Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

jueves, 20 de febrero de 2014

Entre gallos y medianoche....

       



     
      


      Se preguntaran ustedes, y si lo hacen lo harán con razón, en que haciendas o menesteres varios se hallará inmerso este escribidor de poca monta para tener sumida casi en el abandono esta humilde posada de escritos a la que cada vez llegan como más espaciados mis recuerdos y divagaciones. Y este servidor habrá de contárselo, no sientan por ello pena.
    Verán, ocurre, y ya debo haberlo contado en anteriores ocasiones que este sin vivir del estar sin oficio ni ocupación es motivo sobrado para que cunda en el ser el desasosiego y la desidia y para que, sin apenas percibirlo se vaya uno dejando, como decimos en el pueblo, a la buena de Dios. Así aficiones que antes me apasionaban ahora apenas me motivan nada aunque, como no hay bien ni mal que cien años dure, ni cuerpo, digo yo, que lo resista, este servidor de ustedes tiene claro que está en la obligación de resistir estoicamente los envites de esta miserable ola que pugna por lanzarme desde los acantilados hasta el fondo de un mar plagado de tiburones.
    Les contaba, y con esto cambio de tercio y asunto, en mi anterior escrito de las divagaciones que suelen acontecer y poblar las cabezas de mis dos damas longevas y habré de volver sobre el mismo tema para contarles que una de ellas, la más provecta, mi tía de 87 años, se hubo de escacharrar el pasado martes, motivo por el cual hubimos de salir como a salto de mata y sin freno hacia las urgencias sitas en el hospital del cercano pueblo de Valdepeñas donde hubieron de ponerle otro parche que le refuerce las defensas para continuar por estos mundos transitando.
     Y fíjense, pensaba un servidor, mientras dejaba pasar el tiempo en lugar de visita tan poco apetecible, en lo débil que resulta y es la condición humana. Ustedes se habrán dado cuenta, y más aún los que cargan a sus espaldas con una mochila considerable de años, de que hay pobladores de este mundo desenfrenado que bien parece que hubiesen sido acogidos en su seno para hacer bien hecha la puñeta al prójimo y a quien le rodea. Y son esos, que ni viven ni dejan vivir, los que amasando fortunas a costa de quien se precie piensan que el sol solo sale para su gozo haciendo muy suyo el dicho sabio que dice aquello del pan “pa mi” aunque los demás no coman. Y cavilaba, observando los quehaceres propios de las enfermeras, la triste condición del que vive aferrado a lo que de material tiene este transitar transido creyendo, aunque no habrá de conseguirlo, que capaz será de transportar hacia el otro mundo su riqueza, cual faraón a su tumba como en el antiguo Egipto, sin pensar que llegado será el día, ineludible y seguro, en que habrá de volver cual tierno infante, pero con el deslucido pelaje que da el traje de la senectud y los años, a permitir que le quiten los pañales cuando necesario sea.
     Ya saben, y si no les pongo en antecedentes, que soy insomne crónico. Es una de las consecuencias, entre otras muchas, que debo al eterno trabajo nocturno que cambió mis hábitos, usos y costumbres hasta límites poco saludables sin que de mucho sirviera, vista con el paso del tiempo la situación en que me encuentro, y que hace que, olvidada mi dosis diaria de Somnovit, me sea imposible conciliar el más leve cabeceo entre ruidos de aparatos que distribuyen oxigeno, aerosoles, monitores varios y los lógicos quejidos que emanan de los que postrados están en sus camas. Es por ello que después de echarle un ojo a mi anciana tía, que emite unos ronquidos asemejados a los ruidos que hacia un Barreiros modelo de los 50, me calzo los botines que hube de quitarme por temor a que me cocieran unos pies que después de un día de trasiego desprendían vaporosos y etéreos perfumes, me enfundo el gabán que vino del Norte y me encamino hacia la salida en busca de un soplo de aire fresco mientras observo como dormita el personal, son malas horas para mantenerse en pie, en la sala de estar que hay a la entrada.
     Y llueve. Llueve copiosamente en esta fría madrugada y una quietud inmensa, silente y desconocida en lugar tan transitado durante el día, invade rincones desde los que asoman gatos, astutos pobladores de la noche, que pululan entre calles y callejones buscando sustento en los contenedores de la basura. Cruzo la calle y empiezo a pasear. Siempre fue para mí de un deleite placentero la cuestión de pisar charcos. Siento, a pesar de la capucha que me cubre, que el agua empapa mi despoblada cabeza y soy consciente de que el tiempo, impasible e ineludible, que en los lejanos años de juventud adolescente discurría lento, cada vez se acelera más mientras se va acortando llevándonos, sin prisa pero sin pausa como el calabobos, hasta una meta segura e inevitable. Esa de la que nadie se escapa y que Jorge Manrique relató con inusual maestría en las coplas dedicadas a la muerte de su padre.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ricos caudales,
allí los otros medianos
y mas chicos
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.