Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Días de zonga

     

                                          


      Siempre fueron de mi gusto las fiestas navideñas, no por el hecho, y esto es punible, de la religiosidad que atesoran y conllevan, sino por la celebración, algarabía y cachondeo que me anticipan de antemano. Debe ser, que a su vez es cosa de herencia, porque mi abuelo Santiago en los difíciles años de la posguerra, cuando el hambre y la necesidad asolaban los cuatro puntos cardinales de la entonces “grandiosa” España, solo necesitaba la lata de hojalata de un envase de aceitunas que le regalaban en la tienda de los Escobones , la piel exigua de un conejo que se había comido otro humano de dos patas y un palo, de no sé qué variedad, criado en las frías solaneras del campo manchego, para fabricar una zambomba con la que dar la tabarra a medio pueblo siendo esta costumbre que cultivó hasta el fin postrero de sus días.
     En estas tierras manchegas se daba mucho, en los tiempos que ahora discurren la cuchipanda poco tiene que ver con la de aquella época relatada, la  conmemoración del día de la Nochebuena y ya desde mi más tierna adolescencia empecé a rememorar con conocidos y amigos la llegada del Mesías en lo que venimos a llamar por estos lares zonga, que no es otra cosa que la junta en reunión, bajo el techo de cualquier cubil, casa o guarida, para comer y beber desde la anochecida hasta los albores del alba. La primera zonga de mi vida, en Valdepeñas más monacales y eruditos llaman a esta juerga maitines, tuvo lugar en la cocina de Juan de Dios, el abuelo de Mayoral, gran amigo de la infancia. Pueden imaginar, les estoy hablando, poco más o menos, del año en que murió el innombrable o lo que es igual del 1975, que con los 14 años por cumplir y en tiempos tan poco dados a  la soltura de vidas y haciendas, advertencias, consejos y avisos primaran en la mente de mis queridos progenitores a la hora de dejar por vez primera al vástago primogénito una noche entera sin control y a su santa bola, aunque bien es cierto que una sola mirada de mi padre era válida y concluyente a la hora de saber, “mu bien sabío” , todo lo relacionado con el camino a seguir en hechos y comportamientos.
     La velada trascurrió a la perfección en aquella primigenia celebración, hasta que alboreando el día y de vuelta a nuestros hogares, el ser primitivo que anidaba dentro del camarada Manolo desató sus fueros incontrolados, llevándole a emular, con detalle y precisión, a los atletas de las olimpiadas que se habían celebrado en Múnich, cuando se puso a saltar sobre los techos de los coches de los señoritos que estaban de parranda en el casino y que había estacionados desde la esquina de las Loritas hasta la puerta de Gloria López, con tal estrepito y algarabía que la llegada de los municipales con Casimiro “El Mella” a la cabeza fue cosa como de coser y cantar. Si algo achacable tiene la vida en el pueblo es que todos son conocidos y a todos se les conoce por lo que el asunto de la identificación de personas y personajes fue cuestión de segundos y la denuncia, en aquellos tiempos no valían excusas y arrepentimientos, se hizo extensiva a todos los integrantes del grupo.
     Ante la gravedad de los acontecimientos relatados, aunque después todo quedó en agua de borrajas, pueden imaginar que la subida por las escaleras de la casa de mi infancia en aquella fría amanecida de Diciembre, se tornase como se dice en el pueblo, asunto de “trago y tragantá”, por la simple razón de dos cuestiones bien diferenciadas. Una, la que me llevaba a rebelarme contra la injusticia de ser acusado del delito no cometido y otra, la que más me escocía en los adentros, que me llevaba a cavilar si los creadores de mis días vendrían a pensar que no era digno merecedor de su confianza.
     En los años que siguieron las celebraciones se trasladaron a los escenarios más variopintos. Desde la casa que en la calle del Marqués de Mudela tenía alquilada Juanito Lázaro,  tendero de renombre y padre de mi amigo Juan Carlos y que en tiempos actuales acoge, entre otros inmuebles, el bar-cafetería Centro donde a veces y cuando puedo degusto sabrosas tapas regadas con botellines fresquitos, hasta la cocina centenaria de la abuela de Virtudes e Isidoro Bravo, protagonista estelar de los Divinos Asuntos. Fue entonces cuando hizo su aparición en escena, venido desde las opulentas tierras catalanas mi amantísimo primo Antonio que era, ahora con los años ha ganado apostura gracias a la dentadura postiza, como un calco aproximado del menos agraciado de los Hermanos Calatrava, aquel que cuando se  ríe  abre la boca de oreja a oreja como un buzón de Correos, y que una vez comprobado el boato festivo con que se celebraba en estos lugares la venida del mesías, aunque también tuvieron que ver las santacruceñas, los cubalibres y el vino, no hubo de faltar durante años, ahora solo aparece en los entierros, a tan especial conmemoración. Y allí, durante aquel tiempo maravilloso de pandilla y enamoramientos, arrobados, escuchando los acordes empalagosos y bellos  de Cat Stevens y las baladas, adoradas por nuestras féminas amadas, de un duo de almíbar llamado Pecos, entre arrumacos y toqueteos, nunca más, pues el solo roce decían que embarazaba, continuamos celebrando Nochebuenas a mansalva.
     Por entonces el fin de año tenía su dosis de apogeo en la discoteca Lord Jim regentada por dos valdepeñeros que se hicieron de oro. Baste decir que al terminar la Nochevieja y aflorando el año nuevo, después de las campanadas, una marea humana inundaba el citado lugar desde la pista de baile hasta los urinarios de la entrada, sembrando de cabezas, efluvios y sudores aquel ambiente enrarecido, mientras eran degustados cubalibres de ginebra y whiskys de garrafón que podían reventar sin compasión al mas “pintao” la mollera.
      Con el paso ineludible del tiempo llegó la noviez y con ella los inolvidables años en que fui titiritero y las celebraciones de tan sagrada festividad se trasladaron a las diferentes sedes en las que fue aposentando sus reales el afamado Grupo Mudela. Fueron primero las extintas escuelas del Jardinillo, donde hoy se encuentra el Centro Médico, lugar de farra y jarana en el que  música y  griterío debía ser medido con cautela, no por el hecho a tener en cuenta de las posibles molestias causadas al vecindario sino por la posible posibilidad de  que dado su estado de avanzado deterioro se nos pudiese, con tanto salto y temblor, derrumbar la casa encima.
     Debido a la apertura de la anteriormente citada discoteca, el añejo Club  Septum , ubicado como sabemos los entrados en años y canas, en la plazoleta de Andrés Cacho entró en un irreversible deterioro llevando esta circunstancia a su irremediable cierre y fue por ello que hubimos de pedir con cautela, sigilo y moderación, no era el alcalde Antonio Cobos hombre de muchos remilgos, que nos fuera concedido este local como lugar de ensayos en nuestro quehacer teatral. Y concedido el deseo, había de ser también aquel icono de celebración festiva y territorio en el que generaciones de santacruceños habían bebido al son de los ritmos acompasados de Queen, Los Rolling Stones  y Peter Frampton , mientras se metían mano oyendo el  Wish You Were Here de Pink Floyd, lugar donde continuar con nuestras farras navideñas volviendo de alguna manera a revivir el vetusto club la vieja gloria vivida en décadas anteriores.
     Mas como no hay bien ni mal que cien años dure, ni cuerpo que aguantarlo pueda, jodióse el invento el día en que nos fue comunicado que, con prisa y sin pausa, habíamos de abandonar el lugar porque su derrumbe era inminente, habida cuenta de que en el mismo solar se iba a edificar la actual Casa de la Cultura y la Biblioteca Municipal. Y de esta manera precipitada nos tienen otra vez, amables lectores, pidiendo, como mendigos de barba rala en la Gran Vía madrileña, nuevamente al alcalde Antonio, para los amigos Camy, nuevo lugar donde desarrollar el oficio del arte y el ensayo, siéndonos concedido después de variados encuentros y encontronazos lo que haber había sido el Bar de Los Revoltosos ubicado en una de las esquinas de la plaza de la villa. Cual nómadas gitanos de la lejana Rumanía volvimos a mudar enseres, trastos, utensilios y bártulos al mencionado lugar donde casi fenezco en plena juventud, aunque esa es otra historia, y una vez emplazados y dispuestos llegaron nuevamente los días en que se canta hacia Belén va una burra y decidimos que era acertado celebrar el repetido nacimiento de la criatura en la nueva sede concedida.
     Aquí fue donde las argucias en cuestiones de sonido hicieron que el amigo Lorenzo, de apellido Molina como el cantante jilguero, dispusiese con plato de discos, mesa de mezclas y casetes varios una artesanal discoteca, mientras este cansino escribidor grababa cintas a discreción, que aún conserva, con canciones del Último de la Fila, Duncan Dhu y los Nacha Pop entre otros muchos olvidados, que mezclados con el Del Sur a Cataluña que cantaba Tijeritas hacían las delicias de los bailones integrantes del grupo, aunque justo es reconocer que llegado el momento culminante y con los efectos de las bebidas y sus compuestos, siempre llegaba la petición clamorosa del pasodoble Islas Canarias, que era bailado por la totalidad de los celebrantes entre tumbos y mareos. En una de estas celebraciones hizo aparición un espécimen de difícil catalogación venido del Castellar de los pucheros integrante de un grupo teatral de aquel perdido lugar y de nombre Aniceto que le daba con fruición al asunto de los porros. Un servidor, que nunca fue dado a este menester, le dio aquel día por fumarse un canuto de parecidas dimensiones a los que con placentero deleite fumaba extasiado Bob Marley en la portada de sus discos y puedo asegurarles que casi perezco en el intento pues la mezcla de los compuestos bebidos con aquel cigarro inmundo extrajo de mis tripas hasta la última papilla que con paciencia y buen hacer habíame dado mi madre en mis días lejanos de criatura ochomesina.
     Casados estamos ya, el tiempo trascurre con premura y sin piedad, y van llegando los primeros descendientes con lo que la fiesta navideña se traslada a la huerta de Fu-Fú que no es chino aunque parecerlo pueda. En aquel lugar acogimos en una de aquellas noches de paz a un argentino pianista con más costras que un galápago y la sabiduría de Einstein, “pa” su prima el pisto, del que nunca supimos procedencia concreta, ocupación, ni destino y que vino a metérnosla doblá como se dice en la villa, pensando que eran pardillos, siendo avezados y listos, estos habitantes de pueblo llano. Allí, al albor del amanecer de un día de navidad, nos pusimos a elaborar churros caseros un servidor y su amigo del alma José Testón . Amasados los ingredientes de manjar tan exquisito, caímos en el detalle de que churrera no había y prestos, siempre fuimos resueltos y de rápidas decisiones, fabricamos un artilugio con una botella de plástico vacía, hicimos un agujero en el tapón y apretando hasta casi la defecación, conseguimos que el harinoso mejunje cayese en el hirviente aceite de la sartén y fue tal el pedo que pegó el compuesto, que pegado quedo en el techo cual perenne estalactita.
     Acercándonos al final puesto que hora va siendo, habremos de decir que todo acaba en la vida y por ello estas añoradas fiestas entre amigos y compañeros han ido tornándose en asunto más recogido y de familia. De esa manera, como bien dice el refrán, cada mochuelo retornó a su olivo y en estos tiempos presentes la llegada del niño Jesús, que comedido me he vuelto, es celebrada con los más allegados y cercanos sin que por ello tenga que faltar el oportuno momento en que aparece por la casa algún antiguo pájaro volandero con quien degustar unas gambitas y un tinto de la tierra, terminando por cantar, por decir algo y poner punto final, el conocido cantar del Hacia Belén va una burra.



   






jueves, 11 de diciembre de 2014

Una carta de George Carlin



                                   






Hoy hice mía y le puse voz a la carta que el gran cómico George Carlin escribió poco tiempo después de fallecer su esposa. En ella queda expuesto y desnudo lo que debiéramos hacer y habríamos de desechar, en mi humilde juicio, para andar dignamente por este camino llamado vida.