Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

martes, 26 de junio de 2012

De como, y a pesar de los pesares, el tuerto salió normal.

Aunque no lo crean, el calvo de la derecha es  el mismo  después de ser  bautizado con agua  fuerte.


     Piensa el escribidor algunas veces que esto del internet es cosa como del diablo. Figúrense como habrían podido imaginar nuestros abuelos que charlas, fotos, letras, números, catástrofes, sucesos, amoríos y un sin fin de cosas más viajaran por cables aéreos, terrestres y hasta por los fondos marinos, entre tiburones, ballenas y otros bichos del averno. Aunque no lo crean, pensaran que les tomo por tontos, esto de la red de redes, termino tan extraño como la prima de riesgo, de la que hablaremos algún día, tiene unas cosas buenas y las otras malas, como cada asunto de la vida. Entre las primeras se da el hecho de que te enteras de todo. Cotilleos, noticias y el año en que nació la Sara Montiel, que debió de ser cuando salió a la venta el Ceregumil y entre las segundas, esas que te pueden gastar una mala pasada, las cosas y sucesos que acontecen a multitud de incautos que en eso que se ha dado en llamar redes sociales cuelgan hasta los calzoncillos o bragas, por decir algo y dejarlo claro, en que iban enfundados el día de la Nochevieja.
     Echando mano de lo que de bueno tiene, miren ustedes por donde que el otro día observe en el perfil, otra chorrada, porque si un servidor se pone de perfil en la foto del Facebook les tapa sin remisión la pantalla del ordenador con sus clamorosas napias, un mensaje que decía: “ si creciste con comida casera, montabas en la bici sin casco, te daban una bofetada si te portabas mal, tenías una tele con dos canales y había que levantarse para cambiarlos, rebobinabas las cintas con boli, salías con poco dinero y traías de vuelta, jugabas en la calle, acudías al médico sin cita previa, hacías dos horas de digestión antes de bañarte, usabas la ropa que heredabas y a pesar de todo saliste NORMAL comparte esto en tu muro, ( otra gilipollez llamar de esta manera al lugar donde pones lo que piensas o se te ocurre), para frenar tanta tontería”.
     No pueden imaginar, amantísimos lectores y lectoras, el cosquilleo de gusto que me recorrió el ser antiguo de ochomesino cuando leí semejante joya y columbré que en las entrañas de tan escueto manifiesto había un relato de apasionada potencia.
     Que crecí con comida casera es algo que ni los más viejos del lugar pueden poner en duda. Por decir algo, gachas los lunes, cocido escueto los martes, judías blancas los miércoles, algún potaje los jueves, las patatas con caldillo los viernes, el moje de testones con bacalao pongamos que los sábados y arroz al gusto, unas veces en paella y otras caldoso, los domingos y fiestas de guardar, en que también podía aparecer un puñetero pollo en pepitoria, para mi repudio y asco, todo ello alternado en el invierno con las sabrosas migas manchegas, muy contundentes y decisivas para aguantar en el terruño manchego los rigores de la estación de los fríos y las lentejas, de las que dicen, y pasaba, que unos las comen y los otros las dejan. Por ello, por el hecho de haber degustado desde la niñez tan sencillas pitanzas, un servidor es amante incondicional de los platos que aparejada llevan la cuchara, con lo que pizzas, canelones, hamburguesas del McDonald y otros alimentos y víveres que hacen furor en nuestros días pueden ser arrojados, aunque también me los como cual caballo de buena boca, si con mi veredicto cuentan, por el mismísimo desagüe del wáter.
     Que monté en la bici sin casco es algo que me da risa, porque sin casco iba el Breva, a quien dedicamos un relato, cuando arreaba de cabeza contra la esquina de Las Loritas o se caía a las zanjas abiertas de la calle Inmaculada sin más desperfecto que los bullones que sufría la lechera que portaba. Yo aprendí el arte de montar en la bicicleta de Mayoral, utilizada por su venerable padre, figúrense si salió buena la herramienta, hasta hace pocos años. Creo recordar que era una Orbea de señorita y se distinguía de las que trasladaban el trasero de los machos ibéricos en que llevaban el barrón del centro bajo, para que las excelsas damas que en ellas subían, no hubieran de levantar en exceso la pierna encaramándose al artilugio. Iban adornadas además, en el guardabarros trasero, con una especie de redecilla que quedaba lo mismito que un Jesucristo con dos pistolas colgado sobre el cabecero de la cama.
     Si me dieron bofetadas cuando me porte mal diré, en honor a la verdad, que las más sonoras hostias que me suministraron en la vida, (y no piensen los más cautos y prudentes que tomo el significado de esta palabra en su sentido litúrgico, que no. Acepta la Real Academia la palabra hostiar como el hecho de dar golpes o pegar y al mismo me refiero), sonaron entre las paredes del colegio de las monjas. Era en las frías mañanas de invierno o en las calurosas tardes que daban por anunciado el verano, cuando al clamor de retortijones y espasmos de tripas pedía con el brazo en alto permiso para ir al retrete. Beneplácito que no me era consentido y motivo por el cual, ipso facto y al momento me cagaba, ¡Dios que asco!, con la plasta vaporosa cual plato de Maizena caliente  y así, cuando el olor se expandía, gruñían los componentes de  la clase, todos lo hacíamos llegado el momento, y la monja se acercaba con el andar resuelto, el semblante adusto y la mirada esquiva, para salpicarme un par de bofetadas de padre y muy señor mío, que eran ratificadas por mi señora madre cuando más tarde ponía los pies en la casa de mi infancia.      
     También se repetía este ceremonial a la hora de practicar la escritura con la pluma. No vayan a pensar los más jóvenes que las estilográficas de entonces se cargaban con los modernos cartuchos de ahora. En aquel tiempo vetusto cada cual portaba su tintero Pelikan, conteniendo la tinta azul que absorbida era por una especie de bomba desde la punta de la pluma. Y llegado el momento, con el cuadernillo de caligrafía Rubio sobre el pupitre, empezaba la odisea del escribir pausado, perfecto y sin que cayese un solo borrón sobre el papel y así ante el mirar arisco  de la religiosa mencionada y los temblores de manos que me acometían, pronto caía la mancha que anunciaba un nuevo salpicadero de las anteriormente mencionadas.
     De la tele con dos canales, que les voy a contar si les deje mención escrita de los avatares vividos con la vieja Telefunquen que habitaba en la casa antes mentada. Si quisiera referirme a un hecho concreto que tiene su guasa. Por aquellos entonces, también lo deje claro en otro escrito, este mortal ignoraba lo que era una clase de gimnasia, aunque ejercicio hacía levantándose cuarenta veces para satisfacer las apetencias de la tribu, Maurito dale voz, Maurito quítale brillo, Maurito pon la segunda o Marito apágala. ¿Imaginan, queridos y queridas míos, que en estos tiempos modernos, molestemos el descanso del vástago, que agotado llegó de la escuela o la placida candidez de la infanta para el mero hecho de que nos pase el mando a distancia? Solo lo dejo caer y me dicen que se les ocurre.
     Si rebobinaba las cintas con boli me parte, perdonen la inconveniencia, hasta la curcusilla del culo. Este escribidor, cuando la cinta se enrollaba en los cabezales del viejo Sanyo que José Zabala me adquirió en los decomisos madrileños, reventaba la casete aflojándole los tornillos, cortaba lo arrugado con las tijeras que servían para destripar las sardinas y pegaba el resultado con una tira de tesafilm, con lo que puesta la musicasete nuevamente a rodar y llegado el momento en el que estaba el corte, era cuanto menos curioso ver los saltos que daba el cantante cantando. Aunque habré de confesarles, madre de Dios dolorida, que diría la santa, que lo primero que hice fue reparar con esparadrapos los discos de pizarra que procedían de un viejo armatoste, heredado de algún antepasado que criando estaba malvas, y del que mis progenitores decían que servía “pa”echar cine, cuando lo más claro que se visionaba en la pared desconchada del comedor de la tía María, eran imágenes difuminadas de quien decían que era Dumbo y hasta el famoso Pato Donald.
     Mi sueldo de infante púber era de un duro que utilizaba para ir a la sesión continua del Teatro Cine Santacruz, (… de  Antonio toda la vida). Las proyecciones comenzaban a las cuatro de la tarde y se componían de dos y hasta tres películas a veces, de índole y temática variada. Baste decir que lo mismo aparecía Dracula en la primera, encarnado en los huesos de Christopher Lee, haciendo que nos entrara el tembleque y Fernando Esteso en la segunda sesión, que por entonces hizo furor cantando un canto a las carnes de La Ramona, soez, ordinario e impresentable, rodeado de las féminas actrices hispanas que enseñando muslos y principios de teta, hacían furor entre los hispánicos machos. La entrada valía tres pesetas y así, con las dos sobrantes, gaseosa de la Pitusa, guijas y altramuces en el puesto de la Ulpiana y todavía quedaba una que ahorraba con primor, hasta llegar a juntar lo que costaban los tebeos que vendía Antonio Cobos Ramiro, alias “El Camy” o “Esmonterao”, en su tienda de la calle del santo San Sebastián.
       Y qué decir de lo de haber jugado en la calle si en aquellos tiempos de carestía, escasez y privación era como una religión. Terminados los deberes escolares y al son de un corneta inexistente irrumpíamos cual tropa y pandilla de insurrectos, en la intersección de las esquinas formada por la calle de La Inmaculada, San Marcos y Don Máximo Laguna, para dar comienzo a los primitivos juegos que entonces hacían furor, de gozo y disfrute para los más recios y macizos, y de temor con sus recelos para los débiles humanos de textura frágil como un servidor. Así jugando al tranco, al veinticinco perejil, al dólar y otros muchos que ni recuerdo, quedaban difuminados y como envueltos en seda los pocos desasosiegos que por la mente anidaban. También estaban los partidos de futbol. Dos piedras como postes en la puerta de la infame academia de Cachito y otros dos en las cocheras de Las Loritas. De esta guisa, cuando el balón salía disparado hacia el norte podías encontrarte con un trompazo imprevisto de alguno de los pocos autos que llegaban al casino y si viajaba hacia el sur topabas, en ocasiones perdidas, con la ducha gratuita propinada por el cubo lleno de agua, o el orinal de los orines, de alguna vecina harta de soportar los porrazos de la pelota en la fachada de su casa.
     Ya creo haber contado en anterior ocasión que mi médico de cabecera era Don Deogracias Megía y también os habré dicho, y si no lo hago ahora, que era, cual navaja suiza, galeno de usos múltiples, dentista, estomatólogo, traumatólogo y lo que a bien tuvieran de echarle. Lo de pedir cita en aquella época era asunto del que el mencionado pasaba olímpicamente, con lo que todo se reducía a ir llegando a la consulta pidiendo la vez con voz sonora y tronando. Así cuando uno terminaba la visita, se abría la puerta de la consulta y se dibujaba en el marco de la puerta la figura enfundada en bata blanca del galeno que con premura avisaba de que pasara el siguiente, que bien podía ser el que por orden le tocaba o alguno de los señoritos pudientes del pueblo, que se colaban sin espera y pasándose a los que esperaban, por el mismo forro de la entrepierna.
     Lo de las dos horas para hacer la digestión era regla “sine qua non” o condición sin la cual no podías ni meter los pies en el lebrillo del agua que había en el viejo camarón donde matamos al gallo. No era asunto que me preocupara en exceso, porque ya hemos dicho con anterioridad que un servidor no gozaba en aquella mansión desvencijada de cuartos de baño, duchas y otros menesteres afines al asunto del aseo y la corporal limpieza, con lo que solo podía estar expuesto a una pulmonía irremediable si me quitaba los calzones y en calzoncillos me lavaba en la estancia antes mencionada en los crudos meses del invierno.

     De lo de heredar la ropa prefiero ni acordarme porque aún siendo vástago primogénito, con lo que de suponer es que debiera estrenar prendas, me pasaban en depósito las de los primos y siendo el último del escalafón ya pueden imaginar vuesas mercedes en qué condiciones llegaban las piezas del vestuario. Recuerdo con especial aversión que siendo ya muchacho atenazado por los calores adolescentes llegó cual regalo caído del cielo, debieron haber condenado a galeras a quien lo compró, un tabardo de broches plateados y capucha forrada en pieles de conejo que mi madre colgó en el armario que contenía las escasas vestiduras de la tropa a la espera de que hiciera carne y pudiera rellenar huecos. Y fue un primero de noviembre, día de todos los santos y fecha señalada en la que Cantero y la Jeromilla asaban castañas en la plaza del Generalísimo, cuando mi progenitora descolgó, hacía un frio de mil demonios, el gabán odiado de la percha entre olores a naftalina y humedades propias del tiempo invernal, advirtiéndome de que con premura calzase el abrigo sobre mi exigua figura para asistir, como cada fiesta de guardar, a la misa de doce que platicaba Don Antonio Guerrero Torrijos, párroco del lugar, de la plebe y de la villa en la Iglesia de La Asunción. Así, caminando por la Calle Real con olores a polilla y la impresión acertada de que todo el mundo miraba a aquella especie de Napoleón cuajado de charreteras, pasé vergüenza, temor y hasta cortedad imaginando lo que habrían de decir las amistades amigas que crueles son a esos años, cuando me vieran embutido en aquella casaca infame. 
     De cualquier manera y sobrellevando en las escasas carnes las vicisitudes narradas, que debieron ser más que ya ni recuerdo, crecí despacio, sin pausa y aún a costa de sufrir estos pesares normal, o así quiero entender que fue, a pesar de que los vientos y tempestades que corrían puedan hacer creer lo contrario.

lunes, 18 de junio de 2012

De piscinas e inauguraciones.

     
     
     Amigos y amigas, lectores y lectoras, ya saben ustedes, fieles seguidores de los relatos de este relatador sin fuste y con poco orden, que no es su posada de escritos lugar donde se suela hablar de política y menos aún de los que portan sobre sus hombros el ejercicio de esta práctica, tan vilipendiada y difamada en estos oscuros días. Se limita el escribidor, de cuando en vez y de vez en cuando, justo es reconocer que con poca asiduidad, a relatarles algunos hechos de su andar por el cabildo municipal en los años en que fue edil del pueblo y del corral con sus gallinas, tiempos que le llevaron a conocer personajes de cualquier calaña, los unos mezquinos, los otros cicateros y por  contra y en el polo opuesto, a  gente extraordinaria, servicial y considerada.
    El escribidor tiene cita, que el después citado ni recuerda, con el antiguo alcalde de la villa y amigo del alma Jose Antonio López Aranda en día y a hora concreta para asistir a la inauguración de las nuevas instalaciones en la Piscina Municipal, que por fin y dados los tiempos de escasez que rondan por la madre patria y los presupuestos de sus gobernanzas  han podido ser terminadas y que ante la inminencia de la llegada de Don Estío, con sus tábanos, abejas y hormigones cabezones de ala, ha de ser puesta en inminente funcionamiento para solaz entretenimiento de los aborígenes de la villa, que si están cerradas las infraestructuras dicen y pregonan el “que cuando coño las van a abrir” y si están abiertas se quedan en la poltrona echando una buena siesta.
     De esta manera hemos quedado, como los novios de antes, citados al calor de la barra de un bar, lugar tan apetecible y gustoso para la gente del andar mundano y que no podía ser otro, por aquello de la cercanía a las respectivas mansiones que habitamos, que el Tapicao de nuestros amores. Así, tras el café pertinente, un servidor de ustedes, por aquello del trabajar con nocturnidad y el dormir después de que canten los gallos, ha degustado apenas hace una hora unas alubias pintas con su correspondiente morcilla, motivo que le da que pensar si no habrán de venir en momento tan inoportuno las temidas flatulencias tan apegadas siempre  a su ser. De cualquier manera momento adecuado es para tomar la estimulante bebida y con ella despabilarse para soportar la maratoniana jornada de trabajo que se avecina. Así y después de la llegada del antedicho, un “mal queda” que decimos en el pueblo puesto que tarde llega, marchamos los dos juntos y en buena compaña atravesando el estanque estancado del Parque Municipal hacia la puerta de la piscina, donde serpentean difuminados los invitados al evento.
     Uno recuerda, recordando sus tiempos de munícipe, aquellos años gloriosos en los que todo era fasto y oropel, esos tiempos en los que hasta los más tontos capaces eran de hacer como encajes de bolillos. Si les cuento, aunque bien sé que lo saben, que hubo un país llamado España donde se vivía, perdonen la insolencia, de puta madre y en el que todo bicho viviente se creía en el derecho de tener al alcance de su mano inalcanzables manjares, podrán tacharme de fatuo, petulante o engreído, pero es cierto amigos y amigas míos, que quisimos una meta inalcanzable envuelta entre sombra y humo. Y se preguntan, bien supongo que lo hacen, a cuento de que esta homilía si hablando estábamos de inauguraciones. Les cuento y quedan tranquilos. Uno no está en semejante evento por lo que en él se celebra, que viene a ser a fin de cuentas más de lo mismo, de aquello que bien pudo disfrutar en los años en que fue dignatario del corral antes mencionado. El escribidor asiste a este acontecimiento con la intención de saludar a un buen amigo, a la autoridad que habrá de venir a darle principio y estreno a la piscina.
     Así, mientras charlando estamos, hace su aparición Nemesio de Lara, presidente de la Diputación de Ciudad Real, que como siempre exhibe la sonrisa franca y el mirar sereno. Se preguntaran nuevamente porque me detengo en hacer minuciosos estos detalles y habré de decirles que siempre odié las manos tendidas a medias, esas que no aprietan, las que flácidas se escurren como impregnadas en sudores de aceite. Por ello me congratula decir que este hombre honesto apenas tiende manos. Este hombre abraza, abarca y palmea la espalda en un gesto sincero, campechano y sencillo que conmueve y hasta emociona.
     Terminado el acto, charlando al arrullo fresco de una cerveza, desgranamos algunos aspectos de estos tiempos convulsivos y compruebo, aunque dudas no tenía, que a Nemesio le preocupa lo que ocurre a pie de calle, que sufre con los que sufren y que vive sumergido en la misma impotencia que a todos nos envuelve, sin saber a ciencia cierta cual habrá de ser el elixir que cambie el negro destino al que parecemos abocados.
     Y ahora viene cuando más de uno y una dirán para sus adentros que a quien subscribe le dio hoy por el peloteo y habrán de comentar algunos lo del algo se anda buscando y otras lo del ya se lo tenía “buscao”.  Pues miren no. Bastante tuvo un servidor de ustedes que aguantar en los tiempos en que fue autoridad con poco mando esos dichos que aseguraban que cerca estaba el día en que habría de meter en el baúl de los recuerdos, aquel que inmortalizó Karina, la camisa blanca y el pantalón negro de camarero, para irme a desarrollar tareas de más enjundia y contenido. Todos y todas, tan parlanchines ellos y ellas, hubieron de darse en los cables, como se dice en el pueblo, cuando comprobaron para su fastidio y mi cabreo, porque no decirlo, que habría de seguir al calor de la barra del bar por los siglos de los siglos y amén.
     Termina pues la visita. El amigo Nemesio parte hacia un nuevo destino y a un servidor de ustedes le queda un dulce regusto en el interior. Ese que se posa en los adentros cuando sientes cerca a la buena gente, a la que deja poso y sustancia de por vida. No se inquieten, queridos todos y todas, que volveremos pronto con los recuerdos, esos que tanto les gustan, porque todo es a su tiempo, aunque uvas haya en habiendo.
                                 
                                                                     
    
    

viernes, 8 de junio de 2012

En la bodega, entre vinos.

Bodegas Arúspide



    Tenía un servidor promesa hecha de continuar contándoles los acaecimientos acaecidos como producto de mi afán desmesurado por el mundo de la reparación y la chapuza. Y cierto es que ya tenía pensado el hilo de la trama y del relato que les habría de referir y por si las moscas pasaban y se iba el santo al cielo, había también empezado a elucubrar y a escribir un relato de la época en que hacían furor los guateques y hasta la discoteca Lord Jim. Más llegados a este punto he de comunicarles que hechos acontecidos este fin de semana me obligan a dejar estas sendas marcadas para irme por donde andan los famosos cerros de Úbeda.
     Ya les conté en el artículo referido al viaje que un servidor, la santa y la hermana de leche hubieron de hacer a las minas de Almadén, que somos gente que gusta de la buena compaña, asunto por el cual solemos apuntarnos a todo evento que nos desplaza y traslada del pueblo hacia otros lugares y que suele darse siempre que la asociación de padres del instituto de los infantes organiza algún evento de cualquier índole o condición. También les refería en el citado relato que con suma inminencia habría de celebrarse una excursión al Valle de Alcudia para llevar a cabo una ruta de senderismo a la que mi santa, siempre tan efusiva y participativa, se inscribió sin pensarlo dos veces, sin tener en cuenta, como también les contaba, que el recorrido pactado comprendía dos decenas de kilómetros y sin pensar, que no lo pensó, que ella solo suele estar acostumbrada a realizar el camino que va del sofá a la cocina y viceversa. Con tales antecedentes y acercándose el día señalado, miré en esto de los interneses como había de estar el tiempo por la zona señalada, indicando que sin remisión habría de llover más que el día en que se casó Neo. Más como porta la susodicha, cabeza tan gorda como el Peñón de Ifach, no hubo manera de hacerla desistir en su empeño, con lo que llegado el día y lloviendo a mares partió en pos de la aventura. Ya les digo que allá por el mediodía opté por ponerme en contacto con su merced a través de telefónica llamada, sin obtener respuesta porque al parecer no había cobertura y meditando lo evidente, hube de pensar acertando, que debían como de andar con sus pasos por algo así como el Amazonas. Fue algo más tarde cuando por fin establecí la comunicación y un cúmulo de chillidos y hasta loas a los santos y otros mártires del cielo, emanaban por su boca, pidiendo que la dejaran donde estaba, perdida entre pedruscos y cerros, pisando boñigas de vaca y llamasen con prontitud a un helicóptero para su inmediato rescate y lo cierto es que pensé, que a estas edades tardías, habría de quedar viudo y de nuevo “pa” vestir santos.
     Y dirán ustedes, queridas y queridos míos, que a qué viene esto a cuento, si el titulo del relato nos indica que el mismo versa sobre bodegas y vino. No se impacienten que ya les cuento. Anunciaron otro viaje con posterioridad para visitar las bodegas Arúspide en la famosa villa de Valdepeñas, cuna de caldos y vinos, y fácilmente comprenderán, sin esfuerzo y por intuición, que dado el carácter del “monumento” a visitar, era asunto que resultaba de mi agrado e interés. Así, llegada la mañana del domingo ya nos tienen a la santa, al apéndice y eco, que es la cuñada, comprueben que uno adquirió dos piezas por el precio de una sola, y a este pobre sufridor, aposentados en el ajado Megane que nos lleva meneando los traseros desde ni se sabe cuando, en dirección a la parada de autobuses, sita en la plaza del ínclito e ilustre hijo del pueblo Don Andrés Cacho, de quien algún día y con tiempo contaremos enseñanzas, andanzas y roturas en la lúgubre academia, ¡que hostias daba el susodicho!, de la calle Inmaculada.
     Matizar que de antemano hemos quedado los peregrinos viajeros en echar cada cual en el hatillo alguna vianda para tomar unas tapas, pues no es cuestión de ir a tan prestigiosa bodega y probar sus primorosos caldos, como se dice en el pueblo, a palo seco y sin ton ni son. Así nos tienen ustedes, imagínennos y aciertan, en la plazuela antedicha con mochilas, bolsos y enseres conteniendo los sustentos. A la hora del ángelus partimos en dirección a la tierra de los jachos, como me lean me empalan, y así llegamos, sin contratiempos ni fatalidades a las puertas de la bodega donde presto nos espera el guía que habrá de ilustrarnos en los asuntos del vino. Entrar en detalles de lo detallado por el susodicho sería tener que echar mano de la Wikipedía, porque uno, la verdad, con tan poco cerebro y retentiva es incapaz de quedarse con producciones y elaboraciones que le calientan en exceso la mollera, así que terminada la visita llegamos al momento culmen, el que de veras importa, que es el de la degustación de los caldos producidos entre las murallas de este paraíso del buen beber. Colocamos un tablero que hace las veces de mesa y afloran  los alimentos propios de la tierra: los conejos al ajillo de la Luci, el tiznao del amigo Choto, el pisto de quien no me acuerdo y una selección variada de queso, jamón y embutidos que empezamos a devorar mientras conminamos a quien corresponda a que vaya descorchando vino.
     Como les podría contar, para que tomasen justa idea, que al encargado de preparar el evento le debieron de dar mareos y hasta sincopes extremos cuando pudo comprobar in situ la clase de herramientas que por el lugar habían aterrizado. Empezamos con la degustación de unos blancos fresquitos de la casa que, la verdad sea dicha, eran un deleite para el paladar y continuamos con los tintos, que son caldos de más espesura y enjundia hasta llegar al Pura Savia, un tintorro de 14 grados, que ostenta un color rojo picota con notas violáceas de capa alta que tinta la copa. Nariz rotunda y profunda, dominada por las notas del bosque mediterráneo, con tonos de romero y eucalipto, acompañado de una contundente frutalidad. ¿Verdad que se intuye y comprueba que soy hombre versado en catas?. Pues “na”, ni pijotera idea, ya les digo que un servidor de vinos solo sabe, y unos pocos habrán pasado por el esófago, si se dejan beber y degustar o a hay que tirarlos por la taza del wáter y el nombrado, para mi gusto y deleite, era néctar de los dioses. 
     En la mesa, otrora repleta de vituallas, solo quedan papeles y corchos y en sus bajos, el amigo Pepe se parte el culo mientras lo refiere, afloran, inhiestas como soldados, dos docenas de botellas vacías y puedo asegurarles que si tiempo y reposo nos hubieran dado, habríamos terminado con las barricas de roble, que duermen plácidamente en los sótanos de la bodega y que guardan exquisitos caldos para las distinguidas gargantas de algunos valdepeñeros. Subidos nuevamente en el autobús, apenas han pasado dos horas, emprendemos el camino de regreso mientras nos zampamos otra de vino blanco que ha tenido a bien donar el buen taxista Juan Carlos. Y ya en el pueblo, como no hay dos sin tres y no tenemos hartura, nos vamos “pal” Orejillas a degustar buenas tapas y gordas del Isaíto, que estando como está el patio, calman la sed y quitan las penas del sinvivir y del alma. Solo faltó, que Machín nos cantase un bolero.

martes, 5 de junio de 2012

De otra chapuza cometida

     

     Ya les decía en mi anterior parto que un servidor tiene la innata cualidad de ser un “enreda” y como tal colgado lleva el colgante de liarlas pardas de vez en cuando. Fue por ello que “zosquineando” en las tripas internas del blog con la intención de cambiar el nombre de alguna etiqueta y hasta la cabecera que da nombre al mismo, se metió en el temido HTML, o lo que es igual y da lo mismo, en el cerebro de la criatura, en el sitio del que nace “to”. Y así, dale que te pego, mandé al limbo, ese que dice el Papa que ya no existe, los artículos de dos queridos colaboradores: Senovilla y el Bajillo, con lo que las Creencias y Confianzas y Los Puestecillos se fueron a la divina gloria de los asuntos etereos. Es por ello, que mientras termino de enjaretar y de alumbrar otro parto, uno es más lento que el caballo del malo, les devuelvo estos dos maravillosos escritos a la espera de que sus autores, no pensaran que los había desahuciado.

  

Los Puestecillos



  Tengo el gusto, en verdad placentero, de abrir la puerta de esta fábrica de escritos, (…factoría, entre nosotros, es calificativo que le viene largo), a un amigo del alma. Figúrense, queridos lectores y seguidores de los devaneos de este escribidor de poca monta, si habrá de serlo, que tuvo el poder de convencerme para que viviese a su lado durante ocho inolvidables años los sinuosos caminos de la gobernanza del pueblo y sus aborígenes,(... o lo que es igual y a veces digo, del corral y sus gallinas).
     Igual que en los carnavaleros días, aquellos en los que con maestría y acierto componía murgas y chascarrillos, hoy nos deja posos de vida pasada, recuerdos inalterables del tiempo transcurrido.
     Os dejo con Los Puestecillos, que vienen de la mano de José Antonio López Aranda, (… a quien todos llamamos cariñosamente El Bajillo, en honor a su viajero padre).

       Si señores, así como suena; en el año 1965, DIOS tenía un puestecillo en Santa Cruz De Mudela, concretamente en la plaza. Allí los más pequeños, invertían sus perras gordas en comprar garbanzos, altramuces, cañamones y pipas, al tiempo que admiraban un paisaje desolador: la vieja fuente  de la plaza del pueblo .Efectivamente, este agujero que llamaban fuente era un armatoste circular de tres metros de diámetro y uno con cinco de altura, que estaba llena de excrementos de animales racionales e irracionales, ríos de meadas, montones de clavos oxidados y alguna que otra suela de crepé. Nadie jamás, ni los más antiguos del lugar la conocieron con agua .El tétano pasaba desapercibido por Santa Cruz de Mudela.
      La  fuente estaba situada en el centro de la plaza, que ubicada a dos metros del nivel del suelo tenía tres escaleras laterales para acceder a la misma. A los niños, cuando se les preguntaba de dónde venían, respondían de “ca dios “. Hoy recuerdo el libro de Ramón .Sender,  “La Tesis de Nancy” y pienso que si hubiese estado aquí la protagonista de ese relato también escribiría que  esta localidad “estaba llena de niños muy católicos”.
      Dios trabajaba en Las Sartenes, era cuñado de Tinilín y murió de muerte trágica, dándose la circunstancia de que por la misma época y en las mismas condiciones falleció otro vecino apodado  el Chorra y como somos en este pueblo tan graciosos, se comentaba que Santa Cruz de Mudela era el pueblo más desgraciado del mundo, pues nos habíamos quedado “sin Dios y sin Chorra”.
     En los soportales de La Campana, en la misma puerta del antiguo mercado, hoy Centro de la Juventud, ponía su puesto la Jeromilla, con especialidad en nueces y castañas asadas  para el Día de los Santos. Nunca comprendí por qué se cambió unos metros más abajo, junto al surtidor de petróleo de Bernardo, dándole así a las castañas un sabor añadido y propio.
     Ya inmersos en la calle Real, lugar de paseo y ocio de los eternos novios santacruceños, nos encontrábamos unos puestecillos humildes, comandados por dos buenas y ancianas mujeres.
      Se encontraba el primero en la esquina de Amando, hoy Caja de Castilla La Mancha; allí se ponía “La Segunda”. El puesto era un cajón con pequeños compartimentos sobre dos ruedas de bicicleta, el habitáculo lo bordeaban unas sayas azules  que cubrían una lata vieja de tomate llena de ascuas candentes para calentarse. Las chufas, cacahuetes, altramuces, cañamones y garbanzos tostaos los vendían en un pequeño cajoncito de madera (del que no recuerdo su nombre) que era la medida. Lo llenaba hasta arriba, y cuando lo vaciaba en el cucurucho de hojas de periódico ABC, la mitad de la mercancía  volvía nuevamente a su lugar de origen .En torno al puestecillo, vivió el nieto de “La Segunda”, chiquete entrado en carnes, que hoy dirige  los destinos de nuestro pueblo: el señor  Fuentes.
      Continuando, en lo que hoy es el supermercado de La Despensa, encontrábamos enfrente, en la puerta de don Otón a la suegra de Pío, apodada “La Caloras”, con otro puestecillo de las mismas características y precios. Circundaban a este sitio cantidad de huesos de aceituna que caían desde las alturas de la casa del antedicho, que almacenaba gran cantidad de tordos en su tejado. Siempre recuerdo ver a un vigilante (así se llamaban los antiguos policías locales) llamado “Pablito”, en el cruce de las cuatro esquinas, con un impoluto uniforme azul con trinchas y casco blanco, dirigiendo un tráfico que no existía, cuatro galeras, dos bicicletas, la furgoneta de Loreto y un trastajo de triciclo más bien sacado de vertedero, conducido por un muchachete de cuatro o cinco años que gastaba unas gafas de culo de vaso que parecían dos botellines; le decían “Maurito” y era hijo del “cojo Villanueva”, gran maestro zapatero, hábil en el betún y ducho en saborear los caldos del “morusco”.
     Desde esa esquina en dirección al parque encontrábamos otro puesto, este fijo, que se ubicaba antes de llegar a la puerta del cine de Antonio Laguna, lo regentaba “La Ulpiana”. Aquí existían algunas novedades; las pipas no iban en cucuruchos, sino en bolsas verdes y rojas, la mitad de pipas y la mitad de sal, y cuando tenías los labios abrasados te costaba dos perras gordas echar un trago del botijo… y después la novedad, los fósforos. Los niños de esa generación teníamos las yemas de los dedos quemados por el contacto con el fósforo, o por rascarlos en la fachada que era de cemento bruto, es decir, igual que los nudillos del tío “Cleto” de “La Mazurca para dos Muertos”: “en carne viva”.
      Y no nos podemos olvidar de la reina de estas actividades económicas, la Francisca “La Chotilla”, apodada también “La Pequeñita”. Vivía en la casa que hoy es de Paco, el hijo de Daniel, que fue santero de Las Virtudes y que está un poco más abajo que la del “Pica”, leñador de leñadores de Santa Cruz y que era de los pocos que por aquellos entonces sintonizaban la llamada Radio Pirenaica, ¡Ahí es na!
     “La Pequeñita”, tenía puestecillo fijo y móvil, pues era muy viajera y la podías encontrar por cualquier calle del pueblo, a veces acompañando a su vecina churrera “La Margarita La Calva”, que enviudó y se casó con el “Santo Tablares” de Castellar de Santiago. Era tan pequeñita que cuando veías venir de frente el puestecillo por la calle Juan Domingo parecía que marchara solo, luego cuando te cruzabas con ella, veías que lo iba empujando.
     El “Santo Tablares” venía  con un chiquete pelirrojo algo grandón, y el día de la boda de su padre, cuenta Zabala, que era vecino de ellos, que le echaba los langostinos por la gavillera de su casa; y fue Pedro Zabala el que me comentó lo  acontecido  un ocho de Septiembre. Resulta que “La Pequeñita” contrató a un vecino de Santa Cruz, al que apodaban “El Viajante” para que le transportara el puestecillo hasta el poblado de Las Virtudes, y a Zabala, que tendría no más de ocho años, para que le ayudara en la venta. “El Viajante” era una persona enjuta y de rostro cetrino, que usaba un corto y ancho sombrero, gafas de cristales ahumados, viendo más sin ellas que con ellas puestas, que se dedicaba a hacer portes a quien lo pidiera con su carro y su mula. De pelo ralo, mirar huidizo, y la barba por parroquias, coincidía a la perfección con tres de las nueves señales de Fabián Minguela, (… ¿me entiendes, no?). Una vez ubicado en Las Virtudes el puesto de venta, parece ser que “ El Viajante” se dio gran maestría en manejar la bota, que no el agua del pilar, y cuando terminó la jornada y volvían para Santa Cruz, bajando la cuesta del puente por la nacional IV, “El Viajante”, posiblemente imbuido en los efectos del alcohol y con las gafas puestas (es decir, sin ver), bajaba a una velocidad endiablada, y según Zabala, no sabía si los Barreiros  adelantaban al carro por la izquierda, o el carro a los Barreiros por la derecha; no obstante, en estos vaivenes, Pedro se llenaba los bolsillos de garbanzos y guijas, porque sabía que no iba a cobrar.
     Otra novedad de la casa de “La Pequeñita” (el puesto fijo), era el sistema de vigilancia; tenía el carrillo en una habitación y en la pared, en un lateral del carro, había un espejo; así, al darse la vuelta para cobrar en el cajoncillo del dinero, veía sobre el espejo si algún chabalete le quitaba algo por la trasera. 
    
      Quiero dedicarle estas vivencias a Carmen “La Patirraca”,  primera maestra de muchos niños de mi generación, en su escuela de cagones, santuario para nosotros de los primeros Peninsulares de la adolescencia.

Creencias y confianzas.



      


     Andaba hace unos días este escribidor de poca monta paseando como gallo descabezado por los etéreos caminos del internet y desembarcó, como tantas otras veces, en el preciado cobijo de la cueva de Alma Cuevalagua. Y fue allí, oteando escritos y dichos con que alimentar mente y alma, donde tuvo constancia de la llamada de un personaje peculiar, que a modo de peregrino venía a pedir posada y aposento a quien a bien tuviere el dárselo.
     Y pudo apreciar este manchego de “frente ancha”, que el individuo, barbado en cuestión, era persona de buen hacer y mejor decir, por lo que presto acudió a solicitar que tuviese a bien el parar en su posada, donde sería recibido con los honores que merecer merecía.
     Así llegó hasta este rincón de ajados recuerdos y pensares José Antonio Fernandez Senovilla, de quien podréis degustar deliciosas viandas escritas en Pensamientos JFS, su blog y barco en estos mares internautas.
     Y como muestra de ese buen hacer y sentir, me dejo un presente placentero y delicioso bajo el título de Creencias y Confianzas que vienen a ser recuerdos añorados del pasado que tanto nos gusta.
     Os dejo con Senovilla, el peregrino de la blogosfera.



     El peregrino de la blogosfera llega a un rincón lleno de arte y verbo, está hoy difícil mi invasión, pero bueno con recuerdos y aventuras de niñez me lanzo a intentar llegar a la altura de este gran escritor que hoy invado con el calor de una cariñosa acogida.

     Aquél día compraba una nueva peonza con el ahorro de dos semanas de paga, el hombre bajito que luego supe que era un enanito, me había guardado una de las mejores peonzas que he podido tener, era de punta de lanza, acostumbrado a la punta redonda como estaba, aquella peonza sería mi primera arma mortal para destrozar las bailarinas de mis rivales, que por cierto aún recuerdo una de color rojo y verde que hacía la danza de los cuatro velos y rompía a golpe de lance sin compasión la de cualquier contrincante, hasta que nos lo jugamos todo en un circulo del terror.

     El gran secreto de una peonza, me decía uno de mis mejores amigos, es que la punta no se salga de la peonza, para ello no hay mejor pegamento que la caca del caballo y a base de presión sería imposible que pierdas la lanza en los lances.

     Así que con la corta edad de un renacuajo de la EGB, esperaba ansioso el paso de un carro conducido por un gitano y tirado por lo más parecido a un caballo, aunque era este más bien tirando a burro, lo digo por que esas orejas me recordaban a las que teníamos de castigo con brazos en cruz cuando no sabíamos los afluentes del tajo por su margen derecha en clase de D. Benceslao.

     Niño detrás del carro en espera de una mierda, así cuatro calles más abajo resultó agraciado con su premio, todo un puñado de excrementos que serían la mejor recompensa al esfuerzo, sin asco y aún calientes, esa mezcla de hierba y heces los introduje en el cuerpo de la peonza para con la mayor presión del mundo mundial poner la punta de lanza y guardar en mi bolsillo la Tronadora que así era como se iba a llamar mi arma de matar.

     De crédulo tenía mucho, pero de tonto muy poco, así que aquella peonza de color rojo y verde tendría que esperar a que mi Tronadora superase la prueba con los más débiles, fueron muchas partidas ganadas en tarde de bailarinas con círculos grandes de arena que hacían de escenario mortal para cuatro niños que les rompí el corazón al partir en dos sus peonzas, con lances certeros y llenos de ilusión de ser un campeón.

     Llegó el momento, todo estaba dispuesto, hacía ya más de un mes que mi Tronadora se había ganado reputación, tenía un color marrón clarito pues jugando con el Betún de Judea no quise abusar y su lanza era ciertamente afilada, con la chaira de afilar el cuchillo de jamón que tenía el papá de un vecino, pues en mi casa no había ni cuchillo ni jamón, a lo sumo aún recuerdo algún hueso de codillo que usaba con sabiduría en la cocina mi abuela y sus pucheros.

     Durante las clases de ese día los nervios estaban en mis entrañas, la mente estaba tensa y por miedo al castigo de excesivos deberes, contestaba todas las preguntas que se hacían generalizadas sin levantar tan siquiera la mano y teniendo que ser acallado por D. Benceslao en varias ocasiones que me amenazó con salir a dar yo la lección.

     La peonza de color rojo y verde estaba ya anudada para ser lanzada, la mía también dispuesta a bailar, el coso esta vez no era arena, estábamos en el patio, cemento y tiza marcaban las reglas del circulo que ante mis ojos era más pequeño a lo acostumbrado para este juego. Lanzó su peonza y comenzó con su danza espectacular en todo el centro del cuadrilátero redondo, la mía llegó a bailar con un compás firme y convencido de ganar, pero llegado el momento en que iban a chocar, fue echada del ring y castigada con el tormento de un lance con ella parada, tumbada a su merced.

     Pensé que ahí se acabaría todo, un golpe seco seguro que rompería mis esperanzas y tendría que volver a aquellos juegos de canicas, que para un niño tan mayor ya se me hacían aburridos y tediosos.

     Tronadora aguantó el envite y dos más, así iba transcurriendo la tarde con mucha expectación por parte de los curiosos que rodeaban al que ellos creían que acabaría siendo el campeón, pero ocurrió lo que nadie esperaba y menos yo, su peonza bailaba a una velocidad de vértigo, el ruido parecía que iba a romper mi oído, y como acto reflejo lancé a Tronadora con los ojos cerrados al abismo de aquél tablao, con la suerte del novato que pega en todo el centro neurálgico de aquel color verde y rojo que partió en dos mientras mi color marrón clarito bailaba y bailaba sin parar como si el orgullo se le saliese en cada meneo.

     Sabía que no podía celebrarlo, todos eran de cursos superiores al mío y un pequeño miedo, digo pequeño, no, estaba acojonado, se apoderó de mi con un rojo subido de tono en mis carrillos, agarré con más fuerza que nunca mi peonza y la guardé en el bolsillo, mientras con la máxima discreta forma de escabullirse que conocía me despedí de aquellos mayores rumbo a casa sin mirar ni un momento atrás, y sólo al sentirme seguro cerca de mi portal comencé a gritar como un poseso y a besar a Tronadora con la pasión de un enamorado.

     El tiempo ha pasado y mis recuerdos no recuerdan ni se acuerdan de qué fin tuvo mi peonza ganadora, la Tronadora, pero cada vez que veo mierda de caballo cuando visito algún pueblo que aún conserva equinos, sonrío y cuento esta historia a mis hijos, que con cara de asco siempre me preguntan ¿Pero cogiste la mierda con la mano?