Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

viernes, 29 de octubre de 2010

... de músicas, cantantes y verbenas.

     A mi padre le encantaba el  Para que no me olvides, una canción melódica, de estribillo facilón y pegadizo, de las que cualquier avezado compositor era capaz de fabricar a razón de diez al día. Digo era, porque la susodicha composición tiene su tiempo y sus años, pero podría decir es, puesto que en el presente nos siguen invadiendo las mismas insustanciales “obras”, solo que cantadas por los Bisbales y Bustamantes de turno. Entonaba la susodicha balada Lorenzo Santamaría, cantante mallorquín que hacía furor durante aquellos años, último tramo de los setenta y a mí me empalagaba de tal manera, que cuando su tono pegajoso se oía en la radio, todavía no se aposentaba en mi morada la divina magia del reproductor de cintas, se encendían en mis adentros desaforadas ansias de tirar el aparato al fondo negro del pozo. También se aficionó mi progenitor a la cándida armonía de las canciones del Perales, un conquense con pinta de soso que sentía celos de su guitarra, aunque reconocer debo, sin que de precedente sirva, que con el tiempo me termino gustando; andaba yo entonces con los ardores propios de la adolescencia, incluidos acné, espinillas, mas otros asuntos varios y aquellos tiernos acordes, como los musitados por Nicola di Bari, - como me sigue gustando este italiano mas feo que Picio-, con una voz cazallera que cautivaba al mas “pintao”, hacían mis delicias en los tórridos atardeceres de la incipiente pubertad.
     Como con tiempo y caña todo se pesca, un buen día mi mas añorado deseo fue realidad concretada en el devenir del tiempo y sus asuntos; así el paisano José Zabala, vino cargado desde Madrid con un reproductor de cintas, marca Sanyo, que a mis ojos se tornó celestial y divino; lo compró en la capital del recién nacido reino porque en los decomisos, que no se lo que eran aunque me lo figuro, los precios eran mas asequibles para el maltrecho bolsillo de la gente humilde y con pocos recursos. A partir de aquel instante, los pletóricos acordes antes mencionados sonaron sin parar en aquel aparato encantador y todo fue como miel sobre hojuelas hasta el día en que mi padre, sagaz e imprevisible, tuvo la sutil ocurrencia de adquirir dos cintas de casete con los éxitos de Julio Iglesias. Mi padre amaba los boleros del negro Machín y cada vez que escuchaba Angelitos Negros se emocionaba; tampoco le hacía ascos a las canciones de Los Panchos y la voz de Fausto Leali, un italiano efímero, cuyo canto desgarrado parecía una llamada a los infieles, hizo sus delicias por la casa y sus rincones, mientras cantaba un éxito ceporrero titulado Yo caminaré. Entre los autores de mis días podría haber existido lo que las dulces parejas de nuestro tiempo tienden a llamar química. A mi padre le gustaban las canciones y mi madre sentía, ya es mayor para estas cosas, pasión por el baile, aficiones estas que juntas y mezcladas en su justa medida degeneran en pasión por las verbenas y sus pistas de bailoteo. Solo hubo un problema, y gordo, a tener en cuenta; mi padre era cojo y por ello, irreversiblemente y aunque quisiera podía marcarse pocos compases. Mas volvamos al principio, a los orígenes.
Como iba diciendo, con la llegada de Julio Iglesias o mejor aún, para ser objetivo y justo, de aquellas dos infernales cintas, hube de hacer florituras para esconderlas y casi obviarlas, ante la pertinaz insistencia de mi padre en su afán por escuchar a tan cansino cantor. Debía correr, calculo, el año de gracia de 1981 y por aquel entonces Joan Manuel Serrat acababa de sacar a la luz  el que con el tiempo se convertiría en un disco emblemático titulado En Transito, que contenía, entre otras, una canción imperecedera cuyo nombre era No hago otra cosa que pensar en ti. La canción venía a contar algo tan simple como la situación que atraviesa un autor cuando no se le ocurre nada y en esa circunstancia el gran cantautor catalán, compuso una obra maestra. No lo vió con esos ojos de arrebatada entrega mi padre y como todos conocemos la letra de esta tonada, solo diré que montaba en cólera cuando la oía, gritando desaforado: “Ya está aquí el del techo y la mano de pintura, “cuidao” con los cojones, de cualquier cosa sacan una canción”. Diferencia de pareceres y gustos en las antípodas. Con el discurrir del tiempo y los años aprendí a querer con pasión las que eran sus canciones y descubrí, que lo bueno no tiene época ni edad. Así, Gardel, Machín y Los Panchos, entre otros, se hicieron un hueco entre mis gustos y apetencias. Mas tengo la plena seguridad, la certera convicción de que mi querido viejo, transitó a lugares que se entienden como más apacibles, sintiendo manía perpetua por mi adorado Serrat.

jueves, 21 de octubre de 2010

... dicen, que se aburren.

     Estoy tumbado plácidamente, en una hamaca de plástico que unos ciudadanos ingleses me han cedido con suma cordialidad.  Cuando me preguntan la diferencia entre la forma de comportarnos, mentémonos todos y sálvese el que buenamente pueda, de los españolitos de a pie y el resto del mundo siempre lo tengo claro. Nosotros somos del ande yo caliente y ríase la gente o mejor aún del que venga después que arree, así que si vemos a esta pareja que se marcha de la playa y cede amablemente su tumbona, que ya tiene pagada, al primer calvo barrigoncete que aparece en el horizonte, sin más paliativos le tildamos de imbécil y tonto. 
     Agradecido y porque no decirlo, sorprendido por tan encomiable conducta, oteo apaciblemente el horizonte y contemplo el entorno que me brinda este rincón de la costa granadina llamado La Herradura, cercano a Salobreña y de una belleza deslumbrante. Observo a mis hijos que corren como pueden, estas playas están llenas de piedras y pierden por ello gran parte de su encanto, a lo largo de la raya que dibuja la tierra al unirse con el mar. No hago nada, solo observar, ver, masticar el aire que periódicamente demandan mis pulmones y me pregunto absorto, como tantas otras veces, como puede haber quien asevere que se aburre, porque digo yo, con la poca sabiduría que soy capaz de atesorar, que si alguien asegura que no sabe que hacer con su tiempo y  persona, bien sea en vacaciones, días libres o llegada esa merecida y anhelada jubilación que lo queramos o nó, llegará irreversible, no tengo por mas que pensar, y perdonen los lectores la inconveniencia, que este hombre o mujer es tonto de remate. Porque digo yo, que a largo de toda una vida, en la que tantas veces hacemos por obligación lo que nos deseamos, o somos incapaces de encontrar aquello que tanto anhelamos, debiéramos tener la clarividencia y sabiduría de indagar en nuestros adentros y cultivar con desmesura aquello que nos gusta y amamos. Solo así, llegado el tiempo de no tener que hacer nada obligados, seriamos capaces de hacer todo por nada.
   

lunes, 4 de octubre de 2010

... para tí, desde las nocturnas sombras.

     Difícilmente podré expresar un sentimiento de mejor manera que a través de la poesía y más si esta sale como un parto desde el alma. La poesía no nace cuando quiero, sale a la luz siempre que los sentimientos afloran por los poros de mi piel estremecida. Así me pasa cuando observo una injustica contra la que me rebelo y clamo, si ante la pérdida de un ser querido el corazón se me desgarra y ante la contemplación de todo aquello que nos fue dado para ser gozado y compartido: los pájaros del cielo, la flor en primavera, el sol en la amanecida y el calor del amor de quien nos quiere y se entrega aunque le vaya la vida en ello. Desde este testimonio un día me detuve a pensar en la estampa de mi madre, en su discurrir cotidiano cuando niño, en su vida de incomodidad y trabajo. De ahí, de ese poso, salíó esta pequeña ofrenda, este canto a su vida duramente transcurrida. 
                    
                       ENTRE LAS NOCTURNAS SOMBRAS 

Como acordes he oido tus pisadas
por los largos pasillos de la casa,
penitente, esa tos carraspeante
que te acompaña cada día en la alborada.
Tus sigilosos pasos entre sombras
recuerdo de chiquillo, te escuchaba
lentamente, barriendo los rincones
con el canto del gallo en la mañana.
¡Que costales tan duros soportaste
en los años en que todo nos faltaba!.
Tambien recuerdo largas noches de hospital
que pasaste con padre, madre amada,
las escasas alegrías que te dió
esa vida, penosa y trabajada.
Quisiera darte madre, tantas cosas
esparcirte la luz por tus ventanas
y te basta una sonrisa acariciada
un momento de charla, unas palabras
para bullir feliz, que poco pides
y cuanto a cambio entregas con el alma.