Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

viernes, 29 de julio de 2016

De la Calle Real, con sus tiendas y sus gentes.

    





      Satisfecho, como no podía ser de otra manera, de haber colaborado un año más, señal igualmente grata de que sigo vivo, en la confección del libro que anuncia la llegada de las ferias y fiestas del lugar, vengo a dejarles en mi posada de relatos el escrito con el que he participado y que versa, muchos lo recordaran de manera grata, de aquellos tiempos en que la calle Cervantes, que para los aborígenes es Real, y siempre lo fue y lo será, era un hervidero de gente. Unos comprando zapatos, otras útiles de mercería, los más saliendo del bar o de ver una película en el Cine del Patito y otros tantos persiguiendo a la dama de sus sueños. Con el deseo de que los días de fiesta venideros les sean gratos y placidos, disfrutándolos como a bien lo tengan, quedo con todos ustedes. Hasta la próxima, pues ….


        Hay días en que al anochecer, y con el pasar de los primeros gatos nocturnos, encamino mis pasos sin rumbo hacia la calle de Cervantes, que siempre será Real por estos lares, y debo confesarles que me invaden velos de nostalgia cuando solo contemplo vacío y palpo que el silencio flota donde antes campaban la algarabía y el ruido.
      Sonidos estos causados por el constante trasiego del ir y venir de las gentes del lugar  que calzaban sus pies con los zapatos y sandalias que compraban en la tienda de Castillo, y en otra muy populosa a la que después haré mención, se ilustraban leyendo los periódicos y revistas que les vendía la Paca “la de Vicencio” y adquirían los primeros aparatos y electrodomésticos ofrecidos a plazos por  Manolito “el de los aradios”. Los productos para la limpieza los vendían Paco “El Droguero” y su dependiente Juanito, que con el pasar de los años sería el dueño de la droguería y el asueto con su  diversión, de poca monta pero sana, se daba en los añorados futbolines del Chato. Las carnes las vendían el bueno de Estebitan y Vicente “el de la Belén”, mientras que los pantalones con sus camisas eran despachados por Alfonso Lillo en la tienda de confección de Abelardo Valencia y lo referido a la mercería era suministrado por Ferrer y también Urraca se dedicaba a esta cuestión, en un local que aún subsiste cerrado a cal y canto.  Los víveres, tan necesarios para la subsistencia de las gallinas en el corral, eran expendidos por los hermanos Castro y Pedro “El Patito” en sus tiendas de ultramarinos y bares, esos que nunca han de faltar para que el organismo funcione con la precisión de un reloj suizo, había unos cuantos que enumerados serán, para hacerles justo homenaje, al final de esta historia de amorosos ardores.
      Dicho esto, como introducción, y sin dilatar más la historia que hoy nos ocupa, hablaremos esta vez de aves exentas de pluma, de los varones que como pollos descabezados parecían ir sin rumbo, a veces eran kilómetros los que recorrían persiguiendo a la codiciada presa, tras el rastro que dejaban las hembras que, cual avestruces de cuello erguido, portaban sus reales por el circuito amoroso ubicado en la calle Real o de Cervantes aquellos años, en los que antes de ser un saltimbanqui titiritero, a este púber adolescente le inundaban el ser calores infinitos y pasmos convertidos muchas veces en espasmos.
      Digamos, que había un tramo corto y como más apresurado. Aquel que comprendía el espacio que iba desde el antiguo cine del Patito hasta la añeja tienda de Amando. Ya imagina este escribidor que muchos jóvenes lectores se deben haber quedado como en trance y  en Babia cuando mencionar he mencionado aquel comercio perdido entre las brumas del recuerdo. Por ello, habré de refrescarles la memoria para decirles y aclararles que este bazar de zapatos y complementos varios estaba en lo que en estos días de infortunio es la sucursal  de la Caja de Castilla La Mancha y antes fue el estudio fotográfico del valdepeñero Navarrete.
     También podía verse alargado el aludido circuito hasta el jardín sin flores de la  escuela del Jardinillo, encaminando los pasos hacia el sur, o hacia el puentecillo del Llano, si se perdían sin rumbo buscando el norte. Y era allí, a partir de aquel lugar clavado como divisa al fuego, donde estaba el límite de lo pasable, donde se encendían las pasiones y se desbocaba el instinto que, al igual que a toros bravos en busca de los chiqueros, conducía sin remisión hasta la oscurana del paseo del cementerio, donde a la vez machos y hembras, parejos y de la mano, daban rienda suelta a sus pasiones con tal fogosidad y apasionamiento que les importaba poco, llegados a tales extremos, el temor  a posibles apariciones, dada la cercanía del camposanto, de fantasmas llegados de la ultratumba o del progenitor, más terrenal y palpable, de la Julieta de turno, que bien pudiera, y sin previo aviso, molerle a palos las costillas al fogoso Romeo pretendiente.
     No duden que eran tiempos de muy variados comportamientos, unos aún anclados en la época pretérita que se había vivido y otros abrazados al nuevo periodo que se abría con el final del dictador y la sombra de su bota. Por ello no resultaba todo tan condescendiente y liviano como en estos días de pase por la entrepierna y es por eso que pasar el límite descrito era síntoma de catástrofe, invención y comentarios varios de las lenguas dañinas del lugar que bien podían tildar al masculino integrante del dúo de macho con un par y a la fémina componente, eran épocas de imperdonable machismo, de calentorra y dada sin desmesura al arte del metemanos.
     Entretanto, los que con menos ardores vivían, se afanaban en el rito ancestral de perseguir a la dama pretendida  que acompañada iba, y a veces hasta cogida del brazo, de amiga de confianza o hermana de mayor edad y juicio, por lo general más fea y de menos grácil compostura, qué amargaba la vida al pretendiente y tenía la misión encomendada de referir y contar con todo lujo de detalles, una vez llegadas ambas al calor  amistoso del brasero de la casa, los devaneos del candidato  y la hechura con que había aguantado la pretendida los envites del solícito macho.
   

      Así, emperifollados ellos con el atuendo de los domingos, por lo general escaso y hasta ridículo, que descansaba durante toda la semana envuelto en el fondo del baúl entre bolas de alcanfor y luciendo la tez afeitada horas antes en las insignes barberías de Sales Córdoba, Abdón Velasco y Angelito “El Cabezón” con olores  a colonia “del Varón Dandy” y peinadas ellas sus cabezas en las peluquerías de Belén y la María entre fragancias de Myrurgia, que se esfumaban al llegar a la intersección que en la calle del Cura formaba la mezcla a refrito pestilente que emanaba de los cuatro puntos cardinales desde La Campana, la tasca del Botas, el chamizo de Mauricio, el Bar de Luis y la bocacha inmensa del Cine de Cervantes, la vida pasaba y el tiempo, ese que con los años se nos va tornando escaso, discurría sin pausa, sin otro menester que no fuera esperar un nuevo día para seguir viviendo y un inédito amanecer para disfrutarlo.