Como mandamientos:

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

A veces uno sabe de que lado estar simplemente viendo los que están del otro lado.
Leonard Cohen

jueves, 19 de abril de 2012

Por las minas de Almadén



      

    Llueve. Llueve sobre los tejados. Llueve sobre los barbechos manchegos en esta fría mañana de abril. Es sábado y por tanto el escribidor habrá de gozar de su preciado día de descanso. Día exiguo, minúsculo y apenas imperceptible que abarcará desde las 7,30 del mencionado hasta las 10 de la noche del inmediato domingo. Mas, como menos da una piedra, el relatador de estos hechos difusos está acostumbrado a conformarse con poca cosa, bulle feliz ante la perspectiva de los aconteceres que hoy habrá de vivir. Por ello, ya ha salido como cagando leches del trabajo cotidiano y ha emprendido el camino de regreso al dulce hogar conyugal por la autovía de Andalucía que está como hecha un desastre entre obras y señalizaciones que parece que no acabaran nunca.

     Llegado al destino, entre goterones de lluvia en la calva y un frio de mil demonios, subo presto hasta los mencionados aposentos, donde santa y benjamina andan como dando vueltas cual gallinas mareadas, mientras proceden al colocado de pelos y demas hierbas propias de los haceres del género femenino, mientras que un servidor de ustedes, y de ustedas, se dirige con prontitud al baño a darse una ducha exprés y un afeitado somero, oyendo como la santa le conmina a que haga estas haciendas con prontitud, porque se acerca la hora de partir y el autocar no habrá de esperar a nadie. Ni que decir tiene, ya conocerán todos y todas, unas porque lo hacen y otros porque lo sufren, que tales advertencias son por ganas, como decimos aquí en el pueblo, de joder la pava, porque no tendrán que hacer esfuerzo mental alguno, mis apreciados lectores, para adivinar que el primer integrante del grupo en cuestión que se encuentra en disposición de pasar revista y listo para emprender el viaje es el componente masculino del clan o lo que es lo mismo, el tuerto, el Maurito Verbenas de las recetas culinarias que tanto aprecia el Echanove, porque ya sabemos, todos y todas también, que la mujer es animal de dos patas tardío en los asuntos estos del aseo y el emperifollamiento.

    Así, nos encontramos a bordo del ajado Renault Megane, que lleva portando los traseros de la familia Navarro Delgado durante casi dos décadas y que habrá de llevarnos en este día nebuloso hasta la parada de autobuses de la plaza de Andrés Cacho, desde donde habremos de partir, no me nieguen que ya iban teniendo ganas de saber de qué iba esto, hasta el lejano pueblo de Almadén para visitar sus minas de mercurio y monumentos. Antes nos dirigimos a por María Cortes Elbar, amiga del alma y “hermana de leche” de la santa y mi cuñada, a la que encontramos a las puertas del Parque Municipal protegida por un paraguas entre vientos y ventarrones que amenazan con elevarla como tres palmos del suelo. Llegados a la parada en cuestión, hecho el recuento y sin que falten ovejas, parte el autobús a su destino, mientras una lluvia desaforada golpea cristales, techo y chapas haciendo que me pregunte si no habría estado mejor mi cuerpo serrano entre las calientes sabanas que dejó candentes la santa, aunque pronto se disipan tan nefastos pensamientos y me digo aquello de que “a lo hecho pecho”, mientras me dispongo al disfrute de la jornada donde sea y como sea.

 







      Comprenderán que no haga especial hincapié en lo que a la primera parte del viaje se refiere, ese que nos lleva en primera instancia desde el pueblo de nuestros amores hasta la Calzada de Calatrava, municipio este, que no me lean los aborígenes del lugar, de poco fuste y escasa ornamentación, a fin de cuentas como el nuestro, y por el que pasamos también de paso, mientras continuamos, entre vientos y agua, hasta  Ballesteros de Calatrava, lugar desde el que atravesando parte del Valle de Alcudia habremos de llegar hasta nuestra ansiada meta. Hemos dicho, y repetimos, que llueve, motivo por el cual, no hay mal que por bien no venga, el campo esta de un verdor que arrebata los sentidos. Se tiende a pensar que en esta nuestra manchega tierra, el paisaje es árido, yermo como en un desierto y  nada es más incierto que esta apreciación. La comarca de Alcudia, también conocida como Valle de Alcudia, a causa del mismo nombre  es una de las seis comarcas de la provincia de Ciudad Real y se trata de una depresión de 1.200 km² extendida de Oeste a Este en la parte sur de la provincia, sobre más de 100 km de longitud, con una enorme riqueza ecológica y paisajística perfectamente preservada y de una enorme belleza, que me atrevo a comparar con los inigualables paisajes del norte patrio, esos que se pueden disfrutar por Galicia, Asturias o Cantabria.

     Así, disfrutando entre un diluvio universal, de estampas celtas que parecen sacadas de Braveheart  llegamos a nuestro destino y nos dirigimos con prontitud a las puertas de la recepción en el Centro de Visitantes donde nos dan las entradas y se encuentra ubicado el restaurante en el que presto me dispongo, los hay que toman un frugal café,  a devorar un bocadillo de jamón con un tercio de cerveza, pues habiendo como he, de bajar a la mina, pienso yo que debo portar las necesarias energías por lo que hubiere de acontecer y pasar. Figúrense, por referir un ejemplo, que nos quedamos “atascaos” y hay que echar mano del pico. 





El tuerto con el camarada Vicente
La santa con la benjamina


  Terminado el desayuno nos encaminamos a la lampistería, oficina para la recogida de cascos y lámparas para la entrada en la mina y es aquí, en la rebusca del yelmo que habrá de cubrirme la testuz donde me empiezan a entrar temblores, pues siendo como soy Navarro y cabezón me pregunto si no habré de dar el cuadro cuando no encuentre uno a mi medida. Y aquí me tienen, probándome muchos y variados, sin que ninguno corone mi cerviz hasta que viene en mi auxilio el amigo Vicente, que le vamos a hacer si siempre fui camarero, indicándome, para mi alivio, que todos son regulables con una cinta que portan dentro. Y así resuelto el enigma y portando casco y redecilla para la higiene nos encaminamos hacia la entrada del Pozo de San Teodoro. Decir que La mina se extiende por debajo del pueblo de Almadén, alcanzando los 700 metros de profundidad y estuvo en explotación de modo continuado, eso nos cuentan, desde la época romana hasta el año 2001, y se calcula que de ella se extrajeron más de 250.000 toneladas de mercurio. Descendemos a la mina, acompañados de Pedro, un antiguo minero de carácter afable y bonachón, a través del antiguo montacargas del pozo de San Teodoro, desde donde, y después de esperar a los que quedan por venir, iniciamos un recorrido por la planta primera, a 50 metros de profundidad, excavada entre los siglos XVI y XVIII. En las galerías de la mina se han reconstruido diferentes artefactos para el transporte y extracción del mineral y para el sostenimiento de las galerías o eso al menos dicen los folletos explicativos.  Y aquí me tienen queridos lectores, cogido de la mano de mi hija, dando algún trompicón que otro, deambulando entre los mismos pasadizos por los que hubieron de pasar miles de presos y condenados a trabajos forzados durante siglos, unos por criminales y otros por su sola condición de ser gitanos o pobres vagabundos sin techo. El solo hecho de pensarlo me pone mis pocos pelos como escarpias. Baste decir, para que bien me entiendan, que hasta hubieron de construir un túnel de 600 metros que atravesando la villa de Almadén conducía a los penados desde la cárcel hasta la mina sin ver jamás la luz del sol.

 



La santa y su hermana de leche como pollos en la jaula


     Acabada la subterránea visita nos dirigimos al Museo del Mercurio que alberga diferentes salas de exposición destinadas a la metalurgia, historia, geología y ciencias del mercurio. Allí me dan los primeros vahídos soñolientos del día y así, como traspuesto, sigo la orden de la guía que dirige el grupo y que nos encamina con premura y decisión hacia la contemplación de la parte exterior del yacimiento; el que comprende los primitivos hornos Bustamante, lo que llaman la escombrera y otros hornos y chimeneas más modernos, aunque envueltos en el quebranto y deterioro, de los que mi exiguo seso olvidó con prontitud el nombre. Y después, es llegado el momento en el que subidos en coches eléctricos, fíjense que modernidad, emprendemos el camino de regreso al restaurante del complejo donde habremos de comer. El menú no es como para tirar cohetes y como prueba les digo que un servidor, poco dado a los alimentos verdes procedentes de la huerta, opta por engullir unas acelgas con crema y un lenguado en salsa menier, que dado el alto índice de hambruna que portaba aunque insípidos le saben a gloria. Viene después el parloteo, la charla y el coloquio de la sobremesa en la que aprovecho para charlar un rato con el amigo Daniel, compañero de adolescencia y primeras gestas juveniles, con el que hacía mucho tiempo que no coincidía.

    Pasado este agradable trance nos suben cual rebaño al autocar para encaminarnos hasta la Cárcel de Forzados, de la que solo  oír el nombre ya me provoca escalofríos. Llegados al lugar, exposición exhaustiva de la guía acompañante, que nos muestra lo que queda de aquel antiguo penal y nos proyecta un documento visual en una sala oscura donde mis anunciados estertores se empiezan a hacer profundos y como muy hondos. Figúrense, amigos y amigas, después de un día sin dormir, sin luz, a oscuras y viendo cine, el desfallecimiento se empieza a apoderar de mi ser como el sol del día al amanecer. La suerte, tan esquiva algunas veces, está de mi parte y la proyección es escueta y breve, por lo que una vez terminada es el momento  de visitar, andando y con buena letra, la plaza de toros almadenense, que es hexagonal y antigua, aunque no tanto como la de las Virtudes, que es la santacruceña, la nuestra. Allí tiramos las recurrentes fotos mientras paseamos por el ruedo y mi santa comenta, joder con la experta taurina, si los estribos que hay alrededor de la plaza, aparatosos y feos, serán para sentarse, sin pensar, que su fin es ayudar a los toreros a saltar la barrera. También aflora el comentario que hizo su hermana de leche María Cortes en el tendido 7 de Las Ventas madrileñas, lugar muy de controversia, polémica y discusión, al ver a un astado con la banderilla colgando y comentar diciendo en voz alta y muy bien articulada al matador en cuestión, que se le estaba cayendo la flecha al toro, aunque un servidor con el paso de los años, o mejor decir de las décadas, conoce muy bien a estas dos féminas señoras y sabe con certeza y a ciencia cierta, que tienen más cuento que el celebrado Calleja. Nos queda aun para redondear la tarde, y triturar las acelgas y el lenguado, subir a las ruinas de lo que llaman ¿castillo?, que de fortaleza, al menos en estos tiempos, tiene muy poco y que ofrece como única alegría unas inigualables vistas del paisaje y sus contornos.

 



Plaza de toros de Almadén
Las susodichas con anterioridad

   Hemos terminado la visita y emprendemos el camino de regreso. Nuevamente la lluvia nos acompaña y estamos atravesando otra vez el Valle de Alcudia cuando nuevos desfallecimientos empiezan a inundar mi ser. Bostezo, se me abre la boca y caigo en un sueño somero que pronto se ve alterado por los cantos de mi santa. Que obsesión la de esta mujer, de la que puedo aseverar que como actriz hubiese triunfado, de entonar siempre que vamos de viaje las canciones de su infancia o de para después de una guerra, cuando no es el bel canto su habilidad más reseñable. Así, vuelven a salir una vez mas del ajado baúl de los recuerdos, canciones como La Chata Merénguela o Yo me llamo Paquitina, que cantaba en los tiempos en que meaban las gallinas, mientras se empiezan a oír voces que anuncian la próxima excursión al lugar por el que estamos pasando, el Valle de Alcudia. De momento y a bote pronto, tal vez porque todavía me encuentro en trance o uno piensa poco las cosas, indico que me apunto, que si no hay que dormir, no se duerme. Pero cuando oigo comentar que la ruta será, ¡Dios de mi vida!, de diecisiete kilómetros andando, con bocata y botella de agua en ruta, el suelo se abre bajo mis pies, mientras unos sudores fríos recorren mi espinazo haciendo que emerjan y broten mareos incontenibles y premonitorios desmayos y opto con prontitud por declinar tan encomiable opción quedando emplazado para ocasión más tranquila y sosegada.

     En estas llegamos al pueblo, desierto y desolado como casi siempre, y a lomos nuevamente del Renault volvemos por donde vinimos. Llegados a la casa, el auto a la cochera y un servidor, con quejios de la santa, que siempre ha de decir, con razón o sin ella, que no tengo hartura, se dirige a echar un rato con el amigo Vicente en el Tapicao, mientras asevera, me refiero a la santa, con razón o sin ella también, que va a pedir al Ayuntamiento que pinten sin demora un paso de cebra desde la puerta de la casa hasta el citado chiringuito. Será, pienso yo, el amor tiene estas cosas, que quiere evitar atropellos derivados de mi conocido despiste. Qué le vamos a hacer si estas son cosas que pasan.

 


     



martes, 10 de abril de 2012

La tía Agustina y los emigrados.

     
Paseo de la Estación 1961
     


 Vamos todos, como en dolorosa procesión, Paseo de la Estación arriba, que en estos  tiempos de aprensión  y recelos se llama de Calvo Sotélo, en honor al diputado del Frente Popular asesinado en los días preliminares al 18 de Julio del 1936, fecha en la que el general Franco se alzó contra el gobierno de la república legalmente constituido. Portamos cajas de cartón atadas con guitas. Maletas vencidas y deterioradas por el uso de las idas y venidas desde las catalanas tierras hasta el pueblo que les vio nacer. Emprenden, una vez más, el triste camino del regreso a su tierra de adopción, sin saber a ciencia cierta cuándo habrán de poner  nuevamente los pies en su amado terruño santacruceño. Todo habrá de depender del discurrir del año y sus haciendas, de que haya trabajo con el que alimentar bocas y pagar las míseras deudas contraídas. Después si quedan algunos cuartos en el fondo de la hucha llegado será el momento de plantearse, aunque decidida está de antemano, la cuestión de bajar hasta el pueblo para volver a gozar de padres, hermanos y parientes. Para sentir de nuevo el aliento de esta tierra denostada y poco apacible que hubieron de abandonar en busca de nuevos horizontes, de otros lugares en los que su existencia hubiera de ser una cuestión como más llevadera y menos coronada de espinas. Así, entre suspiros y llantos de despedida, el tren parte mientras se dibujan en sus ventanas los compungidos rostros de aquellos que no saben a ciencia cierta si habrán de ver nuevamente con vida en un futuro próximo a los que aquí dejan.

  Estoy hablando de mi familia. De mis tíos Manuel y Antonio. De mis tías Agustina, Isabel y Dionisia. De todos mis primos, entre los que habré de destacar, por aquello del mayor trato y cercanía a Benigno, Antonio y Javier.

   Ya saben ustedes, lectores de estas escuetas escrituras, que un servidor es sufrido seguidor del Atlético de Madrid desde los tiempos lejanos de una niñez que se va evaporando de la mente como la estela de un avión se disipa en el horizonte. Y he de decir, en honor a la verdad, que si hubo un regalo, de los pocos que me llegaban en aquel tiempo, que me ilusionó sobremanera hasta el fondo de mi ser de tierno infante, fue el que me llegó de la mano del tío Antonio desde Villafranca del Penedés . Unas botas de futbol reglamentarias y una camiseta, cual tela de hacer colchones del equipo de mis amores, que hube de estrenar dando patadas al balón en la era que lindaba con el campo de futbol de San José, recinto de tierra donde la Unión Deportiva Santa Cruz realizaba y realiza, ahora con césped artificial, sus gestas deportivas y que estaba rodeada por un arroyo apestoso, desagüe de detritos, excrementos y otros compuestos poco apetecibles y donde siempre, con inusitada destreza, caía la pelota inevitablemente.

  Allí jugábamos interminables partidos de futbol mis amigos de aquel tiempo y también se unían cuando llegaban de vacaciones el Antonio y el Benigno, primos míos y mellizos para más señas, que no se parecen ni en lo blanco de los ojos. De hecho uno de ellos, el segundo mencionado, porta cada globo ocular de diferente color, asunto este que puede parecer extraño siendo tan cierto como la vida misma. Como decía, era en el último tramo del verano, con la llegada del 8 de septiembre y la fiesta de la patrona, cuando esperábamos la llegada de nuestros queridos emigrados. Llegaban a la estación ferroviaria del pueblo, entonces importante y bulliciosa, después de viajar horas interminables, atravesando media España, sentados sobre las maletas en los pasillos de un tren desvencijado al que apodaban El Catalán, que hacía el trayecto desde Barcelona hasta los últimos confines de Andalucía y allí, en los andenes de la pomposa estación santacruceña, esperábamos el abuelo Santiaguillo, la tía Pilar y mi madre, si sus ocupaciones peluqueras lo permitían, mi hermana y un servidor a la espera de ver como bajaban de los herrumbrosos vagones las cansadas osamentas de nuestros añorados familiares.

 

   Decía la negra Mercedes Sosa en una de sus canciones que todo cambia, aunque en esencia todo sigue siendo lo mismo. Eso pensaba en estos días pasados, que como dije fueron en un principio vacacionales y en los que hube de viajar hacia las catalanas tierras mencionadas para dar mi último adiós a la tía Agustina. Había perdido su última batalla, esa que inevitablemente todos perderemos algún día en nuestra vida. Y pensaba en su lucha. La que le llevó a lidiar con la dificultosa tarea de sacar adelante, viuda y con escasos recursos, a cuatro hijos que en su mayoría apenas rozaban la adolescencia, en un lugar que jamás les había regalado nada, aunque ahora traten de hacernos creer que aquello era como la tierra prometida, lo cierto es que ella tuvo que realizar los trabajos que nadie quería. Fregó suelos y limpió casas ajenas hasta que consiguió el humilde quehacer de entrar en el servicio de limpieza de un instituto en el que trabajó años y terminó jubilándose con una modesta pensión.

       Por ello, desde esta humilde morada de escritos, hoy quiero reivindicar especialmente su memoria. Porque es y será el poso indestructible que queda de todos aquellos que emigraron abandonando lo que más querían en busca de la oportunidad que les ofreciese una vida digna. Esa que en esta tierra manchega, hostil, pobre y vilipendiada solo era patrimonio de unos cuantos. De los que por un trabajo humillante pagaban salarios de miseria, mientras recibían las bendiciones sacerdotales en la misa de las doce los domingos y las fiestas de guardar.

 

   Mi recuerdo, entrañable y perpetuo, para los que se fueron. Mi afecto y cariño inquebrantable a sus dignos descendientes, que en muchos casos siguen enarbolando sus raíces como una bandera indeleble e inalterable.




                                                                 
                                                                    
                                                                                                       

viernes, 30 de marzo de 2012

Del casino, con sus cosas y sus gentes. (Versión ampliada)



   





   El Círculo del Recreo malvive enclavado en la calle donde transcurrió mi infancia. Infancia de pantalones cortos y moratones en las rodillas, de partidos de futbol en la radio los domingos por la tarde. Infancia de recuerdos ajados, imborrables y marchitos que acompañan durante toda la vida, que graba a fuego sendas y comportamientos, que inexorablemente deja posos indelebles y a veces amargos para el resto de la vida. Amargos, porque se recuerda ese tiempo como con un recuelo de nostalgia y deseo de vuelta. No por retornar a tener lo que teníamos, que era escaso, insuficiente y exiguo, sino por volver a gozar de carestía de años y achaques.

   Al Círculo del Recreo no lo conoce nadie por ese nombre. Aquello es el casino. Y con ese calificativo morirá. Para cruzar su puerta hay que ser socio y pagar la cuota. Mi padre la pagaba y estaba entre sus muros más tiempo que en su casa. Esto, pensándolo bien, es un poco exagerado, pero lo cierto es que lloviese, hiciese frio, tronase o hiciere calor, la visita diaria era obligada y necesaria para el buen funcionamiento de su organismo. A veces, solía acompañarle cuando terminaba mis cotidianos deberes y en aquel lugar, que se me antojaba maravilloso, pasé ratos placenteros, que hoy recuerdo con añoranza y melancolía. Allí conocí a los ricos hacendados del pueblo, dueños de tierras, haciendas y despóticos dominadores del destino de los que a su servicio trabajaban de sol a sol por un sueldo de miseria. También pululaba entre sus muros la maltrecha figura de Juanito Apolinar con sus dientes de oro, que saboreaba todas las noches un café solo en una taza diminuta de porcelana, cuya degustación interminable era como cuestión de una hora. Siempre tuvo fama de roñoso, aunque era un pudiente capitalista rebozado en millones de las antiguas pesetas. Vestía una gabardina de color marrón, a la que se le podían adivinar alrededor cotas, cercos y brillos provocados por la usagre que acumulaba. Tenía por costumbre dejar aquel mugriento tabardo cuidadosamente plegado sobre uno de los sillones de madera que había en el salón donde se jugaba al dominó, hasta que un alma cándida le colocó entre los pliegues un puro Farias de tamaño familiar y aquello se fue requemando hasta que se le hizo un agujero del tamaño del puño derecho de Urtain, campeón de los pesos pesados por aquellos entonces. Así, desde aquel día, Juanito tuvo que cambiar de atuendo por necesidad, por obligación y sin deseo. Todo se debió seguramente a la envidia, que corroe y es muy mala consejera y a que todo el mundo piensa que alguien harto de billetes no tiene derecho a ser tan usurero, avaro y dado a la tacañería, y tal vez a ello se deba la circunstancia de que se le coja a esta especie de animales de dos patas una manía tan visceral.

     En el casino tuvo su primer cine Antonio Laguna y contaba mi padre que en aquella sala, disfrutó más que un tonto con unas castañuelas, de películas con nombres tan rimbombantes como Sin Novedad en el Frente y A mí la Legión, filmes que debieron ser muy famosos en aquella época y que a mí siempre me dieron el tufo de sonoros castañazos. Aquel cine era pequeño, por ello hubieron de trasladarlo a un local nuevo y mejor acondicionado ya que corrían tiempos en que el séptimo arte estaba  en pleno auge y la gente iba como en manada a ver las grandes superproducciones que llegaban desde Hollywood. Imborrables en mi recuerdo perviven grandes películas como Ben-Hur, Espartaco, Quo Vadis?, Los Diez Mandamientos y otras por el estilo, cuya grandiosidad siempre me dejó maltrecho y perplejo.

     A partir de aquel momento lo que había sido sala de cine pasó a tener utilidades menos dadas a la cultura y el divertimento sobresaliendo entre ellas la de su uso como almacén de cebada, donde se amontonaban toneladas de grano que emanaban un olor ácido que enrarecía el aire, traspasando el tufo hasta la calle. Más tarde fue local donde ensayaron los grupos musicales que tanto proliferaban en aquella época en que Los Beatles se habían consagrado como un fenómeno de masas que aún subsiste en estos días. Allí ensayaban al llegar las horas nocturnas, creo yo que con la esperanza de alcanzar una efímera fama, un conjunto que se hacían  llamar The Bluman. Así, llegada la noche, el aire se embutía con las canciones de Formula V, Los Diablos, Lone Star y otros muchos que en aquellos tiempos cosechaban fama y dinero y he de suponer que Doña Josefa Hellín, directora del Colegio Público Cervantes, que vivía en la acera opuesta de aquel local dedicado a los ensayos, dormiría todas las noches como arrullada por la suave placidez de la música que flotaba en el ambiente, donde a veces sonaban acompasados en la oscuridad los boleros de Don Antonio Machín.

     Algunos sábados por la tarde, (… más bien de higos a brevas) bajábamos en familia al casino, (… como ya dijimos en otro escrito, mi padre apoyado en su garrota, mi madre muy “repeiná”, mi hermana con sus coletas y el tuerto dando saltos como un muelle) a comernos una ración de gambas a la plancha o de calamares fritos, manjar de dioses en aquel tiempo y lujo raramente permitido. Nos sentábamos en el patio, donde estaban los sillones y las mesas, y mi padre daba unas palmadas muy solemnes para que solícito  servicial y afectuoso acudiese el camarero, que  llevaba chaqueta blanca y corbata negra, atuendo este que le daba como  prestancia y empaque de película. Los domingos por la mañana mi padre me invitaba  a un chato de vermú con gaseosa, porque tenía  la convicción de que aquella milagrosa medicina abría el apetito. Yo la verdad, siempre fui un poco melindroso con el asunto de la comida. Mi madre me tenía que hacer sopillas de pan, con un trozo de chorizo encima. Era la única manera de que comiese algo.

     La tía María me hacía unos huevos crudos batidos, con vino añejo y siempre que me daba aquel brebaje, comentaba: -Tomate esto, que es de mucho alimento y estas más seco que la rabia-. Si en estos días hubiera de beber aquel reconstituyente, tendrían después que sacármelo con un cucharón, del asco que solo me da el pensarlo. Luis era el conserje del casino y  tenía malas pulgas. Era calvo, más bien rechoncho, usaba gafas de concha y poseía  una letra hermosísima, de ese tipo que tiene los caracteres picudos y de cuyos trazos siempre estuvieron orgullosos todos los que habían sido alumnos de los frailes. Yo supongo que este hombre, debía haber aprendido a escribir allí, en aquellas escuelas de enseñanzas pías y piadosas. 

      Allí enseñaron a casi todos los hijos del pueblo, (… y utilizo el masculino porque no eran tiempos en que se permitiera que los dos sexos estuviesen revueltos y mezclados), o mejor, a todo aquel que podía permitirse el lujo de ir a clase olvidándose de trabajar para ganar el sustento. Eran los tiempos en que había que luchar por subsistir y eran también, pocos los que podían aprender a leer y escribir. En las casas era necesario el poco dinero que los señores de todo y de todos pagaban a los más humildes  que trabajaban para ellos. Luis debió de ir a la escuela y de ahí su buena caligrafía. Amontonaba este hombre centenares de periódicos y revistas, en un cuarto enorme, que solía usar como despacho …para todo. Allí, alineados en inmensas pilas, estaban el Pueblo, ABC, Marca y el desaparecido Alcázar que era más de derechas que Blas Piñar, y  estaba editado por la asociación de excombatientes del Alcázar de Toledo.

     Creo que allí comenzó mi afición innata por la lectura. Leía, y releía las páginas de aquellos diarios, censurados por el régimen y le pedía a Luis montones de ellos para encender los braseros de picón, que todas las mañanas de frío invierno preparaba mi madre y que nuevamente volvía a leer lleno de gozo y satisfacción. La lectura es un hábito, que si se adquiere desde pequeño te atrapa y acompaña durante toda la vida. Los libros, arrastran desde sus páginas, hacia mundos y vivencias que de otra manera nunca se hubiesen podido conocer, ni experimentar.

       A la antesala del casino, que aun resiste inmune el paso del tiempo, le llamábamos el portalillo. Allí, organizamos durante las largas noches de invierno, brillantes veladas de boxeo, en las que participaban afamados púgiles que en aquellos años estaban en el candelero. Cassius Clay, que aún no había abrazado la ley islámica y todavía no era conocido como Mohamed Ali. Su eterno rival Joe Frazier, Oscar Ringo Bonavena, y Jose Manuel Ibar Urtaín se encarnaban en las pieles y esqueletos, frágiles en aquellos años, de Rafa  “el tortero”, Joaquín, hijo del dueño del bar, y de un servidor. También jugábamos emocionantes partidos de fútbol, donde la pelota no era esférica, sino el resultado de meter muchos paquetes de tabaco vacíos, uno dentro del otro, hasta que lográbamos una bola considerable con la que acometíamos la práctica del balompié y que tenía la odiosa vicisitud para quien ejercía la función de portero de correr el grave riesgo,(… que asco de mil demonios) de que al intentar detener la pelota arrojando el esqueleto al suelo, quedara posada su mano sobre alguno de los innumerables esputos que los “educados” señores que frecuentaban aquellas dependencias, arrojaban al suelo sin pudor ni miramiento. Eran otros tiempos. Con sus cosas y sus gentes.

 


     
                                                                                                

miércoles, 14 de marzo de 2012

De los tontos y las tontas con tres carreras.


    
   



   Las vislumbro a lo lejos. Enmarcadas en el hueco de la puerta automática del restaurante, bajo la luz delatora del foco que me chiva cuando alguien asoma sus fauces, entreveo sus gráciles figuras volatineras. Son cuatro damas y un “damiselo”. Giro la llave y el portón de cristales, (… que unos cuantos porrazos de mentes distraídas y como de estar en Babia lleva en su haber), se abre dando paso a las delgadas damiselas y a su varón acompañante. Se acercan a la barra y aquí me tienen, ustedes y ustedas, saludando cortésmente y preguntando que desean tomar las caballeras y el caballero. Ni puñetero caso. Siguen con su charla, cháchara y palabrerío, hasta que alguna de ellas, mente aviesa, decide pedir el primer café. Tras esta, la otra, después las otras y luego, al fin, el otro, reclaman lo que desean olvidándose por un momento del palabrerío y, algo importante e imprescindible, de los móviles amigos, los “jodios” móviles. Cuando empiezan a degustar el desayuno ya me voy enterando de donde vienen, que da lo mismo, y a donde van, que también da igual, aunque resulta ser Inglaterra, Londres para más señas y aquí ya me doy cuenta de que son gentes viajeras y de mundo, con trabajos tal vez, me digo yo, que deben de ser como de ejecutivas y esas cosas. Siguen con su labia locuaz y el maromo me pide un vaso de agua, que presto le coloco a su vera e ipso facto una de las señoras me pide otro, sin mirarme a la cara, debo de resultarle demasiado feo, y también se lo pongo con la misma premura e inmediatez, y una tercera, cuando ya he metido la botella en la nevera me pide uno más, mientras las tripas se me empiezan a poner de un color parecido al de Kunta Kinte.

     Ponen un billete en la barra, cobro, pasan las maromas y el maromo a los servicios, mean, cagan o hacen lo que les parezca, mientras un servidor de ustedes recoge vasos, platos y restos varios de azucares y papeles, mientras una tras otra y con el otro, van saliendo de los chiqueros donde se deponen las deposiciones y se encaminan hacia la puerta con la misma charlatanería, despareciendo por donde habían venido. Unos minutos después, casualidad de las casualidades, vuelve a repetirse la misma escena con cuatro sevillanos bien plantaos, de esos que son más chulos que las pesetas.

     Se preguntarán, queridos y queridas míos, el porqué de esta disquisición y a cuento de que les cuento este cuento. ¿No notaron algo extraño en tan educado comportamiento? De ser así habré de pensar que se les apagó un poco la perspicacia y el discernimiento del que siempre les creo poseedores, porque debieran haber notado que en ningún momento he dicho que las susodichas y susodichos hayan tenido la gentileza, el detalle y la buena educación de saludar y decir siquiera buenas noches al insignificante, casi despreciable para sus excelsas señorías, camarero que les puso los cafés, y que no pasó en ningún momento de ser un alfeñique, un pobre gusano, indigno siquiera de la cortesía de un saludo de tan honorables excelencias.

     Pueden imaginar, que, a lo largo de treinta años ejerciendo tan menospreciado oficio, he tenido que tragar de todo. Carros y carretones, ruedas de molino y hasta sapos y culebras que me vinieron servidas en bandejas de oro. Pero hay algo que con el pasar de los años cada vez se me hace más cuesta arriba y es la indignidad de no sentir dignidad. Por ello me rebelo contra los que ven en la humildad de estos oficios algo así como la escoba con la que se barre todo, sin pensar que alguien habrá, a tan importantes señores y señoras, de ponerles el café, de hacerles las labores domésticas, de limpiarles los ceniceros y servirles lo que deseen en sus vuelos de alto copete. Siempre me han resultado indiferentes esos a los que llamo tontos de tres carreras, aquellos que confunden estudios y conocimientos, determinados y concisos, con cultura y educación.

 

   Otro día cualquiera. Abro la puerta del lavavajillas. Seco los vasos mientras observo al viajero de mediana edad que bebe parsimonioso un café. Son altas horas de la madrugada. Su mirada discurre ávida por las páginas de un libro que devora con fruición. Cuando observo que alguien lee, siento la imperiosa necesidad de saber que está leyendo. Entorno los ojos en el intento de poder visionar las letras que adornan el lomo del ejemplar, ya saben que soy miope y de vista cansada, pero solo consigo alimentar mi curiosidad cuando el viajero se encamina hacia el servicio dejando el libro huérfano sobre la barra.

     De vuelta, el viajero sigue con su lectura y un servidor, con la curiosidad satisfecha, le pregunta: - ¿Le gusta García Márquez?-. El viajero me observa como absorto y confundido, como si de un espectro se tratara, como diciendo, que lo piensa, ¿qué coño dice este? ¿Cómo?, ¿Que si le gusta García Márquez? Algo raro, contesta, cuesta leerloEs este un libro, puntualiza en plan erudito, que no está al alcance del conocimiento de cualquiera, ya le veo venir, porque mezcla historias reales con otras que parecen ser ficticias y que blablablá… Tenga en cuenta., le digo hincándole con gusto la puntilla, que Cien años de Soledad es una de las mejores novelas jamás escritas, cumbre además del llamado realismo fantásticoAh, ¿pero usted la ha leído? Anonadado, como desvanecido y de una blanca palidez. Por supuesto caballero, Aureliano Buendía y un servidor, casi como de la familia y no le cuento del placer que sentí leyendo El Otoño del Patriarca, La Crónica de una muerte Anunciada, El Amor en los Tiempos del Cólera y…..

     Perplejo. Como ido queda el elemento. Deposita su moneda en el mostrador y se encamina hacia la calle pensando, que lo piensa, como es posible que un camarerucho de carretera haya leído todo lo que poder pudo y cayó en sus manos del magistral Gabo. Y de Vargas, Carpentier, Hemingway, Delibes, Borges, Cortázar, Cela, Machado, Lorca y…, que se yo, le digo y le cuento a mi interior a tan altas horas de la noche, mientras pienso, y me ratifico, en la idea de que hay sueltos por el mundo multitud de tontos y tontas con tres carreras que no saben estar y que son como La Mosca Cojonera que dejé plasmada en un relato allende por la semana santa de hace como dos años.

     Porque digo yo, por último y para terminar, que un servidor puede haber sido tonto por haber consentido en ser en este vivir terreno camarero, aunque de todo tiene que haber en esta villa del señor, pero no por ser camarero ha de ser necesariamente tonto. ¿O no?.

                                                                                   

                                                           

                                                      

lunes, 5 de marzo de 2012

Conversando con Manolo. (... de la Cuaresma).

Manolo pensando y ........

  Ya les estoy viendo. Por ello, intuyo, que andan preguntándose, así como absortos, el porqué del título que da motivo a la presente entrada, porque  a buen seguro que a eso de conversar, por escrito y a distancia, habrán pensado ustedes, que debiera de llamársele más bien Carteándose con Manolo. Ocurre que a un servidor de vuesas mercedes, le apetecía lo de conversar, porque aun en la lejanía, (… el citado susodicho campa sus reales huesos por la bella metrópoli de Santiago de Compostela), siento yo a este buen hombre, de castizo nombre, (…del que habrán observado que responde al  mismo alias que porta desde fechas perdidas en la memoria, el imperecedero cantante que lleva buscando un carro desde que uso de razón tengo), como muy al lado y cercano. Y les cuento.

     Recordarán que hace poco tiempo pasó por esta posada de humildes escritos José Antonio Fernández Senovilla con su relato Creencias y Confianzas, que pueden leer si pinchan AQUI, y que fue quien hubo de asegurar en algún comentario perdido, que este torpe escribidor tenía formas y pareceres que parecer se parecían a los de su amigo Manolo, escritor y dueño de Manólogos, un rincón al que si pasan, pinchando a su vez AQUI, no habrán de salir indiferentes y era por ello que intuía, “mu bien intuío”, que si conocer nos conocíamos, habríamos de ser sujetos condenados a entenderse. Ya les advierto, no se me vayan a quejar después, que no es el citado persona dada a los remilgos y no es su casa lugar para melindres, así que si por ella pasan, vayan dispuestos a saber que es ese lugar tan claro y transparente como el agua, donde al pan se le llama pan y al vino se le denomina vino, todo ello, eso sí, adornado con metáforas, comparaciones y otras argucias estilísticas que a buen seguro, a unos, los más, habrán de encandilar y a otros, los menos, mas melindrosos y dados al recato, podrán espantar sobremanera.

     Decía, con anterioridad, que aseveraba el citado Senovilla, lo de que éramos seres condenados a atraerse como imanes, sin saber el mencionado que al poco de establecer relaciones, amistosas por supuesto, descubrimos para nuestro asombro que uno y otro habíamos tenido una tía peluquera, trasladamos a su vez nuestras preciadas posaderas en idéntico Renault Megane, sufrimos con las idas y venidas de nuestro Atletico de Madrid, deseamos con fervor que el Real Madrid de nuestra inquina eterna pierda hasta en los entrenamientos, nos gustan los bares y el vino tinto, el es cojo y mi padre lo fue,  yo soy camarero como lo fue su señor padre y ambos a su vez contamos elefantes,(… las ovejas se nos quedaron como exiguas y pequeñas) cuando marchamos hacia la cama a plantar batalla al puñetero insomnio, con lo que ambos y nuevamente a su vez, sufrimos los ataques despiadados de la santa, cuando después de haber rodado como doscientas veces en el lecho sobre nuestro propio eje, nos manda al sofá a que pelemos la pava o hacer puñetas que para el caso es lo mismo.

     El señor Manuel es hombre de oficina, por lo que maneja esto del meneo de los dedos, mecanográficamente hablando, y con la escritura, de manera más rápida y eficiente que lo hacía Marcial Lafuente Estefanía escribiendo sus más de dos mil seiscientas novelas del Oeste, en formato de octavilla y a cien páginas por ejemplar, mientras que este escribidor de tres al cuarto solo usa un par de dedos, el corazón de la mano izquierda, con el que de tierno infante ,y tal vez también ahora, hurgó a veces su nariz y el mismo antedicho de la derecha que a la vez hubo de servirle para untarse el Hemoal donde todos y todas saben, desde los primeros años de su tierna juventud debido, tal vez, a la injerencia de compuestos bebibles y picantes sustancias que hacen de las hemorroides elementos como parecidos a pimientos morrones.

     Así, hecha ya la presentación del individuo y descrito el ambiente que habrá de rodearnos paso a contestar a su atenta misiva de hace unos días.

     


 Estimado amigo Manolo:

          Espero que al recibo de esta os encontréis tu, (… el primero, es el primero), la santa, (… que a buen seguro dirá, como la mía, que en caso de duda sea ella la viuda) y los niños bien. Yo, mi santa y mis niños, a pesar de Rajoy y el Real Madrid, bien G.A.D, (…gracias a Dios).

     Me referías en tu atenta de hace unos días, o mejor me relatabas, tus juveniles vivencias carnavaleras, (… yo ya te las conté dándote la tabarra y dándosela a todos  mis pobres seguidores durante un par de semanas, así que paro ya de esta monserga o me llevaran entre leones hacia el cadalso), y he de decir, aunque parezca que te hago la pelota, que me resultaron como siempre, agradables y enriquecedoras a la vez que desternillantes, por lo que recomiendo a quien lo quiera que pinche AQUÍ para leerlas, (… luego dirán que no los encamino muy bien “encaminaos”). ¿Ya las leyeron?. Si no lo han hecho, háganlo a lo más tardar al terminar la lectura de esta homilía y así sabrán que Manolo me propone que le cuente mis impresiones sobre la Cuaresma y es por ello que con premura e ipso facto, o ahora mismito que diría Pancho Villa, le traslado, mi querido amigo, mis impresiones acerca de tan trascendental acontecimiento.

     El primer recuerdo que me viene de la cuaresma es como de los años en que las pastillas curativas de cualquier enfermedad iban envasadas en un bote de cristal y con un algodoncillo dentro, o sea de los tiempos de Maricastaña. Diré que era un servidor, por entonces, muchacho de exacerbada fe y práctica religiosa, de misa los domingos y  las fiestas de guardar, que después, y con el paso de los años, quedó en la esencia, yendo el envoltorio hacer puñetas.

     Cuando asomaban estos días, como conventuales y de recogimiento, Emilio Laguna, amigo del alma por siempre y guía espiritual por aquellos entonces, escondía en el fondo del armario los discos de vinilo que reproducíamos en un viejo tocadiscos monoaural, que había en la casa de Acción Católica. De esa manera quedaban perdidos en el tiempo y como suspendidos en el aire los acordes de las canciones de Nicola di Bari, Nat King Cole, Adriano Celentano y los Rubettes, un grupo de horteras ingleses, que adornados con unas sempiternas boinas blancas, se hicieron famosos en el mundo entero cantando el Sugar Baby Love, canción plomiza que se repetía en el tocadiscos como treinta veces al día, igual que el Corazón Destrozado de Bonnie Tyler se repitió años más tarde, una y otra vez, en la máquina de discos del bar de Luis “El Jarabo”, que apagándola, harto de escucharla y cagándose en el puñetero día que compró aquel vinilo, un sábado por la tarde, amenazó con sacar el disco de sus entrañas y partirlo en cuarenta pedazos, si llegaba algún gilipollas más con la intención de volver a echar un duro para escuchar, por enésima vez, la balada de la afamada cantante galesa.

     Eran cosas que pasaban y ocurrían. A cambio, y volvemos con Emilio, rescataba del fondo del mismo armario el disco de Mi Cristo Roto, que eran unos textos, muy aparentes para la ocasión, recitados por  el jesuita Ramón Cué y que al menos en el recuerdo y con los ardores de los pocos años, me vienen como soporíferos e insoportables, máxime cuando como si de una penitencia se tratara, primero había que escuchar la cara A, después la B y al día siguiente repetición del tostón por si andábamos faltos de comprensión.

 

     También me viene a la memoria el asunto de no comer carne los viernes, que mi progenitora guardaba escrupulosamente y hacía que guardásemos todos los bichos vivientes que pululábamos por la casa, y que a mí me ponía de los nervios y hasta de muy mala leche, porque nunca entendí aquello de que pagando la gula los pudientes pudiesen comer lo que a bien les saliese de sus santas pelotas. Siempre tuve la convicción de que eran estas costumbres ancestrales, de poco raciocinio y entendimiento, que arraigadas en el pueblo llano, se asentaban entre los más humildes y desfavorecidos, teniendo este escribidor el convencimiento, de que en cualquier caso lo que pedía el Evangelio, (… como podrás comprobar, ando todavía versado en tan divinos asuntos), era que se hiciese algún sacrificio terreno que costar costase hacerlo, por lo que este calvo que entonces portaba pelo, solía pasar este tiempo de cuaresma sin fumar, para llegado el sábado de gloria echar el primer pitillo frente a la hoguera que se encendía en la puerta de la Iglesia de La Asunción.

 

     Aquellos viernes tocaba comer potaje de garbanzos, con acelgas y panecicos, (… el de espinacas y el bacalao rebozado, se reservaba para la Semana Santa) y es cierto que este que escribe, muy dado de por vida a llevar sobre su ser el peso doloroso de las flatulencias provocadas por la ingesta de legumbres, las pasaba y las pasa canutas, si llegado es el caso, cuando el aire que pugna por buscar salida cuadruplica el número de garbanzos engullidos.

     Entre tan oloroso ambiente, perdonen amigos y amigas que leedores sean de esta carta rodeada de tan intimas confesiones, me despido por hoy de usted, amigo Manolo, no sin antes emplazarle a que me cuente, ya que estamos a punto de llegar a tan señaladas fechas, como transcurre la Semana Santa por sus tierras y dígame si hay carrozas, nazarenos y costaleros, que conociéndole como ya le voy conociendo, y suponiendo que hasta en globo debe de haber subido, no me extrañaría que cofrade fuera de alguna cofradía, aunque con la jodida cojera pudiera ir el santo sobre sus hombros como a bandazos, entre tumbos y oscilaciones.

 Con la rapidez que le caracteriza, Manolo me ha enviado cumplida respuesta a esta carta en su blog y que pueden ustedes leer si pinchan AQUI.

 Y a su vez el bueno de Senovilla, nos dedicó a ambos y al unísono un maravilloso escrito que pueden degustar AQUÍ

                     

                                                                                                         
   

      


domingo, 26 de febrero de 2012

De cuando fuimos carnavaleros. Tercera entrega y a cagar leches ...


      
     Ya imagino que muchos pensarían que esto de los relatos carnavaleros, no habría de acabar nunca, pero miren por dónde se han equivocado y les puedo asegurar, para mi paz y su eterno descanso, que por el momento habrá de ser este el último escrito de andanzas tan festivas. Andamos ya coronando la cima de la montaña, llegando al momento culminante del fin de la carrera, la llegada a la cúspide de esta historia que cogemos de nuevo en los albores del año de su santa madre del 1993 en el que las chicas iban vestidas, cual suaves conejitos, y de Rita Hayworth en Gilda, íbamos los maromitos. No adivino ahora el porqué, me queda largo en el tiempo, de esta decisión que en principio parece como contrapuesta, (… imagínense tres bellezas, como éramos y somos, los varoniles integrantes de la comparsa, acompañados de ¿conejitas?. Me causa estupor), más ya sabemos que Dios dispone, el hombre a veces propone y la mujer hace lo que le sale, con perdón, de los ovarios en cada momento de este discurrir terreno, por lo cual no le daremos más vueltas al asunto y relataremos con detalle y precisión lo acontecido en aquel año del señor.
      Con un frio que helaba los sesos, el cuerpo y el alma, hubimos de salir a la calle, los varones miembros polichinelos, equipados de peluca, guantes de seda, bolso, medias y vestido largo y ceñido, además de otros complementos varios, entre los que recuerdo, cangándome aun en sus muertos, unos pendientes de bola enormes, que llevé sujetos a mis exiguos lobulillos auditivos, mientras veía luceros y estrellas de colores,(… para algo hermoso, las orejas, que tiene uno, se las querían joder), decisiones todas de las féminas integrantes del grupo que nos conformaban diciendo que íbamos “monísimas”, mientras ellas disfrutaban del calor que les proporcionaban sus enfundados cuerpos y un servidor notaba como le subía, debía de ser por la falta de costumbre, un refrescor testicular desde las bragas para arriba, asunto este que sin prisa, pero sin pausa, fue como trepando “pa” la zona donde se aposentan amígdalas y faringe, llevándome, recién terminada la fiesta hasta el fondo del lecho conyugal, tan recientemente estrenado, y haciendo que pasase el resto de aquellas “inolvidables” vacaciones entre tisanas y friegas de alcohol de romero. El chino Fu-Fu iba en su salsa, porque era hombre que disfrutaba vistiéndose de esbelta señora en tan señaladas fechas, (… debe de ser porque, la verdad, para ser tío, estaba hermosa y tenía buen talle) y el Pepito Leré llevaba un cabreo de tres pares, cosa por otro lado, muy congénita en su ser llegados estos festivos días,(… a ver como se explican, queridos míos, que sin gustarle en exceso, hubiera siempre de vestir de estos atalajes su esbelto cuerpo carnavalero. ¿Se lo contesto?, pues les digo que siempre pueden, si habré de saberlo yo, mucho más dos tetas que dos carretas. ¿Entendido?).  Así, llegado el domingo de piñata, último día de la celebración carnavalera mandamos los varones, en tiempo y forma, aquellos vestidos esplendorosos a tomar por el mismísimo trasero y nos enfundamos nuestros abrigados trajes de pantera.  Aquel año pudo ser, aunque lo dudo, el año en que Santiago mando al carajo su peluquín. Todo porque al pasar por debajo de las rejillas que expulsaban aire para acondicionar, en lo posible, el abarrotado salón de Piña, hubo de salir la peluca a cagar leches, con el consiguiente cachondeo de toda la multitud allí apiñada. También hicimos homenaje escrito a los alcaldes y el arreglo de sus calles diciendo: Aseguran que es mentira, pero resalta el detalle, de que todos los alcaldes, arreglasen bien sus calles. Carlos Dotor reparó, la suya, la de San Marcos, pocas más alquitranó, en largos años de mando. Con muchísimo más morro. Juan Bustos, más descarado, cortó al llegar a su casa, la que había pavimentado. No pudo atar bien los cabos, Valverde, alcalde de paso, viendo sus aceras nuevas, siendo ya concejal raso. Fue líder, Antonio Cobos, medio pueblo adoquinó, su calle, la de Ramiro, también en el bombo entró. Te criticaran Bajillo, acabo de hacer sondeos, por haber “mandao” arreglar, la tuya, Calvo Sotelo. Aunque hay lenguas afiladas, que excusa dicen que tienes, pues te llega el agua al cuello, las pocas veces que llueve. Pues comentan que te han visto, tieso en el umbral rezando, pidiendo muy serio al cielo, que vaya pronto escampando.
Las marujas Polichinelas
     Así, escalamos ya los últimos peldaños de la escalera y nos adentramos en las vicisitudes ocurridas en el 1994, año en el que hubimos de ir ataviados, machos y hembras, al igual que marujas de casa humilde, con escobas, cubos y fregonas. Puedo asegurarles, queridos y queridas míos, que fueron este, junto con el próximo, los dos carnavales de mi vida, en cuanto a lo que de vestimenta y atavío se entiende, porque pueden imaginar que el traje daba juego para hacer lo que debe hacerse, que en estas fiestas se supone que debe ser, o sea, incordiar, irritar y llevar al límite de la paciencia a cuanto mortal te salga al paso, aunque este, comedido, cortés, afable y hasta de buen trato, trate de hacerte ver que está pasando un buen rato.
Un marujo servidor
Con la santa
     También hubo una novedosa novedad y es la referida a que el concurso de murgas fue celebrado por primigenia vez en el Cine Cervantes, o mejor del Pato, que es como se le conoce y se le ha llamado durante toda la vida. Resultó que la Casa de la cultura se había quedado pequeña para tan exitoso evento e Isidro “El Colorin”, concejal de los festejos, decidió trasladarlo al mencionado lugar, previo pago, en eso era muy estricto el amigo Ladislao Muela, de “amoñiguar” 40.000 pesetas del ala,(… no estaba mal el alquiler), cantidad que había quedado estipulada desde los añejos tiempos en que estrenaba sus celebradas obras el Grupo Teatral Mudela, para la apertura de las puertas de vetusto salón antes citado. Allí se amontonaba una marabunta de padre y muy señor mío, plebe que a la espera de comerse los garbanzos, se reía alborozada con los cantos y coplillas de unos cuantos. Y digo de unos y no de otros, porque sin citar nombres, bueno será recordar que algunas de las composiciones murgueras provocaban la somnolencia con mayor poder que el SOMNOVIT, medicamento en forma de pastilla que un servidor se toma cada día al acostarse, para quedar, por unas horas, mas tieso que una mojama.
Todos juntitos, ellos y ellas. ¿ A que tiene premio?

          
     Hubo en nuestra exitosa composición murguera,(… un año más volvimos a ganar el primer premio, para gusto de unos, nosotros mismos y desespero de otros, los demás), una referencia al viaje que habían realizado, habitantes de ambos sexos de esta insigne localidad, a los estudios de Telecinco para asistir a un programa de cuyo nombre no quiero acordarme,(… porque no me acuerdo), y que decía: “Por gestiones del Mochuelo, que es avezado y muy listo, señoras con sus esposos, se fueron “pa” TELECINCO. Fue Carmen la de Maurito, y Santiago el albañil, Virtuditas “la Pavilla”, e Isidro “El Colorín”. Y también se apuntó El Choro, y la hija de Talegas, y bien plantá, como siempre, “pa allá” fue Tere “La Nea”. Decían todas muy contentas, nos van a dar de cenar. “¿Será jamón de Jabugo?, ¿o nos pondrán caviar? Llegados “tos” al estudio, a “toa” leche y sin demora, bocadillo de chorizo y lata de Coca Cola. Y cuando empieza el programa, al cuarto de hora escaso, ven que “to” aquel “entramao”, es más bien un pestiñazo. Hubo allí quien se durmió, y también quien bostezaba, y alguno que en trance absorto, al cielo en cruz suplicaba: ¡que me lleven “pa” mi casa, no quiero padecer más, ¿Cuánto le queda a este bodrio?, ¿cuándo leche va a acabar? . Y así, hasta otro año, que para mí sería el último, (… de momento. Nunca se puede decir, de esta agua no he de beber, ni este cura no es mi padre), nos despedimos del personal cantando aquello del: “mi suegro estará “cagao”, la suegra estará “mea”, con “tos” los críos llorando, Dios mío que carnaval.”





Fue premio Pulitzer. Solo queda, que nos den la jubilación
     
    Hemos coronado ya, la cima de esta montaña. Estamos, amigos y amigas, en la añada del 1995, año en el que la villa y sus aborígenes se hubieron de hacer mundialmente famosos, aunque tal vez no fuera para tanto, pues quiso la diosa Fortuna tomar aposento por estos sagrados lugares, concediéndoles la bendición del oro, del dinero contante y sonante, pues hubo de tocar por estos lares y sus inmundos rincones el gordo de la Lotería del Niño. Aquel sonado día, terminada mi jornada de mochuelo nocturno, hubo de sustituirme, mi buen amigo y compañero, Casimiro “El Chino”, a quien Dios tenga en buen lugar, y con premura cogió el San Pancracio de escayola,(… del que dicen que es como imán atrayendo la buena suerte), decrépito y mutilado, por la cantidad de veces que cabreados lo poníamos a ducharse bajo el grifo del lavabo a la espera de que se le aclarasen las ideas, y le endilgó una vela a cada lado, aposentadas sobre sendos envases de cerveza vacios. Sorprendido le pregunté a que se debía tal arrebato de fe incontenida y con firmeza me contestó: “ porque hoy toca la lotería”. Como siempre, no le hice ni puñetero caso y emprendí la vuelta a casa, a la espera de meterme en la cama, al arrebujo de las mantas y mi santa.
Otra con mi santa
    
      Y así, cayendo ya el mediodía, hube de escuchar entre sueños, ruidos lejanos de bullicio y algarabía, que una vez despabilado y puesto en pie resultaron evidentes, por lo que sin pensarlo dos veces, me encaminé a la salita y prendí,( … que argentino, me ha salido este vocablo) el televisor, viendo con estupor en el teletexto que el numero impreso en la pantalla, era el mismo que tenía entre mis manos, el que había sido vendido a mi santa, (… aquel día santa hasta le beatificación), por mi amigo del alma Miguel Matute. Pueden imaginar que  a partir de ese momento, y ya puestos en la calle, el día fue de celebración, charanga y pandereta, aunque a estas alturas deban de estarse preguntando, (… que ya los voy conociendo), que tiene esto que ver con el discurrir carnavaleo de la villa. Tranquilos, que ya les cuento.
los tres maromos polichinelos
¡Que caras Dios mio!. Un lujo...



A punto de subir al  autobús
     Aquel año del señor, decidimos, o mejor decidieron las que todos ustedes saben, (… y no nos llamen calzonazos, que sé que lo están pensando), que debíamos ir disfrazados de abuelitas y abuelitos del INSERSO. Puedo prometerles y prometo por mi honor, que aquel disfraz lo bordamos y fuimos hasta capaces de construir con planchas de madera, (… veréis como aparece ahora Pepito Testón, alegando aquello de que ando falto de entendederas para decir que lo encargamos. Al tiempo.), un autobús de variados colores, con el que por primera y última vez desfilamos en el concurso de carrozas. Así con sombreros, garrotas, maletas del año del coño, y otros atavíos variados, recorrimos plazas, bares, calles y callejones, cantando estrofas muy oportunas para la ocasión, que entre otras cosas decían:”Con subvención del INSERSO, que Felipe a concedido, hemos llegado a este pueblo, tan famoso y conocido. Con cien kilos de reuma, y con doscientos de artrosis, solo falta que a estos años, padezcamos de fimosis. Pepe tiene diez juanetes, Carmen va llena de callos, Mercedes quiere quitarse, quinientas patas de gallo.”. Y continuábamos refiriéndonos al premio lotero: “¿A que no te has enterado, porque no se ha comentado, “quen” Santa Cruz de Mudela, la lotería ha tocado? A Miguel Matute padre, ¿Cuánto no le habrá tocado?, que siempre que le preguntan, dice que no lo ha contado. Siempre ha sido inteligente, por eso muchos comentan, como es posible que tarde, tanto en resolver la cuenta. Arcos, el de la Renault, amasará una fortuna, pues al pueblo ya le llaman, Santa Cruz de La Laguna. Isidro, Mauro, “El Bajillo”, los tres con once millones, en un bar tomando copas, contrastaban opiniones:”Veréis si tiene cojones, tal y como está el tinglado, que alguno nos joda ahora, diciendo  “questo” es robado”. También ocurrió que estando comiendo, uno de aquellos días en el restaurante, hasta hubimos de subirnos en un autobús pleno de jubilados a darles la vera por aquello del parecido y del disfraz, con lo que sin quererlo  casi partimos hasta Levante.
Con mi hermano de leche, del alma, Don José Testón
     Aquel año fue para un servidor de vivencias muy dispares y encontradas, puesto que como hemos referido tuvo la suerte de cara, cosa esta que no le solucionó la vida, pero si le dio un empujoncito. También hubo de ver nacer, “in situ” y al momento, a su vástago primogénito y hubo de despedir, un mes más tarde, con el corazón encogido por el dolor y el sufrimiento al hacedor de sus días, que después de mil batallas ganadas, hubo de perder la última, iniciando el viaje hacia el lugar del que nunca nadie vuelve.
     También perdimos a un buen amigo murguero, aficionado al carnaval desde el principio de los tiempos, Vicentillo “El carnicero” a quien dedicamos unas coplas que decían: “Dedicamos esta murga, a un amigo y gran murguero, que nos a “dejao” este año, Vicentillo “El carnicero”. Va por ti que fuiste grande, con la pluma y el papel, canta allí arriba esas coplas, que acabas de componer. Qué con el oído puesto, aquí abajo te escuchamos, alza una copa Vicente, que todos te recordamos”  y que levantaron el día del concurso de murgas, (… que ganamos por última vez), a los espectadores de sus asientos, en una explosión de incontenidos aplausos. Despedíamos aquella composición con estas letras:”De los dolores de huesos, estamos todos curados, ahora de tanto bañarnos, estamos acatarrados. Cuando lleguemos al pueblo, veremos lo que nos pasa, si nos mandan “pal” asilo, y nos echan de la casa. ¡Qué suerte tienen algunos, pues el yerno les espera, ¡pasto “pa” los cocodrilos, el que viva con la nuera!. Nos vamos meando claro, y tan llenos de ilusiones, que al pasar por la farmacia, vamos a comprar condones.


 Polichinelas vendedoras
 
     Aún hubieron de vestirse en el 1996 las féminas integrantes Polichinelas, exceptuando a la santa, de vendedoras de cosméticos y hasta hube de componerles la correspondiente murga, que para mi decepción ya no fue cantada en el vetusto escenario del Cine del Pato,(… faltábamos Pepito Lere y un servidor, que al igual que Serrat y Sabina en tiempos presentes o "Lennon y McCartney en los años de cuando reinaba Carolo, éramos el dúo que componía letra y música, entre desafinaos del que escribe y “no me cuadra” del Prepucio cagalastimas), y las féminas muchachas, exceptuando a Beatriz, alias “La Lala”, que porta voz de soprano, siempre tuvieron el tono como salido de un pozo, cavernoso y descompasado, por lo que habíamos de advertirles, muy bien “advertio”, como cuatrocientas veces que callaran sus impulsos y no cantaran, so pena de parecer el orfeón, un coro de grillos a la luz de las estrellas en una noche de agosto.
     Y hemos llegado al final. Os aseguro que me bajo de este tren invadido por el poso de la añoranza, que inevitablemente da paso a la nostalgia. Nostalgia de los momentos vividos y de aquellos días pasados. Días de alegría, garrafón y noches de fiesta, donde siempre amanecía al albor de cubalibres y de orquestas. Me queda el recuerdo entrañable para los amigos que aún están ahí, compartiendo vida y andanzas, la memoria de los que marcharon para no volver, y el poso amargo de los que están, he incomprensiblemente se fueron. De cualquier manera son los compases de la vida y sus acordes.


      Mencionar a todos los integrantes Polichinelas desde sus principios, sería tarea dificultosa, porque siempre quedaría, sin remisión, alguno sin quererlo en el olvido. Por ello el recuerdo es y será, para los que fuimos componentes del murguero grupo hasta el final y que fueron, son y serán: Beatriz Laguna, José Testón, Rafael Rodríguez, Virtudes Ruiz, Pilar Poveda, Mercedes Delgado, María Cortés, Carmen Delgado y un servidor de ustedes, Mauro Navarro, que agotado en este intento, se despide y les pide a su vez la venia y el beneplácito de un merecido descanso. 


Todos y todas, a falta de Pilar Poveda, que faltó o no quería salir en la  "afoto"

     Ya les digo que la nostalgia hace que hagamos tontunas y pensemos en volver de alguna manera a lo que fuimos. Es por ello, que con la ilusión perpetua de tener por una vez en el año frondosa cabellera, me lancé una vez más a la calle con mi apreciada peluca, que acompañada con unas gafas de los chinos que tienen tienda en la plaza, hicieron que me pareciera a mi admirado José Feliciano. 



Lo dicho, el puertoriqueño cantante