Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

miércoles, 16 de octubre de 2013

De unos hechos que pasaron y las anécdotas que, con el tiempo, quedaron ...

    


     


     Hasta los grillos se oyen a lo lejos y en la cercanía voces desacompasadas parlamentan sobre los asuntos del campo, emanando en alto tono por los efectos etílicos del vino. No son tiempos en los que se consuman compuestos que con el pasar de las décadas habrán de hacerse habituales llevando casi hasta el ostracismo el dulce jarabe del Dios Baco. Así, como decíamos, vino, vermut y cerveza, junto con alguna copita de coñac o anís son las bebidas que en estos tiempos pretéritos se consumen en los bares que ubicados están en lo que aun es y será por mucho tiempo la Plaza del Generalísimo.
     Estamos en uno de esos meses estivales en los que el sol calienta las piedras de este terruño manchego hasta casi poder freír huevos en ellas y aun a esta hora, cuando la noche avanza pugnando por llevar a buen término el final de la jornada, un sopor invade los rincones recalentados como en una sopa de cocido. Hace tiempo que Bernardo, vendedor de petróleo y gasolina, cerró el puesto marchando hacia su casa junto a su esposa Isabel y en la cima de la plaza, a la que se accede a través de diversas escaleras puesto que está situada en las alturas, aun permanece abierta la caseta de bebidas del Manco El Tigre donde, como decíamos, dialogan y conversan los lugareños que la sed apagan con los caldos fabricados en las bodegas del pueblo bien sean de la de los Castros, los Moruscos, Cañaveras o Ramirez que a fin de cuentas da lo mismo puesto que solo se trata de ahogar las penas en vino. También hay algunos que mitigan y humedecen su ardoroso paladar con unas cervezas frías. Las que proceden del almacén de bebidas de Antonio Delgado, de la marca Mahou y que traídas son de Madrid por los hermanos Laguna Camacho en los desvencijados camiones que el anteriormente nombrado tiene puestos a su servicio. La bebidas, no son tiempos aun en que las neveras eléctricas anden en funcionamiento, son refrescadas con el hielo que procede de la fábrica de Manolo Piña que también vende una marca de cerveza, Skol, que no degusta ni Dios porque tiene fama de ser tan mala como la quina.
      En los soportales del mercado municipal, hace poco inaugurado, esperan, aunque se torna tardía la hora, como soldados a punto de entrar en batalla para ser ocupadas, las mesas y sillas del Bar La Campana donde también se adivinan acodados en la barra unos cuantos clientes tardíos. Las aspas de los ventiladores que cuelgan como espantajos del techo giran cansinamente en la misión de expeler un aire que ni dan, ni se le espera. Algunos muchachos corretean por los aledaños de la plaza. Suben y bajan por las escaleras a velocidades de vértigo azuzando con un palo viejas cubiertas de ruedas de bicicleta, practicando los sencillos juegos que se dan en estos tiempos de esparcimiento a bajo costo y pantalones remendados. Y es así como en un descontrol sin mesura de los tiernos infantes que por el lugar corretean, una de las ruedas va ha de dar justo entre la entrepierna del guardia municipal que dormita sentado en una vieja silla de madera en la puerta del Ayuntamiento. 
     Da un respingo mientras se caga en el sumo hacedor, son tiempos de supino analfabetismo, en los santos varones y hembras que coronan las alturas y soltándole un puntapié en el trasero al infante que huye despavorido, introduce la mano en el bolsillo de la guerrera sacando del fondo un paquete de cigarrillos Peninsulares del que extrae uno que habrá de colocarse en la comisura del labio inferior como con cadencia y regusto. Saca el “menchero” de mecha, que larga y trenzada cuelga como casi dos palmos, y golpea con fuerza el chisquero hasta que un ascua candente se adivina. Enciende parsimonioso el pitillo mientras observa a través de la ventana, al trasluz de una bombilla de escasas bujías, como el compañero municipal que le acompaña en la guardia dormita y ronca a brazo partido, aunque después dirá que de centinela estuvo, a la puerta del calabozo donde duerme la borrachera un transeúnte que llegó, harto de andar y de vino,  desde el pueblo de Torrenueva.
     Por aquello de estirar las piernas y desperezar la modorra empieza a caminar y camina hacia la Avenida de Pio XII y despacio, masticando el poco aire que se ventea por los rincones, pasa ante el cuartel de la Guardia Civil donde se adivinan luces y se oyen voces en alto. Pasa de largo, como ahuyentando un mal augurio, y como quien no quiere la cosa llega hasta los aledaños de la Iglesia de la Asunción mientras a lo lejos, no son tiempos de muchos desmanes circulatorios, se adivinan los faros de un coche que renqueando y entre estertores se acerca  y aminora la velocidad al llegar hasta su altura. Es un Gordini, auto siniestro que porta el motor con el que mueve las entrañas en su parte trasera, motivo por el cual cuando adquiere velocidad y toma una curva sin mucho control, parecer parece avión en vez de auto provocando con ello multitud de siniestros y decesos por lo que se le ha dado en llamar, con precisa precisión, el coche de la viuda.
     Lo ocupan dos ocupantes que vienen como perdidos. Hacen una señal al guardia y mientras este se acerca baja el conductor con lentitud el cristal de la ventanilla y saluda:
-         Buenas noches
-         Buenas noches tengan “ustes”, - le contesta el municipal -, ¿en qué les puedo servir?
-        ¿Nos podría usted indicar dónde está la Casa Consistorial?
A lo que el agente con la cara demudada y los bríos desatados contesta imperturbable y severo:
-    Este es un pueblo decente. Si buscan de eso, se dan media vuelta y marchando “pa” Manzanares.