Como mandamientos:

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

A veces uno sabe de que lado estar simplemente viendo los que están del otro lado.
Leonard Cohen

lunes, 18 de abril de 2011

De la felicidad y otros asuntos.

    

... fue la primera entrada del blog e incomplesiblemente, cosa de hados y fantasmas, desapareció. Como esta semana tan santa, ando algo seco de ideas, decidí que no estaría mal volver a cargarla en la mochila. 

   Siempre he oído decir que nadie la encuentra. Que desaparece como leña seca devorada por el fuego, cuando apenas es tangible su presencia. Que solo aparece en breves momentos salpicados, que contarse pueden con los dedos de una mano. Y me sorprendo afanándome en buscar su intermitente presencia en cada poso de vida transcurrida, en cada recuelo de tiempo consumado.

    Al llegar el otoño, la adivino abrazada a las primeras nubes viajeras que asoman por las cimas de los cerros y la siento en la brisa que se cuela entre los claros de las encinas y las jaras de la Chaparrera y descubro su presencia en la lluvia de octubre cuando cae mansa salpicando de gotas viajeras los cristales de las ventanas, invadiendo de musicales murmullos la noche mientras golpea con fuerza los tejados y discurre cantarina por las canales y los regueros.

    Y me asombro cuando la veo cuajarse lentamente en las copas de los álamos abrazada al viento, sentada a su grupa de caballo furioso y dislocado despojando los árboles de vestiduras y alfombrando el suelo de la Chopera y la Alameda de la Virgen con mantos de esplendor y belleza.

     Y palpo su llegada en el frío del invierno. Entre los pájaros ateridos que anidan en el hueco de los aleros de la Plaza de los Toros, que en su vetusta vejez se encoge como arrugándose ante los rigores del clima alzándose orgullosa y digna con los chupones de hielo colgando de sus techumbres. Y es entonces, en las alboradas de las mañanas de diciembre en que las amanecidas se tornan de un blanco inmaculado vistiendo los campos con sudarios de hermosura y la nieve corona las alturas de la Sierra del Águila, cuando salgo a recorrer los caminos que llegan hasta la Noria Olalla y desde la cima de las peñas contemplo perdidos en la lejanía los pueblos y los campos cubiertos por la nevada.

     Y camino por entre sendas y riscos anegados por el barro hasta el Colmenar del Sota para sentarme al abrigo del cortijo derrumbado y admirar la inmensidad y grandeza de los montes que me rodean hablándome con su silencio; y allí, sin más compañía que el cielo y la tierra, contemplando la enormidad de los cerros, me late presuroso el corazón inhalándome vida en cada mota de aire respirado y me pregunto quién será capaz de ignorar la belleza en la grandiosidad de tan preciados dones.

    Y en los días del caluroso estío, cuando la canícula y el bochorno obligan a apaciguar la sed que provoca esa calina insoportable, subo hasta el bar que hay cerca de los baúles y allí platico en armoniosa charla con los más viejos del lugar, que como es habitual en estos casos también son los más sabios y entre cañas de vino, cervezas frescas y tapas de jamón serrano escucho el relato de sus andanzas y miserias con sumo interés, como quien todo tiene que aprender y apenas nada sabe de la vida y sus aconteceres. Hablan de los tiempos de la guerra, de los años del hambre, de las penurias acaecidas y las desdichas que tanto infortunio han prendido en sus vidas y en lo más recóndito de mi ser doy gracias por no haber tenido que conocer en mi ya larga existencia ninguna de esas desgraciadas experiencias y agradezco infinitamente la dicha de poder vivir en paz y tranquilo conmigo mismo.

    Las noches de los sábados discurren por lo general sosegadas y tranquilas en compañía de la familia y los amigos. Cuando llega el invierno nos protegemos del frío en el calor del hogar, mientras los leños caen devorados en la lumbre y un olor a chuletas asadas invade de gustosa apetencia el ambiente. Igual pasa en las noches de verano, solo que entonces las celebraciones se trasladan a la terraza y los asados se cocinan en la barbacoa y el aire se inunda de humos y olores mezclados, que saben a carne y carbón mientras se oyen voces alegres y en el viejo tocadiscos suenan las canciones de Serrat y de Los Panchos.

    Y allí, al abrigo de la charla y la palabra desgranamos los aconteceres diarios y el devenir cotidiano; lo que pasó y lo que creemos que habrá de pasar y sentimos la alegría de compartir los escollos de la vida y el pasar de una existencia repartida entre tantos momentos que creímos olvidados y que vuelven arrebujados cuando menos lo esperamos, escondiéndose entre el recuerdo y la añoranza.

    Y el otoño se funde con el invierno un año tras otro, vuelve a rugir el viento, a embarrar la lluvia los campos, anidan nuevamente los pájaros del invierno en los aleros, otra vez me conmueve ese ir y venir de la vida y sus asuntos y me doy cuenta de que en este mundo que nos ha tocado en suerte no nos falta de nada y cada vez estamos más hastiados de todo y vamos perdiendo sin pensarlo el gusto por los pequeños detalles que hacen de la vida un discurrir placentero.

    Y pienso, como dice Serrat, que cada vez nos olvidamos más de "aquellas pequeñas cosas" y con tristeza me pregunto si es tan difícil encontrar la felicidad en esos cotidianos dones que tan poco dinero valen y tan abandonados se encuentran. 


 
 

 





lunes, 11 de abril de 2011

¿Por qué no? Pudiera ser que ser pudiera.


    El pueblo se encuentra en pleno corazón de los Picos de Europa. El lugar es un cuadro idílico, una estampa con un encuadre paradisiaco. A lo largo del año lo habitan unas cuantas personas que ignoran lo que es el stress y viven sin preocuparse ni ocuparse de la hora a la que amanece, ni de cuando llega la anochecida. Cuidan su ganado, labran sus huertos, comen y beben lo que ellos mismos producen y cuando buenamente les apetece, se sientan en una piedra y contemplan la inmensidad del paisaje, el canto de los pájaros que se posan en los aleros de las casas, el aullido de un lobo nocturno o el ulular de las lechuzas. Poco importa si es lunes o domingo. Todos los días transcurren igual, sin prisas, sin pausas, braceando en el devenir de los cotidianos quehaceres. No hay teléfono. Tampoco hace falta. Quien quiera saber de alguien, que suba el camino que serpentea a lo largo del collado y pregunte, que a buen seguro quien le atienda le invitará a pasar a su morada a tomar una copita de buen orujo y, si lo tiene a bien, un sabroso chorizo de la última matanza regado con un buen vaso de vino. La chimenea arde plagada de leños que se consumen chisporroteando y vuelan, cual mariposas, briznas de fuego encendido mientras en los hogares de la cocina de carbón una mujer elabora un sabroso pote en un puchero de barro. Apenas saben lo que acontece más allá del pueblo vecino al que bajan de tarde en tarde para abastecerse de las pocas cosas que necesarias les son. Tampoco necesitan saber nada, porque poco les importa lo que ocurrir pueda más allá de sus dominios y tampoco es fácil que a lugar tan apartado se desplace ninguna “mosca cojonera” a darles la vara y a joderles la placidez en que discurre su vida.

    Ramón y María valoran poco las cuestiones materiales. Por ello las abandonaron hace tiempo. Hasta este momento hemos pensado que los protagonistas de nuestra historia eran personas mayores, viejos habitantes desdentados de alguna aldea perdida entre montañas. Pero nada más lejos de la realidad. Ramón tiene cuarenta años, es licenciado en económicas y un día se hartó de balances, reuniones y viajes que le llevaban por medio mundo sin saber jamás a ciencia cierta dónde estaba. Sintió que el vacío le llegaba de los pies a la cabeza y el alma se le quebraba en mil pedazos. Por ello lo mando todos a hacer puñetas y se dedicó a buscar un lugar en el que vivir fuese un acto de dignidad y no una obligación cotidiana. En ese camino de reconversión encontró a María que regresaba con sus maletas vacías de una relación convulsa, con un capullo rebozado de billetes al que decidió dejar con su Mercedes, último modelo, para marchar con Ramón a la aventura.

 Desde entonces viven con lo puesto y producido, ya que en sus anteriores vidas dilapidaron y gastaron todo lo que tenían, debido al status que entonces les correspondía. Pero eso ahora importa poco. Juntos han descubierto la simpleza de vivir en plenitud. El sol en la amanecida, las nubes entre los cerros, la nieve que corona las montañas y ese cielo infinito que cual mural de estrellas en la anochecida les cubre desde la inmensidad, mientras abrazados contemplan lejanos luceros estelares desde la ventana de su vieja casona anclada en el fondo de los Picos de Europa.



 

   
      









viernes, 1 de abril de 2011

Por la capitalina capital de Las Españas.

     






     El escribidor ha viajado a la capital de las Españas con la intención cultural, instructiva y pedagógica de ver el espectáculo que basado en Los Miserables, la inmortal obra maestra de Víctor Hugo, se está representando en lo que se ha dado en llamar el Broadway español, que no es otra cosa que la Gran Vía madrileña y para entrar más en el camino de la concreción, en el teatro madrileño que lleva el insigne nombre del Fénix de los ingenios, de Lope de Vega.

     Ha sido siempre el escribidor algo “cagón” en el asunto de la conducción de vehículos, nunca sintió especial animación por lo que se refiere a las cuestiones de los volantes y las marchas, pero últimamente, será que con el paso de los años, en vez de ser consciente, sensato y reflexivo, se está volviendo, como decimos en el pueblo, un poco a lo viva la virgen, así que ha optado por ponerse a lomos de su ajado Renault, que a la vejez está trabajando lo que en la juventud descansó, y enfilando la autovía del sur a tirado derecho para el norte, “pa” Madrid. Eso sí, con la intención de dejar el carromato en la estación ferroviaria de Aranjuez y coger un cercanías que lo lleve a la capital del reino, pues meterse en el cacao del sufrido tráfico madrileño le parece asunto innecesario, superfluo y de “demasiao pal cuerpo”.

      Llegados pues, gracias a Dios sin novedad, a la capitalina ciudad, queda una vez más sorprendido el cuentista, por la vorágine del torrente que envuelve la vida de las gentes que habitan o aposentan sus reales por horas o días en la inmensidad de la urbe. Los ve de todos los colores y edades, de cualquier condición; en cualquier estado y circunstancia. Como es dado, justo es reconocerlo al asunto de la observación en aquello que le interesa y conviene, observa, aguza los sentidos y no quita ojo de lo que va y viene, llegando pronto a la conclusión de que como siempre, ya lo tiene asumido, en estas metrópolis inmensas todo se te ofrece, y todo resulta ofrecido, a cambio de que cada cual vaya a lo suyo y nadie se preocupe de lo que le pasa al de enfrente, que a veces es cosa de agradecer, pero otras, cuando asoman los fantasmas de la soledad y el desamparo, deben de resultar como puñales clavados en el alma. Por eso tiene claro, con sus pros y con sus contras, que prefiere el pueblo, con su vida y con sus gentes, con su existencia tranquila, serena, y deja estos esporádicos viajes al torbellino, como cosas apetecibles cuando lo pide el cuerpo, para de vez en cuando.

     Como sin quererlo, ha llegado el mediodía, el momento adecuado de tomar unas cañitas con sus tapas. Conoce el escribidor, y aconseja al lector que la visite si la ocasión tiene, la cuna de la tapa del bacalao, bien sea frito y rebozado o en las apetitosas entrañas de una croqueta, la taberna restaurante Casa Labra. Así, que sin prisa, pero sin pausa, encamina sus pasos hacia el principio de la calle de Tetuán acompañado de las féminas señoras, entre la que está aquella que Dios le ofreció en suerte, y colándose entre el barullo de gentes, la cantina está siempre llena y los primeros que la ocuparon criando malvas, pues dicen que data su origen del año de 1860, pide las cañitas y los rebozados que habrán de tomar con sumo deleite en la puerta de la calle, en unas mesas dispuestas para tal fin.

 

     El día es esplendido y el escribidor en sus eternas ensoñaciones pasea la mirada por la añeja fachada del local y clava la vista, ya lo ha hecho en otras ocasiones, en la placa que asevera que en esta taberna fundó el Partido Socialista Pablo Iglesias allá por el año de 1879; eran tiempos de prohibiciones, de pocas juntas y reuniones, y aquellas que se celebraban debían hacerse al amparo de los bares y tabernas, lugares de reunión donde se pasaba como mas desapercibido. No sabe el escribidor y lo ignora si en los tiempos presentes estarán orgullosos los dueños del local de tal rememoración histórica, pues dada la que está cayendo y siendo socialistas aquellos que nos gobiernan, se les ha dado en culparles sin piedad de todos los males que asolan al suelo patrio, sin pensar que tal vez los que vengan nos hundan más en la miseria y el infortunio.

      Mas no es esto lo que ahora importa sino mas bien decir que ya tenemos a las señoras acompañantes hurgando entre los zapatos de una de las tiendas que habitan la Puerta del Sol, mientras el escribidor se pregunta y cavila en el hecho concreto y cierto de que este animal racional y necesario, llamado mujer, siempre le ha de poner los nervios de punta, con estas cuestiones nimias e insustanciales de las compras y el pasatiempo, mientras se pregunta si es que no habrá zapatos allá en el pueblo y dedica su tiempo a observar la fachada de la casa de Correos que es donde se aposenta el famoso reloj que campanea en Nochevieja y que fue alma y cobijo de la tristemente célebre Dirección General de Seguridad en los oscuros años del franquismo.

     Salen pues del comercio las féminas matronas, que como casi siempre removieron sin comprar y dirigimos al unísono los pasos a la cuna de las tascas madrileñas, a la calle de Espoz y Mina, donde habremos de degustar, con deleite y renovado placer, somos caballos de buena boca, algunas de las gastronómicas variedades que se nos ofrecen y ya puestos, por aquello de no dejar las cosas para más tarde, sentaremos las posaderas en la terraza de uno de los restaurantes que salpican la mencionada calle y pediremos el menú correspondiente.

     Aposentados cerca del cine Carretas, en el que Sabina afirmaba que cada noche, manos de hombre buceaban en braguetas ajenas del mismo sexo, tiene el escribidor la ingrata experiencia de observar los tejemanejes del que parece ser dueño del restaurante o maître tiralevitas del mismo. Con gesto adusto, mirada ceñuda y a falta solo de un látigo con el que fustigar, ordena manda e increpa a los que a su servicio parecen estar y que no se dan, dicho vulgarmente y con clarividencia, con sus sagradas manos en el culo. Observa quien esto escribe que la mayoría de los camareros que bullen como hacendosas hormigas, son de origen hispano y conocedor como es de este oficio esclavo y poco considerado le da por pensar en que míseras condiciones desarrollaran su trabajo y cuáles serán los emolumentos que el desagradable fustigador habrá de pagarles a fin de mes.

     La comida por lo demás, es sosegada y tranquila, departimos sobre nuestros cotidianos asuntos y el escribidor tiene el gusto de ver aparecer a unos cuantos seguidores de su amado Atlético que hoy se enfrenta al Real Madrid; sonríe a su paso y piensa para sus adentros que, de este equipo, dadas sus subidas y bajadas de las nubes a lo largo de la futbolera historia, nadie se hace y por contra se nace. Despacio y sin prisa, calle de La Montera arriba, nos vamos acercando a la Gran Vía, al añejo teatro donde habremos de disfrutar de una representación única e irrepetible, primorosa en su montaje y excepcional en todo su largo desarrollo.

    Con las primeras luces nocturnas termina la función y después de un rápido tentempié, emprendemos el camino de regreso que habrá de llevarnos nuevamente hasta la ciudad que hiciera mundialmente famosa con su concierto el inigualable maestro Rodrigo. Ya en la carretera, camino de La Mancha manchega donde reside, el escribidor escucha en la radio los últimos minutos del derbi madrileño en el que como siempre, desde hace más de una década, el odiado Real Madrid se impone una vez más al Atlético de sus amores, mas no es esta cuestión que le preocupe en demasía, ya que está, por desgracia, acostumbrado. En cambio, piensa por un momento en el asunto del que ordenaba y mandaba en el restaurante, de cómo se encontró en Madrid a un miserable, habiendo ido a ver Los Miserables.


    

                             





viernes, 25 de marzo de 2011

La llegada de la Prima Vera

  
     
   







   Hace apenas un par de días andaba este pobre mortal como poseso y abstraído, cosa normal en su condición de estar como dice su santa esposa mas "pa allá, que pacá", cuando sonó el aldabón de la puerta y asomó sin piedad la Prima Vera. Supongo que como en ocasiones anteriores llegó con la pérfida intención de apoderarse como una posesa de cuerpos y almas e imagino también a mucho pobre desventurad@ pensando en poner su inmaculado cuerpo a la ventura de un sol achicharrante para que coja ese tostado, vuelta y vuelta, que suele encandilar sin temor a equivocarme a la inmensa mayoría de los habitantes del ibérico terruño.
 
   Y yo, pobre de mí, dispuesto una vez más, como cada año al llegar estas fechas a intentar tener conciencia clara de la que me viene encima y es que querid@s mías, confieso, manifiesto y descubro ante vosotr@s que le tengo manía crónica a la estación que está por venir o lo que es lo mismo, me empieza a dar hastío pensar que llega Don Estío y con él, multitud de moscas, mosquitos, abejas, abejorros, avispas y otros mil bichos repugnantes, acompañados de un sol de canícula, que a los calvos como el que subscribe les calienta el cráneo de tal manera, que la masa encefálica bulle sin control dentro de la cabeza pugnando por no derretirse cual helado de cucurucho en manos de tierno infante.
  
   Para ilustrar mi humilde opinión al respecto, baste establecer una equidad comparativa entre el diario transcurrir de una tarde de sábado, día que habitualmente ocupo en el asueto y descanso, de verano y por el contrario otra del periodo invernal, con los mismos pormenores y parecidos acontecimientos.
    
   A continuación, con precisión y mucho enfoque de la situación, paso a contar lo que habrá de ocurrir después de Semana Santa, allá por "mediaos" de Mayo, cuando empiecen a cantar tábanos y chicharras.
    
   El que escribe, que como sabéis es camarero, dejó de trabajar a las 10 de la mañana y al llegar a casa, arrojó la ropa del trabajo, sucia y maloliente al canasto de la ropa, y presto se calzó el bañador zambulléndose sin pensarlo en la piscina, que es y así lo reconoce uno de los pocos alicientes por los que le puede tener algo de cariño a la epoca estival. Después dormitó un rato y llegado el mediodía, un nuevo refrescón y rápido, como cada sábado, sale dispuesto a tomar unas cervezas fresquitas.
    
    Si estuviésemos en Diciembre con un par de cervecitas y unos vinitos de la tierra, acompañados de sus correspondientes tapas bastaría para colmar su apetencia y volvería a casa con la ilusión añadida de degustar con infinito placer el cocido que su amada elabora este día de la semana. Como por el contrario estamos en época tórrida, ha necesitado de más zumo de cebada para colmar su apetencia y al llegar a su morada le espera un plato de judías verdes y una ensalada de tomate con lechuga, todo muy ligero y digestivo aunque por su mente pase la idea de que jamás tuvo el placer de ver un grillo de cien kilos.
    
   Tras el almuerzo dormita un rato en la tumbona y al despertar ha de enchufar con rapidez el aparato del aire acondicionado, pues el sudor baña sin piedad su maltrecho y fatigado cuerpo, que en la época invernal con los efluvios del cocido no habría necesitado de ese reparador descanso. Se despereza y sale a la calle, mientras un sol abrasador vuelve a derretirle la sesera y caminando rápido llega al chiringuito de su amigo Vicente, donde quedó con los amigos para tomar un cubatita fresquito. Si estuviésemos en invierno necesitaría engullir menos líquido vital, pero en esta época infernal difícilmente puede ver colmada su sed el sediento, y como bien dicen los evangelios hay que dar de beber a quien se encuentre en tan extrema condición, así que entre unas cosas y otras debe reconocer que el gasto, en lo que ha moneda en curso se refiere, es superior en esta época de manera tangible y evidente.
    
   Por último, y lo más escuetamente posible, es también en estos meses cuando llegan las añoradas vacaciones, y los niños con su mamá claman a los cuatro puntos cardinales, que desean ir al apartamento que la “Tita Merce” posee en Torrevieja y este hecho, motivo para muchos humanos de alegría y alborozo “aumenta” mi profesado amor por el verano. Partimos prestos hacia tierras levantinas y nada más arribar se empiezan a oír los clamores de la tribu que me acompaña, mostrando sus desmesurados deseos de ir a la playa con prontitud y premura.
    
    A las doce del mediodía estamos en la Mata, el que firma este artículo, su amada esposa y sus donceles, cargados de sombrilla, bolsos, toallas y algún apechusque más, dispuestos a “disfrutar” de una jornada de sol y playa. Con el sombrero de paja sobre la testuz me adentro en la arena tras mi señora que sin problema penetra sorteando piernas, brazos y sombrillas hasta llegar a primera línea, mientras algunas voces claman al cielo haciéndole ver el infinito morro que posee la susodicha, que en esos momentos se ha vuelto ciega, muda y sorda escondiendo su mirada detrás de unas gafas negras de las que se usan tras una noche de farra.
    
   Una vez ubicados en el lugar conveniente me lanzo al mar a nadar, y es ese el único momento del que en verdad disfruto, pues llegado el instante de la salida, elevo mil plegarias al altísimo para que tenga a bien enviarme un helicóptero que me eleve hasta el paseo marítimo sin tener que pasar por el repugnante paso de caminar con los pies mojados por la arena convertidos en una pasta inmunda, sucia y asquerosa.
    

    Después de este acontecer a la llegada, al día siguiente los llevo nuevamente a la playa y me vuelvo al apartamento, cojo un buen libro, unas birras fresquitas y marcho a la piscina, donde después de darme un chapuzón dormito y leo bajo la sombra de una palmera y a la playa con su arena que le den por donde les quepa.



viernes, 18 de marzo de 2011

El munícipe y la bestia con escopeta




     
  El munícipe está absorto, enfrascado en la lectura de bandos, cartas y escritos varios que firma de carrerilla, como movido por un resorte. Apenas hace un rato que abandonó los plácidos brazos de Morfeo, que levantó sus reales posaderos de la cama, pues hemos de decir, para ser ciertos y concretos, que no es esta su profesión, la de político de tres al cuarto con sueldo fijo.
 
   El munícipe es camarero y presta sus servicios en horario nocturno o cuando cantan los grillos, en uno de los restaurantes de carretera que salpican el trayecto de la autovía de Andalucía. Ocurre que convencido por un buen amigo, alcalde de la villa en cuestión, de ser sujeto idóneo y adecuado para echarle una mano en los asuntos de la gobernanza del patio y de las gallinas y persuadido, el munícipe es muy dado a las ensoñaciones y los delirios, de que en su mano estaba cambiar la historia, el rumbo y el destino del pueblo, se tiró al charco, al pozo negro de la política municipal sin pensarlo dos veces, haciendo caso omiso de los consejos de padres, novia, amigos y aquellos que le decían, más viejos y pellejos, que donde no hay ganancias cercanas están las perdidas. El munícipe, decíamos para no perder el hilo y argumento de la historia, firma documentos, porque en este momento, mes de agosto tórrido y caluroso, sustituye al alcalde que esta por la sierra granadina, allá por las Alpujarras, bebiendo cervezas fresquitas, de vacaciones y asueto.
     
   En estas y sin más han llamado a la puerta de la alcaldía; golpes secos y rotundos, voz cavernosa que pregunta si se puede pasar, a lo que el munícipe y primer teniente de alcalde contesta el consabido “adelante” y punto. No ha observado el munícipe, absorto como esta en firmas y cavilaciones, quien es el individuo en cuestión, el sujeto que tiene delante de sus antiparras y es por ello que anodinamente pregunta, como tantas otras veces aquello del ¿qué desea usted?, o ¿usted dirá?, tampoco lo recuerda, e importancia tiene poca o mejor decir ninguna. - ¡Tienes que cerrar la fábrica que hay justo enfrente mi casa! -. El munícipe, pacientemente, con detalle, mesura y mucho tiento, está acostumbrado en demasía a lidiar con estos toros, explica al vecino en cuestión que es esa tarea ímproba y baldía, aunque utiliza lenguaje más llano, más de andar por casa para que le entienda, y le expone que la fábrica, taller de carpintería para más pelos y señales, tiene permisos, licencias y demás zarandajas necesarias para su funcionamiento y actividad.
 
   El individuo se bornea, se retuerce en la silla y le suben a la cetrina tez los colores y como maremoto o tsunami de triste recuerdo, se levanta, mira a los ojos al munícipe y clama cual trompeta de Jericó veredicto de sentar cátedra o jurisprudencia: “o la cierras, o voy a por la escopeta y te pego cuatro tiros, he dicho”, mientras sale por la puerta y la cierra de tal manera que los muros del consistorio crujen como desmembrados y rotos.

  Absorto y como ido, el munícipe observa la puerta, que aun aguanta sobre sus bisagras, por la que salió el semental, mientras analiza, piensa y sopesa qué decisión tomar y qué camino seguir, por miedo a la escopeta, que lo tiene y al que portará la misma, que también, pues no es belicoso el munícipe, que por no ir, ni fue a la mili por miope y cegato, para su gozo y satisfacción y verse por estos derroteros y en esta situación le causa, cuanto menos, desazón e incertidumbre. Levanta pues, el auricular y marca el teléfono del cuartelillo.

    Al habla con el sargento, sargento de armas tomar, le traslada su pesadumbre y le pone al tanto del hecho acaecido apelando a su autoridad para que frene los desaforados ímpetus del bicho, ya que considera, y no lo dice pero lo piensa, que no es llegado tiempo aun y resulta cuanto menos prematuro, entregar con tanta premura el alma al supremo hacedor en tan belicosas circunstancias.

  Mientras espera contestación, piensa y recapacita el munícipe en lo ingrato del cargo; en que se tiende a creer y se tiene la convicción de que resulta un chollo eso de estar sentado en la poltrona, desde donde dicen las malas lenguas que se gana el dinero como a espuertas, a mansalva, y recuerda el dicho popular que asevera que una cosa es torear y otra ver al toro desde la barrera o lo que es igual, aunque no parezca lo mismo, que una cosa es recetar y otra tomarse la purga.
     
   En estas cavilaciones se encuentra cuando suena el teléfono y la rotunda voz del sargento le dice que: “asunto “solucionao”, la escopeta “requisá” y el toro “encerrao” en los corrales”. Así que, absuelto y repuesto de tan penoso trago, sediento y atolondrado, abandona el munícipe la Casa Consistorial y encamina su maltrecho Renault Megane hacia el Bar de La Ramona, donde habrá de tomar con paciencia y buen ritmo unas cervezas fresquitas, hasta que en los albores de un nuevo día vengan y lleguen otras historias, otros asuntos y quebraderos de cabeza que habrá de intentar enderezar.




miércoles, 9 de marzo de 2011

Las recetas de Maurito Verbenas. Migas del pastor o de quién las quiera comer.

     




   Debe pensar el lector que el escribidor es hombre de buen yantar acompañado del necesario y justo beber; es por ello que ha optado por abrir una nueva senda en esta procelosa tarea de la escritura y el escrito, para expandir el abanico de sus artículos a lo que podríamos llamar recetario de cocina, no como siempre se hizo y como fue hecho al uso, sino de una manera más dicharachera y festiva.

   Serán las llamadas migas del pastor, la pitanza destinada a ser comida,( no es este plato para degustar en las anochecidas de invierno, largas e interminables, y reposar en la cama, ya que dado el carácter de sus ingredientes y la solidez de sus compuestos, podríamos hacer bueno el refrán, añejo y cierto que asevera lo de que de “comidas y de cenas están las sepulturas llenas”), el suculento plato con que dará comienzo este singular recetario, este muestrario de recetas de la manchega tierra del hidalgo Don Quijote.

   Así que, puestos a empezar, dejémonos de adornos, florituras y empalagos y digamos que prestos habremos de ir a comprar, como dos o tres días antes de degustar tan apreciado alimento, un par de panes de kilo de los de antes o para ser explícitos y concisos, de los que adornan su contorno con cuatro hermosas orillas a la panadería del pueblo, a la de Emilio Piña; nada de bollos y barras de las vendidas en tiendas y supermercados que bien parecen como rellenos de aire, sin textura ni consistencia.

   Obrando en nuestro poder los citados chuscos, con paciencia y sosiego,(prepárense por ello lo que bien les pueda apetecer, vino, cerveza o agua si se es abstemio y llegado el caso) y vayan picando el pan hasta desmenuzarlo,(… un consejo; si tienen abuela o persona entrada en años y que con poca hacienda, tenga tiempo y paciencia, es esta tarea y menester que pueden delegarle por aquello de hacer ejercicio para la artrosis de manos y porque cansa y harta hasta reventar), en trocitos del tamaño de una uña, por poner un ejemplo, dejando reservado y cortado en trozos de mayor tamaño la parte de la corteza, vulgarmente los cortezones. Terminada la tarea busquen un paño de cocina, o un trozo de muselina de una sábana cualquiera y mójenlo con agua, depositando en sus entrañas el pan, dejándolo reposar la noche de autos y a la espera de afrontar ávidos y con empeño en el nuevo día que aflora, el cocinado de las manchegas migas, de tan exquisito plato.

    Digamos, ya lo olvidaba, que son las migas alimento de invierno cocinado en hogares con lumbre y leña, aunque en los tiempos actuales el escribidor del recetario también utilizó para su hacienda cocina de butano y hasta ¡vitrocerámica! pero hoy, en este preciso instante pensemos en el fuego y digamos que ya bullen, los estamos viendo, en la chimenea sendos maderos de encina a la espera de consumirse y quedar reducidos a brasas y rescoldos. Cuando esto ocurra, cuando el fuego sea breve y pausado, pondremos la sartén en la lumbre y cubriremos el fondo con dos dedos de aceite del molino de San Sebastián y llegado este a su ebullición, antes de que se queme, freiremos primero los trozos de corteza de pan, que una vez dorados y fritos apartaremos y después una docena aproximada de ajos rajados por su mitad, a los que rápido añadiremos unas tiras de tocino veteado, que aquí llamamos “mesao”, cortadas en trozos pequeños y que una vez doraditas y tostadas apartaremos junto a los ajos, hasta que llegue su turno y alternativa.

    Llegado pues es el momento, ya llega la etapa reina, de tomar un refrigerio, un buen vinito Raíces, un vermut del Agapito o una gorda de Isaito, o sea lo que nos venga al gusto y una tapita para afrontar con empeño y paciencia la larga travesía que habrá de llevarnos a la meta, al remate y colofón de la montaña.

    Hemos puesto la sartén fuera del fuego y en el aceite que en su fondo reposa añadiremos como medio litro de agua, diluyendo en el la sal que consideremos conveniente y al gusto. Realizado este último menester, mucho queda por hacer y poco por explicar ya que todo se reduce a volver a colocar la sartén sobre la lumbre y verter en ella el pan, moviéndolo sin parar, no se nos vaya a quemar, hasta que se vaya soltando, haciéndose como grácil y bullicioso. Será esta tarea aproximada de un par de horas que habremos de acometer con bebidas y viandas varias, bebiendo, comiendo y platicando y no se olvide el guisandero de obligar a los mirones, que deseosos están de engullir las migas, a que se afanen en la tarea de menear por riguroso turno el contenido de la sartén ya que, de lo contrario, habla la voz de la experiencia, empachado acabara de migas antes de haberlas catado.

     Y así cuando veamos que los ojos se nublan por el esfuerzo y otras cuestiones, y el pan se suelta, tiene color y textura, echaremos sobre su lecho los ajos, el pan tostado y el tocino que bien mezclado con las migas y después de otro rato de meneos nos habrá de dar el ansiado plato, que, acompañado de uvas de la manchega tierra y tintorro de Fernando Castro, hará el deleite de los paladares y el gusto de los comensales.

     PD.” En toda celebración aflora algún capullo o distraída rosa; por ello si vieran que alguien come pan comiendo migas, pueden decir que es falto de luces y entendimiento, pues comer pan con el pan, parece cosa de tontos.”
     ( ... perdone también mi osadía, este plagio de idea sin perdón, mi buen amigo Pepito Leré, que me lo puso tan a huevo, como se dice por estos rincones, que no me pude sustraer al gusanillo de plasmarla y hacerla realidad).





viernes, 4 de marzo de 2011

A Gabilondo. por su clarividencia.

                       
  


  No puedo negar que siempre he sido un apasionado seguidor de Iñaki Gabilondo. Me parece, con sus luces y sombras como cada hijo de vecino, una persona ecuánime en su pensamiento, que podrá gustar o no, pero que es consecuente con su forma de pensar y de ser. Durante años he oído en multitud de ocasiones sus programas en las mañanas de la cadena Ser y después, aunque siempre entendí que era un hombre de la radio, sus apariciones televisivas, y sobre todo, sus demoledores análisis del mundo y la sociedad en que vivimos.

  De ellos, uno de los que más me impactó, fue este referido a un caso puntualmente acaecido y que versa, una vez más, sobre el civismo y la educación en adolescentes y jóvenes, que, arropados por padres, que dicen ser colegas, son capaces de convertirse en bestias incontroladas que arrasan con todo lo que encuentran a su paso, olvidando lo que es la ética y el respeto hacia lo que es de todos. Detengan la música, que espere por un rato Serrat o quien este a la cola y escuchen amigos, oigan porque no tiene desperdicio. Y un deseo, pedirle a Gabilondo que vuelva lo antes posible a endulzarnos la mañana, tarde o noche, es igual y da lo mismo.


   





miércoles, 23 de febrero de 2011

A mi amigo Serrat, por tantas pequeñas cosas.



      




  Llevo más de cuarenta años disfrutando de tu música bendita, deleitándome con tus versos, devorando cada entrevista, cada aparición televisiva, cada charla radiofónica, saboreando todo aquello que inventa tu forma de pensar y de escribir. Creo en lo cotidiano, en lo sencillo, disfruto de la lluvia en otoño, de los pájaros nocturnos, del amanecer de mayo, de tantas pequeñas cosas que la vida ofrece sin precio, por nada. Por ello, espero tus discos como bocanada de aire fresco, porque no he encontrado jamás, mejor manera de expresar los sentimientos que con esas canciones tuyas, paridas con el alma. Mi pasión es compartida con amigos que crecieron igualmente cobijados entre tus versos y los sábados de invierno nos reunimos en mi casa de Las Virtudes, una pequeña aldea entre montes cercana a nuestro pueblo.

   Y allí, escuchamos y sentimos tus canciones arropados por la lumbre. Oyendo la lluvia que cae inundando los regueros de las alamedas, mientras bebemos unas copas de buen vino manchego y asamos en las brasas gustosas chuletas de cordero. Y añoro no conocerte. Aunque en numerosas ocasiones he disfrutado de tu música, en tus idas y venidas por estas tierras. En esos momentos deseo que sea caprichoso el azar y le pido, sin respuesta, que tenga la gentileza de brindarme la ocasión de poder encontrarte algún día para darte un abrazo, para decirte de tu a tu, que eres un bálsamo en forma de poesía cuando la vida se torna difícil, un buen remedio para el cuerpo y el alma cuando las fuerzas flaquean y los asuntos de la vida dejan de tener sentido.

   Probablemente no sabré nunca si esta carta escrita con humildad y sincera veneración ha llegado hasta tus manos. Pero de cualquier manera si existe algo más allá de esta vida y ese algo se traduce en sentimiento, seguramente nos veremos, porque soy de los que piensan que las almas gemelas terminan por encontrarse.

  Mientras llega ese momento, recibe un sincero abrazo de este amigo a quien no conoces y afánate en concederme el capricho imposible de no fenecer. De no morirte nunca.

                                                                                     Un abrazo y hasta siempre, amigo.
   




lunes, 14 de febrero de 2011

Llegar a viejo.

   



   A veces me da por pensar en que el camino se estrecha. En que se torna escaso el tiempo que me queda de estar disfrutando de la serena placidez de este convento. En que más pronto que tarde habrán de llamar a mi puerta realidades hasta ahora ajenas e impensables en los oscuros recovecos de mi apreciado cerebro. ¿Qué son un par de décadas más en este corto devenir llamado vida?; una insignificancia que ha de pasar como soplo de aire fresco en una tarde de verano, sin que apenas me dé cuenta de que el tren de la existencia se acerca inexorablemente a esa preestablecida meta que no es otra que el final de un camino en el que cada vez habrá menos luces mientras el corazón se siente  cada vez más acobardado.

   Y el miedo, que nunca antes asomó, irá haciendo mella en mi ser, porque aunque no quiera hacerlo y lo sienta como algo lejano en la distancia, me niego a preguntarme como habrá de ser el día, si ha de llegar, en que deje mis enseres, la casa que me cobijó, mis libros, mis discos y  todos los pequeños retazos que compusieron el puzle de mi vida, para partir hacia uno de esos maravillosos “hoteles de cinco estrellas” donde apartan como en un cementerio de elefantes a todo el ganado sobrante; cárceles del alma de lujo aparente donde los padres quedan presos y los hijos marchan con la “conciencia tranquila” y la falsa convicción de que dejaron a quienes les dieron la vida en buenas manos.

   Lo que más me cuesta aceptar es que mi libertad sea coartada. Que todo lo que haya de hacer cada día sea preestablecido. No volver a ver mis calles y dejar de hablar con los pocos paisanos que aún me sean conocidos. Que el suelo de las aceras que recorrí desde niño no sienta ya el eco de mis pisadas. Ya sé que esto es solo una hipótesis y puede que jamás ocurra. Que hasta puede ser que el calor del añorado hogar me cobije y me arrope hasta el postrero suspiro existencial. Que cuando lleguen esas últimas jornadas el peso del cansancio acumulado a lo largo de los años y las maletas de tantas derrotas solo sean una carga de experiencia, batallitas que contar a los nietos, si llegaran, sin ningún regusto amargo. Pero me queda la duda que, como decía Borges, es uno de los nombres de la inteligencia.
   
    Y que decir más, si ni soy adivino, ni por supuesto se lo que ha de esperarme; seguiré viviendo plácidamente, comiendo y bebiendo lo que buenamente pueda, disfrutando de los dones que la vida me vaya asignando. Y después, con el paso de los años, si tiene que salir  el sol por Antequera, que salga, si ha de salir por donde quiera.

... si no estuviese tan oscuro a la vuelta de la esquina o simplemente si todos, descubriésemos que todos, llevamos un viejo encima. (Joan Manuel Serrat.)


sábado, 5 de febrero de 2011

De lo narrado por Steinbeck.

     


   He terminado de leer Las uvas de la ira de John Steinbeck, premio Nobel de literatura en 1962 y he de decir que su lectura me ha resultado demoledora, impactante. La historia contada se desarrolla durante los años de la gran depresión americana y Estados Unidos atraviesa la crisis económica más grande de su historia. Narra la odisea en busca de fortuna de una familia humilde de campesinos despojados de sus tierras, su éxodo de Oklahoma a California buscando mejorar sus condiciones de vida en medio de la violencia, la injusticia y el odio. Empujados por los patronos, propietarios de sus tierras arrendadas, son expulsados de ellas en aras del progreso y la mecanización; tratados como gusanos, como pobres perros sarnosos.

   “Las casas quedaron vacías en los campos y por ello la tierra parecía estar vacía. Solo estaban vivos los cobertizos de hierro galvanizado de los tractores plateados y brillantes. Cuando el motor de un tractor se apaga, se queda tan muerto como el mineral del que está hecho; el calor le abandona, igual que el calor de la vida abandona a un cadáver y así, tan fácil, el trabajo pierde interés y el hombre que conduce esa máquina, ese tractor muerto por un campo que ni conoce, ni ama, siente desprecio por la tierra y por si mismo”.

   Peregrinando hacia el soñado paraíso, a lomos enseres y personas de un camión desvencijado habrán de soportar muerte, hambre y miseria; vejaciones e injurias mientras todo el que sale a su paso se aprovecha de su desventura.

   “Uno que hace negocios tiene que mentir y engañar, pero él lo llama de otra manera. Eso es lo importante. Si tu vas y robas un neumático eres un ladrón, pero el intentó robarte cuatro dólares por un neumático reventado y a eso le llaman hacer un buen negocio”.

    Se imprimieron anuncios en los periódicos, se tiraron octavillas incitando a la gente a viajar hacia el oeste, al rico vergel californiano. Mientras, en Kansas, Texas y Oklahoma los tractores invadían mas tierras y echaban a los arrendatarios. Así, a California llegaron cientos de miles y otros se ponían en camino. Carreteras, sendas y caminos llenos de gente; gente hambrienta que corría como las hormigas en busca de un trabajo y por cada puesto surgieron diez pares de manos para ocuparlo y por cada ración de comida había diez bocas que se abrían.

   “Y sucedió el hecho que siempre acompaña; cuando hay gente, mucha gente que pasa hambre y frio, tomara por la fuerza lo que necesita: Entonces llegará la represión y el único resultado de la represión es la fortaleza y la unión de los reprimidos.

    Los grandes propietarios hicieron caso omiso de lo que dice la historia. La tierra fue usurpada, aumento el numero de los desposeídos y los patronos dirigieron sus esfuerzos a la infame tarea de la represión y se incrementaron los tractores que dejaban a la gente sin trabajo, las líneas de transporte que acarreaban las cargas, las maquinas que producen y las familias corrieron por caminos y carreteras buscando y mendigando las migajas de las grandes propiedades. Mientras, los grandes patronos formaban asociaciones para protegerse y celebraban reuniones en las que discutían como intimidar y asesinar.”

   Tras estas breves reflexiones me pregunto si este mundo en que vivimos, girando vertiginoso, presuroso y convulso, no estará volviendo a lo relatado magistralmente por Steinbeck. No olvidemos, queridos amigos, que la historia suele repetirse y el ser humano es el único animal del universo que se equivoca dos veces, tropieza otras tantas y repite asiduamente sus miserias e infortunios.
     

   “Si tienes problemas, estas herido o necesitado, acude a la gente pobre, son los únicos que te ayudaran, los únicos”….
  En cursiva, he transcrito, literalmente, lo narrado por John Steinbeck". John Ford filmó, basada en esta novela, una  de sus obras maestras protagonizada por Henry Fonda.