Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

jueves, 16 de enero de 2014

De un dúo muy peculiar ...

     


         
     

      Una, mi tía, habla hasta por los codos, acaba de cumplir 87 años y difícilmente dirá tres cosas hilvanadas que ciertas sean a la vez. Así, puede hablar y disertar sin freno ni control sobre haciendas de vecinos, dichos de los viandantes y otros asuntos que acaecen en el pueblo sin haber puesto el pie en la calle desde hace años. ¿Cómo entonces, se preguntaran ustedes, asevera con tanta rotundidad tales acaecimientos y sucesos?. Yo pienso, sin temor a equivocarme, que simplemente cree lo que se imagina, porque a veces, las más, abraza supuestos de lo que pudo ocurrir y jamás pasó, de lo que puede pasar sin que jamás pase o de lo que, supuesta e ineludiblemente, habrá de desatarse sin que exista asomo alguno de que tal hecatombe tenga fecha volviendo como un calcetín las noticias que Matías Prats, objeto de su veneración, y a quien saluda amablemente con un “buenas noches hijo mío” cuando este a su vez hace lo propio para con sus televidentes seguidores mientras asegura, a mi tía me refiero, que habrá guerra en España aunque el citado dijo en Siria o que desembarcaron tres pateras en La Puerta del Sol de Madrid habiendo arribado estas en las costas del soleado suelo andaluz.

     La otra, mi madre, a punto de coronar los 82, también fue siempre, de casta le viene al galgo, impenitente parlamentadora, aunque el paso de los años y el peso de la enfermedad la hayan ido sumiendo y acercando a un mundo imperado por sombras. Así todas las mañanas, mientas leo un libro tras otro en el ebook que me regale por el verano, la una continua con sus imaginarias historias y la otra, muy de vez en cuando, la mira con obstinación y la conmina para que calle en su perenne charla. Y me viene al recuerdo cuando de niño las observaba realizando las cotidianas labores de la casa y siempre llego a la conclusión que el discurrir de la vida no fue en exceso amable con ellas. Nacieron en la época convulsa que precedió a la guerra civil y entre carestías, penurias y otros menesteres de ingrato recuerdo crecieron en el humilde hogar de su padre Santiaguillo donde además, como pueden comprobar eran en evidencia otros tiempos, vivían sus abuelos que respetados por todos reinaban como señores de la casa. Pasada la guerra el poco dinero que ahorrado tenían, aquel que la abuela Benigna inducía a gastar al abuelo, solo sirvió, como este decía, para hacer cuadros, con lo que aun debió de ser mayor la escasez y miseria que les hubo de arropar junto a sus otros hermanos, un varón y  tres hembras, que tuvo a bien descargar la cigüeña . Después la una, que nació soltera de por vida, trabajó en lo que buenamente pudo, bien fuera en las tareas del campo o en aquellas que se realizaban en las antiguas tejeras que entonces existían por estos lugares y la otra, mi madre, hubo de entrar a trabajar al servicio de la Tía María junto a la que aprendería las rudas labores de la casa y el oficio de peluquera que habría con el tiempo de servirle para dar de comer a la prole. 
     Al final, miseria y trabajo rudo siempre van unidos y sin el uno no se sale de la otra. Y me pregunto, aunque prefiero no contestármelo, que les ofreció a cambio esa vida penosa y trabajada llegando a la convicción de que fue poco, y con cuentagotas, lo que hubo de brindarles. Para ellas, aunque no habrán de saberlo porque daría igual, es la canción que de fondo canta mi buen amigo Joan Manuel Serrat.



jueves, 2 de enero de 2014

De los Magos de Oriente y sus "cuantiosos" regalos.

       
     


      


     Decidí, por aquello de que much@s no saben volver atrás en los caminos de la factoría, volver a sacar del baúl este relato. Además permítanme, por aquello de que es tiempo vacacional, aunque de momento mis vacaciones sean perpetuas, que me tome un descanso mientras le doy a lo más recóndito de mi pobre intelecto. Y aunque nada tenga que ver con lo narrado, aunque en el fondo lo tenga, les quise regalar también una maravilla hecha canción por mi buen amigo  Joan Manuel Serrat y que fue escrita, comprobaran que ha llovido, en el año de gracia del 1983. Escúchenla, porque su vigencia es total en nuestros días. Sobre cuando dice aquello de: “ No esperes de ningún modo que  se dignen consentir tu acceso al porvenir los que hoy arrasan con todo”. Y que no se les olvide ser felices. O al menos intentarlo si algún hijo de mala madre les nubla el día …      
       
  Melchor, Gaspar y Baltasar ocuparon una parte importante de mi primer transcurrir transido por los caminos de la vida. Y digo esto, porque dada mi  débil condición y el hecho añadido de que la hacedora de mis días fuese mujer siempre ocupada en las hacendosas tareas del aseo y mantenimiento de la infame casa de mi infancia, bien en la mera limpieza de los suelos, que hacía hincada de rodillas, fregando con un trapo desharrapado en la mano y el cubo de cinc a la diestra, cuantos kilómetros haría mi pobre madre lustrando aquellas baldosas cual penitente dolorosa, con sus rodilleras de trapo, a la espera de que Manuel Jalón Corominas, ingeniero aeronáutico y oficial del ejército del aire en la base aérea de Zaragoza inventase la fregona, u ocupándose del lavado de las ropas, en la pila que ubicada estaba junto al pozo  en un patio inmenso y desangelado en las escasas horas que le dejaba el mísero trabajo de ayudanta en la peluquería de la tía María, poco tiempo tenía para ocuparse de mis andanzas y peripecias de tierno infante, con lo que la solución rápida a esta vicisitud era provocarme el susto, la alarma y el sobresalto diciéndome que no me asomara a la escalera porque venía el Tío del Saco, El Marango o algún otro bicho mitológico de pueblo que provocar pudiera mi pavor y espanto.
     De esta guisa, la llegada de los venerables magos de Oriente se me antojaba, cuanto menos, como algo enigmático e inexplicable y la sola idea de pensar que hubiera de ser el negro Baltasar quien llamar llamase a mi puerta, provocaba en mi exiguo ser de ochomesino, una convulsión estremecida de pavor mezclada con espanto. Figúrense, sufridos lectores y lectoras de este humilde relato, que ya hemos dicho en otras ocasiones que la vida y su discurrir en aquellos tiempos era como en blanco y negro, por lo que poco abiertos estábamos a la contemplación de los seres que habitaban otros lugares de este mundo. Por ello, sorprendidos quedábamos cuando, durante las Ferias y Fiestas, contemplábamos la llegada de los moros de Marruecos, vendedores de todo lo vendible, hasta condones entonces prohibidos y vistos como de gente de mal vivir , enfundados en túnicas y chilabas hasta las rodillas, rodeados a su vez de los olores desprendidos por tanta ocultación y envoltura, y mucho mas atónitos y pasmados permanecíamos, algo así como extasiados, cuando algún habitante negro como el betún, llegado desde la Cuba, del África  u otro lugar, aparecía por los confines del pueblo.
     Imbuido pues por estos pensares, la sola idea de que el negro Baltasar apareciera por el balcón de la casa, ese que hoy permanece abierto contra vientos y mareas, me hacía estar aquellas noches heladas de enero, con los ojos avizor y los sentidos alerta, hasta que irremediablemente quedaba vencido por el cansancio y el sueño. Era entonces, al despertar  y al albor de un nuevo día, cuando con prontitud recorría los rincones de la casa buscando lo que hubieran podido dejar los magos y era así como terminaba dando con lo dejado por sus reales altezas, que pocas veces se correspondía con lo que esperaba y quería de antemano.
     El Exin Castillos era un juego que me apasionaba, o mejor quedará dicho, dado que jamás he poseído ninguno, con el que quedaba entusiasmado y absorto al observar las construcciones que ensamblando sus numerosas piezas podían realizarse, en los anuncios televisivos que visionaba en el añejo televisor Optimus que emplazado estaba para deleite de sus socios en el Circulo de Recreo. Tal vez por ello, imbuido todo mi menudo ser de tal afán constructor, hube de pedir a mis progenitores en alguna Navidad de finales de los sesenta que tuvieran a bien concederme la petición de pedir a sus realísimas altezas de Oriente tan instructivo juguete, siéndome concedida de tal manera, que durante los días que siguieron mi vida transcurrió como a lomos de una nube, visionando anuncios e imaginando las fortalezas que habría de crear y construir. Llegada la mañana del seis de Enero enfilé presto hacia el balcón a por el ansiado deseo de mis sueños y cuál no sería mi estupefacción,  hasta el habla se me cortó, al contemplar en el interior de un tubo de plástico, unas cuantas piezas que ensambladas no daban para construir  un chozo.
     El Cine Exin fue motivo de otra cansina tabarra, hasta que hubo de llegar la Tere, sobrina carnal de la tía María, para regalarme un ajado proyector que había pertenecido a su primogénito hijo. El día que irrumpió al fondo de la escalera de la casa de mi infancia con el inservible armatoste sumergido en una caja de cartón, estaba este pobre infante esperando ver emerger de aquellas entrañas el proyector de sus sueños cuando estupefacto quedó pasmado, con los ojos miopes como platos y acercando la nariz hasta el objeto deseado pudiendo visionar, entre brumas, como en Londres, que se trataba de un artefacto de color verde, horroroso y de chapa,”pa” que no diera calambre. Acompañaban al espantoso cacharro unas cuantas películas de Dumbo y el Pato Donald  y unos discos de pizarra, más viejos que La Bella Otero, rotos y unidos con esparadrapos, que supuestamente se colocaban en la parte superior del cinematográfico aparato, hasta la que llegaba un brazo articulado, cual gramófono de otro siglo, y del que puedo asegurarles, por mi honor y dignidad, que jamás brotó sonido alguno o emisión que no fueran los relativos a algo así como gruñidos o estertores de ultratumba de esos que suelen salir en las psicofonías.
     Más cercano en el tiempo queda, solo hará como treinta años, el día en que hubimos de echarle una mano, en los albores de la tierna juventud, a Manuel Sáez “El Jefillo” en la realización de un belén viviente. Decoramos carros y remolques como suntuosas carrozas en la bodega de Isidoro Bravo, desde donde habrían de partir en real cabalgata mi amigo Gregorio “El Pavo”, cual  San José muy barbado, llevando sobre la burra, que debía ser del Guagui, a Conchi, la del Chocolate, hasta las escuelas centenarias del Jardinillo, donde esperaban de manera regia los soldados romanos, tal vez Joselito Testón anduviera en este lance, pastores, reyes magos y hasta el tío que en el portal siempre aparece cagando, para una vez hecho este inciso en el camino, partir por la Calle Real hasta el belén que se encontraba en la plaza.
     Así hubo de ser, como fue, que llegados al destino San José, la Virgen, el borrico y los pastores hubiera de acercarse hasta Gregorio el bueno de Pepe Pollos, que Dios tenga en su santa gloria, para decirle al oído, sorprendido y confuso, aquel decir que decía algo así como este dicho: “Jamás había visto yo, por mucho que tenga visto, a un pavo de San José y una Virgen de chocolate”.