Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

jueves, 19 de abril de 2012

Por las minas de Almadén



       Llueve. Llueve sobre los tejados. Llueve sobre los barbechos manchegos en esta fría mañana de abril. Es sábado y por tanto el escribidor habrá de gozar de su preciado día de descanso. Día exiguo, minúsculo y apenas imperceptible que abarcará desde las 7,30 del mencionado hasta las 10 de la noche del inmediato domingo. Mas, como menos da una piedra, el relatador de estos hechos difusos está acostumbrado a conformarse con poca cosa, bulle feliz ante la perspectiva de los aconteceres que hoy  habrá de vivir. Por ello, ya ha salido como cagando leches del trabajo cotidiano y ha emprendido el camino de regreso al dulce hogar conyugal por la autovía de Andalucía que está como hecha un desastre entre obras y señalizaciones que parece que no acabaran nunca.
     Llegado al destino, entre goterones de lluvia en la calva y un frio de mil demonios, subo presto hasta los mencionados aposentos, donde santa y benjamina andan como dando vueltas cual gallinas mareadas, mientras proceden al colocado de pelos y demas hierbas propias de los haceres del género femenino, mientras que un servidor de ustedes, y de ustedas, se dirige con prontitud al baño a darse una ducha exprés y un afeitado somero, oyendo como la santa le conmina a que haga estas haciendas con prontitud, porque se acerca la hora de partir y el autocar no habrá de esperar a nadie. Ni que decir tiene, ya conocerán todos y todas, unas porque lo hacen y otros porque lo sufren, que tales advertencias son por ganas, como decimos aquí en el pueblo, de joder la pava, porque no tendrán que hacer esfuerzo mental alguno, mis apreciados lectores, para adivinar que el primer integrante del grupo en cuestión que se encuentra en disposición de pasar revista y listo para emprender el viaje es el componente masculino del clan o lo que es lo mismo, el tuerto, el Maurito Verbenas de las recetas culinarias que tanto aprecia el Echanove, porque ya sabemos, todos y todas también, que la mujer es animal de dos patas tardío en los asuntos estos del aseo y el emperifollamiento.
    Así, nos encontramos a bordo del ajado Renault Megane, que lleva portando los traseros de la familia Navarro Delgado durante casi dos décadas y que habrá de llevarnos en este día nebuloso hasta la parada de autobuses de la plaza de Andrés Cacho, desde donde habremos de partir, no me nieguen que ya iban teniendo ganas de saber de qué iba esto, hasta el lejano pueblo de Almadén para visitar sus minas de mercurio y monumentos. Antes nos dirigimos a por María Cortes Elbar, amiga del alma y “hermana de leche” de la santa y mi cuñada, a la que encontramos a las puertas del Parque Municipal protegida por un paraguas entre vientos y ventarrones que amenazan con elevarla como tres palmos del suelo. Llegados a la parada en cuestión, hecho el recuento y sin que falten ovejas, parte el autobús a su destino, mientras una lluvia desaforada golpea cristales, techo y chapas haciendo que me pregunte si no habría estado mejor mi cuerpo serrano entre las calientes sabanas que dejó candentes la santa, aunque pronto se disipan tan nefastos pensamientos y me digo aquello de que “a lo hecho pecho”, mientras me dispongo al disfrute de la jornada donde sea y como sea.







      Comprenderán que no haga especial hincapié en lo que a la primera parte del viaje se refiere, ese que nos lleva en primera instancia desde el pueblo de nuestros amores hasta la Calzada de Calatrava, municipio este, que no me lean los aborígenes del lugar, de poco fuste y escasa ornamentación, a fin de cuentas como el nuestro, y por el que pasamos también de paso, mientras continuamos, entre vientos y agua, hasta  Ballesteros de Calatrava, lugar desde el que atravesando parte del Valle de Alcudia habremos de llegar hasta nuestra ansiada meta. Hemos dicho, y repetimos, que llueve, motivo por el cual, no hay mal que por bien no venga, el campo esta de un verdor que arrebata los sentidos. Se tiende a pensar que en esta nuestra manchega tierra, el paisaje es árido, yermo como en un desierto y  nada es más incierto que esta apreciación. La comarca de Alcudia, también conocida como Valle de Alcudia, a causa del mismo nombre  es una de las seis comarcas de la provincia de Ciudad Real y se trata de una depresión de 1.200 km² extendida de Oeste a Este en la parte sur de la provincia, sobre más de 100 km de longitud, con una enorme riqueza ecológica y paisajística perfectamente preservada y de una enorme belleza, que me atrevo a comparar con los inigualables paisajes del norte patrio, esos que se pueden disfrutar por Galicia, Asturias o Cantabria.
     Así, disfrutando entre un diluvio universal, de estampas celtas que parecen sacadas de Braveheart  llegamos a nuestro destino y nos dirigimos con prontitud a las puertas de la recepción en el Centro de Visitantes donde nos dan las entradas y se encuentra ubicado el restaurante en el que presto me dispongo, los hay que toman un frugal café,  a devorar un bocadillo de jamón con un tercio de cerveza, pues habiendo como he, de bajar a la mina, pienso yo que debo portar las necesarias energías por lo que hubiere de acontecer y pasar. Figúrense, por referir un ejemplo, que nos quedamos “atascaos” y hay que echar mano del pico. 


El tuerto con el camarada Vicente
La santa con la benjamina


      Terminado el desayuno nos encaminamos a la lampistería, oficina para la recogida de cascos y lámparas para la entrada en la mina y es aquí, en la rebusca del yelmo que  habrá de cubrirme la testuz donde me empiezan a entrar temblores, pues siendo como soy Navarro y cabezón me pregunto si no habré de dar el cuadro cuando no encuentre uno a mi medida. Y aquí me tienen, probándome muchos y variados, sin que ninguno corone mi cerviz hasta que viene en mi auxilio el amigo Vicente, que le vamos a hacer si siempre fui camarero, indicándome, para mi alivio, que todos son regulables con una cinta que portan dentro. Y así resuelto el enigma y portando casco y redecilla para la higiene nos encaminamos hacia la entrada  del Pozo de San Teodoro. Decir que La mina se extiende por debajo del pueblo de Almadén, alcanzando los 700 metros de profundidad y estuvo en explotación de modo continuado, eso nos cuentan, desde la época romana hasta el año 2001, y se calcula que de ella se extrajeron más de 250.000 toneladas de mercurio. Descendemos a la mina, acompañados de Pedro, un antiguo minero de carácter afable y bonachón, a través del antiguo montacargas del pozo de San Teodoro, desde donde, y después de esperar a los que quedan por venir, iniciamos un recorrido por la planta primera, a 50 metros de profundidad, excavada entre los siglos XVI y XVIII. En las galerías de la mina se han reconstruido diferentes artefactos para el transporte y extracción del mineral y para el sostenimiento de las galerías o eso al menos dicen los folletos explicativos.  Y aquí me tienen queridos lectores, cogido de la mano de mi hija,  dando algún trompicón que otro, deambulando entre los mismos pasadizos por los que hubieron de pasar miles de presos y condenados a trabajos forzados durante siglos, unos por criminales y otros por su sola condición de ser gitanos o pobres vagabundos sin techo. El solo hecho de pensarlo me pone mis pocos pelos como escarpias. Baste decir, para que bien me entiendan, que hasta hubieron de construir un túnel de 600 metros que atravesando la villa de Almadén conducía a los penados desde la cárcel hasta la mina sin ver jamás la luz del sol.


La santa y su hermana de leche como pollos en la jaula


     Terminada la subterránea visita nos dirigimos al Museo del Mercurio que alberga diferentes salas de exposición destinadas a la metalurgia, historia, geología y ciencias del mercurio. Allí me dan los primeros vahídos soñolientos del día y así, como traspuesto, sigo la orden de la guía que dirige el grupo y que nos encamina con premura y decisión hacia la contemplación de la parte exterior del yacimiento; el que comprende los primitivos hornos Bustamante, lo que llaman la escombrera y otros hornos y chimeneas más modernos, aunque envueltos en el quebranto y deterioro, de los que mi exiguo seso olvidó con prontitud el nombre. Y después, es llegado el momento en el que subidos en coches eléctricos, fíjense que modernidad, emprendemos el camino de regreso al restaurante del complejo donde habremos de comer. El menú no es como para tirar cohetes y como prueba les digo que un servidor, poco dado a los alimentos verdes procedentes de la huerta, opta por engullir unas acelgas con crema y un lenguado en salsa menier, que dado el alto índice de hambruna que portaba aunque insípidos le saben a gloria. Viene después el parloteo, la charla y el coloquio de la sobremesa en la que aprovecho para charlar un rato con el amigo Daniel, compañero de adolescencia y primeras gestas juveniles, con el que hacía mucho tiempo que no coincidía.
    Pasado este agradable trance nos suben cual rebaño al autocar para encaminarnos hasta la Cárcel de Forzados, de la que solo  oír el nombre ya me provoca escalofríos. Llegados al lugar, exposición exhaustiva de la guía acompañante, que nos muestra lo que queda de aquel antiguo penal y nos proyecta un documento visual en una sala oscura donde mis anunciados estertores se empiezan a hacer profundos y como muy hondos. Figúrense, amigos y amigas, después de un día sin dormir, sin luz, a oscuras y viendo cine, el desfallecimiento se empieza a apoderar de mi ser como el sol del día al amanecer. La suerte, tan esquiva algunas veces, está de mi parte y la proyección es escueta y breve, por lo que una vez terminada es el momento  de visitar, andando y con buena letra, la plaza de toros almadenense, que es hexagonal y antigua, aunque no tanto como la de las Virtudes, que es la santacruceña, la nuestra. Allí tiramos las recurrentes fotos mientras paseamos por el ruedo y mi santa comenta, joder con la experta taurina, si los estribos que hay alrededor de la plaza, aparatosos y feos, serán para sentarse, sin pensar, que su fin es ayudar a los toreros a saltar la barrera. También aflora el comentario que hizo su hermana de leche María Cortes en el tendido 7 de Las Ventas madrileñas, lugar muy de controversia, polémica y discusión, al ver a un astado con la banderilla colgando y comentar diciendo en voz alta y muy bien articulada al matador en cuestión, que se le estaba cayendo la flecha al toro, aunque un servidor con el paso de los años, o mejor decir de las décadas, conoce muy bien a estas dos féminas señoras y sabe con certeza y a ciencia cierta, que tienen más cuento que el celebrado Calleja. Nos queda aun para redondear la tarde, y triturar las acelgas y el lenguado, subir a las ruinas de lo que llaman ¿castillo?, que de fortaleza, al menos en estos tiempos, tiene muy poco y que ofrece como única alegría unas inigualables vistas del paisaje y sus contornos.


Plaza de toros de Almadén
Las susodichas con anterioridad


      Hemos terminado la visita y emprendemos el camino de regreso. Nuevamente la lluvia nos acompaña y estamos atravesando otra vez el Valle de Alcudia cuando nuevos desfallecimientos empiezan a inundar mi ser. Bostezo, se me abre la boca y caigo en un sueño somero que pronto se ve alterado por los cantos de mi santa. Que obsesión la de esta mujer, de la que puedo aseverar que como actriz hubiese triunfado, de entonar siempre que vamos de viaje las canciones de su infancia o de para después de una guerra, cuando no es el bel canto su habilidad más reseñable. Así, vuelven a salir una vez mas del ajado baúl de los recuerdos, canciones como La Chata Merénguela o Yo me llamo Paquitina, que cantaba en los  tiempos en que meaban las gallinas, mientras se empiezan a oír voces que anuncian la próxima excursión al lugar por el que estamos pasando, el Valle de Alcudia. De momento y a bote pronto, tal vez porque todavía me encuentro en trance o  uno piensa poco las cosas, indico que me apunto, que si no hay que dormir, no se duerme. Pero cuando oigo comentar que la ruta será, ¡Dios de mi vida!, de diecisiete kilómetros andando, con bocata y botella de agua en ruta, el suelo se abre bajo mis pies, mientras unos sudores fríos recorren mi espinazo haciendo que emerjan y broten mareos incontenibles y premonitorios desmayos y opto con prontitud por declinar tan encomiable opción quedando emplazado para ocasión más tranquila y sosegada.
     En estas llegamos al pueblo, desierto y desolado como casi siempre, y a lomos nuevamente del Renault volvemos por donde vinimos. Llegados a la casa, el auto a la cochera y un servidor, con quejios de la santa, que siempre ha de decir, con razón o sin ella, que no tengo hartura, se dirige a echar un rato con el amigo Vicente en el Tapicao, mientras asevera, me refiero a la santa, con razón o sin ella también, que va a pedir al Ayuntamiento que pinten sin demora  un paso de cebra desde la puerta de casa hasta el citado chiringuito. Será, pienso yo, el amor tiene estas cosas, que quiere evitar atropellos derivados de mi conocido despiste. Qué le vamos a hacer si estas son cosas que pasan.
                                                                                                                 
                                                                                                               

martes, 10 de abril de 2012

La tía Agustina y los emigrados.

     
Paseo de la Estación 1961
      Vamos todos, como en dolorosa procesión, Paseo de la Estación arriba, que en estos  tiempos de aprensión  y recelos se llama de Calvo Sotélo, en honor al diputado del Frente Popular asesinado en los días preliminares al 18 de Julio del 1936, fecha en la que el general Franco se alzó contra el gobierno de la república legalmente constituido. Portamos cajas de cartón atadas con guitas. Maletas vencidas y deterioradas por el uso de las idas y venidas desde las catalanas tierras hasta el pueblo que les vio nacer. Emprenden, una vez más, el triste camino del regreso a su tierra de adopción, sin saber a ciencia cierta cuándo habrán de poner  nuevamente los pies en su amado terruño santacruceño. Todo habrá de depender del discurrir del año y sus haciendas, de que haya trabajo con el que alimentar bocas y pagar las míseras deudas contraídas. Después si quedan algunos cuartos en el fondo de la hucha llegado será el momento de plantearse, aunque decidida está de antemano, la cuestión de bajar hasta el pueblo para volver a gozar de padres, hermanos y parientes. Para sentir de nuevo el aliento de esta tierra denostada y poco apacible que hubieron de abandonar en busca de nuevos horizontes, de otros lugares en los que su existencia hubiera de ser una cuestión como más llevadera y menos coronada de espinas. Así, entre suspiros y llantos de despedida, el tren parte mientras se dibujan en sus ventanas los compungidos rostros de aquellos que no saben a ciencia cierta si habrán de ver nuevamente con vida en un futuro próximo a los que aquí dejan.
     Estoy hablando de mi familia. De mis tíos Manuel y Antonio. De mis tías Agustina, Isabel y Dionisia. De todos mis primos, entre los que habré de destacar, por aquello del mayor trato y cercanía a Benigno, Antonio y Javier.
     Ya saben ustedes, lectores de estas escuetas escrituras, que un servidor es sufrido seguidor del Atlético de Madrid desde los tiempos lejanos de una niñez que se va evaporando de la mente como la estela de un avión se disipa en el horizonte. Y he de decir, en honor a la verdad, que si hubo un regalo, de los pocos que me llegaban en aquel tiempo, que me ilusionó sobremanera hasta el fondo de mi ser de tierno infante, fue el que me llegó de la mano del tío Antonio desde Villafranca del Penedés . Unas botas de futbol reglamentarias y una camiseta, cual tela de hacer colchones del equipo de mis amores, que hube de estrenar dando patadas al balón en la era que lindaba con el campo de futbol de San José, recinto de tierra donde la Unión Deportiva Santa Cruz realizaba y realiza, ahora con césped artificial, sus gestas deportivas y que estaba rodeada por un arroyo apestoso, desagüe de detritos, excrementos y otros compuestos poco apetecibles y donde siempre, con inusitada destreza, caía la pelota inevitablemente.
     Allí jugábamos interminables partidos de futbol mis amigos de aquel tiempo y también se unían cuando llegaban de vacaciones el Antonio y el Benigno, primos míos y mellizos para más señas, que no se parecen ni en lo blanco de los ojos. De hecho uno de ellos, el segundo mencionado, porta cada globo ocular de diferente color, asunto este que puede parecer extraño siendo tan cierto como la vida misma. Como decía, era en el último tramo del verano, con la llegada del 8 de septiembre y la fiesta de la patrona, cuando esperábamos la llegada de nuestros queridos emigrados. Llegaban a la estación ferroviaria del pueblo, entonces importante y bulliciosa, después de viajar horas interminables, atravesando media España, sentados sobre las maletas en los pasillos de un tren desvencijado al que apodaban El Catalán, que hacía el trayecto desde Barcelona hasta los últimos confines de Andalucía y allí, en los andenes de la pomposa estación santacruceña, esperábamos el abuelo Santiaguillo, la tía Pilar y mi madre, si sus ocupaciones peluqueras lo permitían, mi hermana y un servidor a la espera de ver como bajaban de los herrumbrosos vagones las cansadas osamentas de nuestros añorados familiares.

La estación en los años 60


     Decía la negra Mercedes Sosa en una de sus canciones que todo cambia, aunque en esencia todo sigue siendo lo mismo. Eso pensaba en estos días pasados, que como dije fueron en un principio vacacionales y en los que hube de viajar hacia las catalanas tierras mencionadas para dar mi último adiós a la tía Agustina. Había perdido su última batalla, esa que inevitablemente todos perderemos algún día en nuestra vida. Y pensaba en su lucha. La que le llevó a lidiar con la dificultosa tarea de sacar adelante, viuda y con escasos recursos, a cuatro hijos que en su mayoría apenas rozaban la adolescencia, en un lugar que jamás les había regalado nada, aunque ahora traten de hacernos creer que aquello era como la tierra prometida, lo cierto es que ella tuvo que realizar los trabajos que nadie quería. Fregó suelos y limpió casas ajenas hasta que consiguió el humilde quehacer de entrar en el servicio de limpieza de un instituto en el que trabajó años y terminó jubilándose con una modesta pensión.
       Por ello, desde esta humilde morada de escritos, hoy quiero reivindicar especialmente su memoria. Porque es y será el poso indestructible que queda de todos aquellos que emigraron abandonando lo que más querían en busca de la oportunidad que les ofreciese una vida digna. Esa que en esta tierra manchega, hostil, pobre y vilipendiada solo era patrimonio de unos cuantos. De esos que por un trabajo humillante pagaban salarios de miseria, mientras recibían las bendiciones sacerdotales en la misa de las doce los domingos y las fiestas de guardar.

Mi recuerdo, entrañable y perpetuo, para los que se fueron. Mi afecto y cariño inquebrantable a sus dignos descendientes, que en muchos casos siguen enarbolando sus raíces como una bandera indeleble e inalterable.