Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

jueves, 15 de septiembre de 2016

Hoy quisiera ...

     



     


      Llevaba un tiempo sin asomarme a esta ventana. Y créanme si les digo que echaba de menos contemplar el paisaje que se me ofrece a través de sus cristales, pero el trabajo con sus haciendas, que quiera Dios y perduren, me atan de pies y manos disponiendo cuando me queda un rato libre que siempre es más dado al gozo cuando no es, aunque no quiera que lo sea, ocioso por imperativo y obligación. Por  ello hoy, día de asueto y vagancia, tuve a bien grabar esta maravilla que el bueno de José Antonio Labordeta nos dejó antes de partir hacia otros mundos. Y la verdad es que ha sido un gusto ponerle voz a sus palabras….

viernes, 29 de julio de 2016

De la Calle Real, con sus tiendas y sus gentes.

    





      Satisfecho, como no podía ser de otra manera, de haber colaborado un año más, señal igualmente grata de que sigo vivo, en la confección del libro que anuncia la llegada de las ferias y fiestas del lugar, vengo a dejarles en mi posada de relatos el escrito con el que he participado y que versa, muchos lo recordaran de manera grata, de aquellos tiempos en que la calle Cervantes, que para los aborígenes es Real, y siempre lo fue y lo será, era un hervidero de gente. Unos comprando zapatos, otras útiles de mercería, los más saliendo del bar o de ver una película en el Cine del Patito y otros tantos persiguiendo a la dama de sus sueños. Con el deseo de que los días de fiesta venideros les sean gratos y placidos, disfrutándolos como a bien lo tengan, quedo con todos ustedes. Hasta la próxima, pues ….


        Hay días en que al anochecer, y con el pasar de los primeros gatos nocturnos, encamino mis pasos sin rumbo hacia la calle de Cervantes, que siempre será Real por estos lares, y debo confesarles que me invaden velos de nostalgia cuando solo contemplo vacío y palpo que el silencio flota donde antes campaban la algarabía y el ruido.
      Sonidos estos causados por el constante trasiego del ir y venir de las gentes del lugar  que calzaban sus pies con los zapatos y sandalias que compraban en la tienda de Castillo, y en otra muy populosa a la que después haré mención, se ilustraban leyendo los periódicos y revistas que les vendía la Paca “la de Vicencio” y adquirían los primeros aparatos y electrodomésticos ofrecidos a plazos por  Manolito “el de los aradios”. Los productos para la limpieza los vendían Paco “El Droguero” y su dependiente Juanito, que con el pasar de los años sería el dueño de la droguería y el asueto con su  diversión, de poca monta pero sana, se daba en los añorados futbolines del Chato. Las carnes las vendían el bueno de Estebitan y Vicente “el de la Belén”, mientras que los pantalones con sus camisas eran despachados por Alfonso Lillo en la tienda de confección de Abelardo Valencia y lo referido a la mercería era suministrado por Ferrer y también Urraca se dedicaba a esta cuestión, en un local que aún subsiste cerrado a cal y canto.  Los víveres, tan necesarios para la subsistencia de las gallinas en el corral, eran expendidos por los hermanos Castro y Pedro “El Patito” en sus tiendas de ultramarinos y bares, esos que nunca han de faltar para que el organismo funcione con la precisión de un reloj suizo, había unos cuantos que enumerados serán, para hacerles justo homenaje, al final de esta historia de amorosos ardores.
      Dicho esto, como introducción, y sin dilatar más la historia que hoy nos ocupa, hablaremos esta vez de aves exentas de pluma, de los varones que como pollos descabezados parecían ir sin rumbo, a veces eran kilómetros los que recorrían persiguiendo a la codiciada presa, tras el rastro que dejaban las hembras que, cual avestruces de cuello erguido, portaban sus reales por el circuito amoroso ubicado en la calle Real o de Cervantes aquellos años, en los que antes de ser un saltimbanqui titiritero, a este púber adolescente le inundaban el ser calores infinitos y pasmos convertidos muchas veces en espasmos.
      Digamos, que había un tramo corto y como más apresurado. Aquel que comprendía el espacio que iba desde el antiguo cine del Patito hasta la añeja tienda de Amando. Ya imagina este escribidor que muchos jóvenes lectores se deben haber quedado como en trance y  en Babia cuando mencionar he mencionado aquel comercio perdido entre las brumas del recuerdo. Por ello, habré de refrescarles la memoria para decirles y aclararles que este bazar de zapatos y complementos varios estaba en lo que en estos días de infortunio es la sucursal  de la Caja de Castilla La Mancha y antes fue el estudio fotográfico del valdepeñero Navarrete.
     También podía verse alargado el aludido circuito hasta el jardín sin flores de la  escuela del Jardinillo, encaminando los pasos hacia el sur, o hacia el puentecillo del Llano, si se perdían sin rumbo buscando el norte. Y era allí, a partir de aquel lugar clavado como divisa al fuego, donde estaba el límite de lo pasable, donde se encendían las pasiones y se desbocaba el instinto que, al igual que a toros bravos en busca de los chiqueros, conducía sin remisión hasta la oscurana del paseo del cementerio, donde a la vez machos y hembras, parejos y de la mano, daban rienda suelta a sus pasiones con tal fogosidad y apasionamiento que les importaba poco, llegados a tales extremos, el temor  a posibles apariciones, dada la cercanía del camposanto, de fantasmas llegados de la ultratumba o del progenitor, más terrenal y palpable, de la Julieta de turno, que bien pudiera, y sin previo aviso, molerle a palos las costillas al fogoso Romeo pretendiente.
     No duden que eran tiempos de muy variados comportamientos, unos aún anclados en la época pretérita que se había vivido y otros abrazados al nuevo periodo que se abría con el final del dictador y la sombra de su bota. Por ello no resultaba todo tan condescendiente y liviano como en estos días de pase por la entrepierna y es por eso que pasar el límite descrito era síntoma de catástrofe, invención y comentarios varios de las lenguas dañinas del lugar que bien podían tildar al masculino integrante del dúo de macho con un par y a la fémina componente, eran épocas de imperdonable machismo, de calentorra y dada sin desmesura al arte del metemanos.
     Entretanto, los que con menos ardores vivían, se afanaban en el rito ancestral de perseguir a la dama pretendida  que acompañada iba, y a veces hasta cogida del brazo, de amiga de confianza o hermana de mayor edad y juicio, por lo general más fea y de menos grácil compostura, qué amargaba la vida al pretendiente y tenía la misión encomendada de referir y contar con todo lujo de detalles, una vez llegadas ambas al calor  amistoso del brasero de la casa, los devaneos del candidato  y la hechura con que había aguantado la pretendida los envites del solícito macho.
   

      Así, emperifollados ellos con el atuendo de los domingos, por lo general escaso y hasta ridículo, que descansaba durante toda la semana envuelto en el fondo del baúl entre bolas de alcanfor y luciendo la tez afeitada horas antes en las insignes barberías de Sales Córdoba, Abdón Velasco y Angelito “El Cabezón” con olores  a colonia “del Varón Dandy” y peinadas ellas sus cabezas en las peluquerías de Belén y la María entre fragancias de Myrurgia, que se esfumaban al llegar a la intersección que en la calle del Cura formaba la mezcla a refrito pestilente que emanaba de los cuatro puntos cardinales desde La Campana, la tasca del Botas, el chamizo de Mauricio, el Bar de Luis y la bocacha inmensa del Cine de Cervantes, la vida pasaba y el tiempo, ese que con los años se nos va tornando escaso, discurría sin pausa, sin otro menester que no fuera esperar un nuevo día para seguir viviendo y un inédito amanecer para disfrutarlo.


    
    



lunes, 25 de abril de 2016

Soneto 126











LOPE DE VEGA es el autor de este soneto maravilloso que habla de las contradicciones que encierra el amor como sentimiento y razón de vida. Por ello. y porque es un tesoro en su concepto y desarrollo, estaba pendiente de echarlo a volar y hoy le abrí la puerta de su enjaulado recinto . Espero que resulte de vuestro agrado.











martes, 23 de febrero de 2016

El 23-F y los tiesos bigotes de Tejero.

    
Como la sequía creativa perdura y estoy en la certeza de que son much@s quienes, aun estando aposentado una larga temporada en esta casa, no habrán leído este relato, he tomado la decisión de darle otro hervor, por si no estaba la cocción en su punto, recordando un día que, como aquí les cuento, fue especial para mí. Y no porque ocurriese, al menos por estos lugares, nada especialmente reseñable, sino por todo lo que fuimos capaces de elucubrar que podía volver a pasar. Y sobre todo porque, jamás lo  olvidare, pasé la noche como en largo velatorio grabando los acontecimientos "in situ" en una desvencijada cinta de cassette que aun conservo. Y por si lo dudan, aquí les dejo seña y muestra. Hasta con sus tornillos.




    
 El 23 de febrero de 1981 a las 18,22 pm, o lo que es igual, después de comernos los garbanzos, estábamos en la destartalada casa de mi infancia, al abrigo del brasero de carbón que provocaba el tufo con sus vómitos, mareos y unas cabrillas en las piernas que picaban como avispas en el mes de Julio, mi amigo Gregorio Márquez Marín, más conocido por estos lugares como “El Pavo”, apodo ilustre que arrastran él y toda su estirpe y un servidor de ustedes, amigos y amigas del alma, matando el tiempo o mejor como dejándolo pasar, a ver si se quedaba congelado como las plantas de nuestros pies. Pies que por aquel tiempo y al igual que ahora, en esta época presente, poco andaban, al menos en ocupación concreta, pues la sangría del paro también agitaba, como siempre, los cimientos de la madre patria.
     Absortos y como idos por el frío o por las pocas haciendas, cierto es que dormitábamos escuchando en el casete Sanyo que José Zabala había traído de los decomisos madrileños la sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotélo como presidente del gobierno de las Españas. Y fue entonces, en el momento en que iba a emitir su voto el diputado socialista Manuel Núñez Encabo, cuando un tropel de Guardias Civiles como salidos de La Escopeta Nacional del gran Berlanga entraron a saco en el Congreso al mando de un elemento de tiesos bigotes que respondía al nombre de Antonio Tejero, que dirigiéndose a la tribuna, para sorna, pasmo y sorpresa del mundo entero que una vez más visionaba, esta vez en directo y con taquígrafos, como las gastamos los españolitos cuando vamos por las bravas para nuestra propia vergüenza y escarnio, dijo con un par de huevos la archiconocida frase del ¡Quieto todo el mundo!, dando orden de que todo Cristo viviente que en el hemiciclo hubiera se tirara al suelo, soltando un tiro al aire con su reglamentaria pistola para reafirmar su petición; tiro al que siguieron ráfagas de subfusiles de los asaltantes ante las que solo quedaron imperturbables y en sus sitios, a los demás les debió entrar hasta diarrea, el general Gutiérrez Mellado, el presidente Suárez y el diputado comunista Santiago Carrillo, quien con más costras que los galápagos debió pensar que ya estaba bien de doblar la testuz ante tanto salvador improvisado de la patria. 
   A los dos bichos antes mencionados, el Pavo y un servidor, no les hizo falta escuchar el sonido de la balacera para saltar impulsados de la silla como si de golpe e improviso hubieran metido bajo su culo cien kilos de hierros candentes. Bastó que uno, el plumífero antes dicho, a quien sus incisivos centrales prominentes de por vida debieronle acentuarse, pensara para sus adentros que más pronto que tarde había de partir hacia el obligado cumplimiento de los militares servicios para con nuestra querida España y jodido había de ser, se le antojaba, hacerlo en tan guerreras condiciones y al otro, este pobre escribidor, se le incrustó en cuerpo y alma una depresión que bien pudo ser de por vida al pensar que después de librarse de la mili por cegato y miope, hecho este que fue motivo para él y sus allegados de alegría inusitada, hubiera de verse, por culpa de un descerebrado gilipollas, corriendo de mata en mata y pegando tiros, sin ton ni son y a diestro y siniestro.
     En estas y al grito del “ya está liá otra vez”, llegó desde el casino, que como ustedes  saben estaba y está justo enfrente de la morada de mi infancia, mi padre con su garrota, apuntando y refiriendo como   se empezaban a escuchar voces y hasta vítores en el Circulo del Recreo que exultantes clamaban a favor de los cojones de aquel energúmeno que capaz habría de ser de poner a tanto politicastro de tres al cuarto y variados seguidores del rojerío en su debido lugar que podía encontrarse de nuevo partiendo como antaño al México lindo o abatido a tiros en las tapias del cementerio. No les engaño si les cuento, ahora me consta con certeza, que hubo miembros del antiguo Somaten, que para quien lo ignore era una institución de carácter parapolicial  desaparecida durante la republica y que Franco reorganizó en 1945 con la finalidad principal de colaborar con la Guardia Civil en la tarea de combatir a los maquis y las organizaciones obreras clandestinas, que prestos se dirigieron al cuartel, con la pistola reglamentaria en el bolsillo y la delirante ilusión de darle de nuevo gusto al gatillo, placer que para bien se quedó en agua de borrajas cuando el responsable del acuartelamiento mandó que se fueran por donde habían venido.
     Recuperados de la sorpresa o al menos preparados y predispuestos para lo que caer cayera decidimos, con los aspavientos en contra de la progenitora de mis días que siempre fue mujer a la mínima exaltada, salir los dos camaradas mencionados a tomar el pulso de la calle o mejor a echar unos chatos por los bares que es donde siempre se cuecen a buen fuego los asuntos de importancia. Así, coincidimos en algún lugar que bien no recuerdo con Goya que dadas su conocidas inclinaciones izquierdosas ya pensaba en hacer las maletas para salir cagando leches a la Rusia de los zares y algún otro que mi memoria no recuerda y que acojonado estaba.
    Y anduvimos por los bares, costumbre sana, diurética y beneficiosa para la salud en estos quijotescos lugares y a buen seguro que hubimos de comer hasta patatas cocidas en el buen Bar del Membrillo, sardinas fritas en El Conductor de Mauricio y en El Botas coreanos, que era la tapa estrella, sin olvidar la coliflor rebozada de Luis,  hasta que con el canto de los grillos, cosa rara por febrero, regresé a la morada de los fríos sita en la calle de Don Máximo Laguna.
     He obviado el decir y es cuestión de vital importancia que pasada la primera media hora del asalto al Congreso en que Pedro Francisco Martín, operador de Televisión Española estuvo grabando todo lo que acontecía, la música militar invadió las emisoras de radio, con la única salvedad de la Cadena Ser que continuó emitiendo durante lo que se vino a llamar “la noche de los transistores”.
     Así fue como sentado en la mesa camilla que había en el desangelado comedor de aquella lóbrega mansión, con mi padre a un lado viviendo entre mares de incertidumbre y mi madre bostezando en el contrario, mi hermana con sus coletas debía de estar de siete sueños, asistimos absortos al discurso que el Rey de tan vasto imperio pronunció, irresoluto y vacilante, a eso de la una y catorce minutos del recién nacido 24 de febrero, vestido con uniforme de Capitán General de los ejércitos, ejércitos que por aquellos entonces se pasaban sus mandatos por el mismísimo forro, para ubicarse frente a los golpistas, defendiendo la Constitución Española. Hubieron de decir después que desde ese justo momento el golpe, una clamorosa chapuza que hubo de avergonzarnos más a la vista del mundo entero, había fracasado.
    Pero es cierto y por ello lo cuento, que este escribidor de poca monta, con sus diecinueve años a cuestas, pasó la noche con el oído pegado al anteriormente mencionado radiocasete y también es verdad y sobre la Sagrada Biblia podría jurarlo, puesto que aun existe, que como prueba de aquella vigilia quedó una grabación casera, hecha al minuto y grabada en una cinta TUDOR de las que vendía Manolito en su tienda de electrodomésticos  sita en la calle Real y en la que quedó constancia de las idas y venidas, de los unos y los otros, durante aquella madrugada interminable que bien pudo conducirnos de nuevo hasta las cavernas, hacia el fondo negro del pozo en que se adivina el oloroso culo del mundo.

jueves, 7 de enero de 2016

Cae el sol ...




     
La grabe hace tiempo. Y fue hoy, día de nubes negras, cuando le abrí la puerta de la jaula y echó a volar. Y como dice...
Posted by La Taberna del Mangines on Martes, 5 de enero de 2016







viernes, 13 de noviembre de 2015

Quiero.






Hoy le puse voz a un poema, breve y maravilloso, del escritor argentino JORGE BUCAY. Si ustedes gustan, y lo consideran oportuno, lean cualquier texto de este pensador inigualable porque les aseguro, sin temor a equivocarme, que no les dejará indiferentes y les habrá de engrandecer como personas, hacer suyos sus pensamientos y cavilaciones. Siempre habla, para lo bueno y con lo malo, del discurrir de la vida y sus asuntos. Materia esta, en tiempos de tanta bajeza moral, nada despreciable.















sábado, 3 de octubre de 2015

Hoy soy feliz y apelo a la justicia....



Conozco a mi  buen amigo Juan José Guardia Polaino desde los lejanos días en que ambos fuimos titiriteros. El, avanzada con creces la cincuentena, lo sigue siendo. Les estoy hablando de hace, cuanta lluvia caída y versos derramados, como treinta años. Igual que, un recuerdo con posos que lo convierten en añejo, me vienen a la mente las noches lejanas pasadas en la Cueva del Trascacho degustando vino con versos. Y fue así, como a lo largo de los años y más de vez en cuando  de lo que quisiera, puesto que vivimos en lugares cercanos pero distintos, descubrí a una persona maravillosa con una personalidad cautivadora. Y ante todo, eso vaya por delante, a un hombre bueno. A un ser humano a quien le enervan y sublevan las injusticias que pudren y salpican este mundo de porqueriza. Y es por ello que hoy les traigo esta inconmensurable declaración de principios a la que tuve la osadía de ponerle voz. Un gusto, amigo mío. Siempre tuyo.... 








jueves, 30 de julio de 2015

Bares, que lugares ....

     






     Cierto y verdad es que no ando sobrado de ocurrencias últimamente. Será que las musas huyen de mi o que tanto exceso de calor me derrite hasta el entendimiento. Por ello, y siendo sincero, tenía pensado, es lo que tiene el acomodarse en demasía, que llegado este año el momento de enviar escrito a mi amigo el impresor Valverde para el libro de la Feria y Fiestas habría de echar mano de alguno de los múltiples relatos que duermen en los cajones de La Factoría Navarro.
     Y miren por dónde fue el alcalde de esta villa, con lo que está de más prevenir lo que haya de pasar, y buen amigo Mariano Chicharro quien hubo de instarme hace muy escasas fechas a que preparase con premura la misiva advirtiéndome, eso sí, que esta versase sobre las cosas y aconteceres de la villa y sus indígenas, en uno de esos relatos en blanco y negro que tanto gustan al personal, materia esta, hubo de señalarme, impulsandome a que arrancara como un cohete, en la que me dijo que era buen hacedor, con lo cual y pensando que pudiera ser que leyera los relatos de mi posada de escritos sintiéndose así engañado, no quedó otra escapatoria que engendrar una nueva criatura con la que llegó este parto.
     Y como fue en el Bar de Las Virtudes donde aconteció este hecho pensé que sería acertado componer un manojo de recuerdos a los bares que se fueron y que, salvo honrosas excepciones, ya no están. Aquellos donde vivimos momentos inolvidables. ¡¡¡Va por ellos!!!. Por los bares y sus gentes….

        
     Muchas de las canciones creadas por la pluma de Joaquín Sabina fueron escritas en servilletas de papel, es algo que asevera el mismo, y nacieron al cobijo de algún bar en una noche de parranda. Y será a aquellos bares de nuestro terruño, sitios de encuentro, de palabra fácil, confesiones sentidas y mil veces trascendentales, a quien hoy dedicaré estas líneas añejas.
      Y fue en uno de ellos, sin que recordemos cual, donde Manuel Piña Navarro, empresario que fabricó el primer hielo que hubo de refrescar el gaznate de los santacruceños y padre también de la conocida gaseosa La Pitusa, le contó al Bajillo, en los años en que fue alcalde, cómo Aurelio Urquijo, regidor socialista de la villa en los tiempos de la guerra, tenía por costumbre saludar a los parroquianos en su llegada a los bares con un “salud y con Dios, que de “tos” estaréis”.
     El bar LA GAVILLA lo dirigía Bautista Linares Larrea, cuñado de Román el Ciego. Estaba situado en la Calle Independencia y su tapa estrella era el tiznao, manjar muy apreciado en esta tierra, que degustaban los clientes asiduos mientras se afilaban las uñas jugando a las cartas. El CORTIJILLO, del que aun pueden hallar vestigios los lectores observando su puerta desvencijada, estaba situado en el Teatro Cine Santa Cruz y fue durante años regentado por Joaquín Puertas “Picasso” e Ignacio López Hernández. Lo más curioso del establecimiento, dadas sus reducidas dimensiones, es que tenía los urinarios a la vuelta de la esquina, al sereno y en la acera de la calle del Sulfuro que, por razones obvias, no necesitaba de vergeles para lucir “perfumada y bien oliente”
     El BAR de ZOILO se encontraba en la plaza. En el mismo lugar que después ocupó el de Dionisio Ortega y en tiempos más cercanos e inmediatos, aunque también me he mojado en demasía la calva desde entonces, hubo de ser la Dorotea con sus hijos quien abriese el BAR de LOS HERMANOS famoso por sus huevos encapotados. En la Calle Santiago, además de la taberna del CHIQUILIN, hubo otra dirigida por Aurelio a quien llamaban El Tigre y su hijo Jesús, apodado el Mono, por lo que es fácil deducir, sin que falta haga que se estrujen los lectores el intelecto, la razón del porque a la tasca, alabada por sus exquisitos callos, le pusieron por nombre LA SELVA.
    LOS PACHANGOS tenían una caseta veraniega situada a la entrada del Parque Municipal. La sociedad era la formada por los hermanos Castellanos, Virgilio y Antoñejo, junto a Paco Carrasco y Tiori, más conocido por el zopo Pachango, y su menú estrella estaba compuesto por vino en garrafas de arroba y gambas a discreción. Y habrían de ser sutiles herramientas los susodichos en el arte de darle al codo, del que pocos en el fondo nos sentimos ajenos, cuando se decía por los mentideros que el bar era autosuficiente puesto que, aun cerrado, reportaba beneficios.
     LA CEPA, cantina de paredes enjalbegadas, donde por primera vez se pudo leer el MUNDO OBRERO, ubicada en la Plaza de Andrés Cacho, frente a la Biblioteca, entonces sede de la Organización Juvenil Española, estaba regentada por MANOLICO y su tapa de postín eran las patatas “cocias” que revueltas eran con el vino a mansalva que habrían de desaguar los clientes del local, entre ellos Pepe Leches que se autoproclamaba como rojo de derechas, porque wáteres no había, en un bidón de gasoil cortado por la mitad. Cuentan también los más viejos del lugar, de mentes sin duda privilegiadas, que Manuel Gómez, al que apodaban Ojete, vecino del bar y propietario de la única televisión existente por aquellos contornos, cobraba, a bote pronto y sin mesura, el comercio es el comercio debía de pensar, cincuenta céntimos por el visionado de cada corrida televisada.
Muchos años después Francisco Poveda, apodado Pelele, buena persona y furibundo carnavalero durante la década de los 80, de vuelta de su viaje migratorio por las tierras catalanas, hubo de abrir en el mismo lugar el bar LA COSTA, siendo pionero en servir como exquisitas tapas las setas de pie azul y los chorizos en aceite y fue Jesús, el mono que había en LA SELVA, quien hubo de sucederle en la dirección del Bar hasta su postrera jubilación.
     Mala leche, repartida sin tasa y sin mesura, mostraba Mauricio en su BAR EL CONDUCTOR. Estaba situado, arriba o abajo, en los locales que hoy ocupa la Caja de Madrid. Era hombre, como diría Cela, de mirar huidizo y conversación escueta, pero ofrecía, eso nadie lo pondrá en duda, unas tapas de hasta chuparse los dedos. Lo complicado era pedirle un cubalibre, cosa extraña en aquel tiempo, porque se le elevaban hasta índices insospechados las dosis de mala uva y si pasabas a jugar una partida  a los chinos, juego esplendoroso que ha caído en el olvido, se ponía de tan mala jindama, que manifestaba hasta convulsiones, mientras señalaba con el dedo tieso el cartel que entre mugres anunciaba aquello de: “en este local tan pequeñito no se puede jugar a los chinitos”. Todo porque dada la escasa capacidad del chamizo, en el que no cabía ni una sola silla, el negocio exigía beber con prisa o salir zumbando.
    Hablar del Bar de LOS BOTAS, que estaba donde en la actualidad se encuentra la tienda de los paisanos de Mao-Tse-Tung, es recordar con velos de nostalgia a José que junto a su hermano Justo, y por decir algo, dirigía el local. “Hermoso ejemplar”, solía susurrar mientras plantaba una tapa de exquisito boquerón o añorado coreano delante de las narices del cliente que absorto contemplaba el bullir de los posos dentro del vaso de vino, a lo que José, observador y conciso, replicaba: “bebe sin asco que son los elementos”, para terminar indicando al individuo que con premura se disponía a hincarle el diente a la tapa aquello del: “no le soples como no sea “pa” quitarle el polvo”. Al cierre de esta universal taberna hubo de ser su sobrino y descendiente quien abriese el MESON JOSE LUIS en la calle de Carneros siguiendo con la tradición de la estirpe de los Botas. De igual raigambre, y con la misma solera, tenía y tiene su bar CACHERAS en el Paseo Castelar donde desde siempre se han podido degustar los mejores caracoles del suelo patrio.
    En LA PARRALA, tasca aposentada en la Calle del General Espartero había tres tinajas con sus leyendas grabadas. En una decía: “si bebes de mis entrañas serás un héroe de España”, la segunda advertía que: “si bebes para olvidar paga antes de empezar” y la última, categórica sentenciaba que: “donde el vino entra, la verdad sale”.
     Jamás, y es sentencia que dejo clara, volverán a degustar los paladares de este manchego lugar rebozados tan exquisitos como los de BAR DE LUIS sito en la Calle Cervantes. Crujientes y deliciosos, elaborados por su esposa Laura, pescados, gambas y coliflores pasaban a ser, entre sus manos maestras, manjares dignos de exigentes dioses. El BAR DEL MEMBRILLO, famoso por sus patatas cocidas y las sardinas con sus pimientos estaba, regido por Gregorio junto a su esposa, al principio de la calle que aun ostenta el mismo nombre. Y en la calle San Sebastián hubo de abrir Jesús Castro el BAR LAS VEGAS  que después pasaría a ser el que todos conocemos por RAMON, popular por sus refrescantes rebujitos.
     Y en LA CAMPANA, como no hablar del bar del pueblo, en los tiempos en que estuvo dirigida por Jesús y su cuñado Máximo fue donde entró, algún día de un año que se me pierde en la memoria, un despistado transeúnte que absorto no contempló el escalón perenne que había como a dos metros de la barra, tropezando y cayendo, mientras el bueno de Paco Mula gritaba: “Penaltyyyyyy”, desde un extremo.
     
     
     Me dejo, y soy consciente de ello, muchas otras ermitas en el tintero, pero las exigencias de espacio que impone el impresor, mi buen amigo Valverde, han sido ya sobrepasadas obligándome a poner punto y final a este relato. Agradeciendo con el corazón a mi amigo del alma Bajillo que me haya refrescado la memoria para contar esta historia y deseando que disfruten de unas merecidas fiestas al arrebujo siempre grato de los bares actuales les pido que nunca olviden, por ser sentencia certera, que es en ellos donde se gestan momentos inolvidables de nuestras vidas. “Bares que lugares, tan gratos para conversar, no hay como el calor del amor en un bar”. Benditos Gabinete Caligari. Hasta la próxima, que pudiera ser que fuera de tiendas y tenderos, si Dios lo quiere y el cuerpo me aguanta, soy con ustedes….



  

lunes, 18 de mayo de 2015

Las recetas de Maurito Verbenas. Paella del señorito.

  

                                                              
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     Desde hace un tiempo les vengo cansando la cabeza con el anuncio de mi inminente regreso hasta el arte de la escritura que, como bien saben y desde que ingrese en la empresa más boyante del suelo patrio, que ahora por suerte he abandonado, tenía sumida en el abandono y a punto de echar al pestilente carro de la basura. Mas como ya dice el refranero, que tan cierto y veraz resulta en multitud de ocasiones, no hay bien ni mal que cien años dure, ni cuerpo, hemos referido siempre por estos sagrados lugares, que lo resista.
     Por ello, aquí me tienen de nuevo, más viejo,  pellejo y con algunas costras de adorno como los galápagos, dispuesto a traerles una nueva receta culinaria, que aderezada irá con otros ingredientes, del variado recetario del Maurito Verbenas que tanto éxito tuvo en sus inicios. Figúrense que hasta el eminente actor Juan Echanove tuvo la deferencia de leerlo e incluirlo en UN BLOG PARA COMERSELO, lugar que encarecidamente les invito a visitar y degustar puesto que habrán de quedar gratamente sorprendidos.
     Bien saben los que habitan estos eriales manchegos, y quienes hubieron de partir en busca de sustento y fortuna a otros lugares, que en este pueblo castellano el día grande, o de la patrona, se celebra el ocho de septiembre aunque también celebremos otro en el mismo lugar, con parecido boato y con menos asistentes, el 25 de abril o día de San Marcos, con sus bares, sus tapas, la caseta de los churros y su corrida de toros. Así que por ello, y porque evidentemente no había cosa mejor que hacer, decidimos el día anterior a la festividad poner rumbo a Las Virtudes  para ir preparando con tiempo la intendencia a la espera de que familiares y amigos hiciesen su aparición para pasar en franca y agradable compañía tan grata jornada festiva en la que no habrían de faltar, porque siempre sobran, pistos con diversas carnes, tortillas de patata al gusto y productos derivados del cochino que tan sabrosos resultan al calor amistoso de la lumbre.
     Y en tan trabajosas celebraciones nos tenían que a la caída del día, del que no hemos referido que era sábado, decidieron, en estos asuntos el varón rampante suele andar escaso de voz y voto, la santa con la infanta de los lloros, que estaba como si le hubiese pasado por encima un camión de 50000 Kilos después de tanto jolgorio y un servidor de ustedes con sus achaques, años , vino y cervezas encima que no era mala idea la de quedarnos a pernoctar en Las Virtudes puesto que aposentos con sus camas no nos habrían de faltar y leños, de momento y para alimentar la lumbre, hay remesa como para poder asar entera una piara de benditos cerdos.
     Pasada la noche, que siempre pasa pronto, aunque no sea mi caso si no es acompañado de una tortilla de somníferos, cuando se duerme a pierna suelta y con menos preocupaciones que un pachá de Turquía, alumbróse un nuevo día que hubo de ser, para mi gusto y deleite, de esos que doy en llamar celtas porque salpicados están de nubarrones y eso en Las Virtudes y visto desde las ventanas de mi humilde morada, contemplando monte y encinas, es como tocar el mismo cielo con las manos y les aseguro, con absoluta certeza, que hay que tener menos sensibilidad que un elefante, aunque ignoro el grado en que la tienen, para no sentir hasta el alma sobrecogida ante tan excelsa belleza.


 

      Por ello, y entramos en faena, y porque es herramienta afín a casi todos mis gustos, ahora hasta le dio por la lectura y devora libros de igual manera que se bebe los botellines, me dispuse a llamar con premura a mi amigo del alma y hermano de leche y farra, Juan Socorro Sánchez Marín, a quien todos por estos contornos conocemos cariñosamente como El Pavo, sin saber, al menos quien esto escribe, a que se debe semejante apelativo en un bicho de dos patas que difícilmente alzará vuelo con sus 120 Kilos, para que tuviese conocimiento de que invitado estaba junto a mi querida Virtudes, su amantísima esposa, a la degustación de una paella del señorito, plato culinario de nuestro selecto gusto y que en nada, eso puedo asegurarlo, tiene que envidiar  a los arroces que se cuecen por las costas del Levante. Antes de continuar decir, porque ustedes se lo preguntaran, que la llamo del señorito porque todos los ingredientes, salvo almejas y gambones, van pelados y sin raspas con lo que su degustación es cosa como de coser y cantar.
     En principio, este detalle es importante y de obligado cumplimiento si quieren aprender bien la receta, y tienen como jefe de intendencia al ave antes mencionada, han de alojar, sin contemplación ni miramiento, botellines y vino blanco, el tinto se bebe del tiempo, en el congelador del frigorífico para acometer con premura y sin descanso la primera etapa de la tarea encomendada.
     Comenzaremos por poner, esto es algo que de simple resulta evidente, la paella en el paellero que tendremos encendido y cubriremos, este paso es de vital importancia, de aceite de la tierra, muy verdoso y cojonudo, todo el fondo, que por aquí llamamos culo. Previamente habremos de haber comprado como un kilo de gambones, ahora les cuento el porqué aunque parezca excesivo, a Enrique “El Pescadero”, que freiremos cuando el aceite esté en su punto, vuelta y vuelta, para después reservarlos y apartarlos,  dejando que suelten sustancia y será entonces cuando, sin previo aviso y con suma habilidad, el mencionado humano volátil y un servidor abrirán las primeras cervezas que después vendrán como en fila india y nos comeremos, por ello fueron comprados con colmo, los primeros gambones calentitos de la mañana, tapa sabrosa y sin igual, mientras contemplamos como las primeras gotas de lluvia empiezan a caer sobre campos y barrancos. Con anterioridad, esto es obvio y de ello se encarga algunas veces mi cuñada Mercedes, hábil peinadora de las femeninas cabezas del pueblo, tendremos cortados, sin recato ni mesura, cebollas, ajos y pimientos que sofreiremos hasta que pasado un rato y viéndolo bien pochado, añadiremos troceados el atún, los chipirones, el calamar y hasta pez espada y cuantos bichos de mar, incluidos huesos de rape, estimemos convenientes y que habremos igualmente de pochar, sin prisa pero sin pausa, añadiendo después tomate triturado al gusto y dejándolo hacer hasta el punto de que es el momento y la ocasión, a estas alturas los sudores empiezan por doquier a aflorar, de tomar otra cerveza y zamparse otro gambón.
     Y así, cuando todos los compuestos expuestos vayan cogiendo el color que cogen las cosas sabrosas de la vida, echaremos mano del arroz que estimemos necesario,(este servidor de vuesas mercedes siempre cocina de media un kilo por dos razones que le resultan esenciales y que vienen a ser, por orden y sin tapujos, primero, que la santa se zampa lo suyo y lo de otro y segundo, que si sobrar sobra, este mortal relatador de tan apetitosas vivencias capaz es de estar comiendo, como los chinos, arroz durante una semana), y lo mediremos en el recipiente que estimemos adecuado para después medir también el doble con uno más del caldo que con anterioridad habremos preparado con unos huesos de rape, algún pescado que consideremos oportuno y las cascaras de las gambas que reservadas tendremos para cuando llegue su ocasión y momento.




     Y es ahora cuando, si no tengo la prudencia de colocarme el mandil, aquello que me tape el “musculoso” torso, se habrá de ver como se veían, y a buen seguro se siguen viendo, las camisas de mi buen amigo Paco Bravo cuando comíamos pistos y tiznaos en los bares y en las fiestas de los santos viejos, porque llegado es el instante de arrojar sobre las fauces de la paellera el arroz, ingrediente esencial en este plato, y dispuesto hay que estar para darle vueltas con fuerza y sin pausa evitando que se queme para  llegado el justo y esplendoroso momento en que lo oteemos sonrosado y sonriente arrojarle sobre la crisma el caldo que habíamos reservado, si no tenemos el suficiente y falta hiciera le añadiremos algo de agua, distribuyendo con pausa y buen tino liquido y elementos de mar por igual en la paellera que aderezaremos con unas hojas de laurel, el necesario colorante y unos polvos de pimienta negra molida a la espera de que rompa el condumio a hervir. Y llegados a este punto, y nunca después, debido al exceso del trajín, nos habremos de beber otro par de botellines, por cabeza, a los que previamente el ave pava volandera habrá de acompañar con unas cuñas de queso excelso, tan exquisito en esta manchega tierra.
     Y vuelve a llover, ahora con fuerza inusitada, mientras los leños arden en el fuego como poseídos por una fuerza divina y Mercedes, mi cuñada peluquera pide el mortero, que nunca sebe donde se encuentra, para machacar en sus adentros ajos y perejiles que arroja sobre el caldo que hirviendo está como caldera de Pedro Botero. Y a sus entrañas van también un buen puñado de almejas y las gambas peladas que teníamos guardadas para la ocasión y dándole gas al asunto, para que hierva con alegría, me quito el mandil, puesto que pasó el peligro, y el gorro que me puse para que no cayesen pelos en la comida debido a mi “poblada melena” mientras me dispongo a realizar la apertura de una botella de Viña Lastra, exquisito vino blanco de nuestro amigo y paisano Fernando Castro que habremos de degustar con otro puñado de los mencionados gambones. Decir también que las hembras entretanto beben vermut, exquisito donde los haya del Agapito valdepeñero o malo hasta reventar de la última oferta de cualquier supermercado.
     El caldo de la paella casi se ha esfumado cuando me dispongo a vestirla de gala con tiras de pimiento morrón y los gambones que  sobraron, siempre los justos y ni uno más, mientras apago el paellero y coloco sobre la paella un paño blanco e impoluto, de los que hacía hasta con dobladillo mi siempre añorada madre, pugnando porque no me vea la santa, que siempre se cabrea porque se mancha de aceite. Y por fin, siempre suelen ser pasadas las 16 horas y a veces, esto ya es guasa, o no, adivinen la adivinanza, a la llegada del telediario de la tarde, dispuestos estamos a disfrutar de tan preciado manjar y prestos empezamos el engullimiento, los unos con prisa, la santa también y alguna despacio, mientras El Pavo, ¡ que sutil herramienta parió su madre!, dice y comenta con el bocado en la boca que para merendar ha traído unos conejos que haremos al ajillo, receta de la que si no me muero, me apetece y tengo tiempo habré de darles cumplido detalle en otra ocasión venidera. Entretanto, llueve sobre los tejados, sobre los barbechos y sobre los aleros de nuestra milenaria plaza de toros, mientras la vida, esa puñetera que a veces se torna difícil, nos agasaja con una tregua. Y arropado por esta gente a quien de verdad quiero, siento, aunque es algo que siempre tengo presente, que su disfrute, el de la vida con sus asuntos, no va necesariamente unido a la posesión de inmensos bienes materiales sino más bien, y esto lo tengo claro, al delicioso hecho de disfrutar de estas pequeñas cosas que nos hacen masticar el aire.