Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

jueves, 30 de julio de 2015

Bares, que lugares ....

     






     Cierto y verdad es que no ando sobrado de ocurrencias últimamente. Será que las musas huyen de mi o que tanto exceso de calor me derrite hasta el entendimiento. Por ello, y siendo sincero, tenía pensado, es lo que tiene el acomodarse en demasía, que llegado este año el momento de enviar escrito a mi amigo el impresor Valverde para el libro de la Feria y Fiestas habría de echar mano de alguno de los múltiples relatos que duermen en los cajones de La Factoría Navarro.
     Y miren por dónde fue el alcalde de esta villa, con lo que está de más prevenir lo que haya de pasar, y buen amigo Mariano Chicharro quien hubo de instarme hace muy escasas fechas a que preparase con premura la misiva advirtiéndome, eso sí, que esta versase sobre las cosas y aconteceres de la villa y sus indígenas, en uno de esos relatos en blanco y negro que tanto gustan al personal, materia esta, hubo de señalarme, impulsandome a que arrancara como un cohete, en la que me dijo que era buen hacedor, con lo cual y pensando que pudiera ser que leyera los relatos de mi posada de escritos sintiéndose así engañado, no quedó otra escapatoria que engendrar una nueva criatura con la que llegó este parto.
     Y como fue en el Bar de Las Virtudes donde aconteció este hecho pensé que sería acertado componer un manojo de recuerdos a los bares que se fueron y que, salvo honrosas excepciones, ya no están. Aquellos donde vivimos momentos inolvidables. ¡¡¡Va por ellos!!!. Por los bares y sus gentes….

        
     Muchas de las canciones creadas por la pluma de Joaquín Sabina fueron escritas en servilletas de papel, es algo que asevera el mismo, y nacieron al cobijo de algún bar en una noche de parranda. Y será a aquellos bares de nuestro terruño, sitios de encuentro, de palabra fácil, confesiones sentidas y mil veces trascendentales, a quien hoy dedicaré estas líneas añejas.
      Y fue en uno de ellos, sin que recordemos cual, donde Manuel Piña Navarro, empresario que fabricó el primer hielo que hubo de refrescar el gaznate de los santacruceños y padre también de la conocida gaseosa La Pitusa, le contó al Bajillo, en los años en que fue alcalde, cómo Aurelio Urquijo, regidor socialista de la villa en los tiempos de la guerra, tenía por costumbre saludar a los parroquianos en su llegada a los bares con un “salud y con Dios, que de “tos” estaréis”.
     El bar LA GAVILLA lo dirigía Bautista Linares Larrea, cuñado de Román el Ciego. Estaba situado en la Calle Independencia y su tapa estrella era el tiznao, manjar muy apreciado en esta tierra, que degustaban los clientes asiduos mientras se afilaban las uñas jugando a las cartas. El CORTIJILLO, del que aun pueden hallar vestigios los lectores observando su puerta desvencijada, estaba situado en el Teatro Cine Santa Cruz y fue durante años regentado por Joaquín Puertas “Picasso” e Ignacio López Hernández. Lo más curioso del establecimiento, dadas sus reducidas dimensiones, es que tenía los urinarios a la vuelta de la esquina, al sereno y en la acera de la calle del Sulfuro que, por razones obvias, no necesitaba de vergeles para lucir “perfumada y bien oliente”
     El BAR de ZOILO se encontraba en la plaza. En el mismo lugar que después ocupó el de Dionisio Ortega y en tiempos más cercanos e inmediatos, aunque también me he mojado en demasía la calva desde entonces, hubo de ser la Dorotea con sus hijos quien abriese el BAR de LOS HERMANOS famoso por sus huevos encapotados. En la Calle Santiago, además de la taberna del CHIQUILIN, hubo otra dirigida por Aurelio a quien llamaban El Tigre y su hijo Jesús, apodado el Mono, por lo que es fácil deducir, sin que falta haga que se estrujen los lectores el intelecto, la razón del porque a la tasca, alabada por sus exquisitos callos, le pusieron por nombre LA SELVA.
    LOS PACHANGOS tenían una caseta veraniega situada a la entrada del Parque Municipal. La sociedad era la formada por los hermanos Castellanos, Virgilio y Antoñejo, junto a Paco Carrasco y Tiori, más conocido por el zopo Pachango, y su menú estrella estaba compuesto por vino en garrafas de arroba y gambas a discreción. Y habrían de ser sutiles herramientas los susodichos en el arte de darle al codo, del que pocos en el fondo nos sentimos ajenos, cuando se decía por los mentideros que el bar era autosuficiente puesto que, aun cerrado, reportaba beneficios.
     LA CEPA, cantina de paredes enjalbegadas, donde por primera vez se pudo leer el MUNDO OBRERO, ubicada en la Plaza de Andrés Cacho, frente a la Biblioteca, entonces sede de la Organización Juvenil Española, estaba regentada por MANOLICO y su tapa de postín eran las patatas “cocias” que revueltas eran con el vino a mansalva que habrían de desaguar los clientes del local, entre ellos Pepe Leches que se autoproclamaba como rojo de derechas, porque wáteres no había, en un bidón de gasoil cortado por la mitad. Cuentan también los más viejos del lugar, de mentes sin duda privilegiadas, que Manuel Gómez, al que apodaban Ojete, vecino del bar y propietario de la única televisión existente por aquellos contornos, cobraba, a bote pronto y sin mesura, el comercio es el comercio debía de pensar, cincuenta céntimos por el visionado de cada corrida televisada.
Muchos años después Francisco Poveda, apodado Pelele, buena persona y furibundo carnavalero durante la década de los 80, de vuelta de su viaje migratorio por las tierras catalanas, hubo de abrir en el mismo lugar el bar LA COSTA, siendo pionero en servir como exquisitas tapas las setas de pie azul y los chorizos en aceite y fue Jesús, el mono que había en LA SELVA, quien hubo de sucederle en la dirección del Bar hasta su postrera jubilación.
     Mala leche, repartida sin tasa y sin mesura, mostraba Mauricio en su BAR EL CONDUCTOR. Estaba situado, arriba o abajo, en los locales que hoy ocupa la Caja de Madrid. Era hombre, como diría Cela, de mirar huidizo y conversación escueta, pero ofrecía, eso nadie lo pondrá en duda, unas tapas de hasta chuparse los dedos. Lo complicado era pedirle un cubalibre, cosa extraña en aquel tiempo, porque se le elevaban hasta índices insospechados las dosis de mala uva y si pasabas a jugar una partida  a los chinos, juego esplendoroso que ha caído en el olvido, se ponía de tan mala jindama, que manifestaba hasta convulsiones, mientras señalaba con el dedo tieso el cartel que entre mugres anunciaba aquello de: “en este local tan pequeñito no se puede jugar a los chinitos”. Todo porque dada la escasa capacidad del chamizo, en el que no cabía ni una sola silla, el negocio exigía beber con prisa o salir zumbando.
    Hablar del Bar de LOS BOTAS, que estaba donde en la actualidad se encuentra la tienda de los paisanos de Mao-Tse-Tung, es recordar con velos de nostalgia a José que junto a su hermano Justo, y por decir algo, dirigía el local. “Hermoso ejemplar”, solía susurrar mientras plantaba una tapa de exquisito boquerón o añorado coreano delante de las narices del cliente que absorto contemplaba el bullir de los posos dentro del vaso de vino, a lo que José, observador y conciso, replicaba: “bebe sin asco que son los elementos”, para terminar indicando al individuo que con premura se disponía a hincarle el diente a la tapa aquello del: “no le soples como no sea “pa” quitarle el polvo”. Al cierre de esta universal taberna hubo de ser su sobrino y descendiente quien abriese el MESON JOSE LUIS en la calle de Carneros siguiendo con la tradición de la estirpe de los Botas. De igual raigambre, y con la misma solera, tenía y tiene su bar CACHERAS en el Paseo Castelar donde desde siempre se han podido degustar los mejores caracoles del suelo patrio.
    En LA PARRALA, tasca aposentada en la Calle del General Espartero había tres tinajas con sus leyendas grabadas. En una decía: “si bebes de mis entrañas serás un héroe de España”, la segunda advertía que: “si bebes para olvidar paga antes de empezar” y la última, categórica sentenciaba que: “donde el vino entra, la verdad sale”.
     Jamás, y es sentencia que dejo clara, volverán a degustar los paladares de este manchego lugar rebozados tan exquisitos como los de BAR DE LUIS sito en la Calle Cervantes. Crujientes y deliciosos, elaborados por su esposa Laura, pescados, gambas y coliflores pasaban a ser, entre sus manos maestras, manjares dignos de exigentes dioses. El BAR DEL MEMBRILLO, famoso por sus patatas cocidas y las sardinas con sus pimientos estaba, regido por Gregorio junto a su esposa, al principio de la calle que aun ostenta el mismo nombre. Y en la calle San Sebastián hubo de abrir Jesús Castro el BAR LAS VEGAS  que después pasaría a ser el que todos conocemos por RAMON, popular por sus refrescantes rebujitos.
     Y en LA CAMPANA, como no hablar del bar del pueblo, en los tiempos en que estuvo dirigida por Jesús y su cuñado Máximo fue donde entró, algún día de un año que se me pierde en la memoria, un despistado transeúnte que absorto no contempló el escalón perenne que había como a dos metros de la barra, tropezando y cayendo, mientras el bueno de Paco Mula gritaba: “Penaltyyyyyy”, desde un extremo.
     
     
     Me dejo, y soy consciente de ello, muchas otras ermitas en el tintero, pero las exigencias de espacio que impone el impresor, mi buen amigo Valverde, han sido ya sobrepasadas obligándome a poner punto y final a este relato. Agradeciendo con el corazón a mi amigo del alma Bajillo que me haya refrescado la memoria para contar esta historia y deseando que disfruten de unas merecidas fiestas al arrebujo siempre grato de los bares actuales les pido que nunca olviden, por ser sentencia certera, que es en ellos donde se gestan momentos inolvidables de nuestras vidas. “Bares que lugares, tan gratos para conversar, no hay como el calor del amor en un bar”. Benditos Gabinete Caligari. Hasta la próxima, que pudiera ser que fuera de tiendas y tenderos, si Dios lo quiere y el cuerpo me aguanta, soy con ustedes….