Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

lunes, 18 de mayo de 2015

Las recetas de Maurito Verbenas. Paella del señorito.

  

                                                              
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     Desde hace un tiempo les vengo cansando la cabeza con el anuncio de mi inminente regreso hasta el arte de la escritura que, como bien saben y desde que ingrese en la empresa más boyante del suelo patrio, que ahora por suerte he abandonado, tenía sumida en el abandono y a punto de echar al pestilente carro de la basura. Mas como ya dice el refranero, que tan cierto y veraz resulta en multitud de ocasiones, no hay bien ni mal que cien años dure, ni cuerpo, hemos referido siempre por estos sagrados lugares, que lo resista.
     Por ello, aquí me tienen de nuevo, más viejo,  pellejo y con algunas costras de adorno como los galápagos, dispuesto a traerles una nueva receta culinaria, que aderezada irá con otros ingredientes, del variado recetario del Maurito Verbenas que tanto éxito tuvo en sus inicios. Figúrense que hasta el eminente actor Juan Echanove tuvo la deferencia de leerlo e incluirlo en UN BLOG PARA COMERSELO, lugar que encarecidamente les invito a visitar y degustar puesto que habrán de quedar gratamente sorprendidos.
     Bien saben los que habitan estos eriales manchegos, y quienes hubieron de partir en busca de sustento y fortuna a otros lugares, que en este pueblo castellano el día grande, o de la patrona, se celebra el ocho de septiembre aunque también celebremos otro en el mismo lugar, con parecido boato y con menos asistentes, el 25 de abril o día de San Marcos, con sus bares, sus tapas, la caseta de los churros y su corrida de toros. Así que por ello, y porque evidentemente no había cosa mejor que hacer, decidimos el día anterior a la festividad poner rumbo a Las Virtudes  para ir preparando con tiempo la intendencia a la espera de que familiares y amigos hiciesen su aparición para pasar en franca y agradable compañía tan grata jornada festiva en la que no habrían de faltar, porque siempre sobran, pistos con diversas carnes, tortillas de patata al gusto y productos derivados del cochino que tan sabrosos resultan al calor amistoso de la lumbre.
     Y en tan trabajosas celebraciones nos tenían que a la caída del día, del que no hemos referido que era sábado, decidieron, en estos asuntos el varón rampante suele andar escaso de voz y voto, la santa con la infanta de los lloros, que estaba como si le hubiese pasado por encima un camión de 50000 Kilos después de tanto jolgorio y un servidor de ustedes con sus achaques, años , vino y cervezas encima que no era mala idea la de quedarnos a pernoctar en Las Virtudes puesto que aposentos con sus camas no nos habrían de faltar y leños, de momento y para alimentar la lumbre, hay remesa como para poder asar entera una piara de benditos cerdos.
     Pasada la noche, que siempre pasa pronto, aunque no sea mi caso si no es acompañado de una tortilla de somníferos, cuando se duerme a pierna suelta y con menos preocupaciones que un pachá de Turquía, alumbróse un nuevo día que hubo de ser, para mi gusto y deleite, de esos que doy en llamar celtas porque salpicados están de nubarrones y eso en Las Virtudes y visto desde las ventanas de mi humilde morada, contemplando monte y encinas, es como tocar el mismo cielo con las manos y les aseguro, con absoluta certeza, que hay que tener menos sensibilidad que un elefante, aunque ignoro el grado en que la tienen, para no sentir hasta el alma sobrecogida ante tan excelsa belleza.


 

      Por ello, y entramos en faena, y porque es herramienta afín a casi todos mis gustos, ahora hasta le dio por la lectura y devora libros de igual manera que se bebe los botellines, me dispuse a llamar con premura a mi amigo del alma y hermano de leche y farra, Juan Socorro Sánchez Marín, a quien todos por estos contornos conocemos cariñosamente como El Pavo, sin saber, al menos quien esto escribe, a que se debe semejante apelativo en un bicho de dos patas que difícilmente alzará vuelo con sus 120 Kilos, para que tuviese conocimiento de que invitado estaba junto a mi querida Virtudes, su amantísima esposa, a la degustación de una paella del señorito, plato culinario de nuestro selecto gusto y que en nada, eso puedo asegurarlo, tiene que envidiar  a los arroces que se cuecen por las costas del Levante. Antes de continuar decir, porque ustedes se lo preguntaran, que la llamo del señorito porque todos los ingredientes, salvo almejas y gambones, van pelados y sin raspas con lo que su degustación es cosa como de coser y cantar.
     En principio, este detalle es importante y de obligado cumplimiento si quieren aprender bien la receta, y tienen como jefe de intendencia al ave antes mencionada, han de alojar, sin contemplación ni miramiento, botellines y vino blanco, el tinto se bebe del tiempo, en el congelador del frigorífico para acometer con premura y sin descanso la primera etapa de la tarea encomendada.
     Comenzaremos por poner, esto es algo que de simple resulta evidente, la paella en el paellero que tendremos encendido y cubriremos, este paso es de vital importancia, de aceite de la tierra, muy verdoso y cojonudo, todo el fondo, que por aquí llamamos culo. Previamente habremos de haber comprado como un kilo de gambones, ahora les cuento el porqué aunque parezca excesivo, a Enrique “El Pescadero”, que freiremos cuando el aceite esté en su punto, vuelta y vuelta, para después reservarlos y apartarlos,  dejando que suelten sustancia y será entonces cuando, sin previo aviso y con suma habilidad, el mencionado humano volátil y un servidor abrirán las primeras cervezas que después vendrán como en fila india y nos comeremos, por ello fueron comprados con colmo, los primeros gambones calentitos de la mañana, tapa sabrosa y sin igual, mientras contemplamos como las primeras gotas de lluvia empiezan a caer sobre campos y barrancos. Con anterioridad, esto es obvio y de ello se encarga algunas veces mi cuñada Mercedes, hábil peinadora de las femeninas cabezas del pueblo, tendremos cortados, sin recato ni mesura, cebollas, ajos y pimientos que sofreiremos hasta que pasado un rato y viéndolo bien pochado, añadiremos troceados el atún, los chipirones, el calamar y hasta pez espada y cuantos bichos de mar, incluidos huesos de rape, estimemos convenientes y que habremos igualmente de pochar, sin prisa pero sin pausa, añadiendo después tomate triturado al gusto y dejándolo hacer hasta el punto de que es el momento y la ocasión, a estas alturas los sudores empiezan por doquier a aflorar, de tomar otra cerveza y zamparse otro gambón.
     Y así, cuando todos los compuestos expuestos vayan cogiendo el color que cogen las cosas sabrosas de la vida, echaremos mano del arroz que estimemos necesario,(este servidor de vuesas mercedes siempre cocina de media un kilo por dos razones que le resultan esenciales y que vienen a ser, por orden y sin tapujos, primero, que la santa se zampa lo suyo y lo de otro y segundo, que si sobrar sobra, este mortal relatador de tan apetitosas vivencias capaz es de estar comiendo, como los chinos, arroz durante una semana), y lo mediremos en el recipiente que estimemos adecuado para después medir también el doble con uno más del caldo que con anterioridad habremos preparado con unos huesos de rape, algún pescado que consideremos oportuno y las cascaras de las gambas que reservadas tendremos para cuando llegue su ocasión y momento.




     Y es ahora cuando, si no tengo la prudencia de colocarme el mandil, aquello que me tape el “musculoso” torso, se habrá de ver como se veían, y a buen seguro se siguen viendo, las camisas de mi buen amigo Paco Bravo cuando comíamos pistos y tiznaos en los bares y en las fiestas de los santos viejos, porque llegado es el instante de arrojar sobre las fauces de la paellera el arroz, ingrediente esencial en este plato, y dispuesto hay que estar para darle vueltas con fuerza y sin pausa evitando que se queme para  llegado el justo y esplendoroso momento en que lo oteemos sonrosado y sonriente arrojarle sobre la crisma el caldo que habíamos reservado, si no tenemos el suficiente y falta hiciera le añadiremos algo de agua, distribuyendo con pausa y buen tino liquido y elementos de mar por igual en la paellera que aderezaremos con unas hojas de laurel, el necesario colorante y unos polvos de pimienta negra molida a la espera de que rompa el condumio a hervir. Y llegados a este punto, y nunca después, debido al exceso del trajín, nos habremos de beber otro par de botellines, por cabeza, a los que previamente el ave pava volandera habrá de acompañar con unas cuñas de queso excelso, tan exquisito en esta manchega tierra.
     Y vuelve a llover, ahora con fuerza inusitada, mientras los leños arden en el fuego como poseídos por una fuerza divina y Mercedes, mi cuñada peluquera pide el mortero, que nunca sebe donde se encuentra, para machacar en sus adentros ajos y perejiles que arroja sobre el caldo que hirviendo está como caldera de Pedro Botero. Y a sus entrañas van también un buen puñado de almejas y las gambas peladas que teníamos guardadas para la ocasión y dándole gas al asunto, para que hierva con alegría, me quito el mandil, puesto que pasó el peligro, y el gorro que me puse para que no cayesen pelos en la comida debido a mi “poblada melena” mientras me dispongo a realizar la apertura de una botella de Viña Lastra, exquisito vino blanco de nuestro amigo y paisano Fernando Castro que habremos de degustar con otro puñado de los mencionados gambones. Decir también que las hembras entretanto beben vermut, exquisito donde los haya del Agapito valdepeñero o malo hasta reventar de la última oferta de cualquier supermercado.
     El caldo de la paella casi se ha esfumado cuando me dispongo a vestirla de gala con tiras de pimiento morrón y los gambones que  sobraron, siempre los justos y ni uno más, mientras apago el paellero y coloco sobre la paella un paño blanco e impoluto, de los que hacía hasta con dobladillo mi siempre añorada madre, pugnando porque no me vea la santa, que siempre se cabrea porque se mancha de aceite. Y por fin, siempre suelen ser pasadas las 16 horas y a veces, esto ya es guasa, o no, adivinen la adivinanza, a la llegada del telediario de la tarde, dispuestos estamos a disfrutar de tan preciado manjar y prestos empezamos el engullimiento, los unos con prisa, la santa también y alguna despacio, mientras El Pavo, ¡ que sutil herramienta parió su madre!, dice y comenta con el bocado en la boca que para merendar ha traído unos conejos que haremos al ajillo, receta de la que si no me muero, me apetece y tengo tiempo habré de darles cumplido detalle en otra ocasión venidera. Entretanto, llueve sobre los tejados, sobre los barbechos y sobre los aleros de nuestra milenaria plaza de toros, mientras la vida, esa puñetera que a veces se torna difícil, nos agasaja con una tregua. Y arropado por esta gente a quien de verdad quiero, siento, aunque es algo que siempre tengo presente, que su disfrute, el de la vida con sus asuntos, no va necesariamente unido a la posesión de inmensos bienes materiales sino más bien, y esto lo tengo claro, al delicioso hecho de disfrutar de estas pequeñas cosas que nos hacen masticar el aire.