Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

jueves, 14 de noviembre de 2013

Una de Estefanía, con los Matutes de indios protagonistas.


    La librería de Matute forma parte del paisaje y el paisanaje santacruceño. A su sombra transcurrieron, y aun transcurren,  momentos inolvidables marcados a fuego en mi vida. Por ello de los dos Matutes, padre e hijo, es este escrito. Va por ellos.

     Marcial Lafuente Estefanía nació en Toledo allá por el año de gracia del 1903 y el mismo aseveraba confirmándolo, y con ello se da por sentado, en recuerdos y entrevistas, que empezó a escribir en un rollo de papel higiénico porque carecía de cuartillas y pluma, motivo por el cual tomo la decisión de usar como simples útiles para la escritura, por aquello de que no daban para más sus menudos bolsillos, de un simple lapicero y el papel que colgaba de un alambre en el retrete. Fue también oficial republicano en el frente de Toledo, por lo que al terminar la guerra y siendo remiso al asunto del exilio hubo de sufrir cárcel en contadas ocasiones, hecho este que le dio tiempo y holganza para desatar en su persona una pasión desaforada por la palabra escrita y novelada.
    De esta manera llegó a escribir más de dos mil seiscientas novelas ambientadas en el salvaje oeste americano, donde indios cherokees, apaches despiadados, aviesos sioux y otras especies por el estilo perdían batallas y territorios contra las tropas del siempre victorioso séptimo de caballería. Cuando se trataba de ambientes menos hostiles, bellezas de película servían whiskys a mansalva al forastero en los famosos salones de juego de los poblados americanos, que para mayor pompa y boato portaban sobre su entrada principal el rimbombante nombre de “saloom”, mientras la ruleta trampeada y la baraja de póker con los ases marcados dictaminaban sentenciosas si ganaba la partida el vaquero apestoso, el villano de turno o el guaperas con dos colt calibre 45 colgados a ambos lados de la cintura.
     Miguel Matute Valcarcel tenía, y aun tiene, aunque regentada por su hijo con mayor apostura y señorío, ubicada en la intersección de la calle del Capitán Casado con la del general Perón, hoy de Esperanza Huertas, la librería FEYMAR, que todas y todas conocimos y conocemos. Por ella han pasado generaciones enteras de indígenas nacidos en el pueblo. Estaba y está, como ya hemos dicho, aunque ahora la gobierna, con la cara lavada y el vestido nuevo, su hijo y digno descendiente Miguel Fernando Matute Castro, que es, y siempre será, Miguelin para todos aquellos que anduvimos a su lado en pantalones cortos y con los mocos colgando.
     La librería de Matute era, en los añejos tiempos a los que quiero referirme, como la ferretería del Mortola, pero con el orden y concierto de que aquella carecía. Del techo de la trastienda colgaban todo tipo de objetos y cosas que vendibles fueran y que a su vez se diseminaban por cualquier rincón aprovechable y servible. Cuando un cliente despistado entraba en el local, este servidor por poner un ejemplo, a poco que el estar en Babia le acompañara, podía topar sin remisión con el viejo mostrador de madera en el que servidas habían sido generaciones enteras de nativos del lugar que criando malvas estaban, tropezando y mandando hacer puñetas alguno de los múltiples fascículos que versando sobre cualquier tema o cuestión apoyados se encontraban en la base.
      Eran los tiempos, tan pretéritos y remotos, que en boga estaba y era habitual el coleccionar todo lo que imaginable fuera como por entregas. Así, a lo largo de interminables semanas y meses, los españolitos de aquella España caduca reunían, con lentitud y parsimonia, los cuadernillos que juntos formarían una enciclopedia o las piezas que una vez ensambladas y unidas habrían de parecerse a algo que se parecía, pongamos por ejemplo, al acorazado Potemkim. Un servidor de ustedes, amigas y amigos míos, siempre fue reacio a estas cuestiones del junta y pega, de las que eternamente tuvo claro que eran un clamoroso engañabobos, por lo que el amigo Matute poco hubo de ganar en este asunto con mis aportaciones.
      En la tienda de Matute se podía llevar a cabo el trueque de las novelas de Estefanía, Zane Grey y Corín Tellado, por citar solo unos cuantos de los que a mi extinta memoria asoman. Esta última también causaba furor con un género caído en estos tiempos en el desuso de la ortopedia que era el de la fotonovela y que componía sus historias a través de los fotogramas postizos de actores y actrices que por entonces andaban en la cresta de la ola. Y como los exiguos capitales que adornaban los bajos fondos de los bolsillos santacruceños escasamente permitían que se pudiera afrontar la compra de aquellas fantasías llevadas al papel, los ejemplares pasaban prestados de mano en mano por módicos precios que ya ni recuerdo. Y es cierto también que con tan desmedido transporte terminaban adornados en su inmensa mayoría aquellos relatos de ensueño por usagres y manchas de cualquier procedencia o condición ya que pueden imaginar, amantísimos lectores, que cuando la trama subía de tono y el interés por el desenlace era cosa como de vida o muerte, bien podía el lector estar enfrascado en la degustación de un suculento plato de judías blancas o por el contrario hacerlo mientras las deponía en el corral trasero de la casa con el peligro inminente de que manchas aceitosas o de más dudosa procedencia adornasen, como a modo de un collage a lo Miró, las páginas vetustas de tan añejos relatos.
     Entrar en aquel cubil era, como hacerlo en el cine del Pato o en la tienda de Isaac Navarro, viajar a otros tiempos y remontarte a los años de Maricastaña viviendo sensaciones que parecían olvidadas. A veces, las más, cuando la desocupación que conllevaba el estar, como ahora, treinta y muchos años después, sin oficio ni beneficio, me hacia caer en el supino aburrimiento, encaminaba mis pasos hacia la librería  a echar la mañana y después la tarde al arrebujo de revistas y libros mientras parlamentaba con el dependiente de lo que a bien nos viniera en gana. Y se nos solía ir el santo al cielo, con lo que facturas y pedidos pasaban a mejor vida, máxime si para rizar el rizo aparecía por la estancia nuestro buen amigo y hermano Rafael Gracia Laderas quien, con las haciendas hechas o a medio hacer, solía llegar acompañado de algún litro de cerveza traído desde la tienda ultramarina de Santiaguillo que bebíamos acompañados de pasteles, los que portaba otro apreciado elemento del buen beber y yantar que por aquellos años perdidos, como el anterior, cursaba sus estudios de Derecho y que atiende por el nombre, cuando se le llama, de Juan Carlos García Sánchez. Bien es cierto que no solía ser esta cuestión que ocurriera todos los días, pero también habremos de decir que, fuera por mala suerte o porque el sumo hacedor ponía su mano para que las celebraciones no fuesen cosa de muy a menudo, solía aparecer por aquellos lares Don Miguel Matute padre para poner las cosas en su sitio y con la justa intención de mandar a cada mochuelo a su olivo, aunque tan escaso de convicción, siempre ha sido bueno en exceso, que igualmente terminaba comiendo de los pasteles.
     La librería de Matute, en aquellos años de memoria perdida, estaba en régimen de alquiler. El que pagaba religiosamente el susodicho a las hermanas Varela, dueñas del local y adictas, de manera casi enfermiza, a las revistas del corazón y más en concreto al HOLA que como todos sabrán siempre fue, y sigue siendo, portavoz oficial de los chinchorreos y acaecimientos que acontecen a la clase noble de la patria y de toda Europa entera, casta otrora ilustre y distinguida, y que hoy campa por caminos de descomposición con olores a putrefacto.
     Por ello los devenires y aconteceres de los miembros de la realeza europea y más en concreto de Rainiero de Mónaco y su noble estirpe descendiente, ¡que casta de armas tomar!, era asunto que le sorbía el seso a una de las hermanas mencionadas, que era coja de una pierna, hasta el punto de sentir como clavados en lo más hondo de su ser los pesares que acontecían a tan inmensa caterva de desorejados pendejos, y es por ello que no era extraño verla entrar, desaforada y descompuesta, por la puerta del establecimiento librero con el solo afán de contarle a Miguelin todo lo acontecido y pasado a las gentes de sangre azul, clamando hasta el desespero por las desdichas sufridas en las carnes de tan excelsas criaturas que entre amasijos de cuernos iban, como a salto de mata, transitando por los más nobles camastros del continente europeo.
     Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido y sería por ello que en el trasiego del ir y venir hubimos también de coincidir el susodicho y un servidor, junto con nuestras santas correspondientes, durante los avatares titiriteros del afamado Grupo Mudela aunque también es justo decir que igualmente coincidíamos en los bares entre cervezas y vino. Y me viene al recuerdo que hasta un síncope pudo sobrevenirle a la que hoy es su amantísima esposa la noche en que lo encontró dentro y reposando, al igual que el Conde Drácula en su lejano castillo de Transilvania, con cuatro cirios iluminando los costados y a buen cobijo cobijado dentro de la caja de contener muertos que Zacarías Nuño padre, carpintero y funerario del corral y las gallinas a perpetuidad, nos había donado sin obligación de vuelta para la representación teatral de AQUÍ NO PAGA NADIE.
     Dentro de las mantas. Dentro de las mantas estaba, era lo que tenía ser un pájaro nocturno, la mañana de frío Enero del año de 1995 en que un ruido de  cháchara y parloteo, el que traía la santa con las vecinas en el descansillo de la casa, me despertó de inmediato. Veloz y auguro, ya lo he olvidado, que de muy mala leche, hube de apresurarme a mirar por la mirilla de la puerta el motivo de tan inusitada alegría y cual no fue mi sorpresa al oír, como entre bastidores, que había “tocao” el gordo del Niño en el pueblo. Presto me dirigí hasta el televisor y buscando, cual explorador a la captura del oro en el antiguo oeste americano, con premura en el teletexto casi me desparramo ante la sorpresa de ver que era cierto que la villa y sus conejos resultaban premiados y más aún hube casi de fenecer del gusto al comprobar que habían sido mis dos queridos Matutes los repartidores del premio. El uno, en su casi extinta tienda de confección,  ya estaba por jubilarse, y el otro en el añejo tenderete librero  que más pronto que tarde y con el bullir del Dios dinero hubo de ser trasladado a lugar más holgado y espacioso. Aunque con el tiempo, y el fallecimiento de las dos hermanas citadas, hubo de volver con más apostura y señorío, pasó como de parto primerizo a criatura de ocho kilos, el citado tenderete al lugar de sus orígenes. Y esperando, por la cuenta que me trae, poder contemplar otras posibles mudanzas, aunque dudo de que a los citados les queden ganas de más traslados, sirva este humilde relato como homenaje y recuerdo de los hechos que acontecieron, al lado de tan buena gente degustados.