Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

viernes, 30 de marzo de 2012

Del casino, con sus cosas y sus gentes. (Versión ampliada)


      El Circulo del Recreo malvive enclavado en la calle donde transcurrió mi infancia. Infancia de pantalones cortos y moratones en las rodillas, de partidos de futbol en la radio los domingos por la tarde. Infancia de recuerdos ajados, imborrables y marchitos que acompañan durante toda la vida, que graba a fuego sendas y comportamientos, que inexorablemente deja posos indelebles y a veces amargos para el resto de la vida. Amargos, porque se recuerda ese tiempo como con un recuelo de nostalgia y deseo de vuelta. No por retornar a tener lo que teníamos, que era escaso, insuficiente y exiguo, sino por volver a gozar de carestía de años y achaques.
     Al Circulo del Recreo no le conoce nadie por ese nombre. Aquello es el casino y con ese calificativo morirá. Para cruzar su puerta hay que ser socio y pagar la cuota. Mi padre la pagaba y estaba entre sus muros más tiempo que en mi casa. Esto pensándolo bien es un poco exagerado, pero lo cierto es que lloviese, hiciese frio, tronase o hiciere calor, la visita diaria era obligada y necesaria para el buen funcionamiento de su organismo. A veces, solía acompañarle cuando terminaba mis cotidianos deberes y en aquel lugar, que se me antojaba maravilloso, pasé ratos placenteros, que hoy recuerdo con añoranza y melancolía. Allí conocí a los ricos hacendados del pueblo, dueños de tierras, haciendas y despóticos dominadores del destino de los que a su servicio trabajaban de sol a sol por un sueldo de miseria. También pululaba entre sus muros la maltrecha figura de Juanito Apolinar con sus dientes de oro, que saboreaba todas las noches un café solo en una taza diminuta de porcelana, cuya degustación interminable era como cuestión de una hora. Siempre tuvo fama de roñoso, aunque era un pudiente capitalista rebozado en millones de las antiguas pesetas. Vestía una gabardina de color marrón, a la que se le podían adivinar alrededor cotas, cercos y brillos provocados por la usagre que acumulaba. Tenía por costumbre dejar aquel mugriento tabardo cuidadosamente plegado sobre uno de los sillones de madera que había en el salón donde se jugaba al dominó, hasta que un alma cándida le colocó entre los pliegues un puro Farias de tamaño familiar y aquello se fue requemando hasta que se le hizo un agujero del tamaño del puño derecho de Urtain, campeón de los pesos pesados por aquellos entonces. Así, desde aquel día, Juanito tuvo que cambiar de atuendo por necesidad, por obligación y sin deseo. Todo se debió seguramente a la envidia, que corroe y es muy mala consejera y a que todo el mundo piensa que alguien harto de billetes no tiene derecho a ser tan usurero, avaro y dado a la tacañería, y tal vez a ello se deba la circunstancia de que se le coja a esta especie de animales de dos patas una manía tan visceral.
     En el casino tuvo su primer cine Antonio Laguna y contaba mi padre que en aquella sala, disfrutó más que un tonto con unas castañuelas, de películas con nombres tan rimbombantes como Sin Novedad en el Frente y A mí la Legión, filmes que debieron ser muy famosos en aquella época y que a mí siempre me dieron el tufo de sonoros castañazos. Aquel cine era pequeño, por ello hubieron de trasladarlo a un local nuevo y mejor acondicionado ya que corrían tiempos en que el séptimo arte estaba  en pleno auge y la gente iba como en manada a ver las grandes superproducciones que llegaban desde Hollywood. Imborrables en mi recuerdo perviven grandes películas como Ben-Hur, Espartaco, Quo Vadis?, Los Diez Mandamientos y otras por el estilo, cuya grandiosidad siempre me dejó maltrecho y perplejo.
     A partir de aquel momento lo que había sido sala de cine pasó a tener utilidades menos dadas a la cultura y el divertimento sobresaliendo entre ellas la de su uso como almacén de cebada, donde se amontonaban toneladas de grano que emanaban un olor ácido que enrarecía el aire, traspasando el tufo hasta la calle. Más tarde fue local donde ensayaron los grupos musicales que tanto proliferaban en aquella época en que Los Beatles se habían consagrado como un fenómeno de masas que aún subsiste en estos días. Allí ensayaban al llegar las horas nocturnas, creo yo que con la esperanza de alcanzar una efímera fama, un conjunto que se hacían  llamar The Bluman. Así, llegada la noche, el aire se embutía con las canciones de Formula V, Los Diablos, Lone Star y otros muchos que en aquellos tiempos cosechaban fama y dinero y he de suponer que Doña Josefa Hellín, directora del Colegio Público Cervantes, que vivía en la acera opuesta de aquel local dedicado a los ensayos, dormiría todas las noches como arrullada por la suave placidez de la música que flotaba en el ambiente, donde a veces sonaban acompasados en la oscuridad los boleros de Don Antonio Machín.
     Algunos sábados por la tarde, (… más bien de higos a brevas) bajábamos en familia al casino, (… como ya dijimos en otro escrito, mi padre apoyado en su garrota, mi madre muy “repeiná”, mi hermana con sus coletas y el tuerto dando saltos como un muelle) a comernos una ración de gambas a la plancha o de calamares fritos, manjar de dioses en aquel tiempo y lujo raramente permitido. Nos sentábamos en el patio, donde estaban los sillones y las mesas, y mi padre daba unas palmadas muy solemnes para que solícito  servicial y afectuoso acudiese el camarero, que  llevaba chaqueta blanca y corbata negra, atuendo este que le daba como  prestancia y empaque de película. Los domingos por la mañana mi padre me invitaba  a un chato de vermú con gaseosa, porque tenía  la convicción de que aquella milagrosa medicina abría el apetito. Yo la verdad, siempre fui un poco melindroso con el asunto de la comida. Mi madre me tenía que hacer sopillas de pan, con un trozo de chorizo encima. Era la única manera de que comiese algo.
     La tía María me hacía unos huevos crudos batidos, con vino añejo y siempre que me daba aquel brebaje, comentaba: -Tomate esto, que es de mucho alimento y estas más seco que la rabia-. Si en estos días hubiera de beber aquel reconstituyente, tendrían después que sacármelo con un cucharón, del asco que solo me da el pensarlo. Luis era el conserje del casino y  tenía malas pulgas. Era calvo, más bien rechoncho, usaba gafas de concha y poseía  una letra hermosísima, de ese tipo que tiene los caracteres picudos y de cuyos trazos siempre estuvieron orgullosos todos los que habían sido alumnos de los frailes. Yo supongo que este hombre, debía haber aprendido a escribir allí, en aquellas escuelas de enseñanzas pías y piadosas. 
      Allí enseñaron a casi todos los hijos del pueblo, (… y utilizo el masculino porque no eran tiempos en que se permitiera que los dos sexos estuviesen revueltos y mezclados), o mejor, a todo aquel que podía permitirse el lujo de ir a clase olvidándose de trabajar para ganar el sustento. Eran los tiempos en que había que luchar por subsistir y eran también, pocos los que podían aprender a leer y escribir. En las casas era necesario el poco dinero que los señores de todo y de todos pagaban a los más humildes  que trabajaban para ellos. Luis debió de ir a la escuela y de ahí su buena caligrafía. Amontonaba este hombre centenares de periódicos y revistas, en un cuarto enorme, que solía usar como despacho para todo. Allí, alineados en inmensas pilas, estaban el Pueblo, ABC, Marca y el desaparecido Alcázar que era más de derechas que Blas Piñar, y  estaba editado por la asociación de excombatientes del Alcázar de Toledo.
     Creo que allí comenzó mi afición innata por la lectura. Leía, y releía las páginas de aquellos diarios, censurados por el régimen y le pedía a Luis montones de ellos para encender los braseros de picón, que todas las mañanas de frío invierno preparaba mi madre y que nuevamente volvía a leer lleno de gozo y satisfacción. La lectura es un hábito, que si se adquiere desde pequeño te atrapa y acompaña durante toda la vida. Los libros, arrastran desde sus páginas, hacia mundos y vivencias que de otra manera nunca se hubiesen podido conocer, ni experimentar.
       A la antesala del casino, que aun resiste inmune el paso del tiempo, le llamábamos el portalillo. Allí, organizamos durante las largas noches de invierno, brillantes veladas de boxeo, en las que participaban afamados púgiles que en aquellos años estaban en el candelero. Cassius Clay, que aún no había abrazado la ley islámica y todavía no era conocido como Mohamed Ali. Su eterno rival Joe Frazier, Oscar Ringo Bonavena, y Jose Manuel Ibar Urtaín se encarnaban en las pieles y esqueletos, frágiles en aquellos años, de Rafa  “el tortero”, Joaquín, hijo del dueño del bar, y de un servidor. También jugábamos emocionantes partidos de fútbol, donde la pelota no era esférica, sino el resultado de meter muchos paquetes de tabaco vacíos, uno dentro del otro, hasta que lográbamos una bola considerable con la que acometíamos la práctica del balompié y que tenía la odiosa vicisitud para quien ejercía la función de portero de correr el grave riesgo,(… que asco de mil demonios) de que al intentar detener la pelota arrojando el esqueleto al suelo, quedara posada su mano sobre alguno de los innumerables esputos que los “educados” señores que frecuentaban aquellas dependencias, arrojaban al suelo sin pudor ni miramiento.
                                                                                                

miércoles, 14 de marzo de 2012

De los tontos y las tontas con tres carreras.

      Las vislumbro a lo lejos. Enmarcadas en el hueco de la puerta automática del restaurante, bajo la luz delatora del foco que me chiva cuando alguien asoma sus fauces, entreveo sus gráciles figuras volatineras. Son cuatro damas y un “damiselo”. Giro la llave y el portón de cristales, (… que unos cuantos porrazos de mentes distraídas y como de estar en Babia lleva en su haber), se abre dando paso a las delgadas damiselas y a su varón acompañante. Se acercan a la barra y aquí me tienen, ustedes y ustedas, saludando cortésmente y preguntando que desean tomar las caballeras y el caballero. Ni puñetero caso. Siguen con su charla, cháchara y palabrerío, hasta que alguna de ellas, mente aviesa, decide pedir el primer café. Tras esta, la otra, después las otras y luego, al fin, el otro, reclaman lo que desean olvidándose por un momento del palabrerío y, algo importante e imprescindible, de los móviles amigos, los “jodios” móviles. Cuando empiezan a degustar el desayuno ya me voy enterando de donde vienen, que da lo mismo, y a donde van, que también da igual, aunque resulta ser Inglaterra, Londres para más señas y aquí ya me doy cuenta de que son gentes viajeras y de mundo, con trabajos tal vez, y digo yo, que deben de ser como de ejecutivas y esas cosas. Siguen con su labia locuaz y el maromo me pide un vaso de agua, que presto le coloco a su vera e ipso facto una de las señoras me pide otro, sin mirarme a la cara, debo de resultarle demasiado feo, y también se lo pongo con la misma premura e inmediatez, y una tercera, cuando ya he metido la botella en la nevera me pide uno más, mientras las tripas se me empiezan a poner de un color parecido al de Kunta Kinte.
     Ponen un billete en la barra, cobro, pasan las maromas y el maromo a los servicios, mean, cagan o hacen lo que les parezca, mientras un servidor de ustedes recoge vasos, platos y restos varios de azucares y papeles, mientras una tras otra y con el otro, van saliendo de los chiqueros donde se deponen las deposiciones y se encaminan hacia la puerta con la misma charlatanería, despareciendo por donde habían venido. Unos minutos después, casualidad de las casualidades, vuelve a repetirse la misma escena con cuatro sevillanos bien plantaos, de esos que son mas chulos que las pesetas.
     Se preguntaran, queridos y queridas míos, el porqué de esta disquisición y a cuento de que les cuento este cuento. ¿No notaron algo extraño en tan educado comportamiento? De ser así habré de pensar que se les apagó un poco la perspicacia y el discernimiento del que siempre les creo poseedores, porque debieran haber notado que en ningún momento he dicho que las susodichas y susodichos hayan tenido la gentileza, el detalle y la buena educación de saludar y decir siquiera buenas noches al insignificante, casi despreciable para sus excelsas señorías, camarero que les puso los cafés, y que no pasó en ningún momento de ser un alfeñique, un pobre gusano, indigno siquiera de la cortesía de un saludo de tan honorables excelencias.
     Pueden imaginar, que a lo largo de treinta años de tan menospreciado oficio, he tenido que tragar de todo. Carros y carretones, ruedas de molino y hasta sapos y culebras que me vinieron servidas en bandejas de oro, pero hay algo que con el pasar de los años cada vez se me hace mas cuesta arriba y es la indignidad de no sentir dignidad. Por ello me rebelo contra los que ven en la humildad de estos oficios algo así como la escoba con la que se barre todo, sin pensar que alguien habrá, a tan importantes señores y señoras, de ponerles el café, de hacerles las labores domesticas, de limpiarles los ceniceros y servirles lo que deseen en sus vuelos de alto copete. Siempre me han resultado indiferentes esos a los que llamo tontos de tres carreras, aquellos que confunden estudios y conocimientos, determinados y concisos, con cultura y educación.
     Otro día cualquiera. Abro la puerta del lavavajillas. Seco los vasos mientras observo al viajero de mediana edad que bebe parsimonioso un café. Son altas horas de la madrugada. Su mirada discurre ávida por las páginas de un libro que devora con fruición. Cuando observo que alguien lee, siento la imperiosa necesidad de saber que está leyendo. Entorno los ojos en el intento de poder visionar las letras que adornan el lomo del ejemplar, ya saben que soy miope y de vista cansada, pero solo consigo alimentar mi curiosidad cuando el viajero se encamina hacia el servicio dejando el libro huérfano sobre la barra.
     De vuelta, el viajero sigue con su lectura y un servidor, con la curiosidad satisfecha, le pregunta: - ¿Le gusta García Márquez?-. El viajero me observa como absorto y confundido, como si de un espectro se tratara, como diciendo, que lo piensa, ¿qué coño dice este? ¿Cómo?, ¿Que si le gusta García Márquez? Algo raro, contesta, cuesta leerlo. Es este un libro, puntualiza en plan erudito, que no está al alcance del conocimiento de cualquiera, ya lo veo venir, porque mezcla historias reales con otras que parecen ser ficticias y que blablabláTenga en cuenta., le digo hincándole con gusto la puntilla, que Cien años de Soledad es una de las mejores novelas jamás escritas, cumbre además del llamado realismo fantástico. Ah, ¿pero usted la ha leído? Anonadado, como desvanecido y de una blanca palidez. Por supuesto caballero, Aureliano Buendía y un servidor, casi como de la familia y no le cuento del placer que sentí leyendo El Otoño del Patriarca, La Crónica de una muerte Anunciada, El Amor en los Tiempos del Cólera y…..
     Perplejo. Como ido queda el elemento, cuando deposita su moneda en el mostrador y se encamina hacia la calle pensando, que lo piensa, como es posible que un camarerucho de carretera haya leído todo lo que poder pudo y cayó en sus manos del magistral Gabo. Y de Vargas, Carpentier, Hemingway, Delibes, Borges, Cortázar, Cela, Machado, Lorca y…, que se yo, le digo y le cuento a mi interior a tan altas horas de la noche, mientras pienso y me ratifico, en la idea de que hay sueltos por el mundo multitud de tontos y tontas con tres carreras que no saben estar y que son como La Mosca Cojonera que dejé plasmada en un relato allende por la semana santa de hace como dos años.
     Porque digo yo, por último y para terminar, que un servidor puede haber sido tonto por haber consentido en ser en este vivir terreno camarero, aunque de todo tiene que haber en esta villa del señor, pero no por ser camarero ha de ser necesariamente tonto. ¿O no?.
                                                                                   
                                                                                        
                                                                                                

lunes, 5 de marzo de 2012

Conversando con Manolo. (... de la Cuaresma).

Manolo pensando y ........

     Ya les estoy viendo. Por ello, intuyo, que andan preguntándose, así como absortos, el porqué del título que da motivo a la presente entrada, porque  a buen seguro que a eso de conversar, por escrito y a distancia, habrán pensado ustedes, que debiera de llamársele más bien Carteándose con Manolo. Ocurre que a un servidor de vuesas mercedes, le apetecía lo de conversar, porque aun en la lejanía, (… el citado susodicho campa sus reales huesos por la bella metrópoli de Santiago de Compostela), siento yo a este buen hombre, de castizo nombre, (…del que habrán observado que responde al  mismo alias que porta desde fechas perdidas en la memoria, el imperecedero cantante que lleva buscando un carro desde que uso de razón tengo), como muy al lado y cercano. Y les cuento.
     Recordaran que hace poco tiempo pasó por esta posada de humildes escritos José Antonio Fernández Senovilla con su relato Creencias y Confianzas, que pueden leer si pinchan AQUI, y que fue quien hubo de asegurar en algún comentario perdido, que este torpe escribidor tenía formas y pareceres que parecer se parecían a los de su amigo Manolo, escritor y dueño de Manólogos, un rincón al que si pasan, pinchando a su vez AQUI, no habrán de salir indiferentes y era por ello que intuía, “mu bien intuío”, que si conocer nos conocíamos, habríamos de ser sujetos condenados a entenderse. Ya les advierto, no se me vayan a quejar después, que no es el citado persona dada a los remilgos y no es su casa lugar para melindres, así que si por ella pasan, vayan dispuestos a saber que es ese lugar tan claro y transparente como el agua, donde al pan se le llama pan y al vino se le denomina vino, todo ello, eso sí, adornado con metáforas, comparaciones y otra argucias estilísticas que a buen seguro, a unos, los más, habrán de encandilar y a otros, los menos, mas melindrosos y dados al recato, podrán espantar sobremanera.
     Decía, con anterioridad, que aseveraba el citado Senovilla, lo de que éramos seres condenados a atraerse como imanes, sin saber el mencionado que al poco de establecer relaciones, amistosas por supuesto, descubrimos para nuestro asombro que uno y otro habíamos tenido una tía peluquera, trasladamos a su vez nuestras preciadas posaderas en idéntico Renault Megane, sufrimos con las idas y venidas de nuestro Atletico de Madrid, deseamos con fervor que el Real Madrid de nuestra inquina eterna pierda hasta en los entrenamientos, nos gustan los bares y el vino tinto, el es cojo y mi padre lo fue,  yo soy camarero como lo fue su señor padre y ambos a su vez contamos elefantes,(… las ovejas se nos quedaron como exiguas y pequeñas) cuando marchamos hacia la cama a plantar batalla al puñetero insomnio, con lo que ambos y nuevamente a su vez, sufrimos los ataques despiadados de la santa, cuando después de haber rodado como doscientas veces en el lecho sobre nuestro propio eje, nos manda al sofá a que pelemos la pava o hacer puñetas que para el caso es lo mismo.
     El señor Manuel es hombre de oficina, por lo que maneja esto del meneo de los dedos, mecanográficamente hablando, y con la escritura, de manera más rápida y eficiente que lo hacía Marcial Lafuente Estefanía escribiendo sus más de dos mil seiscientas novelas del Oeste, en formato de octavilla y a cien páginas por ejemplar, mientras que este escribidor de tres al cuarto solo usa un par de dedos, el corazón de la mano izquierda, con el que de tierno infante ,y “ulomejor” también ahora, hurgó a veces su nariz y el mismo antedicho de la derecha que a la vez hubo de servirle para untarse el Hemoal donde todos y todas saben, desde los primeros años de su tierna juventud debido, tal vez, a la injerencia de compuestos bebibles y picantes sustancias que hacen de las hemorroides elementos, como parecidos, a pimientos morrones.
     Así, hecha ya la presentación del individuo y descrito el ambiente que habrá de rodearnos paso a contestar a su atenta misiva de hace unos días.
     


                           Estimado amigo Manolo:
          Espero que al recibo de esta os encontréis tu, (… el primero, es el primero), la santa, (… que a buen seguro dirá, como la mía, que en caso de duda sea ella la viuda) y los niños bien. Yo, mi santa y mis niños, a pesar de Rajoy y el Real Madrid, bien G.A.D, (…gracias a Dios).
     Me referías en tu atenta de hace unos días, o mejor me relatabas, tus juveniles vivencias carnavaleras, (… yo ya te las conté dándote la tabarra y dándosela a todos  mis pobres seguidores durante un par de semanas, así que paro ya de esta monserga o me llevaran entre leones hacia el cadalso), y he de decir, aunque parezca que te hago la pelota, que me resultaron como siempre, agradables y enriquecedoras a la vez que desternillantes, por lo que recomiendo a quien lo quiera que pinche AQUÍ para leerlas, (… luego dirán que no los encamino muy bien “encaminaos”). ¿Ya las leyeron?. Si no lo han hecho, háganlo a lo más tardar al terminar la lectura de esta homilía y así sabrán que Manolo me propone que le cuente mis impresiones sobre la Cuaresma y es por ello que con premura e ipso facto, ahora mismito que diría Pancho Villa, le traslado, mi querido amigo, mis impresiones acerca de tan trascendental acontecimiento.
     El primer recuerdo que me viene de la cuaresma es como de los años en que las pastillas curativas de cualquier enfermedad iban envasadas en un bote de cristal y con un algodoncillo dentro, o sea de los tiempos de Maricastaña. Diré que era un servidor, por entonces, muchacho de exacerbada fe y práctica religiosa, de misa los domingos y  las fiestas de guardar, que después, y con el paso de los años, quedó en la esencia, yendo el envoltorio hacer puñetas.
     Cuando asomaban estos días, como conventuales y de recogimiento, Emilio Laguna, amigo del alma por siempre y guía espiritual por aquellos entonces, escondía en el fondo del armario los discos de vinilo que reproducíamos en un viejo tocadiscos monoaural, que había en la casa de Acción Católica. De esa manera quedaban perdidos en el tiempo y como suspendidos en el aire los acordes de las canciones de Nicola di Bari, Nat King Cole, Adriano Celentano y los Rubettes, un grupo de horteras ingleses, que adornados con unas sempiternas boinas blancas, se hicieron famosos en el mundo entero cantando el Sugar Baby Love, canción plomiza que se repetía en el tocadiscos como treinta veces al día, igual que el Corazón Destrozado de Bonnie Tyler se repitió años más tarde, una y otra vez, en la máquina de discos del bar de Luis “El Jarabo”, que apagándola, harto de escucharla y cagándose en el puñetero día que compró aquel vinilo, un sábado por la tarde, amenazó con sacar el disco de sus entrañas y partirlo en cuarenta pedazos, si llegaba algún gilipollas más con la intención de volver a echar un duro para escuchar, por enésima vez, la balada de la afamada cantante galesa.
     Eran cosas que pasaban y ocurrían. A cambio, y volvemos con Emilio, rescataba del fondo del mismo armario el disco de Mi Cristo Roto, que eran unos textos, muy aparentes para la ocasión, recitados por  el jesuita Ramón Cué y que al menos en el recuerdo y con los ardores de los pocos años, me vienen como soporíferos e insoportables, máxime cuando como si de una penitencia se tratara, primero había que escuchar la cara A, después la B y al día siguiente repetición del tostón por si andábamos faltos de comprensión.

     También me viene a la memoria el asunto de no comer carne los viernes, que mi progenitora guardaba escrupulosamente y hacía que guardásemos todos los bichos vivientes que pulular pululábamos por la casa, y que a mí me ponía de los nervios y hasta de muy mala leche, porque nunca entendí aquello de que pagando la gula los pudientes pudiesen comer lo que a bien les saliese de sus santas pelotas. Siempre tuve la convicción de que eran estas costumbres ancestrales, de poco raciocinio y entendimiento, que arraigadas en el pueblo llano, se asentaban entre los más humildes y desfavorecidos, teniendo este escribidor el convencimiento, de que en cualquier caso lo que pedía el Evangelio, (… como podrás comprobar, ando todavía versado en tan divinos asuntos), era que se hiciese algún sacrificio terreno que costar costase hacerlo, por lo que este calvo que entonces portaba pelo, solía pasar este tiempo de cuaresma sin fumar, para llegado el sábado de gloria echar el primer pitillo frente a la hoguera que se encendía en la puerta de la Iglesia de La Asunción.

     Aquellos viernes tocaba comer potaje de garbanzos, con acelgas y panecicos, (… el de espinacas y el bacalao rebozado, se reservaba para la Semana Santa) y es cierto que este que escribe, muy dado de por vida a llevar sobre su ser el peso doloroso de las flatulencias provocadas por la ingesta de legumbres, las pasaba y las pasa canutas, si llegado es el caso, cuando el aire que pugna por buscar salida cuadruplica el número de garbanzos engullidos.
     Entre tan oloroso ambiente, perdonen amigos y amigas que leedores sean de esta carta rodeada de tan intimas confesiones, me despido por hoy de usted, amigo Manolo, no sin antes emplazarle a que me cuente, ya que estamos a punto de llegar a tan señaladas fechas, como transcurre la Semana Santa por sus tierras y dígame si hay carrozas, nazarenos y costaleros, que conociéndole como ya le voy conociendo, y suponiendo que hasta en globo debe de haber subido, no me extrañaría que cofrade fuera de alguna cofradía, aunque con la jodida cojera pudiera ir el santo sobre sus hombros como a bandazos, entre tumbos y oscilaciones.
   
                                                                                                                               

      Con la rapidez que le caracteriza, Manolo me ha enviado cumplida respuesta a esta carta en su blog y que pueden ustedes y ustedas leer si pinchan AQUI....

        P.D    Y a su vez el bueno de Senovilla, nos dedicó a ambos y al unísono un maravilloso escrito que pueden degustar AQUI...