Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante. Charles Chaplin.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Postales navideñas. De zongas, fiestas y otras celebraciones de la nochebuena.

   Soy consciente de que en los días de fiesta que están por llegar, se mezclan sentimientos y emociones. Por ello, mientras unos bullen alegres y contentos con la llegada de tanta celebración, otros sienten retortijones de tripas ante la sola mención de la conmemoración preestablecida. A un servidor lo que le gusta de estas señaladas fechas es la sensación, tal vez banal e inconsistente, de que el aire que se respira es más puro y al menos por un tiempo exiguo hay deseos, aunque parecer puedan ficticios, de dicha y felicidad.
     Con ello me basta y sobra, así que a tod@s y sin distinción quiero desearos felicidad, salud, amor y trabajo, que a fin de cuentas, y estando como está el patio, son motivos suficientes para estar ufanos y alegres. ( ...  y si nos toca la lotería, tampoco le haremos ascos).



     Siempre fueron de mi gusto las fiestas navideñas, no por el hecho, y esto es punible, de la religiosidad que atesoran y conllevan, sino por la celebración, algarabía y cachondeo que me anticipan de antemano. Debe ser, que a su vez es cosa de herencia, porque mi abuelo Santiago en los difíciles años de la posguerra, cuando el hambre y la necesidad asolaban los cuatro puntos cardinales de la entonces “grandiosa” España, solo necesitaba la lata de hojalata de un envase de aceitunas que le regalaban en la tienda de los Escobones , la piel exigua de un conejo que se había comido otro humano de dos patas y un palo, de no sé qué variedad, criado en las frías solaneras del campo manchego, para fabricar una zambomba con la que dar la tabarra a medio pueblo, siendo esta costumbre que cultivó hasta el fin postrero de sus días.
     En estas tierras manchegas se da mucho la conmemoración del día de la Nochebuena y ya desde la más tierna adolescencia empecé a rememorar con conocidos y amigos la llegada del mesías en lo que venimos a llamar por estos lares zonga, que no es otra cosa que la junta en reunión, bajo el techo de cualquier cubil, casa o guarida, para comer y beber desde la anochecida hasta los albores del alba. La primera zonga (… en Valdepeñas, mas monacales y eruditos, llaman a esta juerga maitines) de mi vida tuvo lugar en la cocina de Juan de Dios, el abuelo de un amigo de la infancia. Pueden imaginar, les estoy hablando a lo poco más o menos del año en que murió el innombrable o lo que es igual del 1975, que con los 14 años por cumplir y en tiempos tan poco dados a  la soltura de vidas y haciendas, advertencias, consejos y avisos primaran en la mente de mis queridos progenitores a la hora de dejar por vez primera al vástago primogénito una noche entera sin control y a su santa bola, aunque bien es cierto que una sola mirada de mi padre era válida y concluyente a la hora de saber, “mu bien sabío” , todo lo relacionado con el camino a seguir en hechos y comportamientos.
     La velada trascurrió a la perfección en aquella primigenia celebración, hasta que alboreando el día y de vuelta a nuestros hogares, el ser primitivo que anidaba dentro del camarada Manolo desató sus fueros incontrolados, llevándole a emular, con detalle y precisión, a los atletas de las olimpiadas que se habían celebrado en Múnich, cuando se puso a saltar sobre los techos de los coches de los señoritos que estaban de parranda en el casino y que había estacionados desde la esquina de las Loritas hasta la puerta de Gloria López, con tal estrepito y algarabía que la llegada de los municipales con Casimiro “El Mella” a la cabeza fue cosa como de coser y cantar. Si algo achacable tiene la vida en el pueblo es que todos son conocidos y a todos se les conoce, por lo que el asunto de la identificación de personas y personajes fue cuestión de segundos y la denuncia, en aquellos tiempos no valían excusas y arrepentimientos, se hizo extensiva a todos los integrantes del grupo.
     Ante la gravedad de los acontecimientos relatados,(… aunque después todo quedó en agua de borrajas), pueden imaginar que la subida de las escaleras de la casa de mi infancia en aquella fría amanecida de Diciembre, se tornase como se dice en el pueblo, asunto de “trago y tragantá”, por la simple razón de dos cuestiones bien diferenciadas: una, la que me llevaba a rebelarme contra la injusticia de ser acusado del delito no cometido y otra, la que más me escocía en los adentros y que me llevaba a cavilar si los creadores de mis días vendrían a pensar que no era digno merecedor de su confianza.
     En los años que siguieron las celebraciones se trasladaron a los escenarios más variopintos. Desde la casa que en la calle del Marqués de Mudela tenía alquilada Juanito Lázaro,  tendero de renombre y padre de mi amigo Juan Carlos y que en tiempos actuales, acoge entre otros inmuebles, el bar-cafetería del “Orejillas” donde degusto sabrosas tapas regadas con botellines fresquitos, hasta la cocina centenaria de la abuela de Virtudes e Isidoro Bravo, protagonista estelar de los Divinos Asuntos. Fue entonces cuando hizo su aparición en escena, venido desde las opulentas tierras catalanas, mi amantísimo primo Antonio que es como un calco aproximado del menos agraciado de los Hermanos Calatrava, aquel que cuando se  ríe le llega la boca de oreja a oreja y que una vez comprobado el boato festivo con que se celebraba en estos lugares la venida del mesías, (… aunque debió ser por las santacruceñas, los cubalibres y el vino), no hubo de faltar durante años a tan especial conmemoración. Y allí, durante aquel tiempo maravilloso de pandilla y enamoramientos, arrobados, escuchando los acordes empalagosos y bellos  de Cat Stevens y las baladas, adoradas por nuestras féminas amadas, de un duo de almíbar llamado Pecos, entre arrumacos y toqueteos, (…nunca más, pues el solo roce decían que embarazaba), continuamos celebrando Nochebuenas a mansalva.
     Por entonces el fin de año tenía su dosis de apogeo en la discoteca Lord Jim regentada por dos valdepeñeros que se hicieron de oro. Baste decir que al terminar la Nochevieja y aflorando el año nuevo, después de las campanadas, una marea humana inundaba aquel lugar desde la pista de baile hasta los urinarios de la entrada, sembrando de cabezas, efluvios y sudores aquel ambiente enrarecido, mientras eran degustados cubalibres de ginebra y whiskys de garrafón que podían reventar sin compasión al mas “pintao” la mollera.


     Con el paso ineludible del tiempo llegó la noviez y con ella los inolvidables años en que fui titiritero y las celebraciones de tan sagrada festividad se trasladaron a las diferentes sedes en las que fue aposentando sus reales el afamado Grupo Mudela. Fueron primero las extintas escuelas del Jardinillo, donde hoy se encuentra el Centro Médico, lugar de farra y jarana en el que la música y el griterío debía ser medido con cautela, no por el hecho a tener en cuenta de las posibles molestias al vecindario sino por la posible posibilidad de  que dado su estado de avanzado deterioro se nos pudiese, con tanto salto y temblor, derrumbar la casa encima.
     Debido a la apertura de la anteriormente citada discoteca, el añejo Club  Septum , ubicado como sabemos los entrados en años y canas, en la plazoleta de Andrés Cacho entró en un irreversible deterioro llevando esta circunstancia a su irremediable cierre y fue por ello que hubimos de pedir con cautela, sigilo y moderación (… no era el alcalde Antonio Cobos, hombre de muchos remilgos), que nos fuera concedido este local como lugar de ensayos en nuestro quehacer teatral. Y concedido el deseo, había de ser también aquel icono de celebración festiva y territorio en el que generaciones de santacruceños habían bebido al son de los ritmos acompasados de Queen, Los Rolling Stones  y Peter Frampton , mientras se metían mano oyendo el  Wish You Were Here de Pink Floyd, lugar donde continuar con nuestras farras navideñas volviendo de alguna manera a revivir el vetusto club la vieja gloria vivida en décadas anteriores.
     Mas como no hay bien ni mal que cien años dure, (… ni cuerpo que aguantarlo pueda), jodiose el invento el día en que nos fue comunicado que con prisa y sin pausa habíamos de abandonar el lugar porque su derrumbe era inminente, habida cuenta de que en el mismo solar se pensaba edificar la Casa de la Cultura y la Biblioteca Municipal. Y de esta manera precipitada nos tienen otra vez, amables lectores, pidiendo como mendigos de barba rala en la Gran Vía madrileña nuevamente al alcalde Antonio, (…Camy, para los amigos), nuevo lugar donde desarrollar el oficio del arte y el ensayo, siéndonos concedido después de variados encuentros y encontronazos lo que haber había sido el Bar de Los Revoltosos, ubicado en una de las esquinas de la plaza de la villa. Cual nómadas gitanos de la lejana Rumanía volvimos a mudar enseres, trastos, utensilios y bártulos al mencionado lugar donde casi fenezco en plena juventud, (…pero esa es otra historia), y una vez emplazados y dispuestos llegaron nuevamente los días en que se canta hacia Belén va una burra y decidimos que era acertado celebrar el repetido nacimiento de la criatura en la nueva sede concedida.
     Aquí fue donde las argucias en cuestiones de sonido hicieron que el amigo Lorenzo, de apellido Molina como el cantante jilguero, dispusiese con plato de discos, mesa de mezclas y casetes varios una artesanal discoteca, mientras este cansino escribidor grababa cintas a discreción, que aún conserva, con canciones del Último de la Fila, Duncan Dhu y los Nacha Pop, (…entre otros muchos olvidados), que mezclados con el Del Sur a Cataluña que cantaba Tijeritas hacían las delicias de los bailones integrantes del grupo, aunque justo es reconocer que llegado el momento culminante y con los efectos de las bebidas y sus compuestos, siempre llegaba la petición clamorosa del pasodoble Islas Canarias, que era bailado por la totalidad de los celebrantes entre tumbos y mareos. En una de estas celebraciones hizo aparición un espécimen de difícil catalogación venido del Castellar de los pucheros, integrante de un grupo teatral de aquel perdido lugar y de nombre Aniceto que le daba con fruición al asunto de los porros. Un servidor, que nunca fue dado a este menester, le dio aquel día por fumarse un canuto de parecidas dimensiones a los que con placentero deleite fumaba extasiado Bob Marley en la portada de sus discos y puedo asegurarles apreciados leedores, que casi perezco en el intento, pues la mezcla de los compuestos bebidos con aquel cigarro inmundo extrajo de mis tripas hasta la última papilla que con paciencia y buen hacer habíame dado mi madre en los días de criatura ochomesina.
     Casados estamos ya, el tiempo trascurre con premura y sin piedad, y van llegando los primeros descendientes con lo que la fiesta navideña se traslada a la huerta de Fu-Fú, que no es chino aunque parecerlo pueda. En aquel lugar acogimos en una de aquellas noches de paz a un argentino pianista, con más costras que un galápago y la sabiduría de Einstein, (... “pa” su prima el pisto), del que nunca supimos procedencia concreta, ocupación, ni destino y que vino a metérnosla doblá como se dice en la villa, pensando que eran pardillos, siendo avezados y listos, estos habitantes de pueblo llano. Allí, al albor del amanecer de un día de navidad, nos pusimos a elaborar churros caseros un servidor y su amigo del alma José Testón . Amasados los ingredientes de manjar tan exquisito, caímos en el detalle de que churrera no había y prestos, (…siempre fuimos resueltos y de rápidas decisiones), fabricamos un artilugio con una botella de plástico vacía, hicimos un agujero en el tapón y apretando hasta casi la defecación, conseguimos que el harinoso mejunje cayese en el hirviente aceite de la sartén y fue tal el pedo que pegó el compuesto, que pegado quedo en el techo cual perenne estalactita.
     Acercándonos al final puesto que hora va siendo, habremos de decir que todo acaba en la vida y por ello estas añoradas fiestas entre amigos y compañeros han ido tornándose en asunto más recogido y de familia. De esa manera, como bien dice el refrán, cada mochuelo retornó a su olivo y en estos tiempos presentes la llegada del niño Jesús, (… que comedido me he vuelto), es celebrada con los más allegados y cercanos sin que por ello tenga que faltar el oportuno momento en que aparece por la casa algún antiguo pájaro volandero con quien degustar unas gambitas y un tinto de la tierra, terminando por cantar, por decir algo y poner punto final, el conocido cantar del Hacia Belén va una burra.
   




viernes, 9 de diciembre de 2011

Muere lentamente

     A veces se apagan luces y el vivir se torna como un túnel oscuro difícil de transitar. Son esos momentos en que nada resulta apetecible y todo a la vez es montaña insalvable, escollo perpetuo. En el pasado tuve días de nubes negras que creí perdidas y que raramente, a veces, otean fugaces dibujadas en el horizonte. Las contemplo y como a perros apestados las ahuyento. A ello, sin saberlo, habéis contribuido en buena parte todos los que seguís esta factoría de escritos que me motiva, y mucho, a la ilusión de hacer lo que me gusta. Escribir, fabular y juntar palabras.
     Mas debo decir, en honor a la verdad, que la primera posada que acogió mis relatos y desventuras fue Alias Petronis, morada de la persona que bajo el mismo pseudónimo me alentó a empezar con esto de las historias y narraciones en los mundos de internet.
     Y como es de bien nacido el ser agradecido, reconozco que en aquel momento me sirvió de bálsamo para curar las heridas del alma, que suelen ser complicadas de cicatrizar. Allí fui Mangines y tuve mi propio blog, en el que estuve escribiendo hasta hace pocos días. Justo hasta el momento en que deje en aquella mesa el relato que hoy os presento y que fue incomprensiblemente borrado y censurado, a la vez que se me impidió definitivamente mi participación en la citada página.
     En esas estamos. Con la censura, que uno creía perdida desde los tiempos del innombrable, cercenando con las tijeras de “a metro”.  Lo que me indigna y duele es que se me queda cara de tonto e impotente me pregunto qué hice yo para merecer esto.
     Me quedáis vosotros y todos los que quieran venir, que ya es mucho, cuantioso e inmejorable.

      Jamás ha viajado. Los límites del pueblo marcan la distancia y la frontera de su vida. Siempre afirma que no necesita más, que “pa lo que hay que ver, to esta visto”. De esa manera, acodado en el añejo mostrador de La Campana, ve pasar los minutos, las horas y los días de una existencia que se le antoja normal y es anodina, que le parece fácil siendo intransitable. ¿Leer?, comenta, mientras observa a los parroquianos hojear el periódico diario, ¿Qué hay que leer?,¿ las tontunas y mentiras de políticos y otras yerbas?. A la mierda con “tos” ellos.
     Y se pudre. Se corrompe interiormente sin saberlo, consumido por humores y supuraciones de “mala follá”, que le enlodan y ensucian las entrañas. Solo tiene por amigo a Juan, que cada mañana le dice como una letanía sempiterna la misma acostumbrada cantinela: ¿si no te quieres tu, quien coño te a de querer?,…al carajo tú y tus consejos, le contesta. En su prepotencia es un esclavo habitual de hábitos y costumbres, aunque critica con acritud a quien dice que los tiene, repitiendo cada día, y se tornan demasiados, las mismas prácticas y rutinas, el mismo tortuoso camino,
     No cambia de ropa, camisa y pantalones están ajados por el uso. Tampoco arriesga en el intento de conocer gente, dice que perro suelto bien se lame, jamás conversa con desconocidos y la pasión por algo es vana porque todo en la vida es mentira.  Todo carece de interés y se cuida muy mucho de evitar las pasiones, que son “mu” malas consejeras. No me vaya a enamorar y la jodamos.
     También las emociones, llantos y alborozos están vedados porque son cosa de maricones  y por muy humanas condiciones que en otros puedan parecer, en el son motivo de sorna y desprecio. Por ello, si se le observa, es notorio que no hay brillo en sus ojos y no le bulle el frío corazón de piedra.
     De cambiar de vida, ni pensarlo. Aunque cada mañana, mientras toma un carajillo habitual en el bar de Cacheras, reniegue del trabajo y de su hacienda. Así lo lleva haciendo décadas enteras y así continuará pasando porque “pa” cambiar a peor, mejor seguimos como estamos.
     Y sin saberlo, renegando de todos e insatisfecho de todo muere y se pudre lentamente, sin arriesgar lo seguro por lo incierto para ir detrás de un sueño imprevisible. Sin vivir y sin sentir, ignora que muere. Muere lentamente olvidando ser feliz.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Creencias y confianzas.

      


      Andaba hace unos días este escribidor de poca monta paseando como gallo descabezado por los etéreos caminos del internet y desembarcó, como tantas otras veces, en el preciado cobijo de la cueva de Alma Cuevalagua. Y fue allí, oteando escritos y dichos con que alimentar mente y alma, donde tuvo constancia de la llamada de un personaje peculiar, que a modo de peregrino venía a pedir posada y aposento a quien a bien tuviere el dárselo.
     Y pudo apreciar este manchego de “frente ancha”, que el individuo, barbado en cuestión, era persona de buen hacer y mejor decir, por lo que presto acudió a solicitar que tuviese a bien el parar en su posada, donde sería recibido con los honores que merecer merecía.
   Así llegó hasta este rincón de ajados recuerdos y pensares José Antonio Fernandez Senovilla, de quien podréis degustar deliciosas viandas escritas en Pensamientos JFS, su blog y barco en estos mares internautas.
     Y como muestra de ese buen hacer y sentir, me dejo un presente placentero y delicioso bajo el título de Creencias y Confianzas que vienen a ser recuerdos añorados del pasado que tanto nos gusta.
     Os dejo con Senovilla, el peregrino de la blogosfera.



      

      CREENCIAS Y CONFIANZAS


      El peregrino de la blogosfera llega a un rincón lleno de arte y verbo, está hoy difícil mi invasión, pero bueno con recuerdos y aventuras de niñez me lanzo a intentar llegar a la altura de este gran escritor que hoy invado con el calor de una cariñosa acogida.

     Aquél día compraba una nueva peonza con el ahorro de dos semanas de paga, el hombre bajito que luego supe que era un enanito, me había guardado una de las mejores peonzas que he podido tener, era de punta de lanza, acostumbrado a la punta redonda como estaba, aquella peonza sería mi primera arma mortal para destrozar las bailarinas de mis rivales, que por cierto aún recuerdo una de color rojo y verde que hacía la danza de los cuatro velos y rompía a golpe de lance sin compasión la de cualquier contrincante, hasta que nos lo jugamos todo en un circulo del terror.

     El gran secreto de una peonza, me decía uno de mis mejores amigos, es que la punta no se le salga , para ello no hay mejor pegamento que la caca del caballo y a base de presión sería imposible que pierdas la lanza en los lances.

     Así que con la corta edad de un renacuajo de la EGB, esperaba ansioso el paso de un carro conducido por un gitano y tirado por lo más parecido a un caballo, aunque era este más bien tirando a burro, lo digo por que esas orejas me recordaban a las que teníamos de castigo con brazos en cruz cuando no sabíamos los afluentes del tajo por su margen derecha en clase de D. Benceslao.

     Niño detrás del carro en espera de una mierda, así cuatro calles más abajo resultó agraciado con su premio, todo un puñado de excrementos que serían la mejor recompensa al esfuerzo, sin asco y aún calientes, esa mezcla de hierba y heces los introduje en el cuerpo de la peonza para con la mayor presión del mundo mundial poner la punta de lanza y guardar en mi bolsillo la Tronadora que así era como se iba a llamar mi arma de matar.

     De crédulo tenía mucho, pero de tonto muy poco, así que aquella peonza de color rojo y verde tendría que esperar a que mi Tronadora superase la prueba con los más débiles, fueron muchas partidas ganadas en tarde de bailarinas con círculos grandes de arena que hacían de escenario mortal para cuatro niños que les rompí el corazón al partir en dos sus peonzas, con lances certeros y llenos de ilusión de ser un campeón.

     Llegó el momento, todo estaba dispuesto, hacía ya más de un mes que mi Tronadora se había ganado reputación, tenía un color marrón clarito pues jugando con el Betún de Judea no quise abusar y su lanza era ciertamente afilada, con la chaira de afilar el cuchillo de jamón que tenía el papá de un vecino, pues en mi casa no había ni cuchillo ni jamón, a lo sumo aún recuerdo algún hueso de codillo que usaba con sabiduría en la cocina mi abuela y sus pucheros.

     Durante las clases de ese día los nervios estaban en mis entrañas, la mente estaba tensa y por miedo al castigo de excesivos deberes, contestaba todas las preguntas que se hacían generalizadas sin levantar tan siquiera la mano y teniendo que ser acallado por D. Benceslao en varias ocasiones que me amenazó con salir a dar yo la lección.

     La peonza de color rojo y verde estaba ya anudada para ser lanzada, la mía también dispuesta a bailar, el coso esta vez no era arena, estábamos en el patio, cemento y tiza marcaban las reglas del circulo que ante mis ojos era más pequeño a lo acostumbrado para este juego. Lanzó su peonza y comenzó con su danza espectacular en todo el centro del cuadrilátero redondo, la mía llegó a bailar con un compás firme y convencido de ganar, pero llegado el momento en que iban a chocar, fue echada del ring y castigada con el tormento de un lance con ella parada, tumbada a su merced.

     Pensé que ahí se acabaría todo, un golpe seco seguro que rompería mis esperanzas y tendría que volver a aquellos juegos de canicas, que para un niño tan mayor ya se me hacían aburridos y tediosos.

     Tronadora aguantó el envite y dos más, así iba transcurriendo la tarde con mucha expectación por parte de los curiosos que rodeaban al que ellos creían que acabaría siendo el campeón, pero ocurrió lo que nadie esperaba y menos yo, su peonza bailaba a una velocidad de vértigo, el ruido parecía que iba a romper mi oído, y como acto reflejo lancé a Tronadora con los ojos cerrados al abismo de aquél tablao, con la suerte del novato que pega en todo el centro neurálgico de aquel color verde y rojo que partió en dos mientras mi color marrón clarito bailaba y bailaba sin parar como si el orgullo se le saliese en cada meneo.

     Sabía que no podía celebrarlo, todos eran de cursos superiores al mío y un pequeño miedo, digo pequeño, no, estaba acojonado, se apoderó de mi con un rojo subido de tono en mis carrillos, agarré con más fuerza que nunca mi peonza y la guardé en el bolsillo, mientras con la máxima discreta forma de escabullirse que conocía me despedí de aquellos mayores rumbo a casa sin mirar ni un momento atrás, y sólo al sentirme seguro cerca de mi portal comencé a gritar como un poseso y a besar a Tronadora con la pasión de un enamorado.

     El tiempo ha pasado y mis recuerdos no recuerdan ni se acuerdan de qué fin tuvo mi peonza ganadora, la Tronadora, pero cada vez que veo mierda de caballo cuando visito algún pueblo que aún conserva equinos, sonrío y cuento esta historia a mis hijos, que con cara de asco siempre me preguntan ¿Pero cogiste la mierda con la mano?