      
   


 Desde el colegio Cervantes, que abandonaron hace un tiempo mis tiernos infantes camino de cotas más altas, me pidieron que colaborara en un loable proyecto. Se trataba de reflejar las vivencias escritas, que junto a las de otros mortales habrán de conformar un libro si se puede y llega el caso, que habrían de despertarme, en el alma y los sentidos, el paso, hace ya unas décadas, por tan añorado lugar. Y el parto fue este escrito, que ante todo deseo y quiero que sirva de sentido homenaje a los que plasmados en el quedan, porque a su trabajo y buen hacer debe este escritor de pacotilla las pocas sapiencias y conocimientos que atesora hoy en día. Y también hube de acordarme de mi añorado Labordeta, que como maestro de oficio que era, plasmó magistralmente en una de sus canciones las vicisitudes del arte del enseñar. Así que, va por ellos. 




   Aún conservo el recuerdo, es algo que lleva aparejado el discurrir de la vida en lugares pequeños como el pueblo, del día en que se empezó a comentar por sus rincones que iban a construir un instituto en la villa. Debió ser por los años en que era alcalde de la misma Manuel Navarro Salazar, que hubo de pasar a los anales de la historia santacruceña con el conocido apodo del Boterillo. Y el recuerdo se me transforma en nostalgia, por los días vividos y el tiempo pasado, cuando también me llegan hasta la mente las horas que pasábamos por los aledaños del parque para comprobar y ver, no fueran a engañarnos, con nuestros sorprendidos ojos de pequeños infantes, la evolución de tan grandiosa obra, mientras pensaba, que más pronto que tarde habría de estudiar en aquellas aulas.

  Un servidor procedía, porque fue su primer destino escolar, de las lóbregas aulas conventuales del colegio de las Madres Concepcionistas, de quien muchos hombres y mujeres de este manchego lugar guardaran una respetable y grata recordación, que en el caso de este humilde escribiente queda difuminada en anécdotas incontables que no hubieron de ser buen caldo de cultivo, puesto que el día que traspasé aquellas murallas camino de las Escuelas Nacionales del Jardinillo se me antoja, pasados ya muchos años,  de los más felices de mi vida.

   Mas si me piden que recuerde y que mi vana memoria rememore que fue lo más resaltable de lo vivido entre las paredes del hoy añejo instituto a buen seguro habré de decepcionarles, porque si algo me viene a la cabeza conservándose aun fresco es cosa que inusitada puede parecer en el presente, pero que entonces, en aquellos años de ostracismo sombrío, era asunto destinado a reyes. Y les cuento, deshojando la margarita. Al llegar a las escuelas nacionales mencionadas tuve la gran suerte de caer en las manos de quien habría de ser con el paso de los años mi maestro y amigo, en el sentido más amplio del término y la palabra, Eugenio Laguna Saavedra, pequeño de estatura y con el corazón grande. De su mano anduve aquellos primeros años, de él aprendí las elementales reglas del conocimiento, y otras tan necesarias como la educación, el respeto y los buenos comportamientos.

   Pero imagínense, queridos lectores, que en el mencionado colegio todo lo que había era vetusto, arcaico y como sobrevenido de un tiempo añejo. Por ello no se extrañen si les refiero que llegado el día en que encaminamos los pasos en fila india hasta el Colegio Público Cervantes para tomar posesión de los nuevos dominios todo lo que encontramos a nuestro alrededor era como de cuento de hadas. Pupitres nuevos, pizarras de un verdor que deslumbraba y hasta calefacción central, que habría de hacernos olvidar, de una vez y por siempre, la estufa recalentada de butano que tan solo calentaba la punta de los pies de Don Eugenio. Hasta gimnasio había, con potro, caballo, plinto y espalderas, que me hicieron temblar por el solo hecho de pensar que hubiera de saltar tan infaustos aparatos a los que de por vida tuve inquina. Más si algo hubo, y es a lo que me refería al principio del escrito, que deslumbró mis sentidos de aquel tiempo fueron los aseos, lavabos, wáteres o como le quieran llamar, que nada tenían que ver con los apestosos retretes que habíamos soportado durante toda nuestra vida escolar y que en la anterior escuela mencionada eran comunales con lo que convertidos en impracticables quedaban al rato de haber empezado a usarse.

  Pertenezco a la primera generación de escolares que hicieron el cambio del antiguo bachillerato a la Enseñanza General Básica por lo que también soy de los primeros que entraron por la puerta del Cervantes, hasta entonces ocupado por los bachilleres ,y he de decir que el recuerdo conservado de aquellos días permanece cada vez que traspaso la puerta del Colegio, porque en el fondo todo sigue inalterable y casi de la misma manera, con lo que la experiencia es grata porque significa perder años y volver, como en una máquina del tiempo, a la época de la infancia, esa que tendemos a ver en color aunque a veces fuese en blanco y negro. A las horas del recreo, entonces no existía pista polideportiva ni patios adecuados para los juegos, salíamos como impulsados por cohetes en el culo hasta las cercanas eras, hoy ocupadas por instalaciones dedicadas a la práctica del deporte, donde a pedradas nos abríamos la cabeza o nos quebrábamos los huesos.

  Dice el rico refranero que es de bien nacidos el ser agradecidos y es por ello que mi gratitud habrá de extenderse hasta recordar el nombre de María Teresa Martín, que me alentó, y mucho, en el asunto de la escritura, Josefa Hellín de Vivar, que capaz fue de enseñarme lo que aún comprendo del francés, Francisco de Gracia, que me inculcó el amor por los libros y las letras, Antonio Ruiz, que pugnó y consiguió que las matemáticas incubaran por un tiempo en un cerebro poco predispuesto a las formulas y los números, y ante todo y sobre todo, mi eterno agradecimiento a Eugenio Laguna Saavedra, que me hizo comprender que el viejo dicho tan en boga en aquellos años de que “las letras con sangre entran”, era cuestión de acémilas y gentes de baja estopa. Jamás le vi, fuera de los usuales capones que necesarios eran para dar conocimiento a ciertas cabezas llenas de paja, usar la fuerza en el ejercicio de su noble oficio y eso a un servidor, que había sufrido en sus carnes métodos más expeditivos en las primeras andanzas colegiales de triste recuerdo, le vino a resultar como maná caído del cielo.

  Ahora, una vez que mi vástago primogénito y su hermana partieron para otros lugares, solo me queda pensar que habrá de llegar el día, me da que habré de tener mal pelo, en que vuelva a traspasar la puerta del colegio cogiendo la mano de los nietos. Mientras llega ese momento, si es que le da por venir, andaré por sus añejos pasillos cada vez que elecciones se celebren y no duden, sufridos lectores, que el viento del recuerdo habrá de volver a anidar en mí ser como una llama.


sábado, 8 de junio de 2013

Parece que fue ayer ....


                             
                             

                           
                           
                                     Parece que fue ayer
cuando la luna de cada noche
me traía a Jacques Brel
cantando Ne me quitte pas.
Parece que fue ayer
cuando el alma encendida
entonaba las canciones de Dylan
donde la respuesta estaba en el viento.
Volaban ilusiones,
y la mente se paseaba lentamente
por la feria de Scarboroug
deteniéndose a pensar meditabunda
en viejos puentes azotados
por aguas turbulentas,
para cantarle
bellas canciones de amor a Suzanne.
Parece que fue ayer
cuando las saladas lágrimas
fluían por amores perdidos
escuchando La Meteque.
Hace tanto tiempo
que en la lumbre
ardían, entonadas por Serrat,
tiernas palabras de amor.
¡Que terrible añoranza me invade!
Parece que fue ayer.


miércoles, 22 de mayo de 2013

El vuelo de la infanta


     




     
     

    La infanta de los lloros es mujer de armas tomar. Tal vez por ello, cuando en el instituto donde cursa los estudios que habrán de llevarle, si todo continua por buen camino como hasta el presente, a ser persona de provecho, como antaño nos decían a los que estamos calvos o peinamos canas, no lo dudó y presta se inscribió en un intercambio de alumnos entre colegios de distintos puntos del viejo continente, que habrían de traer, y trajeron, allá por el frío febrero, a un manojo de turcos, búlgaros, ingleses e italianos hasta nuestro helado y árido terruño manchego para llevar después, en justa contrapartida, a los tiernos aborígenes del pueblo, entre los que se encontraba, porque así lo quiso y decidió, hasta la madre patria de los que venir habían venido.

  Así las cosas, el lunes muy de mañana y antes de que alboreara el alba me tenían ustedes, queridos y amantísimos lectores, preparándole un buen bocadillo de tortilla a la francesa con su correspondiente jamón, que hube de hacer extensivo, con otro de la misma calaña, al vástago primogénito, que es hombre de buen comer y poca delicatesen, para que tuviese sustento y vianda, a la infanta me refiero ahora, durante el trayecto que había de llevarle hasta la ciudad de Málaga, donde habría de embarcarse en el vuelo que con destino a la bella Italia la desembarcaría en la antigua  y legendaria Roma y desde donde habría de partir hacia su destino final en  la urbe de Siena.

  Y pensaba yo, mientras batía los huevos y sofreía el jamón, en aquel día, cubierto de nebulosa por el implacable pasar del tiempo, en que me dispuse a ir de excursión al campo de aviación. No vayan a pensar los que lugareños del pueblo no sean, que el citado aeródromo se encuentra alejado de la villa porque estarían en la más absoluta equivocación. El antedicho lugar está como a un "pie puta” que decimos en el pueblo o a la vuelta de la esquina que es lo mismo. Tres kilómetros separan a lo sumo el poblado en el que vivo, y vivía por aquellos años perdidos entre vapores de melancolía sin sentido, de aquel lugar en el que hasta se podían cumplir los deberes con la patria que conllevaban la prestación del servicio militar. Y fue allí, donde un día de principios de los setenta, aquellos en que se aventaba el final de la dictadura del tío Paco, dijeron que nos llevarían de excursión los maestros de la escuela.

  Así, anunciado el evento en casa, mi madre no debió de otear el lugar a donde habría de dirigirse tan exigua expedición por lo que llegado el día y después de zamparnos las habichuelas con morcilla, me dispuse presto a partir, mientras mi progenitora me advertía que tuviese “mucho cuidao con los refugios, a ver si te va a pasar algo”. Y a la pregunta, lógica y natural desde la ignorancia, de que eran los “refugios”, me hubieron de contestar que “túneles bajo la tierra donde se metían cuando la guerra”. Como por arte de magia se me desbocó la imaginación y en un momento pasé, de la alegría por el viaje, a la absoluta temeridad que provocó en mi imaginación el pensar que calaveras, huesos y esqueletos habrían de poblar aquellos angostos lugares, por lo que, llegado a la esquina de Otón Peñuelas, justo enfrenté del supermercado de La Despensa, para información de los más tiernos infantes, puse pies en polvorosa volviendo sin demora a la casa de mi infancia.


   Por ello, cuarenta años después, cuando veo subir al autobús a la infanta de los lloros, no puedo evitar que una nube de diminuta congoja me atenace el corazón. De aquellos barros vienen estos lodos. Aun es mi niña, apenas catorce años asoman a su ventana y es la primera vez que miles de kilómetros habrán de separarnos. Pero me digo, que justo es eso lo mejor para ella. Volar del nido y sentir que la vida es por y para disfrutarse, porque si algo hay claro en este devenir mundano es que los buenos momentos habremos de buscarlos, mientras que los sufridos e indeseados nos habrán de llover sin que los queramos.

                                                             


AMPARO

 

Amparo, la de la carita alegre

la del pelo ensortijado

la que llena los rincones

de trastos y cachivaches,

la que nada desconoce

la de los ojos rasgados.

 

Amparo, la que lo pregunta todo

la que me mira y sonríe

la que me llama y me quiere

reclamándome dulzura,

mientras me endulza la vida

con azucares y mieles.

 

Amparo, la de la perenne risa

la que su boca no calla

ni rendida por las fiebres.

A quien con fe le deseo

que se enamore del sol

de las nubes y los cerros

de las mañanas de Abril

de las tardes de febrero,

de las aguas que por Mayo

corren por los arroyuelos,

de los pájaros del aire

del viento, de los luceros

de la lluvia persistente

que golpea los tejados

de su música gloriosa

de los campos embarrados.

Amparo, a quien le propongo

que ande y recorra caminos

que indague, busque y comprenda

el mundo, sus laberintos

los escollos insalvables

los intrincados destinos

el dolor desencajado,

el calor de los amigos

de la amistad y los besos

cuando se dan encendidos

por el amor y el deseo.

 






viernes, 3 de mayo de 2013

De cuando fuimos titiriteros. La Casa de Las Chivas.






      
     



   Les recomiendo que para la lectura de este relato busquen un cómodo sillón en sus aposentos y preparen una bolsa de pipas de kilo, a ser posible de Emilio Arias Lizano que resultan exquisitas, porque hube de excederme en su escritura. Mas eran tantas las cosas por contar y los asuntos a tratar que me resultó imposible ser más breve. Que lo disfruten o en su defecto les provoque, con estos efluvios primaverales, un reparador sueño.

     



     La Casa de las Chivas, obra teatral original de Jaime Salom, se estrenó en el Teatro Moratín de Barcelona el 22 de Marzo del año 1968. Después del estreno, y en la misma ciudad, se realizaron mil trescientas cuarenta y tres representaciones, que se vieron con el tiempo aumentadas hasta las siete mil, a todo lo largo y ancho del vasto territorio español. Carecería este hecho de importancia, aun considerando que por aquellos años había poca cosa donde entretenerse, si no hubiera sido la pieza teatral elegida por el Grupo Teatral Mudela para su próximo estreno, que estuvo lleno, ya lo comprobaran, de vicisitudes y acontecimientos múltiples.

     Ya contamos en anteriores escritos que hablaban de los devenires titiriteros de tan afamado grupo, que por aquellos entonces eran escasamente conocidos más allá del pueblo y sus extramuros, los acontecimientos acaecidos durante el estreno de Los Buenos Días Perdidos, con fieras, leones y comidas de cuchipanda incluidos. Llegado pues es el momento de referirles que, después de haber representado obra tan celebrada por los habitantes del pueblo y aborígenes de los aledaños, hubo de venir a plantearnos el cura párroco del lugar, Don Antonio Guerrero Torrijos, buena persona y cabezón como una mula, la necesidad de ser partícipes de manera más activa en las diversas tareas que la Iglesia desarrollaba en la Casa de Acción Católica, porque no solo del hacer titiritero, tan banal e insustancial y dado como de por vida a las gentes del vivir mundano y del viva la virgen, podíamos vivir y dar sustancia a nuestro pobre espíritu, por lo que deber debíamos participar en asuntos tan eclesiales como la catequesis, las charlas por la cuaresma y cuantas celebraciones religiosas hubieran de ponerse a tiro. Ya les adelanto que las caras de los asistentes a la reunión con tan recto clérigo quedaron como demudadas. Todas, menos la del que era nuestro director y casi fundador Antonio Laguna, más dado por convicción e ideología a la practica de tan píos menesteres.

     Por ello, entre gritos y susurros, desafueros y relámpagos, dentro de un orden por supuesto, recogimos los pocos bártulos que por entonces poseíamos, entre ellos el escenario portátil, que para más manejo y versatilidad nos había construido Basilio Olavarrieta, y enfilamos, derechos y sin vuelta a atrás, hacia las Escuelas Nacionales del Jardinillo, que amablemente nos había cedido el Ayuntamiento y en su nombre el alcalde que por aquellos años regía los destinos del corral con sus gallinas Antonio Cobos Ramiro y que se encontraban sumidas por aquellos días, que como a perdidos suenan, en el deterioro y abandono más profundo, aposentando nuestros reales en una de las aulas que aún se mantenía, contra vientos y lluvias en pie, aun con la certeza de que cualquier día se nos podría venir el tejado encima, pereciendo como lo hicieron los antiguos pobladores de Pompeya bajo las tierras que en forma de lava les escupió encima el Vesubio.

Así, prestos, nos dispusimos a la tarea del desescombro con la intención de hacer mínimamente habitable aquel reducto donde generaciones de santacruceños habían aprendido las cuatro reglas y la lista de los reyes godos entre porrazos y capones, mientras comenzábamos los ensayos de la mencionada obra que por carecer de director, puesto que el susodicho anteriormente había optado bajo su buen criterio por abandonarnos en nuestra titiritera aventura, empezó a ser dirigida por todos a la vez y sin exceso de control mientras nos rascábamos los sabañones, que por efecto del frío glacial imperante en el lugar, habían aparecido en manos y apéndices auriculares.

     Todo, hasta que llegada la noche en que degustábamos una pipirrana, plato típico del lugar compuesto de tomate en su jugo, atún, cebolla, huevo duro, aceitunas y aceite crudo al gusto, en el patio que habíamos limpiado de pajitos y mierdas de gato, apaciblemente sentados entre charlas y vapores de vino tinto, hubieron de aparecer Juan Antonio Arroyo Gilabert, más conocido en el lugar por Gila a secas, que por aquellos años bien podía parecerse en la figura y empaque a Ernesto Guevara, alias “El Ché”, por melenudo y barbado, acompañado de quien es su esposa, Elena Arce, a proponernos su integración en la pandilla titiritera. Procedían tan venerables pájaros del antiguo Grupo Teatral Electra, que en su breve existencia había gozado de una notoria popularidad en la villa y extramuros, por lo que con presteza y sin vacilación les invitamos a unirse a la peña pues no estaba el asunto para ir desechando fichajes. De esta manera pasó a ocuparse el susodicho, más versado e instruido en estas lides, de la dirección de la obra y sus actores, con lo que poco a poco y avanzando nos hubimos de ir acercando al 18 de abril de 1985, día señalado para el estreno multitudinario del espectáculo en el Teatro Cine Cervantes, donde habrían de vernos, si todo salía como se esperaba casi ochocientos indígenas del lugar y los contornos.

    Habrán de preguntarse, y lo harán con toda la razón, como es que habíamos pasado de representar en el vetusto salón de la Casa de Acción Católica para hacerlo, como las vedettes de las revistas y grandes compañías titiriteras, en lugar tan afamado y con tanta solera. Ocurrió, que teniendo la certeza de que la visita al señor cura para pedirle que nos cediera el rancio salón, otrora utilizado, para los estrenos habría de hacernos salir huyendo como gatos escaldados, tuvimos la feliz idea de ir a pedir audiencia a Ladislao Muela, dueño del mencionado teatro, para proponerle el alquiler o lo que a bien tuviera considerar del local para tan clamoroso evento. Era el hombre, a quien siempre tuvimos en elevada estima y consideración, persona aviesa en los negocios, por lo que sin dudarlo hubo de proponernos, bien sabía lo que se hacía, ir con lo recaudado en taquilla a medias o dicho más fino como al cincuenta por ciento.

     A tres días vista del estreno, y con todas las entradas vendidas, con la intención de llevar a cabo los ensayos generales, tuvo lugar la mudanza de los trastos y enseres que componían la escenografía de la obra en el camión de Eugenio Arce, torreveño y melonero de toda la vida y a buen seguro que pierdo el hilo del recuerdo si tengo que hacer referencia a todo lo que fue mudable. Ya hemos dicho que por aquellos años andábamos escasos de bienes, motivo por el cual aprovechábamos cualquier cosa que nos fuera útil, por lo cual y siendo necesaria la utilización en algunos pasajes de la obra de un cañón de seguimiento, el amigo Lorenzo Molina hubo de fabricar  uno, ipso facto, con un tubo de uralita y una bombilla de las que usaba Vélez en la granja para calentar los pollos que nacían primerizos, con el consecuente calentamiento del armatoste y el peligro de que pudiera darse un fatal cortocircuito, el mismo que podía ocurrir si algún cable en mal estado rozaba la chapa de los protectores con que iban enfundadas las bombillas por aquello de que con el reflejo y como a modo de espejo daban más luz. Como pueden comprobar, porque jamás lo ocultamos, la imaginación nos sobraba y chapuceros éramos un rato.

     Y llegó el día del estreno, en el que desde primera hora de la mañana abordamos los postreros preparativos, dándole mil vueltas a cada cosa para que todo estuviese ultimado y concluido en el momento de ver la luz el parto de tan clamoroso evento. Después de comer, y con los efluvios de las legumbres quemándonos en las tripas, ya nos tenían desempaquetando los pasquines en los que se detallaba el argumento y reparto de tan esperada obra, impresos en el taller del amigo Juan Valverde, y que se recuerdan como aquellos que hubieron de ser, los que se parecían a los anónimos que envían a sus víctimas los asesinos en serie de las películas americanas, esos que llevan, en un texto de una hoja, treinta tipos de letra de diferente manera. Como a las ocho de la tarde de tan señalado día, el estreno era a las nueve, ya estábamos todos los actuantes preparados con vestidos y atuendos, (un servidor calzó por primera vez en su vida botas de militar, esas que afanadas fueron por Gregorio “El Pavo” mientras cumplía los deberes con la patria, asunto belicoso  que este escribidor se pasó por la entrepierna ), en los bajos del escenario del cutre teatro que hacían las veces de camerinos y que tenían dentro del ser y en su concepto aspecto de tercermundistas puesto que carecían de saneamiento y hasta de agua potable con que lavarse, por lo que para el acicalado de actores y actrices había que echar mano del agua estancada que contenía un bidón, cedido por algún alma menesterosa, qué en aquel lugar de ensueño se encontraba acompañado del espejo, lavabo y jarrón de porcelana, solo faltaba el bacín, que debían haber servido de dote a Ladislao Muela padre y la Eloísa el día en que contrajeron nupcias por los principios del pasado siglo.

     Como a quince minutos del comienzo de la obra ya nos tenían a todos, queridos y queridas míos, en el escenario, pálidos, expectantes, observando entre telones, como el local se iba llenando hasta reventar, entre los sudores fríos del empresario, que temía una catástrofe parecida a la de El Coloso en Llamas, celebre película de Charlton Heston, y los tragos de tila que íbamos echando de las botellas de litro que nuestras madres habían preparado con la intención de que llegado tan decisivo momento aplacásemos nervios e impulsos para poder aparecer en escena tranquilos y como arrasando. No hemos referido que ambos lados del escenario, por estrechez y falta de medida, estaban incomunicados, por lo que, si quedabas en el ala derecha, un habitáculo de unos seis metros cuadrados, condenado estabas a la incomunicación con el mundo y sus congéneres hasta el final de la obra.

     A los sones de banda sonora de Éxodo, una más del gran Paul Newman, abrieronse los telones y dio comienzo una representación que desde su principio llevada fue como en volandas por el público hasta el éxito. A cada aparición los aplausos retumbaban en el vasto recinto como truenos de tormenta veraniega y así parecía que temblaran el suelo y con el nuestras jóvenes osamentas, que movidas por el traqueteo y el acojone de las salidas a escena se abrieron como en canal por los efectos relajantes de la tila, hecho que llevó a la relajación de los esfínteres urinarios, por lo que hubimos de dar gracias a Dios y al alma menesterosa que tuvo la cuerda idea de llevarse un orinal para soltar los líquidos sobrantes entre bastidores.

     Creo no haber dicho, ya saben que el escribidor es persona olvidadiza, que la obra de la que hablamos en cuestión desarrolla su acción en los días cruentos de nuestra guerra civil, sin que se sepa muy bien quien es de un bando o del otro, motivo por el cual y pasado el meridiano de la representación, acaecía que, desde el cielo y sin aviso, nos atacaban aviones y hasta nos lanzaban bombas que habrían de dejar y dejaban la casa hecha unos zorros. Por ello, y pasada la incursión aérea, debían quedar los rastros del derrumbe y la desolación patentes, por lo que no dudamos, siempre “palante” como los de Alicante, en arramblar con un saco de escombros de los que por El Jardinillo había, que añadido a restos de maderos y un sin fin de tejas rotas, hicieron parecer que por el Cine del Patito había pasado un terremoto como el de Managua, de nueve grados en la escala de Richter, sin que apenas nos hubiésemos dado cuenta. Acto seguido, y para calmar los ánimos, debían los actores tomar en escena un reparador caldo que bien pueden ustedes imaginar que en el mundo del teatro puede ser asunto fútil y simulado, pero que en nuestra calenturienta mente, muy dada a la realidad con sus contextos quedo traducida en unos sobres de sopa Maggi, ya en boga por aquellos tiempos, que calentados fueron en un infernillo eléctrico con el que quemamos el preciado escenario, ¡y mira que lo advertiría veces!, de nuestro sufrido empresario Ladis. También aparecía en escena un pozo que, en nuestra ineptitud para imaginar cosas ficticias, hubimos de hacer casi de ladrillo visto, con su soga y cubo de cinc lleno de agua, que de haberse derramado hubiese montado un cirio de padre y muy señor mío.

     Al final, con el público enardecido y palmeando como posesos, llego el momento culminante, ese que nos sacamos de la manga y que consistía en salir enarbolando una pancarta que escrita llevaba la palabra PAZ, mientras la santa, triunfal protagonista de la obra, soltaba una paloma que había de simbolizar tal gesto. No pueden imaginar ustedes, aunque ahora les de la risa, la de horas que hubimos de empeñar para dilucidar si la suelta del volátil se llevaba o no a cabo. Mientras unos pensaban que era un gesto hermoso y digno, otros, aunque lo creyeran, especulaban con que algún integrante del público, rústico y de pueblo, habría de cogerla al vuelo para despacharse un buen cocido, aunque finalmente se impuso la cordura y el vuelo del ave, amplio y majestuoso, no fue interrumpido, siendo, en contra del pensamiento de las mentes obtusas, muy aplaudido y festejado.

     Y a la salida, amigos, conocidos e integrantes del grupo titiritero que no habían participado como actuantes en la obra hubieron de vestirse de mimos, blanco el semblante y sombrero de bombín, para proceder a la venta de claveles. Y les cuento, para empezar a despedirme, que al día siguiente cuando anduvimos por entre calles y callejones, con sus  bares y tabernas, el pavo se nos subía hasta límites insospechados por los halagos que nos regalaba la gente a nuestro paso elogiando nuestro buen hacer de comediantes. Hubimos de marchar aún por las villas de Almuradiel, Herencia, Calzada de Calatrava y Castellar con sus pucheros representando este drama, pero hubo de ser en Torrenueva, pueblo de todos conocido, donde alcanzamos de nuevo la gloria, con dos representaciones, una en el barrio del Cristo, donde a falta de escenario nos subieron en remolques, proceder muy torreveño, mientras lanzaban si control montones de cohetes rastreros, y otra en el Hotel Castilla, donde habíamos llegado a un buen acuerdo con el propietario en el asunto de la taquilla, sin tener en cuenta que aquel día jugaba un futbolero partido la Selección Española, que  nada ganaba y todos seguían, con lo que llegada la hora de la puesta en escena solo las moscas hubieron de acompañarnos.

     Así, y termino, cobrar no cobramos por lo que presto hubo de llegar Jaito para ocuparse de la intendencia que era su fuerte, exigiendo que al menos la manutención de tanto saltimbanqui titiritero se llevase a cabo según lo acordado, con lo cual, y ahora si me despido, cobrar no cobramos, pero el semblante demudado del dueño de aquel Hotel, que aún subsiste, daba muestra clara la noche de autos, con el ir y venir de chorizos, morcillas y otras viandas, regadas con su buen vino, de la incertidumbre que le carcomía los adentros al pensar si no hubiera sido mejor pagar por lo no realizado, que dar de cenar a aquella pandilla de harapientos, que parecer parecían emergidos desde el inmundo pozo arrinconado del mundo.

 







    

lunes, 15 de abril de 2013

Por los bares y tabernas, móvil y sin internet






   El comedor de la Tía María es como una flor mustia, como un querer y no poder. Será por ello que alimentan esta estancia de la casa dos sillones de mimbre con más años que Matusalén, un aparato de radio que, según ella misma dice, fue regalo, de bodas o posterior, de su primo Bernardino, una mesa con pañito bordado a mano, cuestión que por estos tiempos se lleva como de moda, donde asienta sus reales el mencionado aparato, un jarrón encima del susodicho que contiene un manojo de cardos borriqueros traídos de las Virtudes y un par de sillones de mimbre. En uno de ellos me encuentro sentado oliendo el olor a viejo, a rancio y primitivo que desprenden los aparejos mencionados y hasta las mismas paredes de tan escueta estancia.

   Poca importancia tendría el relato de asuntos tan vacuos y triviales de no ser porque he tomado la decisión, de momento sin objeciones, de la susodicha ni de mis respetables padres, de aposentar mis reales, por aquello de gozar de independencia, entre estos vetustos rincones. Ello me habrá de permitir, pienso yo, saborear en plenitud de las aficiones que me sorben el seso y que no son otras que la apasionada lectura de los libros de José Luis Martín Vigil, José María Gironella y otros tantos que devoro traídos desde las entrañas de la biblioteca de Acción Católica, lugar pío donde hay buen suministro de lecturas acordes con mis años de púber adolescente. He traído también a cuestas la máquina de escribir, una Olivetti Lettera 27, que mis progenitores han tenido a bien comprarme en la tienda de Velasco, con el loable afán de que aprenda el asunto de darle a las teclas y la mecanografía para poder tener como más amplitud de miras a la hora de abrirme paso por entre el mundo y sus gentes. Así, me tienen con la mesa camilla plena de trastos. A un lado los cuadernos, al otro los libros de estudios que a buen seguro ni abriré y en el centro la máquina que empiezo a aporrear con la intención de abordar la escritura de un libro que cuente la historia de Salomón Restrepo y que basado estará, ya lo tengo en mente, en la figura conocida de Ambrosio “El Relojero”.

   Apenas debo haber escrito un folio cuando me entra la desgana y a la vez las ganas de poner los pies en polvorosa, de salir a tomar unos chatos de vino con los amigos. Por ello, rápido me enfundo el coreano, que es prenda de moda en este tiempo y que viene a ser como esos abrigos con pelo en capucha que usan los esquimales. Bajo las escaleras y cierro la puerta de la portada de la infame casa de mi infancia mientras cae la noche y un velo tupido de negro se apodera de todos los rincones. En la puerta de su morada, saliendo de ella, se encuentra José Lázaro Carreter que con el sombrero puesto encaminará sus pasos hacia el Circulo del Recreo, Por si dicho no está, diremos que es lunes y son pocas las almas que a mi paso encuentro, Por ello, porque es día laborable y de hacienda, opto por no ir a buscar a mi buen amigo Juan Carlos Laguna que debe andar enfrascado en sus estudios de incipiente estudiante de magisterio y escojo lo de siempre, que no es otra cosa que dar vueltas sin ton ni son por el pueblo con sus bares a la espera de encontrar algún alma comprensiva con quien gastar tiempo y palabras.

   Empiezo, porque me pilla muy a mano, por asomar mis ya clamorosas napias por el futbolín del Chato donde tan solo Chente juega una partida en la máquina de Pin-Ball mientras quien da nombre al apodo, dueño del local, y cuyo nombre es Antonio dormita al calor de los efluvios del brasero. Más adelante echo un ojo en el Bar del Conductor, que todos conocemos como de Mauricio y observo a través de los cristales entre una nube de humo al Chispitas con sus hijos. En el bar de Luis que se encuentra un poco antes del citado florean en esta noche de invierno, no hemos dicho que hace un frio que hiela el aliento, tan solo los ácaros, porque moscas quedan pocas, mientras el susodicho se bebe un botellín fresco de la Mahou para matar el tiempo y su paso. En la Campana, para todos el bar del pueblo, hay algunos pobladores más. Aunque tampoco demasiados, Julián Espinosa y su cuñado Ángel “El Canchino” son dos de los que adivino pero les veo enfrascados en importante conversación y opto por cruzar hasta el Botas, famoso en el mundo entero por sus coreanos, sopas de pan frito con un compuesto, puesto encima, de bacalao, tomate y no se que más, que haría los deleites de los dioses del Olimpo si existir existieran y allí encuentro a mi padre que debe haber optado por abandonar su sempiterna costumbre de bajar todas las noches al casino, que le pilla como más cerca y a la mano, para acercarse hasta la plaza. Me cuenta que llegó hasta tan alejados lugares a la espera de que un acaudalado deudor apareciese para pagarle algunas deudas contraídas en el arreglo de los zapatos, pero me dice también que no es la primera vez que plantado lo deja en la resolución de tan delicado asunto y como asevera el dicho que las penas con pan son menos penas creo adivinar que trasladable debe hacer tal aseveración a la cata del vino y su regusto, porque eso es lo que hacemos y tomamos. Degustado el vino y zampado el coreano, que me sabe a gloria, mientras la Regina nos observa desde la cocina y José saluda con la mano, partimos, el uno a rematar los clavos en el Casino y el otro, que es un servidor, hacia la última meta del camino que no es otra que el Bar del Membrillo, ubicado en la calle del mismo nombre. Me separo de mi padre en la esquina de la calle Real, donde estuvo ubicado el añejo establecimiento zapatero de Amando y que hoy ocupa, creo que ya lo dijimos en anteriores ocasiones, el estudio fotográfico del valdepeñero Navarrete. La separación se lleva a cabo entre recomendaciones de que vuelva pronto a casa porque ya no son horas de ir andando entre callejones y gatos.

   Haciendo caso omiso, y asegurando que habré de volver a la sórdida mansión en menos que canta un gallo, llego entre saltos y vaivenes, en época tan pretérita uno era como muy grácil y volatinero, hasta la puerta de la mencionada tasca y adivino entre los cristales de la ventana empavonados por el frio, la por esos tiempos delgada figura de mi amigo Gregorio “El Pavo” y la estampa aún más escuálida de Altamirano, que también porta, ya hemos dicho que porque está de moda, un coreano que de abrigo le sirve contra las inclemencias del tiempo. Frotándome las manos consumido por el gusto de haber encontrado compañeros de farra pido un chato de vino al camarero y dueño del local, que también se llama Gregorio, y quedo a la espera de que venga la tapa, que habrán de ser unas patatas que en este lugar cocinan a las mil maravillas. Es así como empezamos a charlar sobre los asuntos políticos acaecidos. No son tiempos como los presentes en que la información fluye por multitud de cadenas televisivas, emisoras de radio y ordenadores conectados al Internet. Muy al contrario, en esta época solo tenemos dos cadenas de televisión, la primera y el UHF, que todos conocemos como la segunda, unas cuantas cadenas de radio y un manojo de periódicos que ni podemos comprar a diario, con lo que la información es asunto que todos conocemos visionado por las mismas fuentes. Por ello no es de extrañar que más pronto que tarde los ánimos se exalten. El escribidor ya empieza a sentir conatos izquierdosos que le habrán de acompañar de por vida y además principia a arrastrar con rotundidad una vehemencia extrema en la exposición de cualquier cuestión que de su gusto sea. Y es por ello que al final de la noche los ánimos se caldearan y habremos de cabrearnos dos de los contendientes con la intermediación del otro, más calmado y sereno en el trato de tan terrenales asuntos, que habrán de llevarnos a partir con el humor de perros y hasta mosqueados, aunque en el fondo sepamos que todo quedará en agua de borrajas al día siguiente a la vera de los vinos y sus tapas. Salimos del garito entre el andar huidizo de los gatos y el fulgor lejano de las estrellas, dos de los contendientes encaminando sus pasos juntos hacia la Calle del Prado y la Casa Cuartel de La Guardia Civil y un servidor hasta la calle que lleva el nombre del insigne botánico, hijo ilustre de la villa, Don Máximo Laguna. Cuando arribo por la mansión de los fríos encuentro a mi madre recogiendo los platos sucios que quedaron tras la cena, mi padre y hermana partieron hacia los frescos aposentos y este mortal saborea sin gana y por obligación las sardinas con pimientos fritos que sobraron, mientras descalzado pone los pies cansados sobre la tarima y al lado del brasero, que apenas calienta a tan tardías horas, y piensa en las vueltas dadas en la tarde noche que se acaba hasta encontrar contertulios con los que tomarse un chato.

   Más de treinta años después, con menos pelo y más canas, el escribidor observa a la benjamina de los lloros, que es su hija, teclear con pasmosa habilidad sobre el teclado del ordenador como si del piano de Beethoven se tratara. Es entonces cuando le insto a que me deje un rato el aparato porque lo necesito para algún menester que ya ni recuerdo y es en ese preciso momento cuando me contesta que no puede “porque tiene que quedar”. Absorto y pensativo, o mejor embelesado, le pido que me repita sus razones y a su vez extrañada y como atónita me dice “que eso, que tengo que quedar”.

     Pregúntense, sufridos amigos y amigas, la cara que me quedó y como habría yo de poder explicarle mis vueltas dando tumbos por callejuelas y callejones que acababan muchas veces, eso no lo hemos dicho, a la vera de una esquina esperando la salida de una soñada dama que sorbido me tenía el seso por aquellos años, a la búsqueda y captura de amigos y conocidos con los que poder matar el rato en aquellos tiempos en que el móvil y los “interneses” eran cosa que ni la calenturienta mente del Stanley Kubrik habría imaginado.

 


    



   

domingo, 24 de marzo de 2013

Del oficio peluquero, sus pormenores y la melena desmelenada del Nazareno.


     


   Ya les hablé en relatos anteriores, y en otras ocasiones perdidas, de las condiciones de vida en la infame casa de mi infancia. Y de cómo el frío habitaba en sus rincones igual que anidaban las golondrinas viajeras en los aleros de los tejados a partir del día del Ángel. Eso era al menos lo que me contaba cada año, a primeros de marzo y al albor de la primavera con sus trinos, la Tía María. Debía ser por aquello de que a un servidor al nacer, al contemplarlo escueto y como breve de peso, no hubieron de conformarse con ponerle solo el nombre que ya portaba en origen su progenitor, y que como bien saben es Mauro, sino que muy al contrario le colgaron, como un escapulario procesional en Semana Santa, la medalla del Ángel porque, según afirmaba la susodicha, al vislumbrarlo tan escaso de hechuras y peso, bien debió de parecerles que la criatura era en verdad un “angelico” a la espera de que el sumo hacedor le acogiese prontamente en su amoroso seno. Aunque miren por dónde se equivocaron. Ellos y el negro Peñin, médico de la villa y extramuros que empeñado estaba en darme el viático antes de tiempo, ¡y no imaginan lo que me alegra!, de que ni imaginar entonces pudieran, las cervezas y chatos de vino que habría de dejar pasar por su garganta, con el pasar de los años, aquel pobre gorrioncillo que ni el agua por entonces quería.

     Más no era la intención de este relato el hablar de semejantes hechos acontecidos, sino la de relatar los acontecimientos y pasares que ocurrían y pasaban en la peluquería que había en la vetusta mansión de mi tierna niñez. Por ello, les cuento. En origen y principio, el negocio, vetusto y hasta arcaico, pertenecía a la Tía María que, como ya comenté en otra ocasión, peinó cabezas de abolengo, y de cuna de oro y poderío, en aquellos tiempos de oprobio y vergüenza. Y no crean que les asevero esto solo por el hecho de que fuese de ignominia aquella época, que lo era, sino que lo hago porque aquellas altivas señoras regateaban el precio, igual que lo hacían los pobres de solemnidad, a quienes vilipendiaban, en los puestos del mercado cada día al amanecer. Y en verdad, también es cierto, que tenían pocos salones de belleza donde elegir y las exigencias en los asuntos del peinado y la moda eran escasas.

   Si es de razón mencionar que llegadas las fechas cercanas a la celebración de la Semana Santa, de tanta religiosidad y recogimiento en aquel tiempo, ¡figúrense que los cines cerraban sus puertas, los bares apagaban las luces al paso de las procesiones y sus ocupantes, muchos a su pesar, salían hasta la calle para ver con devoción el paso procesional de imágenes y cofrades!, le enviaban a la Tía María, bien envuelta y embalada en una caja de cartón, la peluca de El Nazareno para que procediese a su lavado con peinado incluido. Y no vean el cirio que se montaba. En principio, y debido al ajetreo de los días de fiesta que se avecinaban, la parroquia del establecimiento peluquero crecía sin cesar y dado que los procederes, utensilios y aparejos que entonces se utilizaban en el arte del peluquero oficio eran escasos y hasta irrisorios, los horarios de apertura y cierre se prolongaban interminables ,pudiendo comprender desde los albores de la venida del sol hasta el despertar del Conde Drácula en su tranquilo aposento.

   Baste decir que el agua potable reinaba por su ausencia y era la del pozo que estaba al final del patio, donde Cristo perdió el mechero, y que debía ser acarreada en cubos, ¡me río ahora de los que diagnostican que la cal es dañina para el cuero cabelludo!, la que se utilizaba, calentada de antemano en los infernales infernillos que ardían rebozados en humo negro, por la combustión del petróleo, y que a granel comprábamos en el  dispensario que tenía Bernardo en la Plaza del Generalísimo, para lavar las cabezas, con jabón del Lagarto o del que se hacía a mano y artesanalmente, de las pudientes señoras y de alguna otra que con menos posibles, aunque de todo había, asomaba con la testa plagada en un mar de piojos.

     Volviendo a la peluca, que después me lío cual madeja entre las manos de una hacendosa abuela, hecho que dejé aparcado para poner al amable lector en antecedentes, habré de decir que su atalaje, por aquello de que habrían de verla pasar en procesión sobre la cabeza del Nazareno todas las almas del pueblo, o al menos las que creían y profesaban tan pías manifestaciones religiosas, era asunto que se acometía con paciencia y dedicación, además de con primoroso tacto, cuando las tareas propias del negocio se habían dado por terminadas, o lo que es igual, como a las doce de la noche y con el resurgir de la luna y los luceros. Y continúo.

      Primero se escogía sin sorteo, y por designio, al primer portador de la cabellera artificial, de la que la Tía María decía aquello del: “esta es de pelo bueno”, comentario que le daba en que pensar a mi tierna imaginación de infante, de si muertos estarían y hasta criando malvas los portadores de tan poblada pelambre en otro tiempo. Y segundo, y casi probable, me tocaba sin dilación el primer turno como maniquí portador de la peluca. Metido en faena y tieso como el Cid Campeador empalado en su caballo, resistía los primeros envites de la faena en un sillón de sólidos muelles, de la marca Eugene, que aún conservo entre el mar de desechos que habitan mi casa de Las Virtudes y así, entre los calores propios que afloran por la cabeza cuando elementos extraños la cubren, y envuelto entre sudores y jadeos, empezaba el cepillado de aquella melena celestial que me hacía parecer, con pelo largo y a lo hippie, por tiempo escaso John Lennon.

     Era entonces cuando comenzaba la segunda parte de la faena. La de ir colocando unas pinzas curvadas sobre el cuero cabelludo artificial para que el pelo quedase adornado con lo que venían a llamarse ondas, muy en boga por aquel tiempo. Y odiosas hasta el hartazgo de soportar el dolor insoportable que provocaban cuando se clavaban inmisericordes en la piel de mi propia cabeza, que, no en vano y soportando estos envites, debió de quedar, entre los arduos calores de aquel horno improvisado, tan para el arrastre, que ni los litros de Abrótano Macho que hubo de comprar después mi progenitora madre con celeridad, a cuantos viajantes y vendedores de potingues peluqueros asomaron la testa por aquel paraíso de la belleza, pudieron impedir que al igual que Teo, aunque a este lo bautizaron con Salfuman, agua fuerte para entendernos, quedase más pronto que tarde con la mollera tan reluciente que una patena.

    En el primer tramo de la madrugada, a eso de las dos de la mañana, se podían oír dos cosas bien diferenciadas procedentes del dormitorio de mis progenitores. los ronquidos de mi padre o sus voces que clamando al cielo imploraban para que apagásemos de una vez la puñetera luz, mientras era obligado hacer un cambio de turno en la sostenibilidad del tentetieso que pasaba a adornar, trasladado con esmero y mucho cuidado, la testuz de mi madre, mientras que la Tía María se disponía a enfrentar el último escollo de tan ajetreada noche. Y era este el de colocar en el final de tan venerado pelo los tirabuzones, muy en boga por aquellos tiempos y que son para quien no lo sepa, porque ahora se ven poco y están como pasados de moda, un tipo de rizo largo en forma de tubo que otorgaba al peinado una apariencia elegante y que eran el resultado de calentar un aparato o pinza, ahora no consigo recordarlo, en el que se enrollaba el pelo hasta que por el efecto del calor quedaba hecho un bucle.

     Con el cantar de los gallos, se daba por terminada tan ardua labor, quedando la pelambre puesta como en exposición sobre uno de los secadores de pelo a la espera de que a primeras horas de la mañana fuera el cofrade responsable a recogerla. Llegado era entonces el momento en que todos los integrantes del clan nos encaminábamos, unas veces hacia los aposentos en busca del merecido descanso y otras si ánimo había, aunque solía ser en la mañana del Viernes Santo a la vuelta de la Procesión del Silencio cuando se procedía, a la elaboración de borrachillos, empanadillas y postres tan variados como las natillas, el arroz con leche y el brazo de gitano, que junto con el bacalao rebozado y el potaje de espinacas, que me provocaba y provoca flatulencias convertidas en mil pedos, eran y son platos muy propios de la Semana Santa.

     Creo recordar con claridad certera, aunque igual pierdo el norte, un dicho que decía aquello del:”tres días hay en el año que relucen más que el sol, Jueves  Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Nada se decía del Domingo de Ramos, aunque cierto es que si a la amanecida de tan renombrada fecha lucía el sol y el cielo afloraba claro por los cuatro puntos cardinales, íbamos todos como en comitiva a ver desfilar la procesión a su paso por la calle Real comprobando como la gente se deshacía en elogios refiriendo lo bien peinada que iba la cabellera postiza. Y muy al contrario, si al rayar el alba, se barruntaba lluvia, viento e inclemencias varias, nos quedábamos en la lóbrega casa de mi infancia al cobijo de las sayas y el brasero, temiendo que pasar pasara, que alguna fémina desaprensiva, en esto las damas resultan sumamente nocivas, exclamara al ver venir al Nazareno, con la melena al viento y desmelenado, el temido comentario que decir decía fluctuando entre la sorna y el cachondeo: ¡Que arte le ha “echao” este año la María al “peinao” de la peluca!.

 


sábado, 9 de marzo de 2013

Del buen yantar, entre escuelas y hospitales.


  




    
  

 

    Dando vueltas, tantas como daba el azúcar blanco dentro del espeso café negro, que degustaba Juanito Apolinar en el Circulo del Recreo durante las frías noches de invierno del final de los días de bruma que coronaban el termino de la década de los sesenta, aquella en la  que afloraron al perfil de la historia mitos que aun siguen vivos como los Beatles, he llegado hasta la puerta del Restaurante Europa. Todos los que habiten las jachas tierras habrán de saber, a buen seguro, donde se encuentra y, muy al contrario, aquellos que no sean oriundos de estos sagrados lugares se habrán de preguntar por el lugar del que les estoy hablando.

     Por ello les digo y les cuento que el citado establecimiento  hostelero se encuentra anclado, o sito para resultar más fino, en la vecina y muy heroica ciudad de Valdepeñas, que es vecina por aquello de que está a tan solo dieciséis kilómetros del pueblo con sus gallinas y heroica porque los jachos, que es el apelativo “cariñoso” que reciben hasta odiarlo y llegar a las manos con quien nombrarlo solo lo nombre ante sus narices, fueron capaces de repeler, como más tarde lo harían en el pueblo y sus contornos los churriegos, con palos, piedras y todo utensilio que contundente fuera al gabacho francés que invadió esta llanura del Quijote cuando apenas asomaba sus albores el lejano siglo XIX.

     Les digo, aunque parecerlo pueda, que no me encuentro ante sus puertas por capricho, ya que intuyo que ustedes imaginan a este escribidor oliendo la barra de los bares como el ratón hociquea con anhelo el queso pero en esta ocasión quien juzgue el hecho por semejante razón se equivoca porque acudir acudo a la llamada del hambre, esa que me devora las tripas desde hace tres días, justo los que llevo encerrado entre las lúgubres paredes del Hospital Gutiérrez Ortega de Valdepeñas a la espera de que la hacedora de mis días se recupere del penúltimo mazazo en su mala salud de hierro. Ya saben ustedes que en estos lugares de curación suele haber máquinas expendedoras de todo tipo de productos: bollería, refrescos, agua y hasta sándwiches de jamón, atún y tortilla de patatas, pero en cuestiones de alimentar el hambre uno es como es, chapado a la antigua y de gustos anclados en la máxima de los potajes y los platos de cuchara.

     Es por ello que una vez aposentado en la mesa y vistos los menús que en la carta se me ofrecen opto por pedir un estofado de ternera con patatas y verduras para calmar de entrada el hambre latente y un bacalao a la marinera como segundo para alejar de una vez por todas los fantasmas de la hambruna y sus augurios. Mientras espero la llegada de tan sublimes viandas observo, porque es cosa que me gusta y afición que porto desde mis días de tierno infante a los comensales que se encuentran salpicados por las mesas del comedor que en esos momentos se encuentra a medio gas de ocupación y que habrá de llegar a completar su pleno aforo cuando parta por la puerta con la barriga bien llena.

     Entre ellos contemplo los concisos movimientos que con la mano realiza un pájaro varonil de edad mediana que habla a través de un móvil de última generación mientras toma notas en su agenda con un bolígrafo que parece sacado del bolsillo de un albañil. Es verde, de esos de plástico con la propaganda serigrafiada en letras descomunales de color blanco y me pregunto si no habrá agenciado el que parece ser ejecutivo de poco pelo capital suficiente para comprar una pluma estilográfica o herramienta similar de cómo más empaque y prestigio, porque imaginen y les dará la risa, la estampa que se retrata sacando las fotos del tonto de tres al cuarto con el Iphone en una mano y el bolígrafo de pasta en la contraria.

     Devoro con deleite el primer plato que me resulta exquisito. Como he dicho es un guiso de ternera muy sabroso con verduras a las que a pesar de mi eterna inquina acojo con fervor en mi estómago anheloso, mientras voy echando tientos de la botella de vino tinto que me han servido con el menú, tratando a su vez de dejar hueco en la caverna para la acogida del esperado bacalao que llega reposado y glorioso en un plato de colosales dimensiones adornado con unas patatas cocidas. No demoro más el relato de esta suntuosa comida que resulta plenamente de mi agrado y así una vez terminado el banquete, todo por el módico precio de 15 €, encamino mis pasos hacia la calle y me dispongo, muy bien comido y saciado, a realizar una visita a la progenitora en el Hospital. Siempre me pusieron, como a cada hijo de vecino, los pelos de punta estos lugares de soledad por el ambiente de angustia y dolor que en ellos se vive, por la impotencia que entre sus paredes siente el ser humano cuando no vislumbra el final de los lóbregos corredores de la enfermedad y el desamparo. Encuentro a mi madre entre las nubes de un reparador sueño y vislumbro la ocasión apetecida de salir a dar un paseo que ayude a bajar hasta las tripas los residuos del condumio consumido. Es así como encamino mis pasos hasta el parque, donde se encuentra la añeja Escuela de Maestría Industrial, hoy instituto de de secundaria de Gregorio Prieto, que es el lugar donde un servidor de ustedes cursó sus exiguos y desastrosos estudios de Formación Profesional en la rama de electricidad. Ya les conté en su día algunos de los avatares vividos en aquella escuela y más en concreto en las clases de gimnasia que impartía El Morgan. Me tiemblan aún las canillas cuando recuerdo al profesor de dibujo que apodaban Mediometro por la escasez de su estatura compensada crecidamente con elevadas dosis de mala hostia y me suben hasta el entrecejo vapores y hasta vahos insufribles cuando vislumbro entre las tinieblas de la recordación el semblante de Caraminda impartiendo sus tediosas clases de Física y Química entre suspiros y bostezos.

     Y como si de un cúmulo de ajados fotogramas se tratara pasa ante mis ojos la  película de aquellos años, mientras observo como la casa del guarda que abría cada mañana la puerta de la escuela continúa en el mismo lugar casi cuatro décadas más tarde; igual sucede con el bar donde hube de pasar interminables horas sustraídas de clases a las que no asistía y paseando con calma por los exteriores vuelvo a visionar los aconteceres de aquel tiempo, los juegos en los patios, las carreras de cinco mil metros azuzados por el Morgan, en las que el corazón latía inmisericorde pugnando por salir de su habitáculo y los interminables lapsos de tiempo, que eran los más abundantes, utilizados en el divagar terreno de pensar como abstraídos en no hacer nada que no fuera otra cosa que encaminar nuestros pasos de febriles adolescentes en el candor de la edad hacia la taberna inmunda que tenía Bernabé en las entrañas del cercano parque valdepeñero, donde degustábamos las primeras cervezas y litros de vino,(… que pedal cogió el Tartaja), que mojaban nuestro sediento gaznate entre tapas de huevo duro, patatas cocidas con picante y lo que a bien tuviera ofrecernos aquel buen hombre a quien la limpieza del establecimiento era asunto que le pasaba por las partes bajas, pero que a cambio ofrecía cantidad de sustento al caminante bajo el reclamo del cartel  que anunciaba con grandes letras escritas como en desbandada aquel decir que decía: "Si quieres comer y beber, vente al bar de Bernabé”.


     Empieza a llover con intensidad cuando encamino mis pasos hacia la tienda de los chinos que hay cerca del hospital con la intención de comprar un cuaderno donde plasmar estos retazos del tiempo perdido, mientras dispongo el cuerpo y el alma para pasar otra noche triste de hospital. Oscura, tenebrosa y negra como la boca de un lobo.