Como un mandamiento ...

Es bueno ir a la lucha con determinación, abrazar la vida y vivirla con pasión. Perder con clase y vencer con osadía, porque el mundo pertenece a quien se atreve y la vida es mucho para ser insignificante.
Charles Chaplin

jueves, 15 de agosto de 2013

Entre telones y bambalinas, otra vez titiritero ...



      

   
    
     Ya saben los que soler suelen leer mis divagaciones que desde mediados del último diciembre anda este escribidor de poca monta por las sendas y caminos del paro. Y también sabrán, y si no pueden imaginárselo, lo poco placentero que resulta eso de levantarse cada día sin nada concreto que hacer y con pocas ganas de existir, aunque justo será reconocer que uno intenta, con sus años y achaques, ponerle un poco de salsa a la vida, esa que parecen querer destrozarnos desde los pies a la cabeza.

      Es por ello, no tengo duda, que aún con más tiempo y menos hacienda, figúrense que incongruencia, se me asoman con más tardanza los hados de la inspiración, con lo que los relatos de esta humilde factoría de escritos se van espaciando cada vez más en el tiempo. Y es en estos días veraniegos, de canícula y bochorno, tan odiosos para este mortal de por vida, cuando me cuesta horrores el mero hecho de ver que amanece. Uno fue, como también saben, animal de trabajo nocturno durante casi treinta años, con lo que el hecho normal de acostarse a la hora prudente en que la santa se dirige a los aposentos, pasada con creces la medianoche, se me hace insoportable, porque intuyo a ciencia cierta que a tan “tempranas” horas me habrán de aparecer los fantasmas del insomnio y por derivación las calenturas de cabeza y los lúgubres pájaros negros. Es por ello que prefiero quedarme devorando libros y alimentando mi decadente intelecto hasta que el sopor y la modorra me vencen, para así, entre gallos y medianoche, acompañar en el duermevela a la antedicha que  sueña cobijada entre los brazos de Morfeo.

     Y es así, como decía, que a pesar de los somníferos y sus efectos, apenas pasadas breves horas, los ojos se abren como platos mientras la luz de un nuevo día asoma por las rendijas de la persiana. Y ya les digo de antemano que ese momento lo odio. Lo odio. porque trae consigo una jornada más en que el día habrá de juntarse con la noche como si de un desierto se tratara. Y aludo al desierto porque poca belleza y hermosura habré de encontrar en tan sinuoso camino. Y como ya les he contado demasiadas penas, tendré que admitir ahora que algunas alegrías han jalonado también estos sombríos meses.

     Los que viven en el pueblo y extramuros ya se habrán enterado, y si no es así les digo que están poco al loro, de cómo la Asociación de Padres y Madres del Instituto Máximo Laguna, llevó a cabo la representación de la obra ¡Anda mi madre!, y les cuento. La santa que, como todos los citados saben, es mujer muy de raza interpretativa se embarcó nuevamente, aunque siempre jura y perjura que será la última, en echarse sobre las costillas la interpretación de un papel estelar en la citada comedia y como bien dice el refrán que pueden más dos tetas que dos carretas, me instó a que presto y sin demora optase por idéntica decisión, ¡que tendrá el genero femenino que siempre decide por dos! y eso sí, menos mal, que ahí planté mis reales y dije que estando vano de seso y con el seso alterado no era el mejor momento para el estudio con su memoria. Y conseguí, al menos en una parte, salir airoso y con buen pie aunque para mi pesar hubieran de encomendarme la tarea de apuntar, asunto este al que siempre tuve odio, manía y hasta inquina.

       He de reconocer, porque me gusta ser sincero y justo, que malditas sean las ganas que en principio portaba al subir la cuesta que conduce desde mi morada hasta el mencionado centro, máxime cuando aprenderme un papel, dado lo exiguo de mi capacidad de retención mental en los tiempos actuales por los motivos expuestos, era asunto que ni me apetecía, ni viable veía que fuese capaz de llevar a buen puerto, por lo que decidieron, mal decidido por cierto, que me dedicase a las tareas de la dirección de actores, faena esta que ya había realizado en alguna ocasión en los lejanos tiempos en que fui titiritero e integrante del afamado Grupo Mudela y para la que en justicia habrá que decir que tampoco está excesivamente dotado quien les cuenta estos hechos. Por ello, una vez empezados los ensayos del vodevil  titulado Anda mi Madre, la santa, que nunca tuvo excesiva confianza en mis afanes por emular a Alejandro Amenábar, optó por ponerse en contacto con quien fue antiguo director del mencionado grupo y a quien todos conocemos por Gila, quien presto se ofreció para llevar la nave hasta buen puerto. Así y con esas pasé a las tareas de subdirección o lo que es igual a dirigir cuando él no estaba y a otra que es ingrata de por vida y odiosa hasta reventar, la de apuntador. No pueden imaginar mis apreciados lectores hasta qué punto es aborrecible eso de estar entre bambalinas, colgaduras y cortinas, escondido como fugitivo entre las matas, leyendo la obra cientos de veces leída con el afán de no perderte por si a la vez se pierden los que actúan en sus decires y haceres y perdiéndote, esto es lo más detestable del asunto, el estreno y disfrute de la función.

      Comenzamos los ensayos cuando más afloraba el crudo invierno y al principio, como siempre suele pasar, lo tomamos como con relax y distensión, aventando muy en la lejanía el día en que hubiera de estrenarse la comedía. Más como lo poco gusta y lo mucho cansa, llegó el día en que hubo que poner fecha al inminente estreno y con ello llegaron las prisas con las consiguientes preocupaciones. Decir que durante los ensayos hubo días en que la risa nos dobló sin dudarlo el espinazo y asegurar, aunque habré de rematarlo después, que fue esta buena medicina, para los unos y para las otras, en la curación de los males que afectan al alma.

     Imaginen, aunque los supongo informados, que presupuesto para la compra de enseres, utensilios y mobiliarios había poco o ninguno y fue por ello que el amigo Nacho, integrante del clan y primer actor de la comedia, camarada de Paito, hubo de ingeniárselas, en estos menesteres es un maestro, recogiendo de donde fuera posible todo lo necesario para el montaje del evento. Decir que Paito es el buen muchacho que se dedica a recoger en el pueblo y extramuros todo lo que recogible es y desechado ha sido, con lo que lavadora, frigorífico, armario, plancha y no sé cuantas cosas más hubieron de viajar en la “forgoneta nachera” en lo que para ellos ha debido de ser como una segunda oportunidad en la vida.

    Y así, entre tropezones y suspiros de “esto no sale”, llegó el día del ansiado estreno. Día en que el salón de actos del instituto se asemejaba a los fondos del infierno con las calderas de Pedro Botero a pleno gas y funcionamiento, ¡que calores y estertores, Dios de mi vida! y cual no fue nuestra sorpresa cuando a media hora del estreno, y oteando entre telones, pudimos observar que el recinto se llenaba a reventar entre los sudores de unos y vahídos de las otras. Por ello, y antes de comenzar, ya hubimos de dejar sentado, aun sin fecha ni control, que una nueva representación habría de celebrarse cuando las haciendas y deberes de tan “afamados” actores dejasen un hueco en sus vidas libre. El estreno fue un éxito, y la celebración posterior, ya les supongo en la certeza cierta de que los españoles no sabemos rematar un evento sin palmeo, vino y tortillas, por poner un ejemplo, de las que jamás se olvidan. Con posterioridad hubimos de volver a representar el vodevil en la Casa de la Cultura saboreando de nuevo las mieles del éxito, y volviendo a comer tortillas, quedando emplazados, cuando pasen los calores del estío, para la preparación de una nueva comedia teatrera.

     Y como no hay dos sin tres, de este asunto de la farándula hubo de nacer otro muy festivo y celebrado, el de la fundación del grupo viajero “Hay vida después de los cuarenta”, y también de los cincuenta añade un servidor, que realizadas lleva un par de excursiones, una a Gandía y otra a Nerja, que hicieron las delicias de todos los asistentes y muy en particular de quien estos les escribe que una vez más levantó el vuelo que planeaba bajo.

     Por ello, y me despido mientras pienso y escribo, tal vez le toque a Matute y Estefanía, otro de esos relatos del recuerdo que tanto me demandan, gracias a todos y cada uno de los que hicieron que este tiempo de nubes negras se tornase despejado, porque si algo saco a la vez en claro de estas vivencias es que el más preciado bien atesorado en el ser humano es el de la amistad y el disfrute saludable de cada momento transcurrido, ese que nos lleva, como decía mi amigo Charles Chaplin, a vivir la vida con pasión, perder con clase y vencer con osadía. Lo dicho, un gusto.